Los Evanes

Nuestro territorio provincial no sólo es paisaje, también es historia y, con mucha frecuencia, lo que vemos son paisajes históricos, como es el caso de los Evanes, de Arriba y de Abajo. Para encontrar su origen hemos de remontarnos nada menos que a la alta edad media, ya que tal vez al inicio eran propiedades de un hispanorromano de nombre Fabianus.

Lo cierto es que la primera cita documental que encontramos es de 1265 en que se nombran Febán de Suso y Febán de Yuso como parroquias medianas, es decir, que los años impares pertenecían a la diócesis de Ávila, en Castilla, y los pares a la de Salamanca, en León, cambiando de obispo el Jueves Santo, y según  Castán Lanaspa  debieron conocer su época de máximo auge en los años de separación y crisis de los reinos de León y Castilla, entre 1157 y 1230. Otros autores se remontan al siglo X, con motivo de las primeras repoblaciones ya que los restos de los castillos recuerdan a los de esa época más antigua.

Restos de la fortaleza vistos desde el exterior

Hoy el Eván de Arriba lo vemos con nostalgia y cierta pena. Toda una larga historia ha tocado a su fin: por delante, hacia el sur, se asoma al río Trabancos, bien muerto, con una densa ribera de chopos y álamos a los que también se los ve muertos o gravemente enfermos. Un caserío alargado en el que se sitúan viviendas, talleres, establos, corrales, almacenes, pajares… en ruina. La fachada, que tuvo una especie de soportal, ha desaparecido tras de una parra y otras  enredaderas. En un extremo descubrimos los restos de un viejo castillo en calicanto, que parece tener forma circular y date posiblemente del siglo X, haciendo de pared de una de las dependencias. Por el interior se aprecian huecos mechinales para apoyo de las vigas.  En el extremo oeste, al otro lado del camino, el típico empedrado de las eras.

Santa Cecilia por fuera

Todo es abandono, olvido, desolación. Frente al alargado caserío, vemos la iglesia o ermita de Santa Cecilia, del siglo XVIII, que sustituyera a otra románica, en ladrillo pintado de blanco y espadaña sin campana y con melena, exenta salvo por lo que pudo ser un establo o dependencia adosada. Dentro, el pequeño retablo de columnas neoclásicas se ha derrumbado sobre el altar, la techumbre ha cedido, el coro aguanta en equilibrio inestable y la pila bautismal ha desaparecido. La pequeña sacristía conserva una mesa de despacho, las andas de la santa olvidadas y caídas, y un pequeño armario empotrado con las letras archivo, donde se supone que el párroco guardaba los documentos relativos a los sacramentos de los feligreses. Y eso es todo. Muy cerca, dos grandes balsas o depósitos circulares llenos de agua denotan que todavía en este lugar al menos hay algún agricultor que riega.

…y por dentro

Un camino que ahora rebota en el firme o infraestructura del AVE nos lleva hasta el otro Eván, el de Abajo, a poco más de dos kilómetros. Pero mientras llegamos pasamos un agradable momento contemplando el amplio valle del Trabancos: tuvo que ser un río de buen caudal, pues de otra forma no se entiende este anchuroso valle de suaves laderas. También nos llamó la atención el buen tamaño de los cantos rodados que aparecen en estas tierras de labor, y que sin duda fueron empujados en otras épocas por una gran corriente de agua. Son una constante en el cauce y sus cercanías.

La pradera

Hasta el momento, el Evan de Abajo se ha librado de la desolación, al menos en parte. El caserío lo vemos digno, remozado, en pie, con sus establos y pajares. Se dedica a la ganadería –excelente vacuno de aspecto bravío pudimos contemplar en los prados- y también es o fue casa rural, según podemos leer en la información que ofrece internet. Pero lo mejor es el amplísimo cauce que aquí formó el Trabancos cuando estaba vivo: con sus crecidas regulares en invierno y primavera, llenaba un prado de unos 400 metros de ancho por casi 2 kilómetros de largo en el que luego, en la época más seca, podían pastar los ganados a sus anchas. Ni qué decir tiene que este régimen despareció cuando el río se esfumó, pero a poco que llueva en  primavera, el prado revive y reverdece.

San Miguel se encuentra bien, pero quiere apoyarse en los restos de fortaleza por si acaso.

Dominando este ancho espacio, sobre una explanada, vemos las ruinas de un torreón en calicanto y también, muy dañados, los restos de la muralla, rodeando una superficie más o menos cuadrangular. Como la del otro Eván, se trata de paredes especialmente fuertes y resistentes, difíciles de eliminar o destruir, muy apropiadas por tanto  para la defensa. Por eso ha llegado hasta hoy. Adosada al torreón –parece apoyarse en él- está la ermita de San Miguel, de ladrillo y tapial reforzado con cemento, que ha sido restaurada hace poco. Incluso pudo tener un foso en el que no faltaría el agua. Castán L. comenta que una imagen de la Inmaculada, en madera policromada de hacia 1560, se encuentra en el caserío: como no había nadie cuandopasamos, no pudimos preguntar.

Detalle con ventanucos (más moderno y más antiguo)

Podemos terminar esta visita al Febán de Yuso acercándonos a la densa alameda del Conde, que ocupa la pradera aguas abajo, justo donde el valle forma una ancha garganta.

Y poco más diremos de los Evanes. Ahí están, el de Arriba en ruinas y el de Abajo dedicado a la ganadería. Repetiremos que el lugar sobre el que se levanta este último no puede ser más interesante y agradable, y hemos hecho la promesa de volver en primavera. Desde luego, si en nuestro austero territorio hay lugares tocados por la magia, sin duda éste es uno de ellos.

En la explanada

Aquí tienes el trayecto -aunque nos hemos movido muy poco-; el resto de la excursión saldrá en una próxima entrada.

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