Los Infiernicos, entre Duero y Guareña

El río Duero no se atreve a cortar la dehesa de Cubillas y tuerce su dirección hacia el suroeste, poniendo rumbo a Castronuño. Sin embargo, aquí da un giro de noventa grados hacia el noroeste. Y es que no ha podido con un macizo que se levanta 150 metros por encima de su superficie. No es mucho, pero sí lo suficiente para hacerle cambiar otra vez de rumbo en su discurrir hacia poniente.

Pues bien, por aquí, por estos montes que separan Duero y Guareña hemos dado el paseo de hoy. Primero hemos rodado por el mismo cauce –seco- del arroyo del Caño. ¿En qué momento pasó de arroyo a torrentera? No lo sé, pero tal vez en la misma época en que desaparecieron las aguas del Trabancos. No hay agua, pero sí verdor, pues forma un auténtico bosque de galería lleno de vida animal y vegetal. Pasamos bajo el puente del AVE, que parece volar, tan alto está, y luego bajo el puente de los Tres Ojos, de factura casi artesanal, sobre el que ya no pasa la carretera ni tampoco, claro, salva la corriente del arrollo. Son los tiempos. Tenemos AVE pero nos hemos dejado la naturaleza viva; es lo que queremos y así nos va.

No resistimos la tentación y subimos a las Zorreras, que ofrecen una buena vista sobre Castronuño y, como fondo, la dehesa de Cubillas y, más allá, las faldas y últimos cerros de Torozos. Después bordeamos la dehesa de Carmona, donde pasta ganado vacuno.

Cruzamos barcos, colinas y vaguadas hasta asomarnos a la Guareña. El campo está entre verde y dorado, y salpicado de todo tipo de colores azules, rojos, blancos y amarillos. Estamos entre la primavera y el verano, si bien el calor se agradece un día como hoy. La Guareña, sin embargo, nos parece más dorada que verde, como si aquí hubiera llegado antes el estío y los campos ya estuvieran preparados para la siega. Aunque lejanos, distinguimos los característicos tesos de la comarca con sus nombres peculiares. Y el río, con sus praderas y arbolado.

Volvemos por el camino del Cambizo y los restos de la casa de Cantadales –otro estupendo mirador-, paramos en la fuente del Burro, cortejada por infinidad de cardos de las mas variadas clases, todavía verdes, y nos paramos en los Infiernicos para contemplar el paisaje. Por supuesto, en el horizonte destacan las agujas de Alaejos, que sólo están a diez kilómetros.

Desde aquí, ya todo es bajada hasta Castronuño, donde nos espera la tranquila -por embalsada- superficie del río Duero con su Florida.

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