Archive for the ‘Páramos de Peñafiel y Campaspero’ Category

Las Tres Matas

20 julio, 2020

Quintanilla de Onésimo se asienta entre la orilla izquierda del Duero y las laderas del páramo. Lo mismo ocurre con Olivares de Duero, que se encuentra en la orilla derecha. Sólo les separa el río y les une un puente.

Esta vez, nuestro primer objetivo fueron las Tres Matas, tres enormes encinas que se distinguían perfectamente desde Quintanilla, pues estaban asentadas justo en el cerral. Puede decirse que formaban parte de la identidad quintanillera. Sí, he escrito que se distinguían. O sea… ¿que ya no?

Chozo nuevvo

Ya no. La primera mata –que era la más grande- se encontraba en el extremo este. Fue derribada por un rayo a finales del siglo pasado. Aún podemos ver su tronco chamuscado, pero no se corresponde con lo que fue en su día. Luego nos falta una y quedan dos.

Pues bien, las otras dos hoy apenas resaltan desde el valle a causa de la maleza y –sobre todo- de los pinos de Alepo plantados alrededor. Bien es verdad que seguramente acabaran siendo talados, como ya se hizo hace varios años.

Viñedos y encinas, tónica de la excursión

La del medio es una señora encina. Se asemeja a un gran surtidor vivo y protector, pues distribuye sus ramas al aire, que luego caen hacia el suelo, vencidas por su propio peso. Preciosa imagen que reconforta a quien la mira. Aunque más reconfortante aún es la sombra de su copa en plena canícula, porque a la frescura que crea se une la brisa que siempre hay en este punto, por sofocante que sea la jornada, pues precisamente en el cerral, se junta el aire del valle y el páramo que, por tener diferente temperatura provocan un ligero airecillo. Al menos eso me dijeron dos quintanilleros.

Y la tercera Mata, al oeste, es una encina normal. Vista la otra, ésta no llama la atención.

Ramas -potentes y horizontales en este caso- de la Mata grande

El paraje es un perfecto mirador sobre Quintanilla y el valle. La caliza sobresale aquí formando un poyo adecuado para el reposo. Lástima los pinos que si no dejan ver las matas desde abajo, desde arriba hacen igualmente imperfecto el viso. Se completa el conjunto con un chozo de pastor nuevo y un vértice geodésico.

Hemos subido a las Tres Matas tranquilamente, por la carretera. Otra posibilidad –sobre todo si vamos caminando- es subir directamente por la cañada de Matacara, de buena pendiente.

Panorama del valle

Pico Cuadro y otros miradores

De allí nos fuimos, bordeando el páramo primero y luego tomando el camino del Corral del Tío Cosme hasta el Pico Cuadro. Aquí el paisaje se dejaba ver un poco mejor: como el suelo es casi todo él de pura caliza, los pinos estaban raquíticos y espaciados, abriendo luz suficiente para contemplar el valle bastante bien. A pesar de la calima, se divisan las puertas del Duero, entre las cuestas de La Parrilla y las Mamblas; incluso se percibe, más al fondo, el faldeo de los Torozos. ¡Qué bueno sería, aquí y en otros páramos, desmochar algunos cerrales para crear miradores! Por otra parte, estos pinos han sido plantados hace relativamente poco –a mediados y finales del pasado siglo- para sostener las laderas. Antes se veían blancas, por el yeso.

Se distingue la cañada de Villacreces

Comprobamos que la fuente de Carrecuéllar estaba seca y nos paramos de nuevo en la raya de las Quintanillas, en el pico Rachado, justo sobre la cañada de Villacreces que atraviesa por aquí buscando el bebedero del Duero.

Valdelascuevas

Nos hubiera gustado asomarnos también en el mirador del pico del Castro, pero aún no había entrado la cosechadora, de manera que lo dejamos para mejor ocasión.

La bajada fue por Valdelascuevas, vallejo desde el que se dejan ver perfectamente los cortes verticales del páramo, las propias cuevas en la caliza y las múltiples y simpáticas viseras que igualmente forman. Pero volveremos.

Aspecto de las cuevas

Bordeamos los Tajones y subimos al páramo de nuevo, esta vez por Valdemuertos y entre viñedos. Pasamos por unas modernas bodegas. Más arriba, en el arroyo, bebía una corza que salió corriendo en cuanto me vio, a unos 100 metros. Al llegar yo al punto donde bebía, salió una cría en dirección distinta, pero ladrando consiguió que la madre se reuniera con ella.

Llegué a la fuente de Ontanillas, donde pululaban y bebían cientos de abejas. Yo también bebí sin molestarlas y me refresqué como pude. Y, por supuesto, hice caso al cartelito de madera: No ensucies la fuente donde has apagado tu sed. ¡Faltaría más!

Monte, viñedos, rastrojos

El carrascal y la bajada final

La fuente está a un paso del ras del páramo, lo cual no es óbice para que tenga abundante agua. Enseguida nos metimos en el Carrascal y montes aledaños. Parecía como si todas las cigarras del mundo se hubieran puesto de acuerdo para cantar a la vez. El ruido, ensordecedor, lo embargaba todo. Era como si les quedase muy poco para morir y aprovecharan los últimos instantes. Terrible. Como para volverse loco. Tal vez, impelidas por un atávico instinto, sólo anunciaban la tormenta que estalló unas horas más tarde. Incluso hubo alguna que se dejó fotografiar, lo que no es muy habitual.

También intentamos seguir la cañada merinera que viene de Peñafiel, pero no lo conseguimos. Como pasa por medio del monte y no está amojonada, era imposible distinguirla. Pero el monte era nuestro… y de las cigarras.

Almendros mochos en el Carrascal

Bajamos por el camino de las Dehesas que pasa junto al cementerio y acabé por entrar en él. No era la primera vez que lo pisaba, sin embargo distinguí algo que me sorprendió y conmovió: a la derecha, nada más entrar, un cementerio de niños. Las tumbas eran muy pequeñas, alguna casi del tamaño –y forma- de una caja de zapatos. Casi todas con flores. Me senté en el poyo que hay frente a la entrada y estuve un rato hablando con esas almas puras, o sea, rezando. La vida es un misterio y uno no comprende por qué algunos se van tan pronto: tal vez para ser los ángeles protectores de Quintanilla y sus gentes.

Los Tres Obispos

6 julio, 2020

Se cuenta en Cuevas de Provanco que cierto día los obispos de Valladolid, Segovia y Burgos se reunieron a comer en Cuevas y los tres estaban sentados en sus respectivas diócesis. Y ello porque existe un punto donde coinciden las tres. Lo mismo podríamos decir de los tres Alcaldes (Cuevas, Castrillo de Duero y Valdezate) o de las tres Comunidades de Villa y Tierra (Fuentidueña, Peñafiel y Haza). Pero lo cierto es que el paisaje no entiende de rayas administraciones (al revés a veces sí, ya que estas pueden seguir ríos y montañas) y hay que amojonar en pleno campo para saber en qué término municipal nos encontramos.

Subida al páramo desde el valle del Botijas

Sea como fuere, Cuevas sí entiende de leyendas pues además de los Tres Obispos tenemos la de la mora Penta, Valdezate sabe de pastores, como luego veremos, y Castrillo alardea de héroes y señores, a juzgar por sus palacios blasonados y porque es cuna de El Empecinado.

Como si tuviera un especial magnetismo, hemos vuelto a subir al páramo desierto de Corcos. Esta vez, atraídos por los extensos corrales que pueden contemplarse incluso a través de Google Maps. Una primera punta de páramo, la más cercana a Castrillo, ofrece grandes corrales de todas las formas: redondos, cuadrados, ovoides; también los había en la ladera por la que accedimos. Ahora luchan contra el olvido, sobre todo en los sitios que aún no se han roturado para tierra de cultivo. Nada más hay, salvo algún aprendiz de roble, soportando el sol de justicia de este verano recién estrenado. El paisaje, a estas alturas del año, es un tanto desolador. Sólo algunas flores de gallocresta, candelera y tomillo lo dulcifican.

Castrillo y, al fondo, Olmos

Pero en el cerral nos espera una grata sorpresa. Distinguimos el valle del Botijas con Castrillo perfectamente visible y, detrás, Olmos de Peñafiel, que hasta parecen estar juntos. También atisbamos buena parte de Nava de Roa, la sobresaliente iglesia de Valdezate y un montón de pueblos más. Y lo mejor: la inmensa hoya de Aranda, donde las aguas del Duero han destruido los páramos salvo, precisamente, por donde más aguas han circulado, desaguando todas, o sea, por el oeste. Tan amplio es el panorama que entre la Manvirgo y Roa vemos, muy al fondo, el vallejo de Valdongil y, a través del él, el mismo valle del Esgueva. Son casi 30 km en línea recta. Y todo en llano. ¡Ufff!

La capa de caliza se derrumban

Seguimos rodando por la paramera hasta que de pronto, como en una alucinación, distingo un rebaño de ovejas totalmente inmóvil, sesteando, con las cabezas invisibles. Por poco no lo veo a pesar de la cercanía. A unos cien metros, el perfil de un pastor sobre un pequeño montón de piedras, aprovechando la sombra de una escuálida mata de roble. Mutuamente nos sorprendemos de encontrar un humano por estos pagos desérticos y perdidos. Me habla de su duro trabajo –no hay más que verlo-, que es de Valdezate, que cuando empezó a pastorear había en el pueblo más de veinte rebaños y ahora quedan sólo dos, que está pensando en retirarse. Terminamos hablando del covid (¡gran tema!) y nos despedimos. Sigo rodando, ahora un tanto reconfortado, sabiendo que no estoy totalmente solo en el páramo.

El páramo se deshace en laderas…

Busco algunas fuentes señaladas en los mapas pero no encuentro ninguna. Desaparecieron, tal vez. Termino en las cercanías de Cuevas, contemplando viejos corrales y paseo por el pueblo, si es que se puede pasear por una localidad levantada prácticamente sobre un cortado, y no más bien escalar o dejarse caer. Sorprende el valle del Botijas, que aquí es un vergel, mientras que en Castrillo el color verde ya se había ausentado.

Volvemos a rodar por el páramo. Se produce el mismo efecto óptico que en la excursión anterior: ahora, con la sierra al fondo, parece que el páramo acaba en una gran vaguada. Hasta que, por las cañadas de Valdeperniegas y Valdezate, caemos en esta última localidad.

Perfil de Castrillo

Y ahora vamos a recorrer una especie de valle muy abierto, producto de la rotura de los páramos de Corcos y Peñafiel, a través del cual llegaremos a Castrillo. No es un vallejo al uso pues, además de muy abierto, contiene multitud de colinas, cerrillos, cabezos y oteros, abundantes cuestas que, en definitiva, lo hacen agradable a la vista pero cansado a las piernas que pedalean. De hecho, nos encaramamos a uno de estos mogotes en La Alberiza para poder acontemplar a gusto el panorama. Tampoco encontramos las fuentes que buscamos (de la Zapatera, de Tardevás) pero nos acompañan algunas alamedas, pinarillos y árboles frutales.

Una de las casas señoriales

En Castrillo nos paseamos por sus calles, contemplando sus fuentes y sus palacetes, que parecen competir en el porte y señorío de sus blasones. Merece la pena ver fachadas con tanta historia antes de que se caigan –algunas- por completo, si bien otras se encuentran felizmente restauradas. Al menos el espíritu de El Empecinado sigue entre sus callejas y rincones, pues el de otros héroes que fueron, como pastores, pronto desaparecerá del todo…

Aquí podéis ver la ruta seguida.

Páramo de Corcos

29 junio, 2020

Se trata de un páramo calcáreo entre las provincias de Burgos y Segovia, a menos de 3 km de Castrillo de Duero, éste ya en la provincia de Valladolid. No conozco su historia, pero sin duda está ligada a la de Haza, pues la mayor parte de su territorio pertenece a esta villa, siendo el resto de Valdezate, Fuentemolinos, Cuevas de Provanco y Valtiendas.

Torre de Corcos

Lo primero que nos encontramos al subir al páramo desde Valdezate a través de un vallejo recóndito y precioso con laderas de caliza descarnada es la torre de Corcos: ¿torre defensiva? ¿Restos del despoblado de Corcos? Tal vez las dos cosas: aquí pudo estar el único poblado de este extenso páramo –hoy desierto- y, a la vez, serviría de punto clave para dominar la extensísima llanura, pues de hecho aquí, sobre la ruina, se situado un vértice geodésico. Corcos bien podría depender de Haza, razón por la cual este municipio sigue administrando la infinita paramera.

Por este vallejo subimos al páramo

Y la verdad es que rodar por estos es retrotraerse casi a los tiempos en que el conde de Castilla Gonzalo Fernández, allá por el año 912 poblara Haza… que 400 años después era mencionada nada menos que en la Divina Comedia como patria de la madre de Santo Domingo de Guzmán, Juana de Haza. Y es que parece que nada hubiera cambiado desde aquellas épocas: labrantíos, corrales, muchos corrales y cañadas. Tan despoblado como entonces, bueno, mucho más ya que hoy nadie vive aquí; antaño, en torno a la torre y a algunas tenadas vivirían seguramente vigías y pastores tal vez sus familias.

Una primavera todavía visible

Un páramo infinito

¿Qué hemos visto? Una inmensa llanura. Pero con un paisaje distinto a las habituales de Valladolid. Si en esta provincia los páramos hacen horizonte con el cielo –salvo en días muy claros en los que se ve un lejano y bajo perfil de las montañas cantábricas o del Sistema Central- aquí, en Corcos, en dirección sur, hemos visto como telón de fondo nada lejano, pues hay continuidad, la Serrezuela de Pradales. Tiene poco más de 1.300 metros de altura, pero suficientes, por la cercanía, para que aparezca ante nuestros ojos como una buena montaña.

Por otra parte, aquí los caminos se dirigen, sobre todo, de este a oeste, y es difícil dar con uno norte-sur, como la cañada que finalmente nos ayudó a llegar a Aldehorno. Y también numerosos restos de tapias –o tal vez simplemente piedras retiradas de las tierras de labor- orientados igualmente de este a oeste. Por supuesto, nada de árboles, sólo campos de cereal, de secano en los que el trigo está todavía verde. Y, como ya hemos dicho, corrales, algunos muy grandes –así, el corral de la Priora-y bien preparados para atender con cierta estabilidad al ganado.

Abundan los restos de corralizas

Conforme avanzábamos hacia el sur vimos algunos viñedos, la mayoría ya fuera del término de Haza. Los viticultores han sabido aprovechar antiguas corralizas y tenadas como almacenes auxiliares para la viña, lo que ha evitado su ruina. Es el caso, por ejemplo, de las tenadas de los Charcos, ya en término de Moradillo de Roa, con sus grandes y profundos charcos que, por cierto, estaban secos.

La primera parte del páramo corrió por antiguos caminos infectados de maleza, caminando y tirando de la bici, hasta que cogimos uno de buena rodadura en dirección este. Luego, cambiamos de dirección casi 180 grados hasta llegar a los corrales de la Calera. Justo aquí tomamos lo que queda de un cordel de ganados que nos llevó hasta las tenadas de los Charcos. Se trata de un antiguo cordel o cañada que iba de Valdezate a Aldehorno (17 km) si bien hoy ha quedado reducido a unos 5 km.

En el corral de la Priora

¿Una inmensa vaguada?

Conforme avanzábamos hacia el sur o sureste, viendo al fondo la Serrezuela, vislumbrábamos como un inmenso y precioso valle entre nuestro páramo y la citada sierra. Además, rodábamos ligera pero claramente cuesta abajo. Una excursión de ensueño, con la montaña al fondo, como pocas veces. Bueno, pues al terminar la rodadura y mirar el mapa comprobamos nuestro error: desde la torre de Corcos hasta La Mata, justo antes de caer al arroyo de la Serrezuela, no habíamos hecho otra cosa que ascender, no mucho, pero pasamos de los 946 a los 1000 metros de altitud (!) ¿La razón? Seguramente, el viento a favor y la falda de la montaña nos habían engañado… O sea, Thea, diosa de la visión, y Eolo, del viento, se habían burlado de nosotros. Mejor, pues fueron unos kilómetros especialmente agradables.

No obstante, al llegar a la tenada de los Charcos, observamos que el suelo cambiaba a cantos rodados y arena, señal de que el páramo calcáreo había desaparecido cubierto tal vez por esta grava procedente de cierto aplanamiento de la montaña.

Tenada

Por el valle del Riaza

Y esta fue la excursión por la paramera. Resumo ahora lo más interesante del paseo por el arroyo de la Serrezuela o de la Veguilla y el valle del Riaza:

  • Nos impresionó la localidad de Aldehorno, típicamente serrana, perteneciente a Segovia.
  • Ya en Burgos, Moradillo de Roa posee un típico y cuidado barrio de bodegas, sobre el que se asienta la iglesia, de San Pedro, magnífico mirador sobre el valle
  • El manantial de Hontanguillas, en la Sequera de Haza y el de Fuentemolinos. Ambos dan a luz auténticos ríos.
  • La gruta –típicamente pastoril- de la Virgen de la Cueva, en Hontangas. Y, también en esta localidad, la arruinada ermita de San Mamés y la fábrica de harina.
  • Las escarpadas laderas de Haza.
  • El vado, ya perdido, en el Riaza de la cañada que va de Haza a Fuentemolinos.

Bodega en Moradillo

De Fuentemolinos saltamos a Valdezate por el páramo de Corcos otra vez. Fuimos bordeándolo y observando el valle del Duero, con la Manvirgo en medio. Al llegar a la meta visitamos el barrio de bodegas, el alto de la iglesia y el monumental crucero.

¡Excepcional excursión por tierras burgalesas y segovianas, limítrofes con Valladolid. Aquí podéis ver la ruta seguida, según Durius Aquae.

Vista de Haza

Pino Macareno

21 abril, 2020

Así se veía hace exactamente 7 años el pino Macareno, de Peñafiel. Pero ya no lo volveremos a ver nunca, pues cayó abatido por el viento hace cuatro meses, el 21 de diciembre del año pasado. (21.04.2013)

El Empecinado y Pérez Galdós

9 abril, 2020

 

En estos días de encierro obligatorio para despistar el ataque del Covid19, me he dedicado, entre otras cosas, a leer, y ha caído en mis manos Juan Martín El Empecinado, de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Al comenzar su lectura recordaba que hace muchos años, en una tertulia de café en Salamanca pregunté a Torrente Ballester qué escritor español era el mejor para él. Sin dudarlo contestó que, después de Cervantes, Galdós.

Y pienso que tenía razón Torrente. He vuelto a disfrutar leyendo. Una maravilla de claridad en sus descripciones, tanto de personas como de paisajes y acciones; su estilo hace que, sin reparar en frases y palabras, te intereses por el fondo de lo que cuenta, siempre interesante…

Por eso traigo un párrafo del capítulo VI en el que describe magistralmente la guerrilla. De alguna manera, también me ha recordado la relación con el paisaje –el terreno– que tenemos los ciclistas de montaña… Escuchemosle:

La primera calidad del guerrillero, aun antes que el valor, es la buena andadura, porque casi siempre se vence corriendo. Los guerrilleros no se retiran, huyen y el huir no es vergonzoso en ellos. La base de su estrategia es el arte de reunirse y dispersarse. Se condensan para caer como la lluvia, y se desparraman para escapar a la persecución; de modo que los esfuerzos del ejército que se propone exterminarlos son inútiles, porque no se puede luchar con las nubes. Su principal arma no es el trabuco ni el fusil, es  el terreno; sí, el terreno, porque según la facilidad y la ciencia prodigiosa con que los guerrilleros se mueven en él, parece que se modifica a cada paso prestándose a sus maniobras.

Figuraos que el suelo se arma para defenderse de la invasión, que los cerros, los arroyos, las peñas, los desfiladeros, las grutas son máquinas mortíferas que salen al encuentro de las tropas regladas, y suben, bajan, ruedan, caen, aplastan, ahogan, separan y destrozan. Esas montañas que se dejaron allá y ahora aparecen aquí, estos barrancos que multiplican sus vueltas, esas cimas inaccesibles que despiden balas, esos mil riachuelos, cuya orilla derecha se ha dominado y luego se tuerce presentando por la izquierda innumerable gente, esas alturas, en cuyo costado se destrozó a los guerrilleros y que luego ofrecen otro costado donde los guerrilleros destrozan al ejército en marcha: eso y nada más que eso es la lucha de partidas; es decir, el país en armas, el territorio, la geografía misma batiéndose.


(Fotografías tomadas en el término de Castrillo de Duero)

Picos y caminos de montaña (Aldeyuso y Canalejas)

1 marzo, 2020

La excursión de hoy tenía su objetivo y, como no es infrecuente, nos deparó también una grata sorpresa.

Salimos de Peñafiel por la cañada de la Yunta, que unía esta localidad con Cuéllar, para desviarnos y subir al páramo por el camino del Henar. Los almendros, con su flor, adornaban el camino y la casa del Gitanillo. El objetivo eran los picos del Tejar y de la Callejuela, que se asoman al Duratón entre Aldeyuso y Canalejas. Antes pasamos por los corrales de Sebellares, cuyo suelo es de piedra, y rodamos por los caminos de excelente firme que bordean el páramo por el Brujo y sus chozos hasta llegar a Fompedraza. Allí admiramos cómo los vecinos han aprovechado el barco de Valdeolmos y contemplamos el sencillo perfil de la iglesia.

Aldeyuso desde el Tejar

Después, entre subidas y bajadas, nos presentamos en el pico de las laderas del Tejar, avanzadilla entre los valles del arroyo del Prado y del Duratón. El panorama a contemplar no nos defraudó. Verde, marrón, amarillo, blanco… eran los colores dominantes de los valles, si bien todo sugería que el verde seguiría ganando terreno. La cima del pico quería estar destinada, en parte, a la agricultura. Y digo quería porque la zona labrada estaba literalmente llena de piedras calizas. Tal vez diera para un poquito de centeno, no sé. Allí también nos estaba esperando un pequeño murete en piedra que rodeaba casi todo el pico, al estilo –más humilde- del pico Redondo y otros que hemos visto en los altos de cerros y paramillos.

Aspecto del valle del Duratón

De allí nos fuimos, cruzando corrales, hasta el pico de la Callejuela, que también se asoma al Durantón. Todo estaba lleno de piedras y más piedras, como si hubieran levantado el terreno para plantar pinos. Desde luego, unos pocos habían nacido y crecido algo; otros muchos, no. También descubrimos una pequeña escombrera, una pena en un lugar así, vamos. Le quita poesía y belleza a lugares tan singulares y agradables.

En Vallehermoso

A continuación tomamos un camino medio perdido que bordea el páramo por el barco de Valsordo. Vimos más corrales –todo esto estuvo aprovechado como pastizales- y barcos blancos a causa del abundante yeso. Por un camino que no existía en el mapa –nunca te fíes del mapa para descubrir paisajes insospechados- , llegamos a una zona de vides nuevas, recientemente roturada y, al poco, empezaba la sorpresa. Primero, algunos cantiles al valle, luego antiguos y pequeños viñedos, más tarde almedreras con sus viejos árboles cuidados y tan olivados que parecían mochos. El lugar se llama Vallehermoso. Lógico.

Camino en ladera

Y después conectamos con un camino inesperado, que nos condujo hasta el mismo Canalejas. Estaba construido sobre una ladera con gran inclinación, por lo que se apoyaba en un firme preparado al efecto y apoyado en parte sobre una plataforma de piedras y, en el otro lado, un talud contenido por un muro también de piedra. O sea, estábamos transitando por un auténtico camino de montaña. Lo nunca visto en nuestra provincia. En la orilla más baja del camino abundaban las huertas, con sus fuentes y árboles de sombra. En la alta, las viñas. El sendero daba servicio al conjunto.

El término de Canalejas es una cuesta

Atravesamos Canalejas por la zona de bodegas para dirigirnos a la fuente y lavadero para acabar en la ermita del Olmar. La ladera donde se asienta la ermita había sido humanizada y numerosos muros de piedra sostenían bancales en los que se cultivaron viñedos y árboles frutales. Curioso paisaje de un pueblo que modificó las cuestas de los páramos para vivir de ellas.

Después, nos acercamos a contemplar la Piedra Mediana en su cerrado valle. Bajamos hasta Torre para acompañar durante unos pocos kilómetros al río Duratón, donde nos sorprendió un peculiar puente que más bien era un tronco con un rudimentario pasamanos atravesado en el cauce. Dejamos los caminos de ribera para tomar la carretera hasta que, finalmente, terminamos viendo fluir las aguas del viejo Duero. Aquí podéis ver el trayecto.