Entre dos aguas

De la localidad más al sudoeste de la provincia nos vamos a la más norteña que, a la vez, es la más lejana a la capital: Melgar de Arriba, bañada por las aguas del río Cea.

Recorreremos dos valles contiguos: el del Cea y el del Valderaduey. Como sabemos, los valles están contiguos unos a otros, separados por la correspondiente divisoria de aguas. Pues bien, lo más curioso en este caso es que Valderaduey y Cea cuando entran en nuestra provincia lo hacen prácticamente juntos, de la mano, separados tan solo por una distancia de kilómetro y medio. Se vienen aproximando poco a poco, desde su nacimiento en tierras leonesas y cuando les queda poco más de un kilómetro para unirse, entre Melgar de Arriba y Arenillas, comienzan de nuevo una separación que le llevará al Valderaduey a morir en el Duero, a las puertas de Zamora, y al Cea en el Esla cerca de Benavente, a casi 60 km uno del otro. Misterios de la naturaleza.

Puente Canto

De manera que vamos a navegar entre dos aguas, por dos valles, por una supuesta cresta de montes que separan los cauces… Ello facilitará las amplias vistas sobre Tierra de Campos (hasta cierto punto, claro) y a la vez conoceremos este paisaje diseñado en parte por este hermanamiento fluvial. ¡Ah! Y por si fuera poco, el canal del Cea se pasea con parsimonia por los dos valles.

Salimos de Melgar de Arriba para subir una cordillera de 25 metros y bajar a Arenillas de Valderaduey. Por cierto, que el término de Melgar llega hasta las mismas casas de Arenillas, ya en otra provincia. Sorprende ver tanta y tan buena arquitectura cuya elemento principal y casi único es el barro. Todas las casas son de este material al menos en buen parte; las iglesias se han levantado también en ladrillo y el ábside de Santo Tomás es una hermosa manifestación de la humildad de ese elemento.

Ladrillo en Arenillas

El siguiente empujón nos lleva a Galleguillos de Campos, a la vez que nos devuelve a las orillas del Cea. En la localidad, nos volvemos a admirar de la variedad, sencillez y buen gusto de las viejas construcciones de tierra; el río es, sin embargo distinto: rápido y con cierto caudal. Nos vamos por la ribera hasta una presa que remansa el agua del Cea a la vez que recoge la del canal para devolverla a su cauce. Es como una laguna profunda en la que se refugian garzas blancas y diversos tipos de patos.

Desde la presa se ve la cuesta Morate –la divisora que nos persigue y marea– y un camino que por ella sube. Y allá que nos vamos para cruzar otra vez el Valderaduey que -comparado con el Cea- es una zanja. Paseamos por Grajal de Campos: monasterio de Nuestra Señora de la Antigua, ermita de la Virgen de las Puertas (por las que cruzamos), plaza porticada, iglesia de San Miguel con torre que bien pudo inspirar a Picasso, palacio renacentista, castillo… Un pueblo muy señorial –poco barro y mucha piedra- en esta ingenua Tierra de Campos.

En Galleguillos

Y por el camino de la Huelga, paralelo al río, nos fuimos hacia el norte. Barriales, restos de hornos, laderas y, a la derecha, el fino bosque de galería y la vega regados por el Valderaduey, que cruzamos por un vado. Cierto que alguno clavó las ruedas en el lecho. Pero el agua estaba a temperatura ideal.

Siguiendo junto al río, ahora por la ribera derecha, nos presentamos en otro lugar paradisíaco: la ermita de la Virgen del Puente, medieval, mudéjar, que conserva milagrosamente este paso sobre el cauce antiguo para dar servicio al camino igualmente antiguo, con pradera y árboles para descansar. ¡Qué bien maridan la naturaleza y la historia, el campo y la tradición! Y efectivamente, encontramos algunos peregrinos haciendo un alto en el Camino. El tramo siguiente nos lleva hasta el santuario de la Virgen Peregrina, buen balcón para contemplar las torres de Sahagún y, como teloneros, los picos Espigüete y Curavacas con algunas manchas de nieve. A continuación, las bicis nos bajan hasta la ribera del Cea. Aquí maridan las sardinas (en lata, cierto) con el sabroso pan de estas tierras, y los cuerpos cansados con la pradera. Después, cruzamos el Cea gracias a una preciosidad llamada puente Canto.

Vadeando el Valderaduey

Dejamos los cinco kilómetros que hemos hecho por el Camino desde la Virgen del Puente y tomamos una cañada convertida en triste camino de concentración. Tras sortear carreteras, la vía del AVE y perder antiguas veredas, nos presentamos en la Laguna Grande, en el término de Bercianos del Real Camino. Efectivamente es enorme. De forma redondeada, su perímetro medirá kilómetro y medio. Tiene agua, aunque no está en su mejor momento, y las espadañas , todavía secas, lo llenan todo quitándole parte de su encanto.

La vereda de Melgar nos va acercando a nuestro destino final. La primera parte la hacemos por un camino de buen firme, con un arroyo al lado. Luego, se confunden vereda, prados, manantiales, humedales y pequeñas lagunas superficiales, sobre todo al pasar junto a las fuentes del Corcho.

En la laguna Grande

Salimos a campo abierto y divisamos la silueta de Melgar de Abajo. Pasamos por el punto más al norte de la provincia de Valladolid, para buscar la fuente de Pozagoso y comprobamos que ha desaparecido. Empujados por un aguacero -las aguas nos persiguen en esta excursión, ahora las del cielo- que se acerca por el oeste, llegamos a Melgar de Arriba. Nos llamaron la atención las casitas que abundan en las zonas de huerta próximas a la localidad. Nos despedimos definitivamente del Cea y aprovechamos para contemplar el último encanto del día, en ladrillo y tapial esta vez: la iglesia de San Miguel. Aquí, el trayecto, que se acercó a los 60 km.

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