Archive for the ‘Tierra de Campos’ Category

En Villacreces no hay primavera

30 marzo, 2020

La imagen está tomada en 2002, unos veinte años después de que salieran de Villacreces sus últimos habitantes. Las casas de barro, sin sus vecinos, se inclinan como queriendo volver a la tierra. Entonces estaban así. El zarpazo del tiempo y del abandono ha seguido trabajando y hoy son pocas las ruinas que quedan erguidas: Etiam periere ruinae! o sea, ¡hasta las ruinas cayeron! Allí no llega la primavera, todo se ha sumido en un largo otoño que acabará, definitivamente, en un invierno perpetuo. (30.03.2002)

Una vega en Tierra de Campos

28 marzo, 2020

Ni es tan fiero el león como lo pintan, ni el paisaje de Tierra de Campos es tan austero, duro y seco como dicen muchos, pues de vez en cuando -con más frecuencia de lo que se pudiera esperar- te encuentras con paisajes suaves y húmedos como es este, regado por el arroyo Madre y la fuente de la Vega, en Moral de la Reina. Se trata de una larga y relativamente ancha pradera por cuyo centro discurre, entre juncos y algunos sauces, el arroyo, y donde brota la fuente, protegida por una rústica arca de piedra caliza.  En este término y en los próximos de Berrueces y Palazuelo de Vedija, son muchas las lagunas, fuentes y manantiales que dulcifican la comarca. La foto es de hace 18 años (28.03.2002)

La cuarentena

16 marzo, 2020

No, no estamos pasando la cuarentena en ese amplio corral por el que se entra a través de este viejo portón. Estamos en casa, como cada quisque. Y ya lo creo que se nos va a ser difícil no salir a rodar por los caminos y trochas durante estos días, pero a la fuerza ahorcan. Al menos pondré mi granito de arena para traeros una foto cada día de este retiro forzado. Una foto sacada el mismo día pero de un año anterior (o eso espero).

Para empezar, esta que veis pertenece a una trasera de Tordehumos en la carretera Morales, como se puede leer si se amplía. La puerta está desvencijada, no reparada. Seguramente ahora se utilice poco o nada. Las jambas son de cantería -en piedra caliza del páramo de Torozos- y el dintel una viga de madera, con ladrillo entre ambas. Rematada con un tejaroz que la protege de la lluvia.

En la tapia a la que pertenece vemos un zócalo alto en piedra y el resto en tapial.

La foto fue sacada el 16 de marzo del año pasado, 2019.

Otro paseo bajo el sol

17 enero, 2020

Y cerca de la niebla. Una vez más durante estos días, la niebla cubría el valle del Pisuerga y Tierra de Campos. Pero entre ambos estaba el páramo de los Torozos, donde brillaba el sol. Una bruma profunda y densa se levantaba sobre las laderas del páramo y, conforme soplaba una brisa suave, se desplazaba más o menos, pero sin abandonar las zonas bajas…

Esta vez partimos de Villalba de los Alcores y fuimos hasta Tierra de Campos, donde atravesamos esas nieblas movidas. Por la cañada real Leonesa nos acercamos hasta Valoria del Alcor, que sesteaba entre altos molinos y bancos de niebla. Por cierto, estos molinos son máquinas varadas –y paradas- en el páramo si no hay viento, que es lo que suele ocurrir durante semanas si persisten estas brumas. La compañía eléctrica tendrá que echar mano de las térmicas.

De Valoria bajamos hasta los campos de Ampudia, donde aún quedan restos de corrales y fluyen las regueras, para atravesar auténticas paredes de niebla y comenzar a subir por Matallana. Curiosamente, el sol perdía fuerza –que no luz- conforme nos acercábamos a esos paredones.  Entramos en una vieja bodega frente a Matallana: por las trazas debió de servir al monasterio y por el valle del arroyo de Matallana o del Prado nos presentamos en Villalba.

Apacible excursión por campos soleados a la vez que vigilados por las nieblas. He aquí el trayecto.

Paisajes inesperados en Palazuelo de Vedija

18 diciembre, 2019

El término municipal de Palazuelo se encuentra en plena Tierra de Campos. Esto nos predispone a pensar que se podría tratar de un territorio áspero, monótono, duro. Pero nada más lejos de la realidad. De entrada, la Tierra de Campos no es llana y monótona, lo que podemos comprobar también en Palazuelo, pues aquí es un continuo conjunto de lomas, arroyos, tesos, fuentes, alamedas, lagunas… No hay dos parajes iguales en los más de treinta kilómetros cuadrados por los que se extiende el término.

Palazuelo se asienta en una suave vaguada que forma el arroyo Marrundiel. Una de tantas, pero diferente a todas las demás. Y sobre el mismo arroyo posee un punto, el Mirador, desde donde podemos contemplar buena parte de la vaguada que aquí, con sus palomares y su peculiar molino de viento, posee un encanto único.

Otro lugar clave en el territorio es el teso Trasdelafuente, que tiene la virtud de ser el punto más alto de esta comarca, con 813 m. Merece la pena acercarse hasta aquí: son sólo tres kilómetros desde la localidad y la vista compensa. Dependiendo de la estación podremos contemplar un cuadro de ocres, amarillos y marrones de tonalidades pastel (otoño) o bien un conjunto de verdes suaves (primavera) o amarillos pajizos (verano). Esto, del horizonte hacia abajo que, hacía arriba, dependerá de cómo nos haya tocado el día, pues en esta Tierra, el paisaje está siempre en relación con los matices y colores del cielo. Y no sólo por su color propio, sino también por el que refleja sobre los campos. Además, entre las lomas redondas y los campos ondulados se dejan ver al fondo Aguilar y Villamuriel. También sobresale en la rasante norte la propia localidad de Palazuelo. Por supuesto, el nombre hace –todavía- honor a la realidad y posee una humilde fuente que gotea escondida en la maleza… ¿de dónde sacará el líquido elemento?

Sin duda, entre otras zonas a destacar merece la pena citar a continuación Pozoviejo, laguna que se encuentra en el camino de Berrueces. Tiene un magnetismo especial, sobre todo en primavera y verano. Nada hace pensar que esta austera Tierra pudiera haber oasis. Pero los hay y uno de ellos es este extenso Pozo, con su alameda, su laguna –más o menos amplia dependiendo de la estación-, sus praderas… Refugio perfecto para aves de todo tipo; admirable contrapunto del duro paisaje castellano. Aquí se mantiene este oasis… esperemos conservarlo muchos siglos más.

Igualmente curiosa es la laguna de Hoyonjil, a unos 2 km del Pozo. No posee arbolado, sólo algún arbusto y abundante carrizo que llega a cubrir la poca agua que contiene. Es un verdadero hoyo donde se empantana el agua, en medio de las tierras de labor. Y no es fácil llegar a él, pues carece de senderos de acceso y hay que atravesar los campos de cultivo. Muy cerca vemos la Peretoza, con su senado de álamos en hilera, donde antaño naciera otro arroyo que engrosa el que nace de Hoyonjil.

El término no tiene casi árboles pero posee unas pocas y hermosas arboledas. Un ejemplo es La Alameda, entre el arroyo de los Olleros y un teso lo suficientemente escarpado para que no se pueda cultivar su ladera, si no es con una plantación de almendros. Aquí, los álamos son finos troncos que compiten entre sí hacia lo más alto para conseguir un rayo de luz. Hubo una fuente que no hemos encontrado, pero sí un manantial o encharcamiento en el lugar señalado por el mapa. Ya hemos comentado que el mismo Pozoviejo posee su alameda y, en el camino real de Villafrechós, orilla de la Girona podemos acercarnos a otra pequeño bosquete que surge, como por encanto, en medio de las tierras de cultivo.

Contribuye igualmente a dibujar el paisaje natural de Palazuelo un importante número de arroyos o regueras. En la mayoría de los casos no están acompañados de árboles ni tan siquiera de arbustos: solamente carrizos o espadañas –y a veces ni estos- señalan su curso o su nacimiento. Algunos nombres de estas regueras son el Perrón, el Moralejo, la Sangradera, el Lirial… Prácticamente las aguas de todos ellos acaban en el río Sequillo, salvo el que nace en Trasdelafuente o en el teso Engañaperros, que acaban en el Ahogaborricos.

Ya hemos mencionado más de una fuente. La verdad es que abundan los manantiales. Parece como si la loma más pequeña ocultara un venero en su interior que ve la luz en el lugar más inesperado. Así, desde La Alameda nos acercamos a la fuente del Tío Carrasquilla, literalmente cubierta de carrizo, pero fluyente. Desde el camino de Villafrechós caminamos hasta la fuente del Sol, ésta oculta entre juncales: no se ve, pero se oye perfectamente su fluir. Un poco más debajo de este camino, estaría la fuente de Castelar, hoy reducida a un chortal en épocas húmedas. Y la fuente del Botal, en el camino del Villaesper.

El paisaje de Palazuelo lo completaríamos con un paseo por el firme de la vía férrea, ha tiempo desmantelada, de Palanquinos. Tuvo aquí su correspondiente estación, muy arruinada hoy. El tren pasaba junto al Caño y saltaba el camino de Villalón por un puente de piedra del que vemos sus restos de robustos muros de contención. No deja de ser otro buen mirador para contemplar parte del pueblo y de sus campos.

Cerrales de Autilla del Pino

24 noviembre, 2019

El páramo de Torozos: una comarca cuyo paisaje no se agota nunca y cuyas laderas conforman un entramado de barcos, lomos, alcores, cerrillos, cárcavos, valles y vallejos… Esta vez nos fuimos al norte, relativamente lejos de Valladolid –que también está en la falda de Torozos, como Palencia, Rioseco o Tordesillas- para comenzar nuestra rodada en Santa Cecilia del Alcor, situada en un valle de unos 15 km que taja el páramo desde Paredes del Monte hasta Ampudia.

Santa Cecilia la conocíamos bien, de hecho hemos almorzado más de una vez en la fuente junto al arroyo, pero al comenzar el descenso por la ladera del páramo hacia Pedraza surgió la primera sorpresa: la ermita del Salvador, junto al caserío de Villarramiro, poblado en el s. XI y despoblado unos siglos después, hoy casa y almacén de labranza. Pues ahí está la ermita, románico tosco y rural, pero sencillo y encantador, aguantando el paso de los tiempos; pronto cumplirá el milenio si no lo ha hecho ya. Poco después, pasamos por el caserío de Buena Vista o Villarramiro de abajo y, dejándonos caer, llegamos a Pedraza de Campos.

Ermita del Salvador, Villarramiro.

Milanos, cernícalos, cogujadas, bandos de bisbitas, palomas y algunas avutardas fueron nuestra compañía, con las montañas nevadas al norte y la pared de Torozos al sur, hasta llegar a Revilla de Campos. Revilla impresiona: es un pueblo de barro en que el suelo de las calles es todavía de ese mismo material. La mitad de las casas está arruinada, volviendo a la tierra. La otra mitad, ¡ay! lo estará pronto. La iglesia tiene un pórtico entrañable y acogedor, bien protegido por el norte y el este, y con un murete al sur y oeste. Se levanta dominando una amplia pradera con charca, camposanto y un campito de fútbol… que no sabemos cuándo se utilizó por última vez.

Revilla de Campos

Zigzagueando por campos reverdecidos vamos a dar a la vía del trenecillo Palencia-Villalón, que ha sido reacondicionada como senda para caminantes y ciclistas. Por ella seguimos hasta Villamartín, con visita obligada a sus palomares, y luego continuamos en dirección a Palencia o, mejor, hacia donde se cuela el Carrión entre esos dos inmensos páramos que vemos al fondo; pero no llegamos, nos desviamos hacia el km 8 antes del fondo.

Villamartín

Estamos a poco más de un kilómetro del punto más septentrional del páramo de los Torozos, que coincide precisamente con la subida de la cañada de Merinas de la Mendoza. Pero como hace unos cinco años subimos por ese punto, ahora no llegamos y subimos por este en el que estamos. Hay un camino que figura en el mapa hasta más arriba de media ladera y que se vislumbra desde la vía. Y lo atacamos. Pero al llegar a la falda, justo cuando se inicia la subida en serio, desaparece. Así que… ¡p’arriba con la burra a cuestas!

Panorama

Desde abajo, a media ladera, se veía como un espacio largo y plano a media ladera… ¿sería el acceso a una bodega o cueva, o a un horno de cal? Pues no. El camino subía hasta una lengua en la que se cultivaba, y aun se cultiva, cereal. En la subida pasamos por una zona con juncos y algunos chopos; hay agua, es una manadero, ¿será de la antigua fuente del Trueno? Tal vez los agricultores han transformado estas empinadas laderas en bancales por su abundante humedad.

Fuente de Valdelarroñada

Pero la segunda sorpresa importante del día se produce cuando quedan escasos metros para alcanzar el cerral. ¡Hay un sendero! No está tan trillado como otros que hemos visto en la zona de Valladolid o Villagarcía, pero ahí está. Y no solamente un sendero, algo más: entre el borde del sembrado, que coincide con el cerral, y la caída casi vertical, hay como una plataforma inclinada por la que va el sendero y cuando éste desaparece, la plataforma, de terreno duro con musgo o hierbecilla rala es estupenda para rodar. O sea, que vas como un señor en bici disfrutando del paisaje de la ladera y de la inmensa Tierra de Campos.

Campos de tierra

Por cierto, que esta Tierra, comienza a estar verde. Nada de agreste, seca, austera y gris. Son como suaves praderíos o bien terrenos preparados para la siembra divididos por caminos, regatos y linderas, y adornados por pueblos y pequeñas alamedas o árboles aislados… Un placer para la vista. Aunque el viento es helado y viene de frente, no nos enteramos. Nos enteramos de lo bueno.

Por si fuera poco nos topamos con dos fuentes sencillas, recostadas sobre la pradera y mirando al infinito. Son las de Valdelarroñada y Valdequique, de piedra con amplio abrevadero. Maravillosos lugares. Habrá que volver despacio, pues el sol se encuentra a escasos grados del horizonte, dejando escapar sus rayos entre las nubes.

Camino de los Álamos

Pasamos raudos por Autilla del Pino, luego por Paradilla del Alcor –sus ruinas a media luz asustan- y por el camino de álamos llegamos a Santa Cecilia, entrando por el cementerio.

¡Increíble recorrido entre Campos y Torozos! Aquí se puede ver.