De Lerma a Hérmedes de Cerrato por la Cañada Real Merinera -y Burgalesa

 

Lerma se encuentra rodeada de carreteras, vías férreas, autovías y nuevas construcciones. Por esa razón, en sus proximidades la cañada se encuentra perdida. Lo mejor es tomarla a partir de Avellanosa de Muño o de Iglesiarrubia. Y allí nos descargó la furgoneta. El conductor –¡gracias, Miguel Ángel!- desconectó su móvil para no correr el riesgo de ir a recogernos en mitad de la excursión. O eso nos dijo.

Enseguida vimos la cañada: una franja de hierba o pastizal entre tierras de labor. Cerca de la franja, algún corral de piedra caliza, lo cual da a entender o que la cañada fue mucho mas ancha o que antaño todo esto era monte. Seguramente las dos cosas, pues enseguida pasamos por una zona en la que la cañada cuenta con abundantes sabinas de pequeño porte: son los restos del inmenso enebral de Lerma, totalmente roturado hoy, salvo en la vía pecuaria.

Y lo que vemos ahora será la tónica hasta Hérmedes: el cielo arriba y el suelo abajo. Y nosotros, como volando a ras de tierra. No es todo tan raso como en los páramos de Palencia o Valladolid, pues se notan ligeras ondulaciones, algún otero, alguna reguera. Las cebadas, de un verde brillante y ya mecidas por el viento; los trigales, de verde oscuro; la cañada de un verde apagado. De vez en cuando, guisantes forrajeros.

Casi de repente aparece a muchos kilómetros al Oeste, como si fuera un espejismo, Villafruela. La vamos como bordeando, muy de lejos. Se mantienen los corrales; en los de esta zona no hay un solo chozo, y las corralizas son más regulares que las del Cerrato, perfectamente rectangulares, con puertas con jambas y dinteles de una pieza. Pero en ruina muchas. Otras en uso: las distinguimos porque sobre los tapiales – de casi dos metros- han prolongado otros dos metros de tela metálica sostenida por varales de metal. Así las ovejas quedan mas protegidas de los lobos, que no de los ladrones que se llevan pequeña maquinaria, bañeras-abrevadero, pesebres y cosas por el estilo.

Casi subimos un pequeño alto –el Otero lo bautiza el mapa y le señala 952 metros de altitud-  antes de dejar los dominios de Villafruela. Las sabinas ya han desaparecido casi por completo y entramos en el señorío de los robles: la mayoría solitarios, si bien quedan algunos bosquecillos que son testigos de una época en que lo cubrían casi todo.

En una bifurcación con un ramal muerto entramos en las extensas ruinas de los corrales de la Nava. ¿Todo solitario? ¡No! En una tenada hay paja reciente, mantas oreándose y una chaqueta el pastor.

Seguimos cañada. No encontramos a nadie. Sólo a dos pastores, pasados los corrales de las Monjas. Uno de ellos, con más de 70 años nos dice que nació entre las ovejas, y da a entender que morirá con ellas. Nos muestra que la cañada, sí, ha sido recientemente amojonada, pero,

-¿Veis el mojón en medio de las cebadas? ¡Nadie respeta nada!

Le comentamos el trayecto que estamos haciendo y lo hermosos del paisaje.

-¡Hablad de las cañadas en foros y conferencias! -nos anima- que si nadie nos ayuda, esto desaparece.

Al menos, a través de este blog, algo de caso le estamos haciendo.

Conforme entramos en la provincia de Palencia la cañada se llena de grandes piedras calizas. Por un lado, parecen restos o desescombros de las carreteras próximas, por otro, son las piedras que los agricultores han sacado de sus campos y depositado en la vía pecuaria.

Vemos el primer vallecillo en muchos kilómetros, señal de que estamos cerca de Hérmedes y, efectivamente, al poco distinguimos la nave de su iglesia.

Esta localidad tiene dos joyas: la ermita de Santa María de las Eras, de trazas mozárabes, y  el arroyo Maderón lleno de caudalosas fuentes y chopos que dan frescor a caminantes o rodadores que, como nosotros, necesitan de un buen descansadero. Y una tercera que no conviene olvidar: la Matafombellida.

Seguimos por una lengua de páramo hasta caer sobre el horcajo de los dos arroyos que esculpieron la lengua, donde el molino del Aguilarejo se aprovecha de ambos caudales. Y aquí recibimos el otro ramal de la cañada, el que se lleva precisamente el nombre de Cañada Real Burgalesa.

Continuaremos en la próxima entrada, que aun queda mucho para Valladolid.

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