Entre Haza y la Manvirgo

Sí, ¡cuánto han cambiado las cosas! Pero cuando cabalgas –o ruedas- por los campos del Duero –como es el caso de hoy- ves que los cambios han sido mucho más potentes en los últimos 30 años que en los últimos 10 siglos.

En el paseo que hemos dado esta vez, a pesar de estar ya en plena canícula, los campos estaban todavía verdes. Y lo estarán todo el verano debido a que el verdor procedía de los continuos viñedos por los que hemos cruzado. Además, de tanto en tanto, contemplábamos el perfil de un palacete –una bodega industrial, en realidad- con su césped, su jardín y su arbolado (no sé cuál es la razón pero los estilizados cipreses, que suavizan el paisaje frente a la dura encina, se han puesto de moda). O sea, que podíamos estar en Aquitania, en la Provenza o incluso en Lombardía. Pero no, estábamos ¡en la dura y austera Castilla!

Desde Haza

¿Qué dirían los condes repobladores si lo vieran?  Aquellos caballeros vieron un país desértico y sometido a las razias musulmanas; a principios del siglo X construyeron torres y fortalezas defensivas que no gozaron de estabilidad hasta que Almanzor fue definitivamente muerto y vencido. En ese momento se erigen Haza y Roa como localidades jurisdiccionales, cabeceras de las Comundades de Villa y Tierra respectivas. Tal vez por eso se sitúan en puntos estratégicos desde los que dominar el territorio próximo. O sea, ayer polvo, desolación y lucha, hoy verdor, riqueza y tierra productiva. Por lo menos en eso hemos ganado.

DEspertar en el valle

Merece la pena la subida a Haza por el camino –empinado y corto- de la ermita de Santa Juana, con la imagen del derrumbadero de enormes piedras calizas desde el cantil de la Villa. Merece la pena el paseo por esta histórica ciudad de piedra. Merece la pena asomarse a los valles del Duero y del Riaza desde cualquiera de sus cantos. Este paseo te reconforta y te mete tu alma en el paisaje.

Otra etapa de la excursión fue el paso por el monte Pinadillo, de encinas y pinos en el que se puede apreciar su peculiar aprovechamiento: largas y estrechas bandas de tierras de cultivo dentro del monte, dedicadas a viñedo o cereal. Todo perfectamente limpio y cuidado.

Puente Viejo, en el Riaza

También destacaremos las riberas del Duero y del Riaza, convertidas en campos de regadío –otro vergel- gracias a las presas y canales de estos ríos. Por cierto, nos dimos de bruces con el Puente Viejo, sobre el Riaza entre Roa y Berlangas, por el que todavía se puede cruzar, y buscamos –y encontramos- el puente del ferrocarril de Atiza sobre el mismo río: los raíles han desaparecido bajo la maleza, el río será engullido por los árboles en unos cuantos años más. Es la historia antigua que se oculta bajo la moderna Ribera del Duero. Y, con cierta dificultad, nos acercamos al punto donde el Riaza entrega sus aguas al Duero.

Ferrocarril de Ariza

Pero no todo acaba aquí: en Berlangas de Roa descubrimos que cayó un enorme meteorito allá por el año 1811. Gracias a que el ejército de Napoleón andaba saqueando por allí está datado este hecho, que si fuera por nosotros, ni lo hubiéramos advertido. Claro que el trozo más grande de esta piedra se encuentra en Francia, y ninguno en España. Normal. También vimos la fuente de los Caños, en un precioso paraje.

En Hoyales de Roa nos llamó la atención su genuino barrio de bodegas, perfectamente ordenadas alrededor de los restos de la Torre. Y desde el espolón de Roa pudimos contemplar una vez más, el valle del Duero.

El Riaza se une al Duero

Pero nuestra excursión nos llevó hasta más allá de Roa, hasta la Manvirgo, en concreto. Es un cerro que se ve desde cualquier punto del valle, la habíamos contemplado en muchas de nuestras excursiones, pero hacía bastantes años que no la escalábamos. Llama la atención por muchos motivos, entre otros por haber quedado, incólume, en medio del valle del Duero, sobresaliendo en la enorme hoya de Aranda-Roa. O sea, que es un misterio el por qué ha quedado ahí, por qué los elementos no han sido capaces de romper su capa protectora de caliza. Típico cerro testigo, ideal para conocer la historia geológica del valle y de la meseta.

Desde la Manvirgo

Es, también, un mirador privilegiado para observar los pueblos de alrededor y sus viñedos y bodegas; los antiguos páramos a los que estuvo unida; Somosierra y la Demanda con sus estribaciones. Los historiadores dicen que no han encontrado (todavía) restos arqueológicos de importancia, salvo de una torre en la zona norte, que tampoco se ha datado. Pero seguramente fue un punto de vigilancia durante la primera parte de la Reconquista. Sea como fuere, los restos de cerámica ordinaria son muy abundantes en su superficie; sin duda hubo un poblado o una fortaleza en época romano-vaccea dependiente de Rauda (Roa).

Otro punto de vista

Ante lo curioso de su nombre se le han adjudicado un montón de leyendas, la mayoría peregrinas, como la del templo pagano atendido por vestales o un monasterio cristiano de mojas, vírgenes en cualquier caso. Pero lo más cierto –que al menos coincide con la abundancia de restos cerámicos- es que man haga referencia a monte y virgo provenga de villicus, que significa villar, pueblecito. O eso dicen expertos en latín medieval.

Entrando en el monte

Y volvimos a Fuentecén por el monte de la Virgen de la Vega, agradable encinar cuya elevación hizo frente a las embestidas del Duero y del Riaza desviando su curso hacia Roa.

Una excursión llena de vistas, vida, viñedos e historia. Así es -hoy- nuestra Ribera. ¡Que se mantenga por muchos años produciendo buen vino! Aquí, el trayecto.

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2 comentarios to “Entre Haza y la Manvirgo”

  1. Fernando Says:

    Que buen recuerdo tengo de Fuentecen. Me acerqué a ver su Pino Redondo, en mitad de las bodegas. Los propietarios que allí estaban, ancianos en su mayoría, entablaron curiosos conversación conmigo al ver que hacía fotos a su ilustre plantón. Eso derivó en una invitación a comer buen queso, chorizo, salchichón, pan y, cómo no, a beber buen vino, mientras me contaban historias de su Pino Redondo y de otros desaparecidos. Gente humilde, sociable y muy hospitalaria.

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