Viento en el páramo, apacible en los montes

Villanubla Mucientes CigalesDía de perros. Viento fuerte y frío del NE, con rachas de lluvia. Aunque esta excursión la hicimos el sábado día 21 de marzo, no había llegado la primavera, o al menos se había retirado. Salimos de Villanubla en dirección, precisamente NE: todos sabemos que al comienzo del trayecto se aguanta mejor el viento en contra que al final, cuando resulta totalmente desmoralizador. Y, sí, volvimos con viento de culo. Las fotos en blanco y negro hacen más justicia al día –gris- que sufrimos. Cayeron 65 km.

Camino

El primer tramo, hasta llegar al monte, fue horrible. Por dos motivos: por el viento y la lluvia que nos daban de cara y porque algunos caminos habían sido borrados del suelo, que no del mapa donde seguían sólo para confundirnos. Menos mal que la cosa cambió al llegar al monte: descubrimos un sendero que nos llevó hasta la casa el Picón, en la carretera de Mucientes a Villalba. A pesar de que el firme no estaba perfecto, se agradecía no soportar la continua presión del viento. Entre las matas de roble y encina, ese elemento estaba vencido.

Roble

Seguimos por la carretera con el flanco derecho a veces protegido. Pasamos por las Cortas de Blas y nos introdujimos de nuevo en lo profundo del monte, yendo a dar a una zona con pozo, fuente y mesas y, al poco, a una casa forestal con un pozo –seco- y abrevadero, no muy lejos.

Dejamos atrás el monte de Mucientes para bordear el de Ampudia y pasar por el Esquileo de Arriba, que estaba solitario como nunca. Pero con todo su encanto: cercas de piedra adornadas de musgo, el viejo pozo en la alameda, almendros en flor. Avanzamos un poco más para descansar en la casa o corrales de la Piedra, a 5 km de Valoria del Alcor, adonde no llegamos. En esa casa, el primer metro de altura de los muros era de piedra, y ahí estaban todavía, inamovible, fuerte, entero. Todo lo demás, que era de barro, se había disuelto como un azucarillo en agua. No quedaba nada. También permanecía en el prado un pozo con cuatro abrevaderos. Y en el pozo, seco, una paloma que no se atrevió a salir ante nuestra presencia. Casa de la Piedra

De manera que empezamos a volver cruzando un ejército de gigantes molinos de viento sobre un mar de carrascas. Había otros personajes: viejos robles solitarios en los campos de labor que el invierno mantenía desnudos. Estaban como un poco tristes, a juego con el día gris. Cruzamos también zonas de monte y campos de cultivo, cuyas parcelas en forma de faja se encuentran –típico de los Torozos- delimitadas por hileras de encinas o de robles.

Divisamos a lo lejos el caserío de la Barranca y nos metimos sin quererlo en el de la Mesa. Pero mereció la pena pasar por él, pues desde un cantil próximo pudimos contemplar una bonita estampa del valle. Y, por no ir hacia atrás, nos tiramos cuesta abajo y viento a favor hasta Cigales.¡Qué descanso!

La Mesa

De Cigales a Mucientes y de aquí a Fuensaldaña, todo por caminos de viñedos con algún pinarillo.

En Fuensaldaña tomamos el camino que bordea Cuesta Redonda para subir entre barcos y colinas, en una sucesión de repechos sin fin a pesar del viento a favor, hasta Villanubla.

Cuesta Redonda

Finalmente, a modo de anécdota mencionaremos que los dos protagonistas de esta excursión pinchamos, ¡ay!, la época sin lluvias que hemos pasado ha fortalecido los abrojos. ¡Ah!, y qué magdalenas de chocolate hacen en la panadería de Villanubla: están ¡de rechupete! Así que vayan los abrojos por las magdalenas.

Llanura

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