Cañada de Peroleja

Como un recuerdo de otros tiempos –en los que se trashumaba– están las cañadas reales. Bueno, están algunas, no todas. Por aquí, las más conocidas son la Leonesa, la Soriana, la Segoviana… están ahí, algo queda. Pero otras muchas han desaparecido. Por ejemplo, la cañada de Peroleja, por la que –según nos contaron testigos presenciales de Cogeces del Monte- cruzaron, hasta los años sesenta del siglo pasado, ganados merinos de las sierras burgalesas y sorianas…

En la granja San Mamés

Los merinos que entraban en nuestra provincia por Castrillo de Duero, llegaban a Peñafiel y tenían dos alternativas: ir hacia Cuéllar por la cañada de la Yunta, o bien ir hacia Tudela de Duero o Alcazarén. Para estos dos destinos, tomaban la cañada que bordeaba el pinar de San Pablo que pasaba entre Padilla y Pintia. Al llegar a un kilómetro de Quintanilla de Arriba los de Tudela seguían un trazado que coincidía con la carreta de Soria –y que se llamaba cañada de Barcelona– y los de Alcazarén subían al páramo.

Una cañada burgalesa

POr aquí pasa la cañada

Vamos a seguir esta última cañada, la que sube al páramo. Desde el punto de vista jurídico, más que cañada fue cordel, por su menor anchura. En otra entrada hemos descrito la subida de esta vía pecuaria al páramo, su continuación por la cima de algunas lomas y su entrada definitiva en la llanura de la paramera. En buena parte, este primer trozo se ha conservado. ¿Por qué? Pues porque discurría justo por zonas incultas por demasiado empinadas, cubiertas de yeso y piedras. Eso era lo que buscaba –no molestar a los agricultores- y por eso se la ha respetado. Si no hubiera cañada, tampoco a ningún agricultor le hubiesen interesado esas pobres tierras.

Empieza a faldeando el Hornillo, que es un cabezo; por un estrecho barco sube a la Talda, que es un paramillo hoy cultivado; sigue por la cima de una colina inculta a causa de la abundancia de yeso; baja ligeramente al barco de las Monjas y llega al ras del páramo. En esta zona se la conocía como cañada merinera, sin más.

El corral de la encina

Y aquí la tomamos nosotros, que hemos venido por la carretera de Cogeces y hemos aprovechado para pasar por la Granja de San Mamés, habitada hasta el siglo pasado, y por lo que hemos llamado el corral de la encina, en la ladera de este páramo. Incluso hemos subido al encuentro de la Peroleja por el antiguo trazado de la cañada del Monte, un auténtico tobogán. Pasamos también por la fuente del Pozuelo, que en realidad es un pozo hasta hace unos cuantos años de agua excelente; la bomba hoy ya está desguazada.

Entre la Cruces y el Carrascal

En el páramo

Tomamos la cañada un kilómetro al oeste del barco de las Monjas. Es, en realidad, una pista recientemente ensanchada. Es lo que queda de la cañada. Enseguida, a la altura de un pinarillo, se desvía ligeramente a la derecha –aún se mantiene un perdido, que fue de la cañada- y, sin avisar… ¡se esfuma!  Vemos como pequeños trozos de perdido con piedra abundante salteados entre el sembrado. Fueron parte integrante de la cañada. Los seguimos saltando de uno en otro hasta que aparece un camino practicable por donde fue la cañada. Según el mapa antiguo, no hay duda: vamos sobre la vieja cañada. Es lo que pasa: cuando la tierra es buena para el cereal, la vía pecuaria tiende a borrarse.

Corral que nos recibe en el pinar

Dejando a la derecha la Nava, llegamos a las Cruces y sus corrales, lugar en el que la cañada tiende otra vez a estabilizarse, o sea, que al menos se convierte en un camino transitable no invadido por sembrados. Las dos cruces recuerdan un horrible crimen del que Duriusaquae nos da noticia al hablar del Valimón.

¡Incluso 600 metros antes de llegar al monte del Carrascal la cañada reaparece y se convierte nada menos que un cordel de unos 35 metros de anchura con abundantes pinos! Al oeste vemos la ermita Cristo del Cabañón y al llegar al pinar nos recibe un buen corral, como si entráramos en tierras pastoriles.

Valimón

Ahora la cañada se mete por el pinar manteniendo la misma dirección. La seguimos por un camino que bordea algunas islas de cultivos hasta que llegamos a un arruinado chozo de pastor con sus corrales, que marca el giro de la cañada en dirección suroeste.

Ocultamiento de la cañada y aparición de Peroleja

Hasta aquí hemos llegado y aquí nos perdemos.  La cañada no es visible, o sea, no se distingue del pinar que cruza. Como iba en bici, y no caminando, fue imposible seguirla. Esto me ha llevado a dos conclusiones: primera, que tal vez el pinar es relativamente reciente, y no sólo porque la cañada no se distingue, también porque abundan los corrales en los que posteriormente han nacido pinos de todos los tamaños. No obstante, cuando las cañadas cruzaban montes, como es el caso, los merinos podían abrirse en abanico invadiendo zonas que estrictamente no eran vías pecuarias. Segunda, que la cañada que seguimos es muy antigua, tanto que aquí se ha perdido todo el rastro.

Ladera por la que bajaba la cañada a los valles de Valimón-Valdecas

Sea como fuere, el caso es que hemos seguido rodando por caminos, atravesando este extenso pinar que comparten las dos Quintanillas y Cogeces. Y aquí, en este último término es donde toma el nombre de Peroleja. Tal vez porque pasa por la fuente de ese nombre, como luego veremos.

De arroyo en arroyo

Fuente de Peroleja

La cañada sigue por el pinar que en otro tiempo perteneciera a la Marquesa, siguiendo a una distancia de unos 500 m el valle del arroyo Valimón hasta que baja a él de manera directa justo cuando se junta con el arroyo Valdecascón. Sigue por este arroyo casi un kilómetro y cruza el puertecilo que le separa del arroyo de Cogeces. Aquí la cañada no se distingue pero sí se la vuelve a ver en el trayecto desde el arroyo hasta la fuente de Peroleja, hermosa fuente siempre fluyente con un gran abrevadero en forma de T invertida. Subimos todavía al páramo, donde la cañada desaparece para reaparecer en la fuente de Baitardero –destrozada y seca- y bajar al valle del Valcorba.

Trazado que hemos intentado seguir

Hasta aquí el trayecto. Volvemos a Cogeces por el derecho camino del Monte donde acabamos nuestra excursión de hoy. Nuestra cañada merinera seguirá por la Fraila (Montemayor), San Miguel del Arroyo, Cogeces de Íscar, Megeces, Alcazarén y La Mejorada. Desde aquí se unía a las cañadas leonesas o bien podía seguirse hasta Medina del Campo, para continuar a Extremadura.

Aquí el trayecto seguido esta vez.

Una vuelta por la dehesa

También podríamos titular esta entrada como Qué poco dura la primavera en Castilla, o sea, lo mismo que la alegría en casa del pobre, pues en muchos sitios de nuestra provincia –tal es el caso de las dehesas- ya es verano. Si a primeros de mayo las flores estaban en su punto álgido, a fecha de hoy ya están marchitas, y secos buena parte de los suelos.

El caso es que nos hemos encontrado la dehesa de Cubillas en el momento de comenzar su largo y tórrido verano. En los inmensos arenales, las plantas estaban bien secas; las praderías habían perdido ya su verde húmedo y brillante; la flores estaban ya marchitas, salvo las de arbustos como la jara y el cantueso. Hasta llamaba la atención cómo pueden vivir en este desierto las encinas: se las ve añejas, retorcidas, austeras, pacientes, como si hubieran aguantado largas y persistentes sequías, como si se conformaran con unas gotas de lluvia …  A pesar de todo, y aunque parezca una contradicción, también se las veía jóvenes, como si estuvieran estrenando la primavera, pues se mostraban adornadas por las candelas,  esa flor que pasa del amarillo al dorado y que parece derramarse por la parte exterior de su copa, como si fuera la capa de una princesa del bosque.

Pues así estaba la dehesa. Con tanta arena, algunos caminos estaban borrados. Los pocos campos que encierra, otros años sembrados de centeno, estaban descansando. Los pajarillos estaban en plena actividad y las rapaces, sin decidirse a volar. Levantamos torcaces a nuestro paso y, en algunas zonas, los abejarucos perseguían insectos voladores. También  se encontraban activos los conejos.

Con salida y regreso en San Román de Hornija, dimos una vuelta a la dehesa por caminos permitidos. Porque prácticamente todos los demás que salían del nuestro tenían su correspondiente cartel de prohibido el paso.  O estaban los límites vallados. A los dueños no les gusta que nos adentremos en su monte. Sí nos acercamos a las ruinas de un palomar cercano, junto al caserío de la dehesa, para ver el valle del Duero y nos echaron el alto desde el mismo caserío de una manera poco educada. Ganas de fastidiar. Allá ellos.

La dehesa tiene varios ambientes, y cruzamos por todos: los que son propiamente dehesa, es decir, cultivos con encinas aisladas; las praderas con arbolado y matas; arenales sin vegetación salvo la encina; el monte cerrado, impracticable para la bici. Por el contrario, algunas zonas en las que había hierba verde –como los alrededores de la laguna Amedias, entre el pinar de Villaester y la dehesa-  se podían rodar muy bien, pues la arena aún estaba compactada.

En la zona más al norte de la dehesa conviene tomar el camino que se separa de ella por tierras de labor, pues comprobamos que el camino que la bordea está cortado al llegar a una nave agrícola.

Además, la mañana se mantuvo con el cielo gris plomizo. Por la tarde hubo tormentas en Valladolid.

Y esto fue todo. Aquí podéis ver el itinerario seguido.

El lomo, los ataquines y los charcos del Trabancos

Toda la noche lloviendo. Los caminos -aun los de grava y arena- estaban casi impracticables, pues las cubiertas se hundían y costaba el triple de esfuerzo dar pedales. Encima, una nube con los rebordes bien negros se acercaba en directo, de frente. Y, efectivamente, descargó. Pero fue durante unos minutos y, a partir de ese momento, salió el sol y así se mantuvo –con sus más y sus menos, sus nubes y claros- hasta el fin de la excursión, en que volvió a amenazar lluvia. Pero ya deba igual.

Junto a las canteras

Lugar elegido: Nava del Rey, pues en la arena pantanosa de sus caminos sólo se hundían las ruedas, no había barro que se pegara hasta impedirles girar. Tomamos el camino del monte de la Cuadrada que nos fue llevando por suaves cuestas hasta las abandonadas canteras de  silicato de alúmina, lugar donde salió el sol. Vimos avutardas –solitarias o emparejadas-, aguiluchos, milanos… y todo tipo de pájaros terreros, sobre todo a partir de la puesta en escena del sol, que lo cambió todo en un pispás. No obstante, hacia Medina estaba lloviendo. En el horizonte contrario destacaban las torres de Alaejos y Torrecilla de la Orden.

Al pie de la suave cuesta del Lomo

Bajamos a un valle mojado y verde tras la Cuadrada y volvimos a subir hacia la llanura para acometer enseguida la cuesta del Lomo, que hace honor a su nombre, y seguramente el punto más alto de toda la excursión (780 m). Bajamos para cruzar un pinarillo y nos plantamos en las estribaciones de los ataquines.

Los ataquines. Casi hay que imaginarlos

Ojo, nada que ver con la localidad de Ataquines. O sí, bastante que ver, pues de la misma manera que aquella cuenta con cinco hermosos ataquines ahora pasamos junto a tres. ¿Y qué es un ataquín? Pues la toponimia te dice que tres o más montículos situados más o menos en fila. Ahora bien, los de hoy –hay que reconocerlo- son más bien tres suaves cuestas alomadas, colocadas en fila, eso sí, que levantan muy poco –unos 15 o 20 metros- del resto del paisaje circundante. Tal vez hace muchos años eran más esbeltos y reconocibles; seguramente la erosión -del arado, sobre todo- ha hecho su trabajo. No sé de otros ataquines en nuestras comarcas, ni sé de donde viene o qué quiere significar la palabra, pero las elevaciones del terreno suelen tomar el nombre de lo que representa su forma… (¿pequeños tacos o tacones?) Pues ahí están, a unos dos kilómetros de Carpio y apuntando a esta localidad.

Cantarrén

Cerca, está el lavajo de Cantarrén, que tiene agua y un pequeño prado que le rodea;  paramos un momento a verlo, pues tenía un poco de agua.

No llegamos a Carpio, pero rodeamos los ataquines para verlos también por su lado oeste. La verdad es que hay que hacer un pequeño esfuerzo para apreciarlos. Después de comprobar que los lavajos del Hijo y de la Sartén están sin agua, bajamos al Trabancos por el pequeño valle que forma el arroyo del Prado Tabera. Los chopos y sauces estaban estrenando su hoja anual; los álamos aún aparecían desnudos. La hierba brillaba al sol, todavía con multitud de gotas de agua en las afiladas hojas. El Trabancos tenía charcos pero el agua no corría. Todo primaveral, a pesar de que el río murió hace muchos años, y no precisamente de viejo.

Agua estancada en el cauce del TRabancos. Hasta parece un río.

Cruzamos Castrejón y luego bordeamos el prado de la Villa, donde pastaba ganado vacuno. El camino se nos acabó al llegar a la solitaria casa de Valdefuentes, pero cerca nos subimos al caballón del cauce para rodar por su cima. Paramos un poco en una caseta con pilones no lejos del vado de Valdefuentes y seguimos unas veces por el cauce, otras por el caballón.

La vega del molino del puente

Parecía un río con sus riberas y sus prados pero faltaba lo más importante: el agua. El Torrejón nos dejó  ver su gran ojo, entre ruinas. Pasamos junto a la villa Moro Cobos, cuyas ventanas, que dominan una preciosa vega, han sido arrasadas por vándalos, sin llegar dentro de la casa que aun conserva un aire de la familia.  Al fin, llegamos al molino del puente de la carretera Alaejos-Nava en cuyas inmediaciones pastan vacas.

No salimos del cauce en la cañada de Herreros, que ofrece hermosas vistas al valle del Trabancos e incluso más allá, hacia Alaejos y Torrecilla. Los campos, exuberantes y relucientes por el agua y por el sol. Giramos hacia el pico Zarcero, que acoge a la ermita de la Patrona de Nava y, ya cuesta abajo, nos presentamos en Nava del Rey. Fin.

Aquí, el trayecto seguido, de unos 45 k.

Arroyo de la Vega, tributario del Cea

El río Cea pasa por el norte de la provincia separando la Tierra de Campos –al sur- de la comarca de los oteros y páramos leoneses. Ribera derecha –por la que vamos a dar un pequeño paseo- y ribera izquierda son distintas. Esta, de campos de tierra aquella de grava y arena. En una abunda el barro y las pequeñas y secas regueras, en la otra los arroyos corren con verdadera fuerza. Seguramente el Cea tenga algo -o mucho- que ver en esto, pero lo dejamos para otro momento.

Camino de la Pájara

Esos arroyos son abundantes y descienden formando valles y facilitando agua a alamedas y choperas. Uno de ellos es el conocido como arroyo de la Vega, que viene desde cerca de Santas Martas y forma un amplio y fresco valle que se aprovecha no sólo para alamedas, también para cultivos de regadío –en unas ocasiones- y de secano en las laderas más alejadas. Llama la atención esta amplia franja de tierra en la que abunda el agua. Cuando nos acercamos al cauce, vemos que el agua está limpia y que incluso nadan algunos peces.

El arroyo de la Vega

Lo recorrimos en su último tramo, cuando penetra en nuestra provincia por los términos de Monasterio de Vega y Saelices, si bien lame las localidades leonesas de Albires e Izagre. Especialmente a finales de primavera y en verano debe ser un lugar fresco y muy agradable para estar y pasear. Descubrimos también un manantial cerrado por el típico cono, en una zona cercana a la dehesa de Macundiel. En fin, que donde no había arbolado, había praderas y donde no, tierras frescas y feraces sembradas, sobre todo, de colza.

A partir de Izagre la vega se abre mucho más y ya en las proximidades del Cea es una llanura sin laderas.

La vega

La subida desde Saelices la hicimos por otro arroyo, por el de los Frailes, que tiene un recorrido mucho más corto –de unos 13 o 15 km- pero que suele llevar siempre algo de agua, y forma un valle relativamente cerrado y frondoso. Cerca del límite con León estuvieron las casa Vieja, la de la Era y la de la Dehesa, hoy arruinadas o desaparecidas por completo. Mantuvieron su vitalidad mientras fue necesario vivir allí para atender las labores agrícolas.

Encina en el sembrado

Pero esta zona limítrofe con León tiene su encanto, y merece la pena dar un paseo por ella para descubrirlo. Se trata de un raso, con la montaña palentina al fondo, cuarteado por multitud de pequeños arroyos y alguna hondonada lagunar. El cultivo de cereal o la colza se ve salpicado por corpulentos robles y enormes encinas que subrayan la horizontalidad de la llanura. Y en esta época del año, todo estaba de un verde brillante o bien de un amarillo cegador.

El molino

Además, pudimos contemplar muchas avutardas emparejadas, que se nos dejaron acercar mucho más de lo normal, mientras que en lo alto del cielo nos vigilaban los milanos –negros y rojos- y, casi a ras de suelo, los aguiluchos cenizos buscaban su sustento. Y, en la vega, los laguneros.

Ya de vuelta, en Saelices visitamos algunos palomares de la localidad y el viejo molino –dentro de nada, nada será- del Cea. ¡Qué pena!

Este fue el trayecto seguido, de unos 33 km.

…y dos aceñas.

(viene de la entrada anterior)

El objetico de la excursión narrada en la entrada anterior eran las fuentes del Carrascal. Pero de paso, sin estar previsto, pudimos conocer los restos de dos aceñas, o de dos riberas de aceñas, como por aquí las llamaban cuando estaban en pleno funcionamiento.

Una de las aceñas del Vao, restaurada

Las primeras que vimos fueron las aceñas del Vao. Lo del Vao viene del vado del Duero que hubo por aquí. Desde el Carrascal, hay que cruzar la carretera y la vía del ferrocarril. Vimos a una familia cuidando el jardín y la huerta (se supone que en una de las antiguas casas de los aceñeros), a la que preguntamos por las aceñas y convenientemente nos dirigieron. En el corto trayecto, vimos a otra familia poniendo los cimientos de su futura casa.

El Duero entre aceñas

Al llegar a las aceñas, ¡oh desolación! A pesar de que había una placa conmemorando la recuperación de dos aceñas -de las siete que hubo- con los restos más o menos conservados de antigua maquinaria, el resto era pura ruina. Poco más pudimos ver, salvo el bosque avanzando sobre el resto de las aceñas, reducidas a grandes pedruscos en desorden…  Sí, claro, todo tiene su encanto, pero se necesitaría una obra de titanes para poner todo en su sitio de nuevo. Total, que volvimos a nuestra búsqueda de fuentes.

Una bóveda de La Peral

Una vez terminado el trabajo de la invención de las fuentes, volvimos hacia Toro por la orilla izquierda del Duero, a la que cruzamos por el puente de hierro. Un poco antes del famoso puente de piedra nos encontramos con las aceñas de La Peral, en peor estado aún. Pudimos ver los restos de edificios de dos o tres aceñas –de seis que hubo-, pasos, puentes, canales… hasta los restos de una piedra de moler. Pero el ambiente era el mismo: el bosque de ribera luchando a brazo partido –y ganando- con los desmesurados gigantes de piedra. Ni qué decir tiene que la pesquera o azud había dejado de ejercer su función (suponemos que por la política de la CHD de rompimiento de diques), estaba invadido por la maleza y sólo pudimos avanzar unos metros, a pesar de que la primavera no había hecho crecer aún los muchos zarzales…

Edificio aceñero en La Peral

En fin, todo esto es ya historia (o casi prehistoria, por el ambiente); el Duero ya no produce riqueza como antaño, cuando sus aguas molían día y noche sin parar millones de toneladas de grano, y se alquilaban sus tablas y cañales para pescar. Y es que, por no ver, ni pescadores vimos en este gran río en toda la tarde de excursión.

Novísimas fuentes de Toro

Tenía guardado en la memoria que aún nos quedaban por descubrir y conocer algunas de las más de cien fuentes de Toro que se recogen en el libro de M. Otero, en concreto las que se encuentran en la ladera, hoy recubierta de pinar, al oeste de Toro, que da a la carretera de Zamora.

No es fácil dar con ellas, pues el que va por allí por primera vez se siente perdido y todo le parece igual: pinos, vallejos, montículos, alguna tierra de labor y arena, mucha arena… No hay perspectiva para reconocer nada. Antes no era así, sino que la ladera se distribuía en pequeños josos delimitados por almendros y destinados al cultivo de la vid y árboles frutales varios.

Fuente de la Loca

Pero bueno, sea como fuere, nos lanzamos a intentar descubrirlas. En la primera, la fuente de la Loca, hubo suerte. Tomamos desde Toro el camino del Cementerio, desviándonos luego hasta el vértice geodésico del Carrascal. Desde allí nos aventuramos por el denominado pinar de Valdigales metiéndonos en el valle de la Loca. Por fin la descubrimos, sin un solo sendero que a ella condujera, perdida en un pequeño claro del pinar. Bastante destrozada, toda ella en ladrillo mudéjar, aún conserva parte de su estructura; un armonioso y original  frontal resalta en el claro; delante, los restos de un pequeño pilón y detrás, el arca, que fue doble. Seca, por supuesto. Y ahí la dejamos, perdida y un poco menos olvidada, al menos en nuestra memoria.

Desde el Punto de Mira

De aquí nos fuimos hasta el Punto de Mira, o teso de Mirazamora. No llegamos a ver Zamora, pero el Punto nos ofreció una buena vista de Toro y de la vega del Duero. Quien Toro quiera comprar, mírelo desde el Carrascal, que viene a ser lo mismo.

Siguiente objetivo: fuente del Regato de los Confiteros. ¡Agua! No la encontramos. Debimos pasar muy cerca pero… o ya no existe, o está en un cercado de los muchos que hay, o se nos escabulló, la muy pillina. El caso es que nos quedamos con las ganas.

El Cañus Verus

Tampoco dimos con la siguiente, la fuente de Doña Elvirita, pero en este caso se debió a que el camino tenía una verja y una puerta cerrada, lo que viene a significar un claro prohibido el paso. Más suerte tuvimos con el latino Cañus Verus, una maravilla de fuente si mantuviera el agua. La encontramos en un recodo del camino, a la izquierda, según subíamos desde las aceñas del Vao (o del Bao, o del Vado) hacia el norte. Una pared de ladrillo con un banco en piedra protege el arca, con puerta metálica, y, a la derecha, perpendicular, el pilón. No tiene agua, pero, si la tuviera, alguno no se movería de allí… [Una bodega de Toro tiene un vino al que le ha denominado así, Cañus Verus, es una manera de, al menos, conservar el nombre]

Fuente de Casa Calvo

Dimos otra vuelta por ver si encontrábamos a la de los Confiteros, pero nada. Hubo más suerte con la fuente de Casa Calvo, accesible, no muy lejos de la arruinada Casa, sobre un arenal y asfixiada entre zarzas y pinos. También cercana al camino del Vao, dominando antiguos josos en los que todavía crecen frutales. Su arca recuerda una casita con puerta metálica y un adorno en el vértice del frontón. A sus pies, una balsa para regar, suponemos, la cercana huerta.

Fuente de los Bravos

Por su parte, los caminos que conducían las fuentes de las casas de Alonso y Samaniego estaban candados. Parecían propiedad privada y preferimos no saltarlos. De manera que nos fuimos buscando la fuente de los Bravos que, efectivamente, encontramos. Pero después de subir casi por toda la ladera de la cuesta de los Pinos, primero por un arenal incómodo y luego por una cuesta casi vertical. Al final, tuvimos que bajar hasta la fuente, perfectamente accesible por un cómodo camino desde el cruce de la carretera de Zamora con la de Salamanca. Vemos una puerta metálica cerrada con un candado nuevo, jambas a los lados y un frontón en forma de trapecio. Tal vez tuvo un pilón delante; dos piedras en forma de bordillo a los lados –repitiendo la idea de trapecio- y, entre ellas y la fuente, un piso compacto de canto rodado. Alrededor, además de pinos, mesas preparadas para merendar. Un lugar muy agradable pero, claro, sin agua.

Tuda

Este ha sido nuestro paso por las laderas de los Pinos, el Carrascal y Valdegales. Al cruzar por el Punto de Mira hemos hollado el firme de la antigua calzada de Albocela a Montealgre pasando por Amallobriga. También, buscando fuentes, hemos descubierto alguna vieja tuda en desuso. Los grillos estaban locos y algunos arenales, esmaltados de azul, blanco y amarillo.

Aquí podéis ver  el trayecto, que no aconsejo seguirlo completo, pues una de las bajadas (la de Casa Calvo) fue por una especie de pequeño barranco con cierto peligro.

También, por si a alguien le interesa, enlace a las entradas de otras fuentes de Toro en este blog.

Algunas fuentes de Toro (1)

Y otras fuentes de Toro (2)

Paisajes y más fuentes e Toro

Campos ondulados, casas de labranza, fuentes y tudas

En el país de las cuestas medrosas

Homenaje a Manuel Otero

Excursión a los caños

Bajada a la Guareña

Y dejamos un pequeño colofón para la siguiente entrada.