Archive for the ‘Duero’ Category

Torcenite, la Corona y una olvidada cañada

8 octubre, 2018

Entre la última lengua de páramo y la primera de las Mamblas entre el Duero y el Jaramiel, se levanta Torcenite, que es como un cabezo de unión entre ambas elevaciones. Su cima es redondeada, casi plana. Hacia el sur, hacia el Duero, cae a pico sobre la llanura. Hacia el norte, suaves ondulaciones que llevan hasta Villabáñez. Por el collado de su falda oeste cruzaba la antigua calzada de Clunia –se nota perfectamente su rastro- y por el collado del este pasa el sendero que nos llevará a Peñalba. Torcenite es, sobre todo, un buen mirador sobre el valle del Duero. Vemos muy de cerca las derroñeras blancas del pico del Águila, que caen desde el páramo: un poco más al fondo se ha colocado una torreta de vigilancia contra los incendios, pues desde aquí se domina un amplísimo panorama. Lo de Torcenite, ¿qué puede significar? Es muy posible que venga de torques (collar rígido y redondo, abierto por la parte de atrás, de origen celta) a causa de lo que evoca el cerro por su forma. Además ¡hasta parece que tiene un collar sostenido horizontalmente por la ladera!

Versiones de Torcenite. El “torques” se ve claramente en las dos (clic para ampliar)

Nos vamos por la vieja senda de los Aragoneses entre las Peñas y el Duero. Las dos grandes cabeñas se están cubriendo con pinos de Alepo, lo que impide o al menos obstaculiza su cambio y erosión. Los rayos oblicuos del sol del atardecer recortan aún más los cortados –valga aquí la redundancia- produciendo un curioso fenómeno. Nunca habíamos cruzado por este sendero con tanta maleza; las escobas y arbustos quieren atrapar el manillar de la bici pero no lo consiguen y, con dificultad, nos acercamos a la chopera del otro lado. Y es que el sino de esta senda es el cambio: antes pasaba unos metros más arriba hasta que, por falta de mantenimiento y caída de tierras, se desplomó. Desde entonces se ha abierto otra junto a la misma orilla del río que se mueve cuando hay derrumbamientos o crecidas, o las dos cosas.

La ribera izquierda desde la Corona

Nos encaramamos a la Corona, que en otra ocasión vimos desde el cerral. Su forma impresiona menos que desde arriba pero no dejar de ser curiosa. Su cima no es tan plana como parecía, pues se ondula y eleva ligeramente hacia el sur y su redondez se está modificando también por el sur, donde las peñas se van desprendiendo poco a poco, debido a la erosión. Salvo por este lado, su trazado parece artificial, pues abundan grandes piedras calizas que tal vez provengan de una tapia o muro. Y, en otros siglos, hubo construcciones, a juzgar por los abundantes restos de cerámica basta. Con mucho cuidado, nos asomamos sobre el cortado para contemplar bajo nuestros pies el río y su ribera, con la chopera que acabamos de atravesar en primer plano. Parece que hemos elegido un mal momento para acercarnos, dada la abundante maleza que todo lo cubre, pero ya no hay otra opción. Curioso lugar, en épocas lejanas muy concurrido, y bueno para vigilar y dominar el paso del río por el antiguo puente. Precisamente las fuentes históricas hablan de una importante fortaleza que defendía el paso del río: ¿se levantaría sobre la Corona?

Los cortados

En cualquier caso, Peñalba y sus cortados nunca defraudan, por mucho que los atravesemos.

Nos dirigimos al pueblo –o despoblado, como prefiramos, si bien en la alta Edad Media llegó a ser villa y cabeza de alfoz- y luego a la Isla, pero sin bajar al río y sus praderas. Y seguimos hasta la raya de Sardón, donde una moderna bodega bulle en actividad preparando la vendimia.

Extraplomo en Peñalba

Y ahora, como se hace tarde, vamos a dar la vuelta hacia Villabáñez tomando, al menos en parte, el antiguo trazado de la cañada de la Hijosa. Primero tomamos un camino sube entre encinas y pequeñas rozas, hasta llegar a una zona plana en la que desaparece, engullido por una tierra de labor. La cruzamos y conectamos con la cañada, que sube en diagonal muy empinada al páramo. No es apta para carruajes; sólo para caminantes y animales. Nuestra burra responde a veces y a veces hay que llevarla. Abajo, Sardón y Quintanilla se muestran iluminadas por el último sol de la tarde. Al fin llegamos a otra tierra de labor ya en el ras del páramo y, a campo traviesa, conectamos con un camino que nos lleva a la carretera, en la que asistimos a la puesta de sol.

Sardón y el Duero desde la cañada de la Hijosa

Aquí, el recorrido.

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En el Culo del Mundo

28 agosto, 2018

Si ayer andábamos por la nariz del teso, hoy nos hemos trasladado al Culo del Mundo. Pero sin saber por qué este original y maravilloso lugar se llama como se llama, pues ni se encuentra en un lugar perdido ni está lejos de localidades habitadas, sino que pertenece al término municipal de Madridanos, cerca de las localidades de Sanzoles y Peleagonzalo y se levanta bien a la vista de la ciudad de Zamora, a unos 15 km.

Bien es cierto que a diez kilómetros al sur, en el término de Venialbo descubrimos el monte de Medio Mundo, por lo que es posible que en estas tierras posea, al menos el término mundo, un significado que desconocemos. Tal vez algún visitante de este blog nos pudiera aclarar la cuestión, nunca se sabe.

Sea como fuere, los montes del término de Toro al sur del Duero concluyen, hacia el oeste, en una cuesta que acaba en el arroyo de Talanda, a partir del cual se extienden tierras de pan llevar y de cultivo en general. Pues bien allí, y más en concreto justo donde se juntan las rayas de Toro, Madridanos y Sanzoles vemos una torrentera que atraviesa precisamente el Culo del Mundo y, de alguna forma, lo vertebra. El cauce seco ha dejado al aire libre piedra caliza, mientras que en el resto de los suelos abunda la arena. Contemplamos terrenos incultos que hasta hace unos años se cultivaban, alguna pradera, carrascas e hileras de almendros. Más abajo, hileras de chopos cerca de la torrentera que habitualmente no lleva agua. Es un lugar agradable y recogido. Pero sin duda, no se le podría calificar de Culo del Mundo. Su belleza, indiscutible, tampoco destaca especialmente sobre el resto del paisaje que le rodea.

Es más, lo que verdaderamente destaca en el paisaje son los cortados que descubrimos al norte, donde la ladera deja de ser ladera para transformarse en una sucesión de impresionantes farallones. Esto nos lleva a contemplar una belleza con la que no contábamos. En el mismo Culo, ya abajo, se adivina lo que va a venir, pues aparecen unas piedras areniscas, de color anaranjado, que se han desprendido de arriba, de algún canto.

Un sendero estrecho con algunos toboganes pero de buen firme nos va a llevar por el límite más bajo de la ladera que se abre a los pies de los cortados y así los vamos descubriendo. Son de arenisca de color rojizo; según les de el sol, emitirán una tonalidad distinta. Algunos edificios de Toro, muchos de Zamora y la iglesia de Peleagonzalo -que acabamos de ver- están hechos con este tipo de piedra, elegante, colorida y muy fácil de trabajar; por esto mismo, también se deshace con facilidad. Luego nos enteramos que, efectivamente, estos cortados fueron unas antiguas canteras nada menos que ¡romanas! se las que se extrajo la piedra para construir Ocelum Duri, una importante ciudad romana que se creía situada donde hoy se levanta Zamora pero que más bien estuvo en Madridanos, o muy cerca.

Conforme avanzamos vemos las diferentes formaciones: paredes, picos, terrazas. En algún momento vemos paredes de las que sobresalen grandes piedras redondeadas, con diferentes contornos, como si quisieran encarnar alguna figura para nosotros desconocida, pero que, por su belleza y armonía, bien pudiera estar en el mejor de los museos. También descubrimos campos y laderas en las que se han detenido enormes pedruscos desprendidos de los cantiles, conformando un paisaje peculiar.

También observamos en la llanura -ya que el sendero va un tanto elevado- el cerro del Viso, donde hubo un castro prehistórico, diferentes pueblos -destacando Madridanos- y Zamora al fondo. En primavera, se extiende como una alfombra húmeda y verde. En verano, un desierto en el que destacan pequeñas choperas y alamedas, hileras de almendros, y algún rebaño visible más por el polvo que levanta que por el número de sus ovejas.

Pero hay otra posibilidad: aprovechar el camino de servicio de los aerogeneradores -con pocos pero muy fuertes desniveles- para contemplar el paisaje desde arriba. No es lo más recomendable, pues nos perderemos el detalle de los cortados y casi todo su relieve.

En fin, estas son las increíbles y desconocidas canteras del Culo del Mundo. Para llegar hasta aquí hemos tomado un camino que sube desde Peleagonzalo y que atraviesa campos cargados de pinares y encinares en cuyos claros crece el cereal. Hasta nos encontramos con una de las fuentes de Toro que aun no conocíamos: la de Cartagena, bien metida en lo más profundo de un vallejo, llena de maleza y con sus pozos -ya secos- un poco más arriba. Aquí, el mapa del trayecto.

Escapada al oeste: entre el Tormes y el Sayago

4 agosto, 2018

Cambio de aires, cambio de paisajes, cambio de sendas para rodar.

Ledesma es una localidad de la provincia de Salamanca bañada por el Tormes. Su paisaje está esculpido por la Naturaleza y por los hombres, por hombres de siglos pasados, sobre todo, por lo que el resultado es un lugar ideal para vivir y pasear. El Tormes esculpió en granito su desfiladero, así como la atalaya sobre la que se asienta la misma Ledesma. Los hombres construyeron una torre encima e la atalaya -la iglesia de Santa María- dos puentes de una belleza aérea inusual y dos molinos que remansan las aguas del viejo río. ¿Resultado? ¡Ledesma!

El puente Mocho, en la rivera de Cañedo (Y es que en este mar de encinas castellano/los siglos resbalaron con sosiego -M. de Unamuno- y por eso mantuvieron estos puentes la existencia)

Pero ahí no nos íbamos a quedar, de manera que nos lanzamos a rodar por el trazado de lo que fue una calzada romana, luego camino y cañada medieval. Al parecer, unió las ciudades de Miróbriga y Ocelo Duri. La calzada atraviesa un agreste monte de encinas, con grandes piedras graníticas a flor de piel y no mucho pasto, pues la arena silícea es pobre en nutrientes y no mantiene la humedad.

De repente, caemos hacia la rivera de Cañedo, que el camino salva mediante un espectacular puente, el puente Mocho. Al igual que la calzada, su existencia es un misterio. No se sabe la quién lo construyó, ni la fecha, ni el por qué de su nombre (¿tal vez estuvo mucho tiempo mocho, sin pretiles?) ni qué servicio daba exactamente… Pero no es normal encontrarse con un puente así, construido por auténticos ingenieros, en un lugar tan perdido y desolado. Perdido hoy, claro. Lo cruzamos en silencio y admiración, asombrados de su misma existencia y, cuesta arriba, seguimos nuestro camino.

En la dehesa

De nuevo entre encinas, abriendo y cerrando portillos, pues el camino sigue abierto pero hay ganado suelto que debe protegerse. El primer ganado con el que nos encontramos, en Valdelasviñas (de viñas, nada), es una alegre piara de cerdos, que primero se espantan al vernos pero luego acuden a ver si cae algo.

A partir de ahora, hasta llegar a nuestro destino en Santiz, vamos a abrir y cerrar un montón de cancelas ganaderas en medio de los caminos y veredas de estos campos. Portillos de todos los tipos y con los sistemas de cierre más variados y originales que uno puede imaginarse. Pero no los vamos a describir aquí, pues no nos dedicaríamos a otra cosa. Otra peculiaridad repetida son las charcas en las que se almacena el agua destinada a abrevar al ganado. Suponemos que muchas de ellas con tencas, pero no lo comprobamos.

Fuente de Valcuevo, en Moraleja

Por fin, salimos a campo abierto en el que pasta ganado, esta vez vacuno, que nos contempla con su natural curiosidad y, al poco, estamos en el caserío de La Samasa, en un pequeño valle. Un poco más de campo adehesado, pastizales y monte y nos presentamos en Moraleja de Sayago. Si algo hemos de destacar aquí son sus fuentes, de las denominadas romanas, construidas en bóveda con grandes bloques de granito. Si nadie las toca, creo que van a aguantar hasta el fin del mundo, por mucho que quede aun.

Y otra vez a rodar entre ganado vacuno y, también, cabrío. Vamos elevados sobre la rivera de Moraleja, lo que nos permite ver en toda su profundidad y anchura el valle del mismo nombre. Grandes encinas aisladas, cada una podada de manera diferente, pero siempre con arte, también nos acompañan en nuestro rodar hasta que nos introducimos en un monte de encina especialmente denso; en algún momento la maleza pretende pararnos pero no lo consigue.

El castillo

Después de cruzar entre un rebaño de vacas y toros bravos -o eso nos pareció- nos damos de frente con el caserío de Asmesnal, otra joya escondida entre los pliegues del Sayago. Una torre del homenaje con un arco en su cima más los restos humillados ante ella de cuatro cubos es lo que queda de este castillo del siglo XV, testigo mudo de las viejas luchas con Portugal. Otro misterio, éste del Sayago. Posee también una iglesia y varias casas, una destaca entre todas por su esbeltez y blancura. Precioso lugar para vivir olvidado del mundanal ruido.

A Santiz llegamos en un santiamén y, como estamos ya un poco cansados aprovechamos para reponer fuerzas en la fuente Tejar, que posee -además de agua fresca-, mesas para almorzar, pradera para sestear y árboles que dan sombra. Y como estamos en agosto…

Alcornoque Gordo

Ya descansados, nos acercamos a saludar al Alcornoque Gordo de la Calahorra. Apoya sus seiscientos años de vida en grandes jincones de granito (colocados allá por los años 60 del siglo pasado) complementados por soportes de hierro más modernos. Y, desde luego, impresiona contemplar de cerca este tronco hueco con tantas primaveras en sus ramas.

Y ya que estamos aquí, ¿por qué no subir al mágico y telúrico Teso Santo? No sabríamos decir la razón de su magia y misterio, pero en tiempos prehistóricos fue un lugar sagrado, luego un importante cruce de caminos y hoy, casi da vergüenza decirlo, hoy, ¡un parque eólico! Pues sí, a eso jugamos en CyL, a destrozar paisajes a cambio de mordidas y a despoblar la región. Pero aquí no hablaremos de esto ni de las mil formas que existen de cerrar un portillo ganadero. En cualquier caso, ya me gustaría leer las meditaciones de Unamuno después de contemplar un molinillo de estos junto a una encina centenaria.

Charca ganadera

Después de admirar la inmensidad de los campos por los que hemos atravesado con el valle del Tormes al fondo, iniciamos la vuelta con la bajada del Teso. Por cierto, aquí no sólo abundan las encinas, también vemos alcornoques, pinos y robles de montaña, pues estamos en un lugar un tanto elevado.

La vuelta ya no es tan rica y paisajes como la ida. Atravesamos más campo abierto que dehesas. Pasamos por Palacios del Arzobispo, donde comimos las moras del moral de la plaza, y nos manchamos bien, como siempre que tocamos moras. De ahí fuimos hasta la fuente de Navalacuesta, donde un rebaño de ovejas -sin perro ni pastor- sesteaba a pleno sol, y de ahí a Añover de Tormes, a pesar de que este río se encuentra a más de 8 km.

Encinas

Nos quedaba aun cruzar por montes perdidos de encina y granito, cruzar de nuevo la rivera de Cañedo, saltar dos vallas en las dehesas -no dimos con las puertas- y caer en el cordel de merinas que nos conduciría ya en línea recta y sin sorpresas hasta Ledesma. Junto al molino, baño en el Tormes, para refresco y relajo de excursionistas, después de más de 60 adehesados kilómetros: el trayecto, aquí.

Paisajes nuevos

3 junio, 2018

Estos últimos días no hemos hecho salidas largas ni alejadas de la ciudad. Pero no importa: el campo se encuentra ahora tan diferente a lo habitual, tan lejos de esos largos veranos e inviernos a los que nos tiene acostumbrados que no hay que irse lejos para encontrar paisajes nuevos y desconocidos. Todos los colores se dan cita en esta primavera: los rojos, blancos, azules y amarillos de las flores; los verdes de mil tonalidades de los campos y arboledas; los azules, grises y blancos del cielo… Y los reflejos de las aguas alegran los paisajes: en los ríos, en los charcos de los caminos, en las lagunas de las praderas. Total, que cada salida por los alrededores de Valladolid supone descubrir nuevos panoramas, al menos por las notables diferencias con lo habitual.

Si vas por los pinares, ha desaparecido el marrón del pasado año y todo está esmaltado de pequeñas florecillas y verdes alfombras; aun no ha llegado ese desierto tan habitual en este tipo de montes. El páramo es un mar de verde oleaje. Las riberas están ahora en su máximo esplendor, lejos de esos esqueletos de árboles propios del verano. Los ribazos de los caminos se encuentran alegres y coloridos como nunca. Y en los cielos se suceden los nimbos y cúmulos y, sobre ellos, los sedosos cirros… hasta que todo ese mundo superior estalla en golpes atronadores y fogosos relámpagos que nos hacen rodar más deprisa de lo habitual.

Todas las horas son buenas para pasear en bici. A medio día, porque al no ser las jornadas calurosas todavía, la temperatura es ideal. Y al atardecer, porque el sol saca todos los colores y tonalidades al paisaje. Y algo parecido ocurre de madrugada.

Y los ríos bajan con un generoso caudal, con su típico murmullo, razón por la cual los senderos de las riberas se tornan especialmente entretenidos. Hasta en las subidas al páramo, con sus curvas y recodos, con los valles que dejamos atrás y el lino blanco y azul de las laderas, nos olvidamos del esfuerzo y de lo que cuestan las cuestas…

Pues eso, a salir por las veredas cercanas, que por el momento no es necesario ir demasiado lejos para descubrir paisajes desconocidos. Que ya vendrá el tío Julio con las rebajas.

Ben vennas, maio, e con alegria

11 mayo, 2018

Después de la molesta salida de abril, mayo ha entrado con buen pie. O con buena temperatura, aire en calma, cielo bastante despejado y caminos firmes, sin barro. Así que le damos la bienvenida con alegría, como hiciera Alfonso X -que era sabio- en sus Cantigas.

Esta vez, partiendo de Torrecilla de la Abadesa vamos a recorrer los Villaesteres, el lomo de del Hornija y el Bajoz, la Requejada, Cubillas y las riberas de Castronuño.

Parte I: de Torrecilla a Villaester de Arriba

Viñedo

El camino hasta Villaester de Arriba es una línea recta -con algunos toboganes suaves al principio- en la que vas contemplando las diferentes tonalidades que ofrece ahora mismo el cereal: desde un verde oscuro –se supone que es trigo- hasta el verde pajizo de algunas cebadas, algunas espigadas. Todo un momento que hay que aprovechar, pues este espectáculo sólo es posible en mayo, y no todos los mayos. Además, parece que ¡al fin! estamos estrenado la primavera, después de las borrascas abrileñas; ¡qué bien se rueda hoy! También divisamos –al sur- algunas manchas de pinares y encinares y –al norte- los cerros, picos y colinas en que los que se rompe el páramo de los Torozos. Y, conforme avanzábamos para entrar en la denominación de Toro, la proporción de viñedo va en aumento.

Echamos en falta en este camino un artístico pozo de planta cuadrangular. A la vuelta nos comentaron que su brocal fue retirado del pozo hace un año y trasladado a Torrecilla, donde lo pudimos ver delante de la ermita. No es lo mismo, claro.

Valle del Bajoz

Villaester de Arriba es ahora una moderna bodega; la de Abajo conserva su aire tradicional con la ermita de siempre y otras construcciones de marcado aire popular. En una de ellas, por ejemplo, contemplamos el arranque de una gloria, sistema de calefacción que ya nadie utiliza.

Parte II: de Villaester de Abajo a La Rinconada

Y de nuevo a rodar. Desde la carretera de Toro, buscamos el lomo que separa los ríos Hornija y Bajoz para rodar por sus caminos. De nuevo el cereal y el viñedo. Bajamos del lomo por las bodegas: merece la pena recorrerlas despacio, pues son muy diferentes a las del resto de la provincia, al menos sus portadas son más grandes y pretenden ser más artísticas. Tal vez se deba a que siguen una tradición más zamorana, tal vez por las características del terreno horadado. O por las dos cosas.

Puente del ferrocarril sobre el Hornija

En San Román, además de aprovisionarnos de agua, visitamos lo que queda –poco- del molino de Arriba y de la estación del ferrocarril. De esta última sólo queda un almacén arruinado. Al menos por estos raíles pasa un tren al día, lo que no es poco dado estos tiempos en los que vuela el AVE.

Ahora, rodamos junto al canal de Toro, que viene del embalse de San José. A un lado, nos miran atentos precisamente los toros y vacas que pacen la extensa pradera de la Requejada. Al otro lado, la inmensa dehesa de Cubillas. Precisamente en la Requejada se descubrió una tumba con restos de tres individuos y utensilios y adornos metálicos de la Edad del Bronce.

La Requejada

Y llegamos a La Rinconada, donde el Duero se arrincona haciendo un giro de 90 grados, pues gira de suroeste y a noroeste. En sus orillas estaba a punto de comenzar un campeonato de pesca. Dejamos a los pescadores con sus aparejos y nos vamos ahora a cruzar la dehesa.

III y última parte: de la Rinconada a Torrecilla de la Abadesa

La dehesa de Cubillas está como pocas veces la vemos. Habitualmente es un áspero arenal con, todo lo más, hierba seca y abundantes abrojos. Hoy estaba con abundante hierba verde –tal que una pradera pero sobre arena- y florecillas de todos los colores, especialmente amarillas, moradas y rojas. Hasta llegar al caserío de Cubillas el camino es malo, la mayor parte de él cuesta arriba y con molestos cantos rodados que las ruedas disparan al pisarlos. Desde las proximidades del caserío hay buenas vistas sobre el Duero, una de ellas tiene por fondo Tordesillas y sus torres. También se contempla bien Bayona y la dehesa de Cartago , en la otra ribera.

Dehesa de Cubillas

Nos acercamos más al Duero para llegar al barco de Diana. De hecho vamos por el borde de un precipicio, que nos muestra la vega del Duero y gracias al cual podemos contemplar un nido de cigüeña desde arriba. Hemos pasado otras veces por aquí, pero lo luminoso del día y el colorido de la campiña muestran un paisaje distinto, con recodos diferentes.

Por el arroyo del barco y entre los majuelos del Barrio del Convento, significativo nombre que se refiere, seguramente, a que fue propiedad de las Claras de Tordesillas, subimos hasta Torreduero. Este caserío, que data al menos del siglo XIII –Sanctae Mariae de Ripa Dorii- perteneció al obispado de Zamora, a la Orden del Temple, a la del Santo Sepulcro, a la de San Juan, al Convento de las Claras… por lo que, sorprende que con historia tan larga, quede algo en pie, cuando los españoles tendemos a tirar lo que han hecho –habitualmente mal, claro- nuestros predecesores. Aunque lo que queda en pie es precisamente el Cubo, un ábside románico mudéjar de la vieja iglesia –dedicada más tarde a la Virgen de los Dolores y luego a la del Rosario- que parece que fue construido, por el grosor de sus muros, a modo de torre fortaleza. De ahí sus nombres: Torre Duero o Ribera del Cubo. Hoy es un caserío privado: al exterior cruzamos un pequeño laberinto de vallas de maderas y prohibidos el paso hasta que nos asomamos a un camino que nos baja a las riberas.

Bajo el fresno está la fuente y -en la foto- el pequeño Javier

En la misma bajada nos refrescamos en una escondida fuente, de esas que a veces aparecen en sueños cuando echas la siesta tras un largo y cansado camino, tal como le ocurriera a Gonzalo de Berceo:

yendo en romería acaecí en un prado
verde , y bien sencido, de flores bien poblado,
lugar apetecible para el hombre cansado.
Daban olor soberbio las flores bien olientes,
refrescaban al par las caras y las mentes;
manaban cada canto fuentes claras corrientes,
en verano bien frías, en invierno calientes.

Aun así, no sé qué más llama la atención, si la fuente con su pilón de piedra, cuadrado, o el altísimo fresno de enorme tronco que sube desde sus pies. Desde luego el lugar es uno de esos pocos refugios en los que te olvidas del calor del día y del camino. Desde el pilón vemos, más abajo, la ribera con sus vegas, tamarales y choperas. Todo de un verde joven, brillante. Bueno, no todo, pues luego vimos que los chopos que acompañaban el canal de Tordesillas se están secando ya que la Confederación ha cambiado el sistema de riego y ya no circula el agua por su cauce.

Duero

Abrimos y cerramos varias puertas ganaderas en nuestro camino, acompañados de fresnos hasta que salimos a la carretera de Torrecilla, entre pinares y nogales. Luego cambiamos de nuevo a la sirga del viejo canal y, casi sin darnos cuenta llegamos a nuestro destino entrando por las eras, donde siguen en pie dos viejos chozos de cónico perfil.

A lo largo de todo el trayecto nos hemos hecho unos 62 km; he aquí el recorrido.

Ben vennas, maio, | e con alegria;
poren roguemos | a santa Maria
que a seu fillo | rogue todavia
que el nos guarde | d’ err’ e de folia.
Ben vennas, maio.


En el país de las Cuestas Medrosas

21 abril, 2018

Todo el día anterior lloviendo: había que buscar alguna ruta por zona de arena o gravas, de manera que podíamos volver a la comarca de Toro, que carece de barro y tal vez por esa razón abundan los majuelos y no le van a la zaga los montes de pino y encina.

Salimos de La Bóveda de Toro que se encontraba preparando la fiesta del Lunes de Aguas. Siguiendo la estela del río Guareña fuimos hasta Villabuena del Puente y, de allí, pusimos rumbo a la zona sur del término de Toro subiendo una larga cuesta. Nos encontramos, en primer lugar, con la curiosa fuente de los Gavilanes, apoyada en la ladera. El arca parece, por fuera, un horno de asar; colma de agua un pilón que se apoya en un muro, sostén de la ladera, y de ahí pasa a un abrevadero perpendicular que sale a nuestra izquierda. Tiene agua, pero no se nota su fluir.

Los Gavilanes

Seguimos rodando cuesta arriba –majuelos, algún campo de cereal, encinas aisladas- hasta llegar al ras del paramillo mientras echábamos la vista atrás para contemplar el valle de La Guareña, con Peña parda y el teso de la Nariz al fondo y enseguida nos asomamos a los valles del oeste. Estamos ahora en la comarca de las Cuestas Medrosas, pues abundan los cerros, vallejos, picos, tesos, motas, mesas, con sus correspondientes laderas, vargas, peñas, cantiles e incluso despeñaderos, como más tarde vimos. Parece como si las suaves y onduladas llanuras de Toro y el Pego aquí se hubieran roto repentinamente. Lo de medrosas seguramente se deba a que, en algún momento, tal vez cuando las últimas luces del día quieren apagarse y comienzan a crecer las sombras, dan cierto miedo o, al menos, sugieren figuras fantasmagóricas.

Fuente de las Cuestas Medrosas

Sea como fuere es una comarca diferente y, para que no haya duda, nos dirigimos a la fuente de las Cuestas Medrosas, que se encuentra a orillas de un viejo tramo de carretera que, debido a su empinada cuesta en curva, quedó definitivamente muerto hace muchos años. Y allí está, con su agua a la que se la ve y oye fluir. El pilón se encuentra cubierto completamente de juncos, pero el arca, airosa, con su hueco hacia el norte, sigue cumpliendo su función. A sus pies se extiende ya el campo abierto.

Ahora vamos a acometer la misión más complicada de la excursión. Resulta que M. Otero, experto y divulgador de las fuentes de Toro, que habla de éstas sin señalarlas en el mapa, menciona la fuente de Casablanca. Dice dónde está pero, claro, para llegar a los topónimos que él nombra, hay que preguntar a los lugareños, si los encuentras. Tampoco viene esta fuente en el mapa, de manera que nos lanzamos a buscarla y ¡oh casualidad! al bajar la cuesta que el mapa nombra de Valdefinjas, allí estaba, con su caseta con tejado a dos aguas, su abrevadero o pilón doble apoyado contra el muro que sostiene la cuesta y con un tercer abrevadero que sale perpendicularmente del primero. Una joya, a pesar de que fue arreglada en 1955 con cemento y ladrillo hueco, o por eso precisamente, aun no se ha caído del todo. Pero está mal, el arca no tiene agua –algún abrevadero, sí- y el muro se ha derrumbado en buena parte. Claro que si la fuente es una joya, el lugar donde se asienta lo es más: un recodo de la ladera, con hierba abundante, almendros a un lado, pinos y escobas encima. Precisamente por ser una fuente tan alejada y pastoril habría que conservarla…

Casablanca

Lo siguiente fue una vuelta por el pinar de la Vega de Bazán, dominado por el pico del Tío Laureano: ¡hay que ver cómo cambia el paisaje! Encinas y pinos arremolinados en ladera, con enormes piedras calizas, de color gris ceniza irisadas de naranja que se deprenden de lo alto. Esto sí que puede amedrentar un poco, la verdad. Y ahora, todo se viste de verde, así que rodar por este monte es como desplazarse por camino de herradura en plena montaña. De sorpresa en sorpresa.

De ahí nos fuimos a visitar la monumental y amorosa –por su disposición circular parece abrazarnos- fuente de Valdelapega, hoy desgraciadamente seca y casi sepultada en tierra. Al lado, la laguna del Pinar, también seca y el altísimo Pino Merendero que nos habla de lo que fue este pinar en otros tiempos. Al lado, los terneros de la Dehesa de Peñalba engordan con sus dornajos llenos de pienso y paja.

Fuente Nueva

Y ahora por la carretera, siguiendo en parte la vereda Zamorana, llegamos a la fuente de Pedro García, que se encuentra en una ladera, junto a la dehesa citada y con abundantes zarzas y juncales. El agua fluye un poquitín; el pilón está a rebosar pero el abrevadero ha sido destrozado: ¡ya no cruzan los rebaños por esta vereda!

Marcha atrás por la carretera para tomar la de El Pego. Salimos del monte y parece hacerse la luz en el campo abierto. Llegamos a la fuente Nueva, oculta en un hondón y vigilada por almendros. Fluye algo de agua y se ve a las claras que es de nueva construcción, pues no sigue la tradición. Pero lo mejor es el lugar: una vaguada abierta a los inmensos campos de majuelos y limpios cantos.

Reseda

Poco más nos queda ya, de manera que, con gusto, ponemos rumbo a La Bóveda. Con gusto porque es cuesta abajo y con viento a favor, además de haber dado con la fuente de Casablanca en este original país. A modo de postre, en plena bajada nos sorprende el pozo de Reseda, con sus abrevaderos modernos y un grifo perfectamente fluyente, si lo abres. A sus pies, un viejo almendro enmarca el paisaje del fondo.

Y llegamos a La Bóveda. Asombra que no hayamos encontrado charcos: o por aquí no ha llovido o la tierra se lo ha tragado todo. Y asombra también que después de tantos años de rodar cada semana, aun descubramos paisajes nuevos por Valladolid y alrededores. El recorrido, de casi 40 km, aquí.