De Pollos a Villafranca por el Duero

Esta ruta la hicimos en primavera, un trece de mayo. Es la época ideal, pero en cualquier otra época también es agradable, pues encontraremos buena parte del trayecto verde gracias a la ribera y al monte de encinas. Y, en todo caso, los miradores estarán siempre dispuestos para ofrecer un panorama inmenso (salvo caso de niebla, claro).

Pollos es nuestro punto de partida. Hay que ver su iglesia dedicada a San Nicolás, en ladrillo cos aspecto de fortaleza, restaurada por dentro y por fuera. Su torre –como la de San Román de Hornija- se levanta sobre una especia de pórtico. Otro dato interesante es que aquí se elabora un sabroso queso, según hemos podido comprobar.

Al poco de salir siguiendo la dirección del Duero nos encontramos con el prado de la Alegría. Debió de serlo, pues ahora es una jungla en la que es imposible internarse. Lo de la alegría suponemos que hace referencia a que –al ser también una isla en el Duero- surtía siempre de abundantes y frescos pastos. Y ahora seguro que es un paraíso para aves y otros animales.

Una vega protegida por la ribera y las lomas del Sur nos conduce hasta Bayona, despoblado en la desembocadura del Trabancos, que hoy es una casa de labor. Naturalmente, el agua del Trabancos es pura historia. Luego, rodeamos un pinar. Desde una casa derruida divisamos los cortados de Cubillas, en la otra orilla del Duero.

Al fin, salimos a la carretera, pues no nos atrevemos a meternos en la dehesa de Cartago, no sea que haya perros y les parezca inoportuna nuestra presencia. A veces con los canes no se puede dialogar. Pero la dehesa es preciosa, al menos lo que se ve desde la carretera. En el paso a nivel torcemos a la derecha –vemos un pozo con su caseta- y el camino nos acaba dejando junto al puente del ferrocarril. Ya estamos en la otra orilla.

Hasta Villafranca disfrutamos de los húmedos paisajes del Duero. Garzas –reales y alguna imperial-, patos de varias especies, cormoranes buceando en busca de pescado fresco, algún milano negro… la vida bulle en esta parte del Duero. Y si el recorrido lo hiciéramos en invierno, se cernirían sobre nosotros verdaderas nubes de patos y ánsares.

Nada más pasar la localidad, descansamos en las Peñas del Duero, a la sombra de enormes álamos. Aquí el río hace unos rápidos y las peñas también permiten adentrarse sobre las aguas sin las molestias de la espesa vegetación. Por cierto que en los troncos de los álamos un artista local ha dejado su pintura queriendo hacer algo así como el bosque de Oma, de Ibarrola. Lugar agradable.

Y dejamos para la siguiente entrada la segunda parte de la excursión.

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