Valdescopezo

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Valdescopezo es, en primer lugar y como su propio nombre indica, un valle. Uno de tantos valles escondidos entre los pliegues del páramo de los Torozos. No sabemos qué puede significar la segunda parte del nombre: tal vez haga referencia a del escobedo, pues no sería raro hallar escobas aquí cuando todo era monte.
Cuando nos acercamos, bajando, lo primero que vemos es una fuente  de buen chorro: es la fuente de la Samaritana, que ahora la están limpiando. Tiene arca, y varios abrevaderos. El agua surge, a través de una antigua canalización en piedra, de las entrañas profundas del páramo.
Poco después se abre ante nosotros el lugar de Valdescopezo propiamente dicho: vemos al fondo una gran tapia, casi una muralla, de piedra caliza que literalmente está siendo derribada por hileras de almendros. Da la impresión de que el lugar está como dormido, como si de alguna forma nos dijera que antaño hubo aquí mucha vitalidad pero que ahora reposa… ¿para siempre?

Al acercarnos más vemos, hacia el lado norte de la muralla una entrada de lo que pudo ser una vieja bodega o almacén de alimentos. Y al poco de entrar, en ella se abren dos pasadizos, uno hacia el Sur, cuya pared abombada está a punto de caer por la presión de las tierras de la ladera y otro al Norte que conduce a una habitación relativamente amplia con paredes en aparente buen estado. Fuera, en su boca, árboles de sombra parecen agruparse a modo de protección. Si seguimos la dirección del lienzo hacia el Sur, llegaremos con permiso de la maleza que se ha adueñado del ángulo de la tapia, a una especie de cueva medio cegada ya, por la que sale un pequeño regato.
En medio del valle, ¿qué imagináis que han plantado para repoblarlo? Sí, ¡pinos! Además, el afán repoblador ha sido, en este caso, entusiasta y desmesurado, y aunque todavía son jóvenes pimpollos, con gran dificultad y continuos arañazos pasamos entre ellos (!).
Y no vemos más restos de nada.

Monasterio de Nuestra Señora de la Esperanza de Valdescopezo

Pero los documentos históricos nos cuentan lo que hubo: ¡el monasterio franciscano de Nuestra Señora de la Esperanza  de Valdescopezo!
Aunque la historia comienza en 1429 -cuando fray Pedro de Santoyo toma posesión del lugar- sabemos que antes de esa fecha había ya una ermita -seguramente de la Esperanza, que se unía con la esperanza de llegar a Rioseco, que comenzaba a verse y ya sólo distaba una legua escasa- , y que pasaba por aquí el camino de Valladolid a Rioseco.
Eran dominios de los Enríquez de Cabrera, Almirantes de Castilla que, con el paso del tiempo, llegaron a convertir la iglesia del monasterio en panteón familiar. Las obras para hacer de la ermita un gran complejo monástico se inician en 1477, cuando se abrieron los cimientos para levantar la iglesia, que fueron costeados como todo lo demás por  los protectores, don Fadrique Enríquez de Cabrera, primer conde de Melgar, y su esposa Doña Teresa de Quiñones. Estos mismos señores recibieron sepultura en suntuosos túmulos de alabastro colocados bajo la bóveda del crucero del templo conventual.

Con el correr de los años diferentes los estilos artísticos dejaron su impronta en el monasterio,  a la vez que las capillas de su iglesia servían de enterramiento a los miembros de la familia de los Almirantes de Castilla. A comienzos del XVII este monasterio debió quedar totalmente finalizado en sus estructuras fundamentales.

Constaba del edificio conventual, la iglesia y otras dependencias menores. A su espalda se extendía una gran huerta repleta de árboles frutales junto a la que se encontraba la fuente de la Samaritana, cuya galería subterránea estaba realizada en piedra de sillería  y disponía de un bello estanque realizado también en sillería y cuya función era mantener pesca con que alimentarse los monjes del convento.
La iglesia situada en la parte oriental del edificio era una nave de orden dórico, sostenida por medias pilastras, con cuatro capillas laterales cubiertas con bóveda ojival guarnecida de filetes y rosetones.
El siglo XIX significó para el monasterio de Valdescopezo, como para tantos cenobios españoles, el comienzo de su decadencia y de su posterior ruina. La invasión napoleónica primero, con su estela de saqueos y destrucciones, y las desamortizaciones posteriores, acabaron con la vida monástica y aventaron sus riquezas artísticas. En 1848 Pascual Madoz confirmaba que el convento de Valdescopezo había sido demolido para el aprovechamiento de sus piedras en la construcción del Canal de Castilla. Esta es la razón de que no haya quedado nada, ni piedra sobre piedra, ni ruinas, ¡nada!  Sólo la tapia pues aunque la vemos de buena piedra, no debía tener comparación con la piedra de sillería del resto de las construcciones.
García Escobar escribía también a mediados del XIX: En otro país hubieran convertido el buen gusto y la laboriosidad a Valdescopezo en una deliciosa quinta, en un lugar bellísimo de amenidad y de recreo. Entre nosotros se han talado los árboles, destruido las fuentes y abarbechado las praderas para sembrar patatas y algarrobas. Reflexiones poco gratas se nos vienen a la imaginación. Este mal es muy viejo, y su curación es obra del tiempo y de la sociedad.  Parace ser que ese tiempo no ha trascurrido todavía. Y poco más hemos hecho gracias a los progresos de nuestro siglo. ¡Salvo plantar pinos en vez de patatas! Menos mal que el paraje sigue ahí y la naturaleza, sabia, lo ha sabido conservar a pesar de todo.

Monte Sardonedo

Para seguir la ruta hemos de volver sobre nuestros pasos por la carretera hasta tomar el primer camino hacia el Este. Si fuéramos hacia Rioseco, nos desviaríamos demasiado. Ahora pasamos por lo que fue el enorme monte de Sardonedo descrito hace 150 años como áspero y espeso e incluso peligroso para el caminante. Hoy quedan cuatro matas de roble y alguna encina, además de muchos pinos en las laderas del páramo. Casi es preferible ver la llanura rasa que pimpollares intransitables. Pero… ¿por qué no plantamos encinas y robles? Al Sur destaca la sencilla construcción de un chozo de piedra.

Fuente del Prado

Al inicio de un vallejo protegido por encinas, vemos escondida entre sauces y zarzas la fuente del Prado que, efectivamente, posee un agradable prado. Y después de la paliza que nos hemos dado, merece la pena quedarse aquí un buen rato para reparar fuerzas. Si llevamos un poco de queso y una bota de vino, mejor todavía.
La bajada hasta la carretera se hace entre frescos árboles que literalmente nos saludan tocándonos al pasar. Y llegamos a otra fuente de factura totalmente contraria a la del Prado: tres caños, un larguísimo abrevadero y un amplio lavadero. Al fondo, Valdenebro de los Valles, que posee todavía más fuentes unas escondidas -como la de Valbuena– y otras no tanto, como las que están en la misma localidad. También nos acercamos a la balconada del extremo Norte donde vemos el paisaje que se abre hacia el Moclín y Tierra de Campos.

Al volver pasamos por el monte de las Liebres, que ya conocemos y nos presentamos en La Mudarra después de haber rodado por el antiguo firme del Tren Burra.

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6 comentarios to “Valdescopezo”

  1. Diego Says:

    Una vez más me quito el sombrero, muchas gracias el blog.
    La razón de ser de las repoblaciones con pinos es que a las encinas y quejigos les cuesta mucho agarrar sobre terreno deforestado, pues de jóvenes necesitan sombra y cierta humedad. Sin otros árboles adultos a su alrededor, no pueden prosperar. Por eso la plantación con pinos es un primer paso hacia la regeneración natural, lentísima en climas tan secos. En Valladolid existe una asociación para la regeneración del bosque autóctono (ARBA) que trata estos temas.
    Espero que sigáis con vuestro admirable trabajo. ¡Mucho ánimo!

  2. polita Says:

    Qué interesante viene la crónica de hoy, con referencias al pasado monástico de la zona y todo… Cómo me gusta leeros.

    Gracias Diego, por la aclaración sobre las plantaciones de pinares, yo también tenía preguntas al respecto.

    Besotes!!!

  3. http://fotonatura2569.blogspot.com/ Says:

    nice photo;and nice blog; bravo

  4. Ars Natura Says:

    Tengo entendido que las encinas necesitan suelos más ácidos que los que hay en la zona, por eso se plantan pinos. Ademças con el tiempo las acçiculas caídas de los pinos ayudarán a acidificar el suelo y poco a poco los quercus volverán a poblar esas tierras.

    Un saludo.

  5. María Jesús. Says:

    Durante el siglo XVII cuando alguien fallecía y mandaba decir misas por su alma, si eran muchas misas no se podían decir todas en su pueblo de origen , y el difunto dejaba en su testamento que una parte de ellas se dijeran en el convento de Valdescopezo.
    Esto ocurría, por ejemplo, en Torrecilla del Valle, hoy Torrecilla de la Torre, que está a 29 kilómetros.

  6. Alarico Says:

    En un tramo de la cañada real en el páramo de Torozos, justo al lado de los últimos restos de arbolado original que quedan en esa zona, están creciendo admirablemente unos cuantos ejemplares de roble y encina. Y arrancaron a crecer porque dejó de utilizarse la cañada. Con la simple sombra de la alta hierba paramera les basta como protección para desarrollarse. Este lugar es suyo, esta es su tierra, este es su terreno. Jamás habitaron esta tierra los pinos. La conífera que acompañaba a los robles y las encinas era el enebro, del cual nada queda…

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