Y del Sequillo al páramo (fin)

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(El mapa puede verse dos entrada más arriba, o aquí)

Y de nuevo en camino, sin pararnos a contemplar las bellezas de San Pedro de Latarce. Que las tiene y, sobre todo, las tuvo: por ejemplo, aquel puente de piedra, de numerosos ojos, que ha sido sustituido por una amorfa pasarela de hormigón; de la misma manera que el ancho Sequillo ha sido sustituido por una zanja al uso de los tiempos modernos. Pero hacemos un alto ante la  Virgen de la Bóveda, fuera del pueblo, ya en la ruta de vuelta. A pesar de ser un edificio moderno, posee ese aire ingenuo de las construcciones populares. Además, es fruto del cariño de unos hijos a sus padres y a esta Virgen, según se lee a la entrada, Patrona menor de pueblo. ¡Ah! Y de nuevo los caminos derechos de este planeta Tierra de Campos.

Al fondo se distingue la villa almenada de Urueña. Poco después, un potente magnetismo nos impulsa a subir al teso de los molinos, y lo hacemos a través de la rastrojera. Ya arriba comprobamos la inexorable marcha de estos ingenios de viento hacia la tierra, siempre acogedora. Si hace 20 años estaban desmochados pero en pie y con alguna piedra molinera al lado, ahora no  son más que montones informes de barro con los restos de piedra hechos añicos. La cima llana del teso también está abandonada, sólo crecen los cardos que asfixian a los almendros. Pero la vista de Tierra de Campos merece la pena.

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Bajamos a Villardefrades donde solo nos detenemos unos instantes para beber agua y visitarla iglesia inconclusa de San Andrés .

Y ahora, cuando más calienta el sol, nos toca la subida al páramo. Vemos el camino, entre acacias, que lleva a la granja Almaraz y también, en ruinas, la iglesia de Almaraz de la Mota, como queriendo esconderse en un pliegue de la ladera. Parece que alguien estaba pensando en los sufridos caminantes –en dirección contraria es Camino de Santiago- y ha plantado unos álamos que todavía no dan suficiente sombra. Ya arriba, cruzamos el estrecho monte de encinas y cuando el camino se despeja acabamos por distinguir la torre del castillo de la Mota que marca nuestra meta .

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Después de llanear un poco nos recibe el vergel donde nace el arroyo Valdefuentes, asfixiado de maleza por lo que es imposible buscar la fuente o manantial. Pero es un lugar fresco y agradable. Si continuáramos por su  cauce, nos encontraríamos con la fuente de Plumales.

Pero como seguimos por el camino, alejándonos un poco de la autovía, llegamos a un peculiar chozo de pastor. Tiene dos peculiaridades: es de los pocos de planta cuadrada, aunque la falsa bóveda es circular; y es seguramente el que se encuentra más al oeste del páramo y, por tanto, de la provincia. Ahora está en un sembrado que hace años fue monte.

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Y la bajada hacia Mota. Dejamos a al oeste el prado bien verde, con algún chopo, del arroyo del Medallón, y siguiendo nuestro camino –recto a la vez que ondulado- llegamos a Mota, no sin antes acercarnos a saludar a la ermita de Nuestra Señora de Castellanos.

El paseo lo completamos acercándonos a las ruinas del castillo y de la iglesia del Salvador. La torre de la iglesia de San Martín tiene una grieta de arriba abajo, como si la hubiera querido partir un rayo. Finalmente, el palacio de los Ulloa –hoy convento de monjas- se encuentra en buen estado. Menos mal.

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