El Pinar

Tierra de Pinares salta el Duero desde el sur para llegar hasta la misma ciudad de Valladolid, pues el pinar de Antequera -el Pinar para los vallisoletanos- es una gran mancha de este monte alto entre el Pisuerga y el Duero. El Pinar es el pulmón de Valladolid, ya que la ciudad se ha ido expandiendo hacia los cuatro puntos cardinales, pero sólo por el sur cuenta con terreno verde en abundancia. Son mil hectáreas de bosque pinariego, sobre todo de piñonero, si bien encontramos algunas zonas de carrasca, muy pocas de negral o resinero y algún roble testimonial. Pero si unimos los pinares limítrofes de Laguna de Duero y Simancas, con unas 200 y 800 hectáreas de monte respectivamente, tendremos un gran pinar al sur de Valladolid, de ¡20 kilómetros cuadrados! A pesar de todo, en los tiempos de la fase 0 del desconfinamiento lo hemos visto casi llenito a ciertas horas. Había que ir a otros lugares (prohibidos) para no juntar virus.

Ideal para caminar y pasear en bici, pues posee una pista verde que conecta la ciudad con Puente Duero y Simancas, una cañada real que lo atraviesa de norte a sur (y un cordel medio desaparecido que viene de las Arcas Reales), varias caminos en buen estado, un camino asfaltado con grandes baches (el del Gobernador), multitud de estrechos senderos y algunos caminos totalmente enarenados, como debe ser.

A pesar de ser un pinar y nada más que un pinar, posee zonas diferentes. Algunas de altos y enormes pinos, otras de ejemplares de tamaño mediano y también de pimpollos en pleno crecimiento. Cuenta con llanuras, pequeñas cuestas y vaguadas y, por el sur, se asoma al Duero. Las carrascas crecen en medio de una verdadera selva en las proximidades del camino del Gobernador y los pocos negrales los veremos al norte, junto a los Perales y al sur, en el ángulo formado por la cañada real y la carretera de Simancas. También posee arbolado caducifolio no sólo en la ribera del Duero, sino junto a las acequias de Simancas y Puente Duero, que lo circundan. En varios puntos crecen junqueras, testigos de viejos humedales; otras veces los testigos son topónimos, como Las Lagunillas.

La hombre también ha dejado su impronta y es parte integrante de este paisaje: el tranquilo barrio del Pinar, situado al noreste, pertenece parte a Valladolid y parte a Laguna; cuenta con dos cuarteles, parada de autobús, playa, un complejo recreativo-deportivo, la ruinas de la granja Ronquines, los restos del claustro del convento de la Merced en la arruinada granja de los Quemadillos. Vemos también los restos del polvorín próximo a los cuarteles. Y la vía del AVE, que lo atraviesa de norte a sur formando una barrera casi infranqueable, o sea, el impuesto de la modernidad.

Si el Pinar es un monte normalmente seco y austero, en el que sólo las copas de los pinos nos ofrecen un verde perenne, ahora también el suelo está completamente verde y repleto de colorido. Podemos disfrutar de humildes matorrales con flores amarillas o blancas, como las escobas, o la retama. Del azulado, empenachado y oloroso cantueso, de la atrevida silene colorata, de las rosas silvestres… O de otras flores más humildes, como -por citar algunas- las pequeñas y azules agujas de pastor… Ahora también es obligatorio rodar con gafas, pues la avena loca se inclina sobre los estrechos caminos de roderas…  La primavera ya ha hecho su labor, sólo hemos de contemplarla. ¡Ah!, y será de lo más normal contemplar a los esquivos corzos o a las huidizas ardillas. Nos esperan en el Pinar.

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