Peregrinación a la Peña Amaya

No se trata de una peregrinación religiosa, ni tampoco laica, ni –mucho menos- administrativa. Se trata de una peregrinación profunda, a nuestras fuentes, a los orígenes de lo castellano e, incluso, de Castilla.

La Peña Amaya –o simplemente la Peña, como se la conoce en la comarca- se levanta tranquila, imponente, como una mole entre el llano y la montaña, entre lo que sería el territorio de Castilla y los campos de vascones, cántabros y astures. Se eleva como para divisar las inmensidades de la llanura; es un alto poyal, según el poema de Fernán González. También se levanta, en cierto sentido, humilde, por conocer las dimensiones de montañas mucho más elevadas al norte; conoce sus medidas, sus posibilidades. Si de cerca impresiona, no menos de lejos, por ejemplo desde la carretera Palencia-Santander (a unos 15 km) cerca de Herrera de Pisuerga, al contemplar toda su mole en relación al conjunto del paisaje.

Aproximación desde el actual pueblo de Amaya

Vascones y cántabros, luego romanos y visigodos, erigieron aquí una de sus ciudades importantes. Tanto que, al recorrer Tarik la península los años 711-712, consta que tomó Amaya por su importancia humana y valor estratégico.

Alfonso I de Asturias expulsa a los moros de Amaya y hacia el 860, se repuebla y nace el condado de Castilla con su primer conde, Rodrigo (comite regnante in Castella tanto para las fuentes cristianas como para las musulmanas). La cabeza –Caput Castellae– sería Amaya antes que Burgos, si bien se trasladó a ésta pocos años después.

El “Castillo” desde el despoblado de Amaya

Aquí sitúa –hasta donde se puede situar, claro-  Menéndez Pidal el origen del castellano, ese latín hablado por vascones, es decir, con la pronunciación vasca. De hecho, Amaya en vasco significa confín. Aquí los condes castellanos contemplaron la inmensidad de la meseta del Duero y, a las órdenes de los reyes de Oviedo se lanzaron a la reconquista. Primero fueron Carrión o Saldaña, más tarde Peñafiel o Aza, después Olmedo, Medina del Campo… O Toledo. Llegaron a Andalucía e incluso saltaron los mares. Desde esta Peña, bien podría decirse.

Desde la Peña, panorama hacia el norte

No sé qué tendrían en la sangre y en el alma aquellos primitivos vasco-cántabros-castellanos, pero se hicieron, culturalmente hablando, con medio mundo. Y no fue, precisamente, por la fuerza de las armas, que pudieron ayudar al principio; había más, mucho más, y de otro calibre. ¿Tuvo algo que ver el suelo que pisaron, el paisaje –horizontal y profundo- que contemplaron?

Por el sur de la Peña

Pues eso, un castellano que se precie debería conocer su Peña. Y allá que fuimos. La subimos a pie desde Amaya pueblo. La primera parada fue sobre los restos arqueológicos de la ciudad. Nada queda, salvo montones de piedra que en otro tiempo fueron casas, o calles, o ermitas, cubiertos de tierra y hierba. Y árboles secos y retorcidos acompañando tanta ruina. Cuentan que fue abandonada definitivamente en el siglo XIV. Demasiado queda para tantos siglos de olvido.

Aspecto de la pared

El siguiente paso fue el Castillo, en un imponente cerro entre el despoblado y la Peña. Lo subimos por un camino enyerbado cuyo firme seguramente se remonte a épocas muy antiguas, tal vez romanas. Del Castillo nada queda, salvo cuatro piedras y los hoyos de la bodega y del depósito del agua. Se mantienen las vistas, no muy diferentes a las de hace mil o dos mil años.

Horizontes

Y desde el Castillo recorrimos, por su lado sur y de oeste a este la Peña a través de un camino de cabras, bien protegido por paredes verticales en piedra caliza de diferentes formas y tonalidades, contemplando el paisaje inmenso que se abre hacia la meseta. Anduvimos kilómetros de pared infranqueable hasta que, en el extremo este, encontramos una estrecha canal por la que acceder a la cima. En el trayecto nos acompañaron buitres leonados, una pareja de alimoches, grajillas y alguna golondrina recién llegada. Aunque en las zonas sombreadas quedaban hielos de la noche anterior, los prados que cruzamos se encontraban esmaltados de florecillas.

Tanto en la cima como en el recorrido a lo largo de la Peña, pudimos contemplar lo mismo que contemplaron nuestros antepasados: un horizonte lleno de luz y la llanura –el mundo- que los estaba esperando a sus pies.

Puede verse una de las trochas seguidas, a media ladera

Bajamos forzando posibilidades y aprovechando la canal del arroyo Hongarrera. Con un poco más de caudal hubiera sido imposible tomar esta ruta. Mucha precaución se alguien baja por aquí.

Este fue el paseo matutino. Por la tarde subimos, esta vez en bici, a la cercana peña Ulaña, prima hermana de la Amaya. Pero lo contamos en la próxima entrada, que también tiene su aquel.

Este fue el recorrido.

Autor: piscatorem

Los autores de este blog somos Federico Sanz (textos, fotos) y Óscar Domínguez (mapas, documentación). Tenemos escritos 7 libros de viajes y rutas, y un montón de artículos en diferentes revistas. Además, seguimos saliendo en bici todas las semanas. Si quieres, estas invitad@.

Un comentario en “Peregrinación a la Peña Amaya”

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