Arlanzón: historia y vida

El Arlanzón es un río que nace en la sierra de la Demanda, pasa por Burgos y desemboca en el Arlanza cerca de Palenzuela, ya en el Cerrato. No es muy caudaloso, pero crea en sus orillas y riberas un bosque fresco de chopos, fresnos, álamos y sauces. Además –al menos donde lo hemos recorrido en esta excursión- recibe una multitud de ríos, arroyos y zanjas o esguevas que extienden este frescor mucho más allá de sus orillas. Y abundan las choperas y alamedas plantadas por la mano del hombre que contribuyen a desarrollar este oasis, lo cual es de notar –y de agradecer- en veranos como el que llevamos a cuestas, sudando lo lo que no está escrito.

Cerca de Villodrigo

Nosotros lo hemos rodado entre Torrepadierne y Villodrigo, partiendo desde éste último punto. Ya en Villodrigo nos topamos con restos, digamos, históricos y pudimos ver los de un puente sobre el Arlanzón y los de un molino de buenas dimensiones. Pero no era más que el aperitivo, pues pasamos nada menos que por un precioso puente romano –el de Santibáñez- casi escondido, al parecer sobre un antiguo ramal del río Cogollos.

Puente romano de Santibáñez

Vimos varias fábricas de harina. Tal vez la más impresionante por su increíble volumen en medio de la nada fue la de la Encarnación. Nos impresionó de manera particular el molino de Valverde-Mogina, al que accedimos tras una aventura cruzando el Arlanzón por su misma presa. Llenas de polvo y olvido estaban la cabria y sus lunas, las piedras con sus guardapolvos, los ejes, correas y toberas, y tantas cosas del molino y sus molineros… Incluso un trasmallo colgaba de la pared -¿cuántas docenas de años llevaría allí?- y un viejo tonel junto con otros útiles necesarios entonces para el sustento del molinero. Pero todo pasa en este mundo. En Pampliega, sin embargo, utilizan la presa del molino como piscina, nada mala.

Torrepadierne

Y pasamos por el castillo e iglesia de Torrepadierne; ésta ruinosa, aquél en muy buen estado. Nos dio la impresión de que esta comarca fue mucho más de lo que es hoy. Fue curioso, por ejemplo, atravesar el barrio de la estación de Villaquirán: tuvo estación activa, bares, tienda, talleres, pasaba la carretera de Irún al lado… hoy todo estaba cerrado y empezaba a parecer viejo y antiguo, lleno de polvo y tierra, como las fábricas de harina.

Cuérnago

Desde el otro punto de vista, o sea, si miramos el paisaje de la comarca, la cosa cambia. De entrada, al empezar a rodar íbamos en manga corta y pasamos frío, y es que las temperaturas del Arlanzón son bastante más bajas que las del Pisuerga o el Duero por Valladolid. Cruzamos ríos, arroyos, canales y acequias. Aunque no faltaron las rastrojeras, abundaron los cultivos de regadío como alfalfa, maíz o remolacha. También los perdidos verdes y otras zonas destinadas a pasto. Esto no es Tierra de Campos: por doquier ofrecían su frescor alamedas, hileras de sauces que seguían a los arroyos,  choperas, higueras, nogales y otros árboles frutales.

La Encarnación

En la ladera del páramo que sube por Torrepadierne, nos encontramos con un gran encinar cuyos ejemplares ofrecían un buen porte… Al fondo hacia el este se levantaba la sierra de la Demanda que parecía ofrecer sus aguas frescas y, al norte, la cordillera Cantábrica.

Y, si bien el Arlanzón no tiene un gran caudal, sí que forma meandros y cuérnagos que amplían su frescor. Y sus arroyos tributarios crean humedales y zonas pantanosas que también ayudan a suavizar los rigores estivales. Ya hemos citado el río Cogollos; ahora está seco, pero en otras fechas parece querer competir con el mismo Arlanzón.

Esto fue, a grandes rasgos, nuestro recorrido. Lo podéis ver sobre el mapa aquí.

Los nobles corrales del Cerrato

El Cerrato es una tierra de ganados, especialmente ovino. Toda la comarca se encuentra atravesada por cañadas reales  –muchas merineras, que van de las sierras de Burgos a Extremadura-, cordeles y veredas; prácticamente todos los municipios tenían –tienen- sus propias cañadas para llevar los rebaños al monte o a los bebederos. Hoy todavía las podemos ver e incluso rodar. Lo mismo puede decirse de los corrales, corralizas y chozos, que abundan desperdigados por doquier.

Pero en la excursión de hoy –hecha en el mes de julio pasado- nos hemos topado con algo nada común: corrales cuyas tapias fueron, exagerando un poco, auténticas murallas; tenadas que fueron  casas bien acabadas con un amplio corral; chozos que fueron, exagerando otro poco, casi casas palaciegas.

Todo esto sucedía entre Tórtoles de Esgueva y Villafruela. Recorrimos, entre otros, los corrales de Los Serranos, del Monte, de la Pedraja, de la Senda de Antigüedad, del Cangrejo, de Lasauso… En todos ellos predominaban las tapias anchas de piedra bien colocada, puertas con dinteles en piedra tallada, con restos de casetas relativamente dignas para pasar la noche y los calores de la estación…  Parece que aquí los pastores y zagales vivieran mejor que en la zona occidental de la región cerrateña. Pero nunca se sabe.

También cruzamos por dos veces la cañada real burgalesa, plagada de corrales, vadeamos el arroyo del Cerrato y pudimos entrar en la curiosa caseta de la Hermenegilda, que parecía haber estado habitada recientemente, pues poseía, en sus antiguos pesebres, televisión (?) y ordenador (!!), además de otras comodidades no tan modernas.

Especialmente agradable fue el paseo por el monte de Salce y, a continuación, por el valle del arroyo de Valdesalce. Aquí, el trayecto seguido.

Sofocante madrugada cerrateña

No sólo en la ciudad y no sólo por el día. En los páramos y valles del Cerrato, a eso de las tres de la mañana, continuaba haciendo un calor sofocante. Nunca de madrugada habíamos pasado tanto calor. Pero estábamos en plena ola, haciendo la transición del día 16 –Virgen del Carmen- al 17 de julio.

Además, los caminos rezumaban y soltaban polvo, cuando lo normal es que a esas horas estén ligeramente húmedos y no levanten polvaredas, típicas con el calor del día.

O sea que eso de polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga porque cruzaba por la terrible estepa castellana con el ciego sol, podía repetirse en la madrugada de un 17 de julio bajo la estrella Polar y la luna menguante…

Salimos de Cubillas de Cerrato para subir al extremo este del páramo de los Infantes, aun de Valoria la Buena. Entre encinas y campos segados y por segar, cantos de grillos, guiados por la Polar que asomaba en lo alto del cielo donde no llegaba la suave neblina, llegamos a la ermita de la Virgen del Monte, que se asoma a los valles de los arroyos Maderano y Rabanillo, donde también se asienta, a horcajo de ambos, Cevico de la Torre, convertido ahora en un poblado de luz.

Junto a la Virgend el Monte

Sin miedo pero con cierto de riesgo, atravesamos el páramo Angosto por un camino muy irregular de yeso convertido en torretera. Un curioso todoterreno con una rara y fuerte luz naranja en su techo y rodeado de una nube de polvo, apareció y desapareció ante nosotros ¿o era un OVNI? Para mayor dificultad y suspense en el trayecto, a una rueda se destalonó pero, a Dios gracias, pudimos volver a hincharla y seguir la ruta.

En las cercanías de Vertavillo, la tímida luna –que había emergido del horizonte sin ser vista- dejó la nube donde se había refugiado y nosotros apagamos las linternas para el resto del trayecto. En Vertavillo vimos un alma, lo que no es poco, y nos acercamos a la fuente, junto a la iglesia.

Luces de Cevico de la Torre

Rodamos largo y tendido, con brisa caliente y de espalda, por el valle del arroyo Madrazo. Visita a Población de Cerrato y su barrio de bodegas y, desde allí, recorrimos el último trayecto que nos dejó en Cubillas. Unos dos kilómetros antes, no sé si porque realmente bajó la temperatura o porque habían regado en la zona, notamos -¡por fin!- un agradable fresquito. Cuando llegamos a Cubillas estaban dando en el reloj las tres de la mañana.

Aquí, el recorrido, de 34 k. Abajo, una de las estrofas de Castilla de Manuel Machado.

El ciego sol, la sed y la fatiga…
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Senderos y caminos que se esfuman (Ribera del Pisuerga y valle de Valvení)

El Pisuerga y el Duero, con sus riberas, tienen mucho atractivo para el ciclista en verano. Sabes que, si hace calor en exceso, te lo puedes quitar del cuerpo con un baño y sabes también que vas a encontrar sombra fresca en su bosque de galería.

Así que salimos de Cabezón (Cabezón sur, que se encuentra incomunicado con el del norte por las obras del puente, si bien hubiéramos podido cruzar con las bicis a cuestas) por el antiguo camino de Valoria, que va (iba, mejor) entre el río y la falda más baja del páramo. El camino ha desaparecido en la mayor parte de este trayecto o bien se ha reducido, como en esta primera pare, a un simple sendero más adecuado para senderistas que para ciclistas.

Pisuerga en el soto de Aguilarejo

Nos salimos del sendero para acercarnos a la presa de Aguilarejo, antiguas aceñas, por el límite de los sembrados de girasol y cereal con la ribera del río. Las ortigas nos azotaron, pero luego quedó ese picorcillo agradable para el resto del día. ¡Una odisea acercarnos hasta las aguas del Pisuerga: todo lleno de maleza! ¿Qué ha pasado? ¿Por qué antes no había tanta maleza? Por un doble motivo: ya no vienen pescadores por las orillas –no hay senderos como antes- y ya no hay crecidas tan grandes y duraderas como antes porque le sacamos demasiada agua al río. De hecho, aquí había antes mucha corriente y profundidad; no era difícil ahogarse. Ahora ni corriente ni profundidad de las aguas…

Camino hacia Valoria desde Cabezón

Bueno, al menos llegamos a la orilla y, con el agua hasta las rodillas, hasta la isla a la que hace 40 años se llegaba nadando. En fin.

Salimos de allí como pudimos atravesando de nuevo la Veguilla y acabamos dando un paseo – agradable y reconfortante como siempre- por el sendero de los cortados o peñas de Gozón, antigua localidad tal vez vaccea y en todo caso medieval y estratégicamente situada.  A los pies, la vega de Aguilarejo e, invadiendo todo nuestro campo de visión, el amplio valle del Pisuerga. Contemplamos a las aves volar entre nuestros pies y el río, interesante sensación.

Pisuerga desde las peñas de Gozón. Los viejos pescadores contaban que era el mejor sitio para tencas

Seguimos el antiguo camino que bordea un campo de cártamo en flor, especie de cardo de cuya semilla se saca un aceite de consumo humano y un tipo de colorante. Pasamos bajo las vías del AVE –otra novedad-a San Martín, donde sigue cayéndose el castillo –esto no es ninguna  novedad. Tomamos el camino de las bodegas, dejándolas a la derecha, en la ladera de yeso del alto de la Campana. A la izquierda, las ruinas de una vieja ermita.

Bodega de San Martín

Delante de nosotros, la ladera enorme y gris del páramo, formando el gran circo de Valdecelada que aumenta ante nosotros conforme nos vamos acercando. Tal vez hace unos decenios, casi todas las laderas, hoy cubiertas de pino carrasco, eran como ésta, desnudas, agrestes, con abundantes cárcavas que las iban derruyendo. El sol les daba de frente, sacándoles todos los colores y matices.

Valdecelada

El camino gira hacia el este siguiendo el cauce del arroyo de Valdecelada. Dejamos a un lado el cabezo de las cuevas, bosquetes de encina y, al fin, el camino, casi perdido, sube hasta el páramo de Peralba y Valdeberrón, poblado de matas de encina y roble. Nos asomamos al cerral que da a la Granja San Andrés bajo la protección de un roble y buscamos el viejo camino de San Andrés a las Bodegas, que aprovechaba una suave ondulación en la ladera y que –¡oh novedad!- ha desaparecido, convertido en una auténtica torrentera. A pesar de todo, bajamos por ella hasta las tierras casi llanas del fondo del valle. No estaban sembradas, así que las atravesamos hundiendo en ellas  de manera generosa nuestras ruedas. ¿Hace cuánto tiempo se holló por última vez este camino? ¿Alguien lo volverá a recorrer algún día? En mi interior, la sensación de estar haciendo algo único en este siglo…

Valle de Valvení

El resto del recorrido no merece la pena comentarlo: vuelta a San Martín por el valle de Valvení, subida al páramo con posterior asomada desde los cortados de Cabezón, bajada por la vega del Regato, tramo de carretera, entrada en Cabezón por Valdelana. Fin. Unos 37 km cuyo trazado podéis ver aquí.

I Castrillera Bike

Los aficionados, el pueblo y el ayuntamiento de Castrillo Tejeriego han organizado esta marcha bicicletera por los alrededores de la localidad este domingo 26 de junio.

Tenía dos posibilidades: marcha larga o completa (casi 60 km con un desnivel de 900 m) y marcha corta o primera parte (casi 30 km con un desnivel de 300 m). Nosotros como no queríamos machacarnos y sin ver paisaje y disfrutar de la mañana, elegimos la segunda, y dejamos para los jóvenes lanzados la primera. Gracias a esta elección, disfrutamos del panorama del valle del Jaramiel desde el páramo, de las vistas desde la ermita de la Virgen de Capilludes, de los impresionantes robles que vimos en páramos y laderas, de algunos chozos de pastor… hasta nos paramos a saludar a un pastor, muy chulo con su rebaño y su burro con mata roja.

La primera cuesta nos pilló sin calentar

Por otra parte el trazado no fue solo por llanuras y cuestas. Fuimos bastantes kilómetros por senderos ladiegos  en los que fue necesario usar más la maña –en MTB la llaman técnica- que la fuerza. Eso hizo el trayecto más agradable, si cabe.

Tuvimos todo tipo de espectadores

Claro que los que hicieron la marcha larga y fueron sobrados, tuvieron la enorme suerte de cruzar dos veces por el páramo de Castro, con sus caminos y sendas empinadísimos, así como por las cercanías del despoblado de Mazariegos, en el valle Esgueva. La entrada en meta de los tres ganadores fue prácticamente a la vez, emocionante, después de un largo esprint.

Llegamos a meta unos 150 marchosos y todo acabó con una gran y sabrosa salchichada. Como a nosotros nos sobró tiempo, pudimos dar un tranquilo paseo por el pueblo para ver sus calles, bodegas e iglesia.

Aquí, la ruta que alguien subió.

Un diez para los organizadores y para el pueblo. ¡Hasta el año que viene!

Antiguos caminos y linderos del Cerrato burgalés

Aunque pertenece a la comarca del Cerrato y no está lejos de Valladolid, esta vez descubrimos un paisaje diferente. Veamos.

Los caminos

Por llamarlos de alguna manera. Buena parte del trayecto lo hicimos por unos caminos que no eran más que roderas sobre el cereal crecido. No sé si antiguamente fueron sendas o veredas, o si fueron solamente servidumbres de paso. La cuestión es que la mayoría del itinerario –al menos en tiempo- lo hicimos por estas roderas.

La cosa empezó a los 7 u 8 kilómetros de Torresandino, al introducirnos en los vallejos que dan origen al arroyo de Cerato: el camino se convirtió en dos roderas entre la cebada verde.

Después, al llegar al monte de Salce o de los Siete Hermanos, ocurrió lo mismo. Se trata de un camino o mejor, dos senderos, que siguen justo la raya que separa Torresandino de Villafruela, y que suben y bajan continuamente, como si fuera casi una montaña rusa.

Y, ya al final, entre la ermita de la Virgen Blanca y Torresandino, volvió a ocurrir lo mismo. ¿el por qué? Seguramente se utilizan poco, sólo –o casi- para acceder a las tierras. En otra época  se verían respetados, pero hoy ya no compensa… Pero bueno, fue una agradable sensación que nos llevó a navegar entre las olas de los trigales castellanos…

Los Siete Hermanos o el monte de Salce

Ya lo hemos citado. ¿Qué nos llamó poderosamente la atención? Pues que se trata de unas grandes cintas de cultivo, de un kilómetro de largas por unos 30 o 50 metros de anchas separadas por otras tantas cintas, algo más estrechas, de bosque de roble y encina. ¿Por qué? ¿Cuál será su origen? Pues no lo sé, pero así se han conservado todavía hoy. Están en el término de Villafruela, confinando con los de Torresandino y Espinosa de Cerrato. Es difícil recorrerlos ahora, pues el bosque no facilita el paso y el cereal  estaba por cosechar.

Algo parecido hemos visto en el páramo de los Torozos, o en Belver de los Montes con sus lindones, pero nunca con parcelas tan grandes y regulares.

El río del Henar

A lo largo del recorrido entramos en un único pueblo: Cilleruelo de Abajo. Pues bien por allí pasaba el río o arroyo del Henar, que según los lugares que atraviesa en su viaje hacia el Esgueva recibe también los nombres de Cobos, Mataviejas o Aguachal. Y como de Cilleruelo se dirige a Torresandino, decidimos seguirle en este su último trayecto.

Y también nos deslumbró. Primero, porque nos metimos en un cerradísimo monte de robles que abrazaba otro no menos cerrado bosque de ribera. Y fuera, sin solución de continuidad, el campo libre de Castilla. Curioso contraste. Pudimos ver lo que queda del molino de la Dehesa y algunos huertos y campos cercados en este peculiar monte.

Después, el bosque se abrió y fue dejando laderas desnudas con piedras calizas descarnadas… hasta que apareció en una ladera, solitaria y hermosa, la ermita de la Virgen de las Mercedes y de la Blanca, de curioso nombre y de época medieval a juzgar por los restos románicos que todavía conserva. Allí se levanta, desde tiempos remotos, con una alameda al lado y una fuente al otro lado del camino… Es la Patrona de Pinillos de Esgueva, que dista 4 kilómetros, y la talla se conserva en la iglesia parroquial.

Ermita de la Virgen Blanca en el valle del Henar
Ermita de la Virgen Blanca en el valle del Henar

Todo esto fue lo más llamativo de la excursión, que no acabó ahí. Recorrimos cañadas y veredas, cruzamos los cordeles de las vías pecuarias de los merinos que venían de la sierra de la Demanda, pasamos junto a muchos corrales de buen porte. Por eso, pudimos comprobar que esta fue una tierra dedicada fundamentalmente a la ganadería. Hoy es la agricultura de secano la que más aporta. Veremos más adelante.

Y he aquí el trayecto seguido.