Los montes Torozos, el valle del Sequillo y el Balcón (de la Filosofía)

Montes Torozos 2016

Como el último recorrido por el monte Curto gustó a algunos, volvimos a las andadas, digo a las rodadas, y el domingo pasado estábamos en la Santa Espina preparados para dar retozar otra vez por los montes Torozos.

Al inicio de la excursión

Al inicio de la excursión

Pasamos primero el monte de la Santa Espina, tan reluciente y colorido como el monte Curto hace una semana. Una diferencia notable entre ambos es que el de la Espina se ha repoblado en algunos puntos con pinos carrasqueños, lo que le aleja un tanto del típico monte de quejigo y encina. Pensábamos que ya andaría el paisaje un poco amarillo, pero no, ahí estaban todas las flores (sencillas) del mundo. Seguía predominando la coronilla y la tamarilla, ahora con notable profusión de zumillos y jarales. Como parte de esta flora es leñosa, aguanta mejor que los herbazales. De todas formas, donde la había, la hierba tampoco estaba muy seca. Todo parecía engalanado para una boda. Para una boda de las de antes en los pueblos, nada que ver con esas otras horteradas de mal gusto tan frecuentes hoy. Así que paseamos por allí como si estuviéramos en un paraíso sencillo y recién estrenado.

Flor de uña de gato encarnada o vinagreta, visible ahora en nuetros montes

Flor de “uña de gato encarnada” o “vinagreta”, visible ahora en nuetros montes

Otro gallo nos cantó en el monte de San Luis o Morejón, en el término de Tordehumos. Es un monte que cada vez tiene menos (hectáreas) de monte. Ha sido roturado para dedicarlo a cultivos. Había buenas extensiones de forrajeras y algo de trigo. Pero lo peor de todo es que estaba atravesado por un sinfín de pistas realizas con maquinaria pesada. Otras zonas, estaban ya abiertas pero sin cultivar. Una pena, vamos, una pena de monte. Ya se ve que aquí el desmonte no ha parado desde la desamortización. Lento pero seguro.

La casa y la encina

La casa y la encina

Hasta que llegamos al monte Curto, esquivando la casa de Herrero. ¡Qué gozada de paraje! Tanto, que le dimos varias vueltas para llenarnos bien de sus esencias. Tiene dos casas del Monte. La más interior, dedicada a corral para guarda de ganado. Da la impresión de que no se suele utilizar. De hecho, con dificultad, por la maleza, nos acercamos a ella. La segunda ¡oh, sorpresa! le resultó un tanto familiar a Miguel Ángel, pues ¡había pasado en ella un día con su padre –cazador- hace muchos años! Efectivamente, conocida también como de Carvajal (o Carbajal, según los mapas modernos), era la vivienda del guarda. Es de buena piedra, con dos plantas, flanqueda por una higuera y se encuentra en un claro del bosque donde crece una solitaria y enorme encina, seguramente la más vieja del monte. La hierba nos llegaba por encima de la cintura. La casa está candada y con rejas en las ventanas, gracias a lo cual los cazadores todavía podrán utilizarla, suponemos. Al lado, corrales en ruina.

Claro en el monte con adormideras

Claro en el monte con adormideras

Dimos unas cuantas vueltas por este monte –de inmejorables caminos con los bogales cubiertos de tierra roja, perfecto firme para rodar- hasta tomar luego las sendas del cerral en dirección sureste primero y luego suroeste, contemplando a cada momento el valle del Sequillo y la infinita Tierra de Campos, y dar con el Balcón, especie de lengua que sale a la altura del bocacerral y que, adelantándose hacia el valle del Sequillo, permite contemplarlo tanto aguas arriba como abajo, porque es eso, un balcón natural. Y allí nos dedicamos a la admiración de la naturaleza y a filosofar, deliberando sobre si hay sitios mejores y más tranquilos que este en nuestra geografía patria e intentando averiguar el nombre de los pueblos y cerros que se adivinaban en lontananza, presididos todos por los altos montes de León, al fondo. O sea, que por unos momentos nos consideramos de los más afortunados entre los mortales. Tanto que decidimos dejar para otra ocasión el ascenso al cerro de Santa Cristina, tras el castillo de Tordehumos, objetivo último de esta excursión. Alguno se subió al vértice geodésico próximo –desde el que no se ve gran cosa, la verdad- y otros bajamos hasta una zona de chopos, álamos y negrillos que descubrimos junto al pliegue noreste del Balcón. Pero no había manantial fluyente. Hasta que nos fuimos a seguir recorriendo el cerral.

Tordehumos al fondo

Tordehumos al fondo

Luego, nos dejamos caer hacia el valle, pasamos  junto al cerro del Caballo, cuyo perfil verdaderamente recuerda la grupa, lomo y cruz de este animal, y corrimos una aventurilla a campo traviesa entre guisantes forrajeros de la que salimos bien parados (ya se sabe, a veces los caminos se acaban sin avisar). Al poco, rodando sin traba por el camino del Manantial, estábamos en Casa Ursi, de Villabrágima, el mismo lugar donde Miguel Delibes solía reponerse después de cazar en los montes cercanos. Nosotros también nos recuperamos un poco a la vez que nos llenaron los bidones.

Desde el Balcón

Desde el Balcón

Para empezar el regreso subimos al monte Curto, de nuevo cruzamos el monte de la Santa Espina para caer, esta vez, sobre la cañada de los Aguachales, que nos condujo al valle del Bajoz. Finalmente, atravesamos el recinto murado de la Santa Espina y nos dimos un respiro reposando sobre los rústicos bancos de madera junto al estanque, mientras los patos nos miraban de reojo (por si caía algo) y las palomas bajaban a los  bebederos.

Valle del Bajoz

Valle del Bajoz

El día y los kilómetros (48 aproximadamente) habían merecido la pena. Con creces.

 

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