Archive for the ‘Cerrato’ Category

El monte de Peñalba

4 octubre, 2019

Peñalba de Duero es famosa por sus cortados, pero también por sus ruinas, ya sean de casas, bodegas o puentes. Mantiene restos verdaderamente misteriosos, como la Corona, o caminos milenarios, como la senda de los Aragoneses -junto al río- o la calzada de Clunia, por el páramo.

Camino de Castrillo

Pero lo último que acabo de descubrir es el monte de Peñalba, que se encuentra hacia el este del término, formando un gran espigón o cabezo entre el Duero y lo que denominan el Valle. Fue, claramente, un monte. Hoy, sin embargo, el monte se ha reducido a las laderas del espigón y Valle, si bien antaño todo debió estar recubierto de roble y encina.

Lo que va quedando de monte…

Podemos subir desde Peñalba por el antiguo camino de Castrillo y, al llegar al Caserío de Peñalba (o Casa de San Isidro), un desvío a la derecha nos llevará por el cerral del Cabezo, precisamente al punto donde nacían dos senderos que bajaban hacia el Duero, uno en dirección sureste y el otro suroeste, conforme apreciamos por vestigios. También hacia este cerral subía la vereda de la Hijosa, más al este. Pero seguimos, sin bajar, hasta el mismo picón de este paramillo. A nuestros pies, el valle del Duero, desde más allá de las Mamblas hasta casi Peñafiel. Al otro lado, el Valle, con sus laderas empinadas y sus suaves elevaciones al centro. Maravilloso lugar para el paseo y la contemplación; para dominar el paisaje.

Visión de las Mamblas

Es, además, refugio de fauna: en el trayecto desde Peñalba con su vuelta pude ver más de 17 corzos, aunque seguramente algunos estarían repes. También ver, desde arriba, el vuelo de grandes rapaces.

Se trata de un paseo, en fin, tan corto como agradable.

Cerratos y castrillos de doña Eylo

1 septiembre, 2019

Volvemos al Cerrato, comarca difícilmente abarcable a lo largo de una vida, salvo que te dediques en exclusivo a ella, que no es el caso.

En esta excursión hemos tenido agradables sorpresas, como casi siempre. La primera es la bajada -que también puede hacerse de subida, claro- desde el Andutero -a la vista de Castrillo de Onielo- hacia el valle del arroyo Maderano. Se trata de un sendero, señalado también como cañada, que se pega horizontal a la ladera casi vertical, formando un camino de herradura por el que no caben dos bicis en paralelo, pero el firme es bueno (todavía). Curiosa sensación nada habitual por estas zonas no montañosas. Por cierto, al Andutero llegamos a través de un páramo estrechísimo, de esos que tanto abundan en esta comarca; desde el camino por el que rodamos se veían los dos valles formados por sus laderas.

En las rastrojera, los restos de un colmenar.

Después de bajar por el camino de herradura, nos acercamos a la ermita de la Virgen de Villabusto, restaurada. Hay que señalar que aquí disponemos de una magnífica fuente (artificial) donde saciar la sed, especialmente si son días calurosos, como estos.

Un dato curioso: el Onielo de Castrillo se lo debemos a la mujer del conde Ansúrez, doña Eylo. No pasamos por la localidad propiamente dicha, pero sí por un molino junto al Maderano, que luego fue palomar y hoy ruina, así como por un palomar en forma de torre.

Molino, palomar, ruina.

Otra sorpresa fue descubrir los corrales del , a 400 m de la cañada real Burgalesa, con su esbelto chozo que aun no está derribado. Su puerta es ancha y relativamente alta: hay que agacharse solo un poco. También pasamos por otros muchos corrales y chozos, ya conocidos, y por algunos reducidos a un montón de piedras. Las corralizas mejor conservadas las vimos junto a la cañada Burgalesa, que antes de llegar a Villaconancio ha mantenido en su superficie el antiguo monte de roble.

Valle del arroyo Maderano.

Rodamos por espesos montes de encina y roble, por descampados, por monte bajo, por terrenos ondulados y rasantes, por laderas; vimos los diferentes colores de la tierra que asoman en las laderas, así como las viseras de caliza, que tanto abundan. Pasamos por excelente miradores -como el del rollo de Vertavillo, o el páramo de la Cercada en Alba, o el Lego, sobre la ermita de la Virgen de Hontoria. Y por multitud -¡qué abundantes en otros tiempos!- de colmenares arruinados.

Corrales del Bú.

En todo caso, estábamos a finales de agosto. La tierra -también en el habitualmente verde monte cerrateño- se encontraba amarilla y polvorienta. El calor la ha dejado exangüe y parece desear las lluvias como los agricultores el agua de mayo. ¡Dura tierra castellana!

Aquí dejamos la ruta. El GPS ha acortado algún trayecto.

Destripando el Cerrato por La Cistérniga

15 agosto, 2019

El Cerrato termina, ya lo hemos comentado alguna vez, en las cuestas de La Cistérniga, de Renedo, de Santovenia y de la propia Valladolid. El Esgueva se vuelve femenino precisamente en nuestra ciudad, a la que abrazaba entre sus dos esguevas, para desembocar en el Pisuerga.

La última avanzadilla es el cerro San Cristóbal, escoltada a retaguardia por la Cuesta Redonda y las cuestas de Fuente Amarga. Pues bien, precisamente aquí es donde podemos contemplar las tripas del Cerrato, pues sabido es que los cerratos son formaciones sedimentarias -millones de años nos contemplan- esculpidas por arroyos y ríos. Duero, Pisuerga, Esgueva, Jaramiel, Espanta, son los responsables más directos de estas avanzadillas.

Y podemos contemplar sus tripas gracias a que durante siglos se ha cavado en estas cuestas para extraer diversos tipos de yesos y arcillas con el fin de utilizarlos como materia prima en las cerámicas o tejeras. Al menos hay constancia documental desde el siglo XVIII de estas fábricas en La Cistérniga. Hoy vemos todavía la chimenea en ladrillo de la cerámica de Villanueva, en la Cuesta Redonda y, no muy lejos, los almacenes -hoy solo comerciales- de la familia Llorente, que antaño también explotara una fábrica de ladrillos, iniciada por Aniceto Llorente en el tejar de la familia Garnacho. Y en la ladera norte del cerro San Cristóbal, tras la actual La Cerámica, vemos los restos de otra factoría más antigua; al lado estuvo la fábrica La Operaria, de Isaías Paredes. Tras ellas, en sus respectivas cuestas, aparecen las vetas o filones, pertenecientes a distintos horizontes litológicos, sacados a la luz por las antiguas explotaciones. Todo un espectáculo cuando el sol los ilumina llenándolos de color. Cerca de la fuente Amarga, bajo el pico del Águila tenemos una industria todavía muy activa: Cerámica de Zaratán, que antaño tuvo otro nombre.

En fin, otras muchas industrias cerámicas tuvo La Cistérniga -e incluso las de Valladolid, alguna tan famosa como la Cerámica Vallisoletana, de Eloy Silió, extraían aquí su materia prima-, que destriparon el Cerrato y cuyas tripas hoy vemos, sin saberlo, en muchas casas y edificios de Valladolid e incluso de toda España.

E incluso mucho antes de estas industrias, hubo otras de carácter artesano. En la misma Cuesta Redonda queda el topónimo de los Barricales y en las cuestas del páramo de las Yeseras queda todavía alguna mina de yeso escondida entre sus pinos de repoblación.

Porque esa es otra, a mediados del siglo pasado se han plantado las laderas de muchos páramos con pinos de Alepo, con el fin de evitar la erosión pero -en el cerro San Cristóbal al menos- hemos perdido unas estupendas vistas sobre Valladolid y el valle del Duero, pues los pinos y cipreses han crecido y hoy estorban la visión desde el cerral. ¿No se podían eliminar los del borde? Aunque un senderillo rodea su cima, solo vemos algo del paisaje en las cortas que se han hecho bajo los cables de alta tensión y en el punto de mediciones geodésicas para facilitar éstas. Otro sendero recorre el cerro a media ladera y otro más se ha trazado para descensos en bici.

En menor medida, también podemos observar tripas junto a la carretera de subida al cerro de San Cristóbal. De manera particular, veremos el último filón de roca caliza poco antes de llegar a la cima.

Y todo esto sin tener en cuenta la excursión por las minas de Hornillos, hace mes y medio.

El Roble de la Rosca

16 julio, 2019

Lo encontramos en el término de Valdecañas; es un roble que si lo tuviéramos que calificar lo llamaríamos elegante. Está lustroso en un doble sentido: primero porque parece como si la corteza, ramas y hojas las hubieran limpiado las aguas de lluvia hace no mucho -y todo podría ser, pues llevamos unos días tormentosos- y en segundo lugar porque no tiene ramas muertas, alguien lo ha olivado bien y mantiene una copa alta, que nos recuerda a la de un piñonero, y un tronco largo , con tres o cuatro muñones que antaño fueron ramas. Además, su corteza brilla con esos matices naranja propios de los robles viejos.

Desde la fuente de la Teja

Tiene, pues su personalidad. No sabemos sus años, pero son muchos. Se nota que ha sido nombrado, querido y cuidado por muchas generaciones. Y ahí está, marcando el paso de los años a la vera del camino de las Sendas o de Villarmiro, o también de la Rosca. Antes de llegar a él desde Valdecañas hemos podido admirar lo que queda de los corrales de Valdesario, de peculiares chozos y encerraderos.

Pero esta excursión dio para mucho más. A la ida, pasamos por la senda de los Tilos, que nos conduce a la peculiar bodega en Tablada. A su lado hay, además, un mirador sobre el valle del arroyo del Prado con Villaviudas al fondo y restos de dos palomares. En una excursión anterior habíamos llegado hasta el despoblado de Tablada, pero no hasta la bodega.

El portillo de Arriba

Luego, subimos al páramo de los Angostillos por la fuente de la Teja -localizamos un abrevadero, pero no la fuente- y lo recorrimos aprovechando los caminos de servicio de los aerogeneradores hasta tomar el camino de Hornillos el portillo de Arriba. Pero a lo que se ve y se nota, ya nadie pasa por este portillo de yeso y caliza. Abajo y al sur, los corrales y chozo de Solórzano.

Y desde Hornillos, vuelta a subir al páramo, ahora por lo que llaman el Monasterio, que nos condujo hasta la Aguilera, de inmensos bloques de yeso con cuevas difíciles de alcanzar, que caen sobre el valle del Henar. En este páramo pudimos contemplar diferentes corralizas y chozos, hasta que nos acercamos a la raya de Valdecañas y, finalmente, rodamos cuesta abajo hasta la localidad. El camino hasta el Roble es una senda amplia, de buen firme, que salva primero la subida al páramo; nos conduce entre robles, encinas y sembrados, con excelentes vistas al anchuroso valle del Castillo.

En la Aguilera

La Rosca es el lugar más alto de esta excursión, por encima de los 900 metros; el arroyo de Tablada estaba por debajo de los 750, de manera que ahora, para la vuelta, predominarán las bajadas. O esa ilusión nos hacemos después de haber subido tres veces al páramo.

Y sí, bajamos ahora al valle del Pozuelo para afrontar enseguida la cuarta y última (menos mal) subida al páramo. Este lugar es solitario como pocos. No es de paso, no va a ninguna parte. Los agricultores llegan hasta sus tierras en el valle y nada más. El Cerrato es, en buena parte, así: apartado, olvidado, solitario. Por eso una sensación única nos invade cada vez que rodamos entre sus cerros. Y tal vez por eso también hemos visto gran número de corzos, muchos pequeños, protegidos por sus madres. A un grupo de cinco lo sorprendimos durmiendo la siesta tras una carrasca. La caza menor también se esconde por estos lares: a juzgar por los bandos levantados, parece que la perdiz ha criado muy bien.

Valle del Pozuelo

Al poco de subir al páramo nos encontramos con los corrales de la Serrana, que mantienen un chozo bien conservado. Ya en la carretera -por la que no pasa nadie- nos topamos con el chozo, y su corral o tenada derruida- de la Cabaña Alta, único en su especialidad, pues posee una elevada y caracteística humera, que se levanta por encima de la cúpula. No nos atrevimos a tomar un camino para bajar hacia Baltanás y nos dejamos llevar por la larga cuesta abajo de la carretera, que culebrea sin peligro por la ladera de la paramera.

Cabaña Alta

De Baltanás a Villaviudas rodamos por el camino que bordea el páramo del sur. En él nos encontramos con un buen hito de piedra en el que, inscrito, se leía: CAMPO DE TABLADA I MONTE DE FUENTE CIRIO, por un lado, y por el otro CAMPO DE BALTANAS, que conincidía con la actual raya de esta localidad con Villaviudas. A la altura de la Canaliza pasamos junto a los restos de unas corralizas con su chozo. El camino también está adornado con robles de buen tamaña. Poco después, tras algunos toboganes, llegábamos a nuestro destino final. Habíamos recorrido unos 50 km.

Aquí podéis ver el trayecto.

Galerías de yeso en el Cerrato

3 julio, 2019

Siempre hay una excepción a la norma general, así como un refugio contra los elementos mas adversos. ¿Queréis estar fresquitos cuando en la ciudad llegamos a los 40 grados? Pues muy fácil, no tenéis más que introduciros en las yeseras del Cerrato. Cierto que también podemos refugiarnos en una bodega, sí, pero en las minas de yeso de Hornillos o Torquemada podemos incluso pasear tranquilamente, pues están constituidas por una verdadera red de galerías situadas en un mismo plano horizontal.

El sistema de explotación era simple, al menos en teoría: como los cerros del Cerrato provienen de la sedimentación de un inmenso lago interior, las vetas están paralelas al suelo, y no se han movido por presiones o movimientos a lo largo de millones de años. Existen vetas de yeso de unos seis o siete metros de grosor aproximadamente; se abrieron galerías paralelas entre sí a una distancia de uno cuatro metros desde la ladera del páramo que se van introduciendo en la montaña. Luego, se abren otras galerías perpendiculares a las primeras y todo el vaciado es el yeso extraído para uso en la construcción. La parte superior del cerro queda sustentado precisamente por las anchas columnas de planta cuadrada que quedan después del vaciado. El yeso es de primera calidad; cincuenta obreros extraían unas 150 toneladas al día desde 1914 hasta 1988 en que se agotaron.

Bueno, pues dentro de las yeseras hace para estar en manga larga por mucho calor que haga fuera.

Estas galerías las tenemos en la misma ladera en que se asienta Hornillos y también en el páramo del Mueso, en el término de Torquemada. Encima de estos páramos existe hoy otra riqueza: el viento, explotado por multitud de aerogeneradores.

Pero hubo más sorpresas a lo largo de este recorrido por páramos, laderas, valles y ríos. Salimos de Torquemada, donde pasamos por un precioso e impresionante puente de 25 ojos que salva el río Pisuerga. También visitamos un viejo molino, el barrio de bodegas muy bien conservado y la ermita románica de Santa María… por citar algo de lo mucho que posee esta villa.

Desde la subida al Mueso hasta más allá de la ermita de los Remedios en Herrera de Valdecañas, seguimos el trazado de la cañada real Burgalesa, que durante unos 20 km nos llevó por el páramo de los Angostillos (de los Molinillos, podríamos llamarle hoy); Hornillos y el castillo de los Enríquez; el monte Encinedo, lugar de donde todavía no se había retirado la primavera; el despoblado de Valdecañuelas donde nos acercamos a las ruinas de la ermita de Santa María; la larga cuesta de los Estepares hacia Herrera de Valdecañas y la ermita de la Virgen de los remedios en su lugar dominante y privilegiado sobre el valle. Es decir, fuimos atravesando los típicos paisajes cerrateños, pero siempre a la vista del amplios espacios de los valles de Pisuerga o Arlanza.

Bajamos a este último río en Quintana del Puente y a continuación nos trasladamos -esta vez por una cómoda carretera sombreada por encinas- a Cordovilla la Real, donde la fuente era un camión cisterna que descansaba junto al rollo jurisdiccional. Su puente es otra hermosa obra de ingeniería, arte y diríase que de la naturaleza también, pues se integra en ella a la perfección, y eso que el pobre Carlos III no contaba con ministros o consejeros de medio ambiente.

En fin, intentamos darnos un baño en la confluencia de los ríos Arlanza (¿o Arlanzón?) y Pisuerga pero no lo conseguimos. ¡Imposible acercarse a sus aguas!! y tuvimos que hacerlo ya en Torquemada, donde tampoco nos lo pusieron fácil.

Aquí, el trayecto según Durius Aquae.

Cresteando

23 abril, 2019

El Cerrato tiene su encanto y su misterio. Tal vez por eso algunos volvemos una y otra vez. Además es amplio y variado: cada valle, cada rebarco, cada cerrato oculta una sorpresa, como si poseyera algo propio y distinto. El Cerrato atrae. Es un mundo de subidas y bajadas, de huecos y cimas, en medio de la ancha llanura castellana.

Cevico de la Torre se asienta en una cuesta, en un espolón de un páramo. Un páramo que muere -o nace, quién sabe- allí mismo y, tras más de 20 km de lengua, hacia el este, acaba unido a un páramo más ancho y extenso. Es el que hemos seguido esta vez. Si Unamuno decía que todo el páramo es una inmensa cima, cuando caminamos por una paramera estrecha y alargada estamos, sin duda, cresteando en medio de Castilla. Y eso solo se puede hacer en el Cerrato, donde abundan las crestas.

Siguiendo el camino por el páramo

Hemos ascendido desde el núcleo del pueblo para pasar junto a las casas-cueva, numerosas en la comarca, usadas en otro tiempo, para rodear el cerro cónico del Castillo y asomarnos al Balcón de Pilatos, que hoy deberíamos llamar más bien de las antenas. ¡Así son los tiempos! Desde allí tenemos una hermosa vista del pueblo y de sus valles.

Seguimos rodando. A nuestros pies se abren los dos valles sobre los que, verdaderamente, volamos. Al sur, el del arroyo Maderano y al norte el del Rabanillo. Curiosa sensación. Tan curiosa como posible y casi vulgar, en el Cerrato. Trozos o tiras de tierra de labor, sembrados de cereal o plantas forrajeras; es el tono verde. Monte de encina y roble; es el tono pastoril. Sobre el yeso, aulagas de viva flor amarilla, tamarillas del mismo color, lechetreznas verdes, elegantes collejones morados; ofrecen el tono primaveral, tímido todavía en estas elevadas cimas.

Collejón

Pero lo que abunda de manera especial son las corralizas y los chozos de pastor, que certifica a las claras la dedicación de esta comarca desde tiempo inmemorial. Muchos de ellos están en medio de las tierras de labor, aislados, lo que quiere decir que antaño estos campos no lo eran, eran montes dedicados a pastos. Así, van pasando los corrales de Maricio y de Tacona, de la Isabelilla y de Martín, todos con sus chozos o cabañas en pésimo estado, casi desaparecidos. Volatilizados, y eso que son de dura piedra. En el páramo de Valdegerite nos encontramos con un chozo en perfecto estado, o casi. El de Hijón está mal pero los corrales de la Paloma bien. En todo caso, dominan las ruinas por franca goleada.

En la Paloma

A los 3 o 4 km de salir nos topamos con el portillo de Renedo, con una bajada de 50 m. y su correspondiente subida e, inmediatamente el camino desaparece (!) durante un kilómetro aproximadamente. Literalmente se lo han comido. ¡Estas épocas nuestras, que devoran caminos y corrales….!

En fin, poco más diremos. Si alguien sigue esta ruta podrá disfrutar de una navegación de altura. El caso es que, poco después de pasar por los corrales de la Paloma, giramos hacia el norte para descender enseguida por el valle esculpido por el arroyo Rabanillo. Naturalmente, conforme descendíamos, el valle se iba ensanchando y en sus laderas más altas y más inclinadas- se refugiaban los quejigos que empezaban a verdear, sobre todo en la falda sur.

En la Virgen del Valle

Y así fuimos cayendo hasta el puente de Esguevillas y la ermita de la Virgen del Valle, que se levanta sobre una suave cotarra, donde el valle se ensancha aun más. Es un edificio muy remozado con una agradable y pequeña pradera alrededor.

Y después de visitar Valle de Cerrato, continuamos valle abajo hasta Cevico. El cielo había estado gris, sosteniendo lluvias, con algo de viento y buena temperatura. Hemos rodado casi 45 km, algunos a campo traviesa por desaparición de caminos. He aquí el trayecto seguido.

Caseta de era. Valle de Cerrato.