Archive for the ‘Cerrato’ Category

Algunos chozos y corrales de Encinas de Esgueva

6 diciembre, 2018

Encinas de Esgueva: tiene castillo y tiene iglesia, pero también tiene embalse y tuvo judería, conforme ha quedado registrado en alguna de sus calles. Su caserío está protegido por las laderas de un valle relativamente estrecho, para lo que se estila por estas tierras llanas de Castilla; la razón es que más que en el valle del Esgueva se levanta más bien en el valle de la Dehesa, arroyo tributario del primero.

Vallejo de doña María

Pero bueno, hoy se trataba de dar un corto paseo en busca de algunos corrales y chozos. Pero luego siempre hay sorpresas. Al entrar por el camino a Cevico en el vallejo de doña María, nos entraron ganas de subir por la directa al pico Andarrío. Dicho y hecho. Aunque no tan fácil, que la burra dice que no sube cuestas muy empinadas y, claro, no la vas a dejar ahí tirada. De manera que para arriba con ella. Unas veces te lleva y otras la llevas.

Formación caliza en el pico Andarrío

La ladera es blanca, de caliza y yeso. Hubo chozos o casetas en esta ladera; ahora quedan los escombros, además de almendros que tienen el fruto maduro. Al sur, cantiles y cortados que nos muestran el valle, Encinas y Canillas. Arriba, una plantación de frutales. Además, parece que por aquí han trabajado máquinas removiendo piedra y tierras…

Descubrimos un camino y por él nos alejamos del borde del páramo. Algunas familias están recogiendo almendrucos. Parece que la cosecha es buena.

Chozo bien protegido

Un poco más y estamos en los corrales de la Concha. Y es que aquí la tierra forma como una gran concha o suave hondonada protegida por algunas lomas. En el centro de los corrales, donde las tapias forman una cruz, se levanta un chozo hoy amenazado de muerte. En la tapia norte otro chozo está casi irreconocible. Los muros están casi todos caídos. A poco más de 300 m otras corralizas, lindando con un camino, tienen otro chozo en franca ruina. Y al otro lado del camino un corral que curiosamente tiene los muros altos y en buen estado, dispone de otro chozo diríamos que en uso. Es una zona que antaño fue monte y hoy es, en su mayor parte, tierra de cultivo ganada a ese monte. Seguramente los pastores de Encinas pasaban aquí el verano, durmiendo en los chozos junto a los rebaños, bien protegidos en los corrales.

Chozo entre Castrillo y Encinas

Seguimos rodando a campo traviesa hacia el este, cruzando la raya de Encinas a Castrillo y, cubierto por matas de encina, vemos un corral cuyas tapias se completan con una tela metálica sostenida por una empalizada y por cuerdas atadas a las carrascas. Curioso. Como si hubiera estado en uso hasta hace poco, si bien el conjunto se encuentra cubierto de maleza. Es el camino de Matalobera -desde el que divisamos corzos saltando- que seguimos hacia el sur. Vemos otro corral similar que tuvo empalizada, hoy caída alrededor y, al final del camino, a poco más de 100 metros, una última corraliza con un chozo distinto: aunque la planta es circular, cuenta con una pared, la de la entrada, plana y formada por piedra trabajada, casi de cantería . Además, la entrada se encuentra a muy pocos metros de la asomada al vale. Precioso chozo en lugar precioso.

Al fondo, el Otero de Encinas. En primer plano, restos de un corral en la Concha.

Bajamos por el barco de Valderreina, lugar húmedo en el que abundan las junqueras y donde los robles y algunos chopos se agolpan para beber en las épocas más secas. O sea, que es un verdadero oasis en pleno verano.

Almendros

Ya en la otra ribera del Esgueva nos perdemos entre vallejos, robledales, majuelos y viejos nogales. Pasamos junto a un guardaviñas y luego junto a unos amplios corrales con su chozo en buen estado. Enseguida subimos por el camino del Collado. Nos hubiera gustado acercarnos a la fuente de Pasporrero pero la noche se está echando encima y casi no se ve. Lo dejamos para otra ocasión. Después de tanta austeridad, por unos campos que han sufrido las durezas del estío, en el collado nos espera una maravillosa puesta de sol, y su resplandor nos va a acompañar hasta llegar a Encinas.

12 octubre 133

Atardece

Aquí podéis ver y descargar el recorrido.

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Entre Valladolid, Palencia y Burgos por el Valle Esgueva

14 octubre, 2018

Al comenzar a rodar un viento frío nos sorprendió, después de una larga temporada de calor. El sol tardaba en despegarse del horizonte; la luz era plenamente otoñal. Las nubes, grises, volaban raudas, haciendo todo lo posible para obstaculizar el paso de los rayos solares. El viento no cesó en toda la jornada. Solamente al abrigaño se producía cierta sensación de calor. En resumen: ya tenemos instalado entre nosotros el otoño, aunque seguramente queden también muchos días agradables en estos meses de octubre y noviembre.

Entre el páramo y el valle

Asomada al Duero

Salimos de Encinas de Esgueva buscando el valle del Duero. Tapias de piedra, majuelos cargados de fruto, abundantes nogales nos van conduciendo hasta el Portillo, desde donde se divisa Castrillo de don Juan, para tomar el camino de Guzmán por el arroyo de Fuentequeril. Luego, a través del páramo cruzamos hasta el nacimiento del arroyo Valdetorres en la fuente del Pozarón, que mana generosa y tranquila. Por aquí, la llanura es ondulada y moteada con robles y encinas solitarios. Enseguida tomamos la vereda del camino real de Burgos, cuyo ancho ha sido respetado por los agricultores y divisamos Guzmán, pero no nos acercamos a su caserío. Más tarde se abre ante nosotros el gran valle del Duero, con la Manvirgo en medio y una multitud de pueblos, pinares, majuelos, caminos que componen un paisaje rico y variado, nada que ver con el páramo que venimos atravesando. Pero así es Castilla y así son sus valles y páramos.

La Manvirgo emergiendo en medio del valle

Al poco estamos en Olmedillo de Roa, que posee una gran iglesia con una balconada que la rodea desde donde contemplar el pueblo y sus alrededores.

Torresandino, un valle cerrado

Y luchando contra el vendaval, por el camino de Roa y la colada de Valdillán, nos presentamos en Torresandino y, más en concreto, en el molino de Arriba que en una de sus esquinas posee un curioso contrafuerte, como para asegurarlo frente al empuje del agua que llega fuerte por el caz, pues casi no tiene balsa. Y en la contraria, un ciruelo silvestre de frutos no más grandes que una uva, nos ofrece ciruelas de excelente sabor.

Ciruelo

Nos ha sorprendido lo cerca que se encuentra el valle Esgueva del valle del Duero. Y cómo aguanta el Esgueva un trazado rectilíneo y paralelo al Duero, sin caer en un cauce tan ancho y tan próximo hasta desembocar en el Pisuerga. No menos sorprende lo estrecho y cerrado del valle Esgueva, tanto que aquí, en Torresandino, se llegó a estudiar la construcción de una presa, pues la distancia entre los dos páramos no llega a 800 metros. Pero se acabó desechando, según parece, por falta de firmeza en las rocas o terrenos que servirían de apoyo.

No dimos con el molino de Abajo y nos fuimos a ver la iglesia de San Martín. Grata sorpresa: impresionante iglesia románica que acoge a la Virgen de los Valles, talla igualmente románica, restaurada, que durante siglos presidiera en otra capilla el monasterio o Convento de los Valles.

Mojón de santa María y los Valles

Imagen de Castilla

Subimos al páramo por la Canaleja, en cuyo canto nos esperaban los corrales del mismo nombre. Aquí la superficie es dura, pues hay más piedra que tierra en las rastrojeras, y no digamos ya en los perdidos, y los cardos secos dominan el panorama. Así es la paramera, nada dulce ni verde. El otoño ha sacado el espíritu de la Castilla de siempre -austera y sobria- a estos horizontes. Al cruzar por estos duros pedregales me acordaba de Sánchez Albornoz:

…una tierra áspera, fácil para servir de bélico solar a gentes sacudidas por la pasión, que no temen a la muerte, de exaltada personalidad, intolerantes, menos prontos al diálogo que a la lucha fraterna y que habitan en una patria de contrastes climático e históricos, con espíritus de fuego en vehemente adoración o en brutal repulsa de la divinidad.

No sé si seguimos igual, mejor o peor. Al menos, al subir a estos pagos probamos la fruta, excelente, de dos manzanos asentados en las proximidades de un hontanar.

Imposible rodar con tanta piedra suelta

Entre cantos y cantos nos plantamos en el mojón de santa María formado, según la leyenda, por las piedras que –en castigo o penitencia- subían los monjes desde el valle. La verdad es que por muy malos que fueran y muchos monjes que hubiera, imposible subir tanta piedra como hay aquí. Estamos a 950 m, el punto más alto de toda la excursión.

Una agradable y rápida bajada y estamos en el monasterio de Nuestra Señora de los Valles. Sorpresa. ¿Cómo es que hemos dejado caer un monasterio tan formidable y valioso? Solo con ver los restos de las bóvedas –con sus nerviaciones góticas- de la iglesia nos damos cuenta de lo que debió ser y de la importancia que sin duda tuvo en la comarca y en la orden de los Carmelitas Calzados, que lo ocuparon. Estuvimos en la gruta que dio origen al monasterio donde se apareciera santa María de los Valles, en la capilla del Cristo de los Trabajos, en los restos de la iglesia principal, en la sacristía, en lo que fue claustro y huerta… como colofón, nos acercamos a la fuente que todavía surte de abundante agua a los rebaños que pastan por las cercanías. Al menos, algunos de sus viejos retablos están desperdigados en las iglesias de Roa, Torresandino y Villovela. En fin, el tiempo no ha podido todavía nivelarlo todo y ocultarlo, tan grande fue que aun quedarán visibles estas ruinas por muchos años.

Monasterio de los Valles

Chopos mochos y Moros de abundantes aguas

De ahí, siguiendo el curso del Esgueva, pusimos rumbo a la ermita de santa Lucía: a su abrigaño tomamos respiro; hasta el sol parecía que calentaba un poquito. Pero llegaron las nubes enseguida y continuamos hasta Tórtoles por la orilla del río y luego hasta Castrillo de don Juan. Los peculiares chopos mochos de los caminos de esta localidad rendían sus copas al viento, que no sus desproporcionados troncos.

Chopos en Castrillo

De nuevo subida al páramo -¡y van tres!- esta vez por las caudalosas fuentes de los Moros. A sus pies, el valle del Esgueva se ha abierto, ha madurado y ofrece una gran llanura a majuelos, sembrados y arboledas. Una agradable cañada nos lleva hasta la rasante de la paramera entre robles y encinas. Y arriba rodales de monte alegran el paisaje. No han faltado conejos, liebres y perdices, sobre todo perdices, en esta excursión. Parece que los cazadores tendrán buena temporada.

Fuente

Al poco, volamos hacia abajo casi sin darnos cuenta. Paramos en unas corralizas que cuentan con un curioso chozo protegido por un ancho tapiado semicircular con entrada, muy baja, por el mismo corral. No vemos la fuente de Ortega y en un abrir y cerrar de ojos estamos sobre el puente del Esgueva. Un empujón más y llegamos a Encinas. Y como nos sobran fuerzas, subimos al picón que se levanta al sur para tener una visión de conjunto de la localidad.

Aquí, el recorrido según Durius Aquae.

Torcenite, la Corona y una olvidada cañada

8 octubre, 2018

Entre la última lengua de páramo y la primera de las Mamblas entre el Duero y el Jaramiel, se levanta Torcenite, que es como un cabezo de unión entre ambas elevaciones. Su cima es redondeada, casi plana. Hacia el sur, hacia el Duero, cae a pico sobre la llanura. Hacia el norte, suaves ondulaciones que llevan hasta Villabáñez. Por el collado de su falda oeste cruzaba la antigua calzada de Clunia –se nota perfectamente su rastro- y por el collado del este pasa el sendero que nos llevará a Peñalba. Torcenite es, sobre todo, un buen mirador sobre el valle del Duero. Vemos muy de cerca las derroñeras blancas del pico del Águila, que caen desde el páramo: un poco más al fondo se ha colocado una torreta de vigilancia contra los incendios, pues desde aquí se domina un amplísimo panorama. Lo de Torcenite, ¿qué puede significar? Es muy posible que venga de torques (collar rígido y redondo, abierto por la parte de atrás, de origen celta) a causa de lo que evoca el cerro por su forma. Además ¡hasta parece que tiene un collar sostenido horizontalmente por la ladera!

Versiones de Torcenite. El “torques” se ve claramente en las dos (clic para ampliar)

Nos vamos por la vieja senda de los Aragoneses entre las Peñas y el Duero. Las dos grandes cabeñas se están cubriendo con pinos de Alepo, lo que impide o al menos obstaculiza su cambio y erosión. Los rayos oblicuos del sol del atardecer recortan aún más los cortados –valga aquí la redundancia- produciendo un curioso fenómeno. Nunca habíamos cruzado por este sendero con tanta maleza; las escobas y arbustos quieren atrapar el manillar de la bici pero no lo consiguen y, con dificultad, nos acercamos a la chopera del otro lado. Y es que el sino de esta senda es el cambio: antes pasaba unos metros más arriba hasta que, por falta de mantenimiento y caída de tierras, se desplomó. Desde entonces se ha abierto otra junto a la misma orilla del río que se mueve cuando hay derrumbamientos o crecidas, o las dos cosas.

La ribera izquierda desde la Corona

Nos encaramamos a la Corona, que en otra ocasión vimos desde el cerral. Su forma impresiona menos que desde arriba pero no dejar de ser curiosa. Su cima no es tan plana como parecía, pues se ondula y eleva ligeramente hacia el sur y su redondez se está modificando también por el sur, donde las peñas se van desprendiendo poco a poco, debido a la erosión. Salvo por este lado, su trazado parece artificial, pues abundan grandes piedras calizas que tal vez provengan de una tapia o muro. Y, en otros siglos, hubo construcciones, a juzgar por los abundantes restos de cerámica basta. Con mucho cuidado, nos asomamos sobre el cortado para contemplar bajo nuestros pies el río y su ribera, con la chopera que acabamos de atravesar en primer plano. Parece que hemos elegido un mal momento para acercarnos, dada la abundante maleza que todo lo cubre, pero ya no hay otra opción. Curioso lugar, en épocas lejanas muy concurrido, y bueno para vigilar y dominar el paso del río por el antiguo puente. Precisamente las fuentes históricas hablan de una importante fortaleza que defendía el paso del río: ¿se levantaría sobre la Corona?

Los cortados

En cualquier caso, Peñalba y sus cortados nunca defraudan, por mucho que los atravesemos.

Nos dirigimos al pueblo –o despoblado, como prefiramos, si bien en la alta Edad Media llegó a ser villa y cabeza de alfoz- y luego a la Isla, pero sin bajar al río y sus praderas. Y seguimos hasta la raya de Sardón, donde una moderna bodega bulle en actividad preparando la vendimia.

Extraplomo en Peñalba

Y ahora, como se hace tarde, vamos a dar la vuelta hacia Villabáñez tomando, al menos en parte, el antiguo trazado de la cañada de la Hijosa. Primero tomamos un camino sube entre encinas y pequeñas rozas, hasta llegar a una zona plana en la que desaparece, engullido por una tierra de labor. La cruzamos y conectamos con la cañada, que sube en diagonal muy empinada al páramo. No es apta para carruajes; sólo para caminantes y animales. Nuestra burra responde a veces y a veces hay que llevarla. Abajo, Sardón y Quintanilla se muestran iluminadas por el último sol de la tarde. Al fin llegamos a otra tierra de labor ya en el ras del páramo y, a campo traviesa, conectamos con un camino que nos lleva a la carretera, en la que asistimos a la puesta de sol.

Sardón y el Duero desde la cañada de la Hijosa

Aquí, el recorrido.

Entre Duero y Jaramiel

13 septiembre, 2018

Duero y Jaramiel modelaron las conocidas Mamblas de Tudela y Villabáñez. Son como la avanzadilla de una lengua de páramo que se extiende unos 40 km de largo hasta que el valle del Jaramiel, en sus fuentes, se acaba confundiendo con el mismo ras de la paramera. Pero mientras, podemos recorres sus laderas, vallejos, cantiles y, en general, el hermoso panorama que ha formado el padre Duero con la ayuda de este su aprendiz.

Salimos de Villabañez. Por fortuna, la iglesia estaba abierta. Como en tantos pueblos del Cerrato, cuando lo contemplas desde lejos, ves algo parecido a la gallina y sus polluelos: una inmensa iglesia en el centro y, alrededor, casas que levantan muy pocos metros. A veces le hace competencia un silo o una nave agrícola, lo que no ocurre -por el momento- en esta localidad. Pues bien, tras esta imagen y tras un sencillo pórtico realizado en piedra de Aldealbar, entramos en una verdadera catedral que impresiona por sus columnas y bóvedas, por su gran espacio. Tiene, además, un pozo bajo el coro y una curiosa escalera de caracol toda en madera para acceder a éste.

Curvas del Duero

Nos acercamos al borde del páramo subiendo por la carretera, que sigue por un barco, y contemplamos, desde arriba, Peñalba y el Duero. La iglesia de Peñalba también es inmensa, pero no queda casi nada del caserío. El río baja dando curvas y creando meandros. Sus aguas, que son las del Canal de Duero, convierten la dehesa de Peñalba, en la orilla de enfrente, en un tapiz verde a pesar de lo avanzado del verano.

Desde el cerral

Contemplando el paisaje descubrimos algo curioso que desde abajo, desde la senda de los Aragoneses, no es perceptible. Se trata de una inmensa corona de casi cien metros de radio, que se levanta a modo de flan muy aplastado o tapón de bebida refrescante, justo encima de los cortados. Resulta muy curiosa su horizontalidad, que contrasta llamativamente con la verticalidad de los cortados. Seguro que tiene una explicación geológica pero, aun así, tal vez tenga también una explicación histórica, en el sentido de que pudo ser la base para una construcción defensiva o pequeño castillo que protegiera el paso del Duero –aquí mismo hubo un importante puente, como atestiguan los restos- hacia el norte. Entre la Corona –que por ese nombre viene señalada en los mapas- y la ladera pasó precisamente la senda de los Aragoneses. Y como la Corona monta sobre los cortados, no tardará en irse derruyendo poco a poco. De hecho su lado sur ya ha empezado a caer. Por supuesto, hacemos el propósito de contemplar esta formación geológica más de cerca en una próxima excursión, por si algún indicio o vestigio nos ilustrara algo más.

Otra visión desde el borde del páramo

En cualquier caso, el panorama es como para quedarse un buen rato, contemplando los diferentes lugares de esta ancho valle, aunque esta vez la Corona ha absorbido gran parte de nuestra atención.

Ahora nos vamos por el camino de Raposeras a divisar Villabáñez y el valle del Jaramiel, sostenido por las Mamblas, desde un picón. Otro rato dedicado a la contemplación. Luego hacia el este, sobre el valle de Valdelamano y luego sobre Valdemate podemos contemplar la Cuesta Hermosa y a lo lejos, Villavaquerín y el Jaramiel. En los linderos abundan las endrinas y el espliego; la garduña y la berruguera entre los rastrojos. Como estamos a finales del verano podemos rodar a campo traviesa, buscando las mejores perspectivas, sin la limitación de los caminos que nos llevan por donde ellos quieren. ¡Viva la libertad!

Valle del Jaramiel

Al fin salimos a la carretera de Villavaquerín y la cruzamos para tomar, atravesando el páramo, el Camino a Castrillo, de excelente firme. Enseguida se transforma en una cañada de abundante pasto y con robles en hileras que la custodian. ¡Qué buen sitio para rodar! Al inicio de la bajada perdemos el camino pero no importa, por la rastrojera no se rueda mal y, en cualquier caso, nos permite contemplar el paisaje del Jaramiel con sus laderas de roble y encina a la vez que avanzamos. Como no hay camino, no hay que preocuparse por mantenerlo. Lo hacemos, lo vsmos creando. A pesar de todo acabamos tomando uno -sobre el que caen más tarde las altas laderas de las Atalayas- que nos deja en Castrillo Tejeriego.

Carrapiña

Damos aquí la vuelta y tomamos altura por la carretera de Piña hasta conectar con el camino que nos llevará por el valle de Carrapiña, que discurre abriendo una buena brecha en el páramo. Precisamente su ladera norte es llamativamente blanca, a causa del yeso y la cal, en vivo contraste con las matas de encina y roble que parecen subir por la empinada cuesta. En el fondo del valle las rastrojeras dejan al descubierto antiguos pozos. Pero no llegamos a salir por la puerta del valle, sino que ascendemos hasta casi lo más alto del páramo de Castro, entre el Carrapiña y el Jaramiel. Seguramente ahí hubo otra torre de vigilancia más o menos fortificada. Por una pista a medio ladera acabamos saliendo a la carretera que recorre el valle.

Las Lanchas

Y esa carretera atravesamos la Sinova y nos metemos a buscar el manantial de la Lanchas, que encontramos al pie de unos chopos, de los pocos que destacan en todo este valle. Y ahí está el manantial: goteando. Mana tan poca agua que el charco que produce de nuevo es engullido por la tierra.

Ahora subimos por la ladera sur hasta tomar el camino de la Puerta Suso y, cuesta abajo, llegamos a Villavaquerín por el camposanto. El resto será tomar el camino del Calzón que, por la orilla derecha del Jaramiel y contemplando las altas laderas del valle, nos dejará en Villabáñez. Hemos podido comprobar que el arroyo llevaba agua bastante clara y, en algunos puntos, nadaban los alevines. ¡Que siga así por muchos años! He aquí el recorrido.

El Roble

10 julio, 2018

(Viene de la entrada anterior)

A Peral de Arlanza llegamos después de cruzar este río por un magnífico puente de piedra bajo el que pasan las aguas soltando espuma espuma debido a las piedras depositadas en este tramo, de poca profundidad.

Camino de subida

Pero si hasta aquí todo había sido coser y cantar, debido a la agradable temperatura, la sombra de la ribera del río Franco y -más o menos- cuesta abajo, ahora empezaba lo bueno, ahora nos íbamos a enterar. Y es que no podíamos acudir al estribillo de aquella jota y esperar a la luna:

con la luna madre,
con la luna iré,
con el sol no puedo
que me quemaré

pues había que volver. De manera que, después de aprovisionarnos de pan y agua, iniciamos la vuelta siguiendo la suave cuesta arriba del arroyo del Monte. Buen camino y buenas fuentes: Fontrana, Valderos, Frontaura, todas con sus pequeñas alamedas y su abundante verdura. De momento, no íbamos mal. Además, las laderas de los páramos no se mostraban ásperas y resecas, sino revestidas de robles y enebros y todo tipo de matas verdes.

Por el arroyo del Monte

Así llegamos al ras del páramo. Bueno, aquí el páramo no es una rasante clara, pues abundan suaves elevaciones y hoyas. Pero estábamos arriba, en la zona denominada los Lanchares, tal vez por la abundancia de piedra caliza suelta, de tamaño pequeño. Tomamos la cañada de Montemayor para dejarla enseguida y cruzar la cabecera de un valle con unas antiguas corraladas en las que hermoseaban flores cerrateñas. De ahí pasamos a otro valle -de San Vicente- en el que descubrimos los restos de una fuente seca. Bajamos hasta el valle de la Cuesta y ¡de nuevo a subir!

Restos e antiguos corrales

Más corrales -los de Valdesturianos– y cuando llegamos de nuevo a lo alto del páramo, con el sol en el cenit pegando fuerte, ¡¡oh, el Roble!! Efectivamente, ahí estaba, solitario, con su tronco enorme, con su tronco hueco, todavía enhiesto, todavía fuerte, como un viejo guerrero herido en mil batallas, con ramas desgajadas, ligeramente mocho, pero ahí estaba como una atalaya viva, dominando sobre todos y sobre todo. Y, de repente, al allegarnos a él se mostró como un buen padre, acogedor, hospitalario, que nos mostró su sombra para protegernos del fortísimo sol de mediodía. El Roble, el viejo roble, había sido nuestro oasis en el desierto castellano de sol abrasador. Pudimos comer, beber, descansar. Reponernos. Reencontrarnos. Contemplar el siempre hermoso paisaje cerrateño bajo su visera protectora: valles, cereal, cerrales, las bodegas de Cobos al fondo… Estábamos salvados.

En el ras

Tras el respiro concedido por el Roble, volvemos a ponernos en marcha. A pesar del calor, el Cerrato sigue verde. No hay un campo de cebada que esté ya maduro, aunque algunos corros poseen esa tonalidad dorada. Pero todas las espigas de trigo están verdes, con ese verde oscuro típico del trigo. También hay algunos campos de avena y centeno, así como de forrajeras. Y las flores campean en lindes, caminos y perdidos. El campo nos dice que está aun en primavera aunque el calendario señale ya los comienzos del verano.

El Cerrato, aquí es un paisaje sin nadie. Sólo un alma nos ha saludado en todo el trayecto. Estáis locos, además, nos ha dicho. Antaño hubo pastores y rebaños, a juzgar por los grandes corrales que hemos contemplado. Pero hoy, nadie. Seguramente dentro de unos días esto se llene de agricultores cosechando. Tal vez. Pero ahora no, nadie lo habita, nadie lo trabaja. Sólo corzos y liebres en la tierra y algunos milanos en el cielo. ¡Qué contraste con las ciudades!

Valfrío

Cruzamos por algunas ondulaciones del páramo, dejamos pequeñas manchas de monte de roble, y nos acercamos a los corrales de Valfrío. Son tan inmensos que no los recorremos del todo. Debió tratarse de un verdadero centro pastoril.

Más tarde vemos al oeste el torreón que bien conocemos por excursiones anteriores y, justo en los corrales de Magialengua con su charca pastoril -que igualmente conocemos bien- giramos hacia el este. Nos esforzamos por no perder un camino que ha sido arado y cortado en algunos puntos y vamos pensando en el fin de este trayecto que se nos empieza a hace un poquito largo. Menos mal que desde el alto de la Cabeza se suceden toboganes cuyo resultado final es más cuesta abajo que cuesta arriba. La Cotarra nos dice que estamos muy cerca de nuestro destino.

Fuente de Frades

Pero antes de llegar hay un vergel que nos acoge para un último descanso: se trata de la alameda y fuente de Frades, con su largo abrevadero y su laguna. ¡Qué agua tan fresca: resucita a un muerto y a un ciclista agotado! Unas pocas pedaladas más y entramos en Villfruela. Hemos rodado casi 80 km. Y los 40 últimos han costado un poquitín, qu eno eran cuesta abajo…

Última enfilada

Río Franco

5 julio, 2018

Villafruela se extiende entre el páramo y el río Franco -o uno de los arroyos que conforman dicho río-, que viene del este, de los confines del Cerrato, que se encuentran muy cerca. Curiosamente esta comarca natural (cerros, cerratos, colinas, motas, valles y vallejos) llega desde aquí hasta Valladolid, atravesando buena parte del sur de Palencia, si bien estamos en Burgos.

A punto está de amanecer y el fresco de los prados y de la ribera del Franco parece meterse hasta los mismos huesos, a pesar de que estamos en verano. De hecho comenzamos a rodar por una camino en el que ha crecido la hierba con ganas -nos llega hasta casi la cintura- y acabamos empapados por este rocío nocturno.

Tras los chopos, el río

Amanece: la línea del páramo se señala perfectamente: negro sobre claro. Vamos río abajo por la carretera desierta. Nadie pasa; es una cinta que nos transporta sobre la humedad de la madrugada.

Al poco, Espinosa (en Palencia) nos recibe con la luz, pálida y distinta de un amanecer ligeramente brumoso. Algo nos impulsa a subir de un tirón la cuesta de las bodegas, y allá vamos. Varias alturas de hileras de entradas a bodegas, con sus viejas y artesanales puertas, sus respiraderos y zarceras para la entrada de uva. El lugar es también un balcón que da al valle. Un poco más y, entre calles retorcidas, acabamos en la iglesia de san Martín de Tours, de una belleza gótica peculiar. Por cierto. Abajo el río Franco -y franco es el santo citado- pasa dejando un suave murmullo, y varias fuentes incrementan su caudal. Junto al río no son ahora las puertas de las bodegas las que se ordenan en hilera, sino las de una multitud de pequeñas huertas; otra peculiaridad de este pueblo encantado, seguramente por permanecer perdido en el olvidado Cerrato.

En Espinosa

Otro golpe de pedal cuesta abajo y nos presentamos en Royuela (Burgos de nuevo), que también se alarga como en paralelo a nuestro río Franco. Conocemos esta localidad porque la hemos cruzado al recorrer, hace unos años, uno de los ramales -el del norte- de la cañada real burgalesa. Tal vez Royuela sea una onomatopeya -como arroyo- del ruido que produce el agua al caer por estos valles empinados… En todo caso, es un nombre sonoro en un valle de aguas rumorosas.

Los valles -el de nuestro río con los de sus arroyos- se ensanchan y los campos en los que crece el cereal se hacen más grandes, aptos para que los corzos se escondan para pastar echados con más tranquilidad. Por eso, a nuestro paso se levantan de repente y huyen asustados, dando enormes saltos para que las espigas no les frenen…

Desde San Juan de Castellanos

Y así, llegamos contemplando alamedas y algunos nogales aislados, al palentino Cobos, otro pueblo increíble de esos que sólo existen en sueños o… en el Cerrato, como es el caso. La iglesia de san Román a media ladera preside el pueblo: no hay más que acercarse a ella y descubrir una balconada que la recorre y acodarse allí, custodiados por una portada que es un verdadero retablo plateresco en piedra, mientras contemplamos el pueblo y el ivalle… Pero por encima están las cuevas de Cobos, o sea, las bodegas, hoy muy remozadas, gracias a lo cual se han podido conservar. Y abajo, el río Franco, que sigue ensanchando su valle.

Después de visitar la ermita de la Virgen del Río Franco nos metemos entre la cuesta Redonda y el pico de San Martín buscando el poblado de San Juan de Castellanos, que está allí, donde siempre, con su palomar, casa, almacenes y corrales, pero la hierba y la maleza lo han cubierto todo, taponando las puertas y hasta las ventanas… Alrededor, una nebreda con ejemplares centenarios se extiende por las laderas calcáreas que bajan de los páramos hacia el verdor del río Franco.

Iglesia de Hontoria

Cruzada la carretera, atravesamos el río y seguimos lo que fue un camino y que ahora no se ve, todo cubierto de hierba alta y densa. Pasamos junto a los restos de un molino y el camino reaparece y nos conduce hasta Hontoria, en Burgos, pueblo pastoril hoy a punto de perderse por completo; es difícil llegar a la iglesia, que está en un alto, pues todo está cubierto de maleza. Los corrales y las casonas son de buena piedra pero ¿para qué sirven ya?

Abundaron las truchas en el Franco

Volvemos a nuestro camino del otro lado del río y, entre campos de alfalfa e hileras de manzanos nos plantamos en Retortillo, caserío de una de las fincas más extensas de la región. Por la carretera llegamos al río Arlanza, y lo cruzamos por un hermoso puente de hierrro. Por Pinilla intentamos pasar a la orilla izquierda para volver hacia donde salimos, pero los caminos están cerrados por portones; es una finca privada. Nos quedamos con las ganas de contemplar la desembocadura de nuestro río Franco. Comprobamos que esta localidad está hoy despoblada si bien conserva una sencilla ermita románica bajo un cerro en cuya cima parece que hay un castillo en ruinas, pero en realidad no es más que piedra caliza deshaciéndose. De manera que nos vamos hasta Peral, donde iniciamos el camino de vuelta, del que hablaremos en la entrada siguiente.

Sabina en Retortillo

Aquí puede verse el trayecto seguido.

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