Archive for the ‘Páramos de Peñafiel y Campaspero’ Category

El pico de la Frente, la Pared del Castro o la Plaza

11 enero, 2019

Los topónimos nunca fallan. Desde siempre, cada piedra tuvo su nombre, o sea, nullum est sine nomine saxum, que ya escribiera Lucano. Siempre fue necesario para moverse con propiedad por el campo, ya se tratara de pastores, militares, viajeros o agricultores. Y todavía nos vale hoy, cuando paseamos por placer por estos andurriales con un mapa o con las referencias de la gente del lugar.

Ahí están La Plaza, la Pared del Castro o el pico de la Frente, topónimos que hacen referencia a una cabeza o pico de páramo en el que hubo algo ¿qué? Pues un castro, una plaza fuerte, una muralla. Hoy no hay nada, salvo muchísima piedra caliza amontonada, de todos los tamaños y formas, y hubo más, pero se la llevaron en camiones hacia 1981 a modo de escombro para asentar el firme de una obra pública.

Estas piedras han criado musgo bajo las encinas

El lugar de por sí es impresionante: se levanta a horcajo de los arroyos de Cogeces y Valcorba, que lo han esculpido. Su una caída es casi vertical en la parte mas elevada y de gran inclinación en la parte baja, y ello en todo su perímetro salvo en los 200 metros que se une a la llanura del páramo, donde sus lejanos habitantes en el tiempo levantaron una gran muralla, a juzgar por los restos que dejaron. Que dejaron y que ya no vemos. Antes del año 81 del siglo pasado quienes visitaron el lugar vieron la muralla de piedra amontonada, de doscientos metros de larga por cuatro metros de altura y al menos otros tantos de anchura. Pero si en el siglo pasado todavía se levantaba 4 metros, después de 3.500 años, ¿qué no tendría entonces? Hoy solo vemos como el negativo de lo que fue, pues las máquinas han dejado expedita la cinta donde se levantó, con algunos montones de piedras a los lados, sobre todo al noroeste, donde podemos llegar a ver algún trozo más o menos original, con restos de arcillas que le dieron más consistencia… Los montones de piedras han sido colonizados por matas de encina y roble. Bien es cierto que todavía podemos ver alguna que otra piedra más o menos tallada, que seguramente perteneció a una entrada o ventanuco.

Restos de la muralla

Tras la muralla o pared o frente, la amplia llanura que protege, donde se levantó la ciudad. El cerral esculpe los escarpados cantiles en casi todos sus tramos tramos, lo que no hizo necesaria defensa artificial alguna. En otros, a pesar de la inclinación, se complementó con pequeñas paredes, a juzgar por los restos amontonados. Hoy el llano que estuviera habitado es parte monte, parte tierra para el cultivo, aunque esta última va a menos. En cualquier caso, impresiona la ingente cantidad de piedra que se ha subido hasta aquí y que todavía vemos. Si a eso le sumamos lo que se llevaron y ya no vemos, nos podemos imaginar la fuerza humana necesaria para levantar esta Plaza.

Caída del cerral

El castro, muy amplio, data de la Edad del Bronce; poco más se sabe. Si los restos indican que fue importante en su época, no sabemos cuando quedó deshabitado, pero parece un lugar eminentemente defensivo, que daría protección a pequeñas poblaciones, más o menos próximas, de pastores y agricultores. En épocas de paz no compensó vivir allí, pues el acceso era complicado y dificultoso, por sus vueltas y subidas. La gente se asentó en pueblos, muchos de los cuales han permanecido hasta hoy. De hecho, si vais en bici, hay que entrar y salir por el mismo camino de acceso, que viene de Cogeces. Pero no importa, es precioso, salpicado de monte y de carrascas aisladas.

Fuente de Peroleja

Las matas de encina y roble y algunas sabinas lo cubren todo: los restos que allí duermen, todavía desconocidos, y las piedras superficiales, que ahora nadie mueve y que se han recubierto de un musgo denso y brillante gracias precisamente a su protección. Entre el monte aparecen claros para cultivo. Las vistas no se regalan, hay que buscarlas, pues las ramas no dejan ver los valles. Al fondo, el valle del Duero. En fin, dejemos que sigan custodiando nuestra prehistoria hasta que los arqueólogos decidan desenterrarla…

Desde la fuente de Baitardero

Dos fuentes, a poco más de 2 km, sirven de complemento para este paseo. Ambas se encuentran en la cañada de Peroleja, que es como por aquí se conoce un ramal de la cañada real merinera que viene de la sierra de la Demanda. La primera fuente, llamada también de Peroleja, mira hacia el valle del arroyo de Cogeces, y mira muy bien, pues no está metida en ningún pliegue o estrecho rebarco, sino en la amplia ladera, sobre viñedos, almendros y prados de la propia cañada. Su generoso abrevadero tiene forma de T y en él se reflejan las laderas del Montecillo y el pico de la Mesilla, con el Valimón detrás.

Acceso a la Plaza

La segunda es la fuente de Baitardero, escondida en un barco del Valcorba. Rústica como pocas, oculta entre la maleza, tiene un frontis de piedra que amenaza caerse a pedazos sobre el mismo pilón. Ya no mana, y no manará si no se la arregla, a pesar de que en una ocasión hemos visto cómo su manantial se desbordaba en cascada sobre el valle. Más abajo, la cañada se pierde buscando el molino de los Álamos, si bien un mal camino acaba conectando con el caserío Valcorba.

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Niebla alta, niebla baja, o de Campaspero a Fuentidueña

1 enero, 2019

En estos días de Navidad, el anticiclón de las Azores está ejerciendo su influencia en España. Como consecuencia, reina buen tiempo en la península y mal tiempo -niebla- en las zonas centrales de nuestra región, donde no vemos el sol y disfrutamos de un maravilloso tiempo invernal, acorde con la estación.

Así las cosas, decidimos darnos un baño de niebla y barro. Salimos de Campaspero, en el páramo, a más de 900 metros de altura, con niebla cerrada y, al llegar a los valles del Duratón, dejamos la niebla arriba, pues descendimos un desnivel de unos 130 m.

Camino en el páramo

De manera que la primera -y también la última- parte del trayecto fue casi a tientas. Poco se veía. Era como navegar entre la bruma fiados del buen sentido y apoyados por los móviles con GPS. Abajo, hacia el suelo, niebla oscura. Del supuesto horizonte hacia arriba, niebla gris, más o menos luminosa. Y, a nuestros paso, más que árboles o arbustos veíamos cómo pasaban los fantasmas. Lo primero que observamos al poco de salir fue un pozo con molinillo de viento para elevar el agua. ¿Qué hubiera visto don Quijote en nuestro caso? Tal vez un estilizado dragón carcelero de una princesa encantada. ¡A saber!

Y barro. La tierra que ahora rodamos pasó hace unos días directamente de la lluvia a la niebla sin que el suave sol de invierno la pudiera secar. Se avanzaba con dificultad. Las bicis y los ciclistas se fueron llenando de esa pegajosa greda. A punto estuvimos, pero no nos bloqueamos, menos mal. Además, la niebla meona nos fue calando el pelo, la cabeza, las mangas, las chaquetas. O sea, parecía que estábamos sudando la gota gorda. Pero solo lo parecía.

Lagar en Aldeasoña

Al final se vio algo de claridad, que no de sol. Pasamos por Membibre de la Hoz, por la ermita de Rehoyo, la fuente del Piojo y un colmenar derruido, hasta llegar a Aldeasoña y su precioso barrio de bodegas con viacrucis incluido y luego, sí, por una mala pista medio asfaltada pero sin barro ni tráfico, llegamos entre laderas y barrancos invisibles a Calabazas, desde donde bajamos a Fuentidueña, despejada de la niebla porque está abajo, en el valle del Duratón.

Aquí, visita obligada a la iglesia románica de san Miguel, a las murallas del castillo, a la necrópolis medieval, al barrio de las bodegas, al puente, a las peculiares calles con casas porticadas… ¡Qué grande debió ser esta Villa en otros tiempos! Hoy mantiene su aire señorial que impresiona entre estos cerros de ladera casi vertical, simas, sabinas y buitres. Abajo, el Duratón fluye con abundante agua, si bien hoy no es el día más apropiado para bajar a sus praderas.

El Duratón en Fuentidueña, antes de recibir las aguas del Salidero

A pesar de todo, nos acercamos al Salidero, hontanar tan de ensueño como absolutamente real, lugar de sauces y praderas donde los manantiales borbotan y fluyen caudalosas fuentes creando un paisaje idílico en esta Castilla áspera de montes de enebro y pino. En pocos metros los manantiales conforman un auténtico río que tributa al Duratón. Algunos molinos se aprovechan de tanta agua y los peces están a sus anchas porque la temperatura de su líquido elemento es benigna tanto en invierno como en verano. Junto al manantial del Salidero propiamente dicho vemos la fuente de los Caños -7 posee- y la de la Cigueña, donde el agua borbota y parece hervir. Merece la pena acercarse hasta aquí para conocerlo. Además, esta excelente agua se aprovecha para consumo humano y abastece una treintena de pueblos de la Churrería. Es la magia de la caliza cárstica que aflora en un punto, el Salidero, bajo Fuentidueña, o sea, bajo la Señora de las Fuentes, que eso significa precisamente el nombre de esta histórica villa, baluarte contra Almanzor.

Restos de antiguos lavaderos en el Salidero

Ahora seguimos río abajo, por la ribera izquierda. Las aguas, a nuestro lado, bajan limpias y abundantes. El camino tiene barro, pero se soporta bien. Todavía pasamos junto a la fuente de Hontanillas. Y llegamos a Vivar de Fuentidueña donde para variar nos recibe la fuente de la Plaza, donde una figura peculiar expulsa agua por su boca. Poco después llegamos a Laguna de Contreras. Prácticamente todos los pueblos por los que estamos cruzando tienen restos de arte románico. El río modeló el valle y los hombres aprovecharon sus cuestas y recovecos.

Encinas

Entre el camino y el río se extiende una amplia zona verde, el Prado Cuerno y a nuestra izquierda, la ladera del páramo que es en realidad un monte de carrascos y matas de roble y encima. Subimos por Valdelabuz, que es una subida bastante dura con estas condiciones de arcilla húmeda. Nos bajamos de las burras para que suban sin peso y, salvados poco más de 100 m de desnivel; finalmente nos presentamos en el páramo de las Corralizas. Pero no vemos ninguna porque de nuevo se hace presente la niebla densa, cercana y meona. La cañada que va de Rábano a Campaspero nos hace de guía hasta esta última localidad con solo dos parones, el primero para probar las últimas uvas de un majuelo perdido en la llanura y el segundo para reparar un pinchazo.

Aquí dejamos el recorrido según Durius Aquae.

 

Al pico del Arenal desde Cogeces del Monte

28 julio, 2018

Se trata de una excursión por los páramos y valles de Campaspero y Peñafiel. Planicie casi perfecta encima de la capa caliza, y vallejos modelados por la acción del agua y del tiempo. La excursión no era más que dar una vuelta, sin rumbo fijo, pasando por Oreja, Langayo y poco más. Pero al llegar al pico o vértice geodésico del Brujo vimos a lo lejos dos mogotes, picos o tetones que sobresalían de la rasante de la paramera. Eran el pico del Arenal y el del Otero, cual dos hermanos bien avenidos.

Ahí tenemos que subir otro día, dijo uno

¿por qué no hoy?, contestó otro. Y allá que fuimos.

Iglesia de Molpeceres

Se levantan a 905 y 903 m de altura, encima de Molpeceres y sobre el arroyo que viene de Fompedraza, frente al pico del Moño, del que los separa un tajo de 100 m de profundidad. Es un buen lugar para observar el entramado de páramos, cerros y picos que se yergue sobre el Duero, el Duratón y sus arroyos. O para observar los buitres que anidan y descansan en sus verticales paredes de caliza. Abajo, Molpeceres con su hermosa iglesia, parece dormir la noche de los tiempos. O del tiempo contemporáneo, mejor dicho.

A este pico llegamos desde Fompedraza. El último tramo estaba impracticable debido a que los cardos, con las abundantes lluvias de primavera y las tormentas de verano se han crecido, y no respetan ni al ciclista -pinchos en los puños- ni a su burra, pues llegan a hacer resbalar la cadena sobre los piñones, al meterse por medio. La bajada -en directo hasta la iglesia de Molpeceres- fue casi vertical. Pero puede decirse que nos fue parando la maleza para no desplomarnos por el tremendo cantil. O casi.

Cantiles de los buitres bajo el pico del Arenal

¿Qué más? Pues que para estar a 21 de julio hacía un agradable día. Nada de calor. Brisa fresquita en los páramos. En el valle, si te parabas, notabas también fresco al cabo de un rato. Sol al comenzar; se acabó cubriendo a media excursión. Pues eso: nos pareció una agradable jornada de finales de abril.

Salimos de Cogeces en dirección sur buscando la mítica cañada de la Yunta. La acabamos encontrando después de cruzar campos en los que se cosechaba bien cebada, bien ajo. Y nos llevó hasta los restos de Oreja que se encontraban como en los últimos 40 años pero llenos de maleza. Las piedras de los muros están unidas como por un cemento especial que las hace mantenerse si los humanos no actúan para llevárselas como ocurrió, por ejemplo, no muy lejos de aquí con la Pared del Castro. También nos acercamos a la fuente de Oreja, que manaba como pocas veces, en un valle que parecía haberse olvidado de entrar en la estación veraniega.

Oreja

De nuevo a rodar, esta vez cuesta abajo, hasta la fuente de Vacentollo, entre el camino y un campo de cereal bien cuajado. Bella estampa en otro húmedo vallejo.

Otro poco más y llegamos a Langayo. Parada en la fuente de tres caños y en el humilladero del Cristo y salida, cuesta arriba, hasta los corrales del Brujo, ya arriba. Y de nuevo ante la amplitud del cielo. Nos acercamos al vértice del Brujo para contemplar mejor el paisaje. Retomamos por unos metros la cañada de la Yunta y nos desviamos hasta el embalse de Valdemudarra.

Embalse

Sus aguas estaban de ese color entre verde y azul que tanto contrasta con las tierras pardas y amarillentas del páramo. Dulcifican el paisaje austero -y más en verano- de Castilla. Por eso, es un descanso para la vista. Pero no hacía calor, ya lo hemos adelantado, y a pesar del ejercicio ciclista, no apetecía el baño. En la superficie saltaban las carpas y nadaban -con sus crías- fochas y patos de diferentes especies. En lo más alto, un águila real parecía vigilarlo todo.

Bajamos por el valle del embalse hasta un crucero donde tomamos la colada de Pajares en dirección sur, con una breve parada en los majuelos de la Asperilla para visitar los restos de una cuca casita de servicio que todavía conserva en sus paredes los resultados de algunas vendimias de mediados del siglo pasado con simpáticos dibujos.

Aquí podemos ver los resultados de la vendimia de 1953 en la Asperilla: mayoral, Rufo; mulero, Fernando; 9 vendimiadores; se extendió del 8 al 16 de octubre, con un día de lluvia (el 9), y se recogieron 244 comportas.

En Aldeayuso, como siempre, no dejó de llamarnos la atención el pico en forma de cuchilla que se dirige hacia el pueblo y que alberga las cuevas… pero no subimos. Nos conformamos con acercarnos a ver los restos de la vieja iglesia, construida en el siglo XVIII. Su nave está cubierta de maleza y sólo resta por caer la bóveda de la cabecera. Pero en las calles del pueblo se celebrarán, a primeros de agosto, las fiestas de los santos Justo y Pasto, titulares que fueron de lo que hoy es ruina. Es lo que queda de tiempos pasados. No le demos más vueltas.

En el Arenal

Al lado, la sencilla y hermosa iglesia de Molpeceres dedicada a la Asunción, libra una pelea a muerte con el tiempo y los hombres de nuestro siglo. Situada en un lugar inmejorable, junto a una umbría alameda y a los pies del pico de los Arenales, su entorno se ha llenado de maleza y con dificultad subimos las escaleras para acercamos a la puerta y al ábside románico. Otros detalles son góticos y la sólida torre, de dos cuerpos, completa el conjunto. Lo pasó mucho peor a finales del siglo pasado, cuando perdió toda su techumbre y fue reconstruida. Esperemos que termine por salir airosa de su personal crisis.

De Molpeceres subimos al páramo por el Camino Real Viejo, y nos encontramos con el vergel de la fuente del Cáliz, que en realidad son dos fuentes con sus manantiales respectivos, uno a cada lado del camino. Ya casi en el páramo, descubrimos otro manantial. Ya se ve que este año han surgido muchos de los antiguos hontanares.

En Fompedraza

En Fompedraza, además de visitar su iglesia, paramos en su fuente, extensa como pocas por sus amplios lavaderos. De aquí nos fuimos al pico del Arenal, como hemos visto y en Molpeceres pusimos rumbo al fin de la etapa de donde también habíamos salido. No pudimos volver en línea recta, de manera que dibujamos un zigzag en la cuadrícula de caminos de concentración, hasta que caímos en Cogeces por el barrio de las bodegas.

Aquí podéis ver el recorrido, de 65 km.

La Olma de Langayo

1 abril, 2018

Viene de la entrada anterior; estamos en el páramo entre Quintanilla de Arriba y Langayo.

Langayo

Después de rodar por una cañada bajamos del páramo hasta Langayo por el camino de Quintanilla, dejando a la derecha los restos de una vieja fuente cegada que ya no está en uso. Las ruedas resbalaban en el barro haciendo extraños pero los ojos se iban a la figura del pueblo, apiñado en un cerro más o menos cónico en torno a la iglesia de san Pedro, que enarbola una recia torre señalando al infinito. La iglesia dispone de una excelente balconada desde la que se contemplan las laderas y los valles que se unen a los pies del cerro. Además, es una viejísima población de origen celta -conforme indica su nombre- si bien pertenece, desde la reconquista, a la Tierra de Peñafiel.

Lo que queda de la Olma

Entramos en Langayo por el este para ir contemplando las cuevas que en otro tiempo fueron bodegas. Unas se veían desnudas, otras con las puertas, dinteles y bóvedas todavía en pie. Pero también pudimos comprobar la abundancia de agua en este valle: además de los arroyos de Oreja y Fuente la Peña, una fuente nos recibió al pie del cerro, y varias arcas y pozos se divisaban desde diferentes balconadas. Ya al salir, pasamos junto a las fuentes de Miriel -cerca de otras antiguas cuevas- y de Valdemanco, que aprovecha el agua que rezuma de una extensa terraza donde aflora la caliza.

Manzanillo al fondo

Siendo todo hermoso en este valle perdido entre páramos, por donde es difícil pasar si uno no se lo propone expresamente, hay algo muy triste: los restos de la vieja Olma, que marca el límite del término municipal. Lo ponemos así, con mayúscula, pues se trata de un árbol querido por los langayenses, que ha visto y presidido su vida e historia a lo largo de los siglos hasta… finales de los años ochenta del siglo pasado en que se secó; años más tarde fue quemado, ya en el tercer milenio cayó y hoy es un pobre tronco mutilado que se va pudriendo, junto a la carretera, a la vista de todos. Su entrañable figura ha sido incluida en el escudo de la localidad. Hoy parece un viejo luchador abandonado por los suyos tras realizar grandes hazañas. Cuando ves algo así te preguntas: ¿y para qué queremos 17 consejerías de medio ambiente que no han sido capaces de salvar esta joya ni ninguna otra de nuestras emblemáticas olmas?

Castromediano

Manzanillo

Muy cerca de donde acaba el páramo, cortado por el Duero y por el arroyo de Fuente de la Peña, que baja a contramano, se levanta Manzanillo. Antes de entrar en el pueblo por la calle de Cantarranas, no hemos resistido la tentación de subir a una colina de caliza, cuyo último tramo se rompe en enormes piedras, y que se levanta frente al pueblo, junto al camino que viene de Molpeceres. Es otro mirador para contemplar el valle y las motas y cabezos en los que se deshace la paramera y, por supuesto, Manzanillo.

Cruzado el caserío enfilamos el Duero pasando por el Ojuelo entre el pico Castro -del que también parecen desprenderse grandes piedras calizas- y el teso de Castromediano. Al fondo, iluminado por uno de los claros que se han abierto a última hora de la tarde, se levanta sobre su cerro el castillo de Peñafiel.

Padilla

De nuevo el Duero

Y entramos de nuevo en los dominios del Duero, aunque nunca llegamos a salir del todo. Vemos Padilla con su iglesia que se levanta tras un prado inundado gracias a las últimas lluvias. Seguimos adelante cruzando el pueblo y bordeando su pinar. Vemos unas excavaciones nuevas que sacan a la luz los cimientos de una construcción y, cuando queremos darnos cuenta, estamos en la Senda del Duero.

El sol, entre nubes y árboles de la otra orilla, nos hace ahora guiños después de una tarde en la que casi no le hemos vistos. Pero ya es demasiado tarde, pues no tiene fuerza para calentar y notamos más el frío del viento y eso que la vegetación y los taludes de la ribera lo amortiguan bastante.

Entre Padilla y Quintanilla

Entre el pueblo y el río, una fuente de amplio pilón cuadrado nos recibe. Hemos terminado la excursión después de recorrer unos 43 km por valles, páramos, navas, montes y cerros. ¿Habrá sol y ausencia de viento en la próxima?

En el barco de Carrecuéllar

29 marzo, 2018

Otro de de viento y lluvia. Y van… Lo de hoy (24 de marzo) ha sido una aventura, pues hemos rodado por el páramo entre Langayo y las Quintanillas, corriendo el riesgo grave de quedar con las ruedas atrancadas por el barro en cualquier momento. De hecho, al salir, un ruchel -o quintanillero- me dijo: –si vas por el camino principal a lo mejor no tienes problema, pero como te salgas te puedes quedar en el barro… Al final, hubo suerte, los caminos estaban mejor de lo que se pensaba y en los más peligrosos salimos airosos al rodar por la hierba del centro o de las orillas.

La subida al páramo

La fuente

Pero había que salir sí o sí: la abundante lluvia recogida por las numerosas navas de este páramo habría hecho manar con fuerza la fuente de Carrecuéllar, y había que verla. Y así fue.

El barco de Carrecuéllar, con sus laderas cubiertas de piñoneros, encinas, sabinas y zarzales, se abre en el páramo justo frente a Vega Sicilia. Pertenece a Quintanilla de Onésimo y el cerral ofrece una espléndida vista sobre el valle del Duero. Pues bien, casi en el mismo cerral, a unos 3 o 4 metros del ras, vemos una boca ancha y de poca altura que en época de lluvias arroja un buen caudal hacia el fondo del barco. El agua cae a chorros sobre el suelo de la cueva llenándola a modo de depósito hasta que rebosa y sale formando el arroyo. Si uno se asoma dentro aquello parece una fiesta, pues si bien en verano se seca, ahora rezuma agua cristalina con reflejos azulados que canta con su peculiar murmullo.

La cueva o boca de la fuente

Parece como si se tratara de una fuente relativamente nueva; como si dentro se hubieran movido las placas calizas para desviar el agua que ahora sale a la vista de todos. Desde luego, las placas externas, visibles, sí van cayendo y rompiéndose por efecto del ahuecamiento que producen estas aguas, como bien puede apreciarse junto en la boca de la cueva.

El lugar es hermoso como pocos -tiene algo de vergel y algo de castellana austeridad- pero también mágico, no sólo por las lajas de caliza, el bosque, el agua y las vistas: estamos ante unas aguas que tal vez posean unas facultades especiales, pues con ellas se elabora el mejor vino del mundo. Claro que antes ha de pasar por la tierra, las vides, las uvas y la bodega, pero algo tendrá cuando hacen lo mismo que Nuestro Señor Jesucristo en las bodas de Caná, si bien a lo largo de muchos años y gracias al trabajo humano.

Y ahí la dejamos. El riesgo del barro valió la pena. Y el del recio regañón hasta llegar a al fuente; luego lo tuvimos a favor o de lado, o amortiguado por el bosque. Y el la lluvia que, si bien apareció poco, daba fortísima y fría hasta hacer daño, a causa del mismo viento.

Detalle del interior de un chozo

Y sus alrededores

Los alrededores hasta llegar a la fuente merecieron igualmente la pena y el riesgo. Los pinares de las Quintanillas se veían olivados y limpios, con la retama y leña dispuestas para ser recogidas. No por ser conocida llama menos la atención la abundancia de corrales y chozos de buena piedra caliza que duermen ya la noche del olvido, colonizados muchos por por carrascas y pimpollos.

En la hoyada Lobera: cantos y encinas

Pero la zona por la que hemos accedido a la fuente desde Quintanilla, una vez en el páramo, es especialmente pastoril y variada: hay bosques de encina, roble, pino, enebro y sabina con grandes claros dedicados a la agricultura y a prados. Los claros agrícolas son pobres, pues sin duda hay más cantos que tierra. El páramo no es totalmente llano: abundan las navas u hoyadas: hoyada Lobera, valle Hondo, hoyada Redonda; y con abundantes laderas, barcos, picos, vallejos: el Cabezo, el pico del Castro -donde hubo un castillo- y cerca, Valdelascuevas. Y más fuentes: Valdemoros, Hontanillas, el Tasugo…

Y el mismo páramo se encuentra salpicado por pinarillos y por grandes robles aislados, recuerdo de otros tiempos más montaraces.

Continuamos en breve con el resto del trayecto, pero el mapa completo aquí está.

En el páramo

…y de Corrales de Duero

25 septiembre, 2017

(Viene de la entrada anterior)

Dejamos Curiel por el camino real de Burgos, o por lo que queda de él. Antaño debió de ser una vía bastante transitada: venía de Peñafiel y, por Curiel y San Llorente se dirigía hacia Roa. Este valle conserva, a pesar de la sequía, frescor y humedad. Al poco de salir nos encontramos con otra fuente que derrama un hilillo de agua que se acaba por escapar entre las rendijas del abrevadero. Y desde la que se contempla una bella estampa de Curiel. Un poco más allá vemos cómo gotea otro manantial y, ya en el borde del páramo, una zona de juncos y zarzas denota que cerca hay agua, aunque no la llegamos a ver.

Rodamos ya por la llanura del páramo, de tierra pobre que no se deja ver debido a la abundancia de cantos calizos. Al fondo destacan las copas de los altos pobos de la fuente de Isarrubia, pero no llegaremos a ella. Nos paramos a contemplar de cerca los curiosos majanos de esta comarca, cuyas piedras se encuentran colocadas en orden y acompañadas de pequeñas encinas.

Chozo cerca de la fuente de san Bartolomé

Poco antes de llegar a la fuente del Valle, giramos hacia la fuente de San Bartolomé o del Congosto. Espectacular. No pensé que podía brotar, a estas alturas de un año tan año, tanta agua en una fuente tan cercana al ras del páramo. Pero allí estaba, dando a luz entre la piedra caliza un auténtico arroyo. Antaño, si bebías a bocos aquí, te podías atragantar con un cangrejo, de tantos que hubo. O eso nos dijo un corraliego que andaba de paseo por los alrededores del pueblo. La fuente se encuentra limpia y con la caseta y abrevaderos recientemente restaurados, y el lugar es como un amplio circo que se abre en la ladera, donde te puedes sentar a contemplar el valle.

Fuente de San Bartolomé

Por cierto, en ese valle, en la ladera de enfrente se levanta un curioso chozo de pastor. Curioso porque la planta es cuadrada para luego alzarse en forma circular. La puerta se abre en una esquina y posee un ventanuco al norte. Hoy está en un campo de girasoles, antaño debio ser monte todo esto, como la ladera de la fuente.

Subimos desde la fuente hasta el monte de San Llorente: es de robles y encinas de tamaño mediano. En algunos claros, cultivos de plantas aromáticas. Vemos chozos y corralizas y algunos colmenares. La piedra caliza aflora por todas partes en bogales, en grandes piezas o pequeñas que se aprovechan para construir muretes que antaño delimitaban el monte. Es un lugar alejado de las poblaciones, por lo que puede escucharse fácilmente la paz que aquí aun sobrevive. Hacia el este hay una buena asomada al valle del Cuco.

En el monte de San Llorente

Bajando hacia Corrales nos sorprende la fuente de Honsequilla –Juansequilla para otros- con dos pilones, nunca echó un gran chorro, pero se podía beber del hilo que surgía y los pilones estaban bien llenos. Al otro lado del camino ha llenado una pequeña balsa que sirvió para regar una huertecilla. Hoy quedan algunos morales y nogales; el lugar se encuentra protegido por la ladera y una cortina de encinas.

Las Pinzas 206

Fuente de Honsequilla

Y ya sólo nos queda que dejarnos caer hasta Corrales de Duero. La vuelta –que también puede hacerse por el páramo- la hicimos por el valle del Cuco, para disfrutar contemplando laderas de monte, prados y alamedas del arroyo Madre, y la peculiar arquitectura popular de estos pueblos que antaño se unieron bajo la cabeza de Curiel. En Bocos salimos al valle del Duero para pasar de nuevo –esta vez por debajo- junto a las enhiestas Pinzas que, con el permiso del castillo de Peñafiel,  dominan esta ancha vega.