Archive for the ‘Tierra de Campos’ Category

Entre dos aguas

15 mayo, 2019

De la localidad más al sudoeste de la provincia nos vamos a la más norteña que, a la vez, es la más lejana a la capital: Melgar de Arriba, bañada por las aguas del río Cea.

Recorreremos dos valles contiguos: el del Cea y el del Valderaduey. Como sabemos, los valles están contiguos unos a otros, separados por la correspondiente divisoria de aguas. Pues bien, lo más curioso en este caso es que Valderaduey y Cea cuando entran en nuestra provincia lo hacen prácticamente juntos, de la mano, separados tan solo por una distancia de kilómetro y medio. Se vienen aproximando poco a poco, desde su nacimiento en tierras leonesas y cuando les queda poco más de un kilómetro para unirse, entre Melgar de Arriba y Arenillas, comienzan de nuevo una separación que le llevará al Valderaduey a morir en el Duero, a las puertas de Zamora, y al Cea en el Esla cerca de Benavente, a casi 60 km uno del otro. Misterios de la naturaleza.

Puente Canto

De manera que vamos a navegar entre dos aguas, por dos valles, por una supuesta cresta de montes que separan los cauces… Ello facilitará las amplias vistas sobre Tierra de Campos (hasta cierto punto, claro) y a la vez conoceremos este paisaje diseñado en parte por este hermanamiento fluvial. ¡Ah! Y por si fuera poco, el canal del Cea se pasea con parsimonia por los dos valles.

Salimos de Melgar de Arriba para subir una cordillera de 25 metros y bajar a Arenillas de Valderaduey. Por cierto, que el término de Melgar llega hasta las mismas casas de Arenillas, ya en otra provincia. Sorprende ver tanta y tan buena arquitectura cuya elemento principal y casi único es el barro. Todas las casas son de este material al menos en buen parte; las iglesias se han levantado también en ladrillo y el ábside de Santo Tomás es una hermosa manifestación de la humildad de ese elemento.

Ladrillo en Arenillas

El siguiente empujón nos lleva a Galleguillos de Campos, a la vez que nos devuelve a las orillas del Cea. En la localidad, nos volvemos a admirar de la variedad, sencillez y buen gusto de las viejas construcciones de tierra; el río es, sin embargo distinto: rápido y con cierto caudal. Nos vamos por la ribera hasta una presa que remansa el agua del Cea a la vez que recoge la del canal para devolverla a su cauce. Es como una laguna profunda en la que se refugian garzas blancas y diversos tipos de patos.

Desde la presa se ve la cuesta Morate –la divisora que nos persigue y marea– y un camino que por ella sube. Y allá que nos vamos para cruzar otra vez el Valderaduey que -comparado con el Cea- es una zanja. Paseamos por Grajal de Campos: monasterio de Nuestra Señora de la Antigua, ermita de la Virgen de las Puertas (por las que cruzamos), plaza porticada, iglesia de San Miguel con torre que bien pudo inspirar a Picasso, palacio renacentista, castillo… Un pueblo muy señorial –poco barro y mucha piedra- en esta ingenua Tierra de Campos.

En Galleguillos

Y por el camino de la Huelga, paralelo al río, nos fuimos hacia el norte. Barriales, restos de hornos, laderas y, a la derecha, el fino bosque de galería y la vega regados por el Valderaduey, que cruzamos por un vado. Cierto que alguno clavó las ruedas en el lecho. Pero el agua estaba a temperatura ideal.

Siguiendo junto al río, ahora por la ribera derecha, nos presentamos en otro lugar paradisíaco: la ermita de la Virgen del Puente, medieval, mudéjar, que conserva milagrosamente este paso sobre el cauce antiguo para dar servicio al camino igualmente antiguo, con pradera y árboles para descansar. ¡Qué bien maridan la naturaleza y la historia, el campo y la tradición! Y efectivamente, encontramos algunos peregrinos haciendo un alto en el Camino. El tramo siguiente nos lleva hasta el santuario de la Virgen Peregrina, buen balcón para contemplar las torres de Sahagún y, como teloneros, los picos Espigüete y Curavacas con algunas manchas de nieve. A continuación, las bicis nos bajan hasta la ribera del Cea. Aquí maridan las sardinas (en lata, cierto) con el sabroso pan de estas tierras, y los cuerpos cansados con la pradera. Después, cruzamos el Cea gracias a una preciosidad llamada puente Canto.

Vadeando el Valderaduey

Dejamos los cinco kilómetros que hemos hecho por el Camino desde la Virgen del Puente y tomamos una cañada convertida en triste camino de concentración. Tras sortear carreteras, la vía del AVE y perder antiguas veredas, nos presentamos en la Laguna Grande, en el término de Bercianos del Real Camino. Efectivamente es enorme. De forma redondeada, su perímetro medirá kilómetro y medio. Tiene agua, aunque no está en su mejor momento, y las espadañas , todavía secas, lo llenan todo quitándole parte de su encanto.

La vereda de Melgar nos va acercando a nuestro destino final. La primera parte la hacemos por un camino de buen firme, con un arroyo al lado. Luego, se confunden vereda, prados, manantiales, humedales y pequeñas lagunas superficiales, sobre todo al pasar junto a las fuentes del Corcho.

En la laguna Grande

Salimos a campo abierto y divisamos la silueta de Melgar de Abajo. Pasamos por el punto más al norte de la provincia de Valladolid, para buscar la fuente de Pozagoso y comprobamos que ha desaparecido. Empujados por un aguacero -las aguas nos persiguen en esta excursión, ahora las del cielo- que se acerca por el oeste, llegamos a Melgar de Arriba. Nos llamaron la atención las casitas que abundan en las zonas de huerta próximas a la localidad. Nos despedimos definitivamente del Cea y aprovechamos para contemplar el último encanto del día, en ladrillo y tapial esta vez: la iglesia de San Miguel. Aquí, el trayecto, que se acercó a los 60 km.

Robles desnudos y un molino al que se le arrebató su río

7 abril, 2019

Ya vimos algunos robles en la última entrada, pero nos han atraído de nuevo, pues tienen algo de mágico y misterioso…

Si paseamos estos días por el monte de las Liebres, en Valdenebro, veremos que estos árboles parecen observarnos o, al menos, trasmitirnos cierta inquietud, algo distinto de lo que nos trasmiten otros árboles como los pinos o los chopos, que son como mas amables y serenos. Los quejigos son distintos y además, vistos ahora, desnudos, no hay dos iguales.

Todos tienen una corteza parda, de color grisáceo, con abundantes manchas anaranjadas que brillan elegantes al sol, producidas por un liquen. Si bien los troncos son fuertes y erectos, las ramas con frecuencia surgen en las direcciones más variadas e insólitas, se retuercen y a la la vez que se dividen y multiplican, van afinándose hasta desaparecer. Los nudos, de los que a veces surgen varias ramas a la vez contribuyen a darle ese aspecto de árbol viejo. Conforme pedaleamos por el camino viejo de Valdenebro a Valladolid, los robles nos van saludando a la par que nosotros nos vamos asombrando de sus correspondientes figuras, por lo ya dicho. Unos son más esbeltos, otro más corpulentos; otros nudosos y retorcidos mientras que los hay ligeros u con casi todas las ramas hacia arriba; unos viejos, otros más jóvenes; la mayoría han perdido todas las hojas, pero alguno todavía no las ha tirado… Parece un bosque un tanto lúgubre y tenebroso, a pesar de que el sol brilla en lo alto. Además, el suelo está de un amarillo mortecino.

Al final, el camino se abre a la luz casi cegadora y surge, abajo y al fondo, entre sembrados, la silueta de la iglesia de Valdenebro recortada sobre el Moclín. El camino también acaba aquí, cortado secamente por la carretera.

Volvimos hacia atrás, para seguir disfrutando de este bosque donde es difícil cansarse o aburrirse, así que de nuevo disfrutamos de otros viejos robles, de un pozo en un claro, de los linderos, de la piedra caliza de los caminos a flor de piel, de la piel del suelo y… nos alejamos por la carretera de Villalba, girando hacia Montealegre, hasta tomar el viejo camino de La Mudarra, bien protegido en la última parte por muretes de piedra y almendros. De vez en cuando, las ruinas de alguna caseta de antiguos viñedos.

Hasta que al fondo se abrió, el impresionante castillo de Montealgre, recortado por el cielo de Tierra de Campos. Rodeamos el cotarro donde se asienta el pueblo y nos acercamos a refrescarnos en la fuente Lluviel, manantial más bien.

Bodegas, cruces, palomares. Un poquito más y hubiéramos llegado a la ermita de la Virgen de Serosas, al fondo, pero nos fuimos, casi con el río, hacia el norte. Viendo en un mapa viejo el lugar donde trabajó el molino de la Serna, nos acercamos. Allí estaba, si bien sólo quedaba un trozo de pared en pie y un montón de piedras. Y una hermosa vista de Montealegre con su castillo e iglesias. Por aquí pasó el río Anguijón. Se nota porque la cebada crece más verde y alta, a lo largo como de un sinuoso reguero. Ahora se han llevado el río para convertirlo en un cauce rectilíneo. Cosas de los modernos ingenieros.

Un poco más y llegamos a Meneses, donde nos esperaban a la hora de comer con una paella y buen vino.

El trayecto –aquí lo tenéis- lo iniciamos en La Mudarra. Al poco de salir del mismo, nos encontramos con una buena cantera que explota la capa de caliza que hay en el páramo a ras de suelo. Y enseguida pasamos por un pinar en el que se levantaban, bien enhiestos, algunos cipreses. El pinar sigue avanzando sobre el monte de robles; en Las Liebres hay abundantes plantaciones de pimpollos, además de pinares creciditos.

Montealegre desde los restos del molino

Faldeo de Torozos

25 marzo, 2019

En la falda de Torozos acaba la Tierra de Campos y comienza el páramo. Son terrenos ahora incultos, antaño hubo terrazas en las partes más bajas donde se plantaron frutales -almendros, sobre todo- y parras de uva, y robles y carrascas en las zonas de cantil. Hoy, por el contrario, se han plantado pinos carrasqueños en casi toda la ladera para defenderla de la erosión, lo que ha contribuido a diseñar un paisaje más uniforme y monótono. A pesar de todo, por la zona que hemos atravesado quedan algunos pocos almendros, robles esqueléticos y enanos en los cerrales y algunas matas de encina. Todo ello complementado con picos, mesillas, pequeños rebarcos y algunos cantiles.

Un almendro en la ladera

Pero lo mejor fue, tal vez, la vista que de Tierra de Campos se nos ofreció desde las laderas y cantiles, a pesar de que el día elegido para el trayecto no fue bueno para la contemplación pues, debido al resol, la línea del horizonte se veía muy difuminada.

El camino -más bien sendero- lo han debido hacer las motos. No había barro -gracias a este marzo seco- ni arena, de manera que la bici rodaba bien. Pero se necesitaron buenas piernas, pues las subidas y bajadas son continuas, y en muchos casos no podían dar más de sí apretando pedales, de manera que hubo que caminar más de lo que hubiéramos querido.

Horizontes

Empezamos a la altura de Tordehumos, aprovechando el camino de la Santa Espina para acercarnos a las faldas. Los primeros dos kilómetros fueron a media ladera, parando de vez en cuando para contemplar el paisaje y recuperar resuello. Vemos como los caminos se van acercando a la ladera pero no llegan, se quedan cerca. Aunque la falda es lineal, bordeamos cerca del cerral un pequeño barco o rinconada y salimos a las proximidades del manantial de Cañicorrales, tal vez el único que ve la luz en todas estas cuestas y cuyas aguas, además, viajan entubadas casi tres kilómetros hasta Villagarcía, a la que abastecen.

Un poco más y rodamos unos metros por el antiguo camino Ancho, bien empedrado, que conectaba Campos con el páramo. Después -en la Marranera– llegamos un solitario picón en el que se levanta una cruz metálica, bien asentada con cemento, en cuyo travesaño se lee Pascua joven 1992 y detrás, campos y campos de tierra. Por otro antiguo sendero que unía el monte del Conde con Villagarcía bajamos hasta la carretera, que aprovechamos para volver a subir. O sea, subir y bajar por vargas y laderas. Hermoso y cansado esto de faldear.

En el páramo

Por la carretera nos introducimos en el páramo para tomar el camino de Urueña por dos kilómetros entre montes y sembrados. Curioso: aquí arria han repoblado con pinos en vez de encinas o robles. Pero también nos cansamos de la llanura y nos dirigimos hacia el cerro de la Cruz: ¡otra preciosa vista de Tierra de Campos y, esta vez, de Urueña en la cima del páramo! El sol nos ciega y refleja con fuerza en los campos verde de cereal que se presentan brillantes como pocas veces.

Cuesta abajo, estamos enseguida en Villagarcía, donde visitamos las arcas y fuentes que surten de agua el pueblo y que traen el agua de Cañicorrales. Han sido remozadas recientemente. Merece la pena acercarse hasta ellas.

El sendero conduce a Urueña

Ahora ya solo nos queda rodar en línea recta hasta las cercanías de Pozuelo de la Orden para estirar las piernas después de tanto tobogán. Pasamos por algunos humedales y campos en los que se han plantado nogales, nueva riqueza de esta tierra.

Ya en dirección a Tordehumos nos paramos a contemplar algunos pozos típicos de la comarca, de boca ancha y enrejada . El primero, todavía en Pozuelo, cuenta con abrevadero y un rebosadero a un metro del nivel del suelo que conecta con el arroyo de la Nava. El segundo, en Tordehumos, al lado de la carretera, es una buena obra de ingeniería en piedra. También nos paramos en un caserón de barro que pronto no será nada mas que un montón de tierra.

Pozo cerca de Tordehumos

En fin, damos un último paseo por esta localidad y nos encontramos a los jinetes preparados para correr las cintas junto al reconstruido chozo de Miraflores, que originalmente se levantó en las mismas laderas que acabamos de recorrer.

Esto ha sido, más o menos, la excursión. Hemos de anotar que se trató de la jornada más caliente del año en Valladolid. Por aquí no hizo demasiado calor gracias al fuerte viento del noroeste. Pero sí lo suficiente para que aparecieran variadas mariposas -como esa llamativa que se viste de amarillo limón y las típicas blancas-, saltamontes y orugas. Y un grillo despistado. Y los pajarillos no hacían sino cantar a pleno pulmón. Pues eso, que estamos en primavera. Lo cual no quita para que nos queden también días malos.

Aquí, el trayecto.

La Manga de Campos

21 enero, 2019

Mirando el mapa de la provincia de Valladolid vemos, entre los términos de Barcial y Bolaños, en plena Tierra de Campos, una larga manga que se introduce desde Castroverde, en Zamora, cortando nuestra provincia y separando los dos primeros términos municipales. Es curiosa, pues no hay otra igual; es larga –casi 3 km- y muy estrecha, unos 100 metros o poco más. No sé cuál será su origen, pero ahí está, llamando la atención de los que consultamos mapas.

De manera que allí nos plantamos en compañía de nuestras bicis. Y la Manga no defraudó, era tal cual la imaginamos al ver el mapa. Posee una ligera inclinación en subida hacia el este y los límites de sus tierras cultivadas coinciden, aproximadamente con los administrativos, es decir, los pagos que aquí vemos, que pertenecen a Castroverde, están rodeados por otros de los términos de Barcial al sur, Bolaño al norte y Aguilar –una puntita de 100 m- al este. Rozando el límite con Barcial discurre el arroyo Valdeburón, rico en juncos, espadañas y endrinos que a fecha de hoy estaban cargadísimos de endrinas muy maduras: ¡un sueño para el elaborador de pacharán!

El arroyo de la Manga

Otro dato a tener en cuenta es que muy cerca, donde se junta la reguera del Cargel con el citado Valdeburón se levanta o, por mejor decir, se caen, unos viejos corrales de barro con alguna piedra y una bodega. Seguramente se trata de un despoblado. Hay también una nave agrícola de mediano tamaño. En lo más alto de la reguera vemos el teso del Conjuro, cerca de las lomas de Miravientos.

Total, que Tierra de Campos es también una caja de sorpresas. Y vista La Manga, veamos otros paisajes, pues el viaje de hoy discurrió por Villafrechós, Villamuriel, antiguo firme del tren Burra, Cenascuras, Barcial, La Manga, Castroverde, Valderaduey, Villar de Fallaves, cañada de Benavente y Santa Eufemia. Osea, Tierra de Campos en estado puro.

En la trinchera del tren

Antes de llegar a Barcial nos salimos de la profunda trinchera que marca el tren de Palanquinos para subirnos al Cenascuras, o sea, a la Loma, para contemplar 360o de paisaje entre las laderas de Torozos, el valle del Valderaduey y el teso del Rey. Lástima que esa mañana todavía flotaban bancos de niebla en algunos horizontes. Fue el punto más alto de la excursión, y no es mal sitio como asomada. También hay que escribir que en la trinchera naufragamos. No en agua,sino en barro. Gracias a un manantial que allí surge –alguien está reconstruyendo la fuente- todo era un barrizal y las burras cuando las metes por sitios así engordan tanto que llega un momento en que no pueden andar. Y luego, claro, hay que hacerles la limosucción.

Paloma solitaria en Villamuriel

Barcial no es mal sitio para disfrutar de la arquitectura popular, especialmente si nos gustan los palomares de barro. Pero también veremos bodegas, los restos del castillo y de la estación, y la fuente de la Reguera, primorosamente reconstruida no hace mucho. Y la curiosa torre de la iglesia, con una cara de piedra y las demás de ladrillo.

En Castroverde y Villar de Fallaves nos llamaron la atención sus iglesias. En el primer sitio, Santa María del Río es una joya románica como pocas y su torre, de piedra que surge del barro, está tan desgastada que recuerda un picacho natural castigado por la secular intemperie. Y en Villar ha quedado un aislado arco isabelino en recuerdo de lo que fue en su día. En ambos lugares se utiliza un tipo de piedra, una especie de mezcla de caliza y arenisca, dorada, fácil de trabajar pero muy erosionable que da a los edificios un aspecto distinto y original.

Campos de tierra

Salimos de Villar por la cañada de Benavente, sin ovejas pero en cuesta, con tierras sembradas de cereal y algunos almendros solitarios. Nos condujo hacia Santa Eufemia, que también está rodeada de rústicos palomares, algunos todavía en explotación. Y, a pesar de que no posee cuestas ni lomas, se las arreglaron para contar con buenas bodegas: bóvedas de ladrillo recubiertas de tierra. Sin embargo, ya no quedan majuelos en estos Campos. Por eso, las bodegas se hunden sin vino, futuro y sin remedio.

Los ríos estaban helados y blancos, salvo la zona central de la corriente. El paisaje del Valderaduey se distinguía bien del resto de Tierra de Campos, pues es muy llano, con una ligera elevación conforme te alejas del río, con ausencia casi total de cuestas. Diríamos que hasta es monótono, si lo comparamos con las subidas, bajadas, revueltas, tesos y lomas que disfrutamos antes y después de este valle llano que deja ver al mismo tiempo las torres de Valverde, Villar y Villamayor.

Palomar de tierra. Todo es, aquí, de barro

También nos alegraron el día los llamativos pinarillos que te encuentras por esta Tierra, las numerosas lechuzas campestres que levantamoscuando pasaban el día posadas en el suelo esperando un ratoncillo despistado, así como alguna que otra lechuza común que, al vernos, salió de las ruinas en las que tenía su dormidero. No faltaron tampoco avutardas ni avefrías. Aquí, el trayecto.

Junto a la cañada de Benavente

Entre Villardefrades y la Cuesta Tijera

28 octubre, 2018

(Viene de la entrada anterior)

Subida al páramo, entrada en los Torozos

Para subir al páramo de los Torozos apuntamos entre Almaraz y la villa de Urueña, inexpugnable con su muralla que parece continuación natural de la ladera del páramo.

Salimos de Villardefrades para pasar al otro lado de la autovía y después de llegar a un caserío agrícola, tomamos un camino bordeado de chopos y álamos dejando al norte Almaraz, hasta que llegamos al arroyo de la Ermita, que ha abierto una rendija en el murallón del páramo, y por ahí nos colamos. Está llena de verdor, con la humedad necesaria para que vivan varias arboledas, que ya han comenzado a vestirse con su dorado otoñal si bien se encuentran impenetrables a causa de la abundante fusca. Detrás, las ruinas del monasterio del Bueso (o Hueso). Siempre las ruinas; por todas partes en esta excursión.

Hacia el arroyo de la Ermita

Pasamos junto a la fuente del Hueso, elegantemente cubierta, que nos ofrece sus escaleras para bajar a los caños. Por una vez, por suerte, su cercado se encontraba accesible. De allí nos acercamos por un sendero entre almendros a la ermita de la Anunciada, en una pradería, bien a la vista de Urueña.

Aprovechamos la carretera de San Cebrián para subir al páramo. No se nos hizo ni costosa ni larga: a la derecha, el bosque de galería de un arroyo nos daba sombra y frescor y, a la izquierda, las entrañas del páramo nos mostraban los estratos de diferentes tipos de piedra caliza (clase práctica de geología).

Fuente en el camino del Hueso

En el monte, de nuevo pozos y fuentes

Rodando ahora sobre bogales y bien protegidos por las encinas de los montes Torozos, llegamos a la raya de San Cebrián, perfectamente señalada por un monolito. Justo cuando íbamos a tomar el camino de Tiedra descubrimos ¡oh casualidad! los restos de un precioso pozo ganadero, cuyo mínimo brocal de una pieza –¡ahora roto!- se ve que fue labrado en buena caliza; a su lado, una coqueta pila. Ya no queda sino una pared de la caseta que lo protegía. Ni del abrevadero que, se supone, estaba al lado.

Pozo en el monte

Nos vamos por el camino de almendros que parte del pozo hacia el oeste hasta que acabamos tomando el valle del arroyo de las Celadas. Este camino, como otros tantos, se encuentra bordeado de zarzamoras, rosales silvestres y endrinos. Hace calor: los insectos están muy pesados y las telarañas cuelgan de los manillares.

Vamos buscando la fuente de los Gallegos hasta que damos con ella. No puede ser más sencilla, es la mínima expresión de fuente, casi pasa desapercibida, y más con la maleza que este año hay por todas partes. En realidad es un manantial –que mana- protegido por una piedra más o menos plana. Peor suerte ha llevado la fuente de las Vecillas, a 700 metros de ésta, entre la carretera y una cañada. No queda ni rastro, solo algunas junqueras.

Fuente de los Gallegos

Últimos picos

Un camino nos conduce, en subida, hasta el alto de los Cotos, desde el que se contempla no solo el valle del Bajoz, sino también, al fondo, Mota y las otras cuestas y cerros que le hacen compañía. Una suave neblina atravesada por la luz del sol poniente le da al paisaje cierto aire romántico y decadente. Por aquí, ya se ve, todo es antiguo y está caído.

Cuando nos queremos dar cuenta ¡nos hemos quedado sin camino! ¿Algún problema? ¡De ningún modo!: tenemos nuestras bicis-cabras que nos conducen como si nada al fondo del barco de las Viñas, donde tomamos un camino que baja hasta el río Bajoz.

Cuesta Tijera y otras motas

Después de tres subidas al páramo, a alguno todavía le sobran fuerzas y de una carrera se presenta en la cima del cerro Cuesta Tijera, poniendo como excusa que hay un buen panorama sobre Mota. Pues claro que lo hay. Y abajo un buen lugar para descansar, lo que es igualmente cierto.

Los higos del Diablo, cerca de Torremolinos

25 octubre, 2018

Hace ya un mes que entró el otoño, pero la temperatura no ha bajado. En esta excursión por las estribaciones de los Torozos y Tierra de Campos, además de vestir todavía de corto, hemos pensado en lo bien que nos vendría una sombrita a la hora de pedalear. De hecho, terminando ya la excursión, se presentaron algunas nubes que agradecimos.

Motas, pozos, arroyos y picos

Salida de Mota del Marqués. Paisaje de eso, de motas, cuestas redondas, colinas, mamblas, picos, tesos, o sea, lo propio cuando el páramo se rompe en mil pedazos. No puedes seguir un recorrido plano y recto, y no tienes otra opción que ir buscando el camino con menos ondulaciones, cruzando de una colina a un arroyo y al revés. De manera que cuando nos introdujimos en los tesos de san Vicente, rodeamos la Cuesta Vecillas aprovechando una pradera –todavía verde en contraste con los alrededores secos y amarillentos- del arroyo del Medallón. El pozo –ya en desuso- tenía agua.

Prado del arroyo del Medallón

Y también tenía agua la pétrea fuente de Plumales, gracias a la cual el arroyo Marrundiel no estaba seco. Esta fuente se encuentra en un valle relativamente amplio protegido por laderas de yeso. Y por aquí subimos al páramo aprovechando la cañada de Marrundiel; en el mismo cerral nos encontramos con un pozo de brocal cuadrado, en piedra, que se mantenía en pie gracias a unas buenas grapas de hierro. ¡También tenía agua!

Almendro y pozo

Bordeamos una mancha de monte, atravesamos los inicios del barco de san Nicolás y, sin perder altura, nos asomamos a Tierra de Campos gracias al pico del Cubillo. Abajo, en primer plano, Villavellid, agazapada en una cuesta. Detrás, San Pedro de Latarce en la llanura y en lontananza, la línea verde del raso de Villalpando. Todo esto hacia el oeste; hacia el norte Villardefrades y un sinnúmero de localidades desperdigadas por estos campos de tierra. Cerca, otros tesos –como la Tuda, de blancas laderas-, caminos, alamedas, tierras de varios colores, manchas de almendros… En fin, como para pasarse unas cuantas horas contemplando, sin ninguna prisa…

Al fondo está la fuente de Plumales

Villavellid, perdida en los pliegues de Torozos

Poco antes de llegar a Villavellid descubrimos un manantial que daba agua al arroyo de los Praínos. Después de ver el castillo por fuera, nos acercamos a la iglesia de Santa María, que estaba abierta. Impresionantes un conjunto de la Virgen con el Niño y santa Ana, y una Piedad, ambos en madera policromada y, respectivamente, de finales comienzos del siglo XVII y finales del XVI. También pudimos contemplar el san Miguel titular de la otra parroquia que cerrara y la imagen nueva de la Virgen del Riego, cuya ermita se cayó y cuya imagen original fue robada. Y, después, lo que queda de la iglesia de San Miguel: cuando llegas a la portada –plateresca, en caliza ligeramente dorada- parece que te saludan dos personajes desde sendos medallones en los ángulos… ¡Qué pena! ¡¿Qué estamos haciendo con nuestro patrimonio, que es nuestra historia y nuestra identidad?!

Villavellid desde el pico Cubillo

También pudimos visitar las fuentes del pueblo, una en la plaza y la otra en las afueras, la de Abajo, ésta con dos buenos pilones. Todavía no ha fenecido a pesar de que casi no se usa…

Villavellid sigue llena de interrogantes: algunas de las numerosas tapias de caliza tienen la piedra tallada, acercándose a labores de cantería. ¿Vienen del castillo? ¿O de antes aun, de posibles infraestructuras romanas? De hecho vimos en la iglesia de santa María dos capiteles usados en la pila de agua bendita que bien pudieran ser uno románico (pie) y el otro romano, vaciado como pila propiamente dicha. Por otra parte abundan las casas de piedra –y también de barro- con buenas entradas (delanteras y traseras), y todavía se mantiene el pósito, construido reinando Carlos IV.

Pilón, Villavellid

Los higos del Diablo

Un camino recto, con bajada y subida, nos condujo al paramillo o teso del Infierno, también conocido con el nombre de Jano, ese dios romano de dos caras que se guardaba las espaldas él solito. Está pegando a Villardefrades por el oeste y su suelo es plano, de conglomerado calcáreo; se trata de una terraza del Sequillo y constituye una buena balconada para la contemplación de los pliegues de los Torozos que van cayendo hacia la Tierra de Campos.

En el paramillo del infierno

De manera salteada, quedan todavía almendros, muy descuidados, secos muchos de ellos. Pero también descubrimos algunos perales e higueras, éstas con higos casi negros, maduros, en su punto. Un gusto. Nos quitaron el hambre en el momento que más arreciaba el calor. Por eso, podemos decir que tomamos los higos del infierno que, sin duda, se los robamos al mismo diablo.

Torremolinos

Y de un teso a otro de similares características, para contemplar los restos de cuatro molinos de viento. Uno de ellos conserva todavía su planta circular, con un diámetro de más de 10 metros, lo que nos daría una muy elevada altitud. Pero ahora, cada vez que cruzas este paramillo tienes que activar la imaginación al pensar que estos montones de barro fueran alguna vez molinos de viento, importantes ingenios para transformar la materia prima de Tierra de Campos. Al menos, la primera vez que pasé por aquí pude ver alguna piedra molinera. Tampoco es mal sitio para contemplar el paisaje de Tierra de Campos.

Restos del molino más grande

El teso de los Molinos o Torremolinos acaba en una cuesta que se aprovechó para excavar bodegas. Ahora también se están cayendo, a pesar de sus muros y refuerzos en piedra caliza.

Y siguiendo la ya inexistente cañada del Molino, junto al arroyo Lavaderas, llegamos a Villardefrades. En fin, este trayecto parece un recorrido por el pasado, al que hubiéramos accedido gracias a una máquina o túnel del tiempo. Como no podía ser de otra manera, nos dimos de bruces con la iglesia de san Andrés, en el centro del pueblo, que no se encuentra en ruinas, sino a medio construir desde mediados del siglo XIX (!).

Tierra de Campos desde Torremolinos

Continuamos el recorrido en la entrada siguiente. Aquí podéis ver el trayecto.