Las navas de Wamba y Peñaflor

Navas de Wamba

El páramo de los Torozos es una inmensa llanura limitada por diferentes vallejos originados, con frecuencia, por alguna fuente o manantial que da lugar a un arroyo. Sin embargo, excepcionalmente localizamos extensas hondonadas no muy profundas, en forma de plato más o menos irregular, debidas al hundimiento o destrucción de la capa caliza que protege la superficie de la paramera a través de un proceso cárstico. Geológicamente son un tipo de dolina.

En una época normal no nos llaman la atención y, si pasamos por una de ellas no notaremos nada especial, a lo más, unas suaves ondulaciones. Sin embargo, en épocas de abundantes lluvias, veremos que en estas navas surgen charcas o lagunas de gran extensión. Es lo que ocurre, por ejemplo, entre Wamba y Peñaflor de Hornija.

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La última vez que las recuerdo con agua fue en 2003, hace once años. Y a juzgar por el tiempo que permanecen con agua –algún año hasta bien entrado el verano- da la impresión de que, además de ser impermeables y alimentarse de agua de lluvia, también se nutren de pequeños y superficiales manantiales que están vivos después de épocas especialmente húmedas.

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Total, que ahora es un placer desplazarse hasta al término de Wamba donde veremos una de ellas con agua, la más pequeña. Si bien más que una laguna aquello son, simplemente, charcos salteados que inundan tierras de labor. No ha alcanzado, ni con mucho, la extensión de otros años ¿tal vez está, en parte, drenada? En un pozo ganadero vemos que el agua llega hasta el nivel del suelo; en él, dos cadáveres de gallipato flotan en la superficie.

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La otra nava, en el lado oeste de la carretera Wamba-Peñaflor y ya completamente en este último término, es más extensa y algo más profunda. No son charcos, sino una gran laguna de varias hectáreas de superficie. Levantamos varios bandos de patos y de otras aves acuáticas que no distinguimos en la lejanía.

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Tanto en una como en otra han reforzado con piedra el firme de los dos caminos que las atraviesan, para facilitar el tránsito de los vehículos agrícolas. A nosotros nos vinieron muy bien, pues no tuvimos que rodearlas como en otras ocasiones hace años.

Completamos el paseo comprobando que todos los arroyos y manantiales estaban bien activos. El manadero del Hontanija borboteaba con ganas y unos metros más al norte, nacía un chorro de agua seco en cualquier otra ocasión. El campo rezumaba agua, la verdad. ¡Ah!, y también pasamos junto a varios molinos del Hontanija. Nos hicimos casi 70 km.

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