Archive for the ‘Duero’ Category

Huele a otoño

30 octubre, 2019

Ahora parece que sí. El tiempo se ha suavizado: no llueve, pero todo está húmedo y cambiando a ese color verde –la otoñada- desde el agotamiento marrón o amarillo del verano. En los frutales, las manzanas, los higos o las nueces están en su sazón; dentro de poco, los membrillos. Las frondosas empiezan a amarillear y a perder la hoja, que cae perezosamente, remoloneando, en caminos, prados y perdidos. Y hoy el cielo se ha vestido de nubes altas y finas que dejan pasar algún rayo de sol. La corriente de los ríos y arroyos -y hasta de los canales- se anima gracias a las últimas lluvias; en la superficie de las aguas navegan las hojas amarillas recién caídas. Las aves parecen ausentes, pero una ardilla busca comida. Un cangrejo se pasea por la orilla…

En fin, este era el panorama entre Laguna y Tudela hace tres días por la sirga del canal del Duero… Otoño.

El monte de Peñalba

4 octubre, 2019

Peñalba de Duero es famosa por sus cortados, pero también por sus ruinas, ya sean de casas, bodegas o puentes. Mantiene restos verdaderamente misteriosos, como la Corona, o caminos milenarios, como la senda de los Aragoneses -junto al río- o la calzada de Clunia, por el páramo.

Camino de Castrillo

Pero lo último que acabo de descubrir es el monte de Peñalba, que se encuentra hacia el este del término, formando un gran espigón o cabezo entre el Duero y lo que denominan el Valle. Fue, claramente, un monte. Hoy, sin embargo, el monte se ha reducido a las laderas del espigón y Valle, si bien antaño todo debió estar recubierto de roble y encina.

Lo que va quedando de monte…

Podemos subir desde Peñalba por el antiguo camino de Castrillo y, al llegar al Caserío de Peñalba (o Casa de San Isidro), un desvío a la derecha nos llevará por el cerral del Cabezo, precisamente al punto donde nacían dos senderos que bajaban hacia el Duero, uno en dirección sureste y el otro suroeste, conforme apreciamos por vestigios. También hacia este cerral subía la vereda de la Hijosa, más al este. Pero seguimos, sin bajar, hasta el mismo picón de este paramillo. A nuestros pies, el valle del Duero, desde más allá de las Mamblas hasta casi Peñafiel. Al otro lado, el Valle, con sus laderas empinadas y sus suaves elevaciones al centro. Maravilloso lugar para el paseo y la contemplación; para dominar el paisaje.

Visión de las Mamblas

Es, además, refugio de fauna: en el trayecto desde Peñalba con su vuelta pude ver más de 17 corzos, aunque seguramente algunos estarían repes. También ver, desde arriba, el vuelo de grandes rapaces.

Se trata de un paseo, en fin, tan corto como agradable.

San Pedro Regalado y el Duero

12 mayo, 2019

 

[Como quien ve el agua pasar, vi pasar a Pedro.
Le vi, le veo;
está junto a mi entre los olmos del Pisuerga]

Y, así, pasa ante mis ojos: 
el sayal, como la hoja enroscada del olmo, a la deriva;
la que en sus ramas estuvo y cayó, como él, de su tiempo, la hoja del olmo.
Pero su espacio es este; acercaos; y sigue aquí; 
si apretamos el corazón mejor le sentimos;
si profundizamos más el alma mejor le vemos;
sobre el agua la hoja seca del olmo, de encendido color, es ahora su sayal,
la hoja seca, encendida del olmo.
Pedro, dulcemente, delicadamente, verdaderamente, está, pasa.
Por eso estoy a la orilla del Santo al estar a la orilla de este río,
del Santo que es vida, como el agua, a quien veo como veo al agua,
que como otro Duero pasa,
otro Duero orillado del cielo.

Pedro es el fraile que no se hacía notar. Se le conocía por su silencio continuo, porque se retiraba a rezar y pasaba desapercibido en su comunidad. Es un contraste para nuestra época en la que no se dan las circunstancias vitales que nos permiten retirarnos y tomar distancia pues salir del tiempo impetuoso de la vida nos permite convertirnos en observadores, facilita la contemplación... La vida actual no invita a pensar y menos aun a rezar y contemplar, podríamos decir a continuación. Y por eso tal vez, Pedro llegó tan lejos. Pasaba de un convento a otro -del Abrojo a la Aguilera- sin moverse. O estaba en los dos a la vez. O caminaba sobre las aguas del Duero. O detenía un toro embravecido con solo mirarlo.

Pedro, sin pretenderlo, llegó a evangelizar América, especialmente México: los franciscanos españoles, renovados por la fuerza interior de los Pedros de Villacreces y Regalado, pudieron llevar la fe y la cultura española a aquellas tierras… ¡Paradojas de la contemplación!

Pedro es el santo de la Esgueva, junto a la que nació, y del Duero, que unía los dos conventos donde vivió. Y de los toros y toreros. Y de Valladolid, Laguna y la Aguilera, y lo celebramos el 13 de mayo. Pedro, como Francisco, amaba la naturaleza y todo lo que de ella brotaba.

***

La cursiva es del filósofo alemán Peter Sloterdijk (El País, 4.5.19). La poesía, de la Vida de Pedro Regalado, sueño de Paco Pino. Es una pena que ya no queden olmos ni en el Duero ni en el Pisuerga. El siglo XX ha quitado a Pedro su sayal. Esperemos no quitarle la vida, o sea, el agua pues, como expresa Pino, quien ve pasar el agua ve pasar a Pedro…

Abril

13 abril, 2019

Abril, ese mes en el que suele hacer bueno y malo, en el que te asas al sol y puedes coger una pulmonía a la sombra con viento. Variable. Puedes también bañarte en el río y, al día siguiente, jugar con la nieve. Abril no tiene reglas. No es el mismo nunca; siempre cambiante, siempre voluble, como el clima mismo. Es eso, la quintaesencia del clima. Si el cambio climático tuviera los mismos ritmos que abril, aviados íbamos. El refranero nos dice: abril, abrilete, con sus caras siete (aunque realmente son muchas más) o abril abrilillo, ¿dejarás de ser pillo? De todas formas, en abril suele llegar la lluvia y, con ella, la esperanza para el campo: abril llueve grano y paja mayo o bien venga abril con sus aguas mil.

Además, en Valladolid la temperatura media del mes de abril suele coincidir con la media de la temperatura anual. Es como un mes en un año. O al revés.

Sea como fuere, lo cierto es que si salimos al campo en abril hay que llevar el chubasquero, por si acaso. Nos puede caer un buen chaparrón, y luego salir el sol y secarnos. Podemos pillar un día nublado con claros luminosos y nubarrones lluviosos. De todo un poco.

Como el pasado domingo, en el que disfrutamos de un paseo por el pinar en el que la hierba empezaba a lucir de un verde luminoso y las escobas su amarillo brillante. El los ribazos y riberas, los pequeños negrillos y los fresnos entonaban con un verde claro  y tierno. Y todo ello acompañado de los cantos inconfundibles del carbonero garrapinos y del herrerillo.

Los campos de cereal también lucían un verde claro y fuerte al mismo tiempo, reflejo de los rayos del sol cuando el cielo aborregado los dejaban pasar. Desde las proximidades del canal del Duero mirando hacia el polígono de la Mora y el caserío de Retamar, cuatro corzos campeaban a sus anchas, sin miedo a la proximidad del ser humano. Parece que se están acostumbrando a nuestra presencia.

En la subida al cerro de las Encinas, éstas relucían con sus hojas recién lavadas por el agua de lluvia. Pero los quejigos se mantenían desnudos, impertérritos ante la llegada de abril. La carrasquilla arbustiva nos alegraba con sus florecillas de azul intenso. Ya en el páramo, las corpulentas encinas recortaban su silueta sobre el ras.

Volviendo hacia Valladolid, al monte de Fuentes parecía no haber llegado aún la primavera, pues el suelo mostraba su aspecto gris o pajizo, invernal. Bien es cierto que a la altura del caserío, la colza ya mostraba su flor amarilla.

Más o menos, así fue el paseo. Podía haber sido peor, pero el agua se contuvo en las nubes y nosotros pudimos disfrutar de una mañana bastante agradable. Eso sí, si hubiéramos elegido la tarde para salir, la mojadura hubiera sido de campeonato. Veleidades de la abrilada.

Un claro entre nubes

16 noviembre, 2018

El pasado fin de semana estuvo lloviendo a jarros. Nada animaba a dar una vuelta en bici; en casa se estaba tan ricamente oyendo llover. Pero el sábado, después de comer, dejó de caer agua a la vez que se puso a soplar el viento. Y acabó saliendo el sol, muy tímidamente y solo a ratos. ¿Para qué más? El campo parecía decir ven a verme.

De manera que le hice caso y allá que fui. Solo un rato. Solo hasta que se hizo de noche, que ahora el sol se mete pronto. Pero lo justo para saludar a un noviembre ocre, lluvioso y embarrado.

Punto de partida: Traspinedo, por el camino del Arenal. Después de pasar junto a las desmochadas ruinas del molino de Papel, llegas, claro, al arenal. Pura arena. Tanto, que tienes que ir con la bici de la mano. No hay otra. Y cuesta caminar. Al poco, pasas por un puente, rústico como pocos, hecho de grandes lajas de caliza colocadas sobre arroyo del Molino, que no es arroyo de verdad aunque tenga algunos árboles en las orillas, sino una zanja o acequia seca.

Después de seguir el arroyo, el paseo discurrió entre pinos por caminos con firme normal, que se agradecía. Este monte -de abundantes juncos y con algunos pozos y lagunas- olía a lluvia, y los pinos parecían limpios, nuevos, como recién estrenados para uno que pasaba por allí (!). La tamuja también estaba pulcra, sin polvo, suave. Así, acabamos en Sardón, para rellenar el bidón en la fuente de la plaza.

Otro parón en los majuelos próximos, haciendo un poco de rebusca: ¡qué dulces y ricas estaban las tempranillo! Entre majuelos y encinas, con miedo a la pegajosa arcilla, fuimos cuesta arriba por el camino de los Robles que, en el mismo cerral, nos esperaban (los dos) para darnos la bienvenida tras la sudorosa subida. Estaban vestidos como arlequines, al modo pop-art: con una mitad seca y otra mojada. Viejos y simpáticos. Un poco más allá, siguiendo un camino de ásperos bogales, los restos de un horno de la cal.

Y, otro poco más allá, el plato fuerte de la excursión: el mirador del Pico del Moro que nos mostraba, a nuestros pies, el valle del Duero. Hacia el este, el valle acogía entre sus laderas, muy separadas, la luz del poniente que se metía difuminada entre nubes volanderas de puro algodón, vapores traslúcidos y algún chaparrón. Al frente, Sardón, los chopos de la ribera, las laderas del pico Melero, la Abadía de Retuerta y sus viñedos, Quintanilla de Onésimo, y todo a la luz casi horizontal del sol que se colaba desde la boca del valle iluminando cada resalte para sacar sus matices otoñales… ¡Un auténtico espectáculo natural y gratuito!

Poco después, en la bajada, el sol seguía sacando los colores a los pinos y encinas del barco del Gollón y se dejaba ver entre las hierbas y matas del borde del camino. Entre pinares, ya de noche cerrada, llegamos a Santibáñez y más tarde a Traspinedo, donde los vecinos celebraban a su patrono, san Martín.

Aquí, el recorrido, de unos 30 km.

Torcenite, la Corona y una olvidada cañada

8 octubre, 2018

Entre la última lengua de páramo y la primera de las Mamblas entre el Duero y el Jaramiel, se levanta Torcenite, que es como un cabezo de unión entre ambas elevaciones. Su cima es redondeada, casi plana. Hacia el sur, hacia el Duero, cae a pico sobre la llanura. Hacia el norte, suaves ondulaciones que llevan hasta Villabáñez. Por el collado de su falda oeste cruzaba la antigua calzada de Clunia –se nota perfectamente su rastro- y por el collado del este pasa el sendero que nos llevará a Peñalba. Torcenite es, sobre todo, un buen mirador sobre el valle del Duero. Vemos muy de cerca las derroñeras blancas del pico del Águila, que caen desde el páramo: un poco más al fondo se ha colocado una torreta de vigilancia contra los incendios, pues desde aquí se domina un amplísimo panorama. Lo de Torcenite, ¿qué puede significar? Es muy posible que venga de torques (collar rígido y redondo, abierto por la parte de atrás, de origen celta) a causa de lo que evoca el cerro por su forma. Además ¡hasta parece que tiene un collar sostenido horizontalmente por la ladera!

Versiones de Torcenite. El “torques” se ve claramente en las dos (clic para ampliar)

Nos vamos por la vieja senda de los Aragoneses entre las Peñas y el Duero. Las dos grandes cabeñas se están cubriendo con pinos de Alepo, lo que impide o al menos obstaculiza su cambio y erosión. Los rayos oblicuos del sol del atardecer recortan aún más los cortados –valga aquí la redundancia- produciendo un curioso fenómeno. Nunca habíamos cruzado por este sendero con tanta maleza; las escobas y arbustos quieren atrapar el manillar de la bici pero no lo consiguen y, con dificultad, nos acercamos a la chopera del otro lado. Y es que el sino de esta senda es el cambio: antes pasaba unos metros más arriba hasta que, por falta de mantenimiento y caída de tierras, se desplomó. Desde entonces se ha abierto otra junto a la misma orilla del río que se mueve cuando hay derrumbamientos o crecidas, o las dos cosas.

La ribera izquierda desde la Corona

Nos encaramamos a la Corona, que en otra ocasión vimos desde el cerral. Su forma impresiona menos que desde arriba pero no dejar de ser curiosa. Su cima no es tan plana como parecía, pues se ondula y eleva ligeramente hacia el sur y su redondez se está modificando también por el sur, donde las peñas se van desprendiendo poco a poco, debido a la erosión. Salvo por este lado, su trazado parece artificial, pues abundan grandes piedras calizas que tal vez provengan de una tapia o muro. Y, en otros siglos, hubo construcciones, a juzgar por los abundantes restos de cerámica basta. Con mucho cuidado, nos asomamos sobre el cortado para contemplar bajo nuestros pies el río y su ribera, con la chopera que acabamos de atravesar en primer plano. Parece que hemos elegido un mal momento para acercarnos, dada la abundante maleza que todo lo cubre, pero ya no hay otra opción. Curioso lugar, en épocas lejanas muy concurrido, y bueno para vigilar y dominar el paso del río por el antiguo puente. Precisamente las fuentes históricas hablan de una importante fortaleza que defendía el paso del río: ¿se levantaría sobre la Corona?

Los cortados

En cualquier caso, Peñalba y sus cortados nunca defraudan, por mucho que los atravesemos.

Nos dirigimos al pueblo –o despoblado, como prefiramos, si bien en la alta Edad Media llegó a ser villa y cabeza de alfoz- y luego a la Isla, pero sin bajar al río y sus praderas. Y seguimos hasta la raya de Sardón, donde una moderna bodega bulle en actividad preparando la vendimia.

Extraplomo en Peñalba

Y ahora, como se hace tarde, vamos a dar la vuelta hacia Villabáñez tomando, al menos en parte, el antiguo trazado de la cañada de la Hijosa. Primero tomamos un camino sube entre encinas y pequeñas rozas, hasta llegar a una zona plana en la que desaparece, engullido por una tierra de labor. La cruzamos y conectamos con la cañada, que sube en diagonal muy empinada al páramo. No es apta para carruajes; sólo para caminantes y animales. Nuestra burra responde a veces y a veces hay que llevarla. Abajo, Sardón y Quintanilla se muestran iluminadas por el último sol de la tarde. Al fin llegamos a otra tierra de labor ya en el ras del páramo y, a campo traviesa, conectamos con un camino que nos lleva a la carretera, en la que asistimos a la puesta de sol.

Sardón y el Duero desde la cañada de la Hijosa

Aquí, el recorrido.

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