Fuente de la Mora

foncastin-sieteiglesias-2016          

El objetivo de esta excursión era llegar hasta la fuente de la Mora, en Sieteiglesias de Trabancos, cruzando el valle del Zapardiel y del propio Trabancos. Fue la última excursión del pasado mes de septiembre y pudimos gozar de un agradable tiempo soleado, con temperatura elevada para la fechas en las que nos encontrábamos, ya otoñales.

Foncastín

 Salimos de Foncastín, pueblo híbrido de nueva creación en las laderas que caen hacia el Zapardiel. La mayoría de sus habitantes proceden de Oliegos, que quedó anegado bajo las aguas del pantano de Villameca, en León. Por eso, su Plaza Mayor, iglesia, dependencias municipales, así como la mayoría de sus calles, nos recuerdan a un pueblo del sur, pues todo está encalado. Sin embargo, la Plaza Vieja y otros caserones antiguos nos recuerdan el típico caserío de labranza castellano, pues en lo que fue hasta que se construyó el nuevo pueblo.

Del antiquísimo Foncastín, al que lamían las aguas del Zapardiel, sólo queda la torre derruida de su castillo y un ciprés que señala el cementerio.

Bodega caída

Bodega caída

Viejas bodegas 

Antes de enfilar el puente sobre el Zapardiel para cruzar a la orilla izquierda, nos acercamos a una vieja bodega medio derruida, excavada en la ladera cercana al monte de Valdegalindo. Por lo que queda, fue de grandes dimensiones. Ya de vuelta, poco antes de alcanzar las ruinas del castillo, descubrimos otra entrada con pasadizo en forma de S que nos condujo a otra cavidad casi tan grande. Ésta, se estaba empezando a caer, pues encima de ella hay un campo de labor, y ahora se laborea con tractores enormes que producen terremotos bajo sus ruedas.

A lo largo del trayecto divisamos más bodegas, ya modernas. Sin duda, la más llamativa resultó ser la Alcoholera, del Marqués de Viesca en Nava, junto a la vía y carretera de Tordesillas, un equilibrado edificio de ladrillo mudéjar tras una tapia noble; sus caldos eran consumidos por la Casa Real. Y es que estamos en la tierra de los vinos.

Contemplando el valle del Zapardiel

Contemplando el valle del Zapardiel

Lomas y pinos

 Superado el Zapardiel nos introdujimos en el extenso pinar de la Nava, tomando laderas y cruzando algunas islas de terreno labrado. Cuando nos quisimos dar cuenta estábamos bajo el cielo abierto, en las lomas desde las que se domina la línea del páramo de los Torozos, con Tordesillas y su torre de Santa María destacando en un fondo de neblina.

Majuelos y pinarillos; un olivar, rastrojeras y terrenos recientemente arados. Pasamos junto a la casa del Cura –la del Bernardillo hace tiempo que desapareció; sólo distinguimos el pozo- y bajamos al valle del arroyo que viene de la Nava, donde nos encontramos un pastor y su rebaño que daba vueltas sobre sí mismo, luego un campo de cardos que levantaban más de dos metros del suelo y, finalmente, la fuente Pascua. Seca.

Pinos y majuelos

Pinos y majuelos

Más campos, más majuelos, más pinarillos. Cruzamos junto a otras casas –de las Hornías, del Barco- pues el término de la Nava es muy amplio y abundan las casas de labranza. Al fin salimos de las cimas que acogen miradores para bajar al cauce del Trabancos, que sólo es un inmenso arenal moteado por algún chopo u álamo. Al lado, la peña, que por reseca se ha vuelto blanca.

 Fuente de la Mora

Entramos en Sieteiglesias pensando en una fuente, que encontramos en la primera esquina, frente al bar del pueblo. Pasamos junto a viejas bodegas, el humilladero, la iglesia y diferentes construcciones de barro y ladrillo hasta enfilar el camino que, por entre los prados del arroyo del Reguerón, nos condujo a la meta, la fuente de la Mora.

Exterior

Exterior

Y allí estaba. Tres pilones seguidos y, detrás -como sosteniendo la ladera de peña- una pared de piedra labrada, con una puerta-reja que da paso a una estancia pequeña y alta, con bóveda de ladrillo mudéjar, que a su vez conecta con dos cuevas o pasadizos que tienen el zócalo en piedra caliza y la pared en ladrillo, cerrados por bóveda de medio punto. Los dos pasadizos, labrados en la misma peña, siguen hasta… ni se sabe, lo que sí se sabe –se ve- es que recogen los manantiales de la fuente. Ambos traen agua de buena calidad pero de distintas propiedades, según los vecinos de la localidad. El conjunto, una verdadera obra de arte. En Sieteiglesias se dice que de estas aguas bebían la reinas Isabel y Juana de Castilla.

-¿Y la Mora?

-Pues cuenta la leyenda que en la cueva izquierda habitaba una bellísima mora que salía a la caída del sol a peinar su larga cabellera. Y que los hombres que la veían quedaban al momento prendados por su belleza y atractivo nada común. Y se iban con ella a la cueva-fuente…   de donde nunca salían.

Aspecto del interior

Aspecto del interior

-¿Y el pasadizo o cueva de la derecha?

-Pues, en lo más profundo, estaba –está- lleno de tesoros -oro y joyas- que traía el verdadero amante de la Mora, que no era sino un moro. Llegaba por la noche, siempre sobre un majestuoso corcel: la Mora le entregaba sus amores y el moro, sus tesoros. Se dice que la especie de huecos que hay a cada lado de la entrada son las marcas de las espuelas del brioso corcel.

Hasta aquí la leyenda que, claro, no se puede comprobar pues nadie ha salido de lo más profundo de la fuente para contarlo. La fuente también es conocida como del Moro o de los Moros. Y de Carreván, pues desde Sieteiglesias se encuentra camino del Eván de Arriba. En los mapas la escriben igualmente como fuente del Alcaraván, que no deja de ser la forma finolis de Carreván

Pozo de la Nieve

Pozo de la Nieve

Cementerios y nieves de Nava

 En la ciudad de Nava del Rey nos esperaban varias sorpresas. La primera, el Pozo de la Nieve… ¡restaurado! Lo habíamos conocido echo una pura ruina, atiborrado de escombros. Ahora bien se aprecia lo que fue, su función, su razón de ser. Un pequeño edificio de anchas paredes de ladrillo macizo que esconde un pozo de ancha boca y no muy profundo. En él se almacenaba la nieve que era usada a lo largo del año por el pueblo. Una pega: que la seguridad prima sobre la visibilidad; una malla metálica impide que te caigas al pozo, pero también impide, prácticamente, que lo veas. ¿Se podría buscar un punto medio?

En el Cementerio Viejo

En el Cementerio Viejo

La segunda, que la puerta del Cementerio Viejo estaba abierta, al igual que la ermita que hay dentro y que guarda al ¡Santo Cristo de Trabancos! Sabíamos de su existencia, pero nunca lo habíamos visto. Se trata de una preciosa talla gótica del año 1.400 que procede del despoblado de Trabancos, situado donde este río se cruza con la carretera de Alaejos. Este cementerio fue trasladado el nuevo y ahora ha sido plantado de olivos. Todo muy poético tras las tapias abiertas por tres arcos de ladrillo cerradas, a su vez, con rejería.

En el cementerio civil

En el Cementerio Civil

Tercera y última sorpresa: el Cementerio Civil, lejos del pueblo, junto a la cuneta de la carretera de Tordesillas. Se trata de un pequeño recinto cerrado con tapias de ladrillo y barro que contiene algunas tumbas, asfixiadas por la maleza. Las que conservan legible los nombres son de inicios del siglo XX. Muy curioso. No recuerdo ningún cementerio así en la provincia, separado del católico. Tal vez se deba a la fuerza de los masones –aquí hubo una importante logia- en aquellos tiempos de Nava de la Libertad.

Y para terminar, fruta del tiempo

Y ya de vuelta, atravesamos de nuevo tesos, colinas, viñedos, pinares… Como no teníamos prisa, paramos a probar uvas, higos, peras, nueces (vienen mal las de este año), almendros y moras. Finalmente, terminamos en el Rincón de Oliegos donde sirven una excelente y helada caña con limón, que levanta a un muerto o, lo que es o mismo, a un ciclista bien rodado, soleado y resecado.

El valle desde Foncastín

El valle desde Foncastín

 

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