Escapada al oeste: entre el Tormes y el Sayago

Cambio de aires, cambio de paisajes, cambio de sendas para rodar.

Ledesma es una localidad de la provincia de Salamanca bañada por el Tormes. Su paisaje está esculpido por la Naturaleza y por los hombres, por hombres de siglos pasados, sobre todo, por lo que el resultado es un lugar ideal para vivir y pasear. El Tormes esculpió en granito su desfiladero, así como la atalaya sobre la que se asienta la misma Ledesma. Los hombres construyeron una torre encima e la atalaya -la iglesia de Santa María- dos puentes de una belleza aérea inusual y dos molinos que remansan las aguas del viejo río. ¿Resultado? ¡Ledesma!

El puente Mocho, en la rivera de Cañedo (Y es que en este mar de encinas castellano/los siglos resbalaron con sosiego -M. de Unamuno- y por eso mantuvieron estos puentes la existencia)

Pero ahí no nos íbamos a quedar, de manera que nos lanzamos a rodar por el trazado de lo que fue una calzada romana, luego camino y cañada medieval. Al parecer, unió las ciudades de Miróbriga y Ocelo Duri. La calzada atraviesa un agreste monte de encinas, con grandes piedras graníticas a flor de piel y no mucho pasto, pues la arena silícea es pobre en nutrientes y no mantiene la humedad.

De repente, caemos hacia la rivera de Cañedo, que el camino salva mediante un espectacular puente, el puente Mocho. Al igual que la calzada, su existencia es un misterio. No se sabe la quién lo construyó, ni la fecha, ni el por qué de su nombre (¿tal vez estuvo mucho tiempo mocho, sin pretiles?) ni qué servicio daba exactamente… Pero no es normal encontrarse con un puente así, construido por auténticos ingenieros, en un lugar tan perdido y desolado. Perdido hoy, claro. Lo cruzamos en silencio y admiración, asombrados de su misma existencia y, cuesta arriba, seguimos nuestro camino.

En la dehesa

De nuevo entre encinas, abriendo y cerrando portillos, pues el camino sigue abierto pero hay ganado suelto que debe protegerse. El primer ganado con el que nos encontramos, en Valdelasviñas (de viñas, nada), es una alegre piara de cerdos, que primero se espantan al vernos pero luego acuden a ver si cae algo.

A partir de ahora, hasta llegar a nuestro destino en Santiz, vamos a abrir y cerrar un montón de cancelas ganaderas en medio de los caminos y veredas de estos campos. Portillos de todos los tipos y con los sistemas de cierre más variados y originales que uno puede imaginarse. Pero no los vamos a describir aquí, pues no nos dedicaríamos a otra cosa. Otra peculiaridad repetida son las charcas en las que se almacena el agua destinada a abrevar al ganado. Suponemos que muchas de ellas con tencas, pero no lo comprobamos.

Fuente de Valcuevo, en Moraleja

Por fin, salimos a campo abierto en el que pasta ganado, esta vez vacuno, que nos contempla con su natural curiosidad y, al poco, estamos en el caserío de La Samasa, en un pequeño valle. Un poco más de campo adehesado, pastizales y monte y nos presentamos en Moraleja de Sayago. Si algo hemos de destacar aquí son sus fuentes, de las denominadas romanas, construidas en bóveda con grandes bloques de granito. Si nadie las toca, creo que van a aguantar hasta el fin del mundo, por mucho que quede aun.

Y otra vez a rodar entre ganado vacuno y, también, cabrío. Vamos elevados sobre la rivera de Moraleja, lo que nos permite ver en toda su profundidad y anchura el valle del mismo nombre. Grandes encinas aisladas, cada una podada de manera diferente, pero siempre con arte, también nos acompañan en nuestro rodar hasta que nos introducimos en un monte de encina especialmente denso; en algún momento la maleza pretende pararnos pero no lo consigue.

El castillo

Después de cruzar entre un rebaño de vacas y toros bravos -o eso nos pareció- nos damos de frente con el caserío de Asmesnal, otra joya escondida entre los pliegues del Sayago. Una torre del homenaje con un arco en su cima más los restos humillados ante ella de cuatro cubos es lo que queda de este castillo del siglo XV, testigo mudo de las viejas luchas con Portugal. Otro misterio, éste del Sayago. Posee también una iglesia y varias casas, una destaca entre todas por su esbeltez y blancura. Precioso lugar para vivir olvidado del mundanal ruido.

A Santiz llegamos en un santiamén y, como estamos ya un poco cansados aprovechamos para reponer fuerzas en la fuente Tejar, que posee -además de agua fresca-, mesas para almorzar, pradera para sestear y árboles que dan sombra. Y como estamos en agosto…

Alcornoque Gordo

Ya descansados, nos acercamos a saludar al Alcornoque Gordo de la Calahorra. Apoya sus seiscientos años de vida en grandes jincones de granito (colocados allá por los años 60 del siglo pasado) complementados por soportes de hierro más modernos. Y, desde luego, impresiona contemplar de cerca este tronco hueco con tantas primaveras en sus ramas.

Y ya que estamos aquí, ¿por qué no subir al mágico y telúrico Teso Santo? No sabríamos decir la razón de su magia y misterio, pero en tiempos prehistóricos fue un lugar sagrado, luego un importante cruce de caminos y hoy, casi da vergüenza decirlo, hoy, ¡un parque eólico! Pues sí, a eso jugamos en CyL, a destrozar paisajes a cambio de mordidas y a despoblar la región. Pero aquí no hablaremos de esto ni de las mil formas que existen de cerrar un portillo ganadero. En cualquier caso, ya me gustaría leer las meditaciones de Unamuno después de contemplar un molinillo de estos junto a una encina centenaria.

Charca ganadera

Después de admirar la inmensidad de los campos por los que hemos atravesado con el valle del Tormes al fondo, iniciamos la vuelta con la bajada del Teso. Por cierto, aquí no sólo abundan las encinas, también vemos alcornoques, pinos y robles de montaña, pues estamos en un lugar un tanto elevado.

La vuelta ya no es tan rica y paisajes como la ida. Atravesamos más campo abierto que dehesas. Pasamos por Palacios del Arzobispo, donde comimos las moras del moral de la plaza, y nos manchamos bien, como siempre que tocamos moras. De ahí fuimos hasta la fuente de Navalacuesta, donde un rebaño de ovejas -sin perro ni pastor- sesteaba a pleno sol, y de ahí a Añover de Tormes, a pesar de que este río se encuentra a más de 8 km.

Encinas

Nos quedaba aun cruzar por montes perdidos de encina y granito, cruzar de nuevo la rivera de Cañedo, saltar dos vallas en las dehesas -no dimos con las puertas- y caer en el cordel de merinas que nos conduciría ya en línea recta y sin sorpresas hasta Ledesma. Junto al molino, baño en el Tormes, para refresco y relajo de excursionistas, después de más de 60 adehesados kilómetros: el trayecto, aquí.

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