El Montecillo

Santibañez el Montecillo

El paisaje ha cambiado, vaya si ha cambiado. La paja –y por tanto ese color amarillo mortecino- empieza a estar omnipresente: en el suelo de los pinares, en algunos herbazales, en los perdidos, en el monte bajo, en el cereal. Bueno, si te acercas al cereal –sobre todo al trigo- verás todavía espigas verdes, sobre todo en lugares donde el agua se acumuló formando charcos, bajo las encinas y en otros lugares húmedos. Las flores o, al menos, la abundancia de flores es ya un recuerdo de la pasada primavera. No hemos visto en el pinar ni las tardías jaras.

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También han aparecido, terribles, las chicharras. Lo de terribles es por el espantoso ruido que producen . No sé por qué me recordaban a esos momentos inmediatamente anteriores a las antiguas batallas cuando los tambores de un ejército intentaban amedrentar al contrario con ruidos ensordecedores. Pero bueno, las cigarras en formación de ataque no aparecieron. A Dios gracias. Aunque sí hubo otros insectos ¿coleópteros? que revoloteando bajo los pinos chocaban contra nuestro cuerpo. Los ratoneros, águilas calzadas y aguiluchos estaban cazando pero no se acercaron a nosotros. Cernícalos hay pero muy pocos este año.

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¡Ah! Pero qué buen año de frutas. Al pasar por las cercanías de Traspinedo, ¡qué en sazón estaban las cerezas! Repusieron las fuerzas de cansados ciclistas… Y, en las laderas, las endrinas maduraban al sol. Este otoño habrá materia abundante para elaborar pacharán. Los majuelos ya se adivinan cargados de pesados de racimos, a fecha de hoy de mínimas dimensiones.

Buena parte del recorrido del pasado domingo discurrió por terrenos bien conocidos, de excursiones anteriores: la vía de Ariza, las laderas y el páramo de La Parrilla.

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Otra buena parte discurrió por el Montecillo, monte no muy grande situado en una lengua de páramo entre los arroyos de Cogeces, Valcorba, Valdecas y Valimón, que han producido empinadas cuestas hoy tapizadas de pinares.  Era el típico lugar perdido en ninguna parte, pues no pilla de paso hacia ningún sitio. Pero ahora los senderistas han señalado un sendero –con su mirador y todo- para subir y bajar, de manera que está algo más concurrido. Magníficas vistas al valle del Valcorba, al Valimón, a las localidades de Traspinedo y Santibáñez… incluso asoma, en el ras de enfrente, la torre de la iglesia de Montemayor de Pililla.

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Aunque en las laderas hay pinos, arriba predominan las encinas carrasqueñas, y de tal manera que llegan a impedir el paso por su densidad. También hay unos pocos y grandes robles, y algunas sabinas. Otra amplia zona, que hasta hace no mucho fue bosque, se encuentra dedicada al cereal.  Un camino lo atraviesa a lo largo, desde Santibáñez hasta que, por el lado contrario, baja hasta el Valimón después de pasar junto a una nave agrícola con una piscina y columpios en desuso.

De vuelta, además de saborear cerezas, pudimos apreciar la preciosa calle porticada de Traspinedo con pies de madera, las ruinas de la ermita y su crucero, aun en pie. Y después de chocar contra la valla de Tovilla, pasamos por el desierto industrial de Tuduero, para recalar en Tudela por la vía de Ariza.DSCN5633

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