Archive for the ‘Duero’ Category

¡Pobres ríos, pobres riberas!

12 enero, 2020

Da gusto ver los ríos Duero y Pisuerga con su agua limpia y todavía con su ejarbe, rabiones continuos y escasos restaños, debido todo ello a las abundantes lluvias del mes pasado… ¿da gusto? Pues si te abstraes por completo de la ribera, sí; de otra forma considerarás que somos unos auténticos cerdos, con perdón de los marranos que estarán hozando en sus dehesas y disfrutando de las bellotas.

¿Y a qué viene esto? Pues viene a que da pena ver las riberas. No hay arbusto, zarza, árbol que no esté cubierto de plástico, tal que fantasmagórico árbol de Navidad o, mejor, de mierda y porquería. Antaño, tras las crecidas, quedaban en las ramas una especie como de nidos de hojarasca, pequeños palitroques y tierra, que para cualquier pescador u observador marcaba la línea imaginaria de la última crecida. Ahora esos nidos ya ni se ven, dada la abundancia de plástico. No sé cómo estarán los mares, pero si tienen la misma proporción de plástico que nuestros ríos, no hay nada que hacer.

Podemos hablar todo lo que queramos de contaminación y cambio climático, que tampoco hay nada que hacer. Si no empezamos por algo tan sencillo y asequible a todos como es no tirar basura al río y sus riberas, de nada vale todo lo demás: será un gasto que engrosará los bolsillos de los políticos, oenegés, asociaciones listillas y empresas desaprensivas. Como siempre. Si aquí, en Valladolid (¡Europa!), no valoramos la belleza y hermosura de nuestro entorno –que es una parte del planeta- ¿cómo vamos a valorar la conservación de la Tierra?

No sé por qué, pensé que llevamos camino de ser algo parecido a una compañía de depredadores y me acordé de los versos de Vicente Aleixandre cuando nos cuenta para quién escribe:

Y para la muchacha inocente, con su sonrisa, su corazón, su tierna medalla, y por allí pasó un ejército de depredadores.
Y para el ejército de depredadores, que en una galopada final fue a hundirse en las aguas.
Y para esas aguas, para el mar infinito.

¡Queda tanto por hacer…!   (A todo esto seguro que alguno piensa que la culpa es de la CHD que no limpia las riberas)

 

Albocela y el Viso de Bamba

1 diciembre, 2019

El subsuelo del término municipal de Villalazán, entre Zamora y Toro, guarda los restos de una ciudad romana de tamaño medio que se desarrolló entre el emperador Augusto y el siglo V. Por el momento no sabemos demasiado, pero los vestigios ahí están, esperando a los arqueólogos. La mayoría de los datos sobre esta ciudad –Albocela- se los debemos a la fotografía aérea: en determinados momentos del año la fotografía sobre los lugares arqueológicos desvela interesantes secretos. Por ejemplo, el maíz al brotar sobre Albocela tiene un tono diferente si lo hace donde antiguamente hubo muros o vías que sobre otros terrenos. Así, los expertos hablan de una ciudad de un kilómetro de este a oeste por 500 metros de norte a sur, además de un amplio campamento, al oeste de la ciudad, levantado seguramente por Augusto en las guerras cántabras. Y al norte del campamento, defendido por el Duero y por una muralla, se han encontrado los restos de un castro prerromano, Valcuevo.

En la dehesa de San Martín

Pues por ahí y por el teso del Viso, donde a su vez hubo otro castro de la Edad de Hierro, nos dimos un paseo hace poco. Y hace unos años visitamos las cercanas Contiendas, canteras de donde los romanos extrajeron la piedra necesaria para levantar la civitas citada.

En primer lugar nos adentramos en un gran meandro del Duero que contiene la dehesa de San Martín, que aprovecha una tierra especialmente fértil y amorosa. Pero lo mejor de este meandro son, sin duda, sus islas. Son zonas inundables, ricas en grava, en hierba, tamarizos y con abundantes fresnos más o menos aislados o formando tamarales. Por supuesto, la orilla del río se encuentra protegida –y normalmente inaccesible- por hileras de chopos y álamos. El día era extraordinariamente ventoso, pero aquí no lo notamos pues, además de que la zona está más baja que las tierras circundantes, la maleza nos protegía. Estas islas poseen, además, caminos y senderos perfectamente ciclables. También pudimos observar distinto ánades y zancudas en una gran charca, suponemos que artificial. Saliendo de la isla llegamos hasta la curva interior del meandro, donde, en la otra orilla, se levanta Fresno de la Ribera.

Bajo los fresnos

Después, volvimos sobre nuestros pasos para realizar luego un pequeño trayecto por la orilla de río. Finalmente, atravesamos El Alba, pago que guarda en sus entrañas la ciudad y el campamento comentados arriba. Conste que guardamos un silencio casi sagrado en recuerdo de las gentes que poblaron estos paisajes hace dos mil años.

Las Contiendas desde el Viso

Cruzamos Madridanos, con su iglesia de piedra dorada y, en vez de girar a poniente para llegar a Bamba, torcimos a oriente para encarar la cuesta del Viso. Viso no es otra cosa que visión o vista, o sea, altura desde donde se descubre mucho terreno, que eso dice el diccionario y eso es lo que se ve desde aquí. Perfectamente se divisaban Villalazán, Madridanos, Moraleja, Villaralbo. El cerro de las Contiendas con el Culo del Mundo y Sanzoles recostado sobre su ladera. Zamora ya no se veía bien a causa del sol. El Viso es hermoso, y perfecto para levantar un castillo o castro en lo más alto, pues arriba posee la superficie mínima para ello y unos escarpes difíciles de superar con una buena defensa. Aquí se levantó, seguramente, la Arbucala de bravos defensores que conquistó nada menos que Aníbal en el año 220 a C. Casi nada. Siglos más tarde, continuaría, romana y en llano, como Albocela.

Otra vista

Y esto fue todo. Con los molinillos de las Contiendas al este, rodamos luchando contra la arcilla hasta Villalazán. Por cierto, que en el bar Avenida tienen unas raciones dignas de Roma y Cartago juntas, en serio. Tal vez tengamos que volver para visitar lo que se ha excavado -unas termas- de la ciudad romana. Aquí dejamos el trayecto seguido. Podéis ver este artículo de Julio del Olmo.

Huele a otoño

30 octubre, 2019

Ahora parece que sí. El tiempo se ha suavizado: no llueve, pero todo está húmedo y cambiando a ese color verde –la otoñada- desde el agotamiento marrón o amarillo del verano. En los frutales, las manzanas, los higos o las nueces están en su sazón; dentro de poco, los membrillos. Las frondosas empiezan a amarillear y a perder la hoja, que cae perezosamente, remoloneando, en caminos, prados y perdidos. Y hoy el cielo se ha vestido de nubes altas y finas que dejan pasar algún rayo de sol. La corriente de los ríos y arroyos -y hasta de los canales- se anima gracias a las últimas lluvias; en la superficie de las aguas navegan las hojas amarillas recién caídas. Las aves parecen ausentes, pero una ardilla busca comida. Un cangrejo se pasea por la orilla…

En fin, este era el panorama entre Laguna y Tudela hace tres días por la sirga del canal del Duero… Otoño.

El monte de Peñalba

4 octubre, 2019

Peñalba de Duero es famosa por sus cortados, pero también por sus ruinas, ya sean de casas, bodegas o puentes. Mantiene restos verdaderamente misteriosos, como la Corona, o caminos milenarios, como la senda de los Aragoneses -junto al río- o la calzada de Clunia, por el páramo.

Camino de Castrillo

Pero lo último que acabo de descubrir es el monte de Peñalba, que se encuentra hacia el este del término, formando un gran espigón o cabezo entre el Duero y lo que denominan el Valle. Fue, claramente, un monte. Hoy, sin embargo, el monte se ha reducido a las laderas del espigón y Valle, si bien antaño todo debió estar recubierto de roble y encina.

Lo que va quedando de monte…

Podemos subir desde Peñalba por el antiguo camino de Castrillo y, al llegar al Caserío de Peñalba (o Casa de San Isidro), un desvío a la derecha nos llevará por el cerral del Cabezo, precisamente al punto donde nacían dos senderos que bajaban hacia el Duero, uno en dirección sureste y el otro suroeste, conforme apreciamos por vestigios. También hacia este cerral subía la vereda de la Hijosa, más al este. Pero seguimos, sin bajar, hasta el mismo picón de este paramillo. A nuestros pies, el valle del Duero, desde más allá de las Mamblas hasta casi Peñafiel. Al otro lado, el Valle, con sus laderas empinadas y sus suaves elevaciones al centro. Maravilloso lugar para el paseo y la contemplación; para dominar el paisaje.

Visión de las Mamblas

Es, además, refugio de fauna: en el trayecto desde Peñalba con su vuelta pude ver más de 17 corzos, aunque seguramente algunos estarían repes. También ver, desde arriba, el vuelo de grandes rapaces.

Se trata de un paseo, en fin, tan corto como agradable.

San Pedro Regalado y el Duero

12 mayo, 2019

 

[Como quien ve el agua pasar, vi pasar a Pedro.
Le vi, le veo;
está junto a mi entre los olmos del Pisuerga]

Y, así, pasa ante mis ojos: 
el sayal, como la hoja enroscada del olmo, a la deriva;
la que en sus ramas estuvo y cayó, como él, de su tiempo, la hoja del olmo.
Pero su espacio es este; acercaos; y sigue aquí; 
si apretamos el corazón mejor le sentimos;
si profundizamos más el alma mejor le vemos;
sobre el agua la hoja seca del olmo, de encendido color, es ahora su sayal,
la hoja seca, encendida del olmo.
Pedro, dulcemente, delicadamente, verdaderamente, está, pasa.
Por eso estoy a la orilla del Santo al estar a la orilla de este río,
del Santo que es vida, como el agua, a quien veo como veo al agua,
que como otro Duero pasa,
otro Duero orillado del cielo.

Pedro es el fraile que no se hacía notar. Se le conocía por su silencio continuo, porque se retiraba a rezar y pasaba desapercibido en su comunidad. Es un contraste para nuestra época en la que no se dan las circunstancias vitales que nos permiten retirarnos y tomar distancia pues salir del tiempo impetuoso de la vida nos permite convertirnos en observadores, facilita la contemplación... La vida actual no invita a pensar y menos aun a rezar y contemplar, podríamos decir a continuación. Y por eso tal vez, Pedro llegó tan lejos. Pasaba de un convento a otro -del Abrojo a la Aguilera- sin moverse. O estaba en los dos a la vez. O caminaba sobre las aguas del Duero. O detenía un toro embravecido con solo mirarlo.

Pedro, sin pretenderlo, llegó a evangelizar América, especialmente México: los franciscanos españoles, renovados por la fuerza interior de los Pedros de Villacreces y Regalado, pudieron llevar la fe y la cultura española a aquellas tierras… ¡Paradojas de la contemplación!

Pedro es el santo de la Esgueva, junto a la que nació, y del Duero, que unía los dos conventos donde vivió. Y de los toros y toreros. Y de Valladolid, Laguna y la Aguilera, y lo celebramos el 13 de mayo. Pedro, como Francisco, amaba la naturaleza y todo lo que de ella brotaba.

***

La cursiva es del filósofo alemán Peter Sloterdijk (El País, 4.5.19). La poesía, de la Vida de Pedro Regalado, sueño de Paco Pino. Es una pena que ya no queden olmos ni en el Duero ni en el Pisuerga. El siglo XX ha quitado a Pedro su sayal. Esperemos no quitarle la vida, o sea, el agua pues, como expresa Pino, quien ve pasar el agua ve pasar a Pedro…

Abril

13 abril, 2019

Abril, ese mes en el que suele hacer bueno y malo, en el que te asas al sol y puedes coger una pulmonía a la sombra con viento. Variable. Puedes también bañarte en el río y, al día siguiente, jugar con la nieve. Abril no tiene reglas. No es el mismo nunca; siempre cambiante, siempre voluble, como el clima mismo. Es eso, la quintaesencia del clima. Si el cambio climático tuviera los mismos ritmos que abril, aviados íbamos. El refranero nos dice: abril, abrilete, con sus caras siete (aunque realmente son muchas más) o abril abrilillo, ¿dejarás de ser pillo? De todas formas, en abril suele llegar la lluvia y, con ella, la esperanza para el campo: abril llueve grano y paja mayo o bien venga abril con sus aguas mil.

Además, en Valladolid la temperatura media del mes de abril suele coincidir con la media de la temperatura anual. Es como un mes en un año. O al revés.

Sea como fuere, lo cierto es que si salimos al campo en abril hay que llevar el chubasquero, por si acaso. Nos puede caer un buen chaparrón, y luego salir el sol y secarnos. Podemos pillar un día nublado con claros luminosos y nubarrones lluviosos. De todo un poco.

Como el pasado domingo, en el que disfrutamos de un paseo por el pinar en el que la hierba empezaba a lucir de un verde luminoso y las escobas su amarillo brillante. El los ribazos y riberas, los pequeños negrillos y los fresnos entonaban con un verde claro  y tierno. Y todo ello acompañado de los cantos inconfundibles del carbonero garrapinos y del herrerillo.

Los campos de cereal también lucían un verde claro y fuerte al mismo tiempo, reflejo de los rayos del sol cuando el cielo aborregado los dejaban pasar. Desde las proximidades del canal del Duero mirando hacia el polígono de la Mora y el caserío de Retamar, cuatro corzos campeaban a sus anchas, sin miedo a la proximidad del ser humano. Parece que se están acostumbrando a nuestra presencia.

En la subida al cerro de las Encinas, éstas relucían con sus hojas recién lavadas por el agua de lluvia. Pero los quejigos se mantenían desnudos, impertérritos ante la llegada de abril. La carrasquilla arbustiva nos alegraba con sus florecillas de azul intenso. Ya en el páramo, las corpulentas encinas recortaban su silueta sobre el ras.

Volviendo hacia Valladolid, al monte de Fuentes parecía no haber llegado aún la primavera, pues el suelo mostraba su aspecto gris o pajizo, invernal. Bien es cierto que a la altura del caserío, la colza ya mostraba su flor amarilla.

Más o menos, así fue el paseo. Podía haber sido peor, pero el agua se contuvo en las nubes y nosotros pudimos disfrutar de una mañana bastante agradable. Eso sí, si hubiéramos elegido la tarde para salir, la mojadura hubiera sido de campeonato. Veleidades de la abrilada.