Amanecer en la Arcadia

Uno no puede alejarse demasiado de Valladolid, pero también es cierto que nadie se baña dos veces en el mismo río, como decía Heráclito, ya que todo cambia y, también en bici, es imposible pasar dos veces por el mismo lugar, pues son muchos los aspectos que han cambiado de un momento a otro, según sea por la mañana o por la tarde, invierno o verano, llueva o haga sol, incluso el viento nos hace percibir de manera diferente los paisajes.

Algo parecido decía Delibes a la hora de cazar y lo cierto es que el pasado martes, de madrugada, el día era diferente: el cielo se despertó aborregado, el sol no conseguía traspasar la fina gasa de nubes y, como consecuencia, el paisaje no llegaba a tornarse nítido y luminoso, y se quedó –hasta casi media mañana-  un tanto umbrío y nebuloso, sin sombra y con un más que tímido sol.

Lo digo a cuenta de que la salida anterior también fue por el pinar hasta el monte Blanco. Pero con el sol poniente, y ése fue el cambio fundamental. Como si estuviéramos en otro lugar. O casi.

Esta sensación, al cruzar el pinar al sur del Duero, se agudizó: parecía un pinar de montaña, parecía una suave y húmeda llanura al pie de la montaña en la que han ido naciendo pinos, y de hecho así ocurrió, pues crucé por un lugar llamado Prado Grande, señal inequívoca de lo que un día fue, aunque, por otra parte, no estemos exactamente al pie de la cordillera.

Con mi rodar, los  conejos se iban retirando y una corza, por el contrario, se quedó mirándome con fijeza. Todos los pájaros parecían estar de jolgorio, y no pequeño. Y, aunque la luz, como hemos dicho, no favoreció la excursión, ahí estaban los azules del cantueso, de las agujas de pastor, de los azulejos o de los nazarenos; los blancos de espino y de las margaritas; los amarillos de la retama, de las cerrajas y de la coronilla, o los verdes de la lechetrezna. Tal vez otro día los podamos contemplar en todo su esplendor.

Erodium (botrys), alfileres

Bajé hasta el Adaja a pesar de la tupida maleza y subí como pude, fui del sur al este y de este a oeste por la vaguada que corta el monte Blanco como si estuviera en la mismísima Arcadia y, cuando me cansé, puse rumbo a Valladolid donde, al llegar, la gente iniciaba su tranquilo paseo.

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