Archive for the ‘Tierra de Campos’ Category

La Manga de Campos

21 enero, 2019

Mirando el mapa de la provincia de Valladolid vemos, entre los términos de Barcial y Bolaños, en plena Tierra de Campos, una larga manga que se introduce desde Castroverde, en Zamora, cortando nuestra provincia y separando los dos primeros términos municipales. Es curiosa, pues no hay otra igual; es larga –casi 3 km- y muy estrecha, unos 100 metros o poco más. No sé cuál será su origen, pero ahí está, llamando la atención de los que consultamos mapas.

De manera que allí nos plantamos en compañía de nuestras bicis. Y la Manga no defraudó, era tal cual la imaginamos al ver el mapa. Posee una ligera inclinación en subida hacia el este y los límites de sus tierras cultivadas coinciden, aproximadamente con los administrativos, es decir, los pagos que aquí vemos, que pertenecen a Castroverde, están rodeados por otros de los términos de Barcial al sur, Bolaño al norte y Aguilar –una puntita de 100 m- al este. Rozando el límite con Barcial discurre el arroyo Valdeburón, rico en juncos, espadañas y endrinos que a fecha de hoy estaban cargadísimos de endrinas muy maduras: ¡un sueño para el elaborador de pacharán!

El arroyo de la Manga

Otro dato a tener en cuenta es que muy cerca, donde se junta la reguera del Cargel con el citado Valdeburón se levanta o, por mejor decir, se caen, unos viejos corrales de barro con alguna piedra y una bodega. Seguramente se trata de un despoblado. Hay también una nave agrícola de mediano tamaño. En lo más alto de la reguera vemos el teso del Conjuro, cerca de las lomas de Miravientos.

Total, que Tierra de Campos es también una caja de sorpresas. Y vista La Manga, veamos otros paisajes, pues el viaje de hoy discurrió por Villafrechós, Villamuriel, antiguo firme del tren Burra, Cenascuras, Barcial, La Manga, Castroverde, Valderaduey, Villar de Fallaves, cañada de Benavente y Santa Eufemia. Osea, Tierra de Campos en estado puro.

En la trinchera del tren

Antes de llegar a Barcial nos salimos de la profunda trinchera que marca el tren de Palanquinos para subirnos al Cenascuras, o sea, a la Loma, para contemplar 360o de paisaje entre las laderas de Torozos, el valle del Valderaduey y el teso del Rey. Lástima que esa mañana todavía flotaban bancos de niebla en algunos horizontes. Fue el punto más alto de la excursión, y no es mal sitio como asomada. También hay que escribir que en la trinchera naufragamos. No en agua,sino en barro. Gracias a un manantial que allí surge –alguien está reconstruyendo la fuente- todo era un barrizal y las burras cuando las metes por sitios así engordan tanto que llega un momento en que no pueden andar. Y luego, claro, hay que hacerles la limosucción.

Paloma solitaria en Villamuriel

Barcial no es mal sitio para disfrutar de la arquitectura popular, especialmente si nos gustan los palomares de barro. Pero también veremos bodegas, los restos del castillo y de la estación, y la fuente de la Reguera, primorosamente reconstruida no hace mucho. Y la curiosa torre de la iglesia, con una cara de piedra y las demás de ladrillo.

En Castroverde y Villar de Fallaves nos llamaron la atención sus iglesias. En el primer sitio, Santa María del Río es una joya románica como pocas y su torre, de piedra que surge del barro, está tan desgastada que recuerda un picacho natural castigado por la secular intemperie. Y en Villar ha quedado un aislado arco isabelino en recuerdo de lo que fue en su día. En ambos lugares se utiliza un tipo de piedra, una especie de mezcla de caliza y arenisca, dorada, fácil de trabajar pero muy erosionable que da a los edificios un aspecto distinto y original.

Campos de tierra

Salimos de Villar por la cañada de Benavente, sin ovejas pero en cuesta, con tierras sembradas de cereal y algunos almendros solitarios. Nos condujo hacia Santa Eufemia, que también está rodeada de rústicos palomares, algunos todavía en explotación. Y, a pesar de que no posee cuestas ni lomas, se las arreglaron para contar con buenas bodegas: bóvedas de ladrillo recubiertas de tierra. Sin embargo, ya no quedan majuelos en estos Campos. Por eso, las bodegas se hunden sin vino, futuro y sin remedio.

Los ríos estaban helados y blancos, salvo la zona central de la corriente. El paisaje del Valderaduey se distinguía bien del resto de Tierra de Campos, pues es muy llano, con una ligera elevación conforme te alejas del río, con ausencia casi total de cuestas. Diríamos que hasta es monótono, si lo comparamos con las subidas, bajadas, revueltas, tesos y lomas que disfrutamos antes y después de este valle llano que deja ver al mismo tiempo las torres de Valverde, Villar y Villamayor.

Palomar de tierra. Todo es, aquí, de barro

También nos alegraron el día los llamativos pinarillos que te encuentras por esta Tierra, las numerosas lechuzas campestres que levantamoscuando pasaban el día posadas en el suelo esperando un ratoncillo despistado, así como alguna que otra lechuza común que, al vernos, salió de las ruinas en las que tenía su dormidero. No faltaron tampoco avutardas ni avefrías. Aquí, el trayecto.

Junto a la cañada de Benavente

Entre Villardefrades y la Cuesta Tijera

28 octubre, 2018

(Viene de la entrada anterior)

Subida al páramo, entrada en los Torozos

Para subir al páramo de los Torozos apuntamos entre Almaraz y la villa de Urueña, inexpugnable con su muralla que parece continuación natural de la ladera del páramo.

Salimos de Villardefrades para pasar al otro lado de la autovía y después de llegar a un caserío agrícola, tomamos un camino bordeado de chopos y álamos dejando al norte Almaraz, hasta que llegamos al arroyo de la Ermita, que ha abierto una rendija en el murallón del páramo, y por ahí nos colamos. Está llena de verdor, con la humedad necesaria para que vivan varias arboledas, que ya han comenzado a vestirse con su dorado otoñal si bien se encuentran impenetrables a causa de la abundante fusca. Detrás, las ruinas del monasterio del Bueso (o Hueso). Siempre las ruinas; por todas partes en esta excursión.

Hacia el arroyo de la Ermita

Pasamos junto a la fuente del Hueso, elegantemente cubierta, que nos ofrece sus escaleras para bajar a los caños. Por una vez, por suerte, su cercado se encontraba accesible. De allí nos acercamos por un sendero entre almendros a la ermita de la Anunciada, en una pradería, bien a la vista de Urueña.

Aprovechamos la carretera de San Cebrián para subir al páramo. No se nos hizo ni costosa ni larga: a la derecha, el bosque de galería de un arroyo nos daba sombra y frescor y, a la izquierda, las entrañas del páramo nos mostraban los estratos de diferentes tipos de piedra caliza (clase práctica de geología).

Fuente en el camino del Hueso

En el monte, de nuevo pozos y fuentes

Rodando ahora sobre bogales y bien protegidos por las encinas de los montes Torozos, llegamos a la raya de San Cebrián, perfectamente señalada por un monolito. Justo cuando íbamos a tomar el camino de Tiedra descubrimos ¡oh casualidad! los restos de un precioso pozo ganadero, cuyo mínimo brocal de una pieza –¡ahora roto!- se ve que fue labrado en buena caliza; a su lado, una coqueta pila. Ya no queda sino una pared de la caseta que lo protegía. Ni del abrevadero que, se supone, estaba al lado.

Pozo en el monte

Nos vamos por el camino de almendros que parte del pozo hacia el oeste hasta que acabamos tomando el valle del arroyo de las Celadas. Este camino, como otros tantos, se encuentra bordeado de zarzamoras, rosales silvestres y endrinos. Hace calor: los insectos están muy pesados y las telarañas cuelgan de los manillares.

Vamos buscando la fuente de los Gallegos hasta que damos con ella. No puede ser más sencilla, es la mínima expresión de fuente, casi pasa desapercibida, y más con la maleza que este año hay por todas partes. En realidad es un manantial –que mana- protegido por una piedra más o menos plana. Peor suerte ha llevado la fuente de las Vecillas, a 700 metros de ésta, entre la carretera y una cañada. No queda ni rastro, solo algunas junqueras.

Fuente de los Gallegos

Últimos picos

Un camino nos conduce, en subida, hasta el alto de los Cotos, desde el que se contempla no solo el valle del Bajoz, sino también, al fondo, Mota y las otras cuestas y cerros que le hacen compañía. Una suave neblina atravesada por la luz del sol poniente le da al paisaje cierto aire romántico y decadente. Por aquí, ya se ve, todo es antiguo y está caído.

Cuando nos queremos dar cuenta ¡nos hemos quedado sin camino! ¿Algún problema? ¡De ningún modo!: tenemos nuestras bicis-cabras que nos conducen como si nada al fondo del barco de las Viñas, donde tomamos un camino que baja hasta el río Bajoz.

Cuesta Tijera y otras motas

Después de tres subidas al páramo, a alguno todavía le sobran fuerzas y de una carrera se presenta en la cima del cerro Cuesta Tijera, poniendo como excusa que hay un buen panorama sobre Mota. Pues claro que lo hay. Y abajo un buen lugar para descansar, lo que es igualmente cierto.

Los higos del Diablo, cerca de Torremolinos

25 octubre, 2018

Hace ya un mes que entró el otoño, pero la temperatura no ha bajado. En esta excursión por las estribaciones de los Torozos y Tierra de Campos, además de vestir todavía de corto, hemos pensado en lo bien que nos vendría una sombrita a la hora de pedalear. De hecho, terminando ya la excursión, se presentaron algunas nubes que agradecimos.

Motas, pozos, arroyos y picos

Salida de Mota del Marqués. Paisaje de eso, de motas, cuestas redondas, colinas, mamblas, picos, tesos, o sea, lo propio cuando el páramo se rompe en mil pedazos. No puedes seguir un recorrido plano y recto, y no tienes otra opción que ir buscando el camino con menos ondulaciones, cruzando de una colina a un arroyo y al revés. De manera que cuando nos introdujimos en los tesos de san Vicente, rodeamos la Cuesta Vecillas aprovechando una pradera –todavía verde en contraste con los alrededores secos y amarillentos- del arroyo del Medallón. El pozo –ya en desuso- tenía agua.

Prado del arroyo del Medallón

Y también tenía agua la pétrea fuente de Plumales, gracias a la cual el arroyo Marrundiel no estaba seco. Esta fuente se encuentra en un valle relativamente amplio protegido por laderas de yeso. Y por aquí subimos al páramo aprovechando la cañada de Marrundiel; en el mismo cerral nos encontramos con un pozo de brocal cuadrado, en piedra, que se mantenía en pie gracias a unas buenas grapas de hierro. ¡También tenía agua!

Almendro y pozo

Bordeamos una mancha de monte, atravesamos los inicios del barco de san Nicolás y, sin perder altura, nos asomamos a Tierra de Campos gracias al pico del Cubillo. Abajo, en primer plano, Villavellid, agazapada en una cuesta. Detrás, San Pedro de Latarce en la llanura y en lontananza, la línea verde del raso de Villalpando. Todo esto hacia el oeste; hacia el norte Villardefrades y un sinnúmero de localidades desperdigadas por estos campos de tierra. Cerca, otros tesos –como la Tuda, de blancas laderas-, caminos, alamedas, tierras de varios colores, manchas de almendros… En fin, como para pasarse unas cuantas horas contemplando, sin ninguna prisa…

Al fondo está la fuente de Plumales

Villavellid, perdida en los pliegues de Torozos

Poco antes de llegar a Villavellid descubrimos un manantial que daba agua al arroyo de los Praínos. Después de ver el castillo por fuera, nos acercamos a la iglesia de Santa María, que estaba abierta. Impresionantes un conjunto de la Virgen con el Niño y santa Ana, y una Piedad, ambos en madera policromada y, respectivamente, de finales comienzos del siglo XVII y finales del XVI. También pudimos contemplar el san Miguel titular de la otra parroquia que cerrara y la imagen nueva de la Virgen del Riego, cuya ermita se cayó y cuya imagen original fue robada. Y, después, lo que queda de la iglesia de San Miguel: cuando llegas a la portada –plateresca, en caliza ligeramente dorada- parece que te saludan dos personajes desde sendos medallones en los ángulos… ¡Qué pena! ¡¿Qué estamos haciendo con nuestro patrimonio, que es nuestra historia y nuestra identidad?!

Villavellid desde el pico Cubillo

También pudimos visitar las fuentes del pueblo, una en la plaza y la otra en las afueras, la de Abajo, ésta con dos buenos pilones. Todavía no ha fenecido a pesar de que casi no se usa…

Villavellid sigue llena de interrogantes: algunas de las numerosas tapias de caliza tienen la piedra tallada, acercándose a labores de cantería. ¿Vienen del castillo? ¿O de antes aun, de posibles infraestructuras romanas? De hecho vimos en la iglesia de santa María dos capiteles usados en la pila de agua bendita que bien pudieran ser uno románico (pie) y el otro romano, vaciado como pila propiamente dicha. Por otra parte abundan las casas de piedra –y también de barro- con buenas entradas (delanteras y traseras), y todavía se mantiene el pósito, construido reinando Carlos IV.

Pilón, Villavellid

Los higos del Diablo

Un camino recto, con bajada y subida, nos condujo al paramillo o teso del Infierno, también conocido con el nombre de Jano, ese dios romano de dos caras que se guardaba las espaldas él solito. Está pegando a Villardefrades por el oeste y su suelo es plano, de conglomerado calcáreo; se trata de una terraza del Sequillo y constituye una buena balconada para la contemplación de los pliegues de los Torozos que van cayendo hacia la Tierra de Campos.

En el paramillo del infierno

De manera salteada, quedan todavía almendros, muy descuidados, secos muchos de ellos. Pero también descubrimos algunos perales e higueras, éstas con higos casi negros, maduros, en su punto. Un gusto. Nos quitaron el hambre en el momento que más arreciaba el calor. Por eso, podemos decir que tomamos los higos del infierno que, sin duda, se los robamos al mismo diablo.

Torremolinos

Y de un teso a otro de similares características, para contemplar los restos de cuatro molinos de viento. Uno de ellos conserva todavía su planta circular, con un diámetro de más de 10 metros, lo que nos daría una muy elevada altitud. Pero ahora, cada vez que cruzas este paramillo tienes que activar la imaginación al pensar que estos montones de barro fueran alguna vez molinos de viento, importantes ingenios para transformar la materia prima de Tierra de Campos. Al menos, la primera vez que pasé por aquí pude ver alguna piedra molinera. Tampoco es mal sitio para contemplar el paisaje de Tierra de Campos.

Restos del molino más grande

El teso de los Molinos o Torremolinos acaba en una cuesta que se aprovechó para excavar bodegas. Ahora también se están cayendo, a pesar de sus muros y refuerzos en piedra caliza.

Y siguiendo la ya inexistente cañada del Molino, junto al arroyo Lavaderas, llegamos a Villardefrades. En fin, este trayecto parece un recorrido por el pasado, al que hubiéramos accedido gracias a una máquina o túnel del tiempo. Como no podía ser de otra manera, nos dimos de bruces con la iglesia de san Andrés, en el centro del pueblo, que no se encuentra en ruinas, sino a medio construir desde mediados del siglo XIX (!).

Tierra de Campos desde Torremolinos

Continuamos el recorrido en la entrada siguiente. Aquí podéis ver el trayecto.

De Valderas a la desembocadura del Cea

4 septiembre, 2018

El pasado invierno realizamos un recorrido por las riberas del Cea, desde Castrobol a Valderas. Quedamos en hacer el trayecto que nos quedaba hasta su desembocadura en el Esla, que es lo que ahora vamos a relatar, ya rodado.

Valderas está en León. Sólo con dar un breve paseo por sus calles nos dimos cuenta de lo que debió suponer esta localidad a largo de historia, y de manera particular entre los siglos XII y XVI. La casa de los Osorio, los torreones del castillo de Altafría, el antiguo Ayuntamiento o los arcos de entrada a la villa, nos hablan de todo ello, pero también las calles del casco antiguo y el panorama de dominación que se abre desde la cima del cerro en el que se asienta, lamido por el Cea.

Panorama desde Valderas

Nos dirigimos hacia el oeste, ya cuesta abajo, buscando la ribera del Cea y nos encontramos, inmediatamente antes del puente colgante de la carretera de Villafer, con un viejo molino o fábrica de harina abandonada. Debió de ser una auténtica industria por la amplitud de sus instalaciones y, sobre todo, por el número de ojos por los que salía el agua después de mover los ingenios.

Cruzamos el firme del viejo tren de vía estrecha (¡qué pena, por aquí todo es viejo!) y nos adentramos por un camino bien señalado en el mapa junto a las alamedas de la ribera hasta que nos fue imposible avanzar debido a que la maleza lo asfixiaba. Media vuelta; salimos a un campo de rastrojos, en ladera, por el que rodamos hasta dar con un camino despejado. Estábamos en las Casas del Pradico, ya en territorio vallisoletano de Roales.

No todo el trayecto se rodó por caminos

El avance por el Roto del Requero fue de lo mejor que nos pudo pasar en esta calurosa jornada, pues cruzamos una amplia alameda que nos protegió, durante unos cientos de metros, del duro sol del verano. A partir de aquí, los caminos nos ofrecieron un firme excelente, además de encontrarse totalmente expeditos.

Al cruzar por el término zamorano de San Miguel del Valle, nos acercamos al Cea para conocer el puente que une esa localidad con un molino y con la Zamorana. Se trata de un antiguo puente de tres ojos, alomado y por el que se prohíbe el paso debido a su mal estado. El molino fue también importante, pues tuvo cinco piedras y en dos al menos de los cárcavos había regolfos.

Arboleda en el Roto

Ahora ya continuamos nuestro trayecto casi sin parar entre las densas alamedas de la ribera, a nuestra derecha, que parecían una explosión por el color y reflejo plateados de las hojas, y las laderas del monte con algunas encinas a la izquierda. En ese lado apareció también, a lo lejos, Fuentes de Ropel y, cuando nos quisimos dar cuenta, habíamos llegado a Castrogonzalo.

¡Que gente tan agradable y hospitalaria los vecinos de esta localidad! Al llegar, preguntamos por la fuente. Una vecina de la Plaza Muelle nos dijo que no había pero, a renglón seguido, nos ofreció -sin posibilidad por nuestra parte de decir que no- una botella de dos litros de agua mineral que sacó de su nevera. Después, ya en las huertas del Cea, otro gundisalvino, nos llenó las mochilas de sus tomates. Excelentes. Así que gracias a ellos -y a los víveres que nosotros ya llevábamos, conste- pudimos comer muy a gusto y reponer fuerzas. ¡Muchas gracias de nuevo y desde aquí!

Por la desembocadura

Nos acercamos a la desembocadura del Cea en el Esla, que estaba llena de maleza. Aunque conseguimos llegar a ella y meternos en el río, la verdad es que no se apreciaba bien por lo inextricable de la selva. Hemos llegado tarde. Hemos llegado en un tiempo en que vivimos de espalda a nuestros ríos y es complicado contemplarlos de cerca. O puestos de pesca y paseos en las ciudades o esto. La Senda del Duero es una honrosa excepción pero, si te descuidas, también se pone intransitable.

Después de acercarnos también al Esla, ancho y majestuoso al pasar cerca de la casa de Piquillos, pusimos rumbo al molino de Fuentes de Ropel, en uno de los muchos lugares paradisíacos que nos ha preparado el Cea. El molino se encuentra en una isla, y aquí sitúan -dentro de la peculiar ruta de El Quijote en Sanabria– la invitación a las tiendas en aquella nueva y pastoril Arcadia, en la que don Quijote fuera honrado con mesas ricas y abundantes en un sitio que es uno de los más agradables de todos estos contornos, razón por la cual el Ingenioso Hidalgo comentó que entre los pecados mayores está el desagradecimiento. [Conste que nosotros pensamos lo mismo, más aun después de lo bien que nos trataron en Castrogonzalo, y siguiendo el consejo de don Quijote, ya lo hemos publicado en esta entrada porque quien dice y publica las buenas obras que recibe también las recompensara con otras, si pudiera…]

Bajo el puente de la manga

Además del molino, pudimos contemplar otro puente, romano para algunos, tan viejo como precioso, sobre una manga del río, manga que hubimos de atravesar por una zona seca con la bici a cuestas hasta que salimos a otro puente, el conocido como de la Zapatina.

Y como ya no estábamos para muchas más aventuras, tomamos la cañada Zamorana, recta y paralela al Cea en dirección noreste, por su ribera derecha. Al principio, era una pista ancha y de buen firme, pero se fue estrechando y convirtiendo en dos roderas llenas de maleza que a duras penas nos dejaba rodar. Las lagunas de la Vega estaban ya secas, y nos dio la impresión de que el pasto de la Vega -como tres o cuatro kilómetros cuadrados de pradera- se había desaprovechado este verano, pues no había ganado y la hierba alcanzaba más de un metro de altura. Por cierto, por aquí cruzamos hace seis años con la grata compañía de Goyo.

Molino

Pero al fin descubríamos la silueta del castillo -y otros edificios- de Valderas. Pasamos junto a la ermita de la Virgen del Otero sin fuerzas para acercarnos a ella. Sólo las tuvimos para pegarnos un baño reconfortante en las frescas aguas del Cea, junto al viejo puente.

Aquí tenéis el recorrido, de casi 47 km.

De Valdenebro a Villabaruz por una Tierra distinta

28 junio, 2018

Hicimos esta excursión cuando empezaba el buen tiempo y el calor, después de la larga temporada de lluvias y borrascas, lo cual auguraba una Tierra de Campos muy distinta a lo habitual, vestida de verde y con abundantes flores, o sea, todo lo contrario a esa austeridad castellana con la que suele presentarse.

Y así fue, al menos en buena parte del trayecto. Salimos de Valdenebro y hasta subir al páramo de san Buenaventura se extendían a nuestro paso campos verdes de cereal, pero también extensiones totalmente rojas de amapolas, o salteadas de blanco y amarillo, por las diferentes especies de margaritas. O azules por las malvas y linos… Una auténtica explosión de luz y color donde lo que domina habitualmente son los pardos, pajizos y marrones, como si esta Tierra de Campos pudiera estar de fiesta al menos una vez en primavera cada muchos años…

Cardos y amapolas

El páramo lo han poblado de olivos que producen un aceite excelente. Hasta el cerro y vértice geodésico del Moclín fuimos por un camino que había desaparecido debido a la abundante hierba. Después de contemplar el panorama, nos lanzamos a campo traviesa (y por campo florido, claro) hasta tomar un camino que nos llevó hasta Villanueva de san Mancio. La abundancia de hierba y flores junto a la ya elevada temperatura producía una especie de humedad dulzona y densa que llenaba el aire que atravesábamos de mosquitos. Lo nunca visto en esta Tierra. Menos mal que no tenían ganas de picar.

Colores variados

De Villanueva a Tamariz el paisaje cambió. De alguna forma, volvimos durante unos kilómetros a la típica austeridad terracampina, a pesar de la primavera. Campos de cereal y de forraje, algunos -de color marrón- en barbecho, o bien con girasoles a punto de nacer. La torre de San Juan a pesar de su altura y grietas no se ha caído. Pero sigue amenazando derrumbarse. Dos viejos pozos que abastecieron el pueblo quedan, a las afueras, como en recuerdo de sus antiguos trabajos para mantener a la población. Antes de seguir camino, en el corro de San Antón rendimos pleitesía a don Purpurino.

Ermita de la Virgen del Castillo

Nos acercamos a la ermita de la Virgen del Castillo o de los Pastores. Estaba cerrada, pero el paisaje que se divisa desde su promontorio, cuyos pies lame el Sequillo, merece la pena. Como tantas otras pequeñas alturas de esta Tierra, ofrece mucho más de lo que uno se imagina: campos, pueblos y campanarios, hileras de árboles, pequeñas alamedas. Y todo, ahora, de mil colores.

Villabaruz es un pueblo perdido en la inmensidad de Tierra de Campos, casi en tierra de nadie, junto a la raya de Palencia. Pero aquí se celebra, por estas fechas, una danza de paloteo tradicional y casi mágica. La portada de la iglesia también resulta muy original con su porche. Salimos del pueblo para buscar la fuente de Piliebre que ya no existe. En su lugar -en campos de labor- las últimas lluvias habían dejado un gran charco.

Gracias por ceder el paso

Castil de Vela nos recibió con los que queda de su castillo en el correspondiente altozano. Y había ¡milagro! un bar abierto donde pudimos tomar una caña. Cruzado el Canal de Castilla nos acercamos a la ermita y fuente de Villainvierno. La ermita, en su colina, se encontraba asfixiada por la maleza y con dificultad pudimos acercamos. La fuente, con su techado de grandes lajas, había sido protegida para que no la invadieran las máquinas en su laboreo; al menos en su alberca viven felices las ranas.

Un poco más, por la orilla del Sequillo -y siguiendo de cerca la línea de las amapolas en un campo de cereal bien cuajado- nos presentamos ante las ruinas de la ermita del Cristo de Santa Marina: pero no están ninguno de los dos, que está arruinada. A su lado, la fuente, impertérrita al destino de las piedras, sigue manando. Antes de llegar a Belmonte estuvimos a punto de chocar con un rebaño que venía por nuestra izquierda. Pero el pastor, gentilmente, nos cedió el paso, lo que es de agradecer pues, de otro modo, hubiéramos tragado polvo.

En Belmonte

Belmote, su castillo y sus bodegas, Palacios de Campos luego. Bordeando las laderas de Torozos por el este, nos alejamos definitivamente de la Tierra de Campos y paramos a refrescarnos en la caudalosa fuente del Barrio. Habíamos completado unos 58 km por una Tierra alegre, jovial, festiva y llena de color como no suele dejarse ver, y hasta un poco embriagadora, al menos para los mosquitos que volaban como borrachos…

Aquí la ruta.

Entre el Valderaduey y el Cea, o entre el cielo y la tierra

29 abril, 2018

En Tierra de Campos, el cielo tiene tanta importancia como la tierra para fijar y completar el paisaje. En Torozos, donde se da una perfecta llanura, te acostumbras a tener el cielo encima como si fuera el interior de media cáscara de naranja. En Tierra de Pinares, los mismos pinos no te dejan fijarte lo debido en el cielo. Lo mismo ocurre en los valles, con las laderas o los árboles. En Medina estás más pendiente de pinarillos, motas, cañadas, lavajos, que te fijan la vista en la distancia corta, que de los espacios celestes, más distantes e incluso, en ocasiones, infinitos.

Cerca de Villalba de la Loma

En Tierra de Campos no sólo es que el cielo se refleja en la tierra, pues sus sombras y colores, e incluso el tono de sus aires, sino que -de una extraña manera- forma parte de ella. No vemos aquí campos llanos por ningún sitio. Son continuas ondulaciones, suaves colinas, pendientes ligeras, acompañados de algunos cerros desgastados por el tiempo, las aguas y los aires. Cuando haces una ruta por estos campos la tierra cambia constantemente y, por eso mismo, también el cielo. Siempre tienes la suficiente perspectiva como para contemplar grandes extensiones de tierra sin perder la referencia del cielo. En la excursión de hoy todo ello se puede apreciar de manera particular: salimos de Becilla en dirección al monte de Urones; pues bien, por momentos ves la torre de Becilla, o el pueblo entero, mientras en otros los dejas de ver; al llegar a la fuente Escontrilla se divisa, a sus pies, la localidad, encima el cielo y a los lados tierras pardas… son paisajes profundos que no se conciben sin la profundidad del cielo y el raudo cruzar de las nubes.

Casa del Monte de Urones

Más tarde, las nubes lo cubren todo y el cielo se convierte en una tupida mancha gris que, a su vez, convierte los campos en un lugar triste y oscuro… Luego, pasaremos por el teso del Cuerno o el cerro de la Máscara, en Villalba de la Loma, desde donde alcanzaremos a contemplar -de nuevo- casi una docena de pueblos con sus respectivos paisajes -al norte, la cordillera nevada- saturados de pequeños altozanos y suaves valles. Y como fondo, dando profundidad a todo, los aires, siempre cambiantes.

Fuente Escontrilla

En fin, describamos un poco el trayecto. La primera parte es una suave subida pasando por campos en los que nacen regueras. Cerca de una de ellas y a la vera del camino, la curiosa fuente Escontrilla que, por su aspecto, nos recuerda una una tumba, eso sí, alegre y luminosa. Después rodeamos la casa del Monte de Urones. Lo del monte es un topónimo sin mayor significado, pues de lo que seguramente fue un extenso monte, no queda mas que una docena de carrascas.

Como esta casa está en lo más alto, comenzamos a bajar hacia el Cea. Hasta que el camino tomado se pierde y nos deja frente a un campo de cereal. Un poco más abajo hay un manantial que echa abundante agua por una tubería de riego y luego una pequeña laguna. Después, una pinar para salir a la carretera y llegar a Mayorga.

En la cañada

Cruzado el Cea, nos vamos derechos por la cañada real leonesa hacia el molino que está junto a la ermita de San Vicente. Pues ni ermita ni molino, que todo está vallado en propiedad privada. De manera que no queda sino seguir adelante. La verdad es que la cañada está preciosa: es una ancha y verde alfombra que se dirige hacia el norte entre campos de labor. De vez en cuando, algunas lagunas la adornan y diversos arroyos que se dirigen a desembocar en el río la atraviesan. Sólo hay un pero: que desde Mayorga hasta el arroyo de Valdelamuza -2,5 km- está llena de basura y escombros; una pena, vamos, ¡con lo fácil que sería no tirarlos aquí! Por mucho Rollo, primer buzón de correos y Museo del Pan, si luego no somos capaces de no echar basura en la cañada…

Por Castroponce

En Valdelamata, después de cruzarnos con un rebaño de churras, enfilamos hacia Saélices. Vamos con la idea de ver el molino que aprovecha la fuerza del Cea, y lo vimos, pero en ruina total. Hace 25 años todavía se encontraba visitable, con sus seis cárcavos, piedras e ingenios intactos. Ahora ya no queda casi nada, y lo poco que queda se caerá en breve.

De manera que, con el corazón en un puño por tanta desolación, pusimos rumbo a Becilla donde termina esta excursión: allí, al menos, el puente que los romanos construyeron todavía sigue en pie a pesar de todo. Mientras, disfrutamos del paisaje desde la cresta que se levanta entre los valles del Cea y del Valderaduey, desde la que se nos presenta la inmensidad de esta Tierra.

Aquí he subido la ruta.