La Laguna Grande y el valle del Sequillo

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Ver el mapa en la entrada anterior

Bordeamos Vezdemarbán, localidad famosa por sus chocolates, y tenemos la suerte de saludar a Pedro, el Pastor de la tele, montado en su pollino y guardando su rebaño de 500 cabras. Nos indica el camino a la Laguna Grande, a donde llegamos sin vacilar. Esta laguna es como su propio nombre indica; a pesar de estar en los últimos días del verano tenía bastante agua repartida en tres grandes charcos. Como el cielo estaba pálido por las nubes blanquecinas, parecía de plata y hasta daba la impresión de cierto oleaje, gracias al viento racheado. No vimos aves, pero sí sus plumas y huellas. Al fondo, re recorta la silueta lejana de Vedemarbán.

De nuevo a pedalear, esta vez cruzando campos de tierra roja. Nuestra meta, el Sequillo. Reconocemos al fondo su valle, salpicado de motas oscuras que son encinas. Una agradable bajada y llegamos a la Dehesa de Belver de los Montes, que posee un buen pastizal.

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El Molino del Jesuita o de la Dehesa es un buen edificio de tres plantas que antaño debió ser  foco de actividad y trabajo en este valle. No sólo se molía el grano, sino que también los ejes del molino proporcionaban fuerza a una variada maquinaria a juzgar por todo lo que aun queda en el piso alto. Para lo que son estos ingenios por estas latitudes, se encuentra bien conservado. Milagrosamente, no ha sido saqueado… todavía. Su entorno es paradisiaco, pues los árboles de ribera son de buen porte, con abundantes arbustos y vegetación de todo tipo. La balsa está repleta de agua, lo que trasmite vida y frescor. Además, aquí el bosque se ensancha entre el río y el caz del molino. Un verdadero oasis en esta Tierra reseca de Campos.

Seguimos río arriba hasta el Molino de Ojitos. Este ya es otro cantar. Aunque por fuera nos da el pego, por dentro lo han vaciado y parece una increíble escultura daliniana: colgada de una pared, una escalera que perteneció a la arquitectura del molino, que unía dos pisos. La realidad supera a la ficción y trasmite mucho más que la horrorosa casita de la Rubia. Curiosamente, las paredes están llenas de pintadas filosóficas.

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Pero la vega del Sequillo no defrauda y, para ser Tierra de Campos, conserva cierta vegetación, hileras de almendros, pinarillos, algún frutal y, en las orillas del río, hasta hierba que quiere ser verde y que a veces lo consigue. El Sequillo no está seco, pues lleva corriente. A pocos kilómetros, morirá en el Valderaduey. No estaría mal llegarnos allá en otra ocasión.

En San Pedro de Latarce nos recibe el viejo y pintoresco castillo –o sus murallas, simplemente- y, entre éste y el río, una curiosa construcción en forma de torre protegida por un tajamar. ¿Hasta aquí llegó el río? O tal vez, la protección sirvió contra las grandes riadas. Lo cierto es que el peculiar castillo, de origen romano, se encontraba antaño rodeado de zonas pantanosas.

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(Terminamos la ruta en la entrada siguiente)

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