Un día en la Serrezuela

Al noreste de la provincia de Segovia y al sur de la de Burgos se alza la llamada Sierra o Serrezuela de Pradales o, simplemente, la Serrezuela. Se trata de una elevación de casi 1.400 metros que culmina en el pico Peñacuerno y cuyo cordal mantiene la dirección este-oeste durante unos 15 km en paralelo a la Sierra de Guadarrama, con la que no se confunde.

Su perfil lo conocíamos bien gracias a las excursiones y rodadas por los páramos de Peñafiel y de Corcos: ahí la teníamos al sureste, con su cresta sembrada de molinos y como una primera avanzadilla del sistema Ibérico. Por fin llegaba el día de la conquista.

Hoz

La primera parte de la excursión consistió en un faldeo de la Serrezuela a través de una vieja cañada real de ganados, saliendo de Torreadrada. No defraudó, y en 20 km de rodada descubrimos una muy notable variedad de paisajes: bosque mixto roble, encina y pino, o bien de cada una de esas especie por separado; plantas aromáticas, especialmente tomillos y jaras; amplias vaguadas con colinas redondeadas y pequeños arroyos; tierras rojizas –algunas de cultivo- y con arena y cantos rodados; manantiales y bebederos para el ganado; viejos corrales de caliza; minas a cielo abierto de mica y otros minerales; incluso cruzamos junto a una hoz que parecía proteger la entrada a uno de los valles en pleno monte de la Serrezuela…

La cañada cruza por cuestas, arroyos y cantiles

Seguíamos la cañada. Pero llegó un momento en que nos faltaron las fuerzas de aquellos pastores que en otro tiempo faldeaban la sierra y, como desapareció definitivamente el camino practicable, pusimos rumbo sur hacia Pradales. Y allí llegamos después de recorrer algún frondoso pinar y, como el topónimo indica, abundantes praderías.

Pinares jóvenes

Desde un Pradales casi despoblado, por el antiguo sendero de Peñacuerno subimos a esta peña, que marca el techo de la Serrezuela. ¡Qué mirador para contemplar la gran hoya de Aranda, los pinares de Segovia, los páramos de Corcos y Campaspero, los cerros de Haza y la Manvirgo, las requejadas del Riaza, las lomas del Esgueva, las Peñas de Cervera, la sierra de la Demanda…! ¡Y todo a nuestros pies! La verdad es que buena parte de Castilla puede verse desde estas peñas seculares. Hacia el sur se alcanza todo el perfil de Guadarrama, con los inconfundibles Sietepicos, la Bola del Mundo, la Mujer Muerta, Cebollera… Bueno, realmente ahora bien se podría llamar Peñantenas o Peñamolinillos, tal es la cantidad de estos artefactos que han sembrado en sus alturas. Realmente han cambiado el país, pero así son nuestros tiempos: cerramos centrales térmicas o nucleares para destrozar los paisajes y multiplicar el precio de la energía. ¿Ha de ser así?

Desde Peñacuerno

Después de empachar la vista, seguimos por la cañada de Santa Lucía que sigue, a su vez, la crestería. Fueron casi 15 km de amplios toboganes, con más bajadas que subidas y durante la primera mitad acompañados de grandes molinos. Dominaban los pinares, razón por la cual había que acercarse a zonas despejadas para contemplar el paisaje abierto a nuestros pies.

En el extremo oeste de la Serrezuela

Bordeado el redondeado pico Casero, salimos a la carretera que nos condujo a Castro de Fuentidueña, donde pudimos contemplar su iglesia y su fuente. Y también por carretera llegamos a Torreadrada, donde descansamos a la sombra de una alameda con arroyo, molino y originales mesas trogloditas.

He aquí el trayecto, de unos 45 km.

Cerrales y paisajes del Valimón

En pleno mes de agosto, una nube baja nos sorprendió en Sardón de Duero descargando un buen chaparrón que pudimos capear gracias al chubasquero. Duró poco, pero refrescó el ambiente haciéndolo más respirable. Duró lo que dura la vía de Ariza en bici desde el pinar de la Nava, en los aledaños de Sardón, hasta Puente Hinojo. Aquí, tímidamente, saló el sol e hizo más llevadera la rodadura.

Adivina por que vía rodamos

Atravesando prados arenosos y pinares resineros llegamos a embocar el valle del Valimón que se nos abría entre los picos Miranda y del Llanillo. Después, subimos al páramo por un sendero ladiego junto a la carretera de Quintanilla de Onésimo a Cogeces. Una vez arriba seguimos el cauce del Valimón, pero desde su cerral de abundantes cantiles, por el trazado –aproximado- de la antigua cañada de Peroleja, que sube a la paramera más allá de Quintanilla de Arriba y baja definitivamente por Alcazarén. Pero esta es otra historia (trashumante y merinera) que nos gustaría rodar y contar en otra ocasión.

Final del valle del Valimón

El caso es que, cerral o cañada o ambas cosas, constituyen una balconada inmejorable con vistas al Valimón, que no se resiste a enseñarnos todos sus secretos: caídas abruptas en una ladera, suaves faldas en la otra, piedras enormes más allá; sauces y chopos que señalan manantiales y fuentes; rastrojeras y campos agostados por los calores o todavía verdes gracias al regadío; pinares y grandes encinas aisladas… Paisajes dignos de ser contemplados. Junto al camino, nos llamó la atención un curioso monumento in memoriam de la peña Jarra y Pedal a un peñista fallecido. DEP y ruede por montes llenos de cerveza, sosiego y amistad.

Fuente del Tasugo

La cañada aquí no parece tener límites, pues las vías pecuarias solían ensancharse al cruzar montes. Este lo es de pinos, robles, encinas y sabinas, además de los habituales arbustos y plantas aromáticas. Se ve que está cuidado, pues se realizan cortas periódicas y se sacan las ramas y cortezas… Pero también es un monte que presenta zonas cerradas, donde encuentran refugio los jabalíes; aunque hoy no hemos visto ninguno, sí se han dejado ver numerosos corzos.

Otro aspecto del Valimón

Acabamos en la fuente del Tasugo, que no deja de asombrarnos: en pleno estiaje mantiene sus dos caños generosos. Y gracias a eso, hay verdor en sus alrededores. Después tomamos la cañada de Valdelasno, que luego se llamará del Cantón para terminar de Villacreces –según por donde vaya cruzando- y nos asomamos por un mirador al valle del Duero, justo en el pico Rachado, sobre Vega Sicilia. Otro parón para llenar las pupilas y, esta vez, también la andorga. Antes, hemos pasado por numerosos corrales y chozos de pastor, hoy asfixiados por arbustos y pimpollos. No cabe duda, después de rodar por tanta cañada y pasar por tanta corraliza, de que esto fue otrora una tierra de pastos y ganados.

Valle del Duero con la cañada de Villacreces bien señalada

Comprobamos que la fuente de Carrecuéllar está seca (lo normal) y arreamos –que se nos hacía tarde- por el pinar para bajar a Quintanilla en el Basilón. Gracias a la sirga del canal del Duero llegamos volando a Sardón, entrando por el viejo cementerio aislado entre el río y el canal.

Humero de un chozo

Este fue el trayecto seguido, de unos 55 km.

Entre Langayo y Oreja

No es necesario realizar largos recorridos para contemplar un paisaje diferente. Basta con visitar los alrededores de una localidad, o parte de ellos. Es el caso de la excursión que traemos hoy a esta página: un recorrido por la zona suroeste de Langayo.

No sabemos mucho de esta localidad -perdida en los páramos y vallejos próximos a Peñafiel- en comparación con lo que debió ser a lo largo de la historia. De entrada, su nombre es de origen prerromano, se encuentra situada en un promontorio dominando los valles de Oreja y la Peña y entra en la historia con la repoblación del Duero, acompañando a Peñafiel. Hay que proponérselo para acercarse hasta aquí, pues si antaño no estaba lejos de la histórica cañada de la Yunta que unía Cuéllar y Peñafiel, hoy queda al margen de cualquier carretera medianamente frecuentada. Pero su estampa y el lugar donde se levanta no pueden ser más hermosos. Un lugar adecuado para recordar que el mundo está bien hecho, ahora que se ha homenajeado a Jiménez Lozano en la Feria del Libro de Valladolid.

Entre el camino y el sembrado, cardos y amapolas

Los caminos que hemos recorrido no son anchas pistas de buen firme, sino caminos normales, estrechos, con roderas y abundante hierba y flores. Pero el firme no es malo. Únicamente sufrimos un poco en una zona en la que debía haber caído una tormenta el día anterior, pues las ruedas se llenaron de esa greda tan pegajosa y molesta para los ciclistas.

Chozo de pastor

El campo estaba en su punto álgido primaveral. Los sembrados, cada uno con su específica tonalidad según fuera un tipo u otro de cebada o trigo. Además, abundaban las plantas de guisantes para pienso y estaban naciendo los girasoles. En las laderas quedan terrenos dedicados -al menos históricamente- a pastos.

El día, por el contrario, no fue bueno. Fresco –se agradecía el cortavientos- con el sol ausente. Como estamos ya en junio se echaba  de menos.

Así que fuimos rodando caminos de manera simple: cuesta arriba, llano, cuesta abajo. Y vuelta a empezar. Así, hasta cinco subiditas. Pero la cosa estuvo muy bien, pues la variedad estaba asegurada.

Veamos las cinco.

Desde el Vallejo

1.- El Vallejo.-  Empezamos a subir prácticamente al salir de Langayo. Bonito camino con buen firme. Conforme nos alejábamos, ganaba perspectiva el valle sin perderla la torre de la iglesia de San Pedro. Subimos por una cabeza de páramo, dejando más al oeste otra en la que se observa un guardaviña dominando el valle entre almendros. Arriba la vista se agranda sobre los valles adyacentes y alcanza al páramo de la otra orilla del Duero.

Ya más remetidos en el páramo, nos esperan restos de corrales. Por este lugar cruzan veredas y coladas. Ya bajando, topamos con más corralizas, sobresaliendo un buen chozo de pastor recostado en la ladera.

Aquí tenía Isa su monte. Alguien se lo arrebató.

2.- El monte de Isa– Pues allá subimos, por otro camino con abundancia de hierba y bien floreado, que es la estación. Donde comenzamos la subida fuerte vemos los cimientos de una antigua casa -¿la de Isa?- y, muy cerca, una corza se aleja con su cría. Rodamos unos metros por el páramo pero el camino desapareció: menos mal que quedaban dos roderas –de algún tractor- en el trigal. Las aprovechamos y salimos al cerral sobre el arroyo de la Peña. Otra espléndida vista. En las laderas, todavía queda algún bosquete de matas de roble. Bajamos por otro camino poco transitado, que son los que más encanto tienen.

Panorámica del arroyo de la Peña

3.- La Cañada. De nuevo al páramo. Por la cañada, según el mapa. Pero ya no existe. Arriba, entre los sembrados, se levantan algunos robles de buen porte. Alguien se olvidó de talarlos y nosotros se lo agradecemos. Y por otro cabezo de páramo, siguiendo un camino un tanto aéreo, nos presentamos en el largo valle que modela el arroyo de Oreja.

Aspecto de Conejeras

4.- Conejeras.- ¡De nuevo arriba! Ahora aprovechamos el camino de los Fermines, que con alguna revuelta, entre sembrados, barbechos y baldíos nos conduce a un páramo luminoso, a pesar de la ausencia de sol, y es que las cebadas brillan además de tener buen color. Y ondean al viento. Buscamos el vallejo de las Conejeras que se encuentra protegido por unos buenos riscos y cantiles de caliza, esculpidos por el agua y el viento durante milenios. Ya se ve que no hay dos vallejos iguales. Por un sendero en ladera acabamos conectando por un camino carretero –o casi- que desciende entre algunas densas choperas hasta al arroyo de Oreja.

Cardos marianos entre Oreja y las Conejeras

5.- Oreja y Valdebarajas. Estamos en un valle de vegetación exuberante y de fuertes laderas que dejan ver, sobre todo en la parte más alta, la piedra caliza. No nos ve una corza con sus dos crías, lo que aprovechamos para observarlas. Durante un minuto la corza otea y vigila, para mordisquear durante unos breves segundos, y así sucesivamente. Mientras, las crías saltan y comen. Hasta que me dejo ver y se esconden silenciosamente entre la vegetación de la chopera del arroyo.

Al final se abrió un poco el cielo

Sigo por un sendero que domina bien el valle. Por fin, puedo ver de lejos las ruinas de Oreja. Sobre el monasterio románico de Oreja no se ha descubierto nada nuevo, ningún documento que aclare sus misterios quiere salir a la luz. Pero descubro –al volver a casa- que alguien ha reconstruido Oreja virtualmente, durante la pandemia. Aquí puede verse.

Otra vez en el páramo. Ahora nos mantenemos en él bastante tiempo, recorriendo primero el camino de la Gargantina y luego el de Valdebarajas, para caer finalmente en Langayo.

Ahora conocemos un poco más los vallejos de Langayo. El trayecto en wikiloc.

Cuevas, cantiles, pilones

La entrada anterior fue un aperitivo de la presente: ahora describimos lo esencial de este recorrido que tiene en Quintanilla de Arriba su principio y su final.

Para salir tomamos el viejo camino de las Cárcavas, que se esfumó antes de tomar contacto con la ladera del páramo. Con la burra arrastras conseguimos conectar con otra pista de servicio a una tierra y al poco aparecieron, en lo alto unos y caídos en la ladera otros, los pilones, enormes piedras que se desprenden del paramillo y caen. Subimos caminando hasta arriba –es una visera muy por debajo del ras del páramo- y comprobamos el equilibrio inestable en el que se encontraba un buen grupo de estos pilones: ¿cuánto aguantarán así? Ya desde aquí pudimos contemplar Quintanilla y el valle de los Piñeles con Roturas. Un águila real pasó, majestuosa, a media altura, ignorándonos.

Al poco estábamos en el páramo de la Encina y nos fuimos hasta el cerral que asoma sobre el vallejo del Pozo: ¡hermosa vista! Con cuidado bajamos hasta las cárcavas y cantiles, en el bocacerral. Todavía más abajo los mapas antiguos señalan hornos de yeso, pero… ¡luego habría que subir! El pico de la Encina se adentra –como proa en el mar- entre los valles del Duero y del Pozo. Otra vista que completa y supera a la anterior.

Vuelta atrás para asomarnos –y bajar- al Portillo, entre el páramo y los Tajones. Por este portillo cruzaba la cañada del Dardo que venía desde el Duero para bajar y subir finalmente al páramo. Abajo, hacia el norte, vemos todavía los restos de los corrales de la Provisa. Curioso lugar este donde se juntan un sinnúmero de laderas, picos, lomas, valles, cárcavas, paramillos a diversa altura, hoy aprovechados para viñedo… Abundaron las caleras ya que hay cantidad de topónimos y los rebaños, pues también se señalan multitud de cañadas, corrales y majadas. Hoy, todo este laberinto de vallejos y picos está dominado por una moderna bodega y sus correspondientes viñedos. La loma de los Tajones es una balconada estupenda para contemplar esta parte del valle del Duero. Además, gracias a las cárcavas, deja ver sus coloreados interiores en tonos pastel marrón y blanquecino.

Desde aquí enfilamos Valdelascuevas, donde nos esperan: cuatro oscuras bocas sobre la caliza y yeso blancos, en lo más alto del pico del Castro. Un suave camino de marcadas roderas sobre un verde muy vivo de cereal naciente nos condujo –sin dejar la cañada del Dardo- hasta lo alto del páramo, en donde tomamos el camino –que se pierde y recupera- que finalmente nos condujo al pico del Castro. Lo primero fue dar una vuelta en redondo para contemplar el amplio paisaje que va desde Peñafiel a Olivares. No merece la pena describirlo aquí y ahora, pero sí merece cien veces subir y mirar.

Después, bajamos unos metros para contemplar de cerca las cuevas y cantiles. Un buitre salió de una de ellas pasando a escasos tres metros. ¡Uff, qué susto! Por la ladera, parecían subir muy despacio carrascas, matas de roble, alguna sabina. Seguramente llevarían años en esa operación. El cerral se rompe –literalmente- en enormes pedazos de caliza que, antes o después, van cayendo al encuentro de las carrascas. Las cuevas parece que son artificiales, al menos en parte: alguien aprovechó para sacar la parte de yeso que hay entre dos capas de caliza, dejando apoyos. Tal vez antiguos pobladores, o pastores, o caleros, pues ya hemos dicho que por aquí abundaron. Sin duda, para un geólogo, o un amante de la escultura, o de la naturaleza, lo mejor sea la parte que no ha sido tocada por el hombre, sino sólo por las aguas y el aire, que es donde se dibujan mil formas diferentes siguiendo las leyes de la naturaleza: son formas abstractas o casi figurativas que, en este caso, recuerdan cuevas flechas, puños, caras de diferente proporción y matiz. Así son las tripas de la tierra cuando salen al aire libre y se dejan tallar por los elementos.

En fin, nos alejamos del pico por el cerral contrario, que da al Duero y, a partir de aquí, cambiamos de ritmo. Nuestro caminar con la bici a cuestas por laderas, baldíos, tierras levantadas y rastrojeras se convirtió en una rodada clásica, es decir, por caminos más o menos marcados atravesando los montes del Salegar y la Cochina, de corpulentas encinas y algunos robles, hasta llegar al pinar de las Navas, ya en el término de Manzanillo.

Pudimos comprobar que últimamente se han plantado abundantes bacillares en pleno páramo. Nos mantuvimos arriba en vez de bajar a Manzanillo y, a acampo traviesa, conectamos con el denominado camino de la Calera con rumbo a Padilla pero a la altura de Peña Quemada desapareció, dándonos con el campo en las narices. O en las ruedas. Acabamos reconectando gracias a un reciente bacillar que se interpuso en nuestro camino y poseía camino de servicio.

Finalmente, giramos en dirección a Quintanilla después de dejar atrás algunos picos redondos de lo más originales. Y es que este páramo se rompe en mil picos, peñas, cerros, vargas,  cabezos, portillos, cuestas, boquillas, hoyos, llanillos, muelas… todos bien diferentes hasta en su nombre común. Literalmente, lo destroza el Duero y el arroyo de la Fuente de la Peña, que confluye a contramano, creando un bonito desaguisado.

Aquí, el recorrido.

Quejigos en Quintanilla de Arriba y Manzanillo

Como aperitivo de la próxima entrada, dejo unas fotografías de robles quejigos de esos dos términos municipales. Son árboles peculiares -mitad roble, mitad encina- que antaño formaron verdaderos bosques en nuestros páramos y hoy los vemos reducidos a ejemplares aislados o bien matas en laderas o lugares inhóspitos. Con alguna excepción, como el monte de la Liebres en Valdenebro, verdadero bosque de robles.

Al llegar al páramo desde Quintanilla nos recibe este ejemplar. Conserva toda la hoja en un color ocre un tanto apagado. La verdad es que no hemos encontrado dos quejigos con la misma tonalidad y cantidad de hoja en sus ramas. Incluso la forma misma de las hojas -con má o menos dientes, o sin ninguno- varía, así como la dirección de las ramas y la forma de la copa. Sin embargo se distinguen perfectamente del resto de los árboles, incluso de la encina, compañera en estas tierras.

Este otro se asoma a Quintanilla. Tiene las hojas aparentemente más verdes y la silueta de la copa irregular. Se ha salvado gracias a que está justo en el cerral, y no impide el laboreo de la tierra. Parece que goza de buena vista.

A veces parece que crecen sobre la misma piedra, com este ejemplar en una balconada al vallejo del Pozo. Ha perdido abundante hoja pero aun le queda. Abajo, en el valle cuatro robles ocupan tierra de labor. Otros quieren acercarse al ras.

Buen ejemplar con abundante hoja todavía verde en medio de una tierra de labor. Las fotos corresponden todas al mismo día.

Con poca hoja y las ramas en forma de surtidor se asoma al valle del Duero desde el cerral. Los quejigos dan una bellota más pequeña que la de la encina. Son características sus gallaras, en forma de esfera.

Este elegante y equilibrado roble es algo así como el ejemplar serio de la familia. Recto, simétrico, no quiere perder sus hoja tan pronto. Ha conseguido sobrevivir en un campo destinado a cereal y no tiene tan buena vista como los del páramo, pero tampoco es mala en este amplio valle que conecta con el del Duero.

Otro más en el cerral hacia el valle del Duero, dominando una ladera de pimpollos y, más abajo, los viñedos de Vega Sicilia y Villacreces. Con hoja amarillenta y un tanto estilizado de copa.

En el término de Manzanillo y a la vera del camino que conduce a la localidad. Joven, de tronco delgado, parece que ha sido olivado por el dueño de la tierra. Hace a los caminantes y ciclistas más llevadero su viaje al romper la relativa monotonía del horizonte.

También en Manzanillo, este quejigo vigila los campos con las protección de un pequeño majano. Majano y roble trabajan juntos y hacen más difícil sus desapariciones…

También había algunos que, el día de la fecha habían perdido toda la hoja. Así son de distintos nuestros quejigos.

La verdad es que, siendo ellos mismos austeros, adornan la austeridad del páramo como nada.

En la próxima entrada hablaremos de cuevas y cantiles.

El barco de la Traición

Estaba disfrutando tranquilamente con la lectura de un verdadero clásico –La región Vaccea, de F. Watemberg, descatalogado e imposible de encontrar si no es en PDF- cuando llegué al párrafo siguiente:

El citado castro sólo posee una muralla frontal que cierra un alto cerro plano. Junto a él hay un barco al que llaman en el lugar Valdecelada y poco antes de llegar a la muralla otro barco grande al que denominan el Barco de la Traición. Los habitantes del lugar indican que hubo allí una batalla en la que jugaron un importante papel unas cabras que llevaban teas o velas encendidas en los cuernos, que por la noche hicieron creer a los de la plaza que llegaba un ejército, mientras por otro lado ascendían los asaltantes. Ello parece una adaptación posterior al verdadero significado, que debe referirse a esta acción de Didio. En las narraciones de este suceso hablan indistintamente de franceses y romanos.

Aspecto de Valdecelada

En ese momento di un brinco en el asiento, pues me hizo recordar esta historia o leyenda que, tal cual, me la contó hace ya muchos años con algunas variantes un cogezano amigo. Las variantes consistían en que, en este caso, no eran ni franceses ni romanos, sino moros. Y que no fue necesario el asalto, pues los moros de la plaza huyeron despavoridos al confundir quinientas cabras con un verdadero ejército.

Al cabo de unas semanas, un caluroso día del reciente verano, dimos un paseo por la zona con el mismo cogezano de antaño. Primero recalamos en Valdecelada, que son unas laderas que caen desde el Montecillo hacia el arroyo de Cogeces y como hubiera un campesino cultivando sus tierras, entablamos conversación.

Parecen un escudo, una lanza y un símbolo vacceos. Al fondo, cerro donde se asentó el castro, desde Valdecelada

-¿Este pago es Valdecelada, no?

-Sí, así se llama.

-¿Y por qué ese nombre?

-Porque aquí tuvieron lugar luchas y celadas entre los íberos y celtas, y en aquel montículo [lo señala], ¿no lo ve diferente?, se han encontrado restos de aquellos tiempos, y de esto hay documentos en el ayuntamiento de Montemayor.

En el barco de la Traición

Después nos fuimos hacia el barco de la Traición, que empieza en el Palancar y en el Rincón,  donde hubo una enorme culebra que tuvo atemorizados a los habitantes de Cogeces, especialmente a los agricultores que trabajaban en toda esta zona que, por cierto, es la más alejada de la localidad.

Finalmente, subimos al páramo por la cañada de Peroleja y tomamos la desviación hacia la Pared del Castro. Pared que, según explicamos, ya no existe, pues molieron sus piedras el siglo pasado para que sirvieran de firme a carreteras y caminos de la comarca. Mi acompañante la conoció y recuerda su altura, de casi cuatro metros y que iba de un cerral al otro.

Restos de la Pared

Es curioso cómo la toponimia responde siempre a la verdad. Todo nombre en el campo tiene su razón de ser y nunca nadie lo puso a humo de pajas. Es, en otro orden de cosas, como las ondas intergalácticas, como el Big Bang, que viene desde el inicio del tiempo y del espacio, a pesar de los mil avatares intermedios. En nuestro caso, a pesar de la despoblación del valle del Duero durante la Reconquista. La toponimia siempre dará pistas de épocas pretéritas, muy lejanas a veces. Si un lugar se llama la Pared es porque antes la hubo, si otro se llama Las Tres Matas, no hay duda de que las hubo en otro tiempo, aunque hoy sólo queden dos y mañana ninguna… En fin cuando uno pasea por el campo, esos nombres de lugar serán con frecuencia algo misterioso a descifrar que dará razón de tiempos arcaicos…

Vista del valle del Valcorba desde el cerro de la Plaza, al fondo el del Duero. La traición se perpretó por el lado contrario, al sur.

Nota.- La acción de Tito Didio -narrada por el historiador Apiano- a la que se refiere Watemberg consistió en anunciar a los notables de la ciudad que les iba a asignar las tierras de los colendanos (¿de Cuéllar?) y que salieran todos con mujeres y niños para el acto de la entrega. Una vez la ciudad sola e indefensa, los separó para contarlos y saber la cantidad de tierra que se debía distribuir, momento en el que soldados apostados y preparados rodearon a los grupos y degollaron a todos. No guarda mucha relación con la leyenda, pero éstas pueden ir cambiando  de generación en generación mucho menos que los imperturbables topónimos.