Perdido en Quintanilla de Trigueros

Triguero del Valle(1)Seguimos por las laderas del páramo de los Torozos y nos acercamos a Quintanilla de Trigueros, por donde todos los cronistas pasan como de puntillas. Tal vez porque está en un rincón de la provincia, como queriendo entrar en la de Palencia y salirse de Valladolid. La historia nos cuenta muchas cosas de Trigueros del Valle y de Cubillas, pero al llegar a Quintanilla todo enmudece –menos el paisaje- y parece como si esta localidad no existiera.

Nada más lejos de la realidad. Quintanilla se levanta en un espigón del páramo, orientada al mediodía, rodeada de valles y sobre un hontanar que asegura el suministro permanente de agua y frescura en verano; junto al hontanar vemos hoy un moderno merendero y allí nos podemos acercar a la fuente Vieja, que suministró el agua al pueblo hasta que fue sustituida por la fuente Nueva, en el centro de la localidad para comodidad de todos. Vemos que mana agua, pero ya no sale por los caños debido a que retiraron la puerta y el líquido se escapa por ella.

Fuente Vieja

Fuente Vieja

La historia de Quintanilla se pierde en la noche de los tiempos, tal vez porque Trigueros llevó siempre la fama. Antaño hubo dos Quintanillas –de Yuso y de Suso-, y varios poblados en este lugar del páramo donde también convergen los términos de Dueñas, Santa Cecilia del Alcor, Ampudia y Trigueros. Su iglesia nos habla de una larga tradición, pues conserva algunas de sus originales trazas románicas. Frente a la iglesia, la ermita de la Virgen del Arco, de rara advocación.

Alcanzando el páramo, que puede ser ondulado cerca de los bordes

Alcanzando el páramo, que puede ser ondulado cerca de los bordes

Y el paisaje, típicamente torozano: vallejos y arroyos, fuentes y manantiales, montes de encinas y roble donde abunda tomillo y lavanda, caliza y yeso, prados y, últimamente, han retornado los majuelos al amor del clarete de Cigales. De esta comarca de páramos y ribera es el término más pastoril: los campos son con frecuencia ondulados y en cuesta, con piedra abundante, más apropiados para avena que para candeal, y el monte lo inunda casi todo. Por eso vemos muchos más restos de corrales y chozos que en cualquier otro lugar de la zona. Si vamos a rodar, una precaución: aquí hay varias fincas cercadas, por lo que es posible que, después de tomar un camino, nos tengamos que dar media vuelta sin haber llegado donde pretendíamos. Casas Nuevas, Casas Viejas, Los Cabezos o La Torre –ésta ya en Ampudia- son esas fincas que ponen puertas al campo.

Pequeñas encinas. Al fondo, se vislumbra el valle del Pisuerga

Pequeñas encinas. Al fondo, se vislumbra el valle del Pisuerga

Pero vayamos a la ruta de hoy. Salimos de Trigueros por el camino del Monte para tomar el de Valdepolos, que nos conduce al páramo. Hacemos un parón en para contemplar el inmenso panorama de estos valles que funden páramos, terrazas y ribera. Y enseguida estamos en la planicie, ahora presidida por los molinos de Ampudia. Tomamos un camino que bordea la valla de la Casa del Monte y que, poco a poco, quiere difuminarse. Robles, encinas, carrascas. El verde del monte contrasta vivamente con el amarillo de la cebada y, ambos, con el intenso azul del cielo.

Bordeando los límites de la finca Casa del Monte

Bordeando los límites de la finca Casa del Monte

Cruzamos la carretera de Ampudia a Quintanilla y el camino quiere ahora desaparecer por completo. Al superar los corrales de la Nicanora, al fin lo consigue. Extraño paisaje; es un monte –o al menos lo parece- que antaño estuvo en parte sembrado, una especie de dehesa venida a menos. Luego pasamos por zonas destinadas a pinar, y otra vez monte de encinas. Al rodar por el monte veo un enorme jabalí que no me ha visto a mí; meto ruido para avisarle y no tengamos un encontronazo. Me mira y sale corriendo en dirección contraria a donde me encuentro. ¡Menos mal!

Rodando por la ladera

Rodando por la ladera

Pero estoy perdido. Definitivamente. Hace tiempo que dejé el camino y no vislumbro otro. Parece –según el mapa- que al Este puede haber uno y allá vamos, atravesando monte con enormes calveros plantados de girasol. Efectivamente, hay un camino que sigo hacia el sur, en dirección a Quintanilla. Al poco, después de dos grandes encinas, un pozo con dos largos abrevaderos. Debe de ser el Pozo Perdigón. Sigo y ¡mi gozo lo dejé en el pozo!: un portón cerrado y bien candado. Al Sur, un vallado de varios kilómetros; al Este otro vallado con ganado vacuno, del Oeste vengo y allá no pienso volver. ¿Tendré que salir hacia el Norte para luego dar la vuelta…? Me decido por arriesgar un poco. Pasaré aunque sea saltando vallas. Menos mal que al llegar veo un paso entre las dos fincas cercadas. Respiro. Nos hemos salvado una vez más.

Contraste

Contraste

Ahora ya es todo pasear sin agobios. Montes de buena encina con algún roble hasta las proximidades de Quintanilla; el sol poniente y la luna creciente. Nos hemos ganado un agradable descanso junto a los manantiales y fuentes que lamen los pies de Quintanilla.

A la vuelta, pasamos por la fuente del Conde –seca- y la luna nos espera sobre el campanario de la Virgen del Castillo. Abajo, Trigueros enciende sus luces. Sólo hay que dejarse caer hasta la plaza del pueblo.

Vieja encina

Vieja encina

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