Del verde al amarillo en el Cerrato

Hemos dado un paseo por el Cerrato en un momento en que la mayoría de los sembrados de cebada están amarillos, preparados para la siega. Y la mayoría de los dedicados al trigo están aún verdes, en plena maduración. Bien es cierto que en esta comarca nunca se pone todo amarillento pues los abundantes montes de roble conservan no sólo verdes árboles y arbustos, sino también buena parte de la hierba debido a la humedad del subsuelo.

Canal de Villalaco

Tampoco el Cerrato de Torquemada y Villamediana es el típico paisaje de cerros, cerrillos y cerratos. Se parece más bien al páramo de los Torozos o a los de Peñafiel. Y es que los páramos son amplios, extensos, recortados por arroyos rectilíneos que no modelan demasiados cabezos, muelas, colinas…

Sembrado vigilado por encina

En cualquier caso, el paisaje estaba hermoso y rico en matices y colores. Empezamos saliendo de Torquemada por un camino que acompaña al canal de Villalaco durante unos 7 kilómetros. Eso nos permitió contemplar la horizontalidad del valle del Pisuerga con sus sembrados y la escaramuza de una madre pata que dejó huir esparcidos a todos sus patitos mientras ella se quedaba delante de nosotros palmeando en el agua con sus alas.

Campo de trigo

Al llegar a un sembrado de adormidera tomamos el camino del Infierno –el infierno es la ladera por la que ascendemos, habrá que investigar por qué- que nos subió al páramo por un denso robledal en el que encontramos una fuente. Hasta ahora las nubes no habían sacado todo el color al paisaje, pero en el páramo empezó a dejarse ver un tímido sol.

Cebada

Arriba, grandes extensiones de trigo, todavía verde. Encinas aisladas. Restos de corrales y chozos. Rodales de monte. El camino posee buen firme a pesar de los abundantes charcos por las recientes tormentas. La verdad es que los caminos de Torquemada por los que rodamos eran todos excelentes, sin barro pegajoso, salvo en puntos aislados.

Valdesalce

Bajamos del páramo por el camino entre laderas más bien peladas para volver a subir después de rodear el pico de los Tres Castros. En estos vallejos la cebada parecía llevar varias semanas amarilla y sea. Y otra vez arriba hasta alcanzar de nuevo el camino del Infierno, que es verdaderamente largo, pues parece venir desde Tamara de Campos y dirigirse hasta Cordovilla la Real. Y de nuevo campos en los que predomina el color verde.

Pero dejamos enseguida el camino del Infierno para navegar entre campos de cereal, de Torquemada, y el monte de Villamediana. Monte a un lado, sembrados al otro, y flores por todas partes. Una fiesta de color, vamos.

Pico Madre

Al llegar al refugio de cazadores -todo un alarde de mesas, fuentes, chimeneas- bajamos por un sendero que atraviesa el monte hasta las inmediaciones, según el mapa, de la fuente de la Mocha, que no encontramos. Ya casi en el fondo del valle fue el único momento de esta excursión en el que perdimos el camino y tuvimos que rodar -o caminar- primero justo por el lindero del monte con el sembrado, en este caso de cebada seca -y amarilla- y finalmente a campo traviesa por el monte.

Las amapolas siguen activas

A lo lejos nos deslumbró la ermita de la Virgen de Valdesalce. Y es que, de ermita, nada. Se trata de un verdadero santuario, a juzgar por sus notables dimensiones. ¿Es la iglesia de un antiguo poblado? Sobre ella, el pico Madre con una cruz y, bajo sus cantiles sur y oeste, minas de yeso, de esas que tanto abundan en el Cerrato.

Después de dar un paseo por la pradera pusimos rumbo a Torquemada, donde finalizamos la excursión. Una nube negra nos amenazó con cuatro gotas; demasiado tarde. En el bar, los lugareños se mostraron orgullosos de los paisajes de su Cerrato, con razón.

Salieron 31 km, he aquí el recorrido.

Se hace sendero al rodar

He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares,
y atracado en cien riberas.
(A .Machado)

 Uno tiene la impresión de que ha recorrido todos los caminos de la provincia y alrededores, lo cual no es cierto, pues siempre se descubre alguno nuevo, no pisado ni rodado, al margen de que los caminos cambian con los tiempos, las estaciones del año, la luz, el clima… y nunca son los mismos; es muy difícil –por no decir imposible- cruzar dos veces el mismo camino.

Además, ya lo dijo el poeta, que no hay camino, que se hace camino al andar.

Todo lo anterior debería bastar para dejarse llevar por esos caminos de Dios, o bien para seguir la estrella –el objetivo- al margen del camino que se tome. Pero no es así, y con frecuencia buscamos caminos, nuevos caminos. Parece como si el ansia de novedades también llegara a estos paisajes milenarios, que no lo necesitan para nada. Pero nosotros vivimos en la ciudad y descansamos en el campo, y la línea separadora es a veces muy sutil.

Sea como fuere, en esta excursión que nos llevó a los Torozos orientales, descubrimos nuevos caminos. Algunos –como la subida a la Sobrepeña– porque los hicimos sin esperar encontrar ni tan siquiera un sendero. Descubrimos restos de explotaciones de yeso, paredes construidas en piedra que sostuvieron antiguos bancales y, ya arriba, las típicas viseras de caliza que vuelan sobre huecos y que tarde o temprano rodaran por la ladera del cerro. Y el paisaje sobre los vallejos del páramo: además de sembrados, algunas corralizas y chozos de tiempos en los que la ganadería era más importante que ahora.

Poco después de bajar de la Sobrepeña, tomamos un sendero inesperado que nos condujo entre encinas por la Sepultura, en el mismo cerral, contemplando el valle mientras rodábamos, para llegar a los corrales de Ramos y ahí sí, ahí tomar un camino bien rodado y bajar cómodamente hasta el arroyo de Valdeazadas.

Volvimos a subir al páramo para contemplar algunos corrales más y tomar el largo camino del corral de Bruno. Acabamos en Cubillas de Santa Marta, donde habíamos empezado subiendo a los Altares para contemplar el pueblo.

Esta fue la vereda  abierta, de 23 km.

La cueva de Valdecelada

O, mejor, las cuevas, pues son tres pequeñas entradas por las que hay que introducirse agachado –o a gatas si eres muy grande- que se sitúan a unos metros bajo el ras del páramo en el denominado, precisamente, cabezo de las Cuevas, en Valdecelada, valle que forma parte de Valvení, si bien su arroyo desemboca en el Pisuerga. Las tres oquedades conectan con una pequeña galería transversal que da, a su vez, a una cámara más amplia pero en todo caso de reducidas dimensiones.

Aquí no llega nadie: si bien había alguna huella, no hay inscripciones, ni pintadas –como en tantas otras cuevas-, ni basura. Es una gruta olvidada de los humanos o, al menos, de los humanos sucios, lo que no parece que sean pocos, pero sí son los que más rastros dejan.

Se abren, bajo una amplia visera de piedra caliza, en la falda sur, hacia una ladera de tierra cultivada de cereal con algunos viñedos y almendros  que sube muy suavemente hasta el alto de la Campana, que cae hacia San Martín por el otro lado. Al oeste quedan las agrestes laderas de Valdecelada.

Sin ninguna duda, son de factura humana, seguramente se horadaron con la finalidad de extraer yeso, pero no hay rastro de ningún camino o sendero que conecte las entradas con la cima del cabezo, que está a unos metros. ¿Se elevaría el yeso mediante un sistema de poleas? ¿O sencillamente se tiraba ladera abajo aprovechando la pendiente? Sea como fuere, ahí están, integradas con el paisaje y aptas para descansar un rato en la entrada, contemplando el panorama. El lugar está protegido del norte y sus vientos y, a poco sol que haga, el momento será muy agradable en invierno. En verano puede ser un tostadero.

Esta excursión no fue en burra, sino caminando, pues tenía la bici en el taller y nada mejor que utilizar directamente las piernas para llegar hasta aquí. Subí desde las bodegas de San Martín de Valvení por una ladera de yeso en la que empezaban a florecer con su azul intenso las hierbas de las siete sangrías o carrasquillas y a vivir unas curiosas orugas peludas. Allí conecté con la vereda del Hierro y bajé hasta Valdecelada, para subir a las cuevas en directo y despreciando el zigzag. En este trayecto me salieron varios corzos.

Vistas las cuevas, el cabezo conecta con el páramo y, más en concreto, con el vértice geodésico y cordal de Mirarrío o Senderillo. ¡Siempre impresionan los circos de yeso blanco y seco que se abren en la ladera, y no se cansan de recibir el sol desde antes del mediodía a la noche, que les da ese aspecto peculiar! A Dios gracias, no lo han repoblado con pinos, por lo que luce en todo su duro esplendor. O tal vez es que aquí no crecen ni los pinos de Alepo. Por cierto, dos cabras saltaban y corrían a sus anchas por las laderas.

Al llegar al pico Muedra, este sí, cubierto de pinos, encontramos en la cima montones de piedras y tierra, como si aquí hubiera habido en tiempos muy lejanos alguna construcción, e incluso lo que pudo ser el arranque de un buen muro desde la capa de caliza. Y, efectivamente, al consultar el mapa, ya en casa, resultó que el pico se llama también El Castillo. O sea, que lo hubo. Seguramente en la Edad Media, pero la toponimia nunca engaña.

La vuelta a San Martín, fue por el camino de la granja Quiñones, disfrutando de las vistas del valle, en el que abundaban almendros floridos y algún colmenar en ruina.

El Cerrato de Piña, Población y Esguevillas

Día gris con un ábrego fortísimo que a punto estuvo de hacer insufrible el paseo; en todo caso, el recorrido por esta parte del Cerrato fue corto, lo suficiente para estirar las piernas y desengrasar de la semana. No apetecía una excursión larga.

Desde Piña subimos al páramo hasta alcanzar la casa del Monte, en cuyo cielo navegaban buitres, estampa que ya es habitual en esta provincia. De allí fuimos, por el mismo cerral, hasta el denominado barco de Valladolid, en el término de Esguevillas. El valle Esgueva lucía un incipiente verde adornado de esas motas blancas que son, en la lejanía, los almendros en flor. Un tractorista dibujaba bandas paralelas en la cebada recién nacida de los barcos y rebarcos. Arriba, restos de chozos y corralizas de pastor.

Roble en el barco del Perro

Después, atravesamos la cañada real burgalesa para rodar por la zona palentina e incluso bajamos a campo traviesa por la recóndita boquilla de Valdemoraza para subir enseguida por el barco del Perro. Aquí nos paramos para contemplar que aún quedan robles inmensos en algunos puntos del Cerrato. Y, ya casi arriba, descubrimos cómo las capas de piedra caliza forman ondulaciones que no habíamos visto hasta entonces, o al menos no las recordábamos. En la llanura de la paramera seguía habiendo buenos robles. A pesar del día gris, la sensación de soledad y libertad te embarga en estos montes tan apartados.

Alguna vez, la caliza se ondula

Dejando al sur la torre de vigilancia de incendios bajamos hasta Esguevillas. Y por el valle nos fuimos acercando a Piña pero, antes de llegar, visitamos las ruinas del viejo molino, para lo cual tuvimos que cruzar el cauce de la Esgueva Vieja.

Aquí, el recorrido, de unos 30 km.

 

 

Fuentes del Jaramiel

Sí, el título suena un tanto rimbombante, sobre todo porque llegas donde deberían brotar las fuentes y, de fuentes, nada. Además, el Jaramiel niño no es más que una zanja que, milagrosamente, mantiene algo de agua. Mas primero avancemos poco a poco hacial sus fuentes.

El día estaba raro. Mucho frío, seguramente ha helado en diferentes puntos de la provincia. Nada de viento. Una gasa de nubes altas se extendía por el cielo que a duras penas dejaba penetrar algún rayo de sol. Así las cosas, empezamos a subir al páramo bien abrigados –guantes, forro, braga, gorro- y, la verdad, no entrábamos en calor. Primero suaves laderas con viñedo color carmesí. Luego, pendientes fuertes, blancas de yeso, formando algunas cuestas redondas, esculpidas durante milenios y milenios por el agua y el viento y, ayer mismo, cinceladas por los funcionarios de montes para establecer bancales en los que no han prosperado los pinos-sujeta-laderas… En las vargas, las calizas enseñaban al viento y a los ojos humanos sus descarnadas interioridades.

Roturas y el páramo

Llegamos a Roturas por un camino adornado con matas de negrillos. Antaño debió de ser un bonito paseo. En la plaza, sólo una casa rota y caída, además del tronco enorme de la Vieja Olma a la entrada; el resto del caserío hasta parecía restaurado.

Al fin llegamos al páramo por uno de sus muchos vallejos. El día parecía templarse. Las nubes ligeras seguían altas. Pero bajo ellas, se habría como un corredor con extraordinaria visibilidad: al fondo -40 km- se veía la sierra de Pradales y más al fondo aún -80 km- se recortaban los altos picos de Somosierra –Cebollera, Cerrón, Lobo- y de la sierra de Ayllón. Eso al sureste; al noreste, los picos de Cervera, en las estribaciones de la Demanda.

La vereda del camino real de Burgos nos llevó a San Llorente y desde una de sus muchas balconadas junto a las bodegas pudimos asomarnos a su Vega, donde la pobeda quería hacerse de oro pero aún le faltaba tiempo. Ya de por sí era todo un espectáculo, pues asistíamos al momento en el que por una hendidura del páramo se esfumaba todo un exuberante valle, el valle del Cuco.

El Jaramiel

De nuevo a rodar por el páramo en busca de las fuentes. Y allí estaban. Ellas o sus restos. En la zona donde los mapas señalan el comienzo del Jaramiel, lo primero que distinguimos fue una pequeña alameda con algunos olmos, la única en todo el ras. Si nos acercamos, veremos que se trata de una pequeña hondonada junto al cauce, con un pozo moderno tapado, una pequeña pradera, algunos juncales y espadañas. O sea, un marjal donde debió manar una fuente que alimentaba al arroyo. Por aquí pasaba la antigua colada del Tajón, hoy desaparecida; sin duda los rebaños podían abrevar en este lugar, y la alameda no sería entonces tan pequeña.

Ahí el cauce –zanja más bien- tiene un poco de agua. Volvemos hacia atrás y llegamos al cruce del cauce con la carretera de Piñel a Encinas. Vemos el lecho seco, al igual que la fuente de la Cerrada, verdadero nacimiento del arroyo, si bien, la zanja viene de algo más arriba.

Por un camino que sale de la carretera, llegamos a un pozo con balsa y caseta para el motor. Por cierto, la puerta de la caseta es un viejo trillo que ofrece su parta baja ya muy desdentada. Aquí percibimos estar como en el centro de un gran circo –tan extenso como poco profundo- que recoge las aguas del páramo para acumularlas precisamente en el nacimiento del Jaramiel. Ineresante lugar, precisamente donde se tocan los términos de Encinas, San Llorente y Piñel de Arriba. Un poco más al este, el majano del Cabezo Alto ofrece un extraordinario mirador a los cuatro vientos. Recomendable llevar los prismáticos que nosotros olvidamos en casa.

Aquí lo dejamos para seguir en la próxima entrada. Podéis consultar el trayecto que hemos dejado en wikiloc.

 

Altamira y Valvení

Hace mucho tiempo que no escalábamos el pico de Altamira, en Cabezón. Aunque es perfectamente accesible desde su vertiente sur, preferimos aventurarnos por la norte y subir directamente desde Cabezón, iniciando el ascenso desde las bodegas y arrastrando al final, a trancas y barrancas, la burra, que se negaba a subirnos.

Hace poco leí que un sendero es como un camino pero más poético. Tal vez porque, gracias a su estrechez, no sigue las normas del típico camino, y puede elevarse hasta donde quiera dando las curvas que le apetezca, y eso sin tener que  arramplar con la vegetación próxima. Pues así es el sendero que sube a Altamira. Pero es que, además, por momentos nos ofrece el amplio paisaje del valle del Pisuerga, con los meandros del río, el puente, y el pueblo de Cabezón. Digo por momentos porque desde que se poblaron las laderas de nuestros cerros con pinos de Alepo, eso de las vistas ha quedado capitidisminuido hasta en este mismísimo cabezo. Antaño cabezo raso de yeso, hoy poblado de verde pelambrera.

El PIsuerga abraza el barrio nuevo de Cabezón

Y arriba tenemos el valle a nuestra disposición. Y no sólo el valle del Pisuerga, también el del Doctor –al sur-, Valladolid y, detrás, el más amplio aún del Duero. Y los ruidos que hasta aquí llegan: el traqueteo del tren, los motores de los vehículos de la autovía, por el norte; el deslizarse del AVE y los tiros de las prácticas militares por el sur. El Canal de Castilla, aprendiz de río de llanura, fluye en silencio.

Altamira con la ciudad enneblinada al fondo

Cabezón fue vaccea, romana después; en esos tiempos al pie de Altamira existía un vado, más tarde, en época medieval, se inició la construcción del puente. De la población sobresale hoy la torre de la iglesia de la Asunción pero tuvo numerosas parroquias, ermitas y monasterios, pues en los albores de la reconquista brillaron más Simancas y Cabezón que la misma Valladolid. Hubo una iglesia o ermita en la falda de este cerro dedicada a la Virgen del Manzano. El siglo XIX fue demoledor para esta localidad, no sólo por la desamortización, también por la tremenda batalla que tuvo lugar contra los franceses, con miles de bajas en nuestras filas…

Todo eso se puede ver desde aquí, pues el escenario lo tenemos a nuestros pies. Y en Altamira hubo una fortaleza y, más tarde, una torre del telégrafo.

Los están cortando

Seguimos por la ladera del paramillo de Valdecastro –sí, también hubo un castro; además de la tirolina que ahora atraviesa el río desde aquí- hasta llegar al páramo de Bárcena. De nuevo el paisaje. Abajo el Pisuerga formando meandros y definiendo unas laderas totalmente distintas. La orilla izquierda es un cortado vertical de 150 metros sobre las aguas fluviales. La ladera derecha son casi 10 km a lo ancho de viñedos, pueblos, caseríos, caminos, campos de cereal y de regadío, árboles frutales… Es el dominio del Clarete, pues aquí se origina su uva, entre cantos rodados, yesos y arenas, con soles y lunas; se vendimia, madura y duerme, y, se embotella para el mundo. La vista alcanza a ver la torre de Fuensaldaña, Mucientes, Cigales, Corcos, Trigueros, las bodegas de Cubillas. Todo reposa junto al río, entre la provincia de Palencia al este y la ciudad de Valladolid al Oeste.

Campos amarillos de Valvení

Para cambiar de ambiente ponemos rumbo al valle de Valvení, que acabamos bordeando por su cerral sur, donde se mantiene un alargado bosquete de encinas y robles. Como donde antes había cereal ahora hay rastrojos, ¿qué mejor bajada al valle que a campo traviesa? Así que, antes de alcanzar el camino de la Granja San Andrés, bajamos haciendo eslalon entre dos bosques de robles. Luego, un camino que forma toboganes nos deja en San Andrés. Curiosamente esta ladera es suave y tendida, mientras que la de enfrente presenta algunos cantiles.

Quejigo asomado al valle

 

El resto del trayecto es cómodo: tomamos la carretera de Cabezón, que no tiene tráfico, volvemos al páramo de Bárcena y por el camino de la Vega del Regato conectamos de nuevo con la carretera, que dejamos en Valdelana para aparecer finalmente en Cabezón. En una de sus muchas balconadas descansamos asomados a la ribera.

Aspecto de los cortados

¡Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que las casas-cueva o chabolas poblaban la ladera de Altamira! Aunque hemos llegado a ver los restos, casi quedan tan lejos como los tiempos de los vacceos, que los cabezoneros rememoran la última semana de julio en las fiestas de Lugnasac.

Aquí, el trayecto en Wikiloc, de 30 km.