Archive for the ‘Cerrato’ Category

El Roble

10 julio, 2018

(Viene de la entrada anterior)

A Peral de Arlanza llegamos después de cruzar este río por un magnífico puente de piedra bajo el que pasan las aguas soltando espuma espuma debido a las piedras depositadas en este tramo, de poca profundidad.

Camino de subida

Pero si hasta aquí todo había sido coser y cantar, debido a la agradable temperatura, la sombra de la ribera del río Franco y -más o menos- cuesta abajo, ahora empezaba lo bueno, ahora nos íbamos a enterar. Y es que no podíamos acudir al estribillo de aquella jota y esperar a la luna:

con la luna madre,
con la luna iré,
con el sol no puedo
que me quemaré

pues había que volver. De manera que, después de aprovisionarnos de pan y agua, iniciamos la vuelta siguiendo la suave cuesta arriba del arroyo del Monte. Buen camino y buenas fuentes: Fontrana, Valderos, Frontaura, todas con sus pequeñas alamedas y su abundante verdura. De momento, no íbamos mal. Además, las laderas de los páramos no se mostraban ásperas y resecas, sino revestidas de robles y enebros y todo tipo de matas verdes.

Por el arroyo del Monte

Así llegamos al ras del páramo. Bueno, aquí el páramo no es una rasante clara, pues abundan suaves elevaciones y hoyas. Pero estábamos arriba, en la zona denominada los Lanchares, tal vez por la abundancia de piedra caliza suelta, de tamaño pequeño. Tomamos la cañada de Montemayor para dejarla enseguida y cruzar la cabecera de un valle con unas antiguas corraladas en las que hermoseaban flores cerrateñas. De ahí pasamos a otro valle -de San Vicente- en el que descubrimos los restos de una fuente seca. Bajamos hasta el valle de la Cuesta y ¡de nuevo a subir!

Restos e antiguos corrales

Más corrales -los de Valdesturianos– y cuando llegamos de nuevo a lo alto del páramo, con el sol en el cenit pegando fuerte, ¡¡oh, el Roble!! Efectivamente, ahí estaba, solitario, con su tronco enorme, con su tronco hueco, todavía enhiesto, todavía fuerte, como un viejo guerrero herido en mil batallas, con ramas desgajadas, ligeramente mocho, pero ahí estaba como una atalaya viva, dominando sobre todos y sobre todo. Y, de repente, al allegarnos a él se mostró como un buen padre, acogedor, hospitalario, que nos mostró su sombra para protegernos del fortísimo sol de mediodía. El Roble, el viejo roble, había sido nuestro oasis en el desierto castellano de sol abrasador. Pudimos comer, beber, descansar. Reponernos. Reencontrarnos. Contemplar el siempre hermoso paisaje cerrateño bajo su visera protectora: valles, cereal, cerrales, las bodegas de Cobos al fondo… Estábamos salvados.

En el ras

Tras el respiro concedido por el Roble, volvemos a ponernos en marcha. A pesar del calor, el Cerrato sigue verde. No hay un campo de cebada que esté ya maduro, aunque algunos corros poseen esa tonalidad dorada. Pero todas las espigas de trigo están verdes, con ese verde oscuro típico del trigo. También hay algunos campos de avena y centeno, así como de forrajeras. Y las flores campean en lindes, caminos y perdidos. El campo nos dice que está aun en primavera aunque el calendario señale ya los comienzos del verano.

El Cerrato, aquí es un paisaje sin nadie. Sólo un alma nos ha saludado en todo el trayecto. Estáis locos, además, nos ha dicho. Antaño hubo pastores y rebaños, a juzgar por los grandes corrales que hemos contemplado. Pero hoy, nadie. Seguramente dentro de unos días esto se llene de agricultores cosechando. Tal vez. Pero ahora no, nadie lo habita, nadie lo trabaja. Sólo corzos y liebres en la tierra y algunos milanos en el cielo. ¡Qué contraste con las ciudades!

Valfrío

Cruzamos por algunas ondulaciones del páramo, dejamos pequeñas manchas de monte de roble, y nos acercamos a los corrales de Valfrío. Son tan inmensos que no los recorremos del todo. Debió tratarse de un verdadero centro pastoril.

Más tarde vemos al oeste el torreón que bien conocemos por excursiones anteriores y, justo en los corrales de Magialengua con su charca pastoril -que igualmente conocemos bien- giramos hacia el este. Nos esforzamos por no perder un camino que ha sido arado y cortado en algunos puntos y vamos pensando en el fin de este trayecto que se nos empieza a hace un poquito largo. Menos mal que desde el alto de la Cabeza se suceden toboganes cuyo resultado final es más cuesta abajo que cuesta arriba. La Cotarra nos dice que estamos muy cerca de nuestro destino.

Fuente de Frades

Pero antes de llegar hay un vergel que nos acoge para un último descanso: se trata de la alameda y fuente de Frades, con su largo abrevadero y su laguna. ¡Qué agua tan fresca: resucita a un muerto y a un ciclista agotado! Unas pocas pedaladas más y entramos en Villfruela. Hemos rodado casi 80 km. Y los 40 últimos han costado un poquitín, qu eno eran cuesta abajo…

Última enfilada

Anuncios

Río Franco

5 julio, 2018

Villafruela se extiende entre el páramo y el río Franco -o uno de los arroyos que conforman dicho río-, que viene del este, de los confines del Cerrato, que se encuentran muy cerca. Curiosamente esta comarca natural (cerros, cerratos, colinas, motas, valles y vallejos) llega desde aquí hasta Valladolid, atravesando buena parte del sur de Palencia, si bien estamos en Burgos.

A punto está de amanecer y el fresco de los prados y de la ribera del Franco parece meterse hasta los mismos huesos, a pesar de que estamos en verano. De hecho comenzamos a rodar por una camino en el que ha crecido la hierba con ganas -nos llega hasta casi la cintura- y acabamos empapados por este rocío nocturno.

Tras los chopos, el río

Amanece: la línea del páramo se señala perfectamente: negro sobre claro. Vamos río abajo por la carretera desierta. Nadie pasa; es una cinta que nos transporta sobre la humedad de la madrugada.

Al poco, Espinosa (en Palencia) nos recibe con la luz, pálida y distinta de un amanecer ligeramente brumoso. Algo nos impulsa a subir de un tirón la cuesta de las bodegas, y allá vamos. Varias alturas de hileras de entradas a bodegas, con sus viejas y artesanales puertas, sus respiraderos y zarceras para la entrada de uva. El lugar es también un balcón que da al valle. Un poco más y, entre calles retorcidas, acabamos en la iglesia de san Martín de Tours, de una belleza gótica peculiar. Por cierto. Abajo el río Franco -y franco es el santo citado- pasa dejando un suave murmullo, y varias fuentes incrementan su caudal. Junto al río no son ahora las puertas de las bodegas las que se ordenan en hilera, sino las de una multitud de pequeñas huertas; otra peculiaridad de este pueblo encantado, seguramente por permanecer perdido en el olvidado Cerrato.

En Espinosa

Otro golpe de pedal cuesta abajo y nos presentamos en Royuela (Burgos de nuevo), que también se alarga como en paralelo a nuestro río Franco. Conocemos esta localidad porque la hemos cruzado al recorrer, hace unos años, uno de los ramales -el del norte- de la cañada real burgalesa. Tal vez Royuela sea una onomatopeya -como arroyo- del ruido que produce el agua al caer por estos valles empinados… En todo caso, es un nombre sonoro en un valle de aguas rumorosas.

Los valles -el de nuestro río con los de sus arroyos- se ensanchan y los campos en los que crece el cereal se hacen más grandes, aptos para que los corzos se escondan para pastar echados con más tranquilidad. Por eso, a nuestro paso se levantan de repente y huyen asustados, dando enormes saltos para que las espigas no les frenen…

Desde San Juan de Castellanos

Y así, llegamos contemplando alamedas y algunos nogales aislados, al palentino Cobos, otro pueblo increíble de esos que sólo existen en sueños o… en el Cerrato, como es el caso. La iglesia de san Román a media ladera preside el pueblo: no hay más que acercarse a ella y descubrir una balconada que la recorre y acodarse allí, custodiados por una portada que es un verdadero retablo plateresco en piedra, mientras contemplamos el pueblo y el ivalle… Pero por encima están las cuevas de Cobos, o sea, las bodegas, hoy muy remozadas, gracias a lo cual se han podido conservar. Y abajo, el río Franco, que sigue ensanchando su valle.

Después de visitar la ermita de la Virgen del Río Franco nos metemos entre la cuesta Redonda y el pico de San Martín buscando el poblado de San Juan de Castellanos, que está allí, donde siempre, con su palomar, casa, almacenes y corrales, pero la hierba y la maleza lo han cubierto todo, taponando las puertas y hasta las ventanas… Alrededor, una nebreda con ejemplares centenarios se extiende por las laderas calcáreas que bajan de los páramos hacia el verdor del río Franco.

Iglesia de Hontoria

Cruzada la carretera, atravesamos el río y seguimos lo que fue un camino y que ahora no se ve, todo cubierto de hierba alta y densa. Pasamos junto a los restos de un molino y el camino reaparece y nos conduce hasta Hontoria, en Burgos, pueblo pastoril hoy a punto de perderse por completo; es difícil llegar a la iglesia, que está en un alto, pues todo está cubierto de maleza. Los corrales y las casonas son de buena piedra pero ¿para qué sirven ya?

Abundaron las truchas en el Franco

Volvemos a nuestro camino del otro lado del río y, entre campos de alfalfa e hileras de manzanos nos plantamos en Retortillo, caserío de una de las fincas más extensas de la región. Por la carretera llegamos al río Arlanza, y lo cruzamos por un hermoso puente de hierrro. Por Pinilla intentamos pasar a la orilla izquierda para volver hacia donde salimos, pero los caminos están cerrados por portones; es una finca privada. Nos quedamos con las ganas de contemplar la desembocadura de nuestro río Franco. Comprobamos que esta localidad está hoy despoblada si bien conserva una sencilla ermita románica bajo un cerro en cuya cima parece que hay un castillo en ruinas, pero en realidad no es más que piedra caliza deshaciéndose. De manera que nos vamos hasta Peral, donde iniciamos el camino de vuelta, del que hablaremos en la entrada siguiente.

Sabina en Retortillo

Aquí puede verse el trayecto seguido.

i

La Tiñosa y la Pedriza; Esguevas y Esguevillas

1 enero, 2018

Subiendo por el valle de Arranca hemos llegado al ras del páramo, que está a 900 m de altura. Nos acercamos a un corral con protecciones contra los lobos y que está unido a una casa de barro, convertida también en encerradero de ganado. Muy cerca, en una pequeña hondonada junto al valle, una caseta con su pozo y abrevadero. Hay agua, pero ¡a qué profundidades! Como tiene caldero con soga, algún verano nos ha salvado tras una buena sofoquina. El lugar, como tantos otros de la comarca, es idílico, con su prado de hierba rala, sus encinas y robles, sus majanos. Y donde no hay verde, se deja ver la tierra colorada…

Hacia la fuente de Valdileja

Nos vamos por la colada del camino real de Palencia que cruza la Burgalesa y recorre campos que fueron roturados y arrebatados al monte. A pesar de todo, abundan las encinas y robles de buen porte aislados en las tierras de labor y algunas manchas de monte. Paramos a beber agua en la fuente de Valdileja, que conocemos bien de otras ocasiones y que sigue echando con fuerza su chorro de agua.

Corral y chozo en la Tiñosa

Enseguida, nos encontramos ante un complejo único: los corrales de la Tiñosa. Único por su extensión y por las proporciones de sus construcciones pastoriles. Distinguimos dos chozos muy esbeltos y bien conservados y varios corrales –más de veinte- que gozaron de anchas tapias de piedra, hoy en buena parte derruidas. Además, vemos dos tenadas con su corral, que aún se utilizan para guardar ovino y tienen la particularidad –frente a las corralizas- de estar techadas, con tejas en este caso, a una vertiente y a dos aguas. Son, además, construcciones más modernas y necesitadas de un mínimo mantenimiento pues se soportan con pies de madera o ladrillo y entramado para el techado del mismo material.

Interior de una tenada

Nos vamos de este  complejo  con un poco de pena por no haberlo recorrido más despacio. Tal vez más adelante volvamos a pasar por aquí, nunca se sabe.

El caso es que, después de rodar de nuevo por la llanura entre tierras de labor y rodales de monte, llegamos a otro complejo pastoril: los corrales de la Pedriza. No es tan amplio como el anterior, ni cuenta con tenadas, pero tiene un chozo especial y único que, además de ser esbelto como pocos, tiene como un refuerzo consistente en un anillo de casi dos metros de alto por uno y medio de ancho que lo circunda, de la misma piedra que la cabaña. Seguramente será uno de los chozos más cálidos en invierno y frescos en verano. El lugar se encuentra rodeado de monte y muy cerca hay una caseta con pozo, mesas y barbacoas. Como para pasar una buena tarde de primavera, o un buen día de invierno.

Chozo de la Pedriza

Como no lejos se encuentra la cañada real Burgalesa, nos vamos por ella hacia el oeste. La conocemos bien, se trata de una cinta de monte entre tierras de labor, si bien se une a encinares y robledales cuando pasa cerca de las laderas de los valles. En un camino que sale hacia Población, nos acercamos a ver las ruinas de una antigua casa de labor. Pero al descubrir un poco más allá un gigantesco roble con las hojas de color ocre, no podemos menos que aproximarnos a él. Su elevado porte contrasta con la llanura, y con el resto de encinas y robles que, a su lado, no dejan de ser unas simples matas. Y volvemos a imaginar cómo sería el Cerrato hace pocos siglos, a pesar de lo soberbio y hermoso que hoy (todavía) lo vemos.

Antanillas

La cañada sigue su rumbo hacia Valladolid y nosotros descendemos en dirección a Esguevillas siguiendo el cauce del arroyo Valdeladuerna. Ya casi abajo, nos desviamos para acercarnos a la fuente de Antanillas, que mana agua por una tubería ancha de plástico y tiene delante dos feos abrevaderos de cemento moderno. Detrás todavía podemos ver las piedras de la construcción original. Bueno, al menos no ha desaparecido. Más vale así. Desde la fuente, junto a la cual abundan las flechas de yeso, se divisa el amplio paisaje del Vallesgueva.

Después de cruzar Esguevillas nos acercamos al otro grupo de bodegas, las de Carratamarilla, que en general se encuentran peor conservadas que las del Cristo -pero quedan algunas simpáticas- y de aquí nos vamos al Esgueva o, por mejor decir, a la Esgueva.

Un buen camino junto a la Esgueva Vieja

Y así, vemos cómo al menos tres arroyos o esguevillas desembocan en la Esgueva Vieja. Y es que son eso: verdaderas zanjas sofocadas por el carrizo que se unen a una tercera, más amplia. Todas parecen estar secas, a pesar de que proceden de arroyos con agua (San Vicente, Valdeladuerna, San Miguel, Nogal, Valdelatín). Tal vez sea a causa de la pertinaz sequía. Pero, en todo caso, ya se ve que los antiguos arroyos –y la propia Esgueva- han sido convertidos en zanjas, desviando los humanos su cauce conforme a sus necesidades y a los peligros de las riadas. Un poco más al sur, el cauce de la Esgueva Nueva sigue cumpliendo su función de soporte para las aguas.

Una esguevilla

El sol nos regala sus últimos rayos y las mimbreras, muy abundantes en la orilla izquierda, se vuelven incandescentes. La luz que ha llenado el día se apaga. En la otra ribera, nos parece vislumbrar una sombra que se mueve: tal vez sea la mora que al anochecer sale en busca del agua de la Esgueva para conservarla en su cueva del pico de la Alcubilla (que curiosamente significa arca de agua). Al igual que a la mora de Sieteiglesias, los hombres de Esguevillas la temen y prefieren evitarla. Nosotros también preferimos retirarnos después de una jornada luminosa y llena de aventuras, no sea que lo estropeemos al final.

 

San Vicente y Arranca

27 diciembre, 2017

Partimos de Esguevillas de Esgueva, o sea, de una inmensa explanada –inmensa para estar en el Vallesgueva– sobre la cual discurren varias esguevillas que, curiosamente, desembocan en la Esgueva Vieja. Pero de todo esto hablaremos –esguevas y esguevillas, nuevas y viejas- al final de la excursión.

Nuestro primer destino se encuentra en las bodegas del Cristo –dejemos las de Carratamarilla también para el final- desde donde contemplamos una bonita estampa de la torre de la iglesia dedicada a San Torcuato. El nombre de este santo –uno de los primeros que evangelizaron España, después de Santiago y San Pablo- se recuerda  precisamente en las localidades más antiguas de nuestra Castilla; además en Esguevillas, hacia el norte, hay un topónimo La Calzada, que indica seguramente la existencia de una antigua vía romana. Total, que sin duda Esguevillas es uno de las localidades más antiguas de nuestra provincia y región.

En el tejar

La siguiente etapa –no hemos recorrido ni 500 m- nos lleva a una vieja tejera, no tan vieja como la Calzada que pasaba al lado. Está en la base del páramo, lugar muy adecuado para extraer la arcilla que luego se convertirá en ladrillo y teja. Del horno queda la mitad y de la casa aneja casi nada. Pero vemos tejas formando hileras almacenadas en diferentes montones. Y ladrillos. Como si el tejero se hubiera ido de viaje o puesto enfermo y allí hubiera quedado su obra. Que siga por muchos años, respetada por agricultores, pastores y caminantes. Y chavalería de Esguevillas. El tejar es perfecto para contemplar los amplios valles que confluyen en Esguevillas.

Visión del valle de Esguevillas

Queremos subir al páramo por la colada de Hoyadas pero nos tenemos que dar la vuelta pues la granja San Cristóbal está vallada. Una pena, pero ya tendremos oportunidad de contemplar buenos robles y encinas.

La etapa que rodamos ahora nos lleva a la ermita de San Vicente, donde se celebran las fiestas de este patrón esguevano. Es un templo de buenas proporciones, y destaca su atrio que puede servir de amplio refugio en caso de lluvia o tormenta.  El valle de San Vicente, por el que ahora subimos, tiene un amplio fondo dedicado al cultivo y unas laderas, especialmente la norte, cubiertas de matas de encina en muchos puntos acarcavadas. El bocacerral es prácticamente vertical, e incluso a un lugar lo denominan despeñabueyes. En medio del valle vemos una balsa, hundida en el terreno, destinada a regadío.

Valle y ermita de San Vicente

Rodando, rodando, llegamos a un paraje delicioso en el que la ladera se suaviza y deja ver su tripa blanca –Torralbo se llama precisamente- de yeso; tiene la forma de un amplio circo. Contra el blanco, encinas  verdes y robles ocres, en el fondo de valle abundan las junqueras, señal inequívoca de la abundancia de agua en el subsuelo. Ascendemos por la ladera para contemplarlo todo mejor. Comprobamos que el Cerrato –como tantos otros paisajes de la provincia- nunca defrauda al que lo recorre, a pesar de que el sol sacaba demasiado bien los tonos amarillos, marrones, ocres y blanquecinos propios de una prolongada sequía. O precisamente por eso: era lo que tocaba en estos momentos.

En Torralbo

Ahora subimos como por un espigón para enlazar con la cañada real Burgalesa, cinta infinita –sobre todo en esta comarca- salpicada de abundante monte de encina y roble. Es como una alfombra, relativamente verde, que atraviesa exhaustas tierras de labor, demasiado secas.

Cruzamos la carretera, muy estrecha,  y después de subir una ladera de yeso puro, seguimos por la falda del valle de Arranca. Es una falda de maleza y matorral, muy inclinada, pero tanto para las merinas antaño como para las burras hoy no ofrece mayor dificultad; al revés, siempre es agradable rodar por un estrecho sendero que por momentos desaparece. Al fondo, el valle, todavía con sus tierras de labor y sus robles aislados entre ondulación e inclinación. Todo una maravilla, si no fuera por la pertinaz.

Por la Burgalesa

Y ahora sí, ahora la cañada ocupa prácticamente todo el fondo del valle que ha cambiado de fisonomía para convertirse en un verdadero humedal, salpicado de juncales y otras plantas que se nutren de abundante agua. Ni qué decir tiene que ahora todo está amarillo y seco. El fondo sigue siendo plano, pues el valle tiene la forma típica de artesa. Las laderas están repletas de robles, más grandes cuanto más cerca del humedal. Cerca del cerral, aparecen los pinos y las matas de encina.

Valle de Arranca donde nos quedamos sin camino

Pasamos junto a un grupo de leñadores –que además de dar utilidad a la leña, limpian el monte- y luego nos detenemos en el pozo de la Tablada, que tiene agua ¡y excelente! cerca de la superficie. Menos mal. Un poco más y la cañada se nos va ladera norte arriba, buscando el valle del arroyo Madrazo.

Pero nosotros seguimos por nuestro de Arranca a pesar de que el camino desaparece durante poco menos de un kilómetro. Y precisamente a continuación, en el último kilómetro, descubrimos dos colmenares arruinados  y otros dos corrales igualmente derruidos que nos hablan de cómo antaño estos campos y montes estuvieron un poco más concurridos.

¿Tierra o piedras? Colmenar al fondo

Y, después de unos 12 km, se nos ha acabado el valle que traíamos desde Esguevillas. Sin casi darnos cuenta, hemos llegado al páramo. Continuaremos en la próxima entrada. Aquí podéis ir al recorrido en wikiloc.

Excursión familiar a Villavaquerín

7 octubre, 2017

Esta vez se trataba de hacer un recorrido en familia por más de treinta rodadores. Había de todo un poco: gente joven, gente mayor, gente mediana, niños…    Sobre buenas bicis y sobre auténticos trastos de dos ruedas gobernables con dificultad. Los que estaban en forma llegaron a Villavaquerín y volvieron a Valladolid. Los que habitualmente no rodaban demasiado se quedaron allí y les trajo el coche escoba o alguna familia de las que habían ido en vehículo de cuatro ruedas a comer y pasar la tarde en la casa de los padres de Juan, que es donde nos dimos cita.

Salimos de la Escuela Deportiva Niara –punto de encuentro- para atravesar el Pinar (-¡ay ay ay suspiraba Teresita intentando dominar su bici que quería quedarse clavada en los bancos de arena; lo mismo volvió a suspirar cuando casi se cae a la acequia y cuando, ya al final, no podía mucho más con una cuesta arriba suave pero prolongada…) y llegar a Laguna. Aquí se despistaron Juan Carlos, Álvaro y  Juan y, por su cuenta llegaron a Herrera y Tudela; los encontramos al final en Villavaquerín. (Sabían que allí había comida).

Por el Canal de Duero todo fue tranquilidad. Bueno, algún ciclista que venía en dirección contraria a toda pastilla casi se pega un buen remojón. El camino de sirga se encontraba con un firme perfecto y los chopos y fresnos empezaban a amarillear. En el cruce con la antigua carretera de Segovia, a la altura del viejo Tubo Barrasa, recogimos a Pino, Javier, Luis y  Javito.

Y así fue transcurriendo todo, sin mayores incidentes salvo algún pinchazo como el de Jotas. En algunos el cansancio empezaba a haer mella y el pelotón se estiraba y estiraba hasta alargarse dos o tres kilómetros. En cabeza siempre estaban Íñigo, Luis, Alejandro, Álvaro, Alfonso, Santiago, y Chucho controlando para que no se escaparan; solían cerrar la comitiva  Alberto, Fernando, David, Joaquín…

Pasamos bajo dos autovías –Segovia y Tudela-, cruzamos junto a las lagunas de Fuentes, y dejamos al sur Tudela de Duero. Pero había que dejar el Canal, y así lo hicimos al llegar a las Mamblas, que rodeamos para acercarnos al arroyo Jaramiel. El camino se empezaba a hacerse largo. No obstante, ahí se mantenían, en medio del pelotón como campeonas dispuestas a dar el salto a la cabeza  las dos Isabeles, Ana, Mencía, Teresa y María.

En Villabáñez –donde se elabora una de las mejores cervezas del mundo mundial- paramos a repostar en la fuente. Rafa prefirió subirse al arca para contemplar el panorama. Algunos llegaron a bañarse en el pilón. ¡Qué fresquita y rica estaba el agua! Otros –los de cabeza- se echaron una siesta como de media hora en el prado del Humilladero, hasta que llegó el grueso del pelotón.

Quedaba lo más duro. Una recta larga, larga, con algunos repechos que, por el valle del Jaramiel, nos condujo hasta Villavaquerín. Algunos creían que nunca se iba a acabar, pero llegó un momento en que la torre de la iglesia –que se veía ya desde Villabáñez- estuvo al alcance de la mano. Claro que quedaba todavía un último repecho pues el lugar al que íbamos, repleto de ciruelos y nogales, estaba a un kilómetro del pueblo, en la carretera que va hacia Olivares.

¡Qué gusto cuando llegamos! Aparcar la bici y ponerse a beber/comer fue todo uno. Los más jóvenes, a beber agua y refrescos. Otros tomamos un clarete fresquito que nos devolvió las fuerzas perdidas y, como por ensalmo, se borraron los 40 km recorridos. Otros a tocar la guitarra, e incluso algunos –era el no parar- a jugar en los columpios y toboganes. [La gente joven se recupera en un pispás y la gente mayor, con un clarete, también]

***

Llegó el momento de volver. Algunos  lo hicieron en coche, pero otros, la mayoría –unos 25- nos volvimos en bici por una ruta distinta. Ahí estaba Rafa que llegó a Valladolid como un campeón. E Íñigo, siempre en cabeza. Juan Carlos pinchó una, dos, tres veces y cuando se nos acabaron los parches y las cámaras se subió al coche escoba. Como Alejandro.

Todo el mundo coincidió en que la vuelta fue más bonita y entretenida, pues descendimos –unos 3 km- desde el páramo hasta Peñalba, y luego pasamos por los cortados con aspecto de tarta, que la mayoría desconocía. Las caídas en la senda de los Aragoneses fueron continuas pero sin mayor trascendencia para huesos y tendones. Más tarde rozamos la calzada romana de Simancas a Clunia y pasamos también junto a lo que fue Nuestra Señora del Duero, una de las primeras repoblaciones de la zona.

En fin, que entre unas cosas y otras se nos hizo de noche. Pero antes de acabar queremos dejar constancia de que Teresa madre, Elena, Pino y Catalina completaron la ruta como auténticas campeonas. Total, algo más de 80 km.

¡Hasta la próxima!

…y sorprendente

9 julio, 2017

(Viene de la entrada anterior;acabamos de salir del valle del arroyo de Cerrato)

El páramo

Aquí no hay ningún cerrato. Ahora estamos en un inmenso y compacto páramo  que se extiende hacia el este. Rodar por él significa perder la noción del espacio, todo llanura inmensa, sin referencias claras que ayuden al viajero, salvo el sol –si lo hay- y la sierra de la Demanda si el día la deja verse. Pero por hoy no iremos más allá, sino en dirección contraria, donde las hendiduras esculpidas por manantiales y arroyos acabarán por dibujar el típico paisaje cerrateño lleno de eso, de cerratos, paramillos, muelas, colinas, hondonadas y múltiples valles y vallejos.

Entre tierras de cereal delimitadas por hileras de sabinas o robles vamos rodando hacia el norte hasta que, poco antes de llegar a Magialengua, torcemos hacia el oeste, rumbo que mantendremos durante más de 12 km. De vez en cuando, cruzamos algún monte, si bien predominan los campos rasos de cultivo. Al sur, por encima de los montes, sobresale el Torreón de la Greda, única referencia segura.

Alcanzamos los corrales de Jirón y los Nuevos, donde conectamos con otro ramal o cordel de la cañada burgalesa que discurre por toda esta comarca como si fuera una verdadera red capilar de veredas y cordeles hasta que, en el término de Hérmedes, forma una auténtica cañada de 90 varas.

Buen chozo

Pero nos desviamos al sur en el Raso, dejando al norte la fuente de Serranos, en el Otro Valle. Esta ruta nos deparó dos buenas sorpresas. La primera que después de rodar unos pocos metros por un sendero que no se distinguía del monte que atravesaba, nos encontramos con un camino ancho, de perfecto firme que había surgido como por ensalmo. Claro que le seguimos a partir de ese momento, y nos llevó hasta la carretera de Antigüedad a Cevico Navero (donde comenzaba con un prohibido el paso). Y la otra sorpresa fue que, al cruzar un monte por ese camino, nos encontramos con unos corrales que tenían uno de los chozos más grandes que nunca hemos visto. Casi podías entrar de pie dentro había una mesa, pero cabían muchas más. Además, pegado a él hubo –hoy derrumbado por completo- otra construcción auxiliar, ¿tal vez para corderos y sus madres? Cosas veredes…

La carretera, con el viento a favor y cuesta abajo nos dejó en Cevico Navero, donde repusimos fuerzas y vimos los lavaderos tradicionales, que bien podían estar en funcionamiento.

Mata Redonda

Otro hermoso Cerrato, además de duro y corto

Así fue el paisaje de Cevico a Hérmedes. Duro por las varias subidas y bajadas por senderos, cañadas y a campo traviesa, y corto, porque si no, hubiéramos reventado con el kilometraje que ya llevábamos en las piernas. De hecho, alguno al día siguiente se sentía como si lo hubieran manteado en alguna venta extraña. No son de extrañar esos sueños…

Para empezar, y a modo de aperitivo, nos subimos la cuesta de las bodegas, desde donde se contempla una estupenda vista de la localidad, pero no sólo, pues nos acercarnos a la Mata Redonda y a la Atalaya, dos inmensas y viejísimas encinas especialmente queridas por los habitantes de Cevico pues, de alguna forma, representan la historia de la localidad y hasta el alma colectiva de sus habitantes. Son algo así como su bandera.

En la Atalaya

Después, un sendero muy estrecho, con curvas continuas y cerradas entre carrascas, con suelo salpicado de piedras calizas salientes y con frecuencia molestas, nos condujo hasta una infernal cuesta abajo que terminó en un verdadero paraíso: la pradera y fuente del Carmen. Pero nuestro contento duró poco, pues no había ningún tipo de camino ni sendero para continuar.

¿Qué hacer? ¿Volver atrás? ¡Ni de broma!  Nos dejamos caer hasta lo hondo del valle de Valdemimbre y de allí, por una vaguada y tirando de las burras – que con seguridad ¡habían engordado!-, subimos de nuevo al páramo para tomar una cañada -que ya no existía. De nuevo a campo traviesa, bordeando terrenos cultivados, hasta que dimos con la cañada. Desde luego, ya nadie transitaba por ella, pues la hierba estaba alta y no había senderos.

Fuente del Carmen

Pero como la perseverancia siempre resulta recompensada, llegamos a un tramo que estaba más abierto y que, tras varias subidas y bajadas, nos condujo a Hérmedes. Pero antes, en el comienzo  del valle de San Sebastían, nos acercamos a la fuente del mismo nombre, que mantiene una feraz huerta. Sus alrededores estaban llenos de los más variados trozos de cerámica, testigos del poblado que aquí se levantó en otro tiempo, cuando el Cerrato estuba lleno de pueblos, caseríos, casas y chozos. Hoy hemos visto los restos de lo que fue.

Total, unos 57 km. Aunque a alguno le quedaron fuerzas para acercarse, desde Hérmedes, a conocer la Mata Fombellida y superar los 60.

Bajada hacia la fuente del Carmen