El páramo, siempre fresquito

Como estos días han sido –son- de abundante calor, nada mejor que escaparse de excursión por los páramos. Debido a la altitud siempre un poco mayor que en los valles y tierras de Medina o de Campos, y a que suele correr una ligera o no tan ligera, brisa, siempre hará allá arriba unos grados menos de temperatura. Esta vez toca la paramera que se extiende entre Cogeces del Monte y Quintanilla de Onésimo.

La subida es larga. Al principio muy suave, con algún manantial, un arroyo y una balsa sobre este arroyo. Al final la subida se empina y nos hace sudar. Incluso alguno puede acabar por bajarse de la bici. Nosotros, como aun estábamos frescos hemos aguantado sobre la burra. Desde las ruinas de la vieja casa del guarda atisbamos el panorama que ha quedado abajo y descansamos un poco.

Y ahora nos introducimos en un curioso pinar, conocido como el Carrascal en su parte Este y de la Planta mas al Oeste. Curioso porque no es sólo pinar, que también abundan –sobre todo en el Carrascal- encinas, robles y enebros. Y es muy abundante la caza, también mayor: jabalíes, corzos, zorros e incluso aquí vimos, hace ya bastantes años ¡un ciervo! que seguramente se había escapado de la finca de Arzuaga. Igualmente abunda la caza menor y los cazadores, pues hemos llegado a contemplar un azor en plena faena venatoria. La Planta es también una reserva de caza, y veremos que parte de ella está protegida por una añosa tela metálica. Se aprovecha su madera y leña, y se explotó para producir carbón vegetal.

Pero no acaba aquí todo, pues son numerosos los restos de corralizas para el ganado y de chozos de pastor. Entre ellos han crecido ya corpulentos pinos. O sea, que hace no muchos años esto, mas que un pinar, fue tal vez un monte de encina y roble con pastos abundantes. Si vemos el mapa, están señalados numerosos corrales: de las Eras, del Tío Olalla, del Gallinero, de Antolín, o de la Marquesa, por donde pasaremos ya al final de la excursión. Y distintas cañadas confluyen aquí.

Otra peculiaridad de la zona: la ermita del Cristo del Cabañón. La veremos ya fuera del pinar, en campo abierto y en el término de Quintanilla de Arriba. La levantó en 1991 Francisco Arranz Escobar, quien también se encargó de las pinturas, un Crucificado con fieles en pie, uno de ellos el pintor (el fraile con bigote al lado de la Cruz). Hay romería el sábado de junio más próximo a la festividad de San Antonio de Padua.

Y se agradece que no falten las fuentes. La del Tasugo está muy cerca de la ermita, al comienzo de un valle, dando frescor y verdura al terreno Aunque los caños estaban secos corría un poco de agua por la base del pilón. Frente a ella han plantado un hermoso majuelo. También pasamos –parada y fonda- por la de Valdecascón, con un agua de un frescor y sabor extraordinarios. Un placer beberla. Su emparrado ayuda especialmente a generar ese ambiente de frescor.

Y  no nos olvidamos de visitar la cueva de Valdelaperra, que ya conocemos, numerosas corralizas y chozos tanto en el páramo abierto como en el monte, y a las canteras próximas ya a la bajada. Por cierto en el canto del páramo, no muy lejos de la carretera hacia el Este, podemos visitar una de las encinas más corpulentas de la provincia, la de las Tres Matas.

¡Y qué placer dejarse caer por la carretera hasta Quintanilla!

(Las fotos son de Miguel Ángel G.)

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