
Esta es una ruta corta y –como todas- agradable. Son aproximadamente 14 kilómetros de recorrido, por lo que puede hacer se también caminando.
Veremos este río, el Adaja, tan distinto a otros de la provincia, pues nada tiene que ver con los caudalosos Duero o Pisuerga, o con las zanjas-río de Tierra de Campos, como el Sequillo o el Valderaduey. Se parece algo más al Eresma, al que recibe en la ermita de Sieteiglesias, cerca de Matapozuelos, o al Cega, si bien es más caudaloso que éste.

Sus aguas son claras, cristalinas, gracias al efecto filtro de la arena, pues no en vano cruza la arenosa Tierra de Pinares; y va hundido en un tajo (¿de ahí su nombre?). En este breve trayecto nuestro vamos a encontrar abundantes pinos, especialmente negrales, que también veremos en la otra orilla.
Además, el Adaja se ve acompañado de un continuo y delgado bosquecillo de galería: chopos, sauces, algún pino o encina un poco más alejados. Y abundantes arbustos de las especies más variadas.

Ni Villalba ni Calabazas, dos pequeñas localidades, tienen municipio propio. La primera depende de Matapozuelos y la segunda de Olmedo. Pero Calabazas quizá desaparezca dentro de poco, pues son cuatro casas que, para colmo, se están cayendo. Solo tiene una pequeña carretera de acceso por el sur que la conecta con la comunica Olmedo y Medina. En buena parte por eso, sus pinares son tranquilos y la ribera está relativamente limpia. Un lugar en el que bien podemos descansar sin prisa o perdernos sin temor a que nos encuentren.

Si queremos prolongar un poco más la excursión, a poco más de un kilómetro de Calabazas veremos, escondidas en lo más intrincado de la vegetación, los restos de las viejas aceñas. ¿Son el llamado molino de Judas?

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