La cañada del Pico de la Cuesta -Castroverde de Cerrato-

El Cerrato –que administrativamente pertenece a las provincias de Palencia y Valladolid- es un verdadero laberinto de vallejos y cerros. Los hay de todo tipo y tamaño: pequeños y grandes, más altos y más bajos, alargados y anchos, redondos y con cualquier otra forma. Es difícil conocer bien y con detalle toda la comarca. Pero es encantadora. Todos los paseos son distintos si bien el aire es similar. Todos los paseos de deparan siempre alguna agradable novedad.

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Abundan los robledales –o los restos de robledales, para ser más exactos- que se entremezclan con las tierras de labor, con frecuencia de color rojo. Y por todas partes surgen un sinnúmero de fuentes, pozos y manantiales. No son tierras resecas, sino húmedas y frescas. Además, en la zona suele haber mayor pluviosidad que en los contornos.

Por eso el Cerrato es una comarca ideal para pasear, bien en bici, bien a pie. El último recorrido fue por Castroverde de Cerrato, por la cañada del Pico de la Cuesta.

Antaño, los pastores del municipio –como todos los de la comarca- se pasaban lejos de casa varias jornadas. Con los rebaños, debían aprovechar los pastos donde éstos eran abundantes y los robledales de los páramos solían estar a disposición del ganado. Por eso en los páramos tenían corralizas suficientes para alojar el ganado por la noche, y tenerlo así mínimamente protegido de las alimañas, que abundaban.

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Además, los pastores también necesitaban para ellos mismos refugios seguros y calientes, y para eso estaban –desde siglos inmemoriales- los chozos, esas construcciones de piedra caliza sin labrar que  asemejan una gran caperuza. Tenían una abertura arriba para que saliera el humo de la hoguera que se podía cerrar con una piedra clave. La puerta era muy pequeña –se entraba gateando-y orientada al sur. Dentro se podía estar de pie, tumbado o sentado, pues la cabaña se cerraba con una falsa cúpula por aproximación de hiladas.

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Los corrales de Valdeloberas –adonde nos llevó la cañada del Pico la Cuesta- aún se levantan ¿o se caen? en el páramo que separa el valle Esgueva del arroyo Jaramiel.

Pero para llegar a ellos antes hemos pasado por el valle de San Juan –con una ribera escarpada y otra muy tendida-, por la fuente de Peñuelas y el manantial del Hormigo, por la tímida hilera de sauces que acompañan al arroyo, por los majuelos que aún duermen al sol en la ladera calcárea, y junto a matas de robles que ya no son mas que el recuerdo de aquellos bosques impenetrables…

Pero el Cerrato sigue ahí, conservando su aire apacible a la par que indómito y primigenio….

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