Una vuelta por la dehesa

También podríamos titular esta entrada como Qué poco dura la primavera en Castilla, o sea, lo mismo que la alegría en casa del pobre, pues en muchos sitios de nuestra provincia –tal es el caso de las dehesas- ya es verano. Si a primeros de mayo las flores estaban en su punto álgido, a fecha de hoy ya están marchitas, y secos buena parte de los suelos.

El caso es que nos hemos encontrado la dehesa de Cubillas en el momento de comenzar su largo y tórrido verano. En los inmensos arenales, las plantas estaban bien secas; las praderías habían perdido ya su verde húmedo y brillante; la flores estaban ya marchitas, salvo las de arbustos como la jara y el cantueso. Hasta llamaba la atención cómo pueden vivir en este desierto las encinas: se las ve añejas, retorcidas, austeras, pacientes, como si hubieran aguantado largas y persistentes sequías, como si se conformaran con unas gotas de lluvia …  A pesar de todo, y aunque parezca una contradicción, también se las veía jóvenes, como si estuvieran estrenando la primavera, pues se mostraban adornadas por las candelas,  esa flor que pasa del amarillo al dorado y que parece derramarse por la parte exterior de su copa, como si fuera la capa de una princesa del bosque.

Pues así estaba la dehesa. Con tanta arena, algunos caminos estaban borrados. Los pocos campos que encierra, otros años sembrados de centeno, estaban descansando. Los pajarillos estaban en plena actividad y las rapaces, sin decidirse a volar. Levantamos torcaces a nuestro paso y, en algunas zonas, los abejarucos perseguían insectos voladores. También  se encontraban activos los conejos.

Con salida y regreso en San Román de Hornija, dimos una vuelta a la dehesa por caminos permitidos. Porque prácticamente todos los demás que salían del nuestro tenían su correspondiente cartel de prohibido el paso.  O estaban los límites vallados. A los dueños no les gusta que nos adentremos en su monte. Sí nos acercamos a las ruinas de un palomar cercano, junto al caserío de la dehesa, para ver el valle del Duero y nos echaron el alto desde el mismo caserío de una manera poco educada. Ganas de fastidiar. Allá ellos.

La dehesa tiene varios ambientes, y cruzamos por todos: los que son propiamente dehesa, es decir, cultivos con encinas aisladas; las praderas con arbolado y matas; arenales sin vegetación salvo la encina; el monte cerrado, impracticable para la bici. Por el contrario, algunas zonas en las que había hierba verde –como los alrededores de la laguna Amedias, entre el pinar de Villaester y la dehesa-  se podían rodar muy bien, pues la arena aún estaba compactada.

En la zona más al norte de la dehesa conviene tomar el camino que se separa de ella por tierras de labor, pues comprobamos que el camino que la bordea está cortado al llegar a una nave agrícola.

Además, la mañana se mantuvo con el cielo gris plomizo. Por la tarde hubo tormentas en Valladolid.

Y esto fue todo. Aquí podéis ver el itinerario seguido.

Autor: piscatorem

Los autores de este blog somos Federico Sanz (textos, fotos) y Óscar Domínguez (mapas, documentación). Tenemos escritos 7 libros de viajes y rutas, y un montón de artículos en diferentes revistas. Además, seguimos saliendo en bici todas las semanas. Si quieres, estas invitad@.

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