Picos y valles

Las Quintanillas

Ruta muy parecida  a la anterior -esta vez de una Quintanilla a la otra y vuelta-,  más breve y por el páramo y sus valles, tanto la ida como la vuelta.

Gracias a que la arena estaba dura y a que un cortafuegos con roderas discurre por el canto del páramo, se puede disfrutar de una estupenda visión aérea del valle del Duero y pedalear con normalidad. A algunos les encantará, sin duda, ver abajo -a lo lejos- las bodegas de Arzuaga, Matarromera, Emina, Vegasicilia y otras. Otros sacarán más partido de un paisaje menos artificial: viñedos, pinarillos, campos ahora verdes, pequeños sotos, el Duero con su continua galería de bosque acompañándole…

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Y en cualquier caso, arriba, el ciclista o paseante se encuentra acompañado de negrales, piñoneros, encinas, robles y sabinas, además de las más variadas plantas aromáticas.

El momento culmen de la excursión lo podemos situar en el pico del Castro o de la Mora, según sea nominado, respectivamente,  por los habitantes de Quintanilla de Arriba o de San Bernardo. Se trata de un cerro de unas cuatro hectáreas de superficie plana, unido al páramo por una especie de puertecillo unos metros bajo el ras. En cuanto uno se sitúa en la cima ve que es el lugar estratégico para levantar una pequeña torre o fortaleza. Y, efectivamente, según los historiadores aquí hubo una torre medieval, antes un poblado visigodo y mucho antes una pequeña población o castro vacceo.

San Bernardo desde el Castro

Pero tal vez más interesante sea, para el ciclista visitante, el paisaje que se contempla: por un lado el valle de Valdecuevas, así llamado por las cuevas que esconde el propio pico del Castro y que ya visitaremos otro día; por el otro lado el valle del Duero, desde la embocadura de Peñafiel o más allá, hasta Olivares. Abajo, el convento de Santa María de Valbuena. Muy al fondo, aun nevada, Somosierra.

Valdecuevas

Valdecuevas

Luego visitamos la fuente de Valdemoros, situada en el recodo de un idílico vallejo. No es de caño generoso –tal vez esté necesitando una buena limpieza- pero tiene un buen abrevadero con su correspondiente pila.

Tampoco están nada mal las vistas desde el páramo de La Encina. La bajada hacia el Duero, rica en robles y corrales, fue por la cañada del Dardo, con tendencia a la vertical.

Llueve

De vuelta pasamos por la ladera de las Cárcavas, parecida a una de las laderas de Valdecuevas, y por la ermita del Cabañón. Finalmente, atravesamos el bosque cerrado del Carrascal, donde todavía quedan abundantes ruinas de chozos y corrales.

Esta vez, nos persiguió el sol, el aguanieve, el granizo y la lluvia, todos de primavera. ¡Otra estupenda excursión!

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