Archive for the ‘Tierra de Campos’ Category

Por el Sequillo y sus lomas

1 octubre, 2017

Hace unos meses terminamos –de manera accidentada- una excursión en Herrín de Campos. Esta vez la iniciamos aquí para dar un paseo hasta Villacidaler -ya en Palencia- y Zorita de la Loma: iremos por el valle del Sequillo para volver por una singular loma entre el Sequillo y el Valderaduey.

Herrín es una curiosa localidad: posee pintorescas casas de barro e ingeniosas construcciones en ladrillo donde podemos contemplar composiciones de gran belleza plástica, como la denominada pico de gorrión.

Pero tal vez lo más curioso y llamativo de Herrín sean los danzantes de san Antonio, aunque para asistir a este bello y tradicional espectáculo de paloteo -¿qué hacen unos hombres vestidos con enagüillas y tocados con coronas florales en plena austeridad terracampina?- hay que recalar el día de san Antonio o su víspera, allá por el mes de junio.

Fuente

En fin, después de ver  las casas, el cerro de las bodegas, algunos palomares y una curiosa fuente cuyo caño da la espalda al abrevadero, salimos poniendo rumbo hacia el norte. Todo el paisaje se encuentra revestido de un tono pajizo, salvo las llamativas islas verdes que son, ciertamente, abundantes: un bosquete de álamos, unas hileras de olmos rastreros con las puntas secas, un insignificantes pinarillo… El arroyo del Juncal posee una hilera de enormes árboles, tantos, que ¡hasta parece un río!

Bodega de Benavides

Cruzado el arroyo nos acercamos al caserío de Benavides. Hasta inicios del siglo XIX fue el monasterio  de Santa María de Benavides. Pero ya no queda nada. O al menos, desde fuera de las tapias sólo se ven casas y naves. Junto a la puerta de entrada, restos de columnas que tal vez pudieron sostener algún arco de aquel convento. Otra consecuencia del siglo XIX español, que acabó con tanta historia y tanto arte. Llamativa es la bodega junto al caserío, que cuenta con cuatro respiraderos y una zarcera que recibiría, a juzgar por sus dimensiones, grandes cantidades de uva. Pero a estas alturas, ni un solo majuelo hemos visto por los alrededores.

Seguimos nuestro camino. Antes de llegar a Boadilla nos llama la atención un magnífico puente de dos arcos, con bóveda de medio punto y magníficos sillares, que salva el humilde regato (totalmente seco, claro) de Gil Pérez. ¡Curioso! ¿Procederán las piedras del desaparecido monasterio?

Camino de Boadilla

Esta vez no entramos en Boadilla. Nos conformamos con contemplar el magnífico puente sobre el Sequillo y la ermita de la Virgen del Amparo, que alcanzamos rodando por un delicioso camino guardado por hileras de chopos mochos.

Seguimos navegando entre las suaves olas de Tierra de Campos, manteniéndonos muy cerca del Sequillo, a nuestra izquierda. No todo está reseco. Las hileras de sauces y álamos se suceden junto al río, y lo que parece el viejo cauce del Sequillo –a nuestra derecha- también se encuentra acompañado de algunos árboles. Precisamente por aquí hay restos de alfalfa todavía verde y levantamos muchos bandos de avutardas aquí refugiadas.

El Sequillo entre Boadilla y Villacidaler

Entramos en Villacidaler por el puente del Sequillo y, junto a la ermita de la Virgen de la Carrera vemos un viejo pozo, ya inutilizado, y una antigua prensa de uva. A la salida del pueblo pasamos por las bodegas: ¡hay que ver la cantidad de majuelos que hubo en otros tiempos! También es llamativo que no quede ninguno.

Cuatro kilómetros nos separan de Zorita de la Loma. Cuatro kilómetros de camino recto a lo largo de los cuales vemos al fondo la torre de la iglesia y, por detrás, también, la torre de la iglesia de Villacidaler. ¡Qué llanuras tan amplias nos ofrecen estos campos!

En Zorita

Entramos de nuevo en la provincia de Valladolid y, al poco, en Zorita, que cuenta sólo con tres o cuatro zoriteños; las casas parecen habitadas pero no es más que una ilusión y sólo vemos actividad en una granja. El cementerio, los palomares, las casas y la espadaña de la iglesia parecen descansar envueltas en un sueño profundo. Zorita lleva en pie unos mil años, y aún está lejos de parecerse a su vecina Villacreces, pero no parece que vaya a resistir mucho más tiempo…   Menos mal que al irnos nos saludan, animados, los perros de la granja.

Ahora disfrutamos de una experiencia nueva. Tierra de Campos no es llana, que posee lomas, valles, motas, arroyos, cuestas… Y, efectivamente, rodamos por una mesetilla larga y alomada que nos muestra bien a lo lejos, el valle del Sequillo por el este –sobre todo la zona ribereña de la orilla izquierda- y el valle del Valderaduey por el oeste, ambos con sus tesos, pueblos, alamedas, hileras de arbolado y campos, muchos campos de tierra. No vemos este paisaje de manera continua; sobre todo nos lo dejan ver los arranques de las cabeceras de los arroyos, que forman pequeños valles y curiosas cárcavas, algunas incluso con tudas. Un buen observatorio es el pico del Moro.

En La Florida

Pasamos cerca de Villacarralón y de Fontihoyuelo, pero no nos acercamos. Cerca de esta localidad giramos hacia el sudeste y cruzamos los vallejos de varios arroyos que forman, para nosotros, esos toboganes que nos impulsan en las bajadas para acometer con poco esfuerzo las subidas. El camino nos lleva a una vieja cañada utilizada hace muchos años por merinas que al poco dejamos para pasar junto al vértice geodésico de Angulo, o del picón de Gras.

Hasta que nos encontramos con un pequeños vergel formado gracias a la humedad del arroyo del Monte. Incluso hay una fuente: la fuente de la Florida, con agua en el arca que no llega al caño. Flores no hay, que estamos en otoño, pero sí frutos silvestres, abundante hierba, arbustos, olmillos… un ambiente grato para tanto polvo y sequedad que hemos acumulado.

Llegando a Herrín

Enfilamos Herrín. Por unos metros rodamos por el viejo firme del tren burra y nos acercamos a una gran balsa de riego que tendrá un kilómetro cuadrado de superficie y que cuenta hasta con un observatorio. ¡Qué pena: no hemos traído prismáticos! Aunque la balsa sólo tiene grandes charcos, se distinguen puntos blancos y puntos negros que corresponden a diversos tipos de aves acuáticas.

Y entramos en la meta rodando sobre un cembo del Sequillo, que ha sido nuestra guía a lo largo de casi toda la excursión.

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Excursión (fallida) de Gatón de Campos a Boadilla de Rioseco

17 abril, 2017

Pensamos  esta vez en dar un paseo por Tierra de Campos: abril acababa de empezar, no llovía y, si había un momento especialmente bueno para pasear por estos campos siempre atractivos, sin duda era éste. De manera que nos fuimos en coche hasta Gatón y desde allí nos dirigiríamos hasta Boadilla de Rioseco, pues hacía tiempo que no rodábamos por el límite con Palencia.

Así se planteó la jornada. Y lo primero que pudimos comprobar es que los campos estaban muy secos para la época. El cereal, en muchas zonas, mostraba unas calvas de mayor extensión que el propio sembrado donde, además, las plantas no levantaban un palmo y empezaban a ponerse mustias. ¡Menudo panorama se nos presenta, sobre todo a los agricultores!

Así estaba Campos…

Gatón, de nombre simpático, es pequeño y hermoso, con esa hermosura de las cosas sencillas y humildes. Tapiales, casas de barro, algunas incluso de piedra, muy originales. Y el Sequillo bordeándolo. Decidimos seguir la ruta por la orilla derecha de este río, que no mostraba camino pero se veía despejada de maleza y con hierba rala. El cauce es ancho y no hay un punto en el que no crezcan espadañas, ahora de un amarillo pajizo bastante feo. Pero a nuestra izquierda se extiende un gran prado todavía verde que contrasta grandemente con el cauce seco.

Restos del puente del ferrocarril

Nos cruzamos con la vía de un antiguo tren de vía estrecha: sobre el Sequillo se mantienen aún en pie las pilastras de piedra que sostuvieron el puente. No deja de ser curioso este paisaje del que parece que la civilización se ha ido retirando. Y ahora seguimos por el firme del ferrocarril hasta Villafrades, donde paramos un momento para beber agua de su viejo pozo que –esta vez sí- han sabido conservar.

Palomares

Salimos del pueblo por la carretera y la dejamos justo donde dos palomares bien conservados siguen ejerciendo su función, o eso parece. Ahora el paisaje cambia y los campos son alomados, con subidas y bajadas continuas. Pasamos por las fuentes de la Loma y las Tocinas, que surgen como de repente en medio del campo. Tal vez antaño, cuando se usaban, tuvieron su arca, pero ahora no. Al menos manan agua. Las avutardas -qué bien se dejan ver en esta época- se levantaban especialmente majestuosas.

Llegamos a El Muerto, una auténtica asomada sobre esta inmensa tierra desde la que podemos ver el ancho valle del Sequillo con sus pueblos y más allá, así como el extenso territorio hacia el este, donde distinguimos algunas torres de iglesias. Y sin bruma la vista hubiera alcanzado mucho más.

En El Muerto

Ahora bajamos hacia la fuente de los Arenales, perfectamente señalada en la lejanía por tres árboles, uno de ellos ya cubierto de hojas. Dejamos las bicis en el camino y justo al apoyar el pie dentro de la cuneta, ¡zas! siento una fortísima y dolorosa pedrada sobre la pantorrilla de la pierna derecha. Miro hacia atrás y nada ¿quién ha sido? En el suelo tampoco veo nada que haya funcionado como contrapalanca… Y aquí termina la excursión, al menos para mí. Rotura fibrilar de gemelo. Estaré varios días inmovilizado.

Fuente de los Arenales

Llegamos a Herrín de Campos, Javier empujándome un poco y yo pedaleando con la pierna izquierda. Comemos, Javier vuelve a por el coche y yo me quedo en el bar tomando un café y comentando la jugada con quien lo lleva, que me invita a un chupito de orujo para sobrellevar mejor la situación. Ya de vuelta, pasamos por el Centro Médico de Villalón donde me vendan la pantorrilla. El resto del fin de semana, a reposar, leer y escribir. Semana Santa tranquila. Gajes del oficio. Boadilla puede esperar.

Torremormojón

12 octubre, 2016

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Partiendo de Villalba de los Alcores, en el páramo de los Torozos, bajaremos hasta Tierra de Campos para luego regresar subiendo y bajando cerros y portillos. O sea, esta excursión recorre los límites entre Campos y Torozos.

Tomamos el camino que parte del pozo de Villalba siguiendo el arroyo de Matallana. Todo está seco y amarillo, por eso se agradecen de manera especial algunas alamedas que este arroyo posee. Luego, el camino desaparece y nos dedicamos a subir y bajar colinas hasta llegar al vértice geodésico de Atalayas, desde donde se divisa perspectiva del castillo de Montealegre, de Ampudia con su torre de la iglesia y su castillo, y de Tierra de Campos. También vemos cómo nuestra próxima meta –la Mella- se mete en Campos.

Montealegre

Montealegre

Bajamos un poco y nos encaramamos a la Mella del Garañón donde, además del panorama, contemplamos los juegos de los elementos con el páramo. Aunque ya la conocíamos, no deja de ser curioso cómo la calizas de la cima se van deshaciendo o cayendo dejando a su vez cárcavas blanquecinas de yeso y más debajo de arena marrón.

Po caminos solitarios en los que pastan rebaños de oveja sin pastor ni perro y luego a campo traviesa, pasamos junto a la fuente Rosa. ¡Da gusto ver fuentes cuidadas frente a tantas otras cegadas y olvidadas! El camino nos lleva luego por el cementerio, que tiene una portada de ladrillo trabajado y una cerca con simpáticos ventanucos casi a ras del suelo.

Cárcavas

Cárcavas

Los pueblos de Palencia por los que hemos atravesado estaban todos muy limpios; como si sus habitantes estuvieran contentos de vivir en el pueblo y no en la ciudad. En Villerías descubrimos cómo utilizar las cubiertas usadas de los coches: debidamente tratadas y pintadas pueden servir para construir el Pozo de los Deseos o bien para colocar un automóvil de uso infantil en plena calle. Además, todo esto lo vigila y protege un fuerte Dragón. Además de la fuente Rosa, Villerías posee el tradicional bebedero y otra fuente con sus paredes bien adornadas. Y mantiene dos negrillos junto a la portada de la iglesia. Bueno, todo como para quedarse a vivir allí.

Pero nos fuimos en dirección a norte por el camino de Castromocho. Claramente, ya no se utiliza este camino: después de cruzar junto a la Nava, en los Cirios, desapareció. Menos mal que el suelo de la rastrojera estaba duro y así pudimos continuar manteniendo la dirección y con la torre de Castromocho –y la de Boada, y la línea de álamos del Canal- al fondo. Al llegar al cruce del camino de Boada y Torremormojón, nos dirigimos hacia esta localidad. Nos desviamos hacia la charca de la Costana Verde, que no tenía ya agua. El resto de lagunas y pozos señalados en los mapas no los encontramos, no deben existir.

Moral solitario en Tierra de Campos

Moral solitario en Tierra de Campos

Hacía tiempo que no pasábamos por Torremormojón y, la verdad, nos sorprendió. ¡Qué iglesia tan inmensa y preciosa, con torre románica y entradas góticas! Entre sus edificaciones civiles había desde palacios de piedra y ladrillo macizo hasta humildes casas de barro. Palomares de los tipos más variados. Y un moral con sus frutos maduros y sabrosos.

Torremormojón desde el Monte Mojón

Torremormojón desde el Monte Mojón

También subimos al Monte Mojón, que se ve desde toda la Tierra de Campos y es un excelente mirador sobre esta misma comarca. ¡Qué inmensa llanura, y que dominio tan enorme podían vigilar desde aquí sus antiguos castellanos! En el pico más alto vimos el castillo, que conserva parte de sus pasadizos, torres y bóvedas en buena piedra de sillería; si bien no sabemos por cuanto tiempo. Se eleva por encima del ras del páramo cercano, lo que indica que la piedra de este cerro resistió los embates que acabaron con la paramera en esta zona. Pero el agua y el viento siguen trabajando y pudimos contemplar los cantiles y cárcavas de mil formas diferentes que aquí siguen esculpiendo.

Aspecto del castillo de Torremormojón

Aspecto del castillo de Torremormojón

Entre los molinos de viento pasamos al valle del arroyo del Salón por el Portillo –otra subidita de nada- y nos dejamos caer en Ampudia. La iglesia estaba abierta y pudimos contemplar, entre otras muchas, dos maravillas: el mecanismo del antiguo reloj que, desde la torre, daba las horas al pueblo –sus pesas eran tres enormes y llamativas piedras calizas- y una representación, mediante figuras propias de una Nacimiento y paisajes, de la Pasión de Nuestro Señor. Nos lo enseñó su propio autor, el señor Benito. ¡Muchas gracias de nuevo!

Nos paramos también a beber agua, comer moras y contemplar algunas bodegas de noble aspecto. Desde lejos, saludamos al castillo que ya habíamos visitado en otra ocasión.

En Valoria del Alcor

En Valoria del Alcor

Por la carretera –sólo 2 km- nos acercamos a Valoria del Alcor, únicamente por contemplar el exterior de San Fructuoso, sus calles y sus casas típicas.

Y por la cañada real leonesa nos plantamos, ya con el sol de frente, en Villalba de los Alcores, donde la gente es especialmente acogedora, pues si estaba el bar cerrado, unos vecinos nos ofrecieron cerveza.

Aquí, el mapa del recorrido.

De vuelta

De vuelta

Lagunas del Cea

21 julio, 2016

Vega de Ruiponce 2016

Tierra de Campos estaba amarilla y seca, con las cosechadoras –polvo, sudor y hierro– empezando a rugir. La orilla derecha del Cea, que ya no es Tierra de Campos, lucía algo más verde, pero no en exceso. Nosotros, huyendo del ciego sol, la sed y la fatiga, que se adueña en estas fechas de la terrible estepa castellana, habíamos empezado a cabalgar antes de que saliera el sol (que llaga de luz cascos y manillares y provoca pájaras brutales), en busca de la frescura del Cea y de sus orillas.

Laguna de Villagán. A la derecha, la ermita

Laguna de Villagán. A la derecha, la ermita

Y así fue. Descubrimos las lagunas de Vallejos y Villagán, hermanadas al norte de San Miguel de Montañán, ya en tierras de León. Sorprendente paraje: amplias, redondas, llenas de vegetación de un color agradable que contrastaba con el color amarillento de los campos de cereal que las rodean. En el centro, juncos y carrizo oscuros, bien rodeados por un anillo ancho y verde claro de hierba con algún chopo. También son, como dice el cartel –que no entiende de poesía- lagunas de tipo tectónico permanente en las que se dan condiciones favorables para la presencia del avetoro. Claro que, al ser un ave huidiza como pocas, no dice que se aviste, sólo que haberlo haylo. En un altozano sobre las lagunas, se levanta la ermita de Nuestra Señora del Páramo, de piedra desgastada por lo siglos. Y, no lejos, una fuente.

Laguna del Rebollar

Laguna del Rebollar

Antes habíamos pasado junto a otra laguna menor, en la zona de las Lagunicas de Melgar de Arriba, pero no por eso menos atractiva, pues lucía con agua abundante entre campos resecos. Y más tarde nos acercamos a la laguna del Rebollar, justo en la divisoria de Valladolid y León, de características similares a las otras ya citadas y de difícil acceso debido a la abundancia de vegetación. Fuimos un poco más al oeste de esta laguna en busca de los restos de un mítico Roble milenario que no encontramos. Pero en la dehesa que atravesamos destacaba el verde oscuro y aislado de grandes encinas y robles con el amarillo continuo del cereal. Luego nos enteramos de que el tronco del viejo Roble había sido transformado en la escultura Adolescente colocada en un jardín de Villalón de Campos.

Aguas del Cea

Aguas del Cea

Y ya puestos a comentar frescuras, aprovechamos el paso sobre el río Cea en Monasterio de Vega para pegarnos un buen baño en su agua corriente y fresca, de ovas ondeantes y lecho de guijarros, a buen recaudo del sol gracias al bosque de galería que lo acompaña.

Hubo una pequeña aventurilla al intentar salir de Casa de los Holgaos, a 300 m de la frontera leonesa. Debió ser importante este lugar, pues los planos señalan dos caminos de acceso. Pero eso era antes, que ahora es una ruina sin caminos, o con caminos perdidos por los que ya nadie pasa. Total, que tuvimos que salir como pudimos, o sea, a campo traviesa. También fue entretenida la salida de Monasterio de Vega: una recta de hasta cuatro o cinco toboganes seguidos: al bajar habías acumulado la suficiente energía cinética como subir el siguiente.

Toboganes

Toboganes

Visitamos cuatro viejos molinos. Dos en Vega de Ruiponce, de puro barro y a punto de desaparecer. Otros dos más hermosos, con parte de su arquitectura en piedra, en Melgar de Arriba y Monasterio de Vega. También, a la salida de ese Melgar nos llamó la atención una buena barda –van quedando pocas- en la que crecía ese tipo de plantas suculentas que parecen sacar agua de donde no la hay.

Barda

Barda

Y las fuentes. Manando estaban las de San Millán y de Borge, en Vega, la de Abajo, en Santervás, y la de Ferceros en Melgar de Arriba. No encontramos, en este último término, las de las Perdices, del Moro y la de Horaco. Si no se han secado, otra vez será.

Por una vez, habíamos engañado al ciego sol, que empezaba a calentar y se estrellaba en las duras aristas de las máquinas rugientes que dejamos atrás.

6 julio 056

Los montes Torozos, el valle del Sequillo y el Balcón (de la Filosofía)

25 junio, 2016

Montes Torozos 2016

Como el último recorrido por el monte Curto gustó a algunos, volvimos a las andadas, digo a las rodadas, y el domingo pasado estábamos en la Santa Espina preparados para dar retozar otra vez por los montes Torozos.

Al inicio de la excursión

Al inicio de la excursión

Pasamos primero el monte de la Santa Espina, tan reluciente y colorido como el monte Curto hace una semana. Una diferencia notable entre ambos es que el de la Espina se ha repoblado en algunos puntos con pinos carrasqueños, lo que le aleja un tanto del típico monte de quejigo y encina. Pensábamos que ya andaría el paisaje un poco amarillo, pero no, ahí estaban todas las flores (sencillas) del mundo. Seguía predominando la coronilla y la tamarilla, ahora con notable profusión de zumillos y jarales. Como parte de esta flora es leñosa, aguanta mejor que los herbazales. De todas formas, donde la había, la hierba tampoco estaba muy seca. Todo parecía engalanado para una boda. Para una boda de las de antes en los pueblos, nada que ver con esas otras horteradas de mal gusto tan frecuentes hoy. Así que paseamos por allí como si estuviéramos en un paraíso sencillo y recién estrenado.

Flor de uña de gato encarnada o vinagreta, visible ahora en nuetros montes

Flor de “uña de gato encarnada” o “vinagreta”, visible ahora en nuetros montes

Otro gallo nos cantó en el monte de San Luis o Morejón, en el término de Tordehumos. Es un monte que cada vez tiene menos (hectáreas) de monte. Ha sido roturado para dedicarlo a cultivos. Había buenas extensiones de forrajeras y algo de trigo. Pero lo peor de todo es que estaba atravesado por un sinfín de pistas realizas con maquinaria pesada. Otras zonas, estaban ya abiertas pero sin cultivar. Una pena, vamos, una pena de monte. Ya se ve que aquí el desmonte no ha parado desde la desamortización. Lento pero seguro.

La casa y la encina

La casa y la encina

Hasta que llegamos al monte Curto, esquivando la casa de Herrero. ¡Qué gozada de paraje! Tanto, que le dimos varias vueltas para llenarnos bien de sus esencias. Tiene dos casas del Monte. La más interior, dedicada a corral para guarda de ganado. Da la impresión de que no se suele utilizar. De hecho, con dificultad, por la maleza, nos acercamos a ella. La segunda ¡oh, sorpresa! le resultó un tanto familiar a Miguel Ángel, pues ¡había pasado en ella un día con su padre –cazador- hace muchos años! Efectivamente, conocida también como de Carvajal (o Carbajal, según los mapas modernos), era la vivienda del guarda. Es de buena piedra, con dos plantas, flanqueda por una higuera y se encuentra en un claro del bosque donde crece una solitaria y enorme encina, seguramente la más vieja del monte. La hierba nos llegaba por encima de la cintura. La casa está candada y con rejas en las ventanas, gracias a lo cual los cazadores todavía podrán utilizarla, suponemos. Al lado, corrales en ruina.

Claro en el monte con adormideras

Claro en el monte con adormideras

Dimos unas cuantas vueltas por este monte –de inmejorables caminos con los bogales cubiertos de tierra roja, perfecto firme para rodar- hasta tomar luego las sendas del cerral en dirección sureste primero y luego suroeste, contemplando a cada momento el valle del Sequillo y la infinita Tierra de Campos, y dar con el Balcón, especie de lengua que sale a la altura del bocacerral y que, adelantándose hacia el valle del Sequillo, permite contemplarlo tanto aguas arriba como abajo, porque es eso, un balcón natural. Y allí nos dedicamos a la admiración de la naturaleza y a filosofar, deliberando sobre si hay sitios mejores y más tranquilos que este en nuestra geografía patria e intentando averiguar el nombre de los pueblos y cerros que se adivinaban en lontananza, presididos todos por los altos montes de León, al fondo. O sea, que por unos momentos nos consideramos de los más afortunados entre los mortales. Tanto que decidimos dejar para otra ocasión el ascenso al cerro de Santa Cristina, tras el castillo de Tordehumos, objetivo último de esta excursión. Alguno se subió al vértice geodésico próximo –desde el que no se ve gran cosa, la verdad- y otros bajamos hasta una zona de chopos, álamos y negrillos que descubrimos junto al pliegue noreste del Balcón. Pero no había manantial fluyente. Hasta que nos fuimos a seguir recorriendo el cerral.

Tordehumos al fondo

Tordehumos al fondo

Luego, nos dejamos caer hacia el valle, pasamos  junto al cerro del Caballo, cuyo perfil verdaderamente recuerda la grupa, lomo y cruz de este animal, y corrimos una aventurilla a campo traviesa entre guisantes forrajeros de la que salimos bien parados (ya se sabe, a veces los caminos se acaban sin avisar). Al poco, rodando sin traba por el camino del Manantial, estábamos en Casa Ursi, de Villabrágima, el mismo lugar donde Miguel Delibes solía reponerse después de cazar en los montes cercanos. Nosotros también nos recuperamos un poco a la vez que nos llenaron los bidones.

Desde el Balcón

Desde el Balcón

Para empezar el regreso subimos al monte Curto, de nuevo cruzamos el monte de la Santa Espina para caer, esta vez, sobre la cañada de los Aguachales, que nos condujo al valle del Bajoz. Finalmente, atravesamos el recinto murado de la Santa Espina y nos dimos un respiro reposando sobre los rústicos bancos de madera junto al estanque, mientras los patos nos miraban de reojo (por si caía algo) y las palomas bajaban a los  bebederos.

Valle del Bajoz

Valle del Bajoz

El día y los kilómetros (48 aproximadamente) habían merecido la pena. Con creces.

 

La Mella del Garañón, en los Alcores

11 junio, 2016

Villalba del Alcor 2016

La Mella del Garañón es un cerro con forma de lomo, alargado, que quiere escaparse del páramo de los Torozos en dirección norte, hacia Meneses de Campos, que está a 4 km. Se encuentra a poco más de un kilómetro al este de Montealegre. Uno se pregunta ¿por qué Mella? Pues resulta que los accidentes geográficos de elevaciones del terreno tienen nombres según su forma: mota, mesa, pico, mambrilla, cabezo, lomo, falda… Al subir a la Mella del Garañón, ya en su larga cima, pudimos comprobar que ¡estaba mellada! pues cuenta al menos con un rebaje en su lomo. O dos, si se cuenta desde su unión con el páramo, donde justo tiene otro. Su lomo no es continuo, sino mellado.

Lo del Garañón tiene menor importancia, es como el apellido. En aquella zona pudo pastar, en tiempos lejanos, un garañón. O era donde el tío Garañón tenía sus tierras. A saber.

Paisaje desde la Mella. Al fondo, Montealegre

Paisaje desde la Mella. Al fondo, Montealegre

Además es un buen observatorio. Primero, de sí misma. O sea, que aquí podemos estudiar los diferentes estratos del páramo: abajo vemos las cuestas arcillosas, suaves y de color marrón que denotan la existencia de un antiguo mar interior; están acarcavadas por la acción de las aguas. Encima, otras arenas y margas; más arriba yeso de un blanco que nos deslumbra con el sol y, finalmente, las rocas calizas, con algunas lajas todavía no fracturadas y, arriba del todo, un auténtico y curioso canchal. Incluso parece que hay una línea de fractura en el mismo lomo. También es cierto que todo esto se aprecia a la vez que los pequeños bancales realizados para plantar pinos rastreros. En la falda este han prosperado algo, y nada en la oeste.

Cima de la Mella

Cima de la Mella

Y luego de la Tierra de Campos, de este a oeste: Montealegre, Meneses, Boada, Villerías, Torremormojón, Ampudia… El día era brumoso; se recomienda venir los días con atmósfera transparente y no olvidar los prismáticos.

 Cisqueros

Pero las sorpresas de la excursión no acabaron en la Mella. En el monte, entre el Esquileo de Abajo y Villalba pudimos descubrir montones de cisco o picón de encina recién hecho. El monte estaba con las encinas bien olivadas, lo que nos hace suponer que sus ramas habían sido quemadas para carboneo. Como en el caso de la resina, estamos volviendo a los usos tradicionales del monte, ¡qué bien! Eso significa cuidado y mantenimiento y, además, rentable (o casi, pues esto no lo pudimos comprobar). Lo ideal.

Carboneras

Carboneras

También, pudimos acercarnos a otros miradores, entre Villalba y Valoria del Alcor. Al fondo, como si fuera un paisaje pintado a la acuarela, se veían los difuminados Campos, no de Tierra, sino de trigo, alfalfa, cebada, amapolas, colza, guisantes forrajeros… todo de diferente color y tonalidades. Pocas veces encontraremos así esta austera tierra.

 Asombro ante San Fructuoso

Una sorpresa más: Valoria del Alcor, pasa desapercibida y oculta en un pliegue del páramo con sus bodegas, su ermita de la Virgen de Guadalupe con fuente incluida, sus casas de piedra caliza y su joya más escondida por desconocida: la iglesia de San Fructuoso. La verdad es que forma parte del páramo, en particular de su piedra caliza. Y aunque el paisaje natural de esta zona es perfecto para la contemplación, lo mismo podemos decir de esta iglesia. Merece la pena hacer un viaje solo para conocerla.  Es de un románico sencillo y puro y en su mismo lugar pudo haberse levantado una iglesia visigótica anteriormente. Sus arcos de medio punto cegados al haberse clausurado una galería nos dejan perplejos ante una perfección a la que se ha privado de utilidad… Estaba cerrada, pero el exterior fue más que suficiente.

En este paisaje domina el lino blanco

En este paisaje domina el lino blanco

Chozos de piedra en el Campo

Otro acontecimiento memorable fue acercarnos hasta la Cabaña o Chozo del Junco, una de las pocas corralizas con chozo de piedra caliza en plena Tierrra de Campos. Se levanta en medio de un campo –ahora- de alfalfa, a unos 3 km al noroeste de Valoria. Se encuentra en mal estado de conservación -¡qué raro!- pero todavía lo podemos contar. De sus piedras salen un montón de hierbas y matorrales que ahora le dan un aspecto primaveral. Otra cosa distinta aparentará en verano.

La Cabaña

La Cabaña

Pasmos también por Matallana y Montealegre. Pero sólo reseñaremos las buenas maneras de la señora que atiende el bar de esta última localidad. Nos limpió el bidón de agua por dentro y lo llenó de hielo. Además de servirnos una caña –lo pedido- con tapas variadas –no solicitadas.

Valle de las Fuentes,  las flores y los Alcores

Nuestra excursión terminó bordeando el valle del río Anguijón o de las Fuentes, florido y exuberante como pocas veces  lo hemos visto, y pasando junto a las ruinas, bien conocidas, de sus molinos.

El Mormojón al fondo

El Mormojón al fondo

Si a todo esto le unimos el soportable calor propio de la estación y el aroma y colorido con que se visten ahora los campos –blanco del escaramujo, del marrubio, del tomillo salsero o del lino; amarillo de la coronilla, la ardivieja o la tamarilla; azulado de la lengua de buey, del lino azul o de la salvia; rojo de la jabonera o del callejón- concluiremos que la excursión valió la pena. Los Alcores dan para mucho. Pero ahí ha quedado, desafiante desde todos los puntos del trayecto, el cerro o alcor de Mormojón, que se eleva por encima del páramo: habrá que humillarle. Lo dejamos para una avanzadilla siguiente.

(Y una última curiosidad: alcor viene del latín colliscolina- a través del árabe. Collis> Al cúll> Alcor. O sea, los mozárabes le meten el artículo y nosotros se lo volvemos a meter)
Arcos de San Fructuoso

Arcos de San Fructuoso