Por el Sequillo y sus lomas

Hace unos meses terminamos –de manera accidentada- una excursión en Herrín de Campos. Esta vez la iniciamos aquí para dar un paseo hasta Villacidaler -ya en Palencia- y Zorita de la Loma: iremos por el valle del Sequillo para volver por una singular loma entre el Sequillo y el Valderaduey.

Herrín es una curiosa localidad: posee pintorescas casas de barro e ingeniosas construcciones en ladrillo donde podemos contemplar composiciones de gran belleza plástica, como la denominada pico de gorrión.

Pero tal vez lo más curioso y llamativo de Herrín sean los danzantes de san Antonio, aunque para asistir a este bello y tradicional espectáculo de paloteo -¿qué hacen unos hombres vestidos con enagüillas y tocados con coronas florales en plena austeridad terracampina?- hay que recalar el día de san Antonio o su víspera, allá por el mes de junio.

Fuente

En fin, después de ver  las casas, el cerro de las bodegas, algunos palomares y una curiosa fuente cuyo caño da la espalda al abrevadero, salimos poniendo rumbo hacia el norte. Todo el paisaje se encuentra revestido de un tono pajizo, salvo las llamativas islas verdes que son, ciertamente, abundantes: un bosquete de álamos, unas hileras de olmos rastreros con las puntas secas, un insignificantes pinarillo… El arroyo del Juncal posee una hilera de enormes árboles, tantos, que ¡hasta parece un río!

Bodega de Benavides

Cruzado el arroyo nos acercamos al caserío de Benavides. Hasta inicios del siglo XIX fue el monasterio  de Santa María de Benavides. Pero ya no queda nada. O al menos, desde fuera de las tapias sólo se ven casas y naves. Junto a la puerta de entrada, restos de columnas que tal vez pudieron sostener algún arco de aquel convento. Otra consecuencia del siglo XIX español, que acabó con tanta historia y tanto arte. Llamativa es la bodega junto al caserío, que cuenta con cuatro respiraderos y una zarcera que recibiría, a juzgar por sus dimensiones, grandes cantidades de uva. Pero a estas alturas, ni un solo majuelo hemos visto por los alrededores.

Seguimos nuestro camino. Antes de llegar a Boadilla nos llama la atención un magnífico puente de dos arcos, con bóveda de medio punto y magníficos sillares, que salva el humilde regato (totalmente seco, claro) de Gil Pérez. ¡Curioso! ¿Procederán las piedras del desaparecido monasterio?

Camino de Boadilla

Esta vez no entramos en Boadilla. Nos conformamos con contemplar el magnífico puente sobre el Sequillo y la ermita de la Virgen del Amparo, que alcanzamos rodando por un delicioso camino guardado por hileras de chopos mochos.

Seguimos navegando entre las suaves olas de Tierra de Campos, manteniéndonos muy cerca del Sequillo, a nuestra izquierda. No todo está reseco. Las hileras de sauces y álamos se suceden junto al río, y lo que parece el viejo cauce del Sequillo –a nuestra derecha- también se encuentra acompañado de algunos árboles. Precisamente por aquí hay restos de alfalfa todavía verde y levantamos muchos bandos de avutardas aquí refugiadas.

El Sequillo entre Boadilla y Villacidaler

Entramos en Villacidaler por el puente del Sequillo y, junto a la ermita de la Virgen de la Carrera vemos un viejo pozo, ya inutilizado, y una antigua prensa de uva. A la salida del pueblo pasamos por las bodegas: ¡hay que ver la cantidad de majuelos que hubo en otros tiempos! También es llamativo que no quede ninguno.

Cuatro kilómetros nos separan de Zorita de la Loma. Cuatro kilómetros de camino recto a lo largo de los cuales vemos al fondo la torre de la iglesia y, por detrás, también, la torre de la iglesia de Villacidaler. ¡Qué llanuras tan amplias nos ofrecen estos campos!

En Zorita

Entramos de nuevo en la provincia de Valladolid y, al poco, en Zorita, que cuenta sólo con tres o cuatro zoriteños; las casas parecen habitadas pero no es más que una ilusión y sólo vemos actividad en una granja. El cementerio, los palomares, las casas y la espadaña de la iglesia parecen descansar envueltas en un sueño profundo. Zorita lleva en pie unos mil años, y aún está lejos de parecerse a su vecina Villacreces, pero no parece que vaya a resistir mucho más tiempo…   Menos mal que al irnos nos saludan, animados, los perros de la granja.

Ahora disfrutamos de una experiencia nueva. Tierra de Campos no es llana, que posee lomas, valles, motas, arroyos, cuestas… Y, efectivamente, rodamos por una mesetilla larga y alomada que nos muestra bien a lo lejos, el valle del Sequillo por el este –sobre todo la zona ribereña de la orilla izquierda- y el valle del Valderaduey por el oeste, ambos con sus tesos, pueblos, alamedas, hileras de arbolado y campos, muchos campos de tierra. No vemos este paisaje de manera continua; sobre todo nos lo dejan ver los arranques de las cabeceras de los arroyos, que forman pequeños valles y curiosas cárcavas, algunas incluso con tudas. Un buen observatorio es el pico del Moro.

En La Florida

Pasamos cerca de Villacarralón y de Fontihoyuelo, pero no nos acercamos. Cerca de esta localidad giramos hacia el sudeste y cruzamos los vallejos de varios arroyos que forman, para nosotros, esos toboganes que nos impulsan en las bajadas para acometer con poco esfuerzo las subidas. El camino nos lleva a una vieja cañada utilizada hace muchos años por merinas que al poco dejamos para pasar junto al vértice geodésico de Angulo, o del picón de Gras.

Hasta que nos encontramos con un pequeños vergel formado gracias a la humedad del arroyo del Monte. Incluso hay una fuente: la fuente de la Florida, con agua en el arca que no llega al caño. Flores no hay, que estamos en otoño, pero sí frutos silvestres, abundante hierba, arbustos, olmillos… un ambiente grato para tanto polvo y sequedad que hemos acumulado.

Llegando a Herrín

Enfilamos Herrín. Por unos metros rodamos por el viejo firme del tren burra y nos acercamos a una gran balsa de riego que tendrá un kilómetro cuadrado de superficie y que cuenta hasta con un observatorio. ¡Qué pena: no hemos traído prismáticos! Aunque la balsa sólo tiene grandes charcos, se distinguen puntos blancos y puntos negros que corresponden a diversos tipos de aves acuáticas.

Y entramos en la meta rodando sobre un cembo del Sequillo, que ha sido nuestra guía a lo largo de casi toda la excursión.

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