Archive for the ‘Páramos de Peñafiel y Campaspero’ Category

Pino Macareno

21 abril, 2020

Así se veía hace exactamente 7 años el pino Macareno, de Peñafiel. Pero ya no lo volveremos a ver nunca, pues cayó abatido por el viento hace cuatro meses, el 21 de diciembre del año pasado. (21.04.2013)

El Empecinado y Pérez Galdós

9 abril, 2020

 

En estos días de encierro obligatorio para despistar el ataque del Covid19, me he dedicado, entre otras cosas, a leer, y ha caído en mis manos Juan Martín El Empecinado, de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Al comenzar su lectura recordaba que hace muchos años, en una tertulia de café en Salamanca pregunté a Torrente Ballester qué escritor español era el mejor para él. Sin dudarlo contestó que, después de Cervantes, Galdós.

Y pienso que tenía razón Torrente. He vuelto a disfrutar leyendo. Una maravilla de claridad en sus descripciones, tanto de personas como de paisajes y acciones; su estilo hace que, sin reparar en frases y palabras, te intereses por el fondo de lo que cuenta, siempre interesante…

Por eso traigo un párrafo del capítulo VI en el que describe magistralmente la guerrilla. De alguna manera, también me ha recordado la relación con el paisaje –el terreno– que tenemos los ciclistas de montaña… Escuchemosle:

La primera calidad del guerrillero, aun antes que el valor, es la buena andadura, porque casi siempre se vence corriendo. Los guerrilleros no se retiran, huyen y el huir no es vergonzoso en ellos. La base de su estrategia es el arte de reunirse y dispersarse. Se condensan para caer como la lluvia, y se desparraman para escapar a la persecución; de modo que los esfuerzos del ejército que se propone exterminarlos son inútiles, porque no se puede luchar con las nubes. Su principal arma no es el trabuco ni el fusil, es  el terreno; sí, el terreno, porque según la facilidad y la ciencia prodigiosa con que los guerrilleros se mueven en él, parece que se modifica a cada paso prestándose a sus maniobras.

Figuraos que el suelo se arma para defenderse de la invasión, que los cerros, los arroyos, las peñas, los desfiladeros, las grutas son máquinas mortíferas que salen al encuentro de las tropas regladas, y suben, bajan, ruedan, caen, aplastan, ahogan, separan y destrozan. Esas montañas que se dejaron allá y ahora aparecen aquí, estos barrancos que multiplican sus vueltas, esas cimas inaccesibles que despiden balas, esos mil riachuelos, cuya orilla derecha se ha dominado y luego se tuerce presentando por la izquierda innumerable gente, esas alturas, en cuyo costado se destrozó a los guerrilleros y que luego ofrecen otro costado donde los guerrilleros destrozan al ejército en marcha: eso y nada más que eso es la lucha de partidas; es decir, el país en armas, el territorio, la geografía misma batiéndose.


(Fotografías tomadas en el término de Castrillo de Duero)

Picos y caminos de montaña (Aldeyuso y Canalejas)

1 marzo, 2020

La excursión de hoy tenía su objetivo y, como no es infrecuente, nos deparó también una grata sorpresa.

Salimos de Peñafiel por la cañada de la Yunta, que unía esta localidad con Cuéllar, para desviarnos y subir al páramo por el camino del Henar. Los almendros, con su flor, adornaban el camino y la casa del Gitanillo. El objetivo eran los picos del Tejar y de la Callejuela, que se asoman al Duratón entre Aldeyuso y Canalejas. Antes pasamos por los corrales de Sebellares, cuyo suelo es de piedra, y rodamos por los caminos de excelente firme que bordean el páramo por el Brujo y sus chozos hasta llegar a Fompedraza. Allí admiramos cómo los vecinos han aprovechado el barco de Valdeolmos y contemplamos el sencillo perfil de la iglesia.

Aldeyuso desde el Tejar

Después, entre subidas y bajadas, nos presentamos en el pico de las laderas del Tejar, avanzadilla entre los valles del arroyo del Prado y del Duratón. El panorama a contemplar no nos defraudó. Verde, marrón, amarillo, blanco… eran los colores dominantes de los valles, si bien todo sugería que el verde seguiría ganando terreno. La cima del pico quería estar destinada, en parte, a la agricultura. Y digo quería porque la zona labrada estaba literalmente llena de piedras calizas. Tal vez diera para un poquito de centeno, no sé. Allí también nos estaba esperando un pequeño murete en piedra que rodeaba casi todo el pico, al estilo –más humilde- del pico Redondo y otros que hemos visto en los altos de cerros y paramillos.

Aspecto del valle del Duratón

De allí nos fuimos, cruzando corrales, hasta el pico de la Callejuela, que también se asoma al Durantón. Todo estaba lleno de piedras y más piedras, como si hubieran levantado el terreno para plantar pinos. Desde luego, unos pocos habían nacido y crecido algo; otros muchos, no. También descubrimos una pequeña escombrera, una pena en un lugar así, vamos. Le quita poesía y belleza a lugares tan singulares y agradables.

En Vallehermoso

A continuación tomamos un camino medio perdido que bordea el páramo por el barco de Valsordo. Vimos más corrales –todo esto estuvo aprovechado como pastizales- y barcos blancos a causa del abundante yeso. Por un camino que no existía en el mapa –nunca te fíes del mapa para descubrir paisajes insospechados- , llegamos a una zona de vides nuevas, recientemente roturada y, al poco, empezaba la sorpresa. Primero, algunos cantiles al valle, luego antiguos y pequeños viñedos, más tarde almedreras con sus viejos árboles cuidados y tan olivados que parecían mochos. El lugar se llama Vallehermoso. Lógico.

Camino en ladera

Y después conectamos con un camino inesperado, que nos condujo hasta el mismo Canalejas. Estaba construido sobre una ladera con gran inclinación, por lo que se apoyaba en un firme preparado al efecto y apoyado en parte sobre una plataforma de piedras y, en el otro lado, un talud contenido por un muro también de piedra. O sea, estábamos transitando por un auténtico camino de montaña. Lo nunca visto en nuestra provincia. En la orilla más baja del camino abundaban las huertas, con sus fuentes y árboles de sombra. En la alta, las viñas. El sendero daba servicio al conjunto.

El término de Canalejas es una cuesta

Atravesamos Canalejas por la zona de bodegas para dirigirnos a la fuente y lavadero para acabar en la ermita del Olmar. La ladera donde se asienta la ermita había sido humanizada y numerosos muros de piedra sostenían bancales en los que se cultivaron viñedos y árboles frutales. Curioso paisaje de un pueblo que modificó las cuestas de los páramos para vivir de ellas.

Después, nos acercamos a contemplar la Piedra Mediana en su cerrado valle. Bajamos hasta Torre para acompañar durante unos pocos kilómetros al río Duratón, donde nos sorprendió un peculiar puente que más bien era un tronco con un rudimentario pasamanos atravesado en el cauce. Dejamos los caminos de ribera para tomar la carretera hasta que, finalmente, terminamos viendo fluir las aguas del viejo Duero. Aquí podéis ver el trayecto.

En el Montecillo huele a primavera

24 febrero, 2020

En el Montecillo y en casi todos nuestros campos y montes: los suelos están verdes y salpicados de pequeñas flores, el cereal brilla recién nacido y los almendros vienen cargados de flores blancas y rosáceas. Y sólo estamos a mediados de febrero; todavía tienen que caer muchas heladas y presentarse temporales de todo tipo. Pero la primavera se ha adelantado.

En Traspinedo

El Montecillo es un páramo curioso, pues lo han tajado y desprendido del páramo que guarda al Duero por su orilla izquierda desde Peñafiel a Tudela, los arroyos Valcorba –por el oeste- y Valimón –por el este. Y ahí está, recordando más bien al Cerrato que a los extensos páramos de Cogeces, Campaspero, Peñafiel…  Posee casi 7 km de largo por uno de ancho, si bien hay zonas especialmente estrechas como, por ejemplo, el Angostillo, desde donde se pueden contemplar sin problemas los vallejos de ambos arroyos. Más de la mitad de su superficie –además de las laderas- está dedicada a monte de encina y roble con algún pino, y el resto a cultivo de cereal.

Valimón

Desde el Montecillo se divisa también el valle del Duero, con Santibáñez y Traspinedo en primer plano y Tudela al fondo. En las zonas destinadas al cultivo podemos contemplar también buenos ejemplares de roble y de encina.

Se puede acceder desde Santibáñez por dos caminos distintos: nosotros subimos por el de la Sombría, que ofrece buenas vistas hacia el pico Miranda y Sardón, y que va elevándose con relativa suavidad. No así el que accede a la torreta contra incendios y al depósito de agua, que sube por una fuerte pendiente.

El charco

Junto al camino, en tierra de labor, vimos una pequeña charca: como es el único punto en el que hay chopos, seguramente la lagunilla hace muchos años fue mayor y duraría mucho más tiempo durante el año; ahora ya no tanto, pues está en tierra de cultivo. Antes de iniciar la bajada hacia el Valimón por la cañada de las Mochas, descansamos en un banco de la casa del Monte a la vez que contemplábamos un roble desnudo en una verde pradera. Todo relucía bajo el sol presagiando la inminente primavera.

Camino del Montecillo

Por las laderas de Montecillo y cruzando por auténticos túneles de matas de quejigo, salimos a la casa de Valimón. Después, siguiendo la cañada merinera que viene de Padilla de Duero, subimos el singular collado que separa el Montecillo del fino pico de la Mesilla hasta salir a la carretera, saludando al pico de la Frente, al barco de Ronda y a la Mochuela, hasta las yeseras frente a Montemayor. Fue una suave subida entre picos y barcos que no se notó gracias al aire de culo.

En la Pililla

Aun pudimos ver los restos de una yesera en la subida al páramo. Y también la fuente del Perro, con agua, a la izquierda del camino. No la habíamos visto en otras ocasiones, pero esta vez nos fijamos en un pequeño cartel que la señalaba. Después, ¡a rodar por el páramo de la Pililla entre el hoyo Hondo y las laderas que caen al Valcorba! Zonas de monte, y de tierras de labor con buenos ejemplares de roble y encina. Después de saludar al viejo de la Atalaya, caímos a Traspinedo. Y fin. Aquí podéis ver el trayecto; en otra entrada también hemos escrito sobre este Montecillo.

Misterio en el pico Redondo

31 diciembre, 2019

No hace mucho pasamos por las inmediaciones de este pico, al visitar unos corrales que aprovechan la ladera poco antes de llegar a la Calvacha Arenosa, cerca de Peñafiel. Vimos su forma, como de un cerro peninsular entre el valle del Tamboril y el barco de Valdestremero unido al páramo por un istmo o collada ligeramente más baja que las dos altitudes que une.

Con cierta dificultad, pero aun se aprecia el camino de entrada

La primera sorpresa es que por esa collada pasa -o pasaba- un camino tallado en la ladera con el correspondiente corte de talud o con muro de contención. Por tanto, ha sido expresamente trabajado para facilitar el cruce de algún tipo de carruaje. En fin, no hay duda de que hubo actividad en este pico redondo hace muchos años, siglos, tal vez. Este camino, que no aparece en los mapas, venía de Mélida cruzando la cañada Bermeja, que fue merinera.

Valle del Tamboril, al oeste

Llegados al pico Redondo, vemos que su cima, casi plana, tiene forma como de riñón alargado, de 400 m por 80 m. aproximadamente. Todo el borde del cerro cuenta con un muro bajo de piedra, más o menos derruido según las zonas y, en algunos puntos tiene un segundo muro circundando el primero. También vemos un corral pequeño, de planta cuadrangular y pared bien conservada, y diferentes montones de piedra que tal vez -al menos algunos- pueden ser ruinas de chozos.

Chozo que aun se conserva

Y un chozo -¿de pastor?- de planta cuadrada. Prácticamente en toda esta zona del Peñafiel y limítrofes no hemos visto este tipo de planta, pues todas son redondas. Salvo en algunos guardaviñas de Encinas y valle del Cuco. Tiene, además, una entrada techada y protegida por habituales chozos pastoriles.

¿Qué fue, qué hubo en este curioso teso amesetado? La memoria nos trasladó a los cerros próximos a Valdenebro de los Valles, donde vimos unos corrales y chozos parecidos, que muraban también aprovechando los bordes de la paramera y antaño protegían o señalaban heredades plantadas de viñedo. ¿Hubo en este cerro viñedos? No vimos restos de parras, pero sí retoños de almendro, árbol que con frecuencia se asociaba a los bacillares en estos campos. Por otra parte, las laderas del cerro tuvieron bancales que denotan igualmente algún tipo de cultivo.

Muro

Nosotros nos inclinamos por esta interpretación. Otros creen que tal vez estuvo dedicado a esquileo de ganado mesteño, por la forma de los corrales y por su cercanía a la cañada Bermeja. Pero este lugar está apartado de lugares poblados más o menos importantes, y la industria del esquileo necesita un mínimo de infraestructura próxima. Tampoco hay noticias documentadas que la apoyen. Claro que igual nos pasa a nosotros…

Salida del barco de Valdestremero hacia el Duero.

En fin, que no deja de ser un misterio que cada vez se irá hundiendo más y más en la noche de los tiempos… Ciertamente hemos de agradecer a los autores que mantienen la opinión del esquileo el magnífico artículo que publican en el anuario 2018 VACCEA, con atractivos gráficos y dibujos de los diferentes chozos de la comarca, además de fotografías.

Al margen de estas opiniones sobre tiempos relativamente recientes, se trata de un cerro fácil de defender, medio oculto en el páramo pero con buena visión sobre el aquí estrecho valle del Duero: tal vez se ocupó en épocas prehistóricas.

Restos de bancales

La visión se completa con el barco y valle que le rodean, cuyos fondos exhiben cuidados viñedos, una moderna bodega, hileras de almendros y un colmenar. Las laderas más altas, cubiertas de maleza, dejan ver las grandes escalinatas de antigos bancales. Y al norte el Duero con la boca -Bocos- del valle del Cuco.

La excursión de este día se inició con una subida al arriesgado pico de Santa María, desde el que se domina Peñafiel y el valle del Botijas. Lo de arriesgado es porque nos hicimos una fotos de nada sobre un risco que está a punto de desprenderse del pico… ¡pero no se desprendió en el momento que lo hollamos! De ahí cruzamos al otro lado del páramo para visitar los corrales de San Pedro, en la cañada –ya abandonada- del mismo nombre.

Abajo, Mélida

Después del pico Redondo estuvimos en los corrales –de altos y casi señoriales muros- y chozo de don Diego. Y a continuación, otra escalada al Torruelo, que también es redondo, de 912 m, 20 metros menos que el Cuchillejo, cima más alta de la provincia. Ofrece una magnífica vista de los páramos cercanos.

Y, finalmente, desafiando de nuevo al vacío, nos adentramos en algunas de las Bocas de Mélida, especie de cuevas artificiales en la pared vertical del páramo…

Las Bocas

Ya solo nos quedaba una caminata por el valle del Botijas hasta Peñafiel. Sí, caminata, pues no hemos aclarado que nada más iniciar la excursión, una de nuestras burras se negó a rodar. Como no era momento de ponernos a discutir, la dejamos en Peñafiel hasta la vuelta. Por eso hicimos menos kilómetros de los habituales, unos 16. Pero mereció igualmente la pena. Como siempre.

…y de los páramos a la ribera

22 octubre, 2019

(Viene de la entrada anterior)

Después de saludar a la Cruz de la Muñeca (ofrecida por Segunda Cano a su pueblo natal hace justo 90 años), nos acercamos al corral de Cuestalavega, que está en uso y es hoy una nave ganadera con ovejas bien cuidadas, y después a la fuente del mismo nombre y humedecida con un charco de agua. Probamos las bellotas –de encina y de roble- que se encuentran en sazón; un poco amargas, asadas ganarían. Rodeamos el pico Lotero –del otero- que ahora está rodeado de buenas viñas y nos vamos en busca de la fuente de la Umbría, que no encontramos. Hay juncos, prados, arbustos, pero de agua fluyente, nada. Mas el paraje merece la pena rodeado, además, de robles. Subimos al alto de San Juan donde se alzan los restos de otros corrales de muy buena factura. Se diría que han estado en uso hasta hace nada. Y nos asomamos al aquí anchuroso valle del Duero, con Nava de Roa casi en primer plano.

Nava de Roa en su valle

Pero hay que ir pensando en bajar –y volver-, así que nos vamos por el Portillo buscando las fuentes del Perro –que no existe- y la de Villana, que ha sido recientemente remozada y, al menos, gotea. Y entre los altos del Gorro y Riosa nos acercamos al Duero. El firme ha cambiado y la arena dificulta nuestro avance en algunos tramos. También ha cambiado el paisaje que, sin dejar las vides, se ha suavizado. Ahora vemos frutales, chopos y pinarillos. El canal del Riaza lleva agua a esta vega. Han destrozado la fuente del Villar, antes pegada al canal.

Canal del Riaza

De manera asombrosa, el valle se ha cerrado formando una garganta de un kilómetro de anchura por la que se cuela el Duero. No sé cual será la explicación a este fenómeno geológico, pero ya se ve que el río no ha podido derribar estos páramos, especialmente duros, y se ha conformado con un estrecho boquete. Por aquí también cruzan la carretera de Soria, el ferrocarril de Ariza, el gasoducto y la calzada de Clunia. Pero esta última es la única vía que lo hace por la orilla derecha, y allá pasamos.

Cruzamos para recordar la Historia. Precisamente nos llama la atención el perfecto firme de este camino. Pero claro, se debe a que los romanos fueron unos excelentes arquitectos e ingenieros y este camino se asienta sobre una calzada o vía romana. Por aquí pasaron legiones, comerciantes antiguos, carreteros… que venían de Tarraco, Cesaraugusta o Clunia, en dirección a Simancas, Astúrica o Braca.

Amenazante paso de la calzada entre el Duero y el páramo

Y más tarde, justo por aquí vino huyendo de la batalla de Simancas, Abderramán III los primeros días de agosto del 939. Dicen las crónicas (árabes) que arrasó Mamblas, el castillo de Rubiales (5 km al este) y Roa. Pero también dicen que hacia Valdezate, en el Foso (?) le vencieron los ejércitos cristianos y casi le hacen prisionero. Abderramán, escaldado, no volvió por estos lares. Todavía durante siglos posteriores este fue el camino natural entre Castilla y Aragón (Senda de los Aragoneses). Llama la atención que precisamente en este paso vemos enormes piedras esparcidas por la ladera como amenazando el cruce de los caminantes.

Vista del Bercial desde las alturas

Y seguimos hasta Bocos, donde el sol le saca al picón del páramo vivos tonos de color marrón y blanco. Y nos metemos por un campo próximo al río y en medio nos paramos a ver la Casa del Bercial, en un tiempo rodeada de vides -algunas quedan- y hoy de miles de nogales, perfectamente ordenados para la explotación de su fruto. La casa es de barro, de dos pisos con balcones, y amplio corral rodeado de establos. Pero ya en ruinas. Fue la típica casa de la ribera del Duero. Una verdadera ribera, en su acepción vallisoletana, según el diccionario de la RAE.

Todavía disfrutamos de las vistas del castillo de Curiel –en Castilla, al norte- y del de Peñafiel –en la Extremadura, al sur- pues no en vano a esta última localidad se la conocía en el siglo XI como madre o ensalzamiento de toda Extremadura y el Duero la frontera.

Llegando a Bocos

Para terminar protegidos del viento, nos metemos en la senda del Duero para cruzar luego este río por el puente medieval, que se levanta entre las desembocaduras del Botijas y Duratón. Y así, como sin querer, hemos cerrado el círculo de esta excursión.