Entre Langayo y Oreja

No es necesario realizar largos recorridos para contemplar un paisaje diferente. Basta con visitar los alrededores de una localidad, o parte de ellos. Es el caso de la excursión que traemos hoy a esta página: un recorrido por la zona suroeste de Langayo.

No sabemos mucho de esta localidad -perdida en los páramos y vallejos próximos a Peñafiel- en comparación con lo que debió ser a lo largo de la historia. De entrada, su nombre es de origen prerromano, se encuentra situada en un promontorio dominando los valles de Oreja y la Peña y entra en la historia con la repoblación del Duero, acompañando a Peñafiel. Hay que proponérselo para acercarse hasta aquí, pues si antaño no estaba lejos de la histórica cañada de la Yunta que unía Cuéllar y Peñafiel, hoy queda al margen de cualquier carretera medianamente frecuentada. Pero su estampa y el lugar donde se levanta no pueden ser más hermosos. Un lugar adecuado para recordar que el mundo está bien hecho, ahora que se ha homenajeado a Jiménez Lozano en la Feria del Libro de Valladolid.

Entre el camino y el sembrado, cardos y amapolas

Los caminos que hemos recorrido no son anchas pistas de buen firme, sino caminos normales, estrechos, con roderas y abundante hierba y flores. Pero el firme no es malo. Únicamente sufrimos un poco en una zona en la que debía haber caído una tormenta el día anterior, pues las ruedas se llenaron de esa greda tan pegajosa y molesta para los ciclistas.

Chozo de pastor

El campo estaba en su punto álgido primaveral. Los sembrados, cada uno con su específica tonalidad según fuera un tipo u otro de cebada o trigo. Además, abundaban las plantas de guisantes para pienso y estaban naciendo los girasoles. En las laderas quedan terrenos dedicados -al menos históricamente- a pastos.

El día, por el contrario, no fue bueno. Fresco –se agradecía el cortavientos- con el sol ausente. Como estamos ya en junio se echaba  de menos.

Así que fuimos rodando caminos de manera simple: cuesta arriba, llano, cuesta abajo. Y vuelta a empezar. Así, hasta cinco subiditas. Pero la cosa estuvo muy bien, pues la variedad estaba asegurada.

Veamos las cinco.

Desde el Vallejo

1.- El Vallejo.-  Empezamos a subir prácticamente al salir de Langayo. Bonito camino con buen firme. Conforme nos alejábamos, ganaba perspectiva el valle sin perderla la torre de la iglesia de San Pedro. Subimos por una cabeza de páramo, dejando más al oeste otra en la que se observa un guardaviña dominando el valle entre almendros. Arriba la vista se agranda sobre los valles adyacentes y alcanza al páramo de la otra orilla del Duero.

Ya más remetidos en el páramo, nos esperan restos de corrales. Por este lugar cruzan veredas y coladas. Ya bajando, topamos con más corralizas, sobresaliendo un buen chozo de pastor recostado en la ladera.

Aquí tenía Isa su monte. Alguien se lo arrebató.

2.- El monte de Isa– Pues allá subimos, por otro camino con abundancia de hierba y bien floreado, que es la estación. Donde comenzamos la subida fuerte vemos los cimientos de una antigua casa -¿la de Isa?- y, muy cerca, una corza se aleja con su cría. Rodamos unos metros por el páramo pero el camino desapareció: menos mal que quedaban dos roderas –de algún tractor- en el trigal. Las aprovechamos y salimos al cerral sobre el arroyo de la Peña. Otra espléndida vista. En las laderas, todavía queda algún bosquete de matas de roble. Bajamos por otro camino poco transitado, que son los que más encanto tienen.

Panorámica del arroyo de la Peña

3.- La Cañada. De nuevo al páramo. Por la cañada, según el mapa. Pero ya no existe. Arriba, entre los sembrados, se levantan algunos robles de buen porte. Alguien se olvidó de talarlos y nosotros se lo agradecemos. Y por otro cabezo de páramo, siguiendo un camino un tanto aéreo, nos presentamos en el largo valle que modela el arroyo de Oreja.

Aspecto de Conejeras

4.- Conejeras.- ¡De nuevo arriba! Ahora aprovechamos el camino de los Fermines, que con alguna revuelta, entre sembrados, barbechos y baldíos nos conduce a un páramo luminoso, a pesar de la ausencia de sol, y es que las cebadas brillan además de tener buen color. Y ondean al viento. Buscamos el vallejo de las Conejeras que se encuentra protegido por unos buenos riscos y cantiles de caliza, esculpidos por el agua y el viento durante milenios. Ya se ve que no hay dos vallejos iguales. Por un sendero en ladera acabamos conectando por un camino carretero –o casi- que desciende entre algunas densas choperas hasta al arroyo de Oreja.

Cardos marianos entre Oreja y las Conejeras

5.- Oreja y Valdebarajas. Estamos en un valle de vegetación exuberante y de fuertes laderas que dejan ver, sobre todo en la parte más alta, la piedra caliza. No nos ve una corza con sus dos crías, lo que aprovechamos para observarlas. Durante un minuto la corza otea y vigila, para mordisquear durante unos breves segundos, y así sucesivamente. Mientras, las crías saltan y comen. Hasta que me dejo ver y se esconden silenciosamente entre la vegetación de la chopera del arroyo.

Al final se abrió un poco el cielo

Sigo por un sendero que domina bien el valle. Por fin, puedo ver de lejos las ruinas de Oreja. Sobre el monasterio románico de Oreja no se ha descubierto nada nuevo, ningún documento que aclare sus misterios quiere salir a la luz. Pero descubro –al volver a casa- que alguien ha reconstruido Oreja virtualmente, durante la pandemia. Aquí puede verse.

Otra vez en el páramo. Ahora nos mantenemos en él bastante tiempo, recorriendo primero el camino de la Gargantina y luego el de Valdebarajas, para caer finalmente en Langayo.

Ahora conocemos un poco más los vallejos de Langayo. El trayecto en wikiloc.

Cuevas, cantiles, pilones

La entrada anterior fue un aperitivo de la presente: ahora describimos lo esencial de este recorrido que tiene en Quintanilla de Arriba su principio y su final.

Para salir tomamos el viejo camino de las Cárcavas, que se esfumó antes de tomar contacto con la ladera del páramo. Con la burra arrastras conseguimos conectar con otra pista de servicio a una tierra y al poco aparecieron, en lo alto unos y caídos en la ladera otros, los pilones, enormes piedras que se desprenden del paramillo y caen. Subimos caminando hasta arriba –es una visera muy por debajo del ras del páramo- y comprobamos el equilibrio inestable en el que se encontraba un buen grupo de estos pilones: ¿cuánto aguantarán así? Ya desde aquí pudimos contemplar Quintanilla y el valle de los Piñeles con Roturas. Un águila real pasó, majestuosa, a media altura, ignorándonos.

Al poco estábamos en el páramo de la Encina y nos fuimos hasta el cerral que asoma sobre el vallejo del Pozo: ¡hermosa vista! Con cuidado bajamos hasta las cárcavas y cantiles, en el bocacerral. Todavía más abajo los mapas antiguos señalan hornos de yeso, pero… ¡luego habría que subir! El pico de la Encina se adentra –como proa en el mar- entre los valles del Duero y del Pozo. Otra vista que completa y supera a la anterior.

Vuelta atrás para asomarnos –y bajar- al Portillo, entre el páramo y los Tajones. Por este portillo cruzaba la cañada del Dardo que venía desde el Duero para bajar y subir finalmente al páramo. Abajo, hacia el norte, vemos todavía los restos de los corrales de la Provisa. Curioso lugar este donde se juntan un sinnúmero de laderas, picos, lomas, valles, cárcavas, paramillos a diversa altura, hoy aprovechados para viñedo… Abundaron las caleras ya que hay cantidad de topónimos y los rebaños, pues también se señalan multitud de cañadas, corrales y majadas. Hoy, todo este laberinto de vallejos y picos está dominado por una moderna bodega y sus correspondientes viñedos. La loma de los Tajones es una balconada estupenda para contemplar esta parte del valle del Duero. Además, gracias a las cárcavas, deja ver sus coloreados interiores en tonos pastel marrón y blanquecino.

Desde aquí enfilamos Valdelascuevas, donde nos esperan: cuatro oscuras bocas sobre la caliza y yeso blancos, en lo más alto del pico del Castro. Un suave camino de marcadas roderas sobre un verde muy vivo de cereal naciente nos condujo –sin dejar la cañada del Dardo- hasta lo alto del páramo, en donde tomamos el camino –que se pierde y recupera- que finalmente nos condujo al pico del Castro. Lo primero fue dar una vuelta en redondo para contemplar el amplio paisaje que va desde Peñafiel a Olivares. No merece la pena describirlo aquí y ahora, pero sí merece cien veces subir y mirar.

Después, bajamos unos metros para contemplar de cerca las cuevas y cantiles. Un buitre salió de una de ellas pasando a escasos tres metros. ¡Uff, qué susto! Por la ladera, parecían subir muy despacio carrascas, matas de roble, alguna sabina. Seguramente llevarían años en esa operación. El cerral se rompe –literalmente- en enormes pedazos de caliza que, antes o después, van cayendo al encuentro de las carrascas. Las cuevas parece que son artificiales, al menos en parte: alguien aprovechó para sacar la parte de yeso que hay entre dos capas de caliza, dejando apoyos. Tal vez antiguos pobladores, o pastores, o caleros, pues ya hemos dicho que por aquí abundaron. Sin duda, para un geólogo, o un amante de la escultura, o de la naturaleza, lo mejor sea la parte que no ha sido tocada por el hombre, sino sólo por las aguas y el aire, que es donde se dibujan mil formas diferentes siguiendo las leyes de la naturaleza: son formas abstractas o casi figurativas que, en este caso, recuerdan cuevas flechas, puños, caras de diferente proporción y matiz. Así son las tripas de la tierra cuando salen al aire libre y se dejan tallar por los elementos.

En fin, nos alejamos del pico por el cerral contrario, que da al Duero y, a partir de aquí, cambiamos de ritmo. Nuestro caminar con la bici a cuestas por laderas, baldíos, tierras levantadas y rastrojeras se convirtió en una rodada clásica, es decir, por caminos más o menos marcados atravesando los montes del Salegar y la Cochina, de corpulentas encinas y algunos robles, hasta llegar al pinar de las Navas, ya en el término de Manzanillo.

Pudimos comprobar que últimamente se han plantado abundantes bacillares en pleno páramo. Nos mantuvimos arriba en vez de bajar a Manzanillo y, a acampo traviesa, conectamos con el denominado camino de la Calera con rumbo a Padilla pero a la altura de Peña Quemada desapareció, dándonos con el campo en las narices. O en las ruedas. Acabamos reconectando gracias a un reciente bacillar que se interpuso en nuestro camino y poseía camino de servicio.

Finalmente, giramos en dirección a Quintanilla después de dejar atrás algunos picos redondos de lo más originales. Y es que este páramo se rompe en mil picos, peñas, cerros, vargas,  cabezos, portillos, cuestas, boquillas, hoyos, llanillos, muelas… todos bien diferentes hasta en su nombre común. Literalmente, lo destroza el Duero y el arroyo de la Fuente de la Peña, que confluye a contramano, creando un bonito desaguisado.

Aquí, el recorrido.

Quejigos en Quintanilla de Arriba y Manzanillo

Como aperitivo de la próxima entrada, dejo unas fotografías de robles quejigos de esos dos términos municipales. Son árboles peculiares -mitad roble, mitad encina- que antaño formaron verdaderos bosques en nuestros páramos y hoy los vemos reducidos a ejemplares aislados o bien matas en laderas o lugares inhóspitos. Con alguna excepción, como el monte de la Liebres en Valdenebro, verdadero bosque de robles.

Al llegar al páramo desde Quintanilla nos recibe este ejemplar. Conserva toda la hoja en un color ocre un tanto apagado. La verdad es que no hemos encontrado dos quejigos con la misma tonalidad y cantidad de hoja en sus ramas. Incluso la forma misma de las hojas -con má o menos dientes, o sin ninguno- varía, así como la dirección de las ramas y la forma de la copa. Sin embargo se distinguen perfectamente del resto de los árboles, incluso de la encina, compañera en estas tierras.

Este otro se asoma a Quintanilla. Tiene las hojas aparentemente más verdes y la silueta de la copa irregular. Se ha salvado gracias a que está justo en el cerral, y no impide el laboreo de la tierra. Parece que goza de buena vista.

A veces parece que crecen sobre la misma piedra, com este ejemplar en una balconada al vallejo del Pozo. Ha perdido abundante hoja pero aun le queda. Abajo, en el valle cuatro robles ocupan tierra de labor. Otros quieren acercarse al ras.

Buen ejemplar con abundante hoja todavía verde en medio de una tierra de labor. Las fotos corresponden todas al mismo día.

Con poca hoja y las ramas en forma de surtidor se asoma al valle del Duero desde el cerral. Los quejigos dan una bellota más pequeña que la de la encina. Son características sus gallaras, en forma de esfera.

Este elegante y equilibrado roble es algo así como el ejemplar serio de la familia. Recto, simétrico, no quiere perder sus hoja tan pronto. Ha conseguido sobrevivir en un campo destinado a cereal y no tiene tan buena vista como los del páramo, pero tampoco es mala en este amplio valle que conecta con el del Duero.

Otro más en el cerral hacia el valle del Duero, dominando una ladera de pimpollos y, más abajo, los viñedos de Vega Sicilia y Villacreces. Con hoja amarillenta y un tanto estilizado de copa.

En el término de Manzanillo y a la vera del camino que conduce a la localidad. Joven, de tronco delgado, parece que ha sido olivado por el dueño de la tierra. Hace a los caminantes y ciclistas más llevadero su viaje al romper la relativa monotonía del horizonte.

También en Manzanillo, este quejigo vigila los campos con las protección de un pequeño majano. Majano y roble trabajan juntos y hacen más difícil sus desapariciones…

También había algunos que, el día de la fecha habían perdido toda la hoja. Así son de distintos nuestros quejigos.

La verdad es que, siendo ellos mismos austeros, adornan la austeridad del páramo como nada.

En la próxima entrada hablaremos de cuevas y cantiles.

El barco de la Traición

Estaba disfrutando tranquilamente con la lectura de un verdadero clásico –La región Vaccea, de F. Watemberg, descatalogado e imposible de encontrar si no es en PDF- cuando llegué al párrafo siguiente:

El citado castro sólo posee una muralla frontal que cierra un alto cerro plano. Junto a él hay un barco al que llaman en el lugar Valdecelada y poco antes de llegar a la muralla otro barco grande al que denominan el Barco de la Traición. Los habitantes del lugar indican que hubo allí una batalla en la que jugaron un importante papel unas cabras que llevaban teas o velas encendidas en los cuernos, que por la noche hicieron creer a los de la plaza que llegaba un ejército, mientras por otro lado ascendían los asaltantes. Ello parece una adaptación posterior al verdadero significado, que debe referirse a esta acción de Didio. En las narraciones de este suceso hablan indistintamente de franceses y romanos.

Aspecto de Valdecelada

En ese momento di un brinco en el asiento, pues me hizo recordar esta historia o leyenda que, tal cual, me la contó hace ya muchos años con algunas variantes un cogezano amigo. Las variantes consistían en que, en este caso, no eran ni franceses ni romanos, sino moros. Y que no fue necesario el asalto, pues los moros de la plaza huyeron despavoridos al confundir quinientas cabras con un verdadero ejército.

Al cabo de unas semanas, un caluroso día del reciente verano, dimos un paseo por la zona con el mismo cogezano de antaño. Primero recalamos en Valdecelada, que son unas laderas que caen desde el Montecillo hacia el arroyo de Cogeces y como hubiera un campesino cultivando sus tierras, entablamos conversación.

Parecen un escudo, una lanza y un símbolo vacceos. Al fondo, cerro donde se asentó el castro, desde Valdecelada

-¿Este pago es Valdecelada, no?

-Sí, así se llama.

-¿Y por qué ese nombre?

-Porque aquí tuvieron lugar luchas y celadas entre los íberos y celtas, y en aquel montículo [lo señala], ¿no lo ve diferente?, se han encontrado restos de aquellos tiempos, y de esto hay documentos en el ayuntamiento de Montemayor.

En el barco de la Traición

Después nos fuimos hacia el barco de la Traición, que empieza en el Palancar y en el Rincón,  donde hubo una enorme culebra que tuvo atemorizados a los habitantes de Cogeces, especialmente a los agricultores que trabajaban en toda esta zona que, por cierto, es la más alejada de la localidad.

Finalmente, subimos al páramo por la cañada de Peroleja y tomamos la desviación hacia la Pared del Castro. Pared que, según explicamos, ya no existe, pues molieron sus piedras el siglo pasado para que sirvieran de firme a carreteras y caminos de la comarca. Mi acompañante la conoció y recuerda su altura, de casi cuatro metros y que iba de un cerral al otro.

Restos de la Pared

Es curioso cómo la toponimia responde siempre a la verdad. Todo nombre en el campo tiene su razón de ser y nunca nadie lo puso a humo de pajas. Es, en otro orden de cosas, como las ondas intergalácticas, como el Big Bang, que viene desde el inicio del tiempo y del espacio, a pesar de los mil avatares intermedios. En nuestro caso, a pesar de la despoblación del valle del Duero durante la Reconquista. La toponimia siempre dará pistas de épocas pretéritas, muy lejanas a veces. Si un lugar se llama la Pared es porque antes la hubo, si otro se llama Las Tres Matas, no hay duda de que las hubo en otro tiempo, aunque hoy sólo queden dos y mañana ninguna… En fin cuando uno pasea por el campo, esos nombres de lugar serán con frecuencia algo misterioso a descifrar que dará razón de tiempos arcaicos…

Vista del valle del Valcorba desde el cerro de la Plaza, al fondo el del Duero. La traición se perpretó por el lado contrario, al sur.

Nota.- La acción de Tito Didio -narrada por el historiador Apiano- a la que se refiere Watemberg consistió en anunciar a los notables de la ciudad que les iba a asignar las tierras de los colendanos (¿de Cuéllar?) y que salieran todos con mujeres y niños para el acto de la entrega. Una vez la ciudad sola e indefensa, los separó para contarlos y saber la cantidad de tierra que se debía distribuir, momento en el que soldados apostados y preparados rodearon a los grupos y degollaron a todos. No guarda mucha relación con la leyenda, pero éstas pueden ir cambiando  de generación en generación mucho menos que los imperturbables topónimos.

Las Tres Matas

Quintanilla de Onésimo se asienta entre la orilla izquierda del Duero y las laderas del páramo. Lo mismo ocurre con Olivares de Duero, que se encuentra en la orilla derecha. Sólo les separa el río y les une un puente.

Esta vez, nuestro primer objetivo fueron las Tres Matas, tres enormes encinas que se distinguían perfectamente desde Quintanilla, pues estaban asentadas justo en el cerral. Puede decirse que formaban parte de la identidad quintanillera. Sí, he escrito que se distinguían. O sea… ¿que ya no?

Chozo nuevvo

Ya no. La primera mata –que era la más grande- se encontraba en el extremo este. Fue derribada por un rayo a finales del siglo pasado. Aún podemos ver su tronco chamuscado, pero no se corresponde con lo que fue en su día. Luego nos falta una y quedan dos.

Pues bien, las otras dos hoy apenas resaltan desde el valle a causa de la maleza y –sobre todo- de los pinos de Alepo plantados alrededor. Bien es verdad que seguramente acabaran siendo talados, como ya se hizo hace varios años.

Viñedos y encinas, tónica de la excursión

La del medio es una señora encina. Se asemeja a un gran surtidor vivo y protector, pues distribuye sus ramas al aire, que luego caen hacia el suelo, vencidas por su propio peso. Preciosa imagen que reconforta a quien la mira. Aunque más reconfortante aún es la sombra de su copa en plena canícula, porque a la frescura que crea se une la brisa que siempre hay en este punto, por sofocante que sea la jornada, pues precisamente en el cerral, se junta el aire del valle y el páramo que, por tener diferente temperatura provocan un ligero airecillo. Al menos eso me dijeron dos quintanilleros.

Y la tercera Mata, al oeste, es una encina normal. Vista la otra, ésta no llama la atención.

Ramas -potentes y horizontales en este caso- de la Mata grande

El paraje es un perfecto mirador sobre Quintanilla y el valle. La caliza sobresale aquí formando un poyo adecuado para el reposo. Lástima los pinos que si no dejan ver las matas desde abajo, desde arriba hacen igualmente imperfecto el viso. Se completa el conjunto con un chozo de pastor nuevo y un vértice geodésico.

Hemos subido a las Tres Matas tranquilamente, por la carretera. Otra posibilidad –sobre todo si vamos caminando- es subir directamente por la cañada de Matacara, de buena pendiente.

Panorama del valle

Pico Cuadro y otros miradores

De allí nos fuimos, bordeando el páramo primero y luego tomando el camino del Corral del Tío Cosme hasta el Pico Cuadro. Aquí el paisaje se dejaba ver un poco mejor: como el suelo es casi todo él de pura caliza, los pinos estaban raquíticos y espaciados, abriendo luz suficiente para contemplar el valle bastante bien. A pesar de la calima, se divisan las puertas del Duero, entre las cuestas de La Parrilla y las Mamblas; incluso se percibe, más al fondo, el faldeo de los Torozos. ¡Qué bueno sería, aquí y en otros páramos, desmochar algunos cerrales para crear miradores! Por otra parte, estos pinos han sido plantados hace relativamente poco –a mediados y finales del pasado siglo- para sostener las laderas. Antes se veían blancas, por el yeso.

Se distingue la cañada de Villacreces

Comprobamos que la fuente de Carrecuéllar estaba seca y nos paramos de nuevo en la raya de las Quintanillas, en el pico Rachado, justo sobre la cañada de Villacreces que atraviesa por aquí buscando el bebedero del Duero.

Valdelascuevas

Nos hubiera gustado asomarnos también en el mirador del pico del Castro, pero aún no había entrado la cosechadora, de manera que lo dejamos para mejor ocasión.

La bajada fue por Valdelascuevas, vallejo desde el que se dejan ver perfectamente los cortes verticales del páramo, las propias cuevas en la caliza y las múltiples y simpáticas viseras que igualmente forman. Pero volveremos.

Aspecto de las cuevas

Bordeamos los Tajones y subimos al páramo de nuevo, esta vez por Valdemuertos y entre viñedos. Pasamos por unas modernas bodegas. Más arriba, en el arroyo, bebía una corza que salió corriendo en cuanto me vio, a unos 100 metros. Al llegar yo al punto donde bebía, salió una cría en dirección distinta, pero ladrando consiguió que la madre se reuniera con ella.

Llegué a la fuente de Ontanillas, donde pululaban y bebían cientos de abejas. Yo también bebí sin molestarlas y me refresqué como pude. Y, por supuesto, hice caso al cartelito de madera: No ensucies la fuente donde has apagado tu sed. ¡Faltaría más!

Monte, viñedos, rastrojos

El carrascal y la bajada final

La fuente está a un paso del ras del páramo, lo cual no es óbice para que tenga abundante agua. Enseguida nos metimos en el Carrascal y montes aledaños. Parecía como si todas las cigarras del mundo se hubieran puesto de acuerdo para cantar a la vez. El ruido, ensordecedor, lo embargaba todo. Era como si les quedase muy poco para morir y aprovecharan los últimos instantes. Terrible. Como para volverse loco. Tal vez, impelidas por un atávico instinto, sólo anunciaban la tormenta que estalló unas horas más tarde. Incluso hubo alguna que se dejó fotografiar, lo que no es muy habitual.

También intentamos seguir la cañada merinera que viene de Peñafiel, pero no lo conseguimos. Como pasa por medio del monte y no está amojonada, era imposible distinguirla. Pero el monte era nuestro… y de las cigarras.

Almendros mochos en el Carrascal

Bajamos por el camino de las Dehesas que pasa junto al cementerio y acabé por entrar en él. No era la primera vez que lo pisaba, sin embargo distinguí algo que me sorprendió y conmovió: a la derecha, nada más entrar, un cementerio de niños. Las tumbas eran muy pequeñas, alguna casi del tamaño –y forma- de una caja de zapatos. Casi todas con flores. Me senté en el poyo que hay frente a la entrada y estuve un rato hablando con esas almas puras, o sea, rezando. La vida es un misterio y uno no comprende por qué algunos se van tan pronto: tal vez para ser los ángeles protectores de Quintanilla y sus gentes.

Los Tres Obispos

Se cuenta en Cuevas de Provanco que cierto día los obispos de Valladolid, Segovia y Burgos se reunieron a comer en Cuevas y los tres estaban sentados en sus respectivas diócesis. Y ello porque existe un punto donde coinciden las tres. Lo mismo podríamos decir de los tres Alcaldes (Cuevas, Castrillo de Duero y Valdezate) o de las tres Comunidades de Villa y Tierra (Fuentidueña, Peñafiel y Haza). Pero lo cierto es que el paisaje no entiende de rayas administraciones (al revés a veces sí, ya que estas pueden seguir ríos y montañas) y hay que amojonar en pleno campo para saber en qué término municipal nos encontramos.

Subida al páramo desde el valle del Botijas

Sea como fuere, Cuevas sí entiende de leyendas pues además de los Tres Obispos tenemos la de la mora Penta, Valdezate sabe de pastores, como luego veremos, y Castrillo alardea de héroes y señores, a juzgar por sus palacios blasonados y porque es cuna de El Empecinado.

Como si tuviera un especial magnetismo, hemos vuelto a subir al páramo desierto de Corcos. Esta vez, atraídos por los extensos corrales que pueden contemplarse incluso a través de Google Maps. Una primera punta de páramo, la más cercana a Castrillo, ofrece grandes corrales de todas las formas: redondos, cuadrados, ovoides; también los había en la ladera por la que accedimos. Ahora luchan contra el olvido, sobre todo en los sitios que aún no se han roturado para tierra de cultivo. Nada más hay, salvo algún aprendiz de roble, soportando el sol de justicia de este verano recién estrenado. El paisaje, a estas alturas del año, es un tanto desolador. Sólo algunas flores de gallocresta, candelera y tomillo lo dulcifican.

Castrillo y, al fondo, Olmos

Pero en el cerral nos espera una grata sorpresa. Distinguimos el valle del Botijas con Castrillo perfectamente visible y, detrás, Olmos de Peñafiel, que hasta parecen estar juntos. También atisbamos buena parte de Nava de Roa, la sobresaliente iglesia de Valdezate y un montón de pueblos más. Y lo mejor: la inmensa hoya de Aranda, donde las aguas del Duero han destruido los páramos salvo, precisamente, por donde más aguas han circulado, desaguando todas, o sea, por el oeste. Tan amplio es el panorama que entre la Manvirgo y Roa vemos, muy al fondo, el vallejo de Valdongil y, a través del él, el mismo valle del Esgueva. Son casi 30 km en línea recta. Y todo en llano. ¡Ufff!

La capa de caliza se derrumban

Seguimos rodando por la paramera hasta que de pronto, como en una alucinación, distingo un rebaño de ovejas totalmente inmóvil, sesteando, con las cabezas invisibles. Por poco no lo veo a pesar de la cercanía. A unos cien metros, el perfil de un pastor sobre un pequeño montón de piedras, aprovechando la sombra de una escuálida mata de roble. Mutuamente nos sorprendemos de encontrar un humano por estos pagos desérticos y perdidos. Me habla de su duro trabajo –no hay más que verlo-, que es de Valdezate, que cuando empezó a pastorear había en el pueblo más de veinte rebaños y ahora quedan sólo dos, que está pensando en retirarse. Terminamos hablando del covid (¡gran tema!) y nos despedimos. Sigo rodando, ahora un tanto reconfortado, sabiendo que no estoy totalmente solo en el páramo.

El páramo se deshace en laderas…

Busco algunas fuentes señaladas en los mapas pero no encuentro ninguna. Desaparecieron, tal vez. Termino en las cercanías de Cuevas, contemplando viejos corrales y paseo por el pueblo, si es que se puede pasear por una localidad levantada prácticamente sobre un cortado, y no más bien escalar o dejarse caer. Sorprende el valle del Botijas, que aquí es un vergel, mientras que en Castrillo el color verde ya se había ausentado.

Volvemos a rodar por el páramo. Se produce el mismo efecto óptico que en la excursión anterior: ahora, con la sierra al fondo, parece que el páramo acaba en una gran vaguada. Hasta que, por las cañadas de Valdeperniegas y Valdezate, caemos en esta última localidad.

Perfil de Castrillo

Y ahora vamos a recorrer una especie de valle muy abierto, producto de la rotura de los páramos de Corcos y Peñafiel, a través del cual llegaremos a Castrillo. No es un vallejo al uso pues, además de muy abierto, contiene multitud de colinas, cerrillos, cabezos y oteros, abundantes cuestas que, en definitiva, lo hacen agradable a la vista pero cansado a las piernas que pedalean. De hecho, nos encaramamos a uno de estos mogotes en La Alberiza para poder acontemplar a gusto el panorama. Tampoco encontramos las fuentes que buscamos (de la Zapatera, de Tardevás) pero nos acompañan algunas alamedas, pinarillos y árboles frutales.

Una de las casas señoriales

En Castrillo nos paseamos por sus calles, contemplando sus fuentes y sus palacetes, que parecen competir en el porte y señorío de sus blasones. Merece la pena ver fachadas con tanta historia antes de que se caigan –algunas- por completo, si bien otras se encuentran felizmente restauradas. Al menos el espíritu de El Empecinado sigue entre sus callejas y rincones, pues el de otros héroes que fueron, como pastores, pronto desaparecerá del todo…

Aquí podéis ver la ruta seguida.