Archive for the ‘Cerrato’ Category

Niebla

6 abril, 2020

Hoy llueve sobre Valladolid, ayer hizo sol, pero lo que no es muy normal es que en el mes de abril tengamos niebla, tal como la tuvimos aquel 6 de abril de 2014 en que salimos a dar una vuelta por el valle Esgueva. Cierto que la niebla levantó en cuanto llegamos a la espadaña de Mazariegos, en Piña, y disfrutamos de una jornada espléndida de sol y calor. (Prefiero la niebla al confinamiento, y ¡mira que es aburrida para el ciclista!)

Almendros del Esgueva

2 abril, 2020

La franja temporal de floración del almendro en nuestra provincia es muy amplia, y depende en buena parte de la climatología. Algunos años he visto que empiezan a florecer muy a finales de enero y otros, como éste de 2006, a primeros de abril están en plena floración. La foto está tomada desde la Casa del Monte, en Piña de Esgueva, y muestra una ladera del páramo y parte del valle. Las parcelas de cultivo se encuentran separadas por hileras de almendros; en los páramos suelen desempeñar esta función los robles. (2.04.2006)

Olivos y encinas

22 marzo, 2020

El Cerrato termina en La Cistérniga, Tudela, Valladolid. Ahí vemos un pequeño collado en el cerro de las Encinas, entre Tudela y La Cistérniga; son las estribaciones cerrateñas que quieren asomarse al Duero. Bajo las encinas, casi en el centro de la fotografía, un pequeño olivar. Antes se podía cruzar por ese camino: recuerdo un Domingo de Ramos del siglo pasado que me empapó aquí mismo un fuerte aguacero; casi no salgo debido a la arcilla que se me pegaba en las ruedas… Ahora este campo está cercado. La fotografía es de hace 11 años: 22 de marzo de 2009.

Los cortes de los Cortados

14 marzo, 2020

Hemos paseado muchas veces por los cortados de Gozón, en el término municipal de San Martín de Valvení. Se puede acceder a ellos bien desde San Martín o bien desde Cabezón de Pisuerga. Esta vez fuimos desde esta última localidad, pasando por el puente una tranquila mañana de -todavía- invierno. Las aguas del Pisuerga estaban como la mañana y reflejaban sin mayores ondas los arcos del puente. Todo estaba en orden, en paz.

Y todo estaba verde, salvo los árboles, que aún no habían echado la hoja. Por eso se ve tan bien el “hilo” del sendero junto al río y los cortados (todavía de Cabezón). Ahí estábamos a la sombra, hacía fresco y los cantiles, sombreados, no ofrecían su típico aspecto de tarta o pastel recién cortados.

¡Qué verdad encierra esa frase de que uno nunca se baña dos veces en el mismo río! Ni pasa nunca por el mismo sitio. Por ejemplo, después de haber cruzado montones de veces junto a este humilde almendro, nunca nos habíamos encontrado con un prado. O bien la ladera estaba sembrada de cereal, o bien era una rastrojera. Pero ahora es una auténtica pradera que brilla con el sol de invierno.

Y llegamos a los cortados de Gozón. Parece como si hubiera habido algún desprendimiento últimamente, a juzgar por los bloques de arcilla despanzurrados unos metros más abajo. Lo cierto es que el río, lento pero seguro, continúa con su trabajo de socavar el páramo. Y la tierra del páramo va cediendo. Muy lentamente. Muy poco a poco.

¡Que agradable -y fuerte- sensación la de rodar junto al precipicio! Y la de pararse y contemplar el soto de la orilla derecha también merece la pena, y suele ir unida a la de observar las aves desde arriba. Tal como ellas suelen observarnos a nosotros. Para eso hay que acercarse aquí. Por cierto, esta vez nos pasó por encima un bando de seis o siete avutardas. Nunca las habíamos visto por estos territorios y volando tan alto. Al fondo, la iglesia de Cigales con sus dos torres.

Justo aquí, sobre estos cortados, en otros tiempo colina, hubo un pueblo. Se ven perfectamente cimientos o paredes de piedra a un lado y a otro de estas grandes hendiduras, gracias a las cuales han salido a la luz. Pero el río no lo respetó. El corte que vemos en primer plano parece que se ha separado un poco mas en los últimos quince años. Sin embargo, el corte que está más allá, a la altura del ciclista, parece no haberse movido, o lo ha hecho muy poco.

Luego nos fuimos por carretera hasta el puente de Valoria la Buena para volver por la orilla derecha. Aquí tienes una entrada anterior, de cuando hicimos el mismo trayecto pero en sentido contrario.

Los cerratos del Jaramiel

8 marzo, 2020

El Jaramiel es un arroyo cerrateño: nace en los altos páramos de Encinas y San Llorente y enseguida los rompe para formar cuestas, barcos y vallejos; luego picos, paramillos y cabezos y, finalmente, de común acuerdo con el Duero modela su obra maestra: las Mamblas de Tudela. Le debemos un paisaje alegre, movido y variado, adornado de robles, encinas y enebros, con manchones blancos de yeso en las laderas y abundante piedra caliza en los suelos. Gracias a sus aguas, los agricultores cultivan maíz y alfalfa, además del cereal de secano. Alguno de los paisajes más hermosos de la provincia -como la dehesa de Monte Alto con el roble de Valdelaguna- son, en buena parte, obra suya.

Vista del valle del Jaramiel

Las poblaciones que se asientan en sus riberas son –o fueron- Monte Alto, los Jaramieles, Castrillo-Tejeriego, la Sinova, Villavaquerín y Villabáñez. Unos despoblados y otros siguiendo ese camino. Esta comarca es castellana nada menos que desde el siglo IX y desde entonces mantiene estas señas de identidad.

Nosotros hemos salido de Castrillo Tejeriego para asomarnos al Duero primero y después al Esgueva, ríos entre los que se encuentra nuestro arroyo; entre los tres han trabajado tan peculiar comarca.

Horizonte en el páramo

Después de saludar –desde lejos- a la Virgen de Capilludos, paramos un momento en Valdelaurraca para contemplar el chozo de pastor. De allí subimos al páramo por la colada del Pedregal y nos encontramos con un pequeño monte de roble. Más tarde, nos topamos con el raso del páramo, en el que destacan algunos corpulentos y desnudos robles. El camino se pierde. Mi compañero pincha. Pero no importa, el lugar es pastoril e idílico como pocos y comprendemos bien a la pastora Marcela, retratada en el Quijote, cuando dice:

Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles de estas montañas son mi compañía, las claras aguas de estos arroyos mis espejos; con los árboles y las montañas comunico mis pensamientos y hermosura…

Momento del pinchazo

Pero el pinchazo queda arreglado y continuamos nuestro rumbo sin necesidad de camino trazado. Seguimos atravesando páramo, o sea, tierra, cielo y robles, hasta que nos asomamos al arroyo del Valle, ya fuera del ámbito del Jaramiel pues tributa sus aguas directamente al Duero. Entre corrales, chozos, fuentes y grandes pedruscos –el paisaje continúa idílico y pastoril- bajamos al escondido fondo del valle, donde nos encontramos con algo ya conocido: la Granja del Queso, o lo que queda de ella.

En la cueva

Vuelta a subir al páramo por un fuerte repecho. Arriba, rodamos por un desdibujado camino sobre piedra caliza, verdadera calzada pero estrecha a causa de las matas de roble que quieren cerrarla del todo. Por fin, nos asomamos al amplio valle del Duero, lleno –por contraste- de poblaciones, bodegas, viñedos, carreteras y tractores trabajando. Descendemos unos metros hasta la cueva del Hermano Diego, excelente balcón desde el que se domina el castillo de Peñafiel al este y se vislumbran las bocas por las que el Duero se libera, al oeste, de la estrechez a la que le someten los páramos. Peñafiel es realmente la auténtica madre y cabeza de Extremadura, y todo lo que ahora divisamos es parte de su alfoz. La verdad es que no te cansas de mirar, y eso que parecía flotar en el aire una ligera calima que tendía a desdibujar  el paisaje como se ha desdibujado la historia…

y desde la cueva

Continuamos camino entre los majuelos y el canto de la paramera hasta la fuente y casa de Valdemadera. La primera escupía un buen chorro y la segunda estaba adornada de almendros en flor. De nuevo nos introdujimos en el páramo cruzando junto al vértice de la Mira y la casa de Epifanio, que conserva enfrente una caseta con su pozo y correspondiente polea y cubo. Por fin conectamos con la cañada que une Peñafiel y Palencia, que se llama de diferentes maneras según por donde cruce. Con ella atravesamos por lugares de magníficos robles, de pastos abundantes y también por pedregales… hasta que caemos al mismo arroyo Jaramiel en el lugar conocido por las Tres Rayas, que separan los términos de Valbuena, Pesquera, Piñel de Abajo y Fombellida.

Aquí la cañada es ancha porque esto es monte

Hace sol pero el viento -del noroeste- es fuerte y frío. Por eso nos cobijamos durante un buen rato en el barco de los Guardias. En él hay restos de casas, un pozo con bomba y abrevadero, y corrales. Pero lo mejor para el caso es que se trata de un refugio perfecto, ya que está protegido por todas partes, salvo por un espacio que se abre al sur. Además, la hierba está en su punto, como diciendo: túmbate aquí. O sea, lugar ideal para descansar, olvidarse del viento y del frío y sumirse involuntariamente en una siesta apacible y reparadora, pues aún queda rodadura por delante.

Almendros

Seguimos la cañada, que nos llevan a los corrales de Valdeloberas –con chozo incluido- y luego nos muestra el valle del Esgueva; sólo nos asomamos para volver a continuación hacia el Jaramiel. Después de cruzar junto al vértice Almendros, nos introducimos lentamente en el barranco Valbián que se hunde al principio sin que casi lo notemos.  No está mal, pues hemos asistido al nacimiento y ocaso de este barco, tributario del Jaramiel, a su ensanche y profundidades, contemplando sus laderas adornadas de robles, siempre robles por esta comarca.

Siguiendo el trazado de la cañada, ya bastante adelgazada

En las casas del Jaramiel de Abajo –con chopos y praderas que relucen al sol de la tarde- sólo nos queda seguir el valle hacia abajo hasta llegar a Castrillo-Tejeriego, fin de nuestro trayecto que podéis ver según Durius Aquae.

El monte de Peñalba

4 octubre, 2019

Peñalba de Duero es famosa por sus cortados, pero también por sus ruinas, ya sean de casas, bodegas o puentes. Mantiene restos verdaderamente misteriosos, como la Corona, o caminos milenarios, como la senda de los Aragoneses -junto al río- o la calzada de Clunia, por el páramo.

Camino de Castrillo

Pero lo último que acabo de descubrir es el monte de Peñalba, que se encuentra hacia el este del término, formando un gran espigón o cabezo entre el Duero y lo que denominan el Valle. Fue, claramente, un monte. Hoy, sin embargo, el monte se ha reducido a las laderas del espigón y Valle, si bien antaño todo debió estar recubierto de roble y encina.

Lo que va quedando de monte…

Podemos subir desde Peñalba por el antiguo camino de Castrillo y, al llegar al Caserío de Peñalba (o Casa de San Isidro), un desvío a la derecha nos llevará por el cerral del Cabezo, precisamente al punto donde nacían dos senderos que bajaban hacia el Duero, uno en dirección sureste y el otro suroeste, conforme apreciamos por vestigios. También hacia este cerral subía la vereda de la Hijosa, más al este. Pero seguimos, sin bajar, hasta el mismo picón de este paramillo. A nuestros pies, el valle del Duero, desde más allá de las Mamblas hasta casi Peñafiel. Al otro lado, el Valle, con sus laderas empinadas y sus suaves elevaciones al centro. Maravilloso lugar para el paseo y la contemplación; para dominar el paisaje.

Visión de las Mamblas

Es, además, refugio de fauna: en el trayecto desde Peñalba con su vuelta pude ver más de 17 corzos, aunque seguramente algunos estarían repes. También ver, desde arriba, el vuelo de grandes rapaces.

Se trata de un paseo, en fin, tan corto como agradable.