Archive for the ‘Cerrato’ Category

Cresteando

23 abril, 2019

El Cerrato tiene su encanto y su misterio. Tal vez por eso algunos volvemos una y otra vez. Además es amplio y variado: cada valle, cada rebarco, cada cerrato oculta una sorpresa, como si poseyera algo propio y distinto. El Cerrato atrae. Es un mundo de subidas y bajadas, de huecos y cimas, en medio de la ancha llanura castellana.

Cevico de la Torre se asienta en una cuesta, en un espolón de un páramo. Un páramo que muere -o nace, quién sabe- allí mismo y, tras más de 20 km de lengua, hacia el este, acaba unido a un páramo más ancho y extenso. Es el que hemos seguido esta vez. Si Unamuno decía que todo el páramo es una inmensa cima, cuando caminamos por una paramera estrecha y alargada estamos, sin duda, cresteando en medio de Castilla. Y eso solo se puede hacer en el Cerrato, donde abundan las crestas.

Siguiendo el camino por el páramo

Hemos ascendido desde el núcleo del pueblo para pasar junto a las casas-cueva, numerosas en la comarca, usadas en otro tiempo, para rodear el cerro cónico del Castillo y asomarnos al Balcón de Pilatos, que hoy deberíamos llamar más bien de las antenas. ¡Así son los tiempos! Desde allí tenemos una hermosa vista del pueblo y de sus valles.

Seguimos rodando. A nuestros pies se abren los dos valles sobre los que, verdaderamente, volamos. Al sur, el del arroyo Maderano y al norte el del Rabanillo. Curiosa sensación. Tan curiosa como posible y casi vulgar, en el Cerrato. Trozos o tiras de tierra de labor, sembrados de cereal o plantas forrajeras; es el tono verde. Monte de encina y roble; es el tono pastoril. Sobre el yeso, aulagas de viva flor amarilla, tamarillas del mismo color, lechetreznas verdes, elegantes collejones morados; ofrecen el tono primaveral, tímido todavía en estas elevadas cimas.

Collejón

Pero lo que abunda de manera especial son las corralizas y los chozos de pastor, que certifica a las claras la dedicación de esta comarca desde tiempo inmemorial. Muchos de ellos están en medio de las tierras de labor, aislados, lo que quiere decir que antaño estos campos no lo eran, eran montes dedicados a pastos. Así, van pasando los corrales de Maricio y de Tacona, de la Isabelilla y de Martín, todos con sus chozos o cabañas en pésimo estado, casi desaparecidos. Volatilizados, y eso que son de dura piedra. En el páramo de Valdegerite nos encontramos con un chozo en perfecto estado, o casi. El de Hijón está mal pero los corrales de la Paloma bien. En todo caso, dominan las ruinas por franca goleada.

En la Paloma

A los 3 o 4 km de salir nos topamos con el portillo de Renedo, con una bajada de 50 m. y su correspondiente subida e, inmediatamente el camino desaparece (!) durante un kilómetro aproximadamente. Literalmente se lo han comido. ¡Estas épocas nuestras, que devoran caminos y corrales….!

En fin, poco más diremos. Si alguien sigue esta ruta podrá disfrutar de una navegación de altura. El caso es que, poco después de pasar por los corrales de la Paloma, giramos hacia el norte para descender enseguida por el valle esculpido por el arroyo Rabanillo. Naturalmente, conforme descendíamos, el valle se iba ensanchando y en sus laderas más altas y más inclinadas- se refugiaban los quejigos que empezaban a verdear, sobre todo en la falda sur.

En la Virgen del Valle

Y así fuimos cayendo hasta el puente de Esguevillas y la ermita de la Virgen del Valle, que se levanta sobre una suave cotarra, donde el valle se ensancha aun más. Es un edificio muy remozado con una agradable y pequeña pradera alrededor.

Y después de visitar Valle de Cerrato, continuamos valle abajo hasta Cevico. El cielo había estado gris, sosteniendo lluvias, con algo de viento y buena temperatura. Hemos rodado casi 45 km, algunos a campo traviesa por desaparición de caminos. He aquí el trayecto seguido.

Caseta de era. Valle de Cerrato.

Tariego y sus torreones

18 abril, 2019

Tariego posee una privilegiada situación, en una falda del Cerrato y a orillas del Pisuerga. Además, ¡se ve desde Valladolid, que está a más de 30 kilómetros! Por eso fue elegido para albergar una torre del telégrafo óptico que conectaba con las de Dueñas y Villamediana. Así, vigila casi todo el curso bajo del Pisuerga por lo que es un excelente observatorio de la comarca.

¿Qué hemos de ver en Tariego?

El Pisuerga, que forma antes del puente una hermosa isla, hasta hace poco bien poblada de chopos y álamos que han sido recientemente talados. Hay varios miradores en la localidad para contemplar el río y su ribera y vegas. Y Baños de Cerrato, Dueñas, Palencia, Magaz…

La isla en el Pisuerga

La torre del telégrafo ya citada. Si subimos, comprobaremos que la vieja mole, de curiosos detalles constructivos, está como partida a la mitad, de abajo arriba, señal de que la tierra se hubiera movido, lo cual no tiene nada de particular en estos extremos donde hay un ten con ten geológico entre el páramo y el río donde. Vemos también los restos de una antigua fortaleza que dominaba el paso del río. Si el día estuviera despejado, distinguiríamos hasta Valladolid. Y, entre la torre y el pueblo, los restos, arruinados –con alguna excepción- de las cuevas casas en las que hasta mediados del pasado siglo vivía la gente más humilde. No son pocas, pues están situadas en cuatro niveles diferentes de la falda; recuerdan un poco a las de Aguilar de Campos -excavadas en barro- frente a las de otras localidades como Trigueros del Valle o Santa Cecilia del Alcor, que aprovechan las capas de piedra caliza.

Los Torreones: algo único y llamativo, algo así como si se movieran los montes. El Pisuerga ha ido socavando los cerros, compuestos de yeso, arenas, margas y arcillas, además de capas de caliza, y éstos han ido cediendo hacia el río. Lo normal son los desplomes del material, su amontonamiento y empuje posterior por las aguas. Pero en este caso se han deslizado enormes bloques del páramo, que aparecen como verdaderos murallones o torreones, aislados del cantil. No se han derrumbado -al menos por el momento- ni se los han arrastrado las aguas. Y ahí están, a media ladera. Se distinguen al menos tres grandes torreones que dejan ver a las claras la materia de la que están compuestos y forman extrañas siluetas. Un sendero que sale del pueblo nos conduce hasta ellos.

Torre del telégrafo óptico

Por si fuera poco, esto solo fue una parte de la excursión. Después de Tariego fuimos hasta Hontoria por la carretera, pues no hay camino. Supongo que Hontoria vendrá de fuente, y tenemos una, renovada, en la entrada. Después, por el sendero de las Derrumbadas nos presentamos en Soto. Hay que decir que este sendero -como tantas cosas hoy día- ya no es lo que era. La última vez que pasamos, lo hicimos con peligro para nuestra vidas (casi) pues el terreno estaba húmedo y resbaladizo y los derrumbamientos, con grandes piedras o trozos de terreno desprendido, estaban bien a la vista, sobre el mismo camino. Hoy hay una pista de buen firme y de las derrumbadas, nada.

Río Pisuerga

Nos acercamos al río, donde juntos conviven puentes de dos épocas y después de recorrer terreno llano nos presentamos en un puente derruido, el de Reinoso. El río acaba de formar un pequeño embalse cuya presa se sitúa sobre la de las antiguas aceñas de esta localidad. Y el punto siguiente fueron las antiguas aceñas de Villaviudas, arruinadas y con su parte más baja sumergida a causa del embalse de Reinoso. Los cadáveres de árboles ahogados también por este embalse sobresalen sobre la superficie de las aguas. Antes de ascender por el valle, nos acercamos hasta la desembocadura del arroyo del Prado, que viene de lo más profundo del Cerrato.

El valle se abre entre los páramos del Barrio y del Mueso. Desde el último escalón de éste, al norte, nos saluda una curiosa hilera de bocas: son antiguas minas de yeso. Pasada Villaviudas está el despoblado de la Tablada que, asentado sobre un suave cerro, domina el valle. Es curioso ver como el pueblo se agrupa en un círculo alrededor de la iglesia y la casa central, desde donde se domina un amplio panorama. Las casas de arriba, señoriales, son de piedra. Las de abajo, en barro, se están deshaciendo. Dejamos para otro momento el paseo de las Lilas, la bodega típica y los restos romanos.

En la Tablada

Y ya sólo nos queda la última parte de la excursión, esta vez por las alturas del Cerrato, es decir, por el páramo, al que subimos por un vallejo amplio y suave al principio que se fue empinando y poniéndonos a prueba. El paisaje cambió enseguida, dominando ahora el monte de encina y roble. Aquí no había llegado aun la primavera, pues los robles no tenían hoja y el suelo estaba más bien seco, de color pajizo. Atravesamos un buen monte para tomar una cañada, curiosamente adelgazada en muchos tramos pero sin llegar a desaparecer. Junto a ella vimos al menos tres preciosos chozos de pastor, dos relativamente juntos, por lo que el paraje se conoce como las Dos Cabañas. Son chozos similares a los que tanto abundan en estos páramos, pero con dinteles y jambas grandes, de una sola pieza, lo que hace que las entradas o puertas sean más amplias de lo normal.

Cabaña Alta

Más tarde, ya en terreno de Cevico de la Torre, pudimos contemplar, entre otros chozos, la Cabaña Alta, con corrales de excelentes muretes. Efectivamente, era bien alta y, además, se levanta en un punto del terreno que domina toda la zona. Merecería la pena hacer algo por conservarla -se está cayendo- pues es una de las más emblemáticas del Cerrato.

Un “Torreón”

Poco más que resaltar en el ya de por sí hermoso paisaje cerrateño: cruzamos la gran cantera de Cementos Hontoria y caímos sobre Tariego. Habíamos recorrido casi 65 km con un tiempo primaveral; he aquí el trayecto. Y desde que subimos al páramo no hubo necesidad de bajar, a pesar de los múltiples valles, vallejos, paramillos y cerratos en los que se cuartea esta comarca. Mérito de Javier, que sacó todo el partido al mapa. También podéis leer otra versión de esta misma excursión.

Abril

13 abril, 2019

Abril, ese mes en el que suele hacer bueno y malo, en el que te asas al sol y puedes coger una pulmonía a la sombra con viento. Variable. Puedes también bañarte en el río y, al día siguiente, jugar con la nieve. Abril no tiene reglas. No es el mismo nunca; siempre cambiante, siempre voluble, como el clima mismo. Es eso, la quintaesencia del clima. Si el cambio climático tuviera los mismos ritmos que abril, aviados íbamos. El refranero nos dice: abril, abrilete, con sus caras siete (aunque realmente son muchas más) o abril abrilillo, ¿dejarás de ser pillo? De todas formas, en abril suele llegar la lluvia y, con ella, la esperanza para el campo: abril llueve grano y paja mayo o bien venga abril con sus aguas mil.

Además, en Valladolid la temperatura media del mes de abril suele coincidir con la media de la temperatura anual. Es como un mes en un año. O al revés.

Sea como fuere, lo cierto es que si salimos al campo en abril hay que llevar el chubasquero, por si acaso. Nos puede caer un buen chaparrón, y luego salir el sol y secarnos. Podemos pillar un día nublado con claros luminosos y nubarrones lluviosos. De todo un poco.

Como el pasado domingo, en el que disfrutamos de un paseo por el pinar en el que la hierba empezaba a lucir de un verde luminoso y las escobas su amarillo brillante. El los ribazos y riberas, los pequeños negrillos y los fresnos entonaban con un verde claro  y tierno. Y todo ello acompañado de los cantos inconfundibles del carbonero garrapinos y del herrerillo.

Los campos de cereal también lucían un verde claro y fuerte al mismo tiempo, reflejo de los rayos del sol cuando el cielo aborregado los dejaban pasar. Desde las proximidades del canal del Duero mirando hacia el polígono de la Mora y el caserío de Retamar, cuatro corzos campeaban a sus anchas, sin miedo a la proximidad del ser humano. Parece que se están acostumbrando a nuestra presencia.

En la subida al cerro de las Encinas, éstas relucían con sus hojas recién lavadas por el agua de lluvia. Pero los quejigos se mantenían desnudos, impertérritos ante la llegada de abril. La carrasquilla arbustiva nos alegraba con sus florecillas de azul intenso. Ya en el páramo, las corpulentas encinas recortaban su silueta sobre el ras.

Volviendo hacia Valladolid, al monte de Fuentes parecía no haber llegado aún la primavera, pues el suelo mostraba su aspecto gris o pajizo, invernal. Bien es cierto que a la altura del caserío, la colza ya mostraba su flor amarilla.

Más o menos, así fue el paseo. Podía haber sido peor, pero el agua se contuvo en las nubes y nosotros pudimos disfrutar de una mañana bastante agradable. Eso sí, si hubiéramos elegido la tarde para salir, la mojadura hubiera sido de campeonato. Veleidades de la abrilada.

Entre Valvení y el arroyo de Cevico

9 marzo, 2019

No hay duda: el nombre de Valvení está muy bien traído. No hay más que darse un paseo cualquiera de estos días de invierno para comprobar sus laderas adornadas de encinas, las tierras ya verdes a causa del cereal que se mantiene creciendo para adentro, los riscos de caliza en lo más alto del valle, las praderíos con chopos y álamos, los almendros que jalonan senderos y rayas… y si subes al páramo pasearás por un bosque tupido de robles y encinas, y por rasos adornados de solitarias encinas. Pues esto es lo que hicimos al comenzar la excursión del pasado domingo: introducirnos en este valle tan benigno.

Encina del páramo

Pero no duramos mucho. Después de detenernos un momento en la granja Hernani, caímos a Valoria para subir al páramo de los Infantes por una vereda de la leonesa oriental. Salvamos algo más de 150 metros en menos de dos kilómetros. Paramos en los corrales de la Cabañosa, donde todavía vimos restos de dos chozos y atravesamos el páramo solitario hasta caer en Cevico de la Torre por una carretera -la de Cubillas- que nadie usa y tal vez por eso está tan mal. O al revés, que viene a ser lo mismo.

Cevico tiene fuentes, auténticos palacios y hasta una escalinata de subida a la iglesia de San Martín con más de 80 escalones. Casi no cuesta subirlos por aquello de la novedad; y junto a la iglesia se contempla muy bien el valle con sus vallejos, caminos y vericuetos. No lo hemos dicho antes, pero desde los cerrales por los que hemos pasado también hemos disfrutado de excelentes vistas.

Valoria

Después de reponer fuerzas junto a la fuente de Don Pedro, nos fuimos por el camino viejo de Dueñas -aun conserva el empedrado en muchos de sus tramos- acompañando al arroyo de Cevico hasta la ribera del Pisuerga, que ya no abandonamos hasta llegar a la granja Muedra.

Una grata sorpresa: alguien ha reconstruido (por completo, pues era pura ruina) la ermita de la Virgen de Onecha, en el término de Dueñas. Al principio creímos ver un espejismo, pero al acercarnos comprobamos que no, que se trataba de algo real. Parece que todavía no le ha llegado el turno al interior de la nave, que no vimos bien desde la ventana, pero, en cualquier caso, hay que felicitar a quien haya tenido la iniciativa y la haya ejecutado ¡Bien! Las futuras generaciones de eldanenses se lo agradecerán. También han despejado la zona que circunda la ermita, quedando accesible la vieja fuente. Abajo queda la feraz vega de Onecha: no la atravesamos porque no tiene camino de salida aguas abajo. Entre almendros primaverales y viejas graveras seguimos adelante.

Escalinata

Sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con la ermita de la Virgen de la Galleta, ya en el término de Valoria. Ahí estaba, destartalada, al igual que el molino. La fuente y la chimenea parecen estar algo mejor, pero no mucho. Aunque nunca se sabe. Lo que ha ocurrido aguas arriba también podría repetirse aquí.

En fin, ya solo nos quedó rodar hasta San Martín bajo la atenta mirada del impresionante pico Muedra, que circundamos.

Aquí os dejo el gráfico del trayecto, que se acercó a los 60 km, con dos subidas al páramo y 30 kilómetros de viento fuerte en contra. Recorrido duro y hermoso al mismo tiempo; severo y benigno a la vez.

Páramo de los Infantes

25 febrero, 2019

El Cerrato se asoma al valle del Pisuerga por el páramo de los Infantes, que se encuentra entre Valoria la Buena y Cevico de la Torre. Desde su extremo oeste se puede contemplar todo este amplio valle, 175 metros más abajo que es, tal vez, la diferencia de altura más notable en nuestra provincia. Antaño este páramo fue monte de encinas y robles y monte bajo, y estuvo dedicado al pastoreo; hoy se han realizado extensas plantaciones de pino carrasco a la vez que se han roturado terrenos para tierras de labor. El suelo, ciertamente, es bueno aunque abunda la piedra caliza de mediano y pequeño tamaño.

Salimos de Valoria para rodear el páramo por el oeste. Muy arriba se distingue la ermita de la Virgen de la Paz y nos acercamos a la falda, cubierta de pinos. Seguimos hasta el Montecillo y el Toroalto, dos mogotes deprendidos del páramo, el primero pequeño y calvo y el segundo más elevado y cubierto por un pinar. En este último nos acercamos a fuente Amarga, que todavía mana agua. Finalmente, subimos por un camino en zigzag relativamente cómodo al páramo de los Infantes. A nuestros pies vemos Dueñas y, más al fondo, la ciudad de Palencia.

Tierras inclinadas en el valle, junto a fuente Amarga

Ya en el páramo nos acercamos a los corrales que –según los mapas- se encuentran en el borde del barco de Valoria pero de ellos ya no queda nada: toda esta zona, antes cubierta de monte bajo, ha sido levantada –incluyendo corralizas- y roturada para destinarla al cultivo de cereal. Luego, volviendo hacia el oeste, nos acercamos a otros corrales que se levantan, junto a una cabaña cerrada, en un claro del pinar. Después, buscamos los corrales de Pica, perdidos y estrangulados por el pinar carrasqueño; solo encontramos piedras amontonadas entre las que nos pareció distinguir los restos de un chozo. Así, enfilamos hacia el este sin salir del pinar. Una pareja de corzos nos mira y se aleja tranquilamente. Abunda la piedra caliza de tamaño mediano, no sé si son restos de viejos corrales o fueron levantadas para la repoblación forestal.

En el borde del páramo

Aquí sobrecoge la soledad. Nadie cultivando el terreno, nadie pastoreando ganado. Tampoco quedan ya construcciones ganaderas, y las cañadas han sido recortadas, o han desaparecido. Como compañeros del ciclista, sólo algún conejo, algún corzo, algún milano, además de las aves terreras, que parecen cantar al buen tiempo. Y el viento. Y el sol: hoy, 17 de febrero manga y pantalón corto, primer día de primavera que quiere llegar antes de tiempo.

Del pinar pasamos al monte bajo con algunas encinas y robles. Nos detenemos en los corrales del Espino, que han sido reconstruidos, incluyendo su amplio y precioso chozo. Se encuentran en una ligera vaguada que es el comienzo del barco de la Mazuela.

Corrales del Espino

¡Qué asombrosos son los caminos de estos paramillos cerrateños! Huyen de la uniformidad del páramo raso, pues cuentan con ligeras ondulaciones y, sobre todo, con encinas y robles salteados a los que se ha respetado porque, a cambio, sirven para amontonar a su alrededor, en buenos majanos, las piedras retiradas de los campos de cultivo. En algunos casos, la superficie para este fin se amplía y se juntan ordenados montones de piedra –parecen muros auténticos- con carrascas y otros arbustos… Es como navegar por un mar lleno de pequeñas islas e inofensivas olas.

Al extremo, nos asomamos a Cevico de la Torre y, al ver el valle y sus caseríos, desaparece la sensación de soledad. Las laderas aquí, son agrestes, con caliza descarnada. Curiosamente, un viejo camino sube como abriendo un surco en la misma piedra. Tal vez una antigua calzada.

Robles

Pero volvemos hacia el este, ahora por el cerral hasta el barco de los Poyatos donde, inclinados en plena ladera y aprovechando un pliegue en la falda del páramo, descubrimos el corral y chozo de Sacristán. Se conservan relativamente bien, pues el chozo está casi completo y practicable y, frente a él, los dos corrales de cuyo vallado se levanta todavía firme. Tal vez por lo alejado y escondido del lugar se mantiene todo en relativo buen estado. Más alejados, como perdidos en las laderas, nos parece verlos restos de otros corrales. Es un paraje especialmente bello y agradable, donde la hierba nos acoge y el barco nos protege, a pesar de que están orientados hacia el norte.

Chozo de Sacristán

De nuevo en el páramo, nos plantamos en los corrales de Revillamajano. Antaño llegaba hasta aquí una cañada desde el valle que seguía hacia el interior del páramo. Hoy los corrales, o lo que queda de ellos, son una isla en tierras de labor. Pero debieron ser importantes. De los chozos que aquí se levantaron no queda ya nada.

Restos de un colmenar

Nos metemos, cuesta abajo, por las laderas de la Mazuela para subir enseguida por la carretera de Cubillas a Cevico, carretera por la que nunca pasa nadie, al menos nunca lo vimos. Por el barco de los Borregos nos vamos a bordear los pinares del Condutero y de allí nos dirigimos a seguir el cauce del arroyo Valdedueñas. Paramos para contemplar los restos de un típico colmenar cerrateño, que debió ser sencillo y hermoso -¡qué pena tanta desolación!- y acabamos donde empezamos, en Valoria. Aquí podéis ver el trayecto.

Por el Cerrato, alrededores de Vertavillo

17 febrero, 2019

De nuevo el Cerrato. La verdad es que cuando Tierra de Campos o de Medina están de un color pardo tristón -lo que es normal en invierno- el Cerrato ofrece una hermosa estampa, mucho más viva, de manera que casi nunca defrauda. El intenso verde de las encinas, el naranja oscuro de los robles que siguen manteniendo su hoja, el blanco de las laderas… unidos a los pardos del terreno en reposo, a la viveza de los valles que verdeguean y a los azules y grises del cielo, hacen del invierno cerrateño una estación ideal para rodarla, si es que se pueden rodar las estaciones.

A eso hemos de añadir otros objetos que le dan un toque humano al paisaje: colmenares, corrales, chozos, fuentes, casetos, hitos y molinos. Y cuando estás entra las onduladas laderas, no es difícil toparse visualmente con lo más alto de la torre de la iglesia de algún pueblo. Todo esto además de las muchas cañadas, pues siempre fue una comarca eminentemente ganadera.

Laderas

Esta fue una excursión corta pero intensa. En la primera parte, ascendimos al páramo por el valle del arroyo de los Arroyuelos, nombra que sin duda hace referencia a abundancia de agua. Enseguida descubrimos un viejo pero no muy abandonado colmenar, con sus huecos para alojar colmenas que habían estado hasta hace poco en uso. Ya se sabe: miel, queso y gato, del Cerrato. A mitad de valle, paramos en la fuente de la Reina. Se oía manar abundante agua. Pero la fuente propiamente dicha se encontraba tapada por un denso juncal. Seguimos por el valle, que se fue cerrando hasta adentrarnos en un denso robledal. Muy por encima, los cerrales de yeso parecían vigilarnos. Enseguida nos encontramos con los corrales y chozo de Valdepozo, bien protegidos del norte por la ladera. El chozo se encuentra separado y los corrales debieron ser importantes, a juzgar por los restos que vemos.

Fuente de la Tiñosa

Todavía nos quedaba una última sorpresa en el valle: la fuente de la Tiñosa. Bueno, el nombre de la fuente no lo sé, pero está muy próxima a los corrales del mismo nombre que, a su vez, reciben el nombre del páramo que está al norte. Se trata de una fuente de un buen pozo que rebosa, del mismo tipo que la del Valle del Horno, pero mucho más sencilla. Estaba seca.

Al llegar al páramo pusimos rumbo a Vertavillo, si bien nos paramos al iniciar la cuesta abajo para contemplar, al fondo, el pueblo y, delante del caserío, la ermita del Santo Cristo.

Chozo de Morato

A continuación, subimos al páramo de Arriba. Se trata de un páramo angosto y largo, de esos que abundan en el Cerrato. Al norte, Valdecuriel y al sur el valle del arroyo Madrazo; podías elegir vista al rodar. Los primeros kilómetros discurrieron entre tierras de cultivo, pero al poco el paisaje se volvió una mezcla entre montaraz y agrícola. En los corrales del Títere pudimos ver la lucha entre un chozo y una encina. Estará claro que, en pleno siglo XXI, acabará ganando la encina. Los corrales no están construidos sin ton ni son: las tapias de piedra son extraordinariamente anchas, para las esquinas suelen usarse piedras próximas a la cantería y los chozos suelen tener contramuro, a modo de cincho. Después pasamos por los corrales del Lego, con su chozo desmochado. Finalmente, el chozo de Morato había sido despojado de su primera capa de piedras pero ahí seguía, capeando el temporal. ¿Por cuánto tiempo?

Aviso para navegantes: hay muchos caminos que no vienen en el mapa y están en la realidad, y otros muchos que aparecen en los mapas pero no existen sobre el terreno. Supongo que habrán cambiado últimamente y no se ha recogido en las últimas ediciones. Por eso, si habitualmente nos metemos a campo traviesa, esta vez lo hemos hecho un poco más de la cuenta, especialmente en el monte de Valdelobos donde, al parecer, todo ha cambiado. También hemos echado en falta algunas fuentes nombradas en el mapa: o han desaparecido o bien no estaban bien señaladas. Y alguna, como la de la Tiñosa, no figuraba en los mapas a pesar de su excelente porte.

Por Valdelobos

Por Valdecuriel también abundaban los corrales, algunos prácticamente sepultados entre los encinares. Este valle nos lleva hasta Castrillo de Onielo, pero no entramos en esta localidad que perteneciera a doña Eilo y que se asienta sobre una colina; subimos y bajamos hasta aparecer de nuevo por Vertavillo, donde hicimos un alto para contemplar sus palomares. Protegidos por el páramo de Abajo, llegamos al molino de Alba. ¡Todavía conserva el rodezno con su eje en el cárcavo! Pudimos ver la balsa, el almacén y otras dependencias. No aguantará mucho tiempo más, a pesar de la excelente piedra de cantería que se ha utilizado en este ingenio…

Aquí, la ruta.

El molino