Archive for the ‘Duero’ Category

La pesquera de Herrera

25 agosto, 2017

En Herrera de Duero existe un lugar al que todos llaman la Pesquera, es decir, una franja de grandes piedras amontonadas –hoy en desorden- que atraviesa el río y cuya finalidad era elevar el nivel del agua para dirigirla a través de una aceña y así utilizar su caudal y fuerza de caída para moler el grano. Los que conocemos éste y otros parajes similares sabemos que están llenos de encanto: el agua genera murmullos y espumas, el río se ensancha y produce, aguas abajo, rápidos y bancos de arena en las orillas y fondos, mientras que aguas arriba la superficie del agua aparece rasante y tranquila, sólo interrumpida por los saltos de los peces…

Se sabe que este molino aceñero estuvo en funcionamiento desde mucho antes de 1400 hasta el año 1790, aproximadamente. En el Catastro de la Ensenada (1750) podemos leer que tenía dos muelas y que pertenecía al convento de Santa Clara de Valladolid. También parece que sobre esta misma pesquera había un batán de tres pilas y un cañal de pesca. Hoy sólo quedan, desordenadas, las grandes piedras sobre el lecho del Duero entre las que pasa el agua, todavía produciendo murmullo y burbujas.

En los años 60 del siglo pasado era un lugar concurrido por bañistas –en verano- y pescadores de caña. Tenía una pradera de grama en la que recostarse a tomar el sol o sentarse y merendar, una pequeña isla y dos arenales producto de cuando, en las crecidas, el agua se arremolinaba al pasar sobre los arbustos de tamarizo y depositaba la arena. Los chavales pescaban cangrejos entre las piedras o cogían camarones, gusarapas, náyades y caracolillos de diferentes especies y tamaños. Los pescadores atrapaban barbos a fondo y cachos, bogas o bermejuelas al corrido. (De todas estas especies sólo queda el barbo, acompañado ahora por los invasores percasoles y alburnos ). Antes, se podía pasear aguas abajo por un sendero de la ribera hasta el término de Boecillo y, aguas arriba, hasta casi el puente de Hierro, cerca de Tudela. Hoy, sin embargo, a duras penas se puede pasear por las orillas próximas a la Pesquera, pues todo se encuentra inundado de maleza.

Antaño había una huerta en la bajada hacia el río, con su fuente de riego en la que también se recogía agua para consumo humano. Ni que decir tiene que una y otra han desaparecido tragadas por la vegetación. Antaño, en la ladera había una cueva de factura humana que –cuenta la leyenda- llegaba hasta el castillo de Portillo. Hoy ha desaparecido; donde antes había una boca llena de misterio, hoy vemos… ¡una depuradora!; se supone que para reducir un poco la porquería que antes no existía. También había una olmeda que todos sabemos cómo acabó. Antes de la bajada, hubo un lagar con dependencias para pajar y otros almacenamientos, luego mesón del señor Pío –que servía sabrosas tortillas-, luego –hoy- ruina. Una piedra lagarera en la esquina es testigo de otros tiempos.

Queda el bosque de la ribera: grandes chopos y álamos enmarcan el paisaje de la Pesquera y de todo el río; fresnos, alisos y sauces se acercan al río para mantenerse junto a las mismas aguas. Pero también podemos ver algún avellano, algún cerezo… y probar, en tal caso, sus frutos.

Hace casi tres siglos Herrera era un pequeño pueblecito que vivía de sus vides y bodegas; también había un barquero –con su barca, no existía el puente-, un molinero, un batanero, un tabernero y un abacero, además de unos pocos jornaleros y mozos de labranza. Hoy vemos lo que vemos: algún pequeño majuelo, dos bares, un gran restaurante y un montón de chalés. El río sigue pasando, más sucio y adelgazado que nunca, a pesar de las depuradas. Pero todavía, quien lo quiera escuchar, puede oír –e incluso entender- su murmullo. Sobre todo en la Pesquera.

***

En el mismo río, no muy lejos de ésta, hay otras pesqueras semejantes en igual estado de abandono. La más cercana es la de Fuentes, a casi 3 km aguas arriba, aunque procede de los restos de un puente de piedra, cuando la época gloriosa de Fuentes. Inaccesible por la orilla izquierda y de difícil acceso por la derecha. Poco antes de llegar a Tudela tenemos el Batán, accesible por ambas orillas, especialmente por la derecha. Aguas abajo, no lejos de la fuente de San Pedro, ya en Laguna, existe otra más -que tuvo dos muelas- en un lugar agradable y recogido.

Las fotos corresponden a diferentes momentos de la Pesquera según el año, digamos, hidrológico. Ni qué decir tiene que la primera es de hace unos días.

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Entre el Duero y el pinar de la Nava

20 julio, 2017

Aunque estamos en pleno mes de julio, el día anterior a esta excursión había diluviado, de manera que era preciso rodar por un terreno más o menos arenoso para escapar del barro y diseñamos mentalmente la ruta Tordesillas-Pollos-Pinar de la Nava. Además, luego comprobamos que ese mismo día había vuelto a llover en casi todo el resto de la provincia: Torozos, Cerrato, Peñafiel, Pinares… ¡Nos habíamos librado de una buena!

Cruzamos hacia el sur el puente y, por el arenal de la Marota, nos acercamos a las aceñas de Zofraguilla. El río venía muy bajo y el paisaje desprendía esa luminosidad transparente típica del día después del temporal. Al pasar junto al Caserío de Trigos los perros nos saludan y nos acompañan ladrando unos cuantos metros; nos acordamos de Óscar. Al poco estábamos en Herreros, que también tuvo sus aceñas y hoy posee una centralita eléctrica. Los campos están encharcados y las cubiertas de las bicis se pegaban más de la cuenta al terreno, cosa que casi no hemos experimentado esta temporada. Más tarde veríamos anegados algunos majuelos.

Aguas abajo de Tordesillas

El camino nos lleva por el Caserío del Villar hasta rozar la ribera. Notamos que por aquí está limpia hasta que vemos un rebaño de ovejas haciendo ese trabajo. Hay varios en Pollos, y también una quesería que elabora un buen queso de oveja. En la iglesia de San Nicolás nos situamos justo debajo de su torre, cosa que nada fácil de hacer en otras muchas por el exterior.

Tomamos ahora el camino de los Evanes pero nos desviamos al llegar a la vía por un sendero que nos lleva a la fuente del arroyo o regato Valdecabras. Hoy es una fuente artificial, con depósito de agua, pero tiene unos inmensos y acogedores sauces que preservan del sol al sufrido caminante o rodador. Aquí el ferrocarril ha dejado un túnel al arroyo que hemos aprovechado nosotros. Si al norte está la fuente, al sur se sitúa una tupida y fresca alameda. Llama la atención este paraje tan verde y húmedo en unos campos ya agostados por el calor y la persistente ausencia de lluvias.

Fuente de Valdecabras

Seguimos el regato hasta llegar a las inmediaciones del Cortijo de Dª Manuela. No sabemos quién sería esta señora pero el cortijo iba bien servido: manantiales con álamos e inmensos sauces, charca, noria y balsa para la huerta, manzanos, cerezos, perales, nogales, y la casa con sus corrales. Hoy todo abandonado; una pena.

En la antigua Estación o apeadero de Pollos todo está igualmente abandonado. La estación y casa, el almacén, el pozo y el depósito, la dársena… Una estación fantasma si no fuera porque la vía sigue utilizándose, aunque no demasiado.

Charco en el majuelo

Con algo parecido nos topamos también en la Casa del Cura, ya en el término de la Nava y cerca del Pinar. Como este término es enorme, abundaron antaño las casas de labranza para atender las labores del campo. Hoy casi todas en ruina, pues diez kilómetros se hacen en un santiamén en cualquier vehículo motorizado. De hecho es lo que nos cuenta un pastor que tiene por aquí el encerradero de sus ovejas, y viene en moto (y alguna vez en bici). Como el tejado no está mal, esta casa se conserva relativamente bien, salvo sus corrales. Reponemos fuerzas sentados en el poyo junto a la puerta, que para eso está, contemplando el paisaje que se extiende hacia el noroeste. La cercana Casa del Bernardillo –a la que se accedía por un hermoso camino almendrado– fue demolida hace unos años.

En el pinar

Bueno, pues ya sólo nos queda rodar un poco por el Pinar. Nos dejamos llevar por la cañada de Pajares, que lo atraviesa en su parte norte hasta distinguir a lo lejos el pueblo blanco de Foncastín, en la ladera que baja hacia el Zapardiel. Los pinos son relativamente jóvenes, como si el pinar se hubiera talado por completo hace unos años, al menos en esta zona. Volvemos hacia el este hasta la casa forestal: han reducido a escombros la mayor parte de las construcciones pero han reforzado la casa principal. Este es uno de los puntos del pinar donde el arbolado es viejo y, por tanto, alto y con buenas copas, y se extiende hacia el noroeste.

En los Cuatro Caminos nos dirigimos hacia el norte por un sendero que se funde con el suelo del monte y, al llegar al canal de Pollos nos vamos por su vera hacia Tordesillas. En esta zona el pinar termina en la autovía o bien en los prados, siempre verdes, que  rodean la casa de los Abonales donde además de las vacas, pasta un numeroso grupo de cigueñas.

Prados para cigüeñas

Mientras contemplamos las aceñas del puente, en Tordesillas, nos caen unas tímidas gotas: parece que -al menos hoy- hemos elegido bien el momento y el lugar.

 

San Miguel del Pino

11 abril, 2017

San Miguel del Pino es uno de las muchas localidades vallisoletanas hermoseadas por el Duero, que aquí se ensancha formando un verdadero lago de aguas tranquilas. Ello es debido al azud que formó parte de unas potentes aceñas, de las que aún podemos contemplar dos grandes espigones que se levantan sobre la horizontalidad de la superficie del Duero-lago.

Por aquí pasa la Senda del Duero, pegadita al río e ideal para dar un paseo entre el agua y la tierra, saboreando todo el color de las riberas –según la estación que toque-, y del agua que, como si fuera la del mar, refleja cualquier aspecto o tonalidad del cielo. Viniendo desde Villamarciel la ribera es un denso pinar que se asoma al río como queriéndolo saltar; siguiendo aguas abajo se convierte en una franja de carrizos y algún sauce, entre las aguas y tierra cultivada y luego sigue siendo una franja, pero con las fincas y casas del pueblo como límite. Vemos cien puestos de pesca que empujan al sufrido pescador sobre el río para hacerle más fáciles y llevaderas las capturas. Pero ni por esas…

Junto a las ruinas de las aceñas vemos también las ruinas de la casa, cuadras y almacén del aceñero o molinero y una fuente de la que ya no brota agua, si bien el manantial, por debajo de ella, está activo y descarga en el río como si la peña fuera un gigante que suda a causa de elevados calores. Si seguimos aguas abajo, al faltar el sostén del azud, el río reduce sus dimensiones y se mueve, natural, en rabiones. La ribera queda despejada donde antes había agua y aparecen arenales y praderas entre los que crecen chopos, álamos y sauces. Ni el recial ni los arenales duran mucho, pues al acercarse a la Peña vuelve a tranquilizarse por efecto de la desdentada pesquera. También, entre el camino y la ribera, abundan las encinas y algunos raquíticos negrillos.

Ya hemos contado lo mejor del término. Pero hay una joya, también cerca del río, digna de contemplarse por su originalidad: es la iglesia de San Miguel, de principios del siglo XIII, románica de transición, con planta de cruz griega, tres naves y una torre. La fachada occidental posee una portada apuntada con tres arcosolios a cada lado. Todo el conjunto tiene cierto aire militar, recordando un castillo, lo que cuadra con su historia, pues perteneció a la Orden de San Juan de Jerusalén. Por cierto, el primer nombre con que se cita esta localidad es el de San Miguel de Malvavisco. Antes, hubo una villa romana que se sitúa en la salida hacia Villamarciel.

Ya puestos, podemos dar un paseo por el pueblo para ver el arco del Ayuntamiento, tres grandes piedras molenderas de la aceña y la ermita del Cristo, todo en la misma plaza. Junto a una de las casas veremos esculturas de marcado buen gusto; tal vez viva ahí un escultor…  o un amante del arte.

Y vista la ribera y el pueblo nada nos impide dar otro paseo siguiendo el trazado del antiguo Canal de Tordesillas, que también atraviesa el término paralelo al río por el extremo norte. Vemos que aquí el paisaje cambia un poco, pues la planicie se ve limitada por una empinada cuesta con desnivel de unos 20 metros, aprovechada por montes de encina. En un pequeño vallejo de la ladera los vecinos de San Miguel tienen –o, por mejor decir, tuvieron- sus bodegas, bien excavadas en peña de color naranja. Además de criar vino, era donde se refugiaban cuando el Duero dejaba de hermosear el paisaje para salirse de madre.

El término se completa con una pequeña mancha de pinar al oeste y otra más grande al este, en las que hay buenos ejemplares de piñonero y algunas encinas. También, al norte, hubo una pradera destinada a pastos donde aún podemos ver un viejo complejo para marcar y embarcar ganado. El resto es, casi todo, una amplia llanura destinada a cultivo de regadío gracias al canal de Tordesillas. El límite municipal llega hasta la autovía, antes cañada real y mucho antes calzada romana que unía Simancas con Albocella, seguramente donde hoy se levanta Toro.

Junto a todo este hermoso paisaje hay un punto negro: un vertedero situado por encima de la cuesta de las bodegas, del que no conozco su origen ni por qué se ha permitido, pero que ahora se debería restituir a su aspecto original de monte y viñedo. En todo caso, mejor es no subir hasta arriba de la cuesta para no tener que ver aquello.

Continuamos: bajada a La Guareña y vuelta por el Duero

2 abril, 2017

Fuente Sevillana

Por si fuera poco la fuente Sevillana, a la que ahora llegamos, también está en medio de otro majuelo, y alejada de los caminos. Por un lado vemos un monte de encina y pino, como protegiéndola del viento del noroeste y, por el otro, abierta al amplio y luminoso valle de la Aguada, al sureste. No sabemos de dónde sacaría el agua –ahora está seca- pues se levanta sobre un nivel prácticamente raso. Se trata de otro hermoso ejemplar: más pequeña que la anterior del Cantador, posee un arca con bóveda de ladrillo y un portillo rectangular. A su derecha un pequeño pilón labrado de una pieza en granito. Se encuentra en estado ruinoso. No sabemos cuánto tiempo tardará en desaparecer pero, de momento, ahí la tenemos por si queremos repararla y conservarla. A mi me pareció oírla gritar que no quiere desvanecerse en el olvido…

Fuente de Paradinas

Bajando hacia el río Guareña, en una zona dedicada a cultivo de regadío y viñedo descubrimos, oculta entre la maleza, la fuente de Paradinas, invisible mientras no te acerques a ella. Tiene abundante agua, si bien parece que está sucia. A tres metros, el abrevadero, roto y oculto entre la maleza.  Muy cerca, en la otra ribera, se encuentra el molino de Paradinas y la fuente del Cuco, que no encontramos bien por situarse dentro de una finca vallada o entre los abundantes zarzales.

Fuente del Camino Ancho

Después de rodar hasta el puente del AVE que atraviesa el río, giramos hacia el sur por el camino de los Valles, para tomar una cañada que se interrumpe precisamente por el AVE. Pero a los ciclistas todo terreno nada nos impide el paso, de manera que acabamos cruzando al otro lado hasta encontrar la fuente del Camino Ancho o de la Jara, levantada en los comienzos de una mancha pinariega. Estaba seca, aunque húmeda su arca. Se trata de otra preciosa fuente mudéjar, con un amplio pilón de buenos sillares en el lado derecho. Su estado apunta ruina y los majuelos que nacen entre las uniones de las piedras no le van a ayudar. Un optimista ha plantado algunos álamos en una pequeña pradera a sus pies. Pero no sé yo si queda algo de agua en estos manantiales… Otra fuente elegante y señorial que vamos a perder. ¡Qué pena!

La Malena

Un poco más subiendo una suave cuesta y damos con la fuente de la Malena, imperceptible desde el camino pero señalada por unas matas de almendro (y por una pequeña nave, blanca, de Numanthia). Tenía un poco de agua y debió gozar de abundante caudal a juzgar por las señales del arroyo –ahora seco- que de ella nacía. Está construida en buenos sillares de piedra, con un arca cuadrada y abierta, y pilón a la derecha, pegado al muro. Mira hacia un majuelo.

Fuente de la Coscojosa

Otra vez nos topamos con el AVE. Otra vez debemos avanzar a campo traviesa. Otra vez los caminos de los mapas no responden a la realidad –la construcción del trazado del AVE los ha cambiado- pero acabamos encontrando la fuente de la Coscojosa, oculta entre los pliegues de una ladera y su abundante vegetación. Tiene agua pero no fluye. Su forma es similar a la última que hemos visto y a la de la Quintana. Es de piedra, con estructura sencilla: al exterior, un gran sillar horizontal se asienta sobre otros dos verticales y así está enmarcada el arca. A unos metros, un abrevadero de ladrillo que seguramente sustituyó a otro de piedra. El paraje –un perro muerto entre la fuente y el abrevadero- parece abandonado. Otra fuente en peligro de extinción. Antaño, esto era un cruce de concurridos caminos.

Fuente de Jacinto

Bajamos hacia el Duero por un agradable valle con pinos y encinas. Antes de llegar a una inmensa parcela dedicada a almacén de vehículos de desguace (!), torcemos a la izquierda para buscar la fuente de Jacinto y, efectivamente, la encontramos en una zona húmeda contigua a una pequeña mancha de monte de encina y pino. Es otra fuente que impresiona por sus dimensiones. Tiene agua, un pilón y un amplio abrevadero con una barra metálica encima de él, a lo largo, y una gran arca de piedra y ladrillo. Lo malo es que la estructura se está cayendo a grandes pedazos: de momento, buena parte de muro de ladrillo que protege el pilón se ha desprendido por efecto de las raíces de un arbusto… Es el sino de estas fuentes que cumplieron su cometido y ya nadie quiere cuidar. El sitio es también un buen mirador hacia el noreste, por donde antaño cruzaba un concurrido camino.

Majuelo

Es hora de dejar las fuentes y bajar por el valle de Magarín hasta el río Duero. Todavía nos queda tiempo para acercarnos a sus orillas y contemplar sus anchurosas aguas en la divisoria provincial. Un poco más y, dejando a un lado un simpático palomar y la pesquera de peña natural, llegamos a Villafranca, donde se funden verdejo y tinta de Toro.

¡Qué pena que mueran en el olvido y desamparo quienes tanto nos ayudaron en otro tiempo y que han conservado hasta hoy mismo su belleza! Total, su conservación es más rentable –proporcionalmente- que el mismísimo AVE, paradigma del Progreso. Pero nadie caerá en la cuenta…

La Guareña

Entre Villafranca de Duero y Toro

31 marzo, 2017

Hemos dado otro paseo, transcurrido un año, para ver algunas fuentes del término de Toro que no conocíamos. Esta vez hemos recorrido las que se encuentran entre Villafranca de Duero –desde donde salimos- y la ciudad de Toro. Como siempre que venimos por esta comarca, el paisaje es encantador; cuando uno termina la excursión ya está pensando en la próxima… aunque sea dentro de un año. Son campos grava o arena, suavemente alomados –o no tanto, que las piernas del ciclista los notan sin excesiva suavidad- con pequeños llanos en el centro, entre el Duero y la Guareña. El norte está dominado por la torre de la Colegiata de Toro, el este por la línea lejana de Torozos –entre ambos puntos se divisa San Román de Hornija-, el oeste por los picones y tesos de Valbuena del Puente y el río Guareña, y el sur por otros tesos que no sobresalen tanto.

Paisaje de la comarca

En los campos de cultivo abunda el viñedo y en este tiempo las cepas se muestran desnudas. También vemos cereal que no levanta más de un palmo y algunas tierras sembradas de plantas forrajeras. También abundan las manchas de pinares, encinares, así como corpulentas encinas (encinos, por aquí) solitarias. Y las vistas: son frecuentes las asomadas a los diferentes valles y vallejos comarcales. También quedan restos –pocos- de antiguas cañadas y monte bajo, ruinas de viejas casas de labrantío y algunas tudas olvidadas. Luego hablaremos de la sorpresa del día, esta vez en forma de puente.

Encino

El progreso no podía faltar. Se nota en la atención esmerada al viñedo, en el trazado nuevo de la red de caminos, y en el trazado del AVE, que dificulta enormemente algunos accesos y divide esta pequeña comarca. Sin embargo, durante el espacio tiempo que duró nuestro paseo sólo oímos un tren. ¿Tanta inversión para eso? A lo que parece, somos el país más rico del mundo, pero a costa de nuestros tataranietos… ¡Y encima querremos que nos paguen la jubilación, pobres!

Fuente Nueva de Bardales

Pero vayamos allá. Como ya conocemos la fuente de la Quintana, nos dirigimos a la fuente Nueva de Bardales por donde estuvo antigua cañada -hoy soñada- en el ancho valle de Magarín. Del manantial brota agua, pero no de la fuente, que ya no se repara. Está en un aislado y agradable lugar, verde y fresco, con buenas vistas y corpulentas encinas. Antaño pasaba por aquí el camino y cañada que conducían, desde Toro, a la cercana casa de Joseinés. Hoy todo ha cambiado y la fuente se pierde lejos de cualquier camino.

Fuente de las Brozas

Desde aquí, manteniéndonos a buena altura en el valle, vamos hasta el famoso camino de Bardales, o lo que queda de él en su nuevo trazado, y lo tomamos en dirección norte. Después de diversas asomadas y llanos, nos presentamos en la espectacular fuente de las Brozas, de la que, milagrosamente, mana un poco de agua. Su arca, en ladrillo, está abierta por un gran arco de medio punto y surte de agua a un abrevadero enorme, en piedra de buenos sillares que se encuentra a su derecha. Bajo el arco, un pretil de piedra protege las aguas y sobre el arca dos pináculos en los extremos frontales adornan y diferencian esta construcción. Según nos cuenta Otero Toral, era esta una de las fuentes de referencia en la comarca, pues junto a ella pasaban caminos muy transitados. Hoy deja ver algo de lo que fue, y agradecemos que sus alrededores no se encuentren cultivados. Una mesa megalítica para las meriendas completa el conjunto.

El puente

Un kilómetro más al norte sufrimos lo que parece una extraña alucinación: en medio de un praderío de monte bajo, se levanta un puente de excelente factura, ancho, de piedra y en perfecto estado de conservación. No tiene ni camino ni río. Lo primero es fácil de entender, pues por aquí pasó el de Bardales in illo tempore, pero ¿qué fue del río? No vemos sino monte bajo, no hay restos de cauce alguno, ni de vegetación de ribera: es más, aguas abajo –por decir algo- vemos los restos de lo que fue un majuelo y aguas arriba, un campo de cereal. ¿Entonces…? Pues entonces lo hubo, hubo un río; el viejo mapa señala un arroyo intermitente y nos dice que el puente se llama de la Alcantarilla. Pues ahí lo dejamos, con su misterio. ¡Que perdure mucho tiempo con tan buena salud!

Esto es lo que queda de la fuente de la Marinácea

Siguiendo el imaginario cauce del arroyo llegamos al idílico lugar donde brotaba la fuente de la Marinácea. Antaño tuvo una pequeña negrillera al lado, hoy sólo vemos sus retoños que brotan sobre el mismo arca de la fuente y su pilón y acabarán pe destrozarlos por completo.  Bueno, el arca de distribución ya está destrozada, tiene hundido el tejadillo, y otra arca que hay un poco más arriba, para recoger el agua del manantial, está medio desaparecido. Es una pena pero esta ya no se recuperará.

Fuente del Cantador

Damos marcha atrás unos metros y ante nuestros ojos otra visión similar a la del puente: justo en medio de un viñedo aparece, como por ensalmo, la fuente del Cantador. Pocas veces veremos una cosa así, pero ahí está, se puede palpar, no estamos soñando. Recuerda a la fuente de las Brozas: gran arca de ladrillo sobre piedras sillares, bóveda de medio punto con cubierta a dos aguas, al exterior se abre una ventana dentro de un arco cerrado. En el lado izquierdo, un pilón abrevadero de gran capacidad. Está seca, tal vez por la destrucción del pequeño montículo por el que circulaba el manantial. Nos podemos sentar sobre el pilón para contemplar el majuelo próximo y los campos de frutales con sus casetos, más lejanos. Al fondo pequeñas manchas de pinar.

Y de momento, lo dejamos aquí para continuar en la próxima entrada.

 

Paisajes de Simancas

16 marzo, 2017

Simancas es una de las localidades con más historia de toda nuestra provincia. La mayoría de las poblaciones son -podríamos decir- de ayer, incluida la capital, fundada por el conde Ansúrez en 1072. Sin embargo, Septimanca  ya era conocida en la época romana, fue sometida por los musulmanes seguramente en 713, destruida por Alfonso I en 754 y repoblada definitivamente en 899…  Como no se trata de narrar la historia de Simancas, no seguimos; solo dejamos constancia de que fue sede episcopal durante la época de la Reconquista y que de época muy anterior a la romana conservamos los restos del dolmen de los Zumacales. Fue la población más importante de la zona hasta que Valladolid le arrancó esa primacía.

Pero en este blog nos interesa en paisaje y, en esto, también lo tiene todo: páramo, valles, ríos, riberas, montes. No echamos nada en falta. Vayamos, pues, por partes.

El páramo

Este accidente geográfico define la peculiar situación de Simancas: una lengua del páramo de los Torozos llega hasta las inmediaciones del Pisuerga. Y desde su canto desciende con relativa suavidad formando una especie de colina hasta que por fin, cae en vertical unos 50 metros hasta el río. ¡Perfecto para un poblamiento defensivo! El único sitio que había que proteger especialmente era la unión con la paramera.

Por lo demás, el páramo simanquino es eso, una lengua de 6 km de largo por unos 600 de ancho. Ideal para contemplar el anchuroso valle del Pisuerga-Duero y Valladolid con su festón cerrateño de fondo. En días claros, desde la balconada se nos muestra la cordillera de Segovia y Ávila.

Se encuentra bordeado por el barranco del Pozo de la Teaza, al oeste, y por la laderas de Valsordo, al este. Por esta lengua discurre la cañada de Merinas, que es uno de tantos ramales de la cañada leonesa oriental: los rebaños cruzaban el puente de piedra para seguir hacia Puente Duero.

 

Los valles y cuestas

Entre el páramo y el término de Arroyo de la Encomienda se extiende una amplia zona de pequeñas colinas y campos ondulados. Por ella discurren los arroyos Rodastillo y de Santa Marina. Es una zona rica en fuentes: podemos acercarnos al manantial de Pico Cuerno, que tal vez se encuentre fluyente al menos a partir de los marjales 200 metros aguas abajo del nacimiento, a la fuente de la Puerca que con dificultad encontremos, asfixiada –pero también señalada- por una densa espadaña, y a la fuente del Muerto, a la sombra de unos chopos.

Fuente de la Puerca

No lejos de esta última descansa -en el abandono hasta ayer mismo- el monumento megalítico de los Zumacales, único en la provincia. Ahora lo acaban de limpiar, han recolocado las piedras que había tiradas en una ladera y han trazado un caminillo de acceso.

Cerca del río brotaban abundantes manantiales, como ya hemos visto en la entrada anterior. No hemos encontrado ya la fuente de la Teja, que fluía aguas abajo del puente de piedra, en la orilla izquierda y de la que hemos bebido buenas aguas hace más de treinta años.

Pero de lo que de verdad se ha gloriado el término es de acoger la confluencia del Pisuerga y el Duero, a lo que ya hemos dedicado más de una entrada. Y es que por Simancas también pasa el Duero: desde Puente Duero a la desembocadura del Pisuerga, la orilla derecha es de Simancas, y posee las fuentes del Batán y del Frégano –de ésta sólo queda el nombre y el lugar donde brotaba- y las aceñas –hoy centralita eléctrica- de Pesqueruela. El Duero forma en sus riberas un bosque de galería, si bien menor que el creado por el Pisuerga.

Lo malo de estos ríos es que la ribera suele ser una estrecha y enmarañada selva inaccesible que también impide el paso a la misma orilla del río. Claro que esto tiene sus excepciones y hay arboledas y pequeñas praderías muy adecuadas para reposar o pescar. Ahí está, por ejemplo, el prado de la Mesta –hoy arboleda- aguas abajo del puente en la orilla izquierda; no obstante, los espacios accesibles abundan algo más en la orilla del Duero. Madoz reseñaba al menos tres prados importantes en el término de Simancas. Claro que también decía que en el sus ríos abundaban el barbo, la trucha y la anguila, de los que ya sólo queda el primero.

 Los montes

También sus montes –pinares en este caso- son agradables para el paseo, o incluso para recolectar nícalos en otoño. El pinar de Simancas forma un todo indivisible con el vallisoletano de Antequera, y en él abundan grandes ejemplares de piñonero. Es llano, con buenos caminos y senderos para andarines y ciclistas. Hacia el oeste, el pinar se llama de Peñarrubia y se va estrechando hasta casi Pesqueruela.

Precisamente en este último pinar, junto al camino de la fuente del Frégano, vemos uno de los pocos ejemplares de pino piñonero catalogados en nuestra provincia, denominado de Simancas. Destaca por  la esbeltez y corpulencia de su copa.

Entre los pinares y el Pisuerga, la acequia, con sus senderos, forma un pequeño y estrecho bosquete ideal para pasear en verano por su sombra y frescura. Y como no falta la humedad, podemos coger setas del chopo ya desde finales del verano.

Y la ciudad

Todo esto sin despreciar la propia ciudad, cuidada y bien conservada. Nos podemos acercar al mirador sobre el río, muy cerca de la plaza Mayor, pasear por las inmediaciones del puente de piedra, caminar por sus calles en cuesta, visitar el rollo jurisdiccional, beber en la fuente del Archivo, o solazarnos en los jardincillos de la Virgen del Arrabal…