Las piedras del Valcorba

Como no podía ser de otra manera, las piedras que encontramos en su valle y cercanías son calizas. Corrales, casas, molinos, acequias, fuentes… todo se construye con ese material. Los ladrillos son de ayer y el adobe casi no se conoce. Por eso, en Traspinedo, al empezar la excursión visitamos su hermosa fuente con amplio lavadero construidos ambos con esa piedra, al igual que el molino, cuyos restos se levantan al lado. Y, entre ambas construcciones, una pequeña laguna. Un lugar con encanto, uno de tantos.

Fuente en Traspinedo

Hasta el arroyo del molino -que en realidad es artificial, o sea, una acequia o caz y luego un socaz después de trabajar en la molienda- posee un precioso puentecillo de piedra con tres arcos, tan humilde -y tan fuerte- que no levanta dos dedos el camino al que da servicio. Siguiendo el arroyo dimos con otro molino, este ya en Santibáñez. Después, siguiendo el cauce del Valcorba dimos con otra fuente, de hermosa arca, en la que nace una reguera que se dirige a nuestro arroyo principal.

Y desde allí comenzamos la subida al páramo. Subida que nada tiene que envidiar a una de auténtica montaña, con su sendero de herradura que nos introduce como en un bosque de robles, con el suelo alfombrado de sus pequeñas hojas amarillas. Termina junto a la fuente de los Rasillos, oculta entre la maleza, que hace no mucho manaba.

El rasillo del Portillano

Y, en el primer rasillo, vemos la casa del Portillano o del Monte. Fuertes muros de caliza aun se mantienen en pie, después de que cayeran las cubiertas. Resalta con fuerza en medio de un campo en el que no se ve otro vestigio humano. Avanzamos hasta tomar el camino de la Pared que parece conducir hacia la Pared del Castro, pero sin llegar a ella, pues está por medio el mismo valle del Valcorba. Hermoso y perdido lugar, en el que se alterna el monte de roble y encina con algunos rodales de cultivo y con linderos diseñados con estos árboles y sus matas.

El camino nos lleva hasta Montemayor; de allí a La Fraila rodando por un camino entre pinares y, por una carretera tan recta como poco transitada, nos presentamos en el pinar de las Cercas, donde buscamos una de las pocas -¿la única?- simas conocidas que hay en la provincia, hasta que la encontramos. Naturalmente, la boca -y el interior, al que no bajamos porque no llevabámos equipo- es de piedra caliza. Seguramente haya muchas más bajo esta roca, pero o no tienen entrada o esta se encuentra taponada. Justo en la misma boca crece una pequeña mata de enebro: tal vez dentro de unos años oculte la entrada o, por el contrario, sus raíces sirvan para descolgarse al interior sin necesidad de cuerda. Aprovechamos para descansar bajo el templado sol de un diciembre recién estrenado.

Descansando en la boca de la sima

Bajamos no sin antes parar un momento en la fuente de la Mora, que suelta un buen chorro, y en la cueva de al lado, donde queda el recuerdo de la Virgen de los Remedios, Patrona del Valle.

Y tomamos el arroyo aguas abajo. Una cruz y un molino nos señalan el camino y después varios corrales levantados en piedra seca nos acompañan entre altos pinos, encinas, robles, sabinas. El valle está tranquilo, el sol lo ha templado. El agua corre por sus cauces y se estanca en los charcos; los cuervos aprovechan para graznar y vuelan ratoneros, milanos y palomas.

Una ladera del valle

Llegamos al molino de los Álamos, que es un molino diferente pues nos da la impresión de que tenía dos ejes: el de la rueda motriz, horizontal como en las grandes aceñas, con sus paletas que movía el chorro agua y el de la rueda molinera, vertical. Al llegar a casa, pudimos comprobar en el libro de Molinos de García Tapica y Carricajo que así era efectivamente, y que precisamente en el Valcorba estaban los tres ejemplares de este tipo de molinos en la provincia. Por eso, el recinto donde se asentaba la maquinaria era especialmente amplio y diferente a los habituales. Pero es que, además, el edificio se completa con la casa del molinero, un corral-ruedo y una balsa que recogía agua para regar la huerta próxima, o al menos esa impresión daba. Todo en piedra caliza, naturalmente.

Fachada del molino

En fin, solo quedaba seguir rodando por el camino del valle. Al llegar a la carretera de Montemayor pasamos a la otra ribera y nos metimos en un diabólico arenal. A pesar de lo que había llovido en días anteriores, la arena estaba suelta y hubimos de hacer varios tramos tirando de la burra. Pero no importó: la tarde estaba cayendo y el sol en horizontal le sacaba los mejores colores a los habitantes del valle.

Tierras y pinares del valle

Al poco estábamos junto a la iglesia de Traspinedo y enseguida rodando por la calle mayor, con sus típicos y agradables soportales. El aire todavía portaba las esencias de los pinchos de lechazo asados con sarmiento, típicos de la comarca.

Aquí tenéis el trayecto según Durius Aquae.

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