El Roble

(Viene de la entrada anterior)

A Peral de Arlanza llegamos después de cruzar este río por un magnífico puente de piedra bajo el que pasan las aguas soltando espuma espuma debido a las piedras depositadas en este tramo, de poca profundidad.

Camino de subida

Pero si hasta aquí todo había sido coser y cantar, debido a la agradable temperatura, la sombra de la ribera del río Franco y -más o menos- cuesta abajo, ahora empezaba lo bueno, ahora nos íbamos a enterar. Y es que no podíamos acudir al estribillo de aquella jota y esperar a la luna:

con la luna madre,
con la luna iré,
con el sol no puedo
que me quemaré

pues había que volver. De manera que, después de aprovisionarnos de pan y agua, iniciamos la vuelta siguiendo la suave cuesta arriba del arroyo del Monte. Buen camino y buenas fuentes: Fontrana, Valderos, Frontaura, todas con sus pequeñas alamedas y su abundante verdura. De momento, no íbamos mal. Además, las laderas de los páramos no se mostraban ásperas y resecas, sino revestidas de robles y enebros y todo tipo de matas verdes.

Por el arroyo del Monte

Así llegamos al ras del páramo. Bueno, aquí el páramo no es una rasante clara, pues abundan suaves elevaciones y hoyas. Pero estábamos arriba, en la zona denominada los Lanchares, tal vez por la abundancia de piedra caliza suelta, de tamaño pequeño. Tomamos la cañada de Montemayor para dejarla enseguida y cruzar la cabecera de un valle con unas antiguas corraladas en las que hermoseaban flores cerrateñas. De ahí pasamos a otro valle -de San Vicente- en el que descubrimos los restos de una fuente seca. Bajamos hasta el valle de la Cuesta y ¡de nuevo a subir!

Restos e antiguos corrales

Más corrales -los de Valdesturianos– y cuando llegamos de nuevo a lo alto del páramo, con el sol en el cenit pegando fuerte, ¡¡oh, el Roble!! Efectivamente, ahí estaba, solitario, con su tronco enorme, con su tronco hueco, todavía enhiesto, todavía fuerte, como un viejo guerrero herido en mil batallas, con ramas desgajadas, ligeramente mocho, pero ahí estaba como una atalaya viva, dominando sobre todos y sobre todo. Y, de repente, al allegarnos a él se mostró como un buen padre, acogedor, hospitalario, que nos mostró su sombra para protegernos del fortísimo sol de mediodía. El Roble, el viejo roble, había sido nuestro oasis en el desierto castellano de sol abrasador. Pudimos comer, beber, descansar. Reponernos. Reencontrarnos. Contemplar el siempre hermoso paisaje cerrateño bajo su visera protectora: valles, cereal, cerrales, las bodegas de Cobos al fondo… Estábamos salvados.

En el ras

Tras el respiro concedido por el Roble, volvemos a ponernos en marcha. A pesar del calor, el Cerrato sigue verde. No hay un campo de cebada que esté ya maduro, aunque algunos corros poseen esa tonalidad dorada. Pero todas las espigas de trigo están verdes, con ese verde oscuro típico del trigo. También hay algunos campos de avena y centeno, así como de forrajeras. Y las flores campean en lindes, caminos y perdidos. El campo nos dice que está aun en primavera aunque el calendario señale ya los comienzos del verano.

El Cerrato, aquí es un paisaje sin nadie. Sólo un alma nos ha saludado en todo el trayecto. Estáis locos, además, nos ha dicho. Antaño hubo pastores y rebaños, a juzgar por los grandes corrales que hemos contemplado. Pero hoy, nadie. Seguramente dentro de unos días esto se llene de agricultores cosechando. Tal vez. Pero ahora no, nadie lo habita, nadie lo trabaja. Sólo corzos y liebres en la tierra y algunos milanos en el cielo. ¡Qué contraste con las ciudades!

Valfrío

Cruzamos por algunas ondulaciones del páramo, dejamos pequeñas manchas de monte de roble, y nos acercamos a los corrales de Valfrío. Son tan inmensos que no los recorremos del todo. Debió tratarse de un verdadero centro pastoril.

Más tarde vemos al oeste el torreón que bien conocemos por excursiones anteriores y, justo en los corrales de Magialengua con su charca pastoril -que igualmente conocemos bien- giramos hacia el este. Nos esforzamos por no perder un camino que ha sido arado y cortado en algunos puntos y vamos pensando en el fin de este trayecto que se nos empieza a hace un poquito largo. Menos mal que desde el alto de la Cabeza se suceden toboganes cuyo resultado final es más cuesta abajo que cuesta arriba. La Cotarra nos dice que estamos muy cerca de nuestro destino.

Fuente de Frades

Pero antes de llegar hay un vergel que nos acoge para un último descanso: se trata de la alameda y fuente de Frades, con su largo abrevadero y su laguna. ¡Qué agua tan fresca: resucita a un muerto y a un ciclista agotado! Unas pocas pedaladas más y entramos en Villfruela. Hemos rodado casi 80 km. Y los 40 últimos han costado un poquitín, qu eno eran cuesta abajo…

Última enfilada

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