…y el alto Duero

Así se ve el Duero cuando entra en Valladolid: lo hace por un estrecho valle entre páramos, nada que ver con la amplia llanura por la que sale camino de Toro. La primera fotografía está sacada muy cerca del Salto de Caballo, paraje bien conocido por el Empecinado, que nació muy cerca, en Castrillo. Y aquí también empezaron las primeras escaramuzas contra las tropas francesas.

A la vez que el Duero y aprovechando su paso, cruzan el estrecho la carretera de Soria, el ferrocarril de Ariza con sus puentes de hierro, y -al parecer- un  gasoducto, que salta de esa manera tan limpia el río (última foto).

Los páramos dejan vez su esqueleto calcáreo en los cantos, a la vez que en las llanuras y en el fondo del valle proliferan las viñas: ¡estamos en la Ribera! ¡Qué tiempos aquellos en los que se aprovechaban las laderas para cultivar gracias a los bancales!

Por el valle fluye el Duero en su continua carrera hacia el Atlántico, dando vida a los cultivos y produciendo unos caldos que son envidia en el mundo entero.

Los caminos son buenos, sobre todo en el valle. Distintos -empinados, estrechos, embarrados- son los que conectan valle y páramo, cuando no se pierden. Además, podremos visitar las viejas estaciones del tren de Ariza, viejos puentes medio derruidos y viejas pesqueras trasformadas en centralitas eléctricas (¡Demasiadas cosas viejas!). Y presidiendo la entrada del Duero a la par que la desembocadura del Duratón, el castillo de Peñafiel, barco varado entre el cielo y la tierra.

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