…y dos aceñas.

(viene de la entrada anterior)

El objetico de la excursión narrada en la entrada anterior eran las fuentes del Carrascal. Pero de paso, sin estar previsto, pudimos conocer los restos de dos aceñas, o de dos riberas de aceñas, como por aquí las llamaban cuando estaban en pleno funcionamiento.

Una de las aceñas del Vao, restaurada

Las primeras que vimos fueron las aceñas del Vao. Lo del Vao viene del vado del Duero que hubo por aquí. Desde el Carrascal, hay que cruzar la carretera y la vía del ferrocarril. Vimos a una familia cuidando el jardín y la huerta (se supone que en una de las antiguas casas de los aceñeros), a la que preguntamos por las aceñas y convenientemente nos dirigieron. En el corto trayecto, vimos a otra familia poniendo los cimientos de su futura casa.

El Duero entre aceñas

Al llegar a las aceñas, ¡oh desolación! A pesar de que había una placa conmemorando la recuperación de dos aceñas -de las siete que hubo- con los restos más o menos conservados de antigua maquinaria, el resto era pura ruina. Poco más pudimos ver, salvo el bosque avanzando sobre el resto de las aceñas, reducidas a grandes pedruscos en desorden…  Sí, claro, todo tiene su encanto, pero se necesitaría una obra de titanes para poner todo en su sitio de nuevo. Total, que volvimos a nuestra búsqueda de fuentes.

Una bóveda de La Peral

Una vez terminado el trabajo de la invención de las fuentes, volvimos hacia Toro por la orilla izquierda del Duero, a la que cruzamos por el puente de hierro. Un poco antes del famoso puente de piedra nos encontramos con las aceñas de La Peral, en peor estado aún. Pudimos ver los restos de edificios de dos o tres aceñas –de seis que hubo-, pasos, puentes, canales… hasta los restos de una piedra de moler. Pero el ambiente era el mismo: el bosque de ribera luchando a brazo partido –y ganando- con los desmesurados gigantes de piedra. Ni qué decir tiene que la pesquera o azud había dejado de ejercer su función (suponemos que por la política de la CHD de rompimiento de diques), estaba invadido por la maleza y sólo pudimos avanzar unos metros, a pesar de que la primavera no había hecho crecer aún los muchos zarzales…

Edificio aceñero en La Peral

En fin, todo esto es ya historia (o casi prehistoria, por el ambiente); el Duero ya no produce riqueza como antaño, cuando sus aguas molían día y noche sin parar millones de toneladas de grano, y se alquilaban sus tablas y cañales para pescar. Y es que, por no ver, ni pescadores vimos en este gran río en toda la tarde de excursión.

Autor: piscatorem

Los autores de este blog somos Federico Sanz (textos, fotos) y Óscar Domínguez (mapas, documentación). Tenemos escritos 7 libros de viajes y rutas, y un montón de artículos en diferentes revistas. Además, seguimos saliendo en bici todas las semanas. Si quieres, estas invitad@.

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