Los Tres Obispos

Se cuenta en Cuevas de Provanco que cierto día los obispos de Valladolid, Segovia y Burgos se reunieron a comer en Cuevas y los tres estaban sentados en sus respectivas diócesis. Y ello porque existe un punto donde coinciden las tres. Lo mismo podríamos decir de los tres Alcaldes (Cuevas, Castrillo de Duero y Valdezate) o de las tres Comunidades de Villa y Tierra (Fuentidueña, Peñafiel y Haza). Pero lo cierto es que el paisaje no entiende de rayas administraciones (al revés a veces sí, ya que estas pueden seguir ríos y montañas) y hay que amojonar en pleno campo para saber en qué término municipal nos encontramos.

Subida al páramo desde el valle del Botijas

Sea como fuere, Cuevas sí entiende de leyendas pues además de los Tres Obispos tenemos la de la mora Penta, Valdezate sabe de pastores, como luego veremos, y Castrillo alardea de héroes y señores, a juzgar por sus palacios blasonados y porque es cuna de El Empecinado.

Como si tuviera un especial magnetismo, hemos vuelto a subir al páramo desierto de Corcos. Esta vez, atraídos por los extensos corrales que pueden contemplarse incluso a través de Google Maps. Una primera punta de páramo, la más cercana a Castrillo, ofrece grandes corrales de todas las formas: redondos, cuadrados, ovoides; también los había en la ladera por la que accedimos. Ahora luchan contra el olvido, sobre todo en los sitios que aún no se han roturado para tierra de cultivo. Nada más hay, salvo algún aprendiz de roble, soportando el sol de justicia de este verano recién estrenado. El paisaje, a estas alturas del año, es un tanto desolador. Sólo algunas flores de gallocresta, candelera y tomillo lo dulcifican.

Castrillo y, al fondo, Olmos

Pero en el cerral nos espera una grata sorpresa. Distinguimos el valle del Botijas con Castrillo perfectamente visible y, detrás, Olmos de Peñafiel, que hasta parecen estar juntos. También atisbamos buena parte de Nava de Roa, la sobresaliente iglesia de Valdezate y un montón de pueblos más. Y lo mejor: la inmensa hoya de Aranda, donde las aguas del Duero han destruido los páramos salvo, precisamente, por donde más aguas han circulado, desaguando todas, o sea, por el oeste. Tan amplio es el panorama que entre la Manvirgo y Roa vemos, muy al fondo, el vallejo de Valdongil y, a través del él, el mismo valle del Esgueva. Son casi 30 km en línea recta. Y todo en llano. ¡Ufff!

La capa de caliza se derrumban

Seguimos rodando por la paramera hasta que de pronto, como en una alucinación, distingo un rebaño de ovejas totalmente inmóvil, sesteando, con las cabezas invisibles. Por poco no lo veo a pesar de la cercanía. A unos cien metros, el perfil de un pastor sobre un pequeño montón de piedras, aprovechando la sombra de una escuálida mata de roble. Mutuamente nos sorprendemos de encontrar un humano por estos pagos desérticos y perdidos. Me habla de su duro trabajo –no hay más que verlo-, que es de Valdezate, que cuando empezó a pastorear había en el pueblo más de veinte rebaños y ahora quedan sólo dos, que está pensando en retirarse. Terminamos hablando del covid (¡gran tema!) y nos despedimos. Sigo rodando, ahora un tanto reconfortado, sabiendo que no estoy totalmente solo en el páramo.

El páramo se deshace en laderas…

Busco algunas fuentes señaladas en los mapas pero no encuentro ninguna. Desaparecieron, tal vez. Termino en las cercanías de Cuevas, contemplando viejos corrales y paseo por el pueblo, si es que se puede pasear por una localidad levantada prácticamente sobre un cortado, y no más bien escalar o dejarse caer. Sorprende el valle del Botijas, que aquí es un vergel, mientras que en Castrillo el color verde ya se había ausentado.

Volvemos a rodar por el páramo. Se produce el mismo efecto óptico que en la excursión anterior: ahora, con la sierra al fondo, parece que el páramo acaba en una gran vaguada. Hasta que, por las cañadas de Valdeperniegas y Valdezate, caemos en esta última localidad.

Perfil de Castrillo

Y ahora vamos a recorrer una especie de valle muy abierto, producto de la rotura de los páramos de Corcos y Peñafiel, a través del cual llegaremos a Castrillo. No es un vallejo al uso pues, además de muy abierto, contiene multitud de colinas, cerrillos, cabezos y oteros, abundantes cuestas que, en definitiva, lo hacen agradable a la vista pero cansado a las piernas que pedalean. De hecho, nos encaramamos a uno de estos mogotes en La Alberiza para poder acontemplar a gusto el panorama. Tampoco encontramos las fuentes que buscamos (de la Zapatera, de Tardevás) pero nos acompañan algunas alamedas, pinarillos y árboles frutales.

Una de las casas señoriales

En Castrillo nos paseamos por sus calles, contemplando sus fuentes y sus palacetes, que parecen competir en el porte y señorío de sus blasones. Merece la pena ver fachadas con tanta historia antes de que se caigan –algunas- por completo, si bien otras se encuentran felizmente restauradas. Al menos el espíritu de El Empecinado sigue entre sus callejas y rincones, pues el de otros héroes que fueron, como pastores, pronto desaparecerá del todo…

Aquí podéis ver la ruta seguida.

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