I Castrillera Bike

Los aficionados, el pueblo y el ayuntamiento de Castrillo Tejeriego han organizado esta marcha bicicletera por los alrededores de la localidad este domingo 26 de junio.

Tenía dos posibilidades: marcha larga o completa (casi 60 km con un desnivel de 900 m) y marcha corta o primera parte (casi 30 km con un desnivel de 300 m). Nosotros como no queríamos machacarnos y sin ver paisaje y disfrutar de la mañana, elegimos la segunda, y dejamos para los jóvenes lanzados la primera. Gracias a esta elección, disfrutamos del panorama del valle del Jaramiel desde el páramo, de las vistas desde la ermita de la Virgen de Capilludes, de los impresionantes robles que vimos en páramos y laderas, de algunos chozos de pastor… hasta nos paramos a saludar a un pastor, muy chulo con su rebaño y su burro con mata roja.

La primera cuesta nos pilló sin calentar

Por otra parte el trazado no fue solo por llanuras y cuestas. Fuimos bastantes kilómetros por senderos ladiegos  en los que fue necesario usar más la maña –en MTB la llaman técnica- que la fuerza. Eso hizo el trayecto más agradable, si cabe.

Tuvimos todo tipo de espectadores

Claro que los que hicieron la marcha larga y fueron sobrados, tuvieron la enorme suerte de cruzar dos veces por el páramo de Castro, con sus caminos y sendas empinadísimos, así como por las cercanías del despoblado de Mazariegos, en el valle Esgueva. La entrada en meta de los tres ganadores fue prácticamente a la vez, emocionante, después de un largo esprint.

Llegamos a meta unos 150 marchosos y todo acabó con una gran y sabrosa salchichada. Como a nosotros nos sobró tiempo, pudimos dar un tranquilo paseo por el pueblo para ver sus calles, bodegas e iglesia.

Aquí, la ruta que alguien subió.

Un diez para los organizadores y para el pueblo. ¡Hasta el año que viene!

Antiguos caminos y linderos del Cerrato burgalés

Aunque pertenece a la comarca del Cerrato y no está lejos de Valladolid, esta vez descubrimos un paisaje diferente. Veamos.

Los caminos

Por llamarlos de alguna manera. Buena parte del trayecto lo hicimos por unos caminos que no eran más que roderas sobre el cereal crecido. No sé si antiguamente fueron sendas o veredas, o si fueron solamente servidumbres de paso. La cuestión es que la mayoría del itinerario –al menos en tiempo- lo hicimos por estas roderas.

La cosa empezó a los 7 u 8 kilómetros de Torresandino, al introducirnos en los vallejos que dan origen al arroyo de Cerato: el camino se convirtió en dos roderas entre la cebada verde.

Después, al llegar al monte de Salce o de los Siete Hermanos, ocurrió lo mismo. Se trata de un camino o mejor, dos senderos, que siguen justo la raya que separa Torresandino de Villafruela, y que suben y bajan continuamente, como si fuera casi una montaña rusa.

Y, ya al final, entre la ermita de la Virgen Blanca y Torresandino, volvió a ocurrir lo mismo. ¿el por qué? Seguramente se utilizan poco, sólo –o casi- para acceder a las tierras. En otra época  se verían respetados, pero hoy ya no compensa… Pero bueno, fue una agradable sensación que nos llevó a navegar entre las olas de los trigales castellanos…

Los Siete Hermanos o el monte de Salce

Ya lo hemos citado. ¿Qué nos llamó poderosamente la atención? Pues que se trata de unas grandes cintas de cultivo, de un kilómetro de largas por unos 30 o 50 metros de anchas separadas por otras tantas cintas, algo más estrechas, de bosque de roble y encina. ¿Por qué? ¿Cuál será su origen? Pues no lo sé, pero así se han conservado todavía hoy. Están en el término de Villafruela, confinando con los de Torresandino y Espinosa de Cerrato. Es difícil recorrerlos ahora, pues el bosque no facilita el paso y el cereal  estaba por cosechar.

Algo parecido hemos visto en el páramo de los Torozos, o en Belver de los Montes con sus lindones, pero nunca con parcelas tan grandes y regulares.

El río del Henar

A lo largo del recorrido entramos en un único pueblo: Cilleruelo de Abajo. Pues bien por allí pasaba el río o arroyo del Henar, que según los lugares que atraviesa en su viaje hacia el Esgueva recibe también los nombres de Cobos, Mataviejas o Aguachal. Y como de Cilleruelo se dirige a Torresandino, decidimos seguirle en este su último trayecto.

Y también nos deslumbró. Primero, porque nos metimos en un cerradísimo monte de robles que abrazaba otro no menos cerrado bosque de ribera. Y fuera, sin solución de continuidad, el campo libre de Castilla. Curioso contraste. Pudimos ver lo que queda del molino de la Dehesa y algunos huertos y campos cercados en este peculiar monte.

Después, el bosque se abrió y fue dejando laderas desnudas con piedras calizas descarnadas… hasta que apareció en una ladera, solitaria y hermosa, la ermita de la Virgen de las Mercedes y de la Blanca, de curioso nombre y de época medieval a juzgar por los restos románicos que todavía conserva. Allí se levanta, desde tiempos remotos, con una alameda al lado y una fuente al otro lado del camino… Es la Patrona de Pinillos de Esgueva, que dista 4 kilómetros, y la talla se conserva en la iglesia parroquial.

Ermita de la Virgen Blanca en el valle del Henar
Ermita de la Virgen Blanca en el valle del Henar

Todo esto fue lo más llamativo de la excursión, que no acabó ahí. Recorrimos cañadas y veredas, cruzamos los cordeles de las vías pecuarias de los merinos que venían de la sierra de la Demanda, pasamos junto a muchos corrales de buen porte. Por eso, pudimos comprobar que esta fue una tierra dedicada fundamentalmente a la ganadería. Hoy es la agricultura de secano la que más aporta. Veremos más adelante.

Y he aquí el trayecto seguido.

Entre Arlanza y Arlanzón

Todos conocemos estos dos afluentes del Pisuerga, netamente castellanos, que vienen de la sierra de la Demanda y confluyen cerca del puente de los Franceses, en el término municipal de Palenzuela. El primero pasa por Lerma, el segundo por Burgos. Pues bien, esta vez hemos rodado por un trozo del Cerrato que queda entre ambos, muy cerca ya de la desembocadura del uno en el otro.

El Cerrato

Políticamente y por tradición no sé si esta zona se considerará Cerrato propiamente dicho, pero no tengo ninguna duda de que lo es: además de estar contiguo al Cerrato tradicional, la superficie por la que rodamos -términos de Palenzuela [capital histórica del Cerrato], Santa María del Campo [que es campo pero lo vimos desde los cerros], Belbimbre, Villaverde-Mogina y Valles de Palenzuela- fue una continua sucesión de cerros, páramos y vallejos. Y yo diría que hermosa sucesión, a pesar de que las piernas del ciclista llevan, en estos casos de subidas y bajadas, las de perder.

Y también fue hermosa porque la primavera estaba al acecho: los campos, verdes, ¡pronto ondearán al viento!; los lindones empiezan a salpicarse de colores, y muchas aves ya han vuelto de África para alegrar los cielos… Incluso escuché el primer canto del grillo, en una abrigada.

Cercanías del Arlanza

Punto de partida: Palenzuela (localidad que perteneciera a la antigua provincia de Valladolid). Tomamos la cañada real Burgalesa en dirección este. Nada más salir, un abrevadero. Un poco más tarde, la fuente de Valdecalón que da origen a un amplio humedal en el que bien podían pastar los merinos. Al sur contemplamos el verde valle del Arlanza al que, sin embargo, aun le quedan por verdear los árboles de su ribera. Al norte, las laderas de yeso de los páramos, agrestes y secas por estar a la solana.

Chozo y corrales del barco Moreno

Entre subidas y bajadas llegamos el barco Moreno, donde descubrimos una curiosa maravilla: un amplio corral, dividido en cuarteles y, en medio, un amplio chozo de planta cuadrada. La verdad es que no había visto nada igual. Y la pena es que se está cayendo a pedazos, a pesar de que todo está construido en buena piedra caliza. Seguimos subiendo y bajando por la cañada –que en hoy es un simple camino- hasta subir al páramo por Valdehornos. Pero enseguida bajamos al valle de Carravacas para volver a subir a continuación. En ese valle vemos dos captaciones de agua que debieron ser dos fuentes en otro tiempo. En la toponimia ha quedado Guafrida, seguramente por lo fresquita que salían las aguas.

En el páramo

De nuevo en el páramo, llama ahora la atención la asociación de lo forestal con lo agrícola pues son campos de cereal en los que se ha perdonado la vida a muchos robles, algunos muy viejos, aunque no especialmente grandes. Ahora están desnudos y esqueléticos, esperando la llamada –tardía para ellos- de la primavera. Aquí todo es diferente y ahora vemos una horizontalidad sembrada de verticalidades.

Corrales de Santurce

Torre de Santa María

Un poco más y, desde los corrales de Santurce nos asomamos, ahora sí, al campo. Se acabaron los cerros y páramos, el Cerrato, y ante nosotros se extiende la planicie en la que se cultiva el cereal y se cultivó la vid. Justo a dos kilómetros, los ojos se fijan, como imantados, en la torre de la iglesia de la Asunción, de Santa María del Campo, enorme, alta, esbelta, dominando con claridad la población entera. Vemos perfectamente –como si estuviera pensando en nosotros, mirándonos- su arco o portada y los diferentes cuerpos, con sus correspondientes huecos o ventanales… Luego nos enteramos de que la iglesia es una colegiata y la torre, gótico plateresca, es obra de Diego de Siloé y conocida en Burgos como la Buena Moza. En cualquier caso, una auténtica joya. Y, desde tan lejos, no sólo no ha perdido encanto, sino que, en medio de la llanura –horizontalidad- lo ha ganado, por buscar la vertical. Y como no disponemos de demasiado tiempo, no bajamos a Santa María; suficiente por hoy con la torre.

Otra atalaya sobre el Campo

Como telón de fondo, la naturaleza, con la sierra de Covarruvias; los picos nevados de la sierra de la Demanda señalan las distancias más lejanas. No está mal la balconada.

Corrales y vallejos

Nos acercamos a los corrales de Valdecabezo, también en el borde del páramo que nos ofrecen otra vista del campo, con algunos chopo que señalan manantiales en primer plano. Pero enseguida bajamos, aprovechando el abrupto vallejo de las Rozas, que da al valle de la Resina, bucólico, suave y casi rectilíneo; el arroyo –alimentado por distintos manantiales- ha formado altas laderas pero también tierras en sus orillas, llanas y alargadas en las que puede sembrarse cereal. Algunos robles, algunas encinas, y pinos de repoblación; chopos y sauces mochos se beben su agua y, en las faldas y ondulaciones, los almendros cuidan su incipiente hoja, que la flor parece quemada.

Valle de la Resina

En el valle nos cruzamos con un rebaño de churras; una de ellas se para, como buscando algo, hasta que muerde el manillar de la bici. La reconvengo con un suave bofetón y lo deja.

Río Cogollos

 

Riberas del Arlanzón

Belbimbre se encuentra a poco más de un kilómetro. Pero como no se trata de quemar etapas, subimos por el valle de la Olma hasta la cima del páramo. El camino desaparece pero no importa, acabamos conectando con otro. Contemplamos ahora el valle del Arlanzón con una dominadora Pampliega  y otros pueblos en derredor. Y, por fin, por el vale que comienza en la fuente –seca- de San Cibrián, descendemos hasta Belbimbre. Hasta el momento hemos levantado casi dos docenas de corzos. Parece que aquí viven a gusto.

Casa aislada junto al Cogollos

Parada junto a la iglesia, de generosa espadaña. Pero lo mejor, el paisaje del valle del Arlanzón que se contempla desde sus inmediaciones. Así que nos fuimos rodando cerca de la orilla del río Cogollos hasta su desembocadura en el Arlanzón. Una curiosa casa en ruinas –sencilla y noble, en piedra, nada de abobe-  nos llamó la atención por el camino.

Al poco, estábamos en Villaverde-Mogina. Sorpresa: el palacio de los Barahona, con planta en forma de U y dos increíbles fachadas en cada extremo de la U, recién restauradas, en las que se puedes apreciar los escudos de la familia.

Campo y robles

Últimos vallejos y cerratos

Y nos alejamos del Arlanzón para volver a páramos y cerratos. Tomamos la colada de San Sebastián –que debe ser un barrio de Santa María del Campo- que nos asciende suavemente,  lo que se agradece, pues ya estamos un poco cansados. Bueno, también es la carretera o pista que une Villaverde con Santa María. Y arriba, una sorpresa: por aquí hemos pasado antes, es la zona agrícola con robles en el sembrado.

Valle del Arlanzón al fondo

El arroyo Carravacas nos conduce por su vallejo hasta Valles de Palenzuela que, curiosamente, se encuentra rodeada de palomares. Y ya sólo nos queda una subida que nos conduce hasta el estrecho páramo de la Pinta, que nos separa del final, Palenzuela. Hacia el norte vemos otra imagen del valle del Arlanzón, pronto a juntarse con el Arlanza.

Bonita excursión para un inicio de primavera. Aquí tenéis el recorrido,  que lleva consigo una subida total de más de 720 m.

 

Tres provincias, una comarca

Encinas de Esgueva, por su situación en la zona central del Cerrato y a orillas del Esgueva, es un buen punto para muchas excursiones por la comarca. Además, se encuentra casi a un tiro de piedra de las provincias de Burgos y Palencia. Tal vez por todo eso hemos salido de aquí en el recorrido de hoy.

Siguiendo la cañada de Guzmán –que a media ladera cuenta con un bue abrevadero- hemos subido al páramo. La primera parada, en el cerral: no sólo para tomar resuello, también para contemplar el paisaje que abre el arroyo del Pozo, con las torres de Canillas en segundo plano y el valle Esgueva de telonero.

Subida por la cañada de Guzmán. Al fondo, Encinas.

Luego, como buenamente hemos podido, se ha intentado seguir la vía pecuaria, a veces rota por los sembrados. No encontramos la fuente del Hombro pero nos sorprendieron unos corrales –chozo incluido- cerca de los Pozuelos. Enseguida, la cañada entra en Burgos, en una zona donde son muy abundantes las cercas con piedra bien colocada. No parecen sólo de corrales, sino que también separan propiedades o sostienen laderas y bancales. El paisaje aquí es llano, si bien sobresale el cerro del Otero, tal vez el segundo punto más alto de la provincia de Valladolid, después del Cuchillejo.

Corrales

Pasamos junto a la caudalosa fuente de Valcavadillo, bien conocida, que arroja dos generosos chorros. Después, giramos hacia el norte por la vereda del camino real de Peñafiel a Burgos. Tampoco encontramos la fuente del Pozarón pero sí pasamos junto a unos viejos corrales en uso, bien protegidos por una alta cerca de piedras rematada con alambre de espino. Después, miramos un antiguo mapa que llama a estos corrales nuevos. Ya se ve que, en esta vida, todo es relativo.

Camino con almendro

Y llegamos a la zona conocida como el Enebrillo, en la que se abren valles, se ondulan los campos, aparecen montículos y aparecen, como desprendidas, grandes piedras calizas. Se rompe, por tanto, con la llanura llanura del páramo, lo que da al paisaje una belleza diferente. Y nos encontramos con dos fuentes que ¡manan agua!, cumpliendo, por tanto, con su función. Son la fuente de la Carrasca, casi en medio de un sembrado, sin ninguna protección, y la fuente del Espinar, protegida por lo que pretende ser una rústica y sencilla arca de piedras. Entre ambas, unos corrales relativamente bien conservados con un chozo que luce una puerta amplia y bien adintelada.

Corral en uso

Nos dejamos caer por un hermoso valle entre laderas de yeso, robledales con encinas, alamedas con humedales, prados, cabezos y portillos. Zonas que fueron de pastoreo, pues abundan las cañadas, los corrales e incluso pasamos por un lugar denominado el Salegar, donde precisamente se daba sal al ganado. Al fin, aparecemos frente a Tórtoles y recorremos tres kilómetros por el valle del Esgueva.

En el valle Esgueva

Vuelta a subir al páramo. En un recodo del camino, la fuente Blanca, con abundante agua. No así la fuente Vilanos, que ha desaparecido. Ya se ve que las fuentes cuidadas dan agua y las demás pueden perderse. Arriba estamos a 944 m, otra vez en la paramera. Pero por poco tiempo: después de ver –de lejos- el original corral de Andalobera, circular, bajamos hacia el barco de Fuentequeril para, enseguida, caer hacia Castrillo de don Juan –Palencia- por una ladera cubierta de pinares por la que que cruzan una manada de corzos.

Caseta. Encinas

De Castrillo a Encinas tomamos una buena pista por el valle. Almendros que esperan el primer respiro del invierno para florecer, nogales desnudos, pinos, tapias de piedra, viñedo, alguna encina, hacen el trayecto distinto y nada aburrido. Ya estamos de vuelta.

El recorrido (32 km), aquí.

 

Monte de Tariego

El Cerrato es una comarca muy amplia, difícil de conocer al dedillo, pues la componen un montón de cerros, colinas, cabezos, mogotes, páramos, vaguadas, valles y vallejos, y es difícil, por no decir imposible, haber recorrido todos los recovecos que esos variados accidentes forman a lo largo de más de 1.500 kilómetros cuadrados. Te puedes pasar la vida haciendo una excursión semanal por el Cerrato y todavía te quedarán lugares por descubrir.

Buena prueba de ello es la excursión que realizamos hace unos días por el monte de Tariego, que se asienta al sur de esta localidad cubriendo las estribaciones de un irregular páramo al ser cortado en otros tiempos por el poderoso Pisuerga y diversos arroyos de menor entidad, hoy secos.

Uno de los chozos de pastor

En el monte hemos visto un poco de todo. En primer lugar, encinas y, sobre todo, robles. Ciertamente, la mayoría se encuentran en estado de mata, si bien hay algunos de mediano porte. Las numerosas laderas que descienden del páramo y de algunos cabezos se encuentran cubiertas de estas matas de roble. Las pequeñas extensiones de páramo horizontal son aprovechadas para sembrados, si bien aún quedan algunos quejigos y encinas solitarios, e incluso pequeñas manchas de monte. También hemos visto algunas canteras de piedra caliza y minas de yeso. Por supuesto, todas abandonadas.

Sendero un tanto aéreo

Cruzan el monte un viejo ramal de la cañada real leonesa y dos o tres caminos de servicio a las tierras de labor que acaban conectando Tariego con Cevico de la Torre y su arroyo. Los ciclistas cuentan con una red de senderos que bordean cerrales y pasan por muchos de los mogotes con que cuenta nuestro monte.

En el páramo

No hay duda de que en otros tiempos fue muy aprovechado por los pastores, pues hemos encontrado varios chozos y corralizas, además de las veredas y coladas que todavía se adivinan. Por cierto, como salimos desde Dueñas para llegar a este monte, nos encontramos con un chozo de pastor –el de Merino- justo al lado de la vía del AVE. ¡Curioso contraste!

Ladera poblada de matas de roble quejigo

Otra peculiaridad del monte son las buenas vistas que nos ofrece. Y no sólo de los valles del Pisuerga, del Carrión –Palencia al fondo- y  del arroyo de Cevico. También puede verse la cordillera Cantábrica, distinguiéndose Curavacas y Espigüete, la sierra de Guadarrama, y los picos de Urbión. ¡Ahí es nada! O sea, no es que se tenga la sensación de estar en el corazón de Castilla, es que se está. Claro que hemos tenido mucha suerte: las tres cordilleras estaban vestidas de blanco y el día no podía ser más claro… Pero esto sólo lo he visto en el monte de Tariego.

Caliza y yeso

En el trayecto de acercamiento, además del chozo citado, pudimos contemplar algunas hileras de almendro que rodean el monte y, a la vuelta, los curiosos sotillos, que desvían la línea del AVE hacia la ribera derecha del Pisuerga y Venta de Baños.

Este fue el trayecto seguido.

Un Cerrato primaveral

Excursión del primer día del invierno oficial: 12-14 grados, sol con alguna nube, agradable brisa del sur, campos verdes… ¡parecía que estábamos iniciando algo más que una tímida primavera! Pero así son las cosas –o las excursiones- y en estas latitudes puede hacer un día muy bueno o muy mal en cualquier momento.

El lugar elegido para salir fue Magaz de Pisuerga que vive constreñido entre el ferrocarril y la autovía. Hay cierta actividad –restauración, construcción- pero debió haber más a juzgar por los enormes caserones abandonados que todavía pueden verse… En cualquier caso, nos sorprendió el ábside románico de la iglesia de san Mamés, que lo dice todo acerca de la antigüedad de este lugar.

Aspecto de una de las casas-cueva.

Cruzamos la autovía para ver el tradicional barrio de bodegas y nos encaramamos al Castillo. Bueno, al cerro del Castillo, último baluarte o estribación de una alargada colina que procede del páramo. Aquí nos sorprendió el barrio, abandonado hace tiempo, de casas cueva. Aunque se encuentra semiderruidas y medio tapadas, pudimos entrar en alguna. Es como un edificio de cuevas, pues las casas se encuentran a diferentes alturas. En la mayoría de los casos, la escorrentía se ha llevado el acceso y es peligroso llegar a ellas. Dentro, aún pueden distinguirse las estancias, puertas, ventanas, chimeneas, cocinas, cuadras; muchas se encuentran incluso revocadas. Al exterior, tuvieron cubrición de piedra caliza, conforme puede apreciarse por lo que queda…

Esto nos encontramos al fondo del Val

Bueno, es una manera de comprobar las condiciones en las que antaño vivían en estas tierras cerrateñas. No sólo las veremos aquí, que también quedan restos en la mayoría de los pueblos de los alrededores. Puestos a ser positivos, al menos tenían un agradable paisaje para contemplar, aunque seguramente hubieran preferido menos vistas y mejores condiciones habitacionales.

El paso siguiente consistió en embocar el valle arroyo del Val, formado entre el páramo de Magaz, (que al otro lado cae a la ciudad de Palencia) y, a nuestra derecha, los picones de Marchena que, puestos en fila con sus portillos, forman una original colina. Es un valle suave y tendido, protegido de los vientos, dedicado al sembrado de cereal. Al fondo, distinguimos una pared blanca con bocaminas de yeso que reluce al sol. Y, a su lado, el pico Morilla. Conforme nos acercamos, el paisaje va cambiando y aparecen algunas solitarias encinas, primeros ejemplares de una dehesa que se divisa al fondo.

Bocaminas de yeso en la abrupta ladera

Subimos al páramo pero no llegamos al tal, pues la cuesta acaba en un portillo que nos deja caer en suave descenso en dirección Valdeolmillos. Zigzagueamos un poco entre el monte Aragón y la fuente de Valdiciero. De frente, hacia el norte, otra pared blanca con bocaminas. Nos atrae tanto que tomamos el camino que nos lleva hacia ellas, pero en valde, pues el último tramo que accede a las cuevas está vallado. Vuelta atrás.

Paisaje en la subida hacia el monte Aragón

Valdeolmillos no puede levantarse en un lugar más encantador, pues los cerros y tierras onduladas del Cerrato convierten este lugar en una auténtica delicia. Además, cuenta con una iglesia románica dedicada a san Juan Bautista bien conservada. Lo malo es que muchas de sus casas que se están cayendo, así como tapias, casetas, bodegas y otras muestras de arquitectura popular… el paso de las estaciones puede con todo. Nos vamos por la carretera de Villamediana y contemplamos una preciosa estampa de la localidad.

En Valdeolmillos

Ahora rodamos por un paisaje que se va abriendo cada vez más conforme avanzamos hacia el Pisuerga. Vamos dejando atrás los últimos picos: los de san Millán y san Cristóbal, éste último con chozos y corrales en su falda. Pasamos junto a viejas canteras: topónimos como las Pedreras y el Amoladero así nos lo quieren decir. El pico Barrojo se adorna en su cerral con hileras de almendros. Tomamos la sirga del canal de Villalaco hasta que cruzamos la autovía y el ferrocarril.

Hacia el Pisuerga los campos se suavizan

A partir de aquí el terreno es totalmente llano. Por una amplia pista llegamos a la carretera de Aranda y cruzamos el Pisuerga para dirigirnos a Reinoso de Cerrato no sin antes aproximarnos al pequeño embalse que forma el dique de una centralita eléctrica. Patos de diferentes especies levantan el vuelo al notar nuestra presencia.

Entre sembrados de cereal, graveras restauradas en las que todavía se buscan setas, alamedas y la propia ribera del río, llegamos al puente por el que cruzamos a la orilla derecha. Ya sólo queda continuar por un camino junto a la vía que nos conduce a Magaz, donde cerramos el círculo de esta excursión primaveral.

El Pisuerga embalsado en Reinoso

Y aquí el recorrido seguido, de casi 45 km.