El río del olvido

Si hay alguno en Valladolid, es el Trabancos. Sin duda. No es un río, es un cauce seco por el que no pasa el agua desde hace 45 ó 50 años. Bueno, sí corre un poco cuando en la comarca se dan lluvias torrenciales y persistentes. Pero eso sucede, de media, una vez cada seis o siete años. Y la última ha sido hace unas semanas, por lo que le queda agua en algunos tramos.  Los habitantes de los pueblos ribereños ahora están contentos e inquietos: ¡el Trabancos lleva agua! Cuando se llega a decir esto de un río, es que está muerto, por eso el Trabancos es un río en la memoria y, dentro de nada, en el olvido.


No sabemos por qué causa  murió este río. Los vecinos de Sieteiglesias comentan que se secó cuando lo dragaron, hace unos 45 años. Otros comentan que, con motivo de la reforma agrícola o concentración parcelaria de hace 50 años, se tocaron y cegaron sus fuentes. En todo caso, lo cierto es que los mayores lo recuerdan cuando era un río vivo, con bermejuelas y cangrejos, con agua abundante en invierno y con pozas para bañarse en verano. Y vemos que tuvo molinos, ingenios inútiles sin agua. Pero también es cierto que ya no volverá a llevar agua, pues los manantiales han desaparecido de las comarcas que atraviesa y el nivel freático está demasiado profundo (en ningún pozo abierto hemos observado agua, ni en épocas de intensas lluvias). Y eso que el Trabancos no es una zanja como el Zapardiel o el Valderaduey: aunque, como ellos, tiene su cembo a consecuencia de los dragados, nadie ha conseguido borrar sus auténticas trazas.  También hemos descubierto entre sus arenas restos de caracolas y mejillones de río… ¡qué pena, ya no volverán a tener vida!


Pero un paseo por sus orillas o riberas nos impresionará vivamente, pues leeremos las huellas del tiempo y los vestigios de otras épocas. En sus proximidades veremos torrejones y fortalezas que señalan la antigua frontera entre León y Castilla, allá por el siglo XII.
Además, el Trabancos cruza un paisaje bellísimo, creado -en parte- por él.


Y es que, como bien explica el artículo de J.M. Benito, su cauce aprovecha el trazado de una falla del Terciario que  separa materiales de edades diferentes: oligocenos en la orilla derecha, miocenos en la margen izquierda. Veremos perfectamente cómo la orilla derecha es más abrupta y pendiente, incluso con algunos cantiles calizos, mientras que la izquierda se entretiene varios kilómetros hasta alcanzar, por ejemplo en Alaejos, una altura similar. Eso le da al paisaje una peculiar belleza, infrecuente en el resto de la provincia.

Además, este río de cauce seco se ha metido en el corazón de sus vecinos. Y, si alguien lo duda, aquí tiene el testimonio de un anónimo autor.

(Como esta entrada me ha salido a modo de introducción, en la próxima colgaremos el mapa y comenzaremos la descripción de la ruta)

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