Archive for the ‘Páramos de Peñafiel y Campaspero’ Category

…y de Corrales de Duero

25 septiembre, 2017

(Viene de la entrada anterior)

Dejamos Curiel por el camino real de Burgos, o por lo que queda de él. Antaño debió de ser una vía bastante transitada: venía de Peñafiel y, por Curiel y San Llorente se dirigía hacia Roa. Este valle conserva, a pesar de la sequía, frescor y humedad. Al poco de salir nos encontramos con otra fuente que derrama un hilillo de agua que se acaba por escapar entre las rendijas del abrevadero. Y desde la que se contempla una bella estampa de Curiel. Un poco más allá vemos cómo gotea otro manantial y, ya en el borde del páramo, una zona de juncos y zarzas denota que cerca hay agua, aunque no la llegamos a ver.

Rodamos ya por la llanura del páramo, de tierra pobre que no se deja ver debido a la abundancia de cantos calizos. Al fondo destacan las copas de los altos pobos de la fuente de Isarrubia, pero no llegaremos a ella. Nos paramos a contemplar de cerca los curiosos majanos de esta comarca, cuyas piedras se encuentran colocadas en orden y acompañadas de pequeñas encinas.

Chozo cerca de la fuente de san Bartolomé

Poco antes de llegar a la fuente del Valle, giramos hacia la fuente de San Bartolomé o del Congosto. Espectacular. No pensé que podía brotar, a estas alturas de un año tan año, tanta agua en una fuente tan cercana al ras del páramo. Pero allí estaba, dando a luz entre la piedra caliza un auténtico arroyo. Antaño, si bebías a bocos aquí, te podías atragantar con un cangrejo, de tantos que hubo. O eso nos dijo un corraliego que andaba de paseo por los alrededores del pueblo. La fuente se encuentra limpia y con la caseta y abrevaderos recientemente restaurados, y el lugar es como un amplio circo que se abre en la ladera, donde te puedes sentar a contemplar el valle.

Fuente de San Bartolomé

Por cierto, en ese valle, en la ladera de enfrente se levanta un curioso chozo de pastor. Curioso porque la planta es cuadrada para luego alzarse en forma circular. La puerta se abre en una esquina y posee un ventanuco al norte. Hoy está en un campo de girasoles, antaño debio ser monte todo esto, como la ladera de la fuente.

Subimos desde la fuente hasta el monte de San Llorente: es de robles y encinas de tamaño mediano. En algunos claros, cultivos de plantas aromáticas. Vemos chozos y corralizas y algunos colmenares. La piedra caliza aflora por todas partes en bogales, en grandes piezas o pequeñas que se aprovechan para construir muretes que antaño delimitaban el monte. Es un lugar alejado de las poblaciones, por lo que puede escucharse fácilmente la paz que aquí aun sobrevive. Hacia el este hay una buena asomada al valle del Cuco.

En el monte de San Llorente

Bajando hacia Corrales nos sorprende la fuente de Honsequilla –Juansequilla para otros- con dos pilones, nunca echó un gran chorro, pero se podía beber del hilo que surgía y los pilones estaban bien llenos. Al otro lado del camino ha llenado una pequeña balsa que sirvió para regar una huertecilla. Hoy quedan algunos morales y nogales; el lugar se encuentra protegido por la ladera y una cortina de encinas.

Las Pinzas 206

Fuente de Honsequilla

Y ya sólo nos queda que dejarnos caer hasta Corrales de Duero. La vuelta –que también puede hacerse por el páramo- la hicimos por el valle del Cuco, para disfrutar contemplando laderas de monte, prados y alamedas del arroyo Madre, y la peculiar arquitectura popular de estos pueblos que antaño se unieron bajo la cabeza de Curiel. En Bocos salimos al valle del Duero para pasar de nuevo –esta vez por debajo- junto a las enhiestas Pinzas que, con el permiso del castillo de Peñafiel,  dominan esta ancha vega.

 

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Las Pinzas y las fuentes de Curiel…

23 septiembre, 2017

Vamos a recorrer buena parte de las antiguas tierras de Curiel, que incluyeron las aldeas de Valle del Cuco, además de Roturas. Pero sobre todo rodaremos por Curiel y Corrales. Nos encontraremos con vallejos húmedos de abundantes manantiales, parameras de inhóspitos pedregales, montes de encina y roble, y cortados esculpidos en yeso y caliza.

Salimos de Pesquera de Duero para subir al páramo entre majuelos y tres chopos gigantescos, por Fuente la Zarza. Hace tiempo que no tomamos este camino y vemos que han preparado una gran balsa para acumular agua de riego. Supongo que la subirán del Duero, pues este arroyo, habitualmente seco, no tiene caudal. Sobre nosotros, los buitres aterrizan y despegan en el cortado de Valcárceles. Cada vez hay más buitres en nuestra provincia; no hay nada como alimentarlos de manera artificial.

Las cuevas del este

Nos acercamos a las Pinzas, paisaje que ha sido tallado por el  Duero a lo largo de unos dos millones de años. Como si hubiera tomado un pico o una sierra, ha tajado el páramo esculpiendo taludes verticales. Luego, el agua de lluvia, los vientos y también el hombre, han colaborado extrayendo el yeso que aquí existe bajo la capa caliza. El resultado son unas impresionantes cuevas que se asoman sobre el cortado para mirar el valle. Antaño fueron ocupadas por nuestros antecesores prehistóricos, luego por ermitaños y finalmente por pastores; todos buscaban el abrigo que ofrecen en invierno o por la noche.

Mirando al sur

Hoy podemos contemplar el paisaje: la hilera de verdor que forma el río; la alfombra viva de los pinares; las líneas de carreteras y caminos; los pueblecitos perdidos entre tanta naturaleza; el volar de las rapaces; el cielo… Todo a nuestros pies, casi al alcance de la mano.

Las Pinzas recuerdan precisamente una gran pinza, pues son dos grandes picos o salientes del páramo –El Cujón al oeste, las Pinzas propiamente dichas al este- que parece se abalanzan sobre el valle del Duero como pretendiendo agarrar o tomar algo con sus dos grandes brazos a modo de pinza. Pero los majuelos y almendreras se escurren ladera abajo…   

Almendrera

El brazo del este cae en picado sobre el valle, y tiene dos grandes oquedades en ambos lados. Sobre ellos, otro mirador. A las cuevas hay que entrar de lado: de frente es imposible debido a que se asientan en paredes verticales. ¡Ojo, que aquí las caídas pueden costar la vida! Tiene balconadas verdaderamente espectaculares, cuidadosamente talladas en el yeso y en la caliza, obras maestras de la escultura y arquitectura aunque nadie reclame autoría.

Estas son las cuevas más grandes. Pero en dirección a Curiel también las laderas están llenas de entrantes, salientes y cortados, que han favorecido la formación de pequeñas cuevas y huras donde zorros y conejos pueden guarecerse seguros y tranquilos.

Sanguijuelas

Nos vamos siguiendo el cerral después de pasar un buen rato contemplando los cortados y la profundidad del paisaje…

Enseguida divisamos el castillo y bajamos por el valle junto a la fuente de la Bombina, en cuyas aguas se mueven multitud de sanguijuelas moteadas.

Estamos en Curiel y delante de nosotros se levanta el montículo Bercial, cortado también a pico como las Pinzas y, por tanto, inexpugnable. Una torre ocupó la cima como avanzadilla en la reconquista, allá por el siglo IX. Fue población señorial lo que todavía se nota en el porte y semblante de sus casas y calles. Tuvo cuatro iglesias parroquiales –hoy vemos dos-, dos castillos, un rollo jurisdiccional, varias casas señoriales y fue cabeza de una comunidad de aldeas. Sólo le hacía sombra Peñafiel.

Arca de la fuente

Pero bueno, vayamos a las fuentes.

En el camino que da la vuelta al pueblo vemos, al noroeste, una fuente con un largo abrevadero, cuidada por la Hermandad de Ganaderos. Tiene agua, ovas y abundantes renacuajos. Otra la tenemos a los pies de la torre de santa María, sobre una hermosa y original pared de piedra en forma de triángulo, con un medallón en su vértice superior. Finalmente veremos otra cuyo manantial se encuentra protegido por una buena arca de piedra –verdaderamente señorial, como casi todo aquí- en plena cuesta, de manera que el tejado queda enrasado en la calle superior; el chorro con abrevadero se encuentra más abajo todavía y el agua atraviesa bajo una calle. Constituye un delicioso rincón. Hay más fuentes en Curiel, pero sólo reseñamos las que nos encontramos en nuestro camino.

Continuamos en la próxima entrada

 

El páramo sin (mucho) calor

27 junio, 2017

En plena ola de calor –además por la tarde- algunos nos atrevimos a dar una vuelta en bici. Las únicas armas fueron aprovisionarse de abundante agua y elegir un páramo, donde la brisa no falla y, por mucho calor que hiciera, siempre haría algún grado menos que en los valles. Punto de salida: Quintanilla de Arriba.

Tomamos una vía pecuaria hacia el oeste, entre el río y la carretera, hasta que conectamos con la cañada  de  Dardo, que sube hacia el páramo cruzando la vía de Ariza, donde crecen hasta los árboles pero se mantienen las señales de precaución en su mismo cruce. La subida, entre picachos, cárcavas y majuelos,  es fuerte y con el calor lo más sano es ascender caminando tranquilamente. Detrás, el paisaje todavía verde de la vega del Duero. La misma cañada todavía está verde e incluso florida: coronillas, salvia, candileras, marrubio, carrasquillas… ponen la nota de color al calor.

Subida desde el Duero. En primer término, corrales junto a la cañada

Arriba las cosas cambias y, efectivamente, la brisa hace que te olvides de los sudores. Desde los bordes del Confesionario vemos un hermoso paisaje del valle del Duero. Es un pico que se levanta no sólo sobre el valle, sino sobre el mismo páramo, que queda al sur con una perspectiva distinta, salpicado de robles y enmarcado por el fondo de la sierra segoviana. Esta es otra característica propia de estos llanos: se encuentran moteados de grandes robles y encinas, quedando el monte de carrascas para las laderas y algunos linderos.

Majuelo sobre una colina; al fondo, San Bernardo

Nos acercamos a las fuentes. En la de Valdemoros –que se encuentra en un entorno precioso con olmos y guindaleras- hay un zorro muerto, tal vez a causa del veneno que le hizo arder por dentro y, por ello, buscar el frescor de las aguas y en la de Ontanillas –con su solitario chopo- un verdadero enjambre de abejas se arremolina en torno al caño. ¡Menos mal que llevamos abundante agua!

Encinas

Después, a seguir rodando entre terrenos rasos o ligeramente ondulados del término de Manzanillo. Descubro un corzo al que puedo seguir con las vista durante casi un kilómetro de su recorrido. Bordeo pequeños pinares. Paso por zonas que se encharcan en otras épocas del año, llamadas las Navas, Navajuelas, el Charco (este todavía conserva carrizo seco). Y por fin, llega la hora de bajar cuando el sol quiere ponerse y, primero por vallejos perdidos entre cárcavas, cortados y peñas, y luego entre majuelos y almendreras con tapiales, llego a Quintanilla, donde la gente está en la calle esperando a la fresca que no acaba de llegar. Lógicamente, se nota que la temperatura es más elevada aquí que allá arriba, en el páramo, donde parece que se ha quedado la fresca.

La bajada

Entre Torre de Peñafiel y Aldeasoña

19 octubre, 2016

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La excursión de hoy discurre por esta comarca en la que el Duratón y sus arroyos tributarios, con caudal que se mantiene en verano, han aprovechado la abundante caliza para esculpir un paisaje de páramos rasos y ondulados, cantiles, vallejos, mogotes, cuevas, enormes piedras desprendidas del páramo… mientras que los hombres, por su parte, han levantado corrales de altas paredes, allanado la tierra en bancales escalonados y plantado almendros y majuelos. Es un terreno especialmente agradable a la vista y un poco duro, pero sin exagerar, para las piernas que empujan pedales.

Torre de Peñafiel, como tantos otras localidades de la Provincia, tiene más pasado que futuro. Es recoleta y luminosa, con abundantes fuentes y manantiales y una arroyo que viene del Olmar; actualmente no llega a los 40 habitantes. Vemos, por las bodegas, la importancia que siempre tuvo el vino en esta zona.

Viñedos desde

Viñedos desde Aldecastro

Entre el pueblo actual y el río se levantó, en otra época, un poblamiento del Neolítico, o sea, de hace unos 5.000 años, y en la misma zona se han descubierto tumbas de épocas romana y visigoda. Hoy podemos vemos la zona, vallada, en la que se intuyen construcciones y se deja ver un muro que, por su factura, podía haber sido levantado por nuestros abuelos hace cien años.

Por otra parte, nada más comenzar nuestra excursión subimos al cerro de Aldecastro, justo encima de Torre. Por tanto, también hubo un castro o castillo, seguramente en los primeros momentos de la repoblación. Lo de de Alde- se deberá a que hace siglos, Torre se llamó las Aldehuelas; luego, ganó en categoría. En Aldecastro sólo queda un majano, en el punto más alto (882 m), y restos e corralizas en la zona oeste. Lo mejor, sin duda, es el paisaje de Torre y del Durantón que se contempla.

Sabina sobre el valle del Duratón

Sabina sobre el valle del Duratón

Con el valle al este, alcanzamos la fuente de Vardiago (o Valdiago),  que conocemos bien de otras excursiones. Se encuentra en una cañada real burgalesa o soriana que sube desde Rábano y se dirige hacia Cuéllar.

Y ahora, rodando varios kilómetros en línea recta hacia el sur llegamos  a Las Enebradas, punta del páramo sobre Laguna de Contreras que domina una amplia zona del Duratón. Por momentos, rodamos entre enebros –algunos de buen porte- y encinas.

Cueva de pastores

Cueva de pastores

Después, en un continuo y no muy fuerte sube y baja, en el que pasamos por rastrojeras y majuelos, bancales sostenidos por grandes piedras, espuendas, barcos, barrancos –que así se llaman los vallejos de esta comarca- y alguna cueva destinada a refugio de pastores, aparecemos en un idílico lugar denominado Las Fuentes, lleno de maleza verde y arbolado. Los supuestos manantiales se encuentran tan asfixiados por la maraña que no pudimos llegar a ellos. Pero si nos encontramos con la simpática fuente del Piojo, que más bien debería llamarse fuente de la Parra que ahora le adorna en vez de los molestos piejos.

El camino nos llevó, siguiendo el arroyo Pelayos y un precioso calvario de factura popular hasta Aldeasoña, en la que entramos por las bodegas. Entramos pero no profundizamos, si bien se adivina que es un pueblo tranquilo y típico de la comarca por la que nos movemos. Desde aquí ahí un precioso paseo a lo largo del arroyo de la Hoz hasta Membibre, que hicimos en parte en otra excursión. Como ahora no tenemos demasiado tiempo nos fuimos por la carretera (?) de Calabazas de Fuentidueña. Se trata de una pista estrecha y asfaltada por la que no circula nadie, pues nadie se cruzó con nosotros y en las grietas de su asfalto crecen tranquilas algunas plantas.

Bancal

Bancal

Al llegar a la Cruz de la Cañada tomamos el Camino Real de Segovia hacia el norte, que nos llevaría, en línea recta, hasta Laguna de Contreras. Rectos, pero también con algunas cuestas suaves en Las Hoyadas y en el alto de Pedro Vela. Al iniciarse la bajada hacia Laguna descubrimos un escondido manantial de buen agua: es la fuente Turrubiel, que dispone hasta de un vaso para el sufrido caminante, o ciclista en este caso. Aunque el nombre parece referirse a turbiedad, nada más claro y limpio que sus aguas, de las que bebimos. Y a disfrutar de la bajada con el paisaje de las alamedas y choperas del Duratón, al fondo.

Calvario

Calvario

Después de visitar la fuente Espinosa (con agua pero convertida en una arqueta de cemento de la que se escapa el líquido) nos metemos por el valle del arroyo Bayurenzo. Es ancho y acogedor, con restos de corrales en las laderas y algún manantial. La cuesta es larga pero suave, pues en 3 km salvamos unos 125 m de desnivel.

Ya arriba, respiramos de nuevo el aire del páramo; las montañas del Guadarrama al fondo -con la sierra de Pradales delante- ahora se ven mejor pues el sol, ya en caída, las ilumina de lleno. Rodamos cerca del cerral, pasando por Fuencalenteja y distintos corrales, saludamos al enebro de Pingaperros y, finalmente, bajamos por el valle del Horcajo hasta enlazar con el que viene de Valdivela. Todavía descubrimos una fuente ganadera más, con dos abrevaderos –volvemos a la cañada real burgalesa que cruzamos en Vardiago- y un manantial y ya, bajando por la vía pecuaria, nos plantamos en Rábano.

Manantial de Turrubiel

Manantial de Turrubiel

Sólo nos queda tomar el camino de la ribera izquierda del Duratón donde nos acaricia la brisa fresca de su arbolado y nos plantamos en Torre, de donde salimos. Nos hecho unos 53 km aproximadamente. Aquí tenéis el recorrido.

El bosque que acompaña al Duratón

El bosque que acompaña al Duratón

La “Clásica” de Quintanilla

4 agosto, 2016

Quiintanilla Onesimo 2016

Los ciclistas de Quintanilla llaman a esta vuelta la Clásica, porque tiene un poco de todo -monte, páramo, valle, canal, río- y es francamente agradable y bonita. Son algo más de 40 km y se puede recorrer al ritmo que se quiera. Cada uno al suyo, claro. Además, el trayecto sigue, en buena parte, los límites del término municipal.

Monte

Para empezar subimos la cuesta por el camino Basilón, de buen firme aunque muy empinado al llegar a la varga. Eso ya nos pone en forma y nos calienta, si hiciera frío. Y es que la mañana estaba fresquita a pesar de reinar el mes de Julio…

La fuente por dentro...

La fuente por dentro…

Después, recorremos por una excelente pista el monte mixto de pino, encina, roble y enebro hasta salir a su mismo límite, donde se levanta un chozo de pastor en muy buen estado, cosa llamativa.

Pero antes –es la novedad de esta excursión- nos acercamos a la fuente de Carracuéllar, que se encuentra en el mismo borde del páramo, entre el cerral y el bocacerral. Los vecinos de la zona la han visto este año rebosando agua como nunca. Ahora está seca y nos recuerda la cueva de Valdelaperra, si bien es de dimensiones menores. Dentro hay barro, pero nada de agua. ¡Volveremos más adelante, en época de lluvias!

...y por fuera.

…y por fuera.

Seguimos por el monte, por la linde entre las dos Quintanillas –el camino es ahora francamente malo, pero muy aceptable para las burras– y a nuestro paso se amontonan los restos de chozos y corralizas: eran otros tiempos en los que, además de aprovecharse la madera, se utilizaban también los abundantes pastos y los pastores traían por aquí al ganado. El suelo de este monte no está seco, como el de los pinares, sino que mantiene un tono verde que le da un aspecto especialmente agradable y apto para el paseo.

Páramo

La llegada a la ermita del Cristo del Cabañón marca el comienzo del páramo abierto. El día es claro y aparece al fondo la sierra de Segovia. Poco después, cruzando entre navas u hoyos, nos acercamos a la fuente del Tasugo, que echa dos enormes chorros a pesar de que está casi en el mismo ras del páramo. Un poco más allá, dos enormes chopos señalan un manantial que, unido a la fuente anterior, conforman el nacimiento del arroyo Valimón.

El camino del comienzo de este valle ha desaparecido. Como han segado ya, lo tomamos a campo traviesa.

El álamo del fondo señala un manantial del Valimón

El álamo del fondo señala un manantial del Valimón

Valle

Llegamos a una almendrera y luego cruzamos el Valimón para rodar ya por el camino. Ya estamos en el valle. Las sendas y caminos del principio no están muy utilizados y tienen hierba abundante. En el paisaje domina el verde. Pasamos por el Granizo y seguimos bajando entre campos de cultivo y pinares. Enormes piedras calizas de asoman amenazantes. En otros momentos, las laderas muestran sus cantiles calizos. El arroyo sigue con agua a pesar de que se riegan maizales y remolachas. La cuesta que nos conduce hacia el Este es muy suave pero larga. El agradable paisaje nos hace  olvidar que estamos en plena canícula. Se abre progresivamente hasta que llegamos a Sardón y desaparece en el valle del Duero. Hemos rodado muy bien por aquí…

La carretera de Quintanilla a Cuéllar aprovecha el frescor del Valimón

La carretera de Quintanilla a Cuéllar aprovecha el frescor del Valimón

Y aguas

Ahora vamos fresquitos y bien protegidos del sol por el bosque de galería que ha producido el mismo Canal y que a veces se mezcla con el de la ribera izquierda del Duero, pues rodamos por una colina entre dos aguas, la del río y la del Canal.

En fin, ha sido un trayecto que ya conocíamos muy bien los autores de estas páginas, por haberlo hecho parcialmente en otros momentos. Pero como tiene un poco de todo y es especialmente atractivo pues… ¡no importa hacerlo las veces que haga falta!

El Duero embalsado. A la derecha -no se ve- va el Canal

El Duero embalsado. A la derecha -no se ve- va el Canal

 

Robles solitarios

2 julio, 2016

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Hay demasiados pinos en nuestros alrededores. También abundan las encinas. De otras especies –álamos, chopos, fresnos, sauces…- están bien adornadas las riberas de nuestros ríos. Pero los robles solemos encontrarlos solos, aislados. Incluso los poquísimos bosques de robles de la provincia nos han llegado muy aclarados. Tal vez por eso tienen un aire especial, majestuoso en los sobrios páramos castellanos; misterioso en su soledad; aparece perfecto pues se le contempla exento, sin acompañamiento que nos distraigan al mirarle; poético entre la tierra y el cielo…

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El roble vallisoletano es el roble quejigo, Quercus faginea, que contrasta con las encinas porque suele ser más esbelto, con hojas más claras y suaves en verano, que pierde avanzado el invierno. Sus bellotas son rojizas con escabullo de escamas tomentosas. Aunque forma bosques, éstos ha sido diezmado a lo largo de los siglos, si bien todavía podemos acercarnos a Las Liebres, en  Valdenebro, a los montes de San Martín de Valvení o al Monte Alto de Pesquera de Duero. Desgraciadamente los bosques de roble de la Santa Espina hoy son más bien de matas de roble.

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Y robles aislados nos quedan en el páramo de los Torozos, hacia Mucientes, Corcos y Quintanilla de Trigueros. Robladillo fue, sin duda, un robledal; hoy quedan dos o tres ejemplares. También abundan en los páramos del Esgueva, Jaramiel y Duero. A veces los vemos en medio de un campo de cultivo, como indultados por el agricultor.

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Un roble solitario en el páramo es un refugio para la fauna, pues en él muchas aves podrán hacer su nido. Y, para nosotros los excursionistas, es una referencia en la llanura, además de ser el contrapunto más o menos vertical –distinto, al menos- a la horizontal paramera. Su hojas más bajas son ramoneadas por ovejas y corzos.

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El roble cambia de color a lo largo del año. Es tierno amarillento en primavera, verde en verano, amarillo oscuro en otoño y principios del invierno, hasta que pierde las hojas. Además, nos ofrece sus originales gallaras, que se utilizaban como curtiente para pieles y como astringente.

29 abril (45)

Y tiene un porte excelente, siendo referencia de fortaleza, pues ¿a qué se comparan los fuertes?

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