Archive for the ‘Páramos de Peñafiel y Campaspero’ Category

…y de los páramos a la ribera

22 octubre, 2019

(Viene de la entrada anterior)

Después de saludar a la Cruz de la Muñeca (ofrecida por Segunda Cano a su pueblo natal hace justo 90 años), nos acercamos al corral de Cuestalavega, que está en uso y es hoy una nave ganadera con ovejas bien cuidadas, y después a la fuente del mismo nombre y humedecida con un charco de agua. Probamos las bellotas –de encina y de roble- que se encuentran en sazón; un poco amargas, asadas ganarían. Rodeamos el pico Lotero –del otero- que ahora está rodeado de buenas viñas y nos vamos en busca de la fuente de la Umbría, que no encontramos. Hay juncos, prados, arbustos, pero de agua fluyente, nada. Mas el paraje merece la pena rodeado, además, de robles. Subimos al alto de San Juan donde se alzan los restos de otros corrales de muy buena factura. Se diría que han estado en uso hasta hace nada. Y nos asomamos al aquí anchuroso valle del Duero, con Nava de Roa casi en primer plano.

Nava de Roa en su valle

Pero hay que ir pensando en bajar –y volver-, así que nos vamos por el Portillo buscando las fuentes del Perro –que no existe- y la de Villana, que ha sido recientemente remozada y, al menos, gotea. Y entre los altos del Gorro y Riosa nos acercamos al Duero. El firme ha cambiado y la arena dificulta nuestro avance en algunos tramos. También ha cambiado el paisaje que, sin dejar las vides, se ha suavizado. Ahora vemos frutales, chopos y pinarillos. El canal del Riaza lleva agua a esta vega. Han destrozado la fuente del Villar, antes pegada al canal.

Canal del Riaza

De manera asombrosa, el valle se ha cerrado formando una garganta de un kilómetro de anchura por la que se cuela el Duero. No sé cual será la explicación a este fenómeno geológico, pero ya se ve que el río no ha podido derribar estos páramos, especialmente duros, y se ha conformado con un estrecho boquete. Por aquí también cruzan la carretera de Soria, el ferrocarril de Ariza, el gasoducto y la calzada de Clunia. Pero esta última es la única vía que lo hace por la orilla derecha, y allá pasamos.

Cruzamos para recordar la Historia. Precisamente nos llama la atención el perfecto firme de este camino. Pero claro, se debe a que los romanos fueron unos excelentes arquitectos e ingenieros y este camino se asienta sobre una calzada o vía romana. Por aquí pasaron legiones, comerciantes antiguos, carreteros… que venían de Tarraco, Cesaraugusta o Clunia, en dirección a Simancas, Astúrica o Braca.

Amenazante paso de la calzada entre el Duero y el páramo

Y más tarde, justo por aquí vino huyendo de la batalla de Simancas, Abderramán III los primeros días de agosto del 939. Dicen las crónicas (árabes) que arrasó Mamblas, el castillo de Rubiales (5 km al este) y Roa. Pero también dicen que hacia Valdezate, en el Foso (?) le vencieron los ejércitos cristianos y casi le hacen prisionero. Abderramán, escaldado, no volvió por estos lares. Todavía durante siglos posteriores este fue el camino natural entre Castilla y Aragón (Senda de los Aragoneses). Llama la atención que precisamente en este paso vemos enormes piedras esparcidas por la ladera como amenazando el cruce de los caminantes.

Vista del Bercial desde las alturas

Y seguimos hasta Bocos, donde el sol le saca al picón del páramo vivos tonos de color marrón y blanco. Y nos metemos por un campo próximo al río y en medio nos paramos a ver la Casa del Bercial, en un tiempo rodeada de vides -algunas quedan- y hoy de miles de nogales, perfectamente ordenados para la explotación de su fruto. La casa es de barro, de dos pisos con balcones, y amplio corral rodeado de establos. Pero ya en ruinas. Fue la típica casa de la ribera del Duero. Una verdadera ribera, en su acepción vallisoletana, según el diccionario de la RAE.

Todavía disfrutamos de las vistas del castillo de Curiel –en Castilla, al norte- y del de Peñafiel –en la Extremadura, al sur- pues no en vano a esta última localidad se la conocía en el siglo XI como madre o ensalzamiento de toda Extremadura y el Duero la frontera.

Llegando a Bocos

Para terminar protegidos del viento, nos metemos en la senda del Duero para cruzar luego este río por el puente medieval, que se levanta entre las desembocaduras del Botijas y Duratón. Y así, como sin querer, hemos cerrado el círculo de esta excursión.

Altos del Duero en Peñafiel y Castrillo

18 octubre, 2019

Peñafiel se asienta sobre valle del río Duratón, pero no toda, pues una pequeña parte que incluye el camposanto e importantes bodegas se levanta sobre el valle del arroyo –río para otros- Botijas. El cerro del castillo separa los dos valles. Ambos, río y arroyo, desembocan en el Duero a unos 300 m de distancia uno de otro.

Para salir de Peñafiel vamos a seguir la cañada Bermeja, cañada merinera que sube al páramo de San Pedro. Pero antes cruza precisamente el arroyo Botijas por un pequeño y precioso puente de piedra de tres arcos, que lo tiene todo: tajamares, robustos pilares, pretriles, embocadura… Abajo, el agua corre entre un denso espadañal. Muchas ovejas –merinas y no merinas- y otros ganados han pasado sobre su calzada a lo largo de los siglos, pues no en vano da servicio a una cañada. Preciosa vista sobre el castillo si no fuera porque delante nos han plantado el polígono industrial.

Avanzamos ahora por las vides del Pago de Carraovejas. Si fueran personas, estarían felices, pues pocas cepas reciben tanto cariño como estas. No hay más que verlas para adivinar donde está parte del éxito de estas bodegas. Pero volvemos a decir lo que dijimos antes sobre el paisaje de Peñafiel y su castillo, si bien ahora las naves industriales se encuentran más alejadas y proporcionalmente han disminuido de tamaño.

Vamos hasta el pico de Santa María –lo veíamos al subir de espectacular estampa, blanca y vertical- que ha sido modelado por el Duero y otros elementos naturales a lo largo de cientos de miles de años. Con el río, forma un estrecho paso –el Portillejo– que controlaba el acceso a Peñafiel viniendo del este. Desde aquí no sólo vemos Peñafiel, también la orilla derecha del río y los páramos de Curiel –con su castillo- y los de Bocos, más a contramano. Y la inmensa mancha del pinar de San Pablo, delante de Pesquera.

Ahora nos vamos hasta los corrales de San Pedro, asentados sobre una pradera que hoy pierde terreno en favor de las plantaciones de pinos de Alepo. Aun vemos en pie un estilizado chozo, ya desmochado, y unos corrales sorprendentes por su buena factura: muros anchos y altos, con algunas esquinas en piedra de auténtica sillería. Antaño la cañada se bifurcaba aquí y un ramal bajaba en directo hacia el Duero; hoy éste ha desaparecido y nosotros seguimos el único ramal practicable.

Nos volvemos a asomar al Duero en diferentes puntos del borde del páramo. Tal vez lo mejor de esta excursión sea, precisamente, el paisaje de este valle. Elevados 150 sobre el río gozamos de una vista de pájaro -o de águila- y las riberas parecen otra cosa. Si el Duero es el río de la epopeya condal castellana, el castillo de Peñafiel lo rompe desde el sur, el pico de Santa María señala el oeste, a favor de la corriente, y el Duero, con sus suaves meandros a pesar del cañón, no se da por enterado. Aguas arriba, el valle desaparece para formar una llanura tranquila y hasta dulce por los racimos de uva, propia de Baco, alejada de los ásperos páramos.

A la vista del pico Redondo –es como una península que se mete en el valle- descubrimos otros viejos corrales que han aprovechado las calizas del cerral a modo de visera para proteger mejor los rebaños. Después, bordeamos la Calvacha Arenosa, con sus corrales y chozos y buscamos, en vano, la fuente de Valcavado en el barco que da a la casa del Empecinado. Abundan los sauces, arbustos y pequeños prados -todo verde- pero no llegamos a dar con el agua. Tal vez brote en primavera.

Volvemos a la cañada; en algunos majuelos están vendimiando y, al llegar a la charca de Fuentidón, saltan las ranas y la fuente gotea; los álamos dan sombra. No se está mal, por lo que descansamos un poco para continuar en la entrada siguiente.

Aquí podéis ver el trayecto.

El verano aprieta en los páramos y valles de Peñafiel

9 julio, 2019

Sábado 29 de junio. Acaba de comenzar, bien fuerte, el verano. Algunas máximas de ese día según la AEMET fueron: Valladolid, 38.8; Peñafiel 37.1; Sardón de Duero y Cuéllar 40.6. Nosotros hicimos el recorrido Quintanilla de Arriba, Langayo, Peñafiel, Pesquera, Pintia para terminar de nuevo en Quintanilla, o sea, páramo y ribera, y tampoco pasamos tanto calor, pues la brisa estuvo presente, así como la sombra en la senda del Duero y los baños en los ríos. Una vez más comprobamos que lo peor de lo peor con calor son las subidas. Lo demás se aguanta bien, sobre todo si hay sombra o corre airecillo.

En el chozo de San Masín

Desde Quintanilla subimos a las Majadas por el camino de San Masín, entre viñedos y alguna hilera de cipreses que dan a los majuelos aspecto mediterráneo. Poco antes de llegar arriba nos paramos para contemplar el chozo de San Masín: se agradece que haya sido reconstruido por los vecinos de Quintanilla. De una carrasca cercana saltó una cría de corzo que ya corría muy bien. Después pasamos cerca de los corrales y chozo de Rafaelillo, pero no nos acercamos pues estaban en un campo de cereal aun no segado. Al lado estaban los restos de los corrales de Cameñas. El paraje, con trozos de monte y buenos robles aislados es también un buen balcón para asomarse al barco del Charco y a la casa del Monte. El calor empezaba a apretar, sobre todo en la cuesta.

Laderas del barco del Charcón

Ya en el páramo, pusimos rumbo a Langayo, escogiendo para bajar el camino de los Aguaduchos, que tiene cerca restos de muros, algún nogal, almendros y pequeños majuelos. Bordea un paredón del páramo -más que una ladera- y posee una vieja fuente de la que aun mana agua. Este paraje debió de estar antaño relativamente concurrido. Hoy está solitario y vacío.

Tras parar en la fuente retomamos el camino y en el camino tuvimos un traspiés, o sea, una caída. Rozaduras y ligeras contusiones que fueron curadas amablemente por la encargada de la piscina de Langayo, donde aprovechamos para tomar resuello y reponernos un poco.

De allí rodamos a Peñafiel por un camino lleno de subidas y bajadas que llega a la fuente de la Salud, y baño –fresquito- en el Duratón, a la sombra de los álamos.

Nogal y almendros en la bajada de los Aguaduchos

El siguiente tramo es, sin duda, el más duro: subida al pico del Castillo Viejo. Son casi las cuatro; los caminos y senderos de yeso blanco están ardiendo y devuelven multiplicada la luz y hasta el calor del sol; el esfuerzo hace que falte hasta el aire para respirar y parece que uno va a fenecer achicharrado por un calor que todo lo quema.

No se sabe si el nombre –Castillo Viejo– se debe a que por aquí hubo un castillo o bien al aspecto del pico que, mirado desde el valle, asemeja un antiguo castillo con derrumbes y grandes grietas. Pero lo cierto es que el lugar merece la pena –no es la primera vez que llegamos- aunque solo sea para ver desde otra perspectiva el actual castillo, Peñafiel y las novedades del valle del Botijas, o sea, la bodega Pago de Carraovejas. Aunque también merece la pena saltar hasta el mismo pico, a punto de desprenderse del páramo y caer a plomo por la ladera. A nosotros nos ha sostenido y, a pie quieto y descansando, el aire se ha tornado más benigno y tibio…

Desde el pico del Castillo

En fin, ya solo nos queda el trayecto más largo pero el más sombreado: la senda del Duero –primero del Duratón- hasta Quintanilla, pasando por dos molinos de este último río, la confluencia de ambos, las inmediaciones de Pesquera y Pintia, todo ello con varios árboles caídos que hubo que saltar y algunos derrumbes en la ribera que pretendían impedir el paso. En Quintanilla se acumulaban las fuentes y nos dimos un último baño en la playa que nos habían preparado. Con ducha, por cierto. Aquí podéis seguir el trayecto; también podéis leer otra versión de esta misma excursión, según Durius Aquae.

El balcón de Valcavado y vuelta por montes y panes

26 junio, 2019

(es continuación de la entrada anterior)

Ahora subimos lo bajado, alcanzamos la cañada del Monte con sus pequeñas praderas, pasamos junto al alto de la Vela (917 metros, punto más alto hasta el momento y seguramente de todo el recorrido) y alcanzamos la cañada del Henar, que tomamos para dirigirnos a Mambrilla de Castejón. Se agradece la cañada: llana, buen firme, campos de forraje todavía verdes, manchas de monte, grandes robles y encinas aislados en los campos de cultivo. Entramos en el valle por su cola y la bajada se acelera. Nos llama la atención una recia y relativamente construcción de piedra. De cerca se ve que está arruinada y tal vez pudo ser el arca de una fuente, pero ahora todo está seco, aunque al otro lado del camino hay una lagunita que surte de agua a una reguera. Más abajo está la fuente del Henar, con su lavadero, su pradera y sus troncos medio vivos de sauces venidos a menos…

Restos de un arca en la bajada a Mambrilla

Visitamos Mambrilla, que tiene varias fuentes tradicionales, un rollo jurisdiccional… y unas calles empinadas.

Pero aguantamos poco y por la carretera entre la Mambla y el pico de Santa María nos vamos a Valcavado de Roa: el pueblo está en las alturas. Más en concreto, en el cerral. Como hemos subido por la carretera, nosotros y nuestras burras no hemos sufrido mucho. Además, teníamos a un lado la bonita estampa de las bodegas asomando bajo grandes robles. Y nos esperaban arriba dos generosos caños de una fuente. A su lado, una imagen de la Virgen de buen tamaño preside la plaza.

Desde el balcón

Seguimos hasta un mirador del pueblo, que denominan el Balcón de la Ribera, y desde luego que nombre está bien puesto, pues domina toda la inmensa hoya de Roa y mucho más. En un canto del pueblo se abre un pequeño jardín con una balconada y, a nuestros pies, la tierras en verdes -majuelos, pinares, campos de trigo- y amarillas por el cereal maduro. La Manvirgo se levanta sobre todo lo demás, pues no en vano posee en su cima la piedra del mismo páramo. Las demás elevaciones son montículos, motas, mamblas, colinas, de menor elevación. Entre las poblaciones, la que parece más grande es Roa. Aranda también se atisba, detrás. Y la línea de ribera del Duero. Al fondo, los páramos de Aza -se dibuja la silueta de la torre de la iglesia- o de Torresandino, donde se adivina la cercanía del Esgueva, que por milagro no se unió aquí con el Duero y que la suerte lo llevó al Pisuerga. Y ya como telón de fondo, las alturas de la sierra de la Demanda y de la cordillera Central ¡casi nada! En un cartel se sitúan todos los pueblos y accidentes más importantes para poder reconocerlos. En fin, entretenida clase de geografía práctica.

Bodegas en Valcavado

Dejamos Valcavado siguiendo el cerral y por un sendero con abundante maleza nos vamos hasta la fuente de Valdepinilla, que arroja su agua a una piscina de un azul deslumbrante. El paraje está oculto en un bosque de robles, en el nacimiento de un valle.

De nuevo en el páramo. Con el sol arriba. Todo luz. El cielo azul. Se agradece, al principio, la sombra de los robles, que luego desaparecen. En esta excursión hemos visto, solitarios o en pareja, unos ocho o nueve corzos. Ahora vemos un verdadero bambi, solitario y despistado en medio del camino. Al pasar a su altura corre diez metros para ocultarse en el cereal. ¿Donde estará su madre? El camino de San Martín nos va llevando hacia el sur; abundan los rodales de monte, seguramente porque antaño todo fue monte. Y también los sembrados de cereal, especialmente de trigo, pues son tierras suaves y amorosas, de pan llevar. A pesar de la sequía, por aquí no será muy mala la cosecha.

En el páramo

Avanzamos por la solitaria carretera de Valdearcos hasta la cañada de San Martín y bajamos al arroyo de Valdepila, donde se pierde el camino y cañada para recuperarlos en la subida. Por aquí ya estuvimos hace unos años, yendo a San Martín.

Finalmente nos acercamos al valle del Cuco, y se impone un baño en el pilón frío y limpio de la fuente de Barcervejo, gracias a los dos generosos caños que la llenan y renuevan continuamente.

Trigo (i) y cebada (d)

Bajada hasta las proximidades de Valdearcos y casi descansando, por la carretera, llegamos a Bocos. Todavía tenemos tiempo para ver algunas entradas a bodegas y graneros, admirar el molino con su balsa restaurados por fuera (no sé por dentro), admirar algunas casetas de huerta y beber agua no clorada en su fuente.

Barcorvillo y el páramo de Bocos

23 junio, 2019

La excursión de hoy va a discurrir por el páramo esculpido por el Duero –al este y sur- y el arroyo Madre –al oeste- del valle del Cuco. Administrativamente pertenece a las provincias de Valladolid y Burgos, y domina sobre la Ribera del Duero.

Salimos de Bocos. Empezamos bien: las estribaciones del pico Gurugú relucen al sol de la mañana y en los salientes calizos numerosos buitres se solazan esperando que el aire se caliente para volar cómodamente. Abajo, el Duero discurre tranquilo y con poco caudal, protegido por una tupida arboleda.

Peña Ahumada

Vamos por el camino, ahora lleno de maleza, que daba servicio al canal de Riaza. Con las nuevas infraestructuras de regadío ha quedado abandonado y a nadie se le ocurre utilizarlo, salvo a los ciclistas todo terreno. Sobre nosotros, los escarpes y laderas del Cantizal, con sus cárcavas salvajes, que son continuadas con pasarelas sobre el canal para que no anegue el cauce el barro de la escorrentía. Pasarelas inútiles ya; suponemos que con el paso de los años esta zona del canal acabará tapada. Además, la cuesta no tiene casi pinos ni vegetación que la sostenga.

Ladera de Barcorvillo

Y vemos algo que será la tónica en todas las laderas por las que vamos a cruzar: estuvieron aprovechadas, mediante bancales o terrazas sostenidos por albarradas de piedra caliza, para el cultivo. Se ven perfectamente los rastros de aquel modo de cultivar, hoy abandonado en nuestra región. Un poco más abajo, entre nosotros y el Duero, a casi cien metros de distancia, discurre una antigua calzada que ha llegado hasta nuestros días con diferentes nombres, uno de los más conocidos es el camino de los Aragoneses.

Llegamos a la peña Ahumada; dan ganas de escalarla a la vista de sus escarpes y derrumbaderos, pero seguimos hasta la entrada del Barcorvillo, en el que nos introducimos para subir al páramo. Pero no lo hacemos en directo por el camino actual, sino por el firme cubierto de hierba y matorral del antiguo. Vemos el arca de una fuente y otras zonas en las que tal vez hubo manantiales, pues abundan las junqueras. Contrastan las dos laderas de este barco: la del este –por la que vamos- llena de vegetación; la oeste, blanca y casi desértica, con viseras de caliza y alguna cueva superficial a la que nos acercamos.

En el páramo

Arriba el panorama cambia, pues los cultivos están amarillos o les falta poco para estarlo. O en barbecho. No obstante, nos asomamos al valle del Cuco donde abunda la vegetación para volver hacia atrás por el camino de los Pilones. El lino y las coronillas van desapareciendo, las amapolas están mustias; ahora domina la salvia, azul y aromática. Pasamos por algunas ruinas de antiguas casetas y corrales. Y junto a la raya de las provincias –o de Bocos y San Martin- nos asomamos al valle del Duero.

Páramo y valle

Nos paramos un momento para contemplar el paisaje. Y lo que vemos nos asombra. Un amplio valle de varios kilómetros de anchura, tal vez quince, que se cierra a nuestros pies, formando un paso o valle estrecho, casi un desfiladero, de un kilómetro de ancho aproximadamente. Enfrente, las intrincadas laderas del Salto de Caballo, que conocía bien el Empecinado por haber crecido en ellas; abajo, el Duero. Ya se ve que estos cerros sobre los que estamos han aguantado bien el empuje de las aguas del Duero y del Riaza, que han abierto un gran valle –luego lo veremos mejor- alrededor de Roa. ¡Qué formaciones modela el agua para belleza de la geología…!

Últimas amapolas

Nos vamos hacia el norte hasta enlazar con un camino que bordea el cerral y que nos permite seguir disfrutando del paisaje (del páramo y del valle) con asomadas como la del Bujerón, que en parte se aprovecha para cultivos a pesar de la sensación de inestabilidad que dan los campos, aquí inclinados. Pero no a nosotros, pues hasta el cerral tiene a veces una especie de pequeña tapia de piedra que parece protegernos de alguna posible caída…

Asomada

Comienzan los bacillares, seguimos rodando y… ¡el páramo se hunde! O sea, una inmensa hondonada de varios kilómetros de ancho y largo, a modo de suave e inmensa vaguada, de abre delante de nosotros. Abajo del todo -no se le ve- está San Martín de Rubiales. En el punto más bajo por el que cruzamos, una alameda y una fuente nos refrescan, que la temperatura comienza a subir en serio. El paraje se llama Las Fuentes y seguiremos en la próxima entrada.

Dejamos aquí el recorrido.

Las Peñas y la cañada merinera en Quintanilla de Arriba

25 mayo, 2019

Cerca de Peñafiel se produce una verdadera confrontación de ríos y arroyos: el Duero viene del este; los ríos Botijas y Duratón, del sur; el arroyo de Fuente la Peña o de la Vega, embravuconado y rebelde, es de los pocos que se atreve a seguir un rumbo contrario al Duero, y lo asalta a contramano, lo pretende atajar más aun que el propio Adaja. Por si fuera poco, los arroyos Madre y de la Esgueva se presentan con aguas nacidas al norte. Debido a esta contienda -sobre todo a la acción de las aguas rebeldes– descubrimos un paisaje en el que la unión del valle con el páramo calcáreo no produce suaves laderas, sino riscos, cabezos, cerros, lomos, peñas, pequeños llanos, hoyos, barcos y rebarcos, cotarros… en fin, un paisaje digno de una auténtica batalla en la que nadie sabe ya quién ha vencido.

Peñafiel al fondo

Bien, pues vamos a dar un paseo por esta comarca en busca de las Peñas de Quintanilla de Arriba. Casi sin querer, nos encontraremos también con una perdida cañada merinera y con algunos chozos y corrales.

En Quintanilla nos vamos hasta la estación del Tren de Ariza y acompañamos a la vía -poblada de matas de encina y roble- hasta el primer cruce. Un fuerte quejigo señala el viejo paso a nivel. Pues por aquí, por la falda, al nivel más bajo, discurría la cañada merinera, que iba poco a poco ganando altura buscando el ras del páramo. Donde nuestro camino se cruza con la cañada, dejamos ambos y subimos casi a campo traviesa -el camino son dos suaves roderas imperceptibles- hasta un cabezo -el mapa señala 825 m- que se asoma sobre el valle del Duero. Es una pena: los pinos carrascos impiden la contemplación del paisaje en casi los 360 del cabezo, salvo donde han emplazado una antena y hacia el este.

Chozo sobre Quintanilla

Bordeando el paramillo tenemos excelentes vistas sobre Quintanilla y también hacia Peñafiel; la ladera está plantada de almendros y aun se ven muros derrumbados que seguramente delimitaron propiedades. En este páramo hay baldíos -demasiada piedra el la superficie- cultivos de cereal y barbechos. Es difícil llegar hasta aquí y no hay tierras extensas y abiertas; de todas formas, se nota que antaño todo era monte y las máquinas no dejan de avanzar en su roturación.

Mirador

Un bando de buitres pasa muy cerca, tanto que oímos el ruido de sus plumas cortando el viento. También los rebecos suben y bajan la abrupta ladera. Es curioso: los animales de buen tamaño son mu fáciles de proteger. O, dicho de otra forma, en cuanto se les protege aumenta su número. Pero no sabemos qué hacer para que vuelvan las oscuras golondrinas y los gorriones callejeros. Un azor, en cuanto nos ve, levanta el vuelo junto a un pinarillo. Distinguimos los primeros vencejos del año; nunca les habíamos visto tan rezagados (hoy es 11 de mayo), parece que han llegado con diez o doce días de retraso.

Desde las Peñas

Entre pequeñas subidas y bajadas, ondulaciones del terreno, siempre contemplando el valle del Duero hacia el noroeste y hacia Peñafiel, nos topamos con un chozo de pastor que estuvo integrado en un conjunto de corrales, hoy desaparecidos. Se trata, seguramente, del chozo de Miralbueno: curiosamente, su puerta mira hacia el norte, como para ver directamente Quintanilla -increíble panorama sin moverse de la cabaña- despreciando las inclemencias climáticas. Se encuentra en buen estado, y justo hasta él han llegado los agricultores roturando el monte. Pero lo han respetado.

Enseguida tenemos otro conjunto de chozos con sus corrales. Uno se encuentra medio destruido y el otro medio reconstruido. Los corrales se encuentran en un estado más que regular. Pero el paisaje donde se levantan sigue siendo excepcional, como todo lo que hasta ahora hemos venido recorriendo.

He aquí la cañada (una loma inculta)

Por fin llegamos a las Peñas. Son cantiles cortados a pico, en vertical y con calizas aéreas sobresaliendo, desde el mismo canto del páramo. Abajo, en nuestros pies, el valle. Da vértigo mirar. Y da pavor ver nuestros pies asentados entre el canto y alguna grieta que lo está separando para desprenderse más o menos pronto. Más vale retirarse hacia el páramo… Al lado está otro cabezo en el que se levanta una cruz: otro sorprendente miradero no solo de Quintanilla y su entorno sino de todo el amplio valle creado por el Duero, después de ganar la partida a las aguas del Duratón, Botijas y Prado.

Paisaje desde la cañada

Bajamos ahora hacia el este por una tierra en barbecho y luego junto a un bacillar, hasta que retomamos la cañada merinera. Curiosa cañada: viene de Peñafiel, pasa entre Padilla y el Duero y empieza a subir, ya lo hemos dicho, donde nosotros hemos dejado la vía. Ahora ya se ha encaramado a una tortuosa loma que sube y baja, culebrea, y de cuyo suelo, bien duro, sobresale abundante piedra caliza. No da para que se mantengan robles o encinas, sí algún matorral y plantas rastreras, acostumbradas a sobrevivir en las peores condiciones. Pues por aquí cruzaban los rebaños, para no molestar a los agricultores. De hecho, la cañada ya ha desaparecido donde ta tierra es buena y llana. Seguirá zigzagueando por el páramo con el nombre de Peroleja, subiendo y bajando, hasta las proximidades de San Miguel del Arroyo, luego pasará cerca de Cogeces de Íscar, Megeces, Alcazarén, la Mejorada…. trasportando los rebaños de la sierra de la Demanda hasta Extremadura. Bueno, eso hasta el siglo pasado. Ahora, casi ni para los rebaños locales.

En el páramo

Ya en el páramo, dejamos la cañada para llanear unos kilómetros por buen firme. Algunos robles solitarios adornan el paisaje y, finalmente, bajamos por el camino del Pozo. Nos topamos todavía con el esbelto chozo de Ventura -herido de muerte, si no lo reparan pronto-, dejamos el picón de las Cárcavas a la izquierda, las Peñas a la derecha y llegamos a Quintanilla. Un corto y agradable paseo de unos 18 km; aquí lo podéis ver.