El molino de Pereda

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Seguimos la ruta de la entrada anterior. Superado el puente de Valoria, tomamos el primer camino a la derecha y comenzamos la vuelta por la orilla izquierda del Pisuerga. En un majuelo vendimiado nos paramos a rebuscar: ¡qué dulces están las uvas!

Granja Quiñones

Cruzamos la granja Muedra porque nuestro objetivo es la granja Quiñones. La tercera en discordia sería la granja San Andrés, pero esa queda más lejos, valle arriba. Se trata de una de las antiguas localidades de Valvení, ya en la misma orilla del río Pisuerga. Antaño estuvo bien poblada, pues se han encontrado tumbas y restos de cerámica medieval. Poseía también aceñas harineras, el molino de Pereda: el edificio de molienda está destrozado por dentro, si bien por fuera mantiene la estructura tradicional de los molinos. La presa fue reventada por el río en el centro, donde más fuerte es la corriente. Por eso, la parte cercana a la orilla está bien conservada, lo que ahora nos sirve al menos para conocer la estructura de estas construcciones tradicionales. Aunque no por mucho tiemo, pues los árboles acaban destrozándola.

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Y por encima de la presa funcionaba una barca que daba servicio al camino de Corcos a San Martín, tal era el movimiento en este poblado. Ahora hay demasiada paz, sólo rota por los ladridos de dos perros que guardan los aperos de labranza de los agricultores que aun trabajan aquí.

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Lo mejor de todo son, sin duda, las proximidades del río, que aquí se ensancha por mor de la aceña, al querer dirigir la presa precisamente el agua a su molino: una pequeña laguna se forma aguas abajo, cerca de la aceña, rodeada de espadañas y, no muy lejos, el amplio río va recuperando la fuerza de su corriente después de la caída. Ideal para pescar, pegarse un baño o, simplemente, estar. No falta hierba ni árboles. Además, aquí viene a desembocar, entre rápidos y sauces, el arroyo de Valdencina. Madoz cita en este lugar barbos, truchas y anguilas; hoy sólo quedan los primeros.

Otra vez los cortados

Para terminar la excursión y ver el recorrido desde las nubes, ponemos rumbo a los cortados de Gozón, de sobra conocidos pero que no cansan ni defraudan. Como están a kilómetro y medio, llegamos enseguida y los encontramos como siempre: con gigantescas grietas que proclaman un inminente y terrible desplome. Pero no hay forma, no se caen. Bueno, algún día tendrán que derrumbarse, como ha venido ocurriendo a lo largo de los siglos. Lo que pasa es que los grandes derrumbes se producen muy de tarde en tarde. Lo mejor es el panorama que nos ofrecen en su cumbre: Palazuelos, Aguilarejo, el Soto, la vega de la Barca, la granja Quiñones, todo de un golpe de vista. Y Dueñas, y Cigales, y…

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Finalmente, nos acercamos por la ribera hasta la presa de Aguilarejo, que por este lado conserva mucho de su antiguo encanto y, después de hacer algún que otro equilibrio por el sendero de los últimos cortados, llegamos a Cabezón. Nos recibe -tan luminoso que parece levantado ayer- el viejo puente.

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