Archive for the ‘Tierra de Campos’ Category

De Valdenebro a Villabaruz por una Tierra distinta

28 junio, 2018

Hicimos esta excursión cuando empezaba el buen tiempo y el calor, después de la larga temporada de lluvias y borrascas, lo cual auguraba una Tierra de Campos muy distinta a lo habitual, vestida de verde y con abundantes flores, o sea, todo lo contrario a esa austeridad castellana con la que suele presentarse.

Y así fue, al menos en buena parte del trayecto. Salimos de Valdenebro y hasta subir al páramo de san Buenaventura se extendían a nuestro paso campos verdes de cereal, pero también extensiones totalmente rojas de amapolas, o salteadas de blanco y amarillo, por las diferentes especies de margaritas. O azules por las malvas y linos… Una auténtica explosión de luz y color donde lo que domina habitualmente son los pardos, pajizos y marrones, como si esta Tierra de Campos pudiera estar de fiesta al menos una vez en primavera cada muchos años…

Cardos y amapolas

El páramo lo han poblado de olivos que producen un aceite excelente. Hasta el cerro y vértice geodésico del Moclín fuimos por un camino que había desaparecido debido a la abundante hierba. Después de contemplar el panorama, nos lanzamos a campo traviesa (y por campo florido, claro) hasta tomar un camino que nos llevó hasta Villanueva de san Mancio. La abundancia de hierba y flores junto a la ya elevada temperatura producía una especie de humedad dulzona y densa que llenaba el aire que atravesábamos de mosquitos. Lo nunca visto en esta Tierra. Menos mal que no tenían ganas de picar.

Colores variados

De Villanueva a Tamariz el paisaje cambió. De alguna forma, volvimos durante unos kilómetros a la típica austeridad terracampina, a pesar de la primavera. Campos de cereal y de forraje, algunos -de color marrón- en barbecho, o bien con girasoles a punto de nacer. La torre de San Juan a pesar de su altura y grietas no se ha caído. Pero sigue amenazando derrumbarse. Dos viejos pozos que abastecieron el pueblo quedan, a las afueras, como en recuerdo de sus antiguos trabajos para mantener a la población. Antes de seguir camino, en el corro de San Antón rendimos pleitesía a don Purpurino.

Ermita de la Virgen del Castillo

Nos acercamos a la ermita de la Virgen del Castillo o de los Pastores. Estaba cerrada, pero el paisaje que se divisa desde su promontorio, cuyos pies lame el Sequillo, merece la pena. Como tantas otras pequeñas alturas de esta Tierra, ofrece mucho más de lo que uno se imagina: campos, pueblos y campanarios, hileras de árboles, pequeñas alamedas. Y todo, ahora, de mil colores.

Villabaruz es un pueblo perdido en la inmensidad de Tierra de Campos, casi en tierra de nadie, junto a la raya de Palencia. Pero aquí se celebra, por estas fechas, una danza de paloteo tradicional y casi mágica. La portada de la iglesia también resulta muy original con su porche. Salimos del pueblo para buscar la fuente de Piliebre que ya no existe. En su lugar -en campos de labor- las últimas lluvias habían dejado un gran charco.

Gracias por ceder el paso

Castil de Vela nos recibió con los que queda de su castillo en el correspondiente altozano. Y había ¡milagro! un bar abierto donde pudimos tomar una caña. Cruzado el Canal de Castilla nos acercamos a la ermita y fuente de Villainvierno. La ermita, en su colina, se encontraba asfixiada por la maleza y con dificultad pudimos acercamos. La fuente, con su techado de grandes lajas, había sido protegida para que no la invadieran las máquinas en su laboreo; al menos en su alberca viven felices las ranas.

Un poco más, por la orilla del Sequillo -y siguiendo de cerca la línea de las amapolas en un campo de cereal bien cuajado- nos presentamos ante las ruinas de la ermita del Cristo de Santa Marina: pero no están ninguno de los dos, que está arruinada. A su lado, la fuente, impertérrita al destino de las piedras, sigue manando. Antes de llegar a Belmonte estuvimos a punto de chocar con un rebaño que venía por nuestra izquierda. Pero el pastor, gentilmente, nos cedió el paso, lo que es de agradecer pues, de otro modo, hubiéramos tragado polvo.

En Belmonte

Belmote, su castillo y sus bodegas, Palacios de Campos luego. Bordeando las laderas de Torozos por el este, nos alejamos definitivamente de la Tierra de Campos y paramos a refrescarnos en la caudalosa fuente del Barrio. Habíamos completado unos 58 km por una Tierra alegre, jovial, festiva y llena de color como no suele dejarse ver, y hasta un poco embriagadora, al menos para los mosquitos que volaban como borrachos…

Aquí la ruta.

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Entre el Valderaduey y el Cea, o entre el cielo y la tierra

29 abril, 2018

En Tierra de Campos, el cielo tiene tanta importancia como la tierra para fijar y completar el paisaje. En Torozos, donde se da una perfecta llanura, te acostumbras a tener el cielo encima como si fuera el interior de media cáscara de naranja. En Tierra de Pinares, los mismos pinos no te dejan fijarte lo debido en el cielo. Lo mismo ocurre en los valles, con las laderas o los árboles. En Medina estás más pendiente de pinarillos, motas, cañadas, lavajos, que te fijan la vista en la distancia corta, que de los espacios celestes, más distantes e incluso, en ocasiones, infinitos.

Cerca de Villalba de la Loma

En Tierra de Campos no sólo es que el cielo se refleja en la tierra, pues sus sombras y colores, e incluso el tono de sus aires, sino que -de una extraña manera- forma parte de ella. No vemos aquí campos llanos por ningún sitio. Son continuas ondulaciones, suaves colinas, pendientes ligeras, acompañados de algunos cerros desgastados por el tiempo, las aguas y los aires. Cuando haces una ruta por estos campos la tierra cambia constantemente y, por eso mismo, también el cielo. Siempre tienes la suficiente perspectiva como para contemplar grandes extensiones de tierra sin perder la referencia del cielo. En la excursión de hoy todo ello se puede apreciar de manera particular: salimos de Becilla en dirección al monte de Urones; pues bien, por momentos ves la torre de Becilla, o el pueblo entero, mientras en otros los dejas de ver; al llegar a la fuente Escontrilla se divisa, a sus pies, la localidad, encima el cielo y a los lados tierras pardas… son paisajes profundos que no se conciben sin la profundidad del cielo y el raudo cruzar de las nubes.

Casa del Monte de Urones

Más tarde, las nubes lo cubren todo y el cielo se convierte en una tupida mancha gris que, a su vez, convierte los campos en un lugar triste y oscuro… Luego, pasaremos por el teso del Cuerno o el cerro de la Máscara, en Villalba de la Loma, desde donde alcanzaremos a contemplar -de nuevo- casi una docena de pueblos con sus respectivos paisajes -al norte, la cordillera nevada- saturados de pequeños altozanos y suaves valles. Y como fondo, dando profundidad a todo, los aires, siempre cambiantes.

Fuente Escontrilla

En fin, describamos un poco el trayecto. La primera parte es una suave subida pasando por campos en los que nacen regueras. Cerca de una de ellas y a la vera del camino, la curiosa fuente Escontrilla que, por su aspecto, nos recuerda una una tumba, eso sí, alegre y luminosa. Después rodeamos la casa del Monte de Urones. Lo del monte es un topónimo sin mayor significado, pues de lo que seguramente fue un extenso monte, no queda mas que una docena de carrascas.

Como esta casa está en lo más alto, comenzamos a bajar hacia el Cea. Hasta que el camino tomado se pierde y nos deja frente a un campo de cereal. Un poco más abajo hay un manantial que echa abundante agua por una tubería de riego y luego una pequeña laguna. Después, una pinar para salir a la carretera y llegar a Mayorga.

En la cañada

Cruzado el Cea, nos vamos derechos por la cañada real leonesa hacia el molino que está junto a la ermita de San Vicente. Pues ni ermita ni molino, que todo está vallado en propiedad privada. De manera que no queda sino seguir adelante. La verdad es que la cañada está preciosa: es una ancha y verde alfombra que se dirige hacia el norte entre campos de labor. De vez en cuando, algunas lagunas la adornan y diversos arroyos que se dirigen a desembocar en el río la atraviesan. Sólo hay un pero: que desde Mayorga hasta el arroyo de Valdelamuza -2,5 km- está llena de basura y escombros; una pena, vamos, ¡con lo fácil que sería no tirarlos aquí! Por mucho Rollo, primer buzón de correos y Museo del Pan, si luego no somos capaces de no echar basura en la cañada…

Por Castroponce

En Valdelamata, después de cruzarnos con un rebaño de churras, enfilamos hacia Saélices. Vamos con la idea de ver el molino que aprovecha la fuerza del Cea, y lo vimos, pero en ruina total. Hace 25 años todavía se encontraba visitable, con sus seis cárcavos, piedras e ingenios intactos. Ahora ya no queda casi nada, y lo poco que queda se caerá en breve.

De manera que, con el corazón en un puño por tanta desolación, pusimos rumbo a Becilla donde termina esta excursión: allí, al menos, el puente que los romanos construyeron todavía sigue en pie a pesar de todo. Mientras, disfrutamos del paisaje desde la cresta que se levanta entre los valles del Cea y del Valderaduey, desde la que se nos presenta la inmensidad de esta Tierra.

Aquí he subido la ruta.

Orillas del Cea

15 febrero, 2018

El río Cea nace en el término leonés y pastoril de Prioro y desemboca en el Esla por Castrogonzalo, ya en Zamora. Pasa por nuestra provincia lamiendo y delimitando la Tierra de Campos, de manera que mientras su orilla izquierda pertenece a esta Tierra, la derecha está fuera ya del ámbito terracampino y, si la orilla izquierda se asoma al río desde tesos, cerros y verdaderos acantilados de barro, la derecha es suave y se va elevando muy lentamente formado húmedas tierras de labor.

Los Melgares, Monasterio de Vega, Sahélices, Mayorga, Castrobol, y de nuevo Mayorga, son los términos vallisoletanos por los que atraviesa, más Roales, después de pasar por Gordoncillo y Valderas, de León. Esta vez hemos rodado por la orilla izquierda desde Castrobol hasta las cercanías de Valderas.

Santa Engracia, uno de los tres cerros de Castrobol. A la derecha asoma la torre de la iglesia

Castrobol se levanta sobre un teso que cae directamente al Cea. A su lado, otros dos tesos que también se asoman al río. Buen lugar para contemplar la extensa y llana ribera opuesta y, al fondo, las torres de Mayorga; más al fondo, la montaña leonesa, de donde nuestro Cea viene.

Almendros de la Granjilla

Antes de bajar a la ribera nos acercamos a la Granjilla, deshabitada y olvidada, pero no deja de ser otro de los muchos puntos elevados desde los que contemplar un amplio paisaje. Para no dar la vuelta, nos tiramos por la ladera hasta el río, que viene limpio y transparente. Los árboles –álamos, chopos y sauces- están desnudos. La excursión habría sido más atractiva en verano, con baño incluido, pero cualquier época es buena para rodar. Nos acercamos a la presa que desvía el agua para la acequia del molino que más tarde visitaremos.

La escarpada ribera nos puso a prueba… Pero no se resistió

Rodamos por un sendero que han trazado las motos pero, curiosamente, no tiene excesiva arena y se rueda bien. Eso sí, los badenes y olas son continuos, y con frecuencia pasamos entre ramajes sueltos en el suelo y las ramas aéreas que llegan a rozarnos. De vez en cuando, paramos para ver mejor las aguas sin apenas remansos del Cea.

Bajando hacia el Cea

Al llegar al puente que comunica la granja de Béxar con la orilla derecha, pasamos a ver el molino. Gran sorpresa, pues nos damos de bruces con el molino más grande y mejor conservado, al menos exteriormente, de la provincia. Aquí está, olvidado de todos, junto a la vereda que conducía los ganados a y de Zamora. Pero no es sólo un molino, son cuatro edificios unidos formando una fachada: una ermita en la esquina, dos casas –se supone que al menos una sería la del molinero- y el molino propiamente dicho, con sus anchos caz y socaz. Todo –al exterior- está bien  cuidado y conservado, retejada la cubierta, con ventanas relativamente nuevas. La puerta de la casa del molinero está custodiada por dos enormes piedras de moler, una de ellas, con piezas de cuarzo incrustadas. Los cinco arcos de ladrillo sobre los que se sostiene el edificio del molino, con sus correspondientes columnas, indican cinco piedras de moler. Sus dos pisos hablan, como en tantos otros, de las industrias accesorias movidas también por las aspas de los rodeznos. En fin, no sé la historia de esta Granja del Molino, pero seguro que en ella vivían bastantes familias, no como ahora que ciertamente se nota actividad agrícola y ganadera pero no parece que vivan muchas personas.

El molino

Pero volvemos a la orilla y seguimos por nuestro senderillo. Contra un tronco atravesado en el río vemos una balsa de las que se utilizaban hace años para cruzar los ríos dirigidas por cables. Si estuviéramos en verano nos habríamos montado con las bicis para seguir cómodamente río abajo…    Llegamos a una zona en la que no hay salida y subimos desde la orilla arrastrando la bici. Ahora rodamos un poco más alejados de la ribera entre subidas y bajadas hasta llegar a la zona de la Barraca donde tomamos un camino ya de los normales. Aquí hubo otro molino que hace años no encontramos.

Pinos

Seguimos río abajo y pasamos junto a tres fuentes: de la Mora, del Tío Barrenones y de Segis Riol. Estamos en el término de Gordoncillo y se ve que sus vecinos se han molestado por conservar sus fuentes en buenas condiciones; algunas tienen sombra bajo los árboles y todas cuentan con su nombre inscrito en el frontal. ¡Bien! Por otra parte, el paisaje es delicioso: la ribera al fondo, regatos que van al Cea, una empinada cuesta hacia el sur, campos de cultivo… Avanzamos un poco más por la Parva hasta que nos alejamos del río en dirección a Valderas.

Vemos de lejos el castillo pero no entramos en Valderas: la lluvia amenaza y ponemos rumbo en dirección a La Unión de Campos, de donde hemos salido.

Fuente de Valdefuentes

Antes pasamos por Valdefuentes, que será uno de los pocos pueblos que en España quedan sin asfaltar. Todo es barro, salvo la iglesia y la fuente. Ésta, preciosa, con una doble bóveda de ladrillo –al interior- y piedra –al exterior. Pero se hundirá y desaparecerá dentro de poco, pues parece que ya nadie la cuida. Lo mismo está ocurriendo, en estado más avanzado, con la iglesia y su torre, vaciada por dentro y cayéndose también por fuera; todavía muestra rasgos –arcos, puertas cegadas, señales de otras construcciones accesorias- de lo que fue el antiguo templo.

Interior de la torre

Ya de vuelta nos detuvimos unos instantes, a pesar de la lluvia, en el paraje de la fuente de Jano, con sus inmensos álamos abiertos que, desde luego, tienen varios cientos de años. Un paraje ideal para pasar una tarde de verano.

No hemos dicho nada del pico Urones -o más bien loma- por donde pasamos inmediatamente antes de llegar a Castrobol. Es otro de esos altos a los que merece la pena acercarse en Tierra de Campos por la inmensidad de campos, pueblo y paisajes que nos ofrecen. Naturalmente, se alcanzaba a divisar el teso del Rey y el de san Vicente, además del páramo de los Torozos, el ancho valle del Cea hacia León, y diversos pueblos. Del más cercano –Castrobol- sólo asomaba tímidamente la punta de la torre de la iglesia. Aprovechamos para sacar unas fotos subidos a la columna del vértice geodésico… ¡con la bici!

Aquí, el recorrido en Wikiloc, de 44 km, según Durius Aquae.

La fuente de Jano está bajo los árboles del fondo

El cerro de Santa Cristina y otras cuestas

7 febrero, 2018

El río Sequillo modela buena parte de la ladera noroeste del páramo de los Torozos, desde Medina de Rioseco hasta San Pedro de Latarce. Ha sido este río el que ha labrado, por ejemplo, empinadas estribaciones en Urueña, o suaves faldas en Latarce, dejando una amplia llanura hacia el norte en su orilla derecha. Pero no en todos los casos, pues al pasar por Tordehumos lo hace, curiosamente, por un valle más cerrado, pues si el páramo sigue estando a un lado, al otro se levanta el teso del castillo de Tordehumos protegido a su vez por el cerro de Santa Cristina. Se trata, pues, de una más dura del antiguo páramo que ha quedado a modo de testigo de tiempos geológicos pasados.

Movidos tal vez por la reciente excursión al teso del Rey, nos acercamos esta vez al cerro de Santa Cristina que, todo hay que decirlo, nos decepcionó un poco porque no tiene buenas vistas (!) que nos esperábamos: todo su cerral se encuentra plantado de pinos que obstaculizan la mirada panorámica, salvo por el oeste -¡qué bien se ven Pozuelo, Cotanes, Cabreros!- y un poco por el norte para contemplar Villaesper, Morales y Villafrechós. La superficie de la cima, donde aflora la caliza, tiene forma de triángulo; se puede ascender gracias a unas roderas que parten de la carretera de Morales marcadas seguramente por los forestales que mantienen  el pinar. Aun así, merece la pena. También obtenemos una visión distinta del castillo de Tordehumos, que no llega a emerger sobre el ras del páramo de enfrente.

Pero la excursión no fue sólo este cerro. En primer lugar, nos acercamos a las cárcavas del Moclín. Debió ser muy fuerte el proceso de erosión por la lluvia antes de la plantación del pino de Alepo, pues en las torrenteras más bajas descubrimos, atravesándolas, anchos muros de piedra muy bien construidos para frenar la caída de las aguas y proteger así los campos de cultivo.

Otra novedad fue contemplar, en pleno siglo XXI, un rudimentario cigüeñal en uso para sacar agua del arroyo del Marqués y regar así una mínima huerta en su ribera. ¡No ha llegado a todas partes la industrialización del campo!

En el trayecto de ida subimos al páramo por la cañada del Aguachal –que desaparece en la cuesta- para bajarlo enseguida hacia Villabrágima. Todavía en la pendiente hubo dos paradas: una para comprobar que el manantial de la Calva sigue manando entre la maleza y otra contemplar el Espigüete y el Curavacas blancos detrás de la torre de Santa María: ¡hermoso espectáculo donde se juntan lo divino y lo humano! De bajada, paramos en la fuente del Cuerno, que al menos goteaba.

La vuelta fue épica por el camino de Tordehumos a Rioseco, pues un viento huracanado soplaba en dirección contraria. Pero con calma y con pequeñas metas se pudo con él. Nos paramos en algunos de los abundantísimos humedales que encontramos a la izquierda del camino, unos señalados por carrizo, otros por juncales, otros por chopos…  Por eso, aquí hubo abundantes fuentes: en el término de Villabrágima, vemos una, frente a una nave y un palomar, en piedra y terminada en un triángulo con la inscripción 1922; otra en la ermita de Nuestra Señora de Castilviejo, donde paramos a descansar y, finalmente, la Fuentecilla, poco antes de llegar a la Ciudad. Pero no sólo humedales, también nos saludaban los palomares, en otro tiempo muy abundantes y ahora en situación final: uno de ellos, en el término de Villabrágima, fue antes molino de viento.

Aquí dejo la ruta en Wikiloc

Navegando entre dos ríos

1 febrero, 2018

-Continuamos la entrada anterior-

El paseo discurrió entre continuos toboganes. Prácticamente no recorrimos ninguna llanura, de manera que mantuvimos en acción las pantorrillas. Y es que navegar por Tierra de Campos es como zambullirse en alta mar, donde la superficie del agua nunca es plana, sino que las olas te mecen arriba y abajo y tan pronto estas en lo más alto como en la parte más hundida de la superficie…

Fuentes romanas

La fuente (abajo) de la Virgen (arriba)

Nos llamaron la atención algunas fuentes de estilo romano. La primera cerca de Aguilar, bajo la ermita de la Virgen de las Fuentes, oculta entre una de esas alamedas que abundan en la comarca es precisamente el lugar donde la Virgen se apareció a un pastorcillo. Forma una bóveda de medio cañón, hoy cerrada por una verja para impedir que se tiren animales muertos, que se han arrojado en ocasiones. Además, en esta alameda hay otros manantiales cuyas aguas caen al cercano Ahogaborricos (claro, si se llama así, señal que por aquí se ahogaban otros animales…).

Fuente de Ciriaco

La otra fuente romana es la de Ciriaco, en el término de Ceinos. Engrosa las aguas de un arroyo de esos que, en Tierra de Campos, da vida a un praderío con hierba pero también con chopos y matorrales variados. Posee una bonita bóveda de roca arenisca, se ha limpiado hace poco con una pala mecánica que se ha llevado por delante alguna piedra de la bóveda o del conjunto. Pero, de momento, ahí está; más vale así. Desde esta fuente continuamos hacia Villalán y nos encontramos con la fuente de Lauto, que es realmente un pozo junto al arroyo del mismo nombre. Se encuentra en una ladera que domina la localidad.

La última fuente por la que pasamos esta vez fue la de Valdeposadas, muy cerca ya del teso del Rey. Se trata de un pozo, protegido por un arca relativamente moderna, de ladrillo hueco, que mana y da origen a un regato, en mitad de los campos. Al menos esta vez las tres fuentes tenían agua.

Palomar cerca de Villalán

Rollos y molinos

Los rollos jurisdiccionales se encuentran en Aguilar de Campos –imponente, no desmerece en nada al lado de la grandiosa iglesia mudéjar de San Andrés- y en la plaza de Bolaños. Esta localidad fue villa señorial, de hecho el Señor de Bembibre lo era igualmente de Bolaños, pero gracias a Gil y Carrasco se divulgó la fama del berciano.

También pudimos acercarnos a un molino de viento –en Aguilar, restaurado- si bien nos quedamos con las ganas de entrar para conocerlo también por dentro. Y otro molino –éste hidráulico y arruinado- en Bolaños, cuyas piedras se nutrían de las aguas desviadas del Valderaduey. Se encuentra en un bucólico lugar, junto a un prado y una alameda. Está construido en ladrillo y barro, con la balsa de piedra.

Restos de la balsa del molino, Bolaños

Tesos

La comarca de Tierra de Campos es amplísima, extendiéndose por las provincias de Palencia, Valladolid, León y Zamora. En su centro, ligeramente desviada hacia el oeste, se encuentra la zona que hemos recorrido en bici, modelada por los ríos Valderaduey y Ahogaborricos con sus respectivos arroyos tributarios. Esto hace del paisaje un continuo sucederse de colinas, vallejos, lomos y pequeños cerros y tesos. Los asentamientos humanos han buscado, desde los albores de la historia, lugares estratégicos de fácil defensa para establecerse. Por eso las poblaciones por las que hemos pasado gozaban de las altitudes más elevadas del territorio.

Teso del Castillo, Aguilar

Es el caso de Aguilar de Campos. El caserío, perfectamente ordenado, se extiende a los pies de un cerro en el que destaca, al norte, la joya mudéjar de San Andrés, y al sur, las casas-bodega que han venido siendo utilizadas hasta ayer mismo y que todavía hoy se habitan en ocasiones determinadas. En lo más alto hubo un castillo –hoy no quedan ni los restos- que se mantuvo activo al menos durante los primeros siglos de la Reconquista. Es un lugar perfecto para contemplar el paisaje terracampino hacia los cuatro puntos cardinales, si bien no goza de la misma altitud que el teso del Rey.

Lo que queda del “Palacio”

Algo parecido ocurre con Bolaños de Campos. En un altozano enclavado en el centro de la localidad se levantó una torre o castillo, allá por el siglo X. No queda ni rastro. Mucho más tarde se levantó otro castillo o, mejor, palacio –queda este topónimo- del que podemos contemplar tres arcos de ladrillo. Hacia el este vemos la torre de la iglesia y algunas casas, pero hacia el oeste contemplamos el valle del Valderaduey.

En Ceinos hubo igualmente castillo pero lo único que queda es ese nombre en una calle que discurre muy cerca del punto más elevado de la localidad, donde antaño se asentó. No muy lejos también se levantó un convento o monasterio de la Orden del Templo pero sólo vemos tres arcos del claustro devueltos no hace mucho desde el Museo de escultura de Valladolid.

Hacia Villalán

Villalán no está en un alto, pero la torre de su antigua iglesia dentro de poco será un mirador abierto al público.

Otros paisajes

Cruzamos los dos ríos de esta pequeña comarca que venían escasos de agua y casi tapados por las espadañas, feas y secas. Pasamos junto a lo que todavía queda del caserío de Pajares y también por el desaparecido caserío de las Rozas. Multitud de palomares ya se confunden con la tierra de la que salieron.

Parecen intimidados en tierra tan despejada…

Si las bajadas y subidas fueron continuas, el último tramo lo hicimos ¡cuesta abajo! por el firme del Tren Burra, que llega a Villamuriel donde, además de la estación que malamente queda en pie, hubo una fábrica de ladrillos que conserva una torre estrecha y alta que nos dio la bienvenida.

El teso del Rey

26 enero, 2018

La excursión del último sábado discurrió por los términos de Villamuriel, Aguilar, Ceinos, Villalán y Bolaños, todos ellos en Tierra de Campos. El día fue a ratos soleado a ratos con el sol oculto tras una nube de gasa. Para estar en enero, ciertamente hacía muy agradable, si bien los ciclistas notamos en determinados momentos un viento fuerte, sobre todo si lo teníamos de cara.

Una de las vistas

La sorpresa agradable del día fue el descubrimiento del teso del Rey. Se encuentra en medio de las localidades citadas arriba, forma parte de la divisoria entre el arroyo Ahogaborricos o Bustillo y el río Valderaduey y seguramente también formó parte de la frontera entre León y Castilla, cuando Bolaños pertenecía al primer reino y Aguilar al segundo. Como estamos en una zona de cotarras, colinas, tesos, alcores y cuestas, no llama demasiado la atención cuando vemos su peculiar perfil desde Villamuriel o Aguilar. Pero ya es otra cosa cuando uno se encarama a él, pues desde su cima se descubre una Tierra de Campos distinta. Si teníamos la idea de que esta comarca es más o menos llana, ¿cómo es posible que la veamos ahora a vista de pájaro sin necesidad de alas? Para encontrar una altitud similar hemos de ir hasta el páramo de los Torozos, al sur, o a las proximidades de Villacarralón, muy al norte.

El teso desde Aguilar

La superficie del teso es llana, algo que tampoco es muy normal en la comarca, donde abundan los cerros cónicos o, todo lo más, alomados. De hecho, éste tiene como continuación hacia el norte una loma. Por tanto, en épocas muy lejanas perteneció a algún paramillo. Arriba, lo vemos lleno de piedra entre calizas y areniscas, de tamaño más bien pequeño; en la varga deja ver una veta de esto tipo de roca, que parece cuartearse y erosionarse al salir a la superficie. Ahora lo han cubierto de pimpollos que mañana serán pinos. En el medio, un vértice geodésico.

Y Aguilar desde el teso

¿Momento ideal para acercarse al teso? Sin duda, estos días de invierno son muy adecuados: el sol, como no está en lo más alto, saca el perfil, volumen y color a los cerros, valles, senderos, campos y, en general, al inmenso territorio que el teso nos ofrece. El cielo no debe estar cubierto y lo mejor es que abunde en nubes y claros. Ahora los campos se encontraban, si no repletos de color, sí con variadísimas tonalidades entre el verde del cereal –la mayoría- y el marrón del barbecho o del cereal recién nacido.

Al fondo Villamuriel

Ya hemos citado los muchos pueblos terracampinos que se ven desde el teso.  Pero hay más todavía: en el valle del Valderaduey se divisan Villavicencio y Becilla, hacia el norte, Urones, e incluso se adivinan las torres de Mayorga, Villalba y Cabezón, con la cordillera nevada al fondo. Ceinos también se ve muy bien. Detrás de Aguilar distinguimos Gordaliza y Villacid, y el inicio del páramo de los Torozos y adivinamos, por tanto, la situación de Palencia. Más al oeste, los molinos de Ampudia. Delante de Villamuriel, la alameda de las Rozas y los restos de este caserío; detrás se distinguen los restos de la iglesia de Villaesper y Morales. En fin, todo esto para hacernos una pequeña idea de lo que supone este observatorio, que abarca los 360 grados del territorio y tiene una altitud inusual para esta tierra sin accidentes elevados. Porque si bien es cierto que algunos miradores –Urueña, Autilla del Pino- son más elevados que éste, paisajes disponen de un campo visual más reducido, de unos 180 grados.

Villalán y el valle del Valderaduey

Por lo demás, cada uno verá detalles distintos, pues el paisaje cambia según el día y la hora e incluso según los ojos que lo contemplan. Y si pudiéramos subir todas las semanas, y hasta todos los días, no nos cansaríamos de mirar un panorama tan profundo, siempre diferente aunque permanezca igual.

Así es, también, Tierra de Campos.

Dejamos para la próxima entrada más tesos, fuentes romanas, molinos alamedas, rollos jurisdiccionales y caminos variados.  Aquí va el recorrido.