Y en Sayago encontramos el paraíso perdido, o casi

Queríamos recorrer un monte o dehesa de Sayago, así que pedimos ayuda por tuiter a naturales de la comarca y nos aconsejaron algunas rutas. Elegimos la dehesa de Albañeza y no nos equivocamos, ni los consejeros sayagueses ni nosotros.

Empezamos a rodar por el Sendero del Duero desde el pequeño y encantador pueblo de Arcillo en dirección este, hacia Pereruela. Ligera lluvia, barro en abundancia con breves pero fuertes subidas y bajadas… mal empieza esto, pensamos. Al poco, un verde deslumbrante salteado de amarillo vivo, un precioso puente de lajas sobre el arroyo de Bárate, la típica fuente de granito de la zona… esto empieza muy bien, pensamos igualmente. Menos mal que nos quedamos con lo bueno, pues el firme cambió a mucho mejor (arena sin apenas barro) lo que facilitó la rodadura aun por empinadas cuestas y la lluvia sólo nos acompañó durante los primeros cuatro kilómetros aproximadamente.

 

Intentamos llegar al Duero en este primer momento. Imposible todo estaba vallado a un kilómetro de distancia, de manera que no tuvimos otra opción que seguir el camino contiguo a la valla hasta la misma puerta de la dehesa cerrada. Desde ahí acabamos conectando de nuevo con el Sendero del Duero, ya al oeste de Arcillo.

El punto siguiente fue el denominado puente de la Albañeza que, en la rivera de Fadoncino, nos transporta a un paisaje medieval. Lo único humano es el puente, pero no es de hoy, pues lleva muchos siglos formando parte del paisaje. Sus tres arcos ojivales, su estructura ligeramente alomada, sus pretiles, el tosco suelo de la calzada…  eso por un lado, que por el otro veríamos fresnos, robles que con la hoja todavía niña, escobas amarillas, cantueso, un tapiz blanco de ranúnculos sobre el agua de la rivera…

Como el mapa indicaba poco antes de la desembocadura de estas aguas en las del Duero Cadozo de los Humos, decidimos acercarnos. Y fue una aventura dentro de la aventura. Los mapas de hace cuarenta o cincuenta años, señalan multitud de caminos en esta dehesa. Los actuales, sólo reseñan tímidos senderos. La realidad que pudimos apreciar fue otra: sólo quedan las trochas que abre el ganado o los animales salvajes, como jabalíes. Consecuencia: que para llegar a la Cerca, donde presumimos la existencia de un mirador sobre los Humos y el Duero, lo tuvimos que hacer a campo traviesa y siguiendo trochas. Eso supuso que las burras se quedaban atascadas en las zonas de más agua o más abruptas, o que teníamos que tirar de ellas en pedreros y escobares cerrados, y el esfuerzo fue doble o triple.

Pero llegamos. Con los pies empapados por el agua de las praderas y calados por las escobas que trasmitían a la ropa su abundante agua, llegamos y… ¡qué prados, qué robles, que encinas con la flor de cien tonalidades entre el amarillo y el rojo, qué peonias…! Para colmo, descubrimos unos corrales con originales chiviteras. Y el paisaje sobre los arribanzos. La rivera no era espectacular en cuanto a la caída de agua, pues el caudal no era abundante, pero el paisaje era –es- sin duda, único.

 

Luego pasamos por la fuente y charca del Bacallón, y volvimos a asomarnos sobre el río un kilómetro más al oeste. Pues eso, todo fue un disfrute… ¿por qué no buscar en Sayago el paraíso perdido? A lo mejor lo encontramos.

Volvimos a rodar sobre la hierba hasta dar con el camino de la Aceña, que nos condujo al Sendero. La dehesa seguía mostrándose en todo su esplendor –fuentes, bolos, cruceros, cortinas- hasta que encontramos, señalizados, los restos de la calzada romana que conducía de Albocela a Miranda. Allí descubrimos, ya muy cerca de Abelón, algunos puentes típicos, y comprobamos que nuestras bicis y los puentes estaban encantados de conocerse.

En Abelón iniciamos la vuelta. El paisaje cambió notablemente, pero continuaba siendo encantador. Pudimos contemplar el edificio de un antiguo molino con una peculiar balsa formada junto al arroyo de la Llaga y lustrosas ovejas pastando en las proximidades de Fresnadillo. De aquí volamos –viento a favor- hasta Gáname, y luego a Fadón. De nuevo fuentes, charcas, riveras, fresnos, encinas más o menos aisladas, matas de roble. Predominaban los prados sin arbolado con algunos sembrados.

En Fadón, después de visitar sus curiosas fuentes, tomamos un camino muy difícil por enyerbado, que cruzaba una dehesa relativamente pequeña, la de Visavía que nos condujo a la rivera de Fresno, cruzada por otro típico puente de buen tamaño, cuya calzada se había recubierto de cemento para facilitar el paso de carruajes.

Pasado Sogo bajamos a contemplar el puente romano. De éste sí puede decirse que es de aquella época: conserva lo esencial de la arquitectura romana y se ha datado en el siglo primero.

Para volver a Arcillo sólo nos quedaba tomar el camino de la Fuente de la Muela por la dehesa de la Serna, contigua a la de Albañeza, que nos dejó en el Sendero a menos de un kilómetro de la meta.

La verdad es que acabamos tan felices como cansados. A pesar de que los caminos eran casi todos excelentes, las subidas y bajadas de los arribanzos, el mucho rodar por los prados y la mojadura continua durante la primera parte de la excursión, nos dejó extenuados. Pero mereció la pena. Pocas cosas hay en esta tierra nuestra tan hermosas como Sayago en primavera.

Aquí dejo la ruta seguida.

Autor: piscatorem

Los autores de este blog somos Federico Sanz (textos, fotos) y Óscar Domínguez (mapas, documentación). Tenemos escritos 7 libros de viajes y rutas, y un montón de artículos en diferentes revistas. Además, seguimos saliendo en bici todas las semanas. Si quieres, estas invitad@.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s