De nuevo el Trabancos

Un río habitualmente seco tiene especial atractivo: por lo que fue y ya no es, porque es una contradicción en sí mismo, por la imagen tan triste –pero curiosa a la vez- que ofrece, porque nos avisa a los humanos de lo que nos puede ocurrir si vamos en contra de la naturaleza… por tantas cosas, en fin, que nos sugiere cuando a él nos acercamos.

Al poco de salir de Madrigal

De manera que nos fuimos de nuevo a pedalear un poco por el Trabancos, en esta ocasión por lo que podríamos considerar su curso medio: desde el límite de la provincia de Valladolid hasta Cebollas –hoy San Cristóbal- del Trabancos. Curiosamente esta localidad ha ganado en estética nominal, pero ha perdido el agua del río. Es como un símbolo de nuestra época. Sería triste que en este mundo de la imagen prefiriéramos la eufonía de los nombres a la realidad de las cosas. Pero es lo que hay.

Primer contacto

Salimos de Madrigal de las Altas Torres en dirección a la casa de Marazuela, para acceder desde allí al cauce de nuestro río. Antes de llegar cruzamos arroyos con álamos secos o esqueléticos, pinarillos, la cañada real leonesa y vimos también cazadores con galgos y lebreles. Un primer pinchazo nos avisó de que la excursión iba a ser abundante en abrojos. (Otoño + sequía = abrojos fuertes).

Imagen típica del tramo: un árbol muerto junto al río muerto

Los caminos habían cambiado y no llegamos  a la casa de Marazuela, pero sí al Trabancos después de cruzar un hermoso monte de encinas que mostraban las más variadas formas: retorcidas unas, más o menos erectas otras, olivadas o con gran copa. Algunas habían quedado aisladas en los campos de labor. Abajo estaba el lecho seco y arenoso, sin junqueras ni maleza, del río. Unos pocos chopos acompañados de álamos enanos. En la otra ribera, un monte de encinas. En las orillas del río, pozos cegados de antiguas norias. Conforme estábamos contemplando este paisaje tan bello como triste, un rebaño de ovejas avanzaba hacia nosotros pisando el fondo arenoso. La imagen bien podría titularse Paisaje lunar con rebaño.

Dejamos atrás las ruinas de las casas de los Arcos y de los Soportales, pasamos junto a la casa de los Caireles, en cuya trasera el rebaño abrevó, y nos dirigimos hacia el sur. Donde el mapa señala el monte Rabudo, que cuenta con algunas encinas, nos acercamos hasta un camino a muy poca distancia del cauce. Algunos enhiestos chopos nos saludan. Aquí la arena permite que broten unos humildes juncos, incluso alguien cultiva una huerta mínima, sobre el mismo cauce. Y conforme avanzamos, aumentan la grama y las junqueras y, en general, la maleza. Pero sin exagerar. También aparecen los primeros sauces.

A partir de aquí el progreso se nos hace costoso, pues las orillas del río ya no son ralas y duras, sino con abundante maleza y arena; y así va a ser prácticamente hasta San Cristóbal.

Encinas asomadas

Saltamos los restos de un viejo dique en calicanto y llegamos a un vado muy cerca del cual vemos una presa construida a conciencia, en piedra labrada y ladrillo mudéjar. El lugar es agradable, con arbolado y carrizo. Incluso hay un poco de agua estancada en el lecho del río. Por fin cruzamos el tributario arroyo Regamón y ponemos rumbo a Horcajo de las Torres. Un cazador con un par de perdices nos cuenta que, efectivamente, las presas que hemos visto se levantaron para alimentar de energía viejos molinos de los que no queda nada. Ni el nombre. ¡Qué poder el de la sequía!, piensa uno para sus adentros.

Presa

Horcajo es una localidad relativamente grande, con esa típica forma urbana de almendra, figurando en el centro y en alto, la iglesia. Alrededor las calles: unas suben hacia el templo y otras lo rodean. Aquí volvemos a cruzarnos con la cañada real leonesa que toma la dirección de Peñaranda.

Al poco de salir de Horcajo nos encontramos con un impresionante molino que conserva bien sus paredes externas, la balsa, dos bocines y cárcavos con bóvedas de medio punto. Hasta vemos restos de antiguas piedras de moler y el mapa señala su nombre: molino de Sayanes.

Restos de un molino en Rasueros

El cauce del Trabancos se ha estrechado y sigue acompañado de maleza y arbolado abundante, y sólo en algunas zonas quedan al descubierto arenales. Lo seguimos primero de lejos, cruzando una vieja laguna seca que tiene de acompañante una alameda raquítica, hasta que rodamos por un camino paralelo.

Entre el camino y el cauce descubrimos el arca en ladrillo mudéjar, resquebrajada, de la fuente Buena, seca, por supuesto. Pero el paisaje es precioso. Al otro lado del río, en el prado de Abajo, pastan las vacas.

El cauce da una curva para acercarse a Rasueros y vemos los restos de otro molino. No lejos, un palomar en ruina que conserva las trazas de lo que fue una hermosa construcción en ladrillo. Por algo estamos en la tierra del mudéjar. El río y su gran arboleda abrazan la localidad y nosotros subimos rodeando los cimientos de la iglesia, que son los mismos, según dicen, que sirvieron a la primitiva fortaleza que aquí tuvo el legendario conde y juez de Castilla Nuño Rasura, o sus descendientes. Si la fortaleza se hunde en la noche del olvido, hemos de reconocer que al menos la torre de la iglesia es realmente preciosa. Pocas como ella hemos contemplado.

Noria

De aquí nos vamos por la orilla del río –maleza, juncales, chopos- hasta cruzarnos con el camino que une el cementerio –orilla izquierda- con San Cristóbal del Trabancos –montículo de la orilla derecha. Al ir hacia la iglesia de San Cristóbal pasamos por otro cementerio, éste mínimo, viejo y recoleto.

Decidimos descansar un buen rato mientras hablamos con una amable cebollera sentados en un banco bajo el sol –envalentonado- del mediodía.

Mamblas al fondo

E iniciamos la vuelta poniendo rumbo a Mamblas, localidad por la que atraviesa el Zapardiel y que nos llevaba, por tanto, a cambiar de valle. Pero antes de llegar cambiamos una cámara de la bici que se encontraba atravesada –y no es exageración- por decenas de pinchos de abrojos. Después volvimos a rodar más pendientes del paisaje que de las ruedas, contemplando los cauces de dos ríos, Trabancos –al oeste- y Zapardiel –al este- perfectamente señalados por las alamedas o choperas que forman sus cortejos. De telonera, la Serrota.

Lavajo bastante seco

En Mamblas tomamos la calle de Madrigal que nos sacó del pueblo en la dirección adecuada. Pasamos por fuentes y lavajos bien secos y resecos. La tierra no tenía el típico color de la época: o amarillo por los rastrojos o marrón por la propia tierra algo húmeda; su tono era blanquecino debido a la composición arenosa y a la ausencia total de agua desde hace muchos meses.

Este último trayecto fue duro: muchos kilómetros en línea recta viendo la torre de la iglesia de San Nicolás con el viento en contra. Pero al fin llegamos. El sol seguía luciendo, lo que agradecimos como equilibrio al fresco aire del norte. Otro día nos acercaremos al nacimiento (?) de este río sin agua.

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Una respuesta to “De nuevo el Trabancos”

  1. Gaudencio Busto Says:

    Pena es, también, que nos vayamos olvidando del terror de las bicicletas: las pesetas.

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