Y en Sayago encontramos el paraíso perdido, o casi

Queríamos recorrer un monte o dehesa de Sayago, así que pedimos ayuda por tuiter a naturales de la comarca y nos aconsejaron algunas rutas. Elegimos la dehesa de Albañeza y no nos equivocamos, ni los consejeros sayagueses ni nosotros.

Empezamos a rodar por el Sendero del Duero desde el pequeño y encantador pueblo de Arcillo en dirección este, hacia Pereruela. Ligera lluvia, barro en abundancia con breves pero fuertes subidas y bajadas… mal empieza esto, pensamos. Al poco, un verde deslumbrante salteado de amarillo vivo, un precioso puente de lajas sobre el arroyo de Bárate, la típica fuente de granito de la zona… esto empieza muy bien, pensamos igualmente. Menos mal que nos quedamos con lo bueno, pues el firme cambió a mucho mejor (arena sin apenas barro) lo que facilitó la rodadura aun por empinadas cuestas y la lluvia sólo nos acompañó durante los primeros cuatro kilómetros aproximadamente.

 

Intentamos llegar al Duero en este primer momento. Imposible todo estaba vallado a un kilómetro de distancia, de manera que no tuvimos otra opción que seguir el camino contiguo a la valla hasta la misma puerta de la dehesa cerrada. Desde ahí acabamos conectando de nuevo con el Sendero del Duero, ya al oeste de Arcillo.

El punto siguiente fue el denominado puente de la Albañeza que, en la rivera de Fadoncino, nos transporta a un paisaje medieval. Lo único humano es el puente, pero no es de hoy, pues lleva muchos siglos formando parte del paisaje. Sus tres arcos ojivales, su estructura ligeramente alomada, sus pretiles, el tosco suelo de la calzada…  eso por un lado, que por el otro veríamos fresnos, robles que con la hoja todavía niña, escobas amarillas, cantueso, un tapiz blanco de ranúnculos sobre el agua de la rivera…

Como el mapa indicaba poco antes de la desembocadura de estas aguas en las del Duero Cadozo de los Humos, decidimos acercarnos. Y fue una aventura dentro de la aventura. Los mapas de hace cuarenta o cincuenta años, señalan multitud de caminos en esta dehesa. Los actuales, sólo reseñan tímidos senderos. La realidad que pudimos apreciar fue otra: sólo quedan las trochas que abre el ganado o los animales salvajes, como jabalíes. Consecuencia: que para llegar a la Cerca, donde presumimos la existencia de un mirador sobre los Humos y el Duero, lo tuvimos que hacer a campo traviesa y siguiendo trochas. Eso supuso que las burras se quedaban atascadas en las zonas de más agua o más abruptas, o que teníamos que tirar de ellas en pedreros y escobares cerrados, y el esfuerzo fue doble o triple.

Pero llegamos. Con los pies empapados por el agua de las praderas y calados por las escobas que trasmitían a la ropa su abundante agua, llegamos y… ¡qué prados, qué robles, que encinas con la flor de cien tonalidades entre el amarillo y el rojo, qué peonias…! Para colmo, descubrimos unos corrales con originales chiviteras. Y el paisaje sobre los arribanzos. La rivera no era espectacular en cuanto a la caída de agua, pues el caudal no era abundante, pero el paisaje era –es- sin duda, único.

 

Luego pasamos por la fuente y charca del Bacallón, y volvimos a asomarnos sobre el río un kilómetro más al oeste. Pues eso, todo fue un disfrute… ¿por qué no buscar en Sayago el paraíso perdido? A lo mejor lo encontramos.

Volvimos a rodar sobre la hierba hasta dar con el camino de la Aceña, que nos condujo al Sendero. La dehesa seguía mostrándose en todo su esplendor –fuentes, bolos, cruceros, cortinas- hasta que encontramos, señalizados, los restos de la calzada romana que conducía de Albocela a Miranda. Allí descubrimos, ya muy cerca de Abelón, algunos puentes típicos, y comprobamos que nuestras bicis y los puentes estaban encantados de conocerse.

En Abelón iniciamos la vuelta. El paisaje cambió notablemente, pero continuaba siendo encantador. Pudimos contemplar el edificio de un antiguo molino con una peculiar balsa formada junto al arroyo de la Llaga y lustrosas ovejas pastando en las proximidades de Fresnadillo. De aquí volamos –viento a favor- hasta Gáname, y luego a Fadón. De nuevo fuentes, charcas, riveras, fresnos, encinas más o menos aisladas, matas de roble. Predominaban los prados sin arbolado con algunos sembrados.

En Fadón, después de visitar sus curiosas fuentes, tomamos un camino muy difícil por enyerbado, que cruzaba una dehesa relativamente pequeña, la de Visavía que nos condujo a la rivera de Fresno, cruzada por otro típico puente de buen tamaño, cuya calzada se había recubierto de cemento para facilitar el paso de carruajes.

Pasado Sogo bajamos a contemplar el puente romano. De éste sí puede decirse que es de aquella época: conserva lo esencial de la arquitectura romana y se ha datado en el siglo primero.

Para volver a Arcillo sólo nos quedaba tomar el camino de la Fuente de la Muela por la dehesa de la Serna, contigua a la de Albañeza, que nos dejó en el Sendero a menos de un kilómetro de la meta.

La verdad es que acabamos tan felices como cansados. A pesar de que los caminos eran casi todos excelentes, las subidas y bajadas de los arribanzos, el mucho rodar por los prados y la mojadura continua durante la primera parte de la excursión, nos dejó extenuados. Pero mereció la pena. Pocas cosas hay en esta tierra nuestra tan hermosas como Sayago en primavera.

Aquí dejo la ruta seguida.

Pollos, Castronuño, San Román…

La primavera despierta a buena parte de la naturaleza dormida. Lo vemos si damos un paseo por la ribera del Duero, en esa zona que se ha dado en llamar Riberas de Castronuño.

El río viene de Tordesillas, donde le nacen prados, arenales y canchales que se suceden al menos mientras permanece por tierras vallisoletanas. En las orillas abundan las praderas, la hierba todavía es rala, pero posee un verde claro, sin matices amarillos. Seguirá creciendo y ganando en cuerpo y a primeros de mayo se esmaltará con flores variadas. De momento le han salido pequeñas flores amarillas y diminutas verónicas azules.

Vieja caseta en la huerta de Pollos

En las islas –esos prados que antiguamente fueron islas y ahora sólo en las grandes crecidas- destacan solitarios chopos, álamos y fresnos. Los primeros son los que más avanzada tienen la hoja; los álamos están en flor. Parecen seres tímidos que piden permiso para revivir. Los tamarizos y otros arbustos aún no han tomado cuerpo.

El río está como nunca, limpísimo, nunca lo había visto con el agua tan clara. Sin duda las buenas y continuas avenidas que se han sucedido desde diciembre de 2019 lo han limpiado a fondo. Los peces empiezan a dar señales de vida.

Prado en la ribera

En las laderas de Pollos los críalos se ríen de las urracas. Éstas les persiguen ¿en defensa de sus nidos? mientras aquellos las esquivan sin problema. En las tierras de labor, una auténtica nube de milanos negros observa con atención los trabajos de un tractor y, de vez en cuando, un individuo se lanza a por algo ¿un topillo? que luego los demás le pretenden arrebatar. Las cigüeñas, más tranquilas, observan desde el ras, posadas.

Rebaño churro

Pollos es, tal vez, el pueblo de la provincia que cuenta con más rebaños de ovejas, y nos encontramos con algunos. También posee ganado vacuno y una quesería. Por lo demás, parece que su término ha sido bombardeado en una guerra, pero no, es sólo que están sustituyendo los canales y acequias por tuberías subterráneas. A ver si acaban pronto.

Aspecto de la Dehesa de Cubillas

Más allá del Trabancos está Castronuño, tierra leonesa y de dehesas. Tenemos la de Cubillas, la de Cartago y la de Carmona. La primera es muy extensa y con ejemplares antiquísimos de encina. Tal vez algunas de ellas llegaron a ver por aquí a los reyes y señores de León. Hoy son montes tranquilos que esperan, a pesar de su edad, a la primavera con la misma ilusión que hace siglos. En sus arenas se clavan nuestras ruedas.

Viejo almendro

Al sureste del término municipal cruza la cañada real de Salamanca, que conserva sus casi noventa varas y muchos más toboganes; la tierra que nadie quería servía de raya y vía pecuaria.  Y abajo, lamiendo los pies de la localidad, pasa el Duero, entre campos de cereal y de colza que ya está crecida y amarilla. Además, por estos campos cruzan dos ferrocarriles, uno de ellos el AVE.

lomo

Castronuño posee también arroyos secos que se convierten en verdaderas torrenteras cuando llueve. Se llaman del Puente, de Mucientes, del Caño –porque lo tiene, y bien guapo-, de la Pitanza… Su dirección es contraria al Duero, en el que desembocan. En ellos se refugian los álamos y la maleza. Si ruedas por ellos, prepárate para la arena y para saltar por encima –o pasar por debajo- los muchos troncos que los atraviesan.

Por Castronuño

El Duero pasa también por San Román, donde recibe las escasas aguas del Hornija y cuyo término le da el adiós en nombre de toda la Provincia. Aquí el Duero quiere saltar a las tierras de cultivo de la orilla derecha, y le han puesto trabas, curiosos muros de piedra –hoy de cemento- que, por el momento, le sujetan. Pero lo normal es que se haga el remolón alamedas y, como queriendo sin querer, entra en Toro. En San Román paseamos por caminos en ladera, por pinares de arena, por campos de regadío. Y por viñedos, muchos  y buenos viñedos.

Aquí tenéis un posible recorrido de Durius Aquae.

 

Tempus edax rerum

O, lo que es lo mismo, el tiempo devora todas las cosas, según nos dejó escrito el poeta romano Ovidio. Es la idea que teníamos en la cabeza al pedalear por la línea del Duero y del Valladolid-Ariza en la raya de Burgos y Soria. Las cosas humanas las devora casi instantáneamente (al  brillar un relámpago nacemos/ y aún dura su fulgor cuando morimos, que dijo Bécquer)  y  en las naturales tarda un poco más, pero todas acaban cayendo. Es triste pero, mientras duró, fue hermoso.

I Valladolid-Ariza

En Vadocondes la línea de Ariza salta el Duero. Es curioso, pero el puente en nada se diferencia de nuestro conocido puente de Hierro entre Tudela y Herrera. Después seguimos entre la línea férrea y el Duero hacia el este. ¡Qué pena comprobar que muchos raíles se los han llevado, que las traviesas están muertas, que los palones están tirados o levantados pero desnudos y maltrechos! ¡¿Y por aquí pasamos algunos con destino a Almazán, Zaragoza o Barcelona?! Hoy la maleza se mete por el espacio que ocupara el tren y las encinas y robles crecen en medio de la vía. Menos mal que un estrecho sendero se abre paso en el mismo firme del ferrocarril. Desde él vemos la ladera del monte al norte y los embalses del Duero al sur. Porque esa es otra, al Duero le han quitado su murmullo y lo han convertido en una serie de embalses y ya ni se mueve ni habla ¿estará, si no muerto, enfermo?

En Zuzones la vía pasa como por una rendija entre el pueblo, arriba, y el Duero, abajo. Aquí sigue vivo, con preciosas alamedas, prados y fuentes. Y con una corriente vida.

Y llegamos a Langa, donde han hecho revivir, entre gigantes de piedra, la torre fortaleza. Y parece que el puente lo están arreglando, para que el Duero fluya contento.

Pero los restos de la vía terminarán perdidos por completo. Según Lucano, etiam ruinae periere,  hasta las ruinas acabarán por desaparecer. Así es el tiempo de glotón.

II El molino de Abajo, del arroyo Valdanzo

Aquí el tiempo quedó detenido en un instante determinado. ¿Qué pasó? ¿Por qué no volvió el molinero?

Entre zarzas y fango, el molino se ha defendido dignamente. Y, de hecho, nos jugamos la vida –bueno, nos arriesgamos a una buena mojadura- para cruzar el arroyo y contemplar, más de cerca, el molino. La puerta estaba abierta. Colgando, botas de vino, colleras, una manta de lana, utensilios varios; en la ventana una maceta y un botijo ¡y adornos de Navidad; y en el molino propiamente dicho, cedazos, piedras, la cabria; poleas, cernedores y correas en el piso de arriba…  Sobre una puerta clavada, lo que parecían instrucciones sobre la piedra de molino, que en realidad eran imprecaciones en latín: Vade Retro Sathana / Nunquam Suadeas Mihi Vana/ Sunt Mala Quae Libas…

Aquí está todo tal como lo dejó el molinero no se sabe cuándo. A Dios gracias los vándalos no han llegado a este punto. Ventajas que tiene Soria. No obstante, el tiempo puede dar su terrible zarpazo en cualquier momento.

III Virgen del Monte

Perdida en el robledal, escondida en una enorme hendidura de la roca que es el final de un valle, descubrimos la ermita de la Virgen del Monte. Una joya que se mantiene hoy (casi) como ayer. Una ermita rupestre con una oquedad para refugio de pastores. Un lugar que (todavía) existe. Parece como si aquí el tiempo no tuviera hambre. La talla original no está (lógicamente) pero se puede entrar: un altar y una litografía de la Virgen invitan a rezar en un lugar adecuado para ello, pues está olvidado del mundo, protegido de las prisas, olvidado de la modernidad. Desde luego, hay que proponérselo seriamente para llegar a él (Nosotros, además, lo hicimos por el camino del Cid). Y nos jugamos la vida para volver, por un estrecho y empinado sendero que baja en directo hacia el valle del Duero.

Tampoco faltó aquí el latín y, en este caso, pudimos leer una cita bíblica a los pies de la Virgen: Inimicitias ponam inter te et mulierem ipsa conteret caput tuum.

Esta ermita se pierde en la noche de los tiempos, aunque parece que se documenta hacia el siglo XIII. Después, la cuidaron y protegieron los monjes de la Vid. Hoy la mantiene su cofradía de la Inmaculada Concepción del Monte.

Esperemos que el tiempo siga tardando en devorarla. Como tarda en devorar al latín, pues parece que hodie lingua latina non mortua est.

Aquí dejo el recorrido, según Durius Aquae. (¡Anda, en latín)

El misterio de los ríos Bajoz y Hornija

 

Desembocadura del Hornija

En la entrada anterior comento que nos acercamos a ver la presa o central de Toro desde la orilla derecha del Duero. Pues bien, para ello tuvimos que cruzar (y descruzar en otro punto) una especie de arroyo o zanja, de cauce profundo, con agua y ligerísima corriente, que dibujaba una línea en forma convexa desde el río, típica de un brazo: desembocaba en el Duero y parecía venir de él. Y tal vez así fuera, pues podría de una antigua orilla del Duero que se inunda en las crecidas. Estas formaciones –entre un brazo y el río- vemos que abundan entre Tordesillas y Zamora y lleva el nombre de Isla, porque sin duda lo fueron. Este brazo venía acompañado por un tupido bosque de ribera.

Aspecto del ‘brazo’

Ahí lo dejamos y seguimos avanzando por el camino que traíamos, paralelo y cercano al Duero, hasta toparnos con la finca de Villaguer, donde tuvimos que girar hacia el norte pues estaba prohibido el paso. Nos desviamos hasta el canal de Toro cruzando y luego  cruzamos por encima de los ríos Bajoz y Hornija, de forma que al llegar a éste, le acompañamos primero hasta su confluencia con el Bajoz –bajo la atenta mirada de las vacas del caserío de la Rinconada– y después hasta su misma desembocadura. Fue difícil asomarse a sus aguas, pues una intrincada valla de tamarindos, sauces, chopos y zarzas, y de carrizo en las mismas aguas, le acompañaba. Tampoco tampoco pudimos contemplar bien la unión con el Bajoz –a un palmo de nuestros morros- por la maraña vegetal.

Pero conforme nos acercábamos al Duero, la vegetación era menos asfixiante y el nivel del agua subía. Bueno, más bien parecía subir, pues eran las aguas del Duero las que entraban en el cauce del Hornija debido a que están elevadas a causa de la central de Toro que, por cierto, se ve desde la desembocadura.

Mapa actual

Por si fuera poco, unos 300 m aguas arriba de la confluencia, un arroyo, acequia o brazo desembocaba, a su vez, en el Duero. Se trata de una zanja parecida al primer cauce descrito, pero con menos arbolado y abundante carrizo y cañaveral y con entrada casi perpendicular al Duero.

Hasta aquí la realidad de las cosas, o sea, del paisaje, pero cuando miramos el mapa nos empezamos a sorprender.

Mapa de 1929

Así, un mapa de 1929 señala al Hornija, una vez recibido el Bajoz, discurriendo por el primer brazo citado. O sea, que en esa época torcía 90 grados al noroeste y ocupaba dicho cauce, lo cual significa no sólo que ha cambiado de desembocadura, entrando entonces suavemente en el Duero, sino que su recorrido se ha acortado dos kilómetros.

Y el otro arroyo o brazo señalado 300 metros aguas arriba bien podría ser una desembocadura anterior del Hornija, directa al Duero, sin recibir al Bajoz, que lo haría por separado en la actual del Hornija o, incluso, en la primitiva.

El Duero desde la desembocadura del Hornija

No he visto más mapas, salvo los citados por Sánchez del Corral en su trabajo Geomorfología del dominio fluvial del Duero en el sector de Toro (2007) Aquí traigo uno: parece que, efectivamente, pudo haber otro momento (mapa de la provincia de Zamora de 1863) en el que Bajoz y Hornija desembocaron por separado en el Duero.

Mapa 1863

Y todo esto se complica un poco más si consultamos la actual web de la Confederación Hidrográfica del Duero al mencionar una de las masas de río en el vigente plan hidrológico (2016-2021):

Arroyo Valle del Monte hasta confluencia con el río Bajoz, río Bajoz hasta confluencia con el  Arroyo Valle del Monte hasta río Hornija, y río Hornija desde confluencia con río Bajoz hasta confluencia con el río Duero.

Esta masa tiene una longitud de 21,27 km, una cuenca de 1002,45 km2 y una aportación media de 48,7 hm2 al año. Está catalogada como muy modificada desde 2013 (Alteraciones morfológica e hidrológica). Y este es su esquema o mapa:

En resumen: que los actuales Bajoz y Hornija parecen poseer tres , seguramente, desembocaduras diferentes en el río Duero, que llevan sus aguas, bien directamente o por filtración. ¡Quién lo diría, de ríos tan humildes que nacen en el corazón del páramo de Torozos!

A la derecha pasa el Hornija

Seguramente los cambios se deban a la fuerza y movimiento del Duero por efecto de sus crecidas. Los romanos sabian que los ríos grandes modificaban a veces las propiedades ribereñas, lo que estaba regulado en su derecho. Sin duda el Duero sigue jugando con sus afluentes.

 

 

 

Entre San Román y Toro: escarpes y riberas

Paseo entre San Román de Hornija y Toro, o entre Valladolid y Zamora. O entre el Duero y una de sus terrazas que está siendo trabajada por el Bajoz y el Hornija. Hermosos bosques de ribera y dulces uvas –Tinta de Toro- que han sido dejadas en sus parras por los vendimiadores. Y ahora, todo cambiando hacia esas tonalidades doradas propias de la estación.

Un río que hierve

Pasamos el Hornija por el puente del ferrocarril y, siguiendo la vía, cruzamos el pinar de La Portilla que se entremezcla con majuelos de parras viejas. Embocamos el valle del Bajoz entre terrazas de 720 m de altitud, testigos del trabajo de este río y del Duero durante los últimos milenios. Cruzamos el Bajoz por un vado seco pero a un lado y otro del vado hay agua estancada y uno de los charcos está borboteando, hasta el punto de que parece hervir. Al acercarme, veo cientos de pequeños alburnos  que se han quedado atrapados y, cuanto más me acerco, más rebullen, hasta saltar incluso fuera del agua.

Majuelo entre pinares

Enfilo la subida al paramillo dejando a la derecha un vallado de frutales, lugar en el que se levantó un molino. Y, más a la derecha, un agradable paraje arbolado donde  debería fluir la fuente del Caño. Un monolito señala que por aquí pasa el Camino de Santiago de Levante a la Vía de la Plata. Pero en la subida también nos topamos con un vertedero alegal que bien podría solucionarse con un poco de buena voluntad; es una pena en tan hermoso lugar.

Entre el Duero y su terraza más próxima también discurre el ferrocarril Medina-Zamora, al que acompañamos por su sendero en un pequeño tramo

Laderas de Miralmonte

Vemos al fondo los últimos cerros del páramo de los Torozos; parecen despertarse en ese momento, pues la niebla todavía les tapa parcialmente.

Llegamos a las laderas de Miralmonte, donde existe un vértice topográfico desde el que podemos ver la amplia llanura del paramillo, toda plantada de vides, y las riberas del Duero. Majuelos rojizos, pinares verdes, álamos plateados, chopos dorados… todo nos recuerda la época del año en la que nos encontramos. Al fondo, Toro presumiendo de Colegiata. Abajo se destaca el tremendo depósito de la azucarera

Desde Miralmonte

Estas ladera, incultas a causa de su fuerte inclinación, unen los majuelos de arriba con los de abajo. A veces, los almendros se recortan justo en el borde. Una trocha preparada por los moteros sube y baja entre los pliegues de la cuesta. Como no estamos para toboganes, procuramos rodar justo por el borde del paramillo.

Un pozo y un manantial

Tomamos el camino que sube de una cantera y que atraviesa el llano de Morales. Se agradece este buen firme después de luchar contra la maleza y la tierra suelta del campo a través que acabamos de dejar. Al llegar al inicio de un vallejo -lo señala la vegetación: un chopo, zarzas, junqueras, además de la hondonada- lo tomamos hacia abajo y empezamos a descender. Junto al sendero nos encontramos el manantial de Valdelavaca, una verdadera sorpresa pues además de no estar ya señalado en los mapas, pensábamos que estaba seco.

En Valdelavaca

Y justo donde Valdelavaca se une al vallejo de Valdeví,  nos espera un pozo protegido en su caseta cricular y con pila o abrevadero, con un almendro pegado. Una verdadera maravilla de la arquitectura popular. Seguimos descendiendo entre restos de negrillos junto al camino y pinarillos en las laderas hasta que conectamos con la carretera -cuesta arriba- que nos conducirá a Toro.

El pozo

Un puente en el Duero, una ermita en su Vega

No se puede pasar por Toro y no acercarse a la Colegiata y al puente romano. Así que contemplé el puente y la vega desde la Colegiata y bajé por el antiguo camino hasta el mismo puente. Abajo, el río corriente, con fuerza, embravecido. Arriba, manso. Y es que bajo el puente, el Duero vuelve a ser el de siempre. Y desde el puente miré la Colegiata, reinando sobre Toro y sobre todo.

A poco más de un kilómetro, la ermita de Santa María de la Vega, -o del Cristo de las Batallas, patrón de Toro- del siglo XIII, sencillísima, en ladrillo. Nave, espadaña, alameda. Lugar hermoso y mágico al mismo tiempo. Perteneció a la Orden de san Juan de Jerusalén. Un poco más, adelante, La divina proporción.

Tamaral

El Duero y sus bosques

Nos acercamos al Duero. Casas de labor, campos de maíz y alfalfa, tierras aradas o descansando, chopos, alguna nogala, guardaviñas, líneas de álamos. Tras de nosotros, parece no perdernos de vista la Colegiata. Nos acercamos a la orilla y sorprendemos a garzas, azulones, cormoranes y –creo- somormujos. El río con su ejarbe, ¡qué bien!

Un poco más adelante, nos desviamos hasta la presa de Toro, que retiene y embalsa las aguas. Entre el camino y la presa, un auténtico tamaral de mochos. Abundan los bosques de galería en este Duero amplio que inunda con frecuencia tierras que, por eso, no pueden destinarse a cultivo. Mejor, así se amplía el refugio para aves y otros animales.

Caseta con nogala

Garcetas grandes y un misterio pendiente

Cerca del canal de Toro sorprendo un grupo –unos individuos en el suelo, otros en el aire- de garzas reales y de garcetas grandes. Nunca había visto estas últimas, blancas, elegantes, gráciles… Pero ahí estaban –al menos 7 u 8- mezcladas con las otras, visibles habitualmente.

Aquí lo dejo para continuar en la entrada siguiente. Pero mantener la tensión anuncio que esa próxima entrada llevará por título El misterio de los ríos Bajoz y Hornija.

Duero

 

Portillo y el Arrabal

 

Agradable recorrido otoñal, con poco sol pero sin mucho frío, desde Herrera por Tudela, La Parrilla, Portillo,  Arrabal y Aldeamayor. O sea por el denominado raso de Portillo. Y última excursión –por el momento- atravesando el pinar de los Arenales

Salimos de Herrera siguiendo el curso del Duero aguas arriba hasta parar en el puente de Hierro de la línea de Ariza. La ribera se está poniendo dorada, pero como no hay sol, el amarillo no brilla en todo su esplendor y se presenta un tanto mustia. Desde aquí, un sendero nos lleva siguiendo la vía hasta un camino que nos conduce entre pinares y cruza la carretera de las Maricas.

La subida a Portillo. A la izquierda, nogala.

Por el barco de Santinos –que hoy es una cascajera abandonada- subimos al pinar de Ontorio que termina en la fuente de Valdalar, seca.

Aunque conocemos bien La Parrilla, siempre que la cruzamos nos sorprenden sus casas de buena piedra del páramo, muchas de ellas bien cuidadas y adornadas con sencillez. Nos fijamos también en las bodegas: las hay de estilo clásico, otras mudéjar e incluso gótico… O eso nos parece. La que sí es gótica y mudéjar es la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, con un precioso arco carpanel bajo otro apuntado como entrada.

Negrales en el pinar

Finalmente, tomamos el camino del Arrabal que, como ya hemos señalado, es uno de los pocos ciclables, pues no tiene arena en demasía y, en mitad del pinar de las Arenas nos pasaremos al camino de Portillo, también practicable. A la salida del pinar nos espera una llanura de tierras arenosas destinadas al cultivo, y de telonero el páramo al que subiremos después.

Paramos a reponer fuerzas junto a una vieja nogala en plena cuesta de subida a Portillo, cercana a la fuente del Pilón que permanece sin agua. Ya desde aquí se puede apreciar hacia al sur la extensión de un paisaje que luego veremos hacia los cuatro puntos cardinales. En primer plano, viñedos y frutales que van cambiando del verde al amarillo. La  torre de la iglesia de La Parrilla se recorta sobre la línea de pinos, a una distancia de 6 km.

El Arrabal. Al fondo, el Llano de san Marugán.

Subimos a Portillo y pasamos entre el castillo y los Aljibes. Siguiendo el cerral llegamos al pico del Calvario. Sólo íbamos buscando el lugar del emplazamiento de la antigua fortaleza que fue destruida –según las crónicas musulmanas- por Abderramán III allá por el 939, pero nos encontramos con una agradable sorpresa: un mirador a todos los vientos, acondicionado no ha muchos años, pues no lo conocíamos. Merece la pena acercarse hasta aquí aunque no sea en bici: un paseo de 400 m desde el extremo oeste de la localidad nos conducirá hasta él y… ¡a disfrutar de un espectacular paisaje! Aunque no tenga una gran altura –ningún mirador de nuestra provincia la tiene- la extensión visible es inmensa, en cualquier dirección que mires.

Los Tejares en primer plano a la derecha

Bajamos por una pista que sale de las inmediaciones del pico y vamos perdiendo altura hasta que descubrimos otra joya: un crucero gótico del siglo XV. Hay que verla en la ladera para admirar su belleza. En la cumbre de la cruz vemos lo que parecía ser los restos de un águila esculpida, pero después comprobamos que se trata de un pelícano que da nombre a la cruz, pues es conocida por ese nombre: Cruz del Pelícano.

Arroyo de Santa María

Y seguimos nuestro descenso, ahora pasando junto a los Tejares: dos había hasta hace poco en esta tierra de arcilla y alfares. Precisamente el barro se extrae en este pago desde tiempos inmemoriales hasta el día de hoy. ¡Y que sea por muchos años, pues aquí la alfarería sigue viva!

Siguiendo el curso del arroyo de Santa María y pasando por el no molino de los Álamos [ver la entrada anterior], nos presentamos en las lagunas de La Pedraja, con abundante agua. Después, por las cañadas y humedales de Aldeamayor llegamos hasta la cuesta Otero, desde donde bajamos al Duero.

Lagunas de La Pedraja. Al fondo, Portillo

Nuestra última etapa fue la pesquera de Herrera, donde las orillas del Duero habían sido desbrozadas, desapareciendo la maleza que impedía el paseo por estas riberas. 57 km y dos subiditas al páramo.

Aquí puedes ver el trazado de la excursión y otro entrada (por Duriusaquae) del mismo recorrido por el mismo precio.

…y Herrera.