Archive for the ‘Cerrato’ Category

La Tiñosa y la Pedriza; Esguevas y Esguevillas

1 enero, 2018

Subiendo por el valle de Arranca hemos llegado al ras del páramo, que está a 900 m de altura. Nos acercamos a un corral con protecciones contra los lobos y que está unido a una casa de barro, convertida también en encerradero de ganado. Muy cerca, en una pequeña hondonada junto al valle, una caseta con su pozo y abrevadero. Hay agua, pero ¡a qué profundidades! Como tiene caldero con soga, algún verano nos ha salvado tras una buena sofoquina. El lugar, como tantos otros de la comarca, es idílico, con su prado de hierba rala, sus encinas y robles, sus majanos. Y donde no hay verde, se deja ver la tierra colorada…

Hacia la fuente de Valdileja

Nos vamos por la colada del camino real de Palencia que cruza la Burgalesa y recorre campos que fueron roturados y arrebatados al monte. A pesar de todo, abundan las encinas y robles de buen porte aislados en las tierras de labor y algunas manchas de monte. Paramos a beber agua en la fuente de Valdileja, que conocemos bien de otras ocasiones y que sigue echando con fuerza su chorro de agua.

Corral y chozo en la Tiñosa

Enseguida, nos encontramos ante un complejo único: los corrales de la Tiñosa. Único por su extensión y por las proporciones de sus construcciones pastoriles. Distinguimos dos chozos muy esbeltos y bien conservados y varios corrales –más de veinte- que gozaron de anchas tapias de piedra, hoy en buena parte derruidas. Además, vemos dos tenadas con su corral, que aún se utilizan para guardar ovino y tienen la particularidad –frente a las corralizas- de estar techadas, con tejas en este caso, a una vertiente y a dos aguas. Son, además, construcciones más modernas y necesitadas de un mínimo mantenimiento pues se soportan con pies de madera o ladrillo y entramado para el techado del mismo material.

Interior de una tenada

Nos vamos de este  complejo  con un poco de pena por no haberlo recorrido más despacio. Tal vez más adelante volvamos a pasar por aquí, nunca se sabe.

El caso es que, después de rodar de nuevo por la llanura entre tierras de labor y rodales de monte, llegamos a otro complejo pastoril: los corrales de la Pedriza. No es tan amplio como el anterior, ni cuenta con tenadas, pero tiene un chozo especial y único que, además de ser esbelto como pocos, tiene como un refuerzo consistente en un anillo de casi dos metros de alto por uno y medio de ancho que lo circunda, de la misma piedra que la cabaña. Seguramente será uno de los chozos más cálidos en invierno y frescos en verano. El lugar se encuentra rodeado de monte y muy cerca hay una caseta con pozo, mesas y barbacoas. Como para pasar una buena tarde de primavera, o un buen día de invierno.

Chozo de la Pedriza

Como no lejos se encuentra la cañada real Burgalesa, nos vamos por ella hacia el oeste. La conocemos bien, se trata de una cinta de monte entre tierras de labor, si bien se une a encinares y robledales cuando pasa cerca de las laderas de los valles. En un camino que sale hacia Población, nos acercamos a ver las ruinas de una antigua casa de labor. Pero al descubrir un poco más allá un gigantesco roble con las hojas de color ocre, no podemos menos que aproximarnos a él. Su elevado porte contrasta con la llanura, y con el resto de encinas y robles que, a su lado, no dejan de ser unas simples matas. Y volvemos a imaginar cómo sería el Cerrato hace pocos siglos, a pesar de lo soberbio y hermoso que hoy (todavía) lo vemos.

Antanillas

La cañada sigue su rumbo hacia Valladolid y nosotros descendemos en dirección a Esguevillas siguiendo el cauce del arroyo Valdeladuerna. Ya casi abajo, nos desviamos para acercarnos a la fuente de Antanillas, que mana agua por una tubería ancha de plástico y tiene delante dos feos abrevaderos de cemento moderno. Detrás todavía podemos ver las piedras de la construcción original. Bueno, al menos no ha desaparecido. Más vale así. Desde la fuente, junto a la cual abundan las flechas de yeso, se divisa el amplio paisaje del Vallesgueva.

Después de cruzar Esguevillas nos acercamos al otro grupo de bodegas, las de Carratamarilla, que en general se encuentran peor conservadas que las del Cristo -pero quedan algunas simpáticas- y de aquí nos vamos al Esgueva o, por mejor decir, a la Esgueva.

Un buen camino junto a la Esgueva Vieja

Y así, vemos cómo al menos tres arroyos o esguevillas desembocan en la Esgueva Vieja. Y es que son eso: verdaderas zanjas sofocadas por el carrizo que se unen a una tercera, más amplia. Todas parecen estar secas, a pesar de que proceden de arroyos con agua (San Vicente, Valdeladuerna, San Miguel, Nogal, Valdelatín). Tal vez sea a causa de la pertinaz sequía. Pero, en todo caso, ya se ve que los antiguos arroyos –y la propia Esgueva- han sido convertidos en zanjas, desviando los humanos su cauce conforme a sus necesidades y a los peligros de las riadas. Un poco más al sur, el cauce de la Esgueva Nueva sigue cumpliendo su función de soporte para las aguas.

Una esguevilla

El sol nos regala sus últimos rayos y las mimbreras, muy abundantes en la orilla izquierda, se vuelven incandescentes. La luz que ha llenado el día se apaga. En la otra ribera, nos parece vislumbrar una sombra que se mueve: tal vez sea la mora que al anochecer sale en busca del agua de la Esgueva para conservarla en su cueva del pico de la Alcubilla (que curiosamente significa arca de agua). Al igual que a la mora de Sieteiglesias, los hombres de Esguevillas la temen y prefieren evitarla. Nosotros también preferimos retirarnos después de una jornada luminosa y llena de aventuras, no sea que lo estropeemos al final.

 

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San Vicente y Arranca

27 diciembre, 2017

Partimos de Esguevillas de Esgueva, o sea, de una inmensa explanada –inmensa para estar en el Vallesgueva– sobre la cual discurren varias esguevillas que, curiosamente, desembocan en la Esgueva Vieja. Pero de todo esto hablaremos –esguevas y esguevillas, nuevas y viejas- al final de la excursión.

Nuestro primer destino se encuentra en las bodegas del Cristo –dejemos las de Carratamarilla también para el final- desde donde contemplamos una bonita estampa de la torre de la iglesia dedicada a San Torcuato. El nombre de este santo –uno de los primeros que evangelizaron España, después de Santiago y San Pablo- se recuerda  precisamente en las localidades más antiguas de nuestra Castilla; además en Esguevillas, hacia el norte, hay un topónimo La Calzada, que indica seguramente la existencia de una antigua vía romana. Total, que sin duda Esguevillas es uno de las localidades más antiguas de nuestra provincia y región.

En el tejar

La siguiente etapa –no hemos recorrido ni 500 m- nos lleva a una vieja tejera, no tan vieja como la Calzada que pasaba al lado. Está en la base del páramo, lugar muy adecuado para extraer la arcilla que luego se convertirá en ladrillo y teja. Del horno queda la mitad y de la casa aneja casi nada. Pero vemos tejas formando hileras almacenadas en diferentes montones. Y ladrillos. Como si el tejero se hubiera ido de viaje o puesto enfermo y allí hubiera quedado su obra. Que siga por muchos años, respetada por agricultores, pastores y caminantes. Y chavalería de Esguevillas. El tejar es perfecto para contemplar los amplios valles que confluyen en Esguevillas.

Visión del valle de Esguevillas

Queremos subir al páramo por la colada de Hoyadas pero nos tenemos que dar la vuelta pues la granja San Cristóbal está vallada. Una pena, pero ya tendremos oportunidad de contemplar buenos robles y encinas.

La etapa que rodamos ahora nos lleva a la ermita de San Vicente, donde se celebran las fiestas de este patrón esguevano. Es un templo de buenas proporciones, y destaca su atrio que puede servir de amplio refugio en caso de lluvia o tormenta.  El valle de San Vicente, por el que ahora subimos, tiene un amplio fondo dedicado al cultivo y unas laderas, especialmente la norte, cubiertas de matas de encina en muchos puntos acarcavadas. El bocacerral es prácticamente vertical, e incluso a un lugar lo denominan despeñabueyes. En medio del valle vemos una balsa, hundida en el terreno, destinada a regadío.

Valle y ermita de San Vicente

Rodando, rodando, llegamos a un paraje delicioso en el que la ladera se suaviza y deja ver su tripa blanca –Torralbo se llama precisamente- de yeso; tiene la forma de un amplio circo. Contra el blanco, encinas  verdes y robles ocres, en el fondo de valle abundan las junqueras, señal inequívoca de la abundancia de agua en el subsuelo. Ascendemos por la ladera para contemplarlo todo mejor. Comprobamos que el Cerrato –como tantos otros paisajes de la provincia- nunca defrauda al que lo recorre, a pesar de que el sol sacaba demasiado bien los tonos amarillos, marrones, ocres y blanquecinos propios de una prolongada sequía. O precisamente por eso: era lo que tocaba en estos momentos.

En Torralbo

Ahora subimos como por un espigón para enlazar con la cañada real Burgalesa, cinta infinita –sobre todo en esta comarca- salpicada de abundante monte de encina y roble. Es como una alfombra, relativamente verde, que atraviesa exhaustas tierras de labor, demasiado secas.

Cruzamos la carretera, muy estrecha,  y después de subir una ladera de yeso puro, seguimos por la falda del valle de Arranca. Es una falda de maleza y matorral, muy inclinada, pero tanto para las merinas antaño como para las burras hoy no ofrece mayor dificultad; al revés, siempre es agradable rodar por un estrecho sendero que por momentos desaparece. Al fondo, el valle, todavía con sus tierras de labor y sus robles aislados entre ondulación e inclinación. Todo una maravilla, si no fuera por la pertinaz.

Por la Burgalesa

Y ahora sí, ahora la cañada ocupa prácticamente todo el fondo del valle que ha cambiado de fisonomía para convertirse en un verdadero humedal, salpicado de juncales y otras plantas que se nutren de abundante agua. Ni qué decir tiene que ahora todo está amarillo y seco. El fondo sigue siendo plano, pues el valle tiene la forma típica de artesa. Las laderas están repletas de robles, más grandes cuanto más cerca del humedal. Cerca del cerral, aparecen los pinos y las matas de encina.

Valle de Arranca donde nos quedamos sin camino

Pasamos junto a un grupo de leñadores –que además de dar utilidad a la leña, limpian el monte- y luego nos detenemos en el pozo de la Tablada, que tiene agua ¡y excelente! cerca de la superficie. Menos mal. Un poco más y la cañada se nos va ladera norte arriba, buscando el valle del arroyo Madrazo.

Pero nosotros seguimos por nuestro de Arranca a pesar de que el camino desaparece durante poco menos de un kilómetro. Y precisamente a continuación, en el último kilómetro, descubrimos dos colmenares arruinados  y otros dos corrales igualmente derruidos que nos hablan de cómo antaño estos campos y montes estuvieron un poco más concurridos.

¿Tierra o piedras? Colmenar al fondo

Y, después de unos 12 km, se nos ha acabado el valle que traíamos desde Esguevillas. Sin casi darnos cuenta, hemos llegado al páramo. Continuaremos en la próxima entrada. Aquí podéis ir al recorrido en wikiloc.

Excursión familiar a Villavaquerín

7 octubre, 2017

Esta vez se trataba de hacer un recorrido en familia por más de treinta rodadores. Había de todo un poco: gente joven, gente mayor, gente mediana, niños…    Sobre buenas bicis y sobre auténticos trastos de dos ruedas gobernables con dificultad. Los que estaban en forma llegaron a Villavaquerín y volvieron a Valladolid. Los que habitualmente no rodaban demasiado se quedaron allí y les trajo el coche escoba o alguna familia de las que habían ido en vehículo de cuatro ruedas a comer y pasar la tarde en la casa de los padres de Juan, que es donde nos dimos cita.

Salimos de la Escuela Deportiva Niara –punto de encuentro- para atravesar el Pinar (-¡ay ay ay suspiraba Teresita intentando dominar su bici que quería quedarse clavada en los bancos de arena; lo mismo volvió a suspirar cuando casi se cae a la acequia y cuando, ya al final, no podía mucho más con una cuesta arriba suave pero prolongada…) y llegar a Laguna. Aquí se despistaron Juan Carlos, Álvaro y  Juan y, por su cuenta llegaron a Herrera y Tudela; los encontramos al final en Villavaquerín. (Sabían que allí había comida).

Por el Canal de Duero todo fue tranquilidad. Bueno, algún ciclista que venía en dirección contraria a toda pastilla casi se pega un buen remojón. El camino de sirga se encontraba con un firme perfecto y los chopos y fresnos empezaban a amarillear. En el cruce con la antigua carretera de Segovia, a la altura del viejo Tubo Barrasa, recogimos a Pino, Javier, Luis y  Javito.

Y así fue transcurriendo todo, sin mayores incidentes salvo algún pinchazo como el de Jotas. En algunos el cansancio empezaba a haer mella y el pelotón se estiraba y estiraba hasta alargarse dos o tres kilómetros. En cabeza siempre estaban Íñigo, Luis, Alejandro, Álvaro, Alfonso, Santiago, y Chucho controlando para que no se escaparan; solían cerrar la comitiva  Alberto, Fernando, David, Joaquín…

Pasamos bajo dos autovías –Segovia y Tudela-, cruzamos junto a las lagunas de Fuentes, y dejamos al sur Tudela de Duero. Pero había que dejar el Canal, y así lo hicimos al llegar a las Mamblas, que rodeamos para acercarnos al arroyo Jaramiel. El camino se empezaba a hacerse largo. No obstante, ahí se mantenían, en medio del pelotón como campeonas dispuestas a dar el salto a la cabeza  las dos Isabeles, Ana, Mencía, Teresa y María.

En Villabáñez –donde se elabora una de las mejores cervezas del mundo mundial- paramos a repostar en la fuente. Rafa prefirió subirse al arca para contemplar el panorama. Algunos llegaron a bañarse en el pilón. ¡Qué fresquita y rica estaba el agua! Otros –los de cabeza- se echaron una siesta como de media hora en el prado del Humilladero, hasta que llegó el grueso del pelotón.

Quedaba lo más duro. Una recta larga, larga, con algunos repechos que, por el valle del Jaramiel, nos condujo hasta Villavaquerín. Algunos creían que nunca se iba a acabar, pero llegó un momento en que la torre de la iglesia –que se veía ya desde Villabáñez- estuvo al alcance de la mano. Claro que quedaba todavía un último repecho pues el lugar al que íbamos, repleto de ciruelos y nogales, estaba a un kilómetro del pueblo, en la carretera que va hacia Olivares.

¡Qué gusto cuando llegamos! Aparcar la bici y ponerse a beber/comer fue todo uno. Los más jóvenes, a beber agua y refrescos. Otros tomamos un clarete fresquito que nos devolvió las fuerzas perdidas y, como por ensalmo, se borraron los 40 km recorridos. Otros a tocar la guitarra, e incluso algunos –era el no parar- a jugar en los columpios y toboganes. [La gente joven se recupera en un pispás y la gente mayor, con un clarete, también]

***

Llegó el momento de volver. Algunos  lo hicieron en coche, pero otros, la mayoría –unos 25- nos volvimos en bici por una ruta distinta. Ahí estaba Rafa que llegó a Valladolid como un campeón. E Íñigo, siempre en cabeza. Juan Carlos pinchó una, dos, tres veces y cuando se nos acabaron los parches y las cámaras se subió al coche escoba. Como Alejandro.

Todo el mundo coincidió en que la vuelta fue más bonita y entretenida, pues descendimos –unos 3 km- desde el páramo hasta Peñalba, y luego pasamos por los cortados con aspecto de tarta, que la mayoría desconocía. Las caídas en la senda de los Aragoneses fueron continuas pero sin mayor trascendencia para huesos y tendones. Más tarde rozamos la calzada romana de Simancas a Clunia y pasamos también junto a lo que fue Nuestra Señora del Duero, una de las primeras repoblaciones de la zona.

En fin, que entre unas cosas y otras se nos hizo de noche. Pero antes de acabar queremos dejar constancia de que Teresa madre, Elena, Pino y Catalina completaron la ruta como auténticas campeonas. Total, algo más de 80 km.

¡Hasta la próxima!

…y sorprendente

9 julio, 2017

(Viene de la entrada anterior;acabamos de salir del valle del arroyo de Cerrato)

El páramo

Aquí no hay ningún cerrato. Ahora estamos en un inmenso y compacto páramo  que se extiende hacia el este. Rodar por él significa perder la noción del espacio, todo llanura inmensa, sin referencias claras que ayuden al viajero, salvo el sol –si lo hay- y la sierra de la Demanda si el día la deja verse. Pero por hoy no iremos más allá, sino en dirección contraria, donde las hendiduras esculpidas por manantiales y arroyos acabarán por dibujar el típico paisaje cerrateño lleno de eso, de cerratos, paramillos, muelas, colinas, hondonadas y múltiples valles y vallejos.

Entre tierras de cereal delimitadas por hileras de sabinas o robles vamos rodando hacia el norte hasta que, poco antes de llegar a Magialengua, torcemos hacia el oeste, rumbo que mantendremos durante más de 12 km. De vez en cuando, cruzamos algún monte, si bien predominan los campos rasos de cultivo. Al sur, por encima de los montes, sobresale el Torreón de la Greda, única referencia segura.

Alcanzamos los corrales de Jirón y los Nuevos, donde conectamos con otro ramal o cordel de la cañada burgalesa que discurre por toda esta comarca como si fuera una verdadera red capilar de veredas y cordeles hasta que, en el término de Hérmedes, forma una auténtica cañada de 90 varas.

Buen chozo

Pero nos desviamos al sur en el Raso, dejando al norte la fuente de Serranos, en el Otro Valle. Esta ruta nos deparó dos buenas sorpresas. La primera que después de rodar unos pocos metros por un sendero que no se distinguía del monte que atravesaba, nos encontramos con un camino ancho, de perfecto firme que había surgido como por ensalmo. Claro que le seguimos a partir de ese momento, y nos llevó hasta la carretera de Antigüedad a Cevico Navero (donde comenzaba con un prohibido el paso). Y la otra sorpresa fue que, al cruzar un monte por ese camino, nos encontramos con unos corrales que tenían uno de los chozos más grandes que nunca hemos visto. Casi podías entrar de pie dentro había una mesa, pero cabían muchas más. Además, pegado a él hubo –hoy derrumbado por completo- otra construcción auxiliar, ¿tal vez para corderos y sus madres? Cosas veredes…

La carretera, con el viento a favor y cuesta abajo nos dejó en Cevico Navero, donde repusimos fuerzas y vimos los lavaderos tradicionales, que bien podían estar en funcionamiento.

Mata Redonda

Otro hermoso Cerrato, además de duro y corto

Así fue el paisaje de Cevico a Hérmedes. Duro por las varias subidas y bajadas por senderos, cañadas y a campo traviesa, y corto, porque si no, hubiéramos reventado con el kilometraje que ya llevábamos en las piernas. De hecho, alguno al día siguiente se sentía como si lo hubieran manteado en alguna venta extraña. No son de extrañar esos sueños…

Para empezar, y a modo de aperitivo, nos subimos la cuesta de las bodegas, desde donde se contempla una estupenda vista de la localidad, pero no sólo, pues nos acercarnos a la Mata Redonda y a la Atalaya, dos inmensas y viejísimas encinas especialmente queridas por los habitantes de Cevico pues, de alguna forma, representan la historia de la localidad y hasta el alma colectiva de sus habitantes. Son algo así como su bandera.

En la Atalaya

Después, un sendero muy estrecho, con curvas continuas y cerradas entre carrascas, con suelo salpicado de piedras calizas salientes y con frecuencia molestas, nos condujo hasta una infernal cuesta abajo que terminó en un verdadero paraíso: la pradera y fuente del Carmen. Pero nuestro contento duró poco, pues no había ningún tipo de camino ni sendero para continuar.

¿Qué hacer? ¿Volver atrás? ¡Ni de broma!  Nos dejamos caer hasta lo hondo del valle de Valdemimbre y de allí, por una vaguada y tirando de las burras – que con seguridad ¡habían engordado!-, subimos de nuevo al páramo para tomar una cañada -que ya no existía. De nuevo a campo traviesa, bordeando terrenos cultivados, hasta que dimos con la cañada. Desde luego, ya nadie transitaba por ella, pues la hierba estaba alta y no había senderos.

Fuente del Carmen

Pero como la perseverancia siempre resulta recompensada, llegamos a un tramo que estaba más abierto y que, tras varias subidas y bajadas, nos condujo a Hérmedes. Pero antes, en el comienzo  del valle de San Sebastían, nos acercamos a la fuente del mismo nombre, que mantiene una feraz huerta. Sus alrededores estaban llenos de los más variados trozos de cerámica, testigos del poblado que aquí se levantó en otro tiempo, cuando el Cerrato estuba lleno de pueblos, caseríos, casas y chozos. Hoy hemos visto los restos de lo que fue.

Total, unos 57 km. Aunque a alguno le quedaron fuerzas para acercarse, desde Hérmedes, a conocer la Mata Fombellida y superar los 60.

Bajada hacia la fuente del Carmen

 

 

Un Cerrato profundo y olvidado

7 julio, 2017

La excursión de hoy discurre por el Cerrato profundo, apartado de localidades y sólo salpicado de viejos caseríos hoy abandonados en su inmensa mayoría. Por eso, hasta será difícil encontrarnos con algún agricultor o pastor, a pesar de que fue el reino de las cañadas y los corrales, hoy abandonados prácticamente todos. Buena parte de sus en otro tiempo extensos montes se roturaron para dedicarlos al cultivo de cereal. En definitiva, hoy vamos a rodar totalmente olvidados del mundanal ruido, cosa que luego agradecimos.

Corral de los Aguarizos, en la cañada Burgalesa

Elegimos como punto de partida Hérmedes, uno de los pueblos más antiguos del Cerrato, repoblado allá por el siglo X por cristianos procedentes de Córdoba o de otra zona árabe y musulmana. Prueba de ello es el arco mozárabe que podemos admirar en la ermita de Nuestra Señora de las Eras. Antes de iniciar el trayecto desde la plaza del Árbol, una señora se quejaba de que el pueblo estaba en ruinas. Y no le faltaba razón.

La Cañada Burgalesa

Tomamos la cañada real Burgalesa –o uno de sus ramales- hacia el este. Al llegar a los Aguarizos nos paramos a contemplar un corral tradicional en buena piedra, rematado con tela metálica, seguramente para no facilitar demasiado las cosas al lobo. Parecía que había estado en uso hasta hace muy poco. La Cañada es ahora una escombrera de piedra procedente de las tierras colindantes…

Sabina en la cañada de la Dehesa

En los Tres Hitos –Hérmedes, Castrillo y Cevico Navero- enfocamos hacia el norte por el viejo camino de Encinas a Antigüedad, ya muy desdibujado si no fuera por las hileras de piedras que se acumulan en sus márgenes. Entre viejos corrales y no menos viejas sabinas nos fuimos acercando al valle del arroyo del Cerrato, al que caímos por las casas deshabitadas de la Dehesa de San Pedro de la Yedra. Todo viejo, despoblado, olvidado, perdido… es una pena que ya nadie quiera vivir por aquí, lejos de pueblos y ciudades. Un punto de nostalgia romántica lo cubre todo, como las hiedras cubren los muros de tantos caseríos abandonados.

Junto a otra sabina

El valle del arroyo de Cerrato

Pero estamos en el fondo del valle. Las laderas se ven cubiertas de un tupido bosque de encina, roble y sabina, y todo tipo de arbustos; en algunos puntos dejan ver paredes verticales, en otros, pequeñas praderas aprovechan los escasos claros. El paisaje ha cambiado de  manera radical y nos hemos introducido en otro mundo, más apartado aun si cabe de la civilización. A pesar de estar en el siglo XXI no hay ninguna referencia que nos lo indique. Al empezar a rodar valle arriba vemos en la cuesta norte enormes sabinas que destacan en los límites del bosque.

Piedrecitas que caen junto al camino

Otro poco más y damos con un caserío en perfecta ruina. No queda viva ni la fuente, pues el manantial la rodea si pasar a través de sus caños y abrevaderos. En las habitaciones duermen los murciélagos y crían las golondrinas. Llama la atención el barro tan blanco de los adobes y el buen hacer de los maestros que realizaron los aleros de los tejados. Pero todo caerá, como vemos que han caído sobre nuestro camino enormes piedras –de muchas toneladas- desprendidas del cerral.

Vamos espantando abundantes corzos que, suponemos, bajan a beber a los pequeños manantiales del valle, pues el arroyo está seco. Incluso nos parece ver un ciervo. El paisaje cambia un poco y aparece una pradera en la que crecen algunos chopos; es un manadero del que borbota algo de agua. Al norte dejamos el valle donde hace años, en otra excursión, nos encontramos con la escondida Fuen-Luciana.

Pradera en el valle

En fin, algún kilómetro más y de las laderas va desapareciendo el tupido bosque. Ahora domina la hierba alta acompañada de enebros y alguna piedra descarnada. En esto alcanzamos la Casa de los Caserones, de buena factura a juzgar por los zócalos de piedra que quedan y sus corrales. También tuvo pozo –ahora está cerrado y protegido- y un abrevadero que hoy vemos comido por el tiempo y la maleza. Encima, un derrumbadero artificial de piedras. Si hasta aquí veníamos rodando entre dos provincias, ahora estamos en el término de Torresandino, provincia de Burgos. Aunque no sabría decir por qué términos hemos pasado exactamente, pues aquí el territorio está dividido políticamente en caseríos –Dehesa de San Pedro, los Alfoces, el Verdugal, Montemayor- que, a su vez, pertenecen a términos municipales con los que no limitan.

Junto a los Caserones

Ahora subimos por el mismo cauce del arroyo, con tierras de labor a cada lado. Finalmente, el cauce se va diluyendo hasta que desaparece, y el valle con él un poco más allá. Un campo ondulado con sabinas aisladas acaba dominando el paisaje.

Donde el valle desaparece -o nace

(Continuamos en la entrada siguiente)

Valdecampaña, entre el Duero y el Jaramiel

11 noviembre, 2016

Un lugar que nunca defrauda en los días otoñales previos a noviembre es Peñalba, con sus cortados, su ribera y su arbolado. Y así ha sido este año también. Como en otras ocasiones, hemos partido de Villabáñez y, tras el collado de Peñalba, se abrió ante nosotros el amplio valle del Duero –con las Mamblas al oeste- y el sendero siguió en bajada hasta los cortados. La ribera parecía arder con las hojas amarillo rojizas, y los cortados recordaban la sección de inmensas tartas de crema. El cielo acompañaba con un azul intenso. Abajo, las aguas del Duero descendían lentas, retenidas por la pesquera de las Aceñas.

Cortados de Peñalba

Cortados de Peñalba

El Pañalba iniciamos la subida al páramo. Una subida de las más suaves de la comarca, con un desnivel que se supera gracias a un camino de unos 6 km, casi sin enterarte. Nos paramos en las ruinas de la casa de San Isidro a reparar –gajes del oficio- un pinchazo. Después, a campo traviesa recorrimos los últimos metros para asomarnos sobre Sardoncillo y todo el valle desde el dominador pico Melero. De nuevo, la hilera amarillenta del río, los rojizos majuelos de la Abadía de Retuerta, el Canal, laderas de monte bajo, pinares, robledales… Todo un espectáculo con las tonalidades propias del otoño. Nunca el paisaje es el mismo aunque creas que lo conoces de cabo a rabo. Y por fin terminó ese dominante amarillo del verano, que ha durado hasta bien entrado octubre y que aparecía, velis nolis, en todas las fotos. Ahora todo vuelve al color que le corresponde…

Valle del Duero

Valle del Duero

Después de llanear por el páramo a la vista del vértice de Los Altillos se nos presenta a lo lejos un muro; cuando nos acercamos vemos que está realizado en mampostería con piedras de diferentes formas entre las que predominan las aplanadas o lajas, y se encuentra peligrosamente inclinado hacia el exterior. No parece que vaya a aguantar mucho tiempo más. Perteneció a una casa de labranza –vemos las ruinas- que, desde el término de Villavaquerín, se asoma al Duero por Valdesardón.

El muro

El muro

El camino nos lleva a Valdelosfrailes por la Trinchera. Descubrimos unas viejas corralizas con su chozo y llegamos a la cañada que sube desde el Duero hacia el páramo atravesando unos paisajes de inusitada dureza para nuestras piernas –incluso termina subiendo por una pared casi vertical- pero, a la vez, de belleza inesperada para nosotros. Efectivamente, montes de roble y encina se alternan con esplendorosos majuelos, espectaculares vistas al valle, hileras de robles y almendros que limitan campos de labor, terrenos ondulados, picos y cantiles blancos por el yeso… En fin, nosotros después de andar un buen trayecto con la bici de la mano también acabamos, bien cansados, en el páramo.

Majuelo

Majuelo

Estamos en el paraje donde debemos dar la vuelta. Después de pasar junto a las ruinas de unas cuadras, contemplamos el ahora enrasado páramo de Valdecampaña, en Olivares. Aquí se han encontrado instrumentos de piedra elaborados por nuestros antepasados –mejor, por los antepasados del hombre de Neandertal- hace la friolera de 300.000 años aproximadamente. Por lo demás, es un páramo precioso, salpicado por hileras de robles que acompañan caminos y cañadas. De hecho, volvimos por una de éstas que nos condujo luego por un mohedal hasta asomarnos, esta vez, al valle del Jaramiel, con Castrillo Tejeriego al fondo y la Sinova a nuestros pies.

Después nos hicimos demasiados kilómetros a campo traviesa. Aun así, el día estaba delicioso y compensó. Nos asomamos desde otro pico Melero al valle del Jaramiel hasta que, al fin, tomamos el camino del barco de Valdeguinte que, tras casi 4 km de bajada, nos dejó en Villavaquerín de Cerrato. Repostamos en la fuente, justo en la plaza donde se alza un simpático edificio que es el Ayuntamiento. También visitamos el antiguo lavadero, junto a la chopera del arroyo.

La Sinova

La Sinova

El final de la excursión fue un agradable paseo siguiendo el camino –de excelente firme- de la orilla derecha del Jaramiel. Los chopos estaban amarillos y un rebaño de ovejas era cuidado sólo por un mastín. En Villabáñez visitamos la fuente Vieja. Luego, comentamos las incidencias de la excursión tomando una cerveza trigueña de Alberto. Resumen: excelente día, agradable trayecto y sabrosa cerveza. Creo que no le quedan muchas jornadas como ésta a nuestro otoño.

Aquí tienes el trayecto.

Efectos de la otoñada

Efectos de la otoñada