Cerratos y castrillos de doña Eylo

Volvemos al Cerrato, comarca difícilmente abarcable a lo largo de una vida, salvo que te dediques en exclusivo a ella, que no es el caso.

En esta excursión hemos tenido agradables sorpresas, como casi siempre. La primera es la bajada -que también puede hacerse de subida, claro- desde el Andutero -a la vista de Castrillo de Onielo- hacia el valle del arroyo Maderano. Se trata de un sendero, señalado también como cañada, que se pega horizontal a la ladera casi vertical, formando un camino de herradura por el que no caben dos bicis en paralelo, pero el firme es bueno (todavía). Curiosa sensación nada habitual por estas zonas no montañosas. Por cierto, al Andutero llegamos a través de un páramo estrechísimo, de esos que tanto abundan en esta comarca; desde el camino por el que rodamos se veían los dos valles formados por sus laderas.

En las rastrojera, los restos de un colmenar.

Después de bajar por el camino de herradura, nos acercamos a la ermita de la Virgen de Villabusto, restaurada. Hay que señalar que aquí disponemos de una magnífica fuente (artificial) donde saciar la sed, especialmente si son días calurosos, como estos.

Un dato curioso: el Onielo de Castrillo se lo debemos a la mujer del conde Ansúrez, doña Eylo. No pasamos por la localidad propiamente dicha, pero sí por un molino junto al Maderano, que luego fue palomar y hoy ruina, así como por un palomar en forma de torre.

Molino, palomar, ruina.

Otra sorpresa fue descubrir los corrales del , a 400 m de la cañada real Burgalesa, con su esbelto chozo que aun no está derribado. Su puerta es ancha y relativamente alta: hay que agacharse solo un poco. También pasamos por otros muchos corrales y chozos, ya conocidos, y por algunos reducidos a un montón de piedras. Las corralizas mejor conservadas las vimos junto a la cañada Burgalesa, que antes de llegar a Villaconancio ha mantenido en su superficie el antiguo monte de roble.

Valle del arroyo Maderano.

Rodamos por espesos montes de encina y roble, por descampados, por monte bajo, por terrenos ondulados y rasantes, por laderas; vimos los diferentes colores de la tierra que asoman en las laderas, así como las viseras de caliza, que tanto abundan. Pasamos por excelente miradores -como el del rollo de Vertavillo, o el páramo de la Cercada en Alba, o el Lego, sobre la ermita de la Virgen de Hontoria. Y por multitud -¡qué abundantes en otros tiempos!- de colmenares arruinados.

Corrales del Bú.

En todo caso, estábamos a finales de agosto. La tierra -también en el habitualmente verde monte cerrateño- se encontraba amarilla y polvorienta. El calor la ha dejado exangüe y parece desear las lluvias como los agricultores el agua de mayo. ¡Dura tierra castellana!

Aquí dejamos la ruta. El GPS ha acortado algún trayecto.

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