Entre Tudela y Traspinedo por senderos

Muchos recorridos los conocemos muy bien, pero no cansan. Tienen un aquel que les hace adecuados en todo momento y, a la vez, distintos. Es el caso, por ejemplo del trayecto desde Tudela a Traspinedo por el páramo y, de vuelta, por la ribera del Duero.

Subimos por un antiguo firme perfectamente conocido, muy  suave y sin dejar de contemplar el amplio valle del Duero.   Ya arriba, bordeamos el cercado de Toros Taru y nos acercamos al vallejo de la dehesa de Tovilla, donde está la fuente de Arriba y álamos y chopos que rompen el bosque de encina y roble.

Después, el sendero nos lleva por el mismo cerral, si bien las vistas no abundan precisamente por la abundancia de arbolado, que las impide. El monte se alterna con sembrados y el sendero nos ofrece la posibilidad de ir por la ladera.

Finalmente, un camino ancho nos deja en las ruinas del humilladero de Traspinedo. Atravesamos el pueblo y luego, por el antiguo camino del apeadero, cruzamos la vía e Ariza y la carretera de Soria para acercarnos a la dehesa de Peñalba, tomar por unos metros el canal del Duero y conectar, finalmente, con el otro sendero, o– la senda del Duero.

Un poco más y estamos de vuelta en Tudela. Trayecto corto, intenso, interesante y hermoso. No se le puede pedir más. He aquí el recorrido, de unos 28 km.

Castrotorafe, un viaje al pasado

Probablemente todas nuestras excursiones tienen un punto de viaje al pasado, pues los campos, páramos y vallejos no han cambiado sustancialmente a lo largo de la historia. Los pueblos han cambiado bastante y, en las ciudades, el cambio es sustancial.

Pues bien, el último paseo que hemos dado nos ha trasladado a otros tiempos. A otros tiempos en los que los reyes de León se peleaban con los de Castilla y los de Portugal. Y a otros tiempos en los que el Esla era un auténtico hervidero industrial y pesquero, pues estuvo poblado de aceñas, cañales y pesqueras. Pero vayamos poco a poco.

Navegando por la Tierra del Pan

La aproximación

Llegamos a Castrotorafe desde Cerecinos del Carrizal, aprovechando en parte el camino Mozárabe. Mientras nos acercábamos por la Tierra del Pan, rodar nos pareció hasta un tanto molesto, pues los caminos son anchos, rectos y de grava, feos en definitiva. Y esta Tierra es una amplia llanura a la que le falta, no sé por qué, la poesía de Tierra de Campos. Tal vez porque carece de hileras de árboles, bosquetes, regueros y vaguadas, al menos en la zona que atravesamos. Bueno, nos sorprendió la espadaña de la iglesia de Piedrahita de Castro, en piedras de tonalidades variadas.

Ya desde lejos se divisaban los restos del conjunto amurallado de Castrotorafe. Y es que no queda mucho más, salvo el castillo –restaurado parcialmente al exterior- y un muro de la iglesia, pues este edificio ha sido el único que se siguió utilizando una ya despoblado.

Castrotorafe, el despoblado y el paisaje

Restos de la muralla

Castrotorafe aparece documentalmente por primera vez en 1129 con Alfonso VII de León. En 1176 Fernando II la entregaba a los caballeros de Santiago como sede central de la orden. Curiosamente esta orden protegía a los peregrinos de Santiago y hoy pasa por aquí el camino que, desde Sevilla, se dirige precisamente a Santiago. A finales del siglo XV o comienzos del XVI la plaza cayó en el olvido y quedó prácticamente arrasada. Y así hasta hoy.

Al fondo, las aceñas de las Flores

Pero siendo interesante la historia, los mejor es el emplazamiento: inexpugnable desde el oeste, Castrotorafe es una atalaya sobre el río Esla. Imposible tomarla desde Portugal. Y hoy, igual, el emplazamiento es lo mejor, pues domina el recodo del Esla, que serpentea a sus pies, precisamente donde se levantó un puente de al menos doce arcos, que también se arruinó allá por el s. XIV. Junto al puente vemos los restos de una torre de vigilancia y aprovisionamiento de agua para el castillo. Aguas abajo aún se pueden ver –si el nivel del embalse está bajo- lo que queda de las aceñas de las Flores.

Restps del puente en el recodo del Esla

Después de admirar el paisaje, bajamos al río desde el postigo que da al río con las burras del ronzal, pues tendían a desmandarse. Ya abajo, con el agua relativamente limpia, nuestra presencia espantó algunos ejemplares de barbos de varios kilos. Pero una barrera de piedra nos impedía el paso aguas arriba. Como pudimos, la escalamos, suciendo las bicis con… mucho cuidado y maña. Pero se recomienda encarecidamente no intentar este paso, pues podría ser la última vez que uno monta en bici. Nosotros estuvimos a punto de arrepentirnos, pero acudimos al lema retroceder, ¡nunca!

El postigo que nos tragó

La industria pesquera y harinera

A partir de aquí seguimos junto al cauce del Esla, pues el nivel del embalse estaba muy bajo, lejos de donde nos encontramos. La primera prueba consistió en circundar la península del teso del Rey, que forma el embalse o el río. No fue nada fácil pues, aunque no hubo necesidad de escalar, sí de llevar la bici a rastras o incluso en volandas, a causa de la abundancia de piedras de buen tamaño.

Restos de un viejo cañal

 

También pudimos contemplar un curioso corral de pesca, al descubierto por la ausencia de agua embalsada. Y, cuando estábamos alejándonos de la península, pasamos junto a un viejo cañal, utilizado también para pescar: se trata de una construcción en piedra que deja pasar el agua pero no los peces grandes, que cruza el río formando una V, en cuyo vértice se situaba una red o especie de nasa grande en la que quedaban atrapados los peces. A veces este sistema de pesca se utilizaba en los canales de las aceñas, que se arrendaban durante la primavera y hasta San Juan, cuando las aceñas comenzaban su actividad principal de moler cereal.

Un Esla que no deja de sorprender

Después de rodar tres o cuatro kilómetros estábamos en lo que queda de las aceñas de Misleo, situadas en la orilla derecha, donde se podía ver parte de la antigua edificación. Nos llamó la atención la peculiar manera de construir el dique, aprovechando piedras largas y finas –abundantes en la zona- en la parte de aguas abajo y piedras normales en el lado de aguas arriba; aún se mantiene en pie a pesar del embalse y de la fuerza del río cuando aquel desaparece. Ya se ve que en edades antiguas había buenos ingenieros de canales…

Contemplamos también otros restos de posibles infraestructuras fluviales –especie de plataformas, canales- aunque podrían ser tal vez formaciones naturales aprovechadas para la pesca o navegación… Nos alejamos del Esla poco antes de llegar a la dehesa de Castilcabrero, por lo que no pudimos visitar los restos de las aceñas de los Frailes y de San Andrés, que pertenecieron al monasterio de Moreruela. Sí pudimos contemplar un pequeño bando de garzas blancas y otro muy numeroso de avefrías, las primeras de la temporada.

Aceñas de MIsleo

Tierras de pan y dehesas de Moreruela

Los caminos ahora vuelven a ser de grava, y los campos tienen poco que decir. Menos mal que el cielo habla por medio de sugerentes nubes deshilachadas. Visitamos Riego del Camino y volvemos a navegar entre el suelo y el cielo pero, ¡oh, milagro!, el paisaje cambia repentinamente: llegamos a un bosquete de encinas, torcemos hacia una cañada y resulta que está llena de maleza, impracticable. No importa, seguimos como buenamente podemos hasta un camino que atraviesa una hermosa dehesa de encinas centenarias, unas olivadas, otras no, unas sobre terreno verde, otras sobre grava y arena…

Dehesa

Y así hasta llegar a las increíbles ruinas de Moreruela, de las que no es preciso decir nada. Únicamente que damos un buen paseo que nos reconforta, descansa y devuelve al pasado, del que veníamos a través de Castrotorafe y las aceñas y cañales…

La vuelta

Fuente Junciel

Aún queda la vuelta. En el término de Manganeses hay un sugerente lugar que es el despoblado de Junciel, con arboleda, buenas praderías y una fuente con lavaderos que sigue manando agua como en los viejos siglos. Luego, siguiendo más o menos el río Salado nos plantamos en Arquillinos (¡curioso nombre!) y finalmente en Cerecinos, que según los carteles estaba en fiestas pero sin el menor ambiente festivo… (!)

Aquí veréis el recorrido, de unos 70 km, según Durius Aquae.

Camino de las aceñas

En casi todos los pueblos cercanos a los grandes ríos hay un camino o senda de las aceñas, cosa muy normal, pues los caminos, de toda la vida, tenían el nombre del lugar al que se dirigían. Así, carra la aceña, en Pesquera de Duero o el camino de la aceña de Laguna de Duero. Lo mismo ocurría con las vías pecuarias: cañada real burgalesa, porque la utilizaban los ganados y pastores que iban o venían de Burgos.

Hace unos días tuvimos que ir a Pollos y ¿qué mejor manera de hacer el trayecto que en bici? No fuimos siguiendo la conocida senda del Duero, que va por la orilla derecha, sino que fuimos por la orilla izquierda. Y esta vez –íbamos un poco pillados de tiempo- sólo nos paramos en algunas aceñas. Por eso a este trayecto bien le podemos llamar camino de las aceñas, porque las va recorriendo.

No nos acercamos, por conocerla suficientemente, a la pesquera de Pesqueruela, hoy centralita eléctrica, donde molieron el trigo las antiguas aceñas del mismo nombre. Sí nos paramos en la pesquera de Villanueva-Villamarciel, que luego se utilizó para elevar agua hacia un canal de riego. Allí estaba, peinando las aguas del Duero… ¿por cuánto tiempo?

No pudimos acercarnos a la aceña de San Miguel del Pino, que está junto a la orilla derecha, y aún quedan restos, pero más tarde nos detuvimos en las aceñas de la Peña, pertenecientes a una localidad desaparecida de la que sólo permanece el santuario de la Virgen de la Peña, Patrona de la Villa y Tierra de Tordesillas. Por supuesto, se encuentran en un lamentable estado de conservación. Enormes álamos han brotado de las mismas piedras aceñeras que tienen poco que hacer. Además, no sé cuál será la razón por la que se han abierto boquetes en el dique, a fin de evitar que el agua salte por encima, y ahí ha quedado para que se vaya pudriendo (?). Total, que todo se ha convertido en una sucia amalgama de piedras, árboles, arbustos y enormes troncos arrastrados por la corriente que han quedado atrapados. Por supuesto, nadie va a limpiar esto. No sé cómo podemos vivir tan de espaldas a nuestros ríos (!)

Vimos las aceñas del puente de Tordesillas y, un poco más abajo, las del Postigo. Al menos están limpias. Después, bajo los puentes de la autovía de Salamanca, las de Osluga. Luego, en la desembocadura del Zapardiel, las de Zofraguilla, cada día más sucias, perdidas y abandonadas a pesar de hermoso del lugar. También han abierto boquetes en el dique. Dentro de unos años, seguro que nos lamentamos por no haberlas querido conservar…

Las de Moraleja se sitúan en las otra orilla. En las antiguas aceñas de Herreros están ampliando la centralita eléctrica, para así conseguir más energía para vender, que ahora está a buen precio. Hace tiempo que elevaron la altura de la pesquera y tiraron las viejas aceñas.

Y en esto, habíamos llegado a Pollos. Un agradable trayecto por la otra senda del Duero. O camino de las aceñas. Aquí la ruta seguida.

El puente de las Urrietas y la aceña del Señor Rufino

Fue un día mayo. Poco después de realizar una excursión por el paraíso sayagués. El paisaje se mantenía verde y esmaltado de otros colores, dominando el amarillo. Como  Pereruela es la localidad de esa comarca más cercana a Valladolid, preparamos una excursión relámpago al Duero y al arroyo o rivera de Palomares.

Si algo llama la atención entre los prados verdes y los ciclópeos pedruscos de la rivera, es el puente de las Urrietas. Es una de esas joyas hoy perdidas en nuestros campos que provienen de la noche de los tiempos. Nadie sabe cuál es su origen, si romano o medieval, porque ha sido reconstruido a través de los siglos debido a su intenso uso. Lo cierto es que daba servicio a la calzada de Zamora a Miranda y, últimamente también a la denominada aceña del Señor Rufino.

Es un puente de tres ojos, mayor el del medio, con bóvedas de cañón, fuerte y macizo, pegado al terreno o, mejor, a las enormes piedras de una de las orillas. Hoy,  sin embargo, al puente le han nacido arbustos en los tajamares, pilastras y pretiles, señal de que no se le cuida como se debiera, lo que puede acelerar su muerte a pesar de sus siglos –tal vez milenios- de historia…

En cualquier caso es una preciosidad. Hoy la rivera casi no tiene agua -y la que tiene no corre- pero antaño se bañaban los chavales perigüelanos a la vista del puente.

Y desde ahí bajamos, por el camino que nos indicaron en dirección norte, al Duero. Aquí ya empiezan los impresionantes arribanzos. Aun no son tan verticales como más al oeste, pero el río empieza a enseñarte lo que pretende. El camino mantiene todavía su anchura, a pesar de que las escobas le van ganando terreno. Su inclinación es la adecuada para los carros cargados de cereal o harina y, por tanto, para nuestras burras.

El paisaje se va abriendo a todo el cauce del río, ya embalsado aunque con cierta corriente, y divisamos algo parecido a un barco, cerca de la orilla. Barco que no avanza porque, ¡es de piedra! En realidad son los restos de una aceña que se asientan sobre una pila con su tajamar. Ahí sigue, desde hace años, luchando contra el tiempo más que contra la corriente.

Perteneció a la aceña Nueva, que empezó produciendo harina y acabó fabricando energía eléctrica hasta que la presa de Villalcampo terminó por inundarla. También es conocida como aceña del Señor Rufino, su último propietario. Al menos hubo otras dos aceñas hubo en esta localidad: la del Peñón y la Quemada.

Después, continuamos este pequeño recorrido paseando por praderas y montes, y nos acercamos al aquí impresionante Duero desde otros puntos cercanos.

En fin, tanto el puente como la aceña son dos edificios que hablan sin palabras  de la historia de esta tierra y de sus hombres. ¡Ay, si tuvieran lengua…!

El sol y la luna enrasan el páramo

Víspera de Santiago. El objetivo era contemplar, casi a la vez, la puesta del sol y la salida de la luna. Subimos al páramo Villabáñez-Villavaquerín-Olivares por la senda de Valdelosfrailes, que cuenta ya casi arriba con un agradable mirador sobre el valle del Duero.

 

Fuimos a dar al vértice geodésico de Los Altillos, precisamente por donde pasará dentro de nada la famosa autovía del Duero, cuyas obras rompen el páramo, que no el valle. El sol ya casi tocaba el suelo, pero antes se entretuvo en atravesar una línea de nubes cercanas al horizonte. El páramo, un plano raso sólo interrumpido en algún momento por hileras de buenos robles. Un tractor trabajando y levantando una inmensa polvareda que se posaba, quieta ante la falta de aire, en el suelo. Trigales sin cosechar aprovechaban los últimos rayos del astro rey. Todo se había serenado a esta hora como pasa asistir a este acontecimiento, a pesar de que todos los días se celebra… Nosotros también parados, absortos, disfrutando de la última luz a través de las ramas de uno de los robles.

Por fin el sol de puso y la temperatura bajó de repente, volviéndose más grata todavía. Los campos se volvieron oscuros, grises, mientras el cielo se iba apagando lentamente.

En estas, tomamos la cañada de la Sinova para asomarnos desde el cerral al valle del Jaramiel y luego pusimos rumbo hacia Olivares, sin llegar a bajar. Después, por el camino del Lote, volvimos hacia Los Altillos para tomar la carretera de Villabáñez y parar en el páramo de las Rozas.

 

Conforme avanzábamos hacia el sur nos llegaba la fría brisa del Duero que nos aconsejaba la manga larga. Si rodábamos en otra dirección, la manga corta se agradecía. ¡Cosas del páramo!

Y la segunda parte: la Señora Luna emerge, siguiendo fuerzas gravitatorias ancestrales, del horizonte este y se eleva poco a poco sobre la inmensa paramera de Castilla. Anaranjada y enorme al principio, va volviendo a su natural color y tamaño conforme sube. Entre ella y el horizonte oeste, Venus. Al poco, van naciendo todas las estrellas. ¡Ufff! ¡Hemos tenido suerte, los cielos estaban despejados!

Las obras de la autovía

No esperamos mucho más y volvemos a nuestras burras para caer sobre Villabáñez. Mientras la luna y sus estrellas iluminaban los cielos, las alegres luces de las cosechadoras iluminaban las tierras.

Antes de subir al páramo habíamos rodado por la senda de los Aragoneses hasta Peñalba de Duero para luego cruzar el río en Sardón y asomarnos al Jardín del Carretero y a lo que queda del molino de Santa Eugenia sobre el arroyo Valimón. Después, por la Granja, conectamos con Valdelosfrailes a través de majuelos de Matarromera.

Cerca de Peñalba

Mañana esta excursión será distinta: ruidos de autovía, pasos elevados, luces artificiales. Hemos pillado algo así como la última expiración de un páramo que se muere. Todo pasa.

 

La Muela de Castillejo, la cañada de La Vid y el monte de Fresnillo

Si yo fuera pintor
no pintaría, Soria, tu yermo y tu pastor.
En mi paleta habría una rosa de rubor,
un amarillo augusto y un verde verdecido,
porque tienes la gracia de un país recién nacido

Con estos versos de Gerardo Diego retomamos la ruta en sentido contrario para volver a Fresnillo.

La verdad es que salimos de Castillejo para cruzar yermo y monte pero con el amarillo del trigo y el verde de los manantiales. El rubor lo hemos dejado en la cuesta de Los lagares y bodegas, que ya no tenían vino… Enseguida toparíamos con tenadas, pero arruinadas y sin pastor.

La Afrenta y La Muela

En fin, cuando subíamos por esa cuesta al páramo, pudimos contemplar cómo una bandada de buitres se daba un festín. Mientras, en el aire, una nube de carroñeros de la misma familia esperaba su turno.

Una de tantas (tenadas arruinadas)

¿Dónde tuvo lugar la famosa afrenta? Parece que en el mismo Castillejo, o en la fuente de la Virgen del Monte (por la que pasamos hace unos meses), o en otra fuente cercana. Así lo relata el conocido Cantar:

Entrados son los infantes                  al robledo de Corpes
Los montes son altos                  las ramas pujan las nues
Y las bestias fieras                              que andan alrededor
Hallaron un vergel                           con una limpia fuente
Mandan hincar la tienda              los infantes de Carrión

Lo cierto es que por allí rodamos, entre robles y ya sin bestias feroces, recordando las andanzas y penalidades de Mío Cid. Y de sus hijas, en este triste caso.

Ya no pueden hablar              doña Elvira y doña Sol
Por muertas las dejaron       en el robledo de Corpes.

Al fondo, La Muela

Atravesamos un primer carrascal en el que vimos restos de viejas tenadas. Si este territorio es –o era- pastoril, al asomarnos a los valles volvimos a contemplar ese mundo agrícola volcado en el viñedo. Al fin cruzamos La Muela de lado a lado con su carrascal por un sendero sólo apto para caminantes y ciclistas.

En el mismo cerral de la Muela nos esperaba una bajada técnica por una especie de zanja de yeso y caliza tendente a la vertical. Menos mal que no duró demasiado, sólo hasta el portillo con el pico Romero y a continuación la zanja se convirtió en un sendero en suave descenso con algún que otro surco  modelado por las últimas lluvias…

Sí, por aquí bajamos

Entre dos valles

Finalmente conectamos con la cañada de la Dehesa de la Vid que nos condujo a unos 50 metros por encima del valle del arroyo de la Nava y a unos 130 sobre el valle del Duero. Ambos valles se dejaban ver de vez en cuando con todo su colorido y luz. Todo un espectáculo natural. Al norte, las peñas elegidas por el Esgueva para ver la luz. Pudimos comprobar una vez más cómo se cumple esa ley general por la cual las vías pecuarias evitan los valles y buscan los páramos y crestas. El caso es que aun pudimos disfrutar viendo alguna tenada más. Todo un lujo de trayecto, vamos. Hasta cruzamos una carretera muy secundaria por encima de un antiguo viaducto…

Siguiendo escrupulosamente la cañada

Pero había que dejar la cañada a su rumbo oeste, de manera que nos dejamos caer hacia el sur, hacia el Duero. Primero recorrimos algunas manchas de viñedo y de monte. Luego, nos introdujimos en el cerrado monte de Fresnedillo siguiendo una senda un tanto técnica. Pero como era cuesta abajo, mereció la pena. Eso sí, las muñecas y antebrazos se resintieron un poco, pues no estamos acostumbrados a rodar por terrenos en los que hay que controlar tanto la dirección.

Poco más quedaba: cruzar el canal de Guma y la autovía. El ferrocarril de Ariza ya no hay que cruzarlo, que lo han convertido aquí en un agradable paseo…

Sabina

Fauna y flora

Un último apunte: nos llamó la atención la variedad y el número de aves y pájaros a lo largo de este trayecto. Lógicamente si vas en bici sin parar demasiado, te fijas en aves de buen tamaño. Y sí, pudimos observar además de buitres, ratoneros, algunos aguiluchos, el abundantísimo milano negro… pero también multitud de pajarillos de todo tipo, empezando por los simpáticos carboneros y herrerillos a los que se les oye más que se les ve; en las zonas de sembrados, las pajarotas y calandrias.

Monte en la ladera, vides en el valle

Poco que destacar en cuanto a la flora, salvo la abundancia de enebros y –sobre todo- sabinas en los montes que hemos atravesado. Los troncos de sabina seguían sosteniendo (desde hace siglos seguramente) las tenadas cuyos muros, en buena parte, ya habían caído. ¡Qué madera tan excelente! ¡Y qué pena que las tenadas y corralizas guarden ya sólo cardos y zarzales…!