Entre el Valderaduey y el Cea, o entre el cielo y la tierra

En Tierra de Campos, el cielo tiene tanta importancia como la tierra para fijar y completar el paisaje. En Torozos, donde se da una perfecta llanura, te acostumbras a tener el cielo encima como si fuera el interior de media cáscara de naranja. En Tierra de Pinares, los mismos pinos no te dejan fijarte lo debido en el cielo. Lo mismo ocurre en los valles, con las laderas o los árboles. En Medina estás más pendiente de pinarillos, motas, cañadas, lavajos, que te fijan la vista en la distancia corta, que de los espacios celestes, más distantes e incluso, en ocasiones, infinitos.

Cerca de Villalba de la Loma

En Tierra de Campos no sólo es que el cielo se refleja en la tierra, pues sus sombras y colores, e incluso el tono de sus aires, sino que -de una extraña manera- forma parte de ella. No vemos aquí campos llanos por ningún sitio. Son continuas ondulaciones, suaves colinas, pendientes ligeras, acompañados de algunos cerros desgastados por el tiempo, las aguas y los aires. Cuando haces una ruta por estos campos la tierra cambia constantemente y, por eso mismo, también el cielo. Siempre tienes la suficiente perspectiva como para contemplar grandes extensiones de tierra sin perder la referencia del cielo. En la excursión de hoy todo ello se puede apreciar de manera particular: salimos de Becilla en dirección al monte de Urones; pues bien, por momentos ves la torre de Becilla, o el pueblo entero, mientras en otros los dejas de ver; al llegar a la fuente Escontrilla se divisa, a sus pies, la localidad, encima el cielo y a los lados tierras pardas… son paisajes profundos que no se conciben sin la profundidad del cielo y el raudo cruzar de las nubes.

Casa del Monte de Urones

Más tarde, las nubes lo cubren todo y el cielo se convierte en una tupida mancha gris que, a su vez, convierte los campos en un lugar triste y oscuro… Luego, pasaremos por el teso del Cuerno o el cerro de la Máscara, en Villalba de la Loma, desde donde alcanzaremos a contemplar -de nuevo- casi una docena de pueblos con sus respectivos paisajes -al norte, la cordillera nevada- saturados de pequeños altozanos y suaves valles. Y como fondo, dando profundidad a todo, los aires, siempre cambiantes.

Fuente Escontrilla

En fin, describamos un poco el trayecto. La primera parte es una suave subida pasando por campos en los que nacen regueras. Cerca de una de ellas y a la vera del camino, la curiosa fuente Escontrilla que, por su aspecto, nos recuerda una una tumba, eso sí, alegre y luminosa. Después rodeamos la casa del Monte de Urones. Lo del monte es un topónimo sin mayor significado, pues de lo que seguramente fue un extenso monte, no queda mas que una docena de carrascas.

Como esta casa está en lo más alto, comenzamos a bajar hacia el Cea. Hasta que el camino tomado se pierde y nos deja frente a un campo de cereal. Un poco más abajo hay un manantial que echa abundante agua por una tubería de riego y luego una pequeña laguna. Después, una pinar para salir a la carretera y llegar a Mayorga.

En la cañada

Cruzado el Cea, nos vamos derechos por la cañada real leonesa hacia el molino que está junto a la ermita de San Vicente. Pues ni ermita ni molino, que todo está vallado en propiedad privada. De manera que no queda sino seguir adelante. La verdad es que la cañada está preciosa: es una ancha y verde alfombra que se dirige hacia el norte entre campos de labor. De vez en cuando, algunas lagunas la adornan y diversos arroyos que se dirigen a desembocar en el río la atraviesan. Sólo hay un pero: que desde Mayorga hasta el arroyo de Valdelamuza -2,5 km- está llena de basura y escombros; una pena, vamos, ¡con lo fácil que sería no tirarlos aquí! Por mucho Rollo, primer buzón de correos y Museo del Pan, si luego no somos capaces de no echar basura en la cañada…

Por Castroponce

En Valdelamata, después de cruzarnos con un rebaño de churras, enfilamos hacia Saélices. Vamos con la idea de ver el molino que aprovecha la fuerza del Cea, y lo vimos, pero en ruina total. Hace 25 años todavía se encontraba visitable, con sus seis cárcavos, piedras e ingenios intactos. Ahora ya no queda casi nada, y lo poco que queda se caerá en breve.

De manera que, con el corazón en un puño por tanta desolación, pusimos rumbo a Becilla donde termina esta excursión: allí, al menos, el puente que los romanos construyeron todavía sigue en pie a pesar de todo. Mientras, disfrutamos del paisaje desde la cresta que se levanta entre los valles del Cea y del Valderaduey, desde la que se nos presenta la inmensidad de esta Tierra.

Aquí he subido la ruta.

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Una respuesta to “Entre el Valderaduey y el Cea, o entre el cielo y la tierra”

  1. Zúñiga Says:

    Estoy de acuerdo: encontrar basura en estos pasajes es inaceptable; con lo poco que cuesta mantener limpio algo tan singular y nuestro. Me niego a creer que hayan venido gente de fuera a ensuciar expresamente este paisaje; como hacían la gente de Barcelona cuando visitaba mi querido Alto Ampurdán en los años setenta y todo lo dejaban hecho un asco. Al final todos ellos se ganaron el apodo de “pixa pins” (mea pinos, en castellano)
    La de pasearse por la cañada y encima encontrarse con un rebaño de ovejas debió ser genial. ¡Imposible dejar de hacer la foto y no colgarla para que todos la disfrutemos!
    ¡Gracias por compartirlo, Fico!

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