Un día ventoso en Tierra de Pinares

bocigas-2016Bocigas es una localidad del alfoz de Olmedo. Se encuentra, por tanto, en plena Tierra de Pinares, y es el punto que elegimos esta vez para iniciar la excursión. No fue elegido al azar: como el día anterior se lo había pasado lloviendo, esta Tierra era la ideal para rodar, pues encontraríamos poco barro. O eso era lo que creíamos.

Salimos por el camino de las Bodegas que nos condujo hasta el extenso pinar de Mohago, en el término de Olmedo. Es un pinar de negrales que nada tienen que ver con los negrales retorcidos que conocemos en Portillo o Camporredondo. Aquí son esbeltos, altos, casi totalmente derechos; diríase que se esfuerzan, sobre todo, por buscar el cielo. Además, como precisamente había llovido se encontraban limpios –daba gloria verlos, diría alguno- e incluso como aún estaban mojados, tenían una tonalidad más neta y definida. Por otra parte, en el suelo había salido musgo y algo de hierba, lo que le daba un aspecto más agradable, si cabe, para el paseo. Setas, pocas, ciertamente. El camino, perfecto: dos roderas de arena dura, sin baches ni raíces: volábamos por el bosque.

Pinar de Mohago

Pinar de Mohago

Al poco nos encontramos en un curioso y agradable lugar en la orilla misma del Adaja. En una tableta colgada entre dos chopos alguien había puesto: Este es el lugar de Pecheye. Disfrútalo pero… no lo jodas. Bocigas. El paraje –una pequeña pradera rodeada de altos álamos- es apacible ahora, con que en primavera o verano, ni te cuento. Un poco más abajo está el vado de la Huerta, al que también nos acercamos para continuar luego camino por la colada del Pinar, que sigue la orilla derecha del río.

Salimos del pinar a un claro e hicimos parada en lo que queda de la casa de Villagrá. Lo que queda son las paredes de barro que dejan ver simpáticos detalles constructivos en piedra, ladrillo, teja y madera. Parece que dominaba otro agradable vado. Pero ya no es ni recuerdo de lo que fue.

En la ribera del Adaja

En la ribera del Adaja

Atravesamos a continuación el pinar de Puras con algunas asomadas al tajo del Adaja, que corta la llanura de estos campos y que se adorna de enhiestos chopos y álamos abiertos. En la otra orilla, pinares y pinares. Acabado el nuestro, salimos de la provincia para caer casi en el río y por un senderillo en la ladera de peña fuimos ascendiendo a duras penas hasta la tierra llana del Navazo. Desde aquí –pasando junto a una pequeña nava o bodón- seguimos un camino de excelente firme que nos dejó en Montejo de Arévalo, donde repusimos fuerzas.

Y aquí empezó lo peor: un viento muy fuerte nos daba de cara al mismo tiempo que subíamos una cuesta por el camino de las Bodegas, con abundante y pegajoso barro. Además, en algunos momentos el camino se llenaba literalmente de escobas. Tanto que teníamos que (intentar) rodar por las tierras de labor. Al sur dejamos ruinas de bodegas, un bacillar y, más lejos, un monte de matas de encina; al norte uno de los muchos cabezos o motas que tiene esta loma, continuadora de la colina donde se levanta la torre del telégrafo de Almenara.

Llegada a Bernuy

Pero todo esto terminó, salvo el huracán, al llegar a la cima. Al fondo divisamos Villagonzalo y, más al fondo todavía, a unos 9 km, Coca sumida en un mar de pinares. Pues a rodar nos lanzamos dejando a un lado y otro tierras de labor, algunas naves de marranos y, ¡oh sorpresa! hasta que no estuvimos literalmente encima, no vimos, abajo, Bernuy de Coca.

Da la impresión de que este Bernuy no es nada, en comparación con lo que fuera un día. Muchos edificios arruinados; las casas estaban vacías y sólo vimos dos o tres coches aparcados. De algunas traseras se habían adueñado las hiedras, señal segura de que ya no se utilizan… Eso sí, la iglesia era enorme y relucía con el sol, que ya mostraba querencia por el horizonte. ¡Ah!: nos recibió una preciosa fuente o pozo –de los de manivela y cangilones- con sus correspondientes abrevaderos.

Saliendo de Villagonzalo

Saliendo de Villagonzalo

También nos recibía en Villagonzalo la fuente del Caño, con varios lavaderos, que corre el peligro de convertirse en el centro de la escombrera local y de la que hemos hablado en la entrada anterior. Allí mismo se nos presentó la magnífica y extensa laguna de las Eras, de agua salobre. Como el cielo estaba de un azul oscuro e intenso, las aguas reflejaban esa tonalidad sin dejar de rizarse por el viento…  Pero estaba cayendo la tarde y pusimos rumbo al oeste, cruzando pequeños valles –al sur se dejaban ver Íscar y su castillo, y Llano de Olmedo- hasta llegar a Fuente de Santa Cruz. Aquí nos dio tiempo a ver algún palomar, fuentes, la Cruz del camposanto iluminada de lleno desde atrás…  hasta nos paramos en un encinar a la salida del pueblo. ¡Y a continuar navegando con el cielo dorado del poniente!

Hacia la puesta de sol

Hacia la puesta de sol

Al poco tomamos el camino de la Raya (de Valladolid y Segovia) hacia el Adaja y empezamos a descender suavemente por la ladera el valle, ahora con el viento a favor y sin prácticamente barro que se pegara a las ruedas. La verdad es que no pudimos apreciar mucho el paisaje a nuestro alrededor por la falta de luz, salvo el perfil de la torre del telégrafo contra un cielo oscuro y los arreboles –que no es poco- de la puesta de sol justo sobre los ataquines.

Ya en Bocigas, descansamos junto a la laguna del campo de golf: era de noche y Venus reinaba en el firmamento.

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