Y de Ampudia a Valladolid (Atravesando Torozos, II)

Prados, robles, gigantes

Prados, robles, gigantes

(Viene de la entrada anterior)

Como Ampudia se asienta en la ladera, la cuesta hasta llegar al páramo no fue muy dura. Atrás quedaba, definitivamente, el mar de Campos con la torre en punta de la colegiata emergiendo de la superficie.

¡Mucho ha cambiado la paramera! Ahora está sembrada de un ejército de gigantes con lanzas giratorias en ristre; antes, las hileras de encinas y robles limitaban los rectangulares campos de cereal. Ahora, la repoblación forestal ha llenado buena parte del páramo de pinos carrasqueños; antes abundaban los majuelos, pues pudimos descubrir los restos de algún guardaviñas rodeado de almendros en medio del pinar.

Campo de trigo

Campo de trigo

En todo caso, todavía quedan abundantes manchas de monte de encina y roble, y tanto esa superficie como la que estuvo dedicada a cereal, se encontraban salpicadas de hierba más o menos alta adornada de multitud de flores. Un fiesta natural, vamos. Hasta animaba a pedalear. Por el monte, distinguimos también algunos chopos y álamos que señalaban la existencia de aguas subterráneas que estaban aprovechadas por pozos con sus respectivos abrevaderos.

Pozo de La Mudarra

Pozo de La Mudarra

Estábamos en el páramo esencial, ese enorme plano de dos mil kilómetros cuadrados que se extiende entre los ríos Sequillo, Carrión, Pisuerga y Duero, o de Palencia a Tordesillas y de Valladolid a Medina de Rioseco. Antes habíamos surcado también el páramo accidental, o sea, los valles y vallejos –con sus motas, cerros y alcores- esculpidos por las aguas sobre los sedimentos de un viejo mar interior.

Finalmente, en vez de salir a la Barranca o a las casas de la Mesa, salimos a la carretera de Cigales a Valoria del Alcor, lo que nos permitió observar algunos viejos pozos: el Nabujil –frente al caserío de Megeces-, el de La Mudarra o el de Canillas. Todos tenían agua (y pájaros que salían asustados). De la carretera nos fuimos hasta lo que queda de las casas de Ángel Benito, metidas ya en el monte de Mucientes, pero antes pasamos a saludar a un viejo roble, amigo de hace muchos años, entre la carretera y el monte. Comprobamos que sigue vivo, con ramas cortas, pocas hojas y el grueso tronco hueco y abierto por algunas heridas. Ya tiene varias centenas de primaveras. ¡Que siga muchas más!

Cerca de Mucientes

Cerca de Mucientes

Y dejándonos caer llegamos, entre viñas y almendros, a Mucientes. Aun nos quedaba la ermita de la Virgen de la Vega, Tras de Lanzas, majuelos, subidas y bajadas, la fuente de San Pedro, el Berrocal y el Canal. Y de la Dársena, cada mochuelo a su olivo. Dependiendo del los respectivos olivos, nos hicimos 83, 91 o 97 km. Alguno acabó muy cansado, otros no tanto. ¡Hasta la próxima!

El viejo roble

El viejo roble

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