Donde los caminos se esfuman

Pues sí, a veces las cosas desaparecen como por ensalmo. Los caminos y senderos forman parte del paisaje, han sido trazados por el hombre para llegar de un sitio a otro. Pero en estos tiempos modernos muchos han desaparecido, se han volatilizado. La razón estriba, normalmente, en que desaparecen porque ya no se usan. Es lo que he comprobado este verano en las comarcas leonesas de Luna, Babia y Omaña: antes los pueblos limítrofes estaban comunicados por caminos directos; hoy se han trazado buenas carreteras y los caminos han caído en el olvido, guardando  puentes y viejos molinos… con dificultad se pueden utilizar algunos, mientras que otros sólo existen en los mapas.

Aquí tenía yo un derecho preferente, pues estamos en un camino aun en uso, no en una cañada. Conste que acabaron cediendo el paso.

Bueno, pues algo parecido ha debido ocurrir en Tierra de Campos. Me proponía ir de Villerías a Villatoquite, donde me esperaban. Y vuelta.

Salí de Villerías por el camino de Castromocho. Me las prometía muy felices: un rebaño de ovejas churras me dejó pasar gracias a la habilidad de los perros pastores, levanté un elegante bando de avutardas que dio una vuelta volando a mi alrededor, el firme del camino ni me expulsaba ni me atrapaba (podríamos decir que se encontraba en supunto)…  hasta que el mismo camino desapareció y me hallé en mitad de un campo de labor. Tal cual. Menos mal que el campo estaba duro y raso y se rodaba con bastante facilidad. Unos kilómetros después apareció otro camino y pude llegar a Castromocho sin mayores complicaciones.

Paisaje con avutardas

De Castromocho salí por el camino que conecta con el del Molino. En mala hora lo hice, pues éste fue desapareciendo hasta que se cubrió por completo de maleza y me dejó en medio de un erial que antiguamente debió ser prado. Tuve que cruzar una zanja con agua y barro –menos mal que la temperatura era buena- y salí como pude hasta conectar con otro camino que me dejó frente al cementerio de Abarca.  Y desde aquí pude llegar a mi destino sin mayores complicaciones, si bien usando la carretera más de lo que me hubiera gustado para no llegar tarde a Villatoquite.

Cuérnago del Valdeginate

La vuelta empezó bien, atravesando los campos luminosos de esta Tierra, hasta que me topé con el Canal Cea Carrión. Lo crucé para seguir por la orilla derecha del Canal de Castilla pero… la sirga estaba cortada, repleta de maleza y arbolado. Imposible andar y menos aún rodar. De manera que no tuve más remedio que dar la media vuelta y volver a conectar con el Canal de Castilla más adelante, en las cercanías de Fuentes de Nava.

En Fuentes crucé a la orilla izquierda y por ella fui feliz cual perdiz; el sol empezaba a caer sobre el horizonte y sacaba al paisaje sus mejores matices.  La sirga, los sauces y álamos, el reflejo del agua, los cantos de los pájaros, todo hacía que el paseo fuera encantador. Y así llegamos a Abarca de Campos.

Camposanto en Abarca

Seguía feliz por la sirga izquierda hasta que… hasta que empezaron a abundar troncos de de álamos olivados. El camino se complicaba, pues pasé de la contemplación de la naturaleza a la preocupación por saltar troncos y ramas…  Luego, llegó un momento en que, sin disminuir los troncos caídos, desapareció por completo el camino y la sirga se llenó de maleza, zarzales y matas de todo tipo. Me había introducido, si querer, en una auténtica ratonera: a la derecha el canal, a la izquierda una zanja infranqueable, al frente zarzas y matorrales… ¿volver atrás? ¡eso nunca! Así que cogiendo la burra por los cuernos y abriéndome paso con las dos ruedas por delante, la trasera en el suelo y alta la delantera, avancé como pude hasta llegar a la carretera Palencia-Benavente.

Canal de Castilla

Luego, hasta Capillas fue un paseo tranquilo y de allí a Villerías. Como el sol se estaba poniendo y el esfuerzo fue grande entre matas y zarzales, rodé por una carretera vaciada (¡je!) hasta el destino final. ¡Ufff!

Para el que lo quiera, aquí dejo el trayecto de casi 80 km que NO recomiendo seguir ad pedem lineam por las razones expuestas.

Las frescas riberas del Carrión

Por los álamos de España
el viento lo repetía:
como el agua del Carrión
ningún río la tenía

M. García Velasco

Iba a ser el día más caluroso del año. Los termómetros subirían hasta 39 grados en Valladolid. Y nosotros teníamos que salir en bici y no queríamos pasar demasiado calor. ¿Qué hacer? Pues nos largamos a Villoldo, en plena ribera del río Carrión –al menos sus aguas vendrían fresquitas de Fuentes Carrionas, ¿no?- para dar una vuelta por aquellos frescos lares.

Entre Villoldo y Villalcázar

De sobra sabíamos que el río tiene un potente bosque de galería, que se ve engordado por las numerosas choperas que crecen en sus cercanías. Además, son abundantes los canales y acequias que riegan su vega, lo que también contribuye a hacer la temperatura agradable. Total, que salíamos muy de mañana y ¡con manga larga! (A este paso, no vamos a llegar a los 39 ni a los 30, pensé)

Crucero. San Mamés.

Visitamos Villalcázar de Sirga, San Mamés de Campos, Carrión de los Condes, Calzada y Torre de los Molinos, nos metimos en el agua para ver mejor molinos y atravesar vados, hicimos 5 km a la sombra de la ribera del Ucieza y alguno más junto al arroyo Izán… y la temperatura no se hizo en ningún momento sofocante. Y como tampoco subimos cuestas de importancia, pues el calor no acabó de aparecer. Tampoco hizo frío, conste. Al volver a Villoldo el termómetro había subido a los 30 grados.

Engranaje de compuerta molinera

En Valladolid, a media tarde, la temperatura debió llegar a los 36 grados. Un día de verano, o sea. Esperaremos a un nuevo pico u ola de calor.

En cualquier caso, esta ruta es muy recomendable para hacer en verano.

Aquí podéis ver el trayecto seguido y una descripción más detallada de la ruta en otro cuaderno de bitácora.

San Pedro de barro y piedra (Villalcázar)

Por la cañada merinera de Castrojeriz

El recorrido de hoy, nada menos que por una cañada real merinera, nos va a llevar desde el antiguo Priorato de la Quinta, en Valbuena de Pisuerga, hasta Castrojeriz. Como la inmensa mayoría de las cañadas reales al norte del Duero, sigue una clara dirección norte-sur.

Unía los puertos de la cordillera cantábrica con las dehesas de la Extremadura. Este -en otro tiempo- importante tramo, iba desde Castrojeriz hasta las mismas orillas del Arlanzón para cruzarlo luego por Quintana del Puente o bien cruzar el Pisuerga en Cordovilla la Real. Como veremos, el trazado casi se ha perdido. Ya no pasa ganado: ni rastro hemos visto de él, y la anchura se ha reducido desde las tradicionales noventa varas a la de un estrecho camino, salvo en el primer tramo que hemos recorrido y en parte de la zona poblada por aerogeneradores.

La subida por el monte

Hay que destacar que el tramo recorrido va siempre por el páramo. A ello estaban obligados los antiguos pastores para no toparse con los agricultores ni molestarlos. Y se ve claramente como rozan las vaguadas buscando agua o pastos húmedos, pero nunca llegan a bajar al valle. Por eso nosotros hemos podido hacer toda la primera parte del recorrido subiendo en Valbuena y bajando sólo al final, en Castrojeriz. O sea, rodando también por el páramo, manteniéndonos en él. Y eso tiene su encanto.

La cañada discurre entre campos de cereal sembrados también de molinos

En realidad hemos salido al encuentro de la Cañada en La Quinta, cuando ya lleva más de 7 km recorridos por la paramera. Desde allí hemos rodado por el monte del Caballo y la Encina Bonita, parajes todos donde se mezclan grandes encinas y robles con matas del mismo árbol sobre una alfombra de hierba y matorral todavía verdes y aromáticos, y sembrados de cereal. Un hermoso mosaico, la verdad. Destacamos también un chozo que forma una cúpula perfecta pero rota por una acacia que ha nacido justo en el lugar donde los pastores prendían el fuego.

Hasta aquí un camino normal con unas orillas de un metro o poco más. A partir de aquí entramos en el raso de los Quemados –o sea, que esto fue un monte como el que hemos dejado- que ha sido aprovechado al cien por cien para la agricultura y ahora también para plantar molinillos. El camino no es tan agradable y levantamos polvo. A cambio, posee buen firme, necesario para las máquinas que sirven a los molinos.

15 julio 051
Corrales cerca de la fuente de la Pedraja

Y… ¡qué curioso sistema de parcelación de la tierra! Son como largas y estrechas tiras de cultivo, de este a oeste, que vamos atravesando. El lado más largo tiene señalados sus límites por hileras de piedra que no llegan a formar una verdadera valla. Al menos el paisaje que resulta es más agradable y llamativo que esas grandes extensiones de cultivo de Tierra de Campos. Y recuerda las parcelas típicas del páramo de los Torozos, si bien éstas se encuentran limitadas por hileras de matas de roble.

Al tocar el inicio del valle de Valbonilla, la cañada hace un quiebro hacia el oeste para acercarse a la fuente de la Pedraja. Otra sorpresa: ¡qué chorrón de agua tan potente! Es como los dos de la fuente de San Pelayo juntos. ¡Aquí no hay sequía que valga! También vemos cierta extensión de prados; seguramente antaño había más. O sea, un pequeño oasis abierto en la austera llanura de Castilla. Siempre así.

Un páramo inabarcable que se come todo, hasta la cañada

La cañada continúa su dirección noreste. Ahora es un pequeño camino entre sembrados que se trasforma en una cinta de maleza entre las tierras cultivadas. Lo peor es que ya nadie pasa por aquí. Sólo dos locos en bici… ¿cómo vamos a conservar así nuestro patrimonio pastoril? Es imposible pero… ¡no dejaremos de cruzar!

El mapa señala corrales que ya no existen: del Mojón, de la Roza, de las Casillas… Todo así, todo cambiado, eliminado, a pesar de estar en pleno campo, en tierras despobladas y vaciadas.

Arrebatacapas

Atravesamos la carretera de Vallunquera, cuya torre de la iglesia se deja ver. Seguimos nuestro rumbo y vemos a lo lejos cómo se perfila en el horizonte el castillo de Castrojeriz ¡que  lo estamos pasando de largo! Pero no, al llegar a una carretera que cruzamos la cañada gira 90 grados hacia el oeste para enfilar Castrojeriz.  Hacemos dos kilómetros llanos, por el páramo, para asomarnos a los valles que se juntan en esa localidad. Al este, Villaquirán y el camino de Santiago; al oeste se abre el valle del río Odra.

Camino hacia Santiago

Y bajamos, bajamos hasta el collado de Arrebatacapas para rodear en ladera el cerro de San Cristol. Al fondo, se agranda Castrojeriz, que es largo como una cañada que abraza a un cerro…

¿Dónde nos deja nuestra cañada? Justo en la misma puerta del convento –gótico- de Santa Clara. Abrimos despacio la puerta y pasamos de la claridad del día a la penumbra de los cirios. Es jueves. Las monjas rezan al Santísimo Sacramento expuesto en la custodia y rodeado de velas. Sin duda a muchos pastores les pasó lo mismo que a nosotros. O algo similar.

* * *

Puente ¿o muro? de Bárcena sobre el Odra

El camino de vuelta fue más breve y rápido, y lo hicimos siguiendo el río Odra primero y luego el Pisuerga. Curioso Odra y curioso puente de Bárcena. Más que un puente parece un muro para atravesar una laguna o zona pantanosa. Supongo que el Odra, antiguamente, se extendía anchuroso e inundaba prados, y esa sería la razón del muro.

Después visitamos otro viejo puente –esta vez sobre el Pisuerga- para, finalmente, acercarnos a la presilla de Villalaco.

El recorrido -unos 58 km- puedes verlo aquí, y otra visión del mismo trayecto en este otro artículo.

Fuente a los pies de Santa María del Manzano (Castrojeriz)

Campos de doña Jimena, en Palencia

¿Cuáles son las capitales de provincia más cercanas entre sí? Pues Valladolid y Palencia. Hoy Valladolid es la capital de la región, pero hace siglos, mucho antes de fundarse ésta, Palencia ya existía alrededor de la cripta de San Antolín…

En todo caso, Palencia es una coqueta ciudad a la que visita el Carrión que es cruzado gracias  a las Puentecillas. Así que la elegimos para esta excursión que traemos hoy a colación.

El Serrón

Canal de Castilla

Desde el molino de San Román en la ribera misma del río, tomamos el sendero junto al derrame  de la laguna de la Nava para llegar al acueducto de los Cinco Ojos –que ya no existe- del Canal de Castilla. Rodamos ya por la sirga del Canal, nos paramos en la esclusa doble de Grijota y luego en el Serrón, donde el Canal se parte en dos y así logra alcanzar tanto Valladolid como Medina de Rioseco.

El día estaba caluroso pero aquí, en el Canal, no se notaba. El fresco de sus aguas y arboledas nos llegaba antes que la calorina del día. Además, no habíamos llegado aún al mediodía. Y recordamos los viejos tiempos en los que cruzábamos el Canal desde sus tres puntas y sus alrededores para escribirlo luego en un libro editado precisamente en Palencia…

Aguas tranquilas

Abadía de Husillos

En el puente de Valdemudo –para muchos el más hermoso de todo el Canal- dejamos la fresca para dirigirnos a la vieja e histórica Abadía de Husillos, cuyos orígenes se remontan al siglo X. Merece la pena contemplarla. No lejos, el viejo puente de piedra también lleva muchos siglos en pie, viendo cómo las aguas se deslizan por sus arcos. Un poco alejado del pueblo está el barrio de las bodegas, recostado en la ladera que subimos para ir dejando atrás el verde valle del Carrión y la Tierra de Campos.

Subimos varias cuestas

Fuentes de Valdepero

Al poco nos presentamos en Fuentes de Valdepero, donde visitamos su castillo, su iglesia y nos fuimos a descansar un poco al frescor del atrio de la ermita de San Pedro. Junto a ella, una vieja fuente y un viejo horno para cocer cerámica han sido restaurados. Así no se perderá su memoria en la noche de los tiempos si las generaciones posteriores los quieren seguir manteniendo. Por cierto, en la pequeña pradera de la ermita, pudimos admirar unas estelas funerarias.

Estelas

Subimos ahora por Valpodre al cerro de la Cotorra, que está plagado de aerogeneradores, la nueva imagen de la modernidad que se incrusta en nuestro paisaje de toda la vida. Pero es que no podemos vivir sin energía eléctrica, por mucho que se nos llene la boca con sus efectos negativos… Al menos, las plantas en este valle siguen ofreciéndonos sus flores de siempre: lino blanco, lino azul, gordolobo, salvia, tamarilla… incluso se dejaron ver algunos ejemplares de la elegante orquídea acampanada, que sobresale en estas tierras austeras de Castilla.

La tierra del Cid

Orquídea acampanada

Llegamos a la Cotorra nos fuimos al cerro de la Copa, para descender al valle. El camino de Santa María por el que bajamos se parece más a una colada o vereda: los límites no son rectilíneos y posee abundante pasto. Parecíamos navegar entre los campos de cereal, todavía verdes.

Antes de entrar en Villajimena que se asienta entre cerros, en el horcajo de dos valles, nos encontramos con la Hontanilla, una densa alameda que esconde manantiales, arcas, fuentes y lavaderos. Un sitio fresco donde resguardarse de los calores extremos.

Una Moreneta castellana

En el centro del pueblo nos esperaba una tosca iglesia, con una torre casi chata a la que hacía más baja aun el tubo adjunto de la escalera. Pero es una iglesia equilibrada y digna, perfectamente conjuntada con el pueblo y sus alrededores de caliza y yeso. Y debe de ser muy antigua, como la población misma, pues la advocación –Santa Eulalia, mártir española- así lo denota. Por otra parte, la Jimena de la villa no es otra que la mujer del Cid, que recibió estas tierras como dote de su marido en la boda que se celebró en la iglesia de San Miguel en Palencia. Uno de los propietarios posteriores del lugar, catalán a la sazón, construyó en el siglo XVI una ermita a Nuestra Señora de Monserrat –que pudimos ver por fuera- seguramente la única que existe con esta advocación en nuestras tierras castellanas.

Tierras de Villajimena

Finalmente, antes de salir del pueblo, nos topamos con un curioso crucero de piedra, de tres cruces, incrustado en un muro también de piedra. Estas fueron las sorpresas que nos deparó un pequeño pueblo perdido entre los pliegues de unos cerros…

Entre Tierra de Campos y el Cerrato

Por un corto y empinado valle subimos de nuevo al páramo; nos recibió una dehesa cercada y tomamos un camino que surgía, junto a uno de sus límites. Al final, el camino, como en tantas otras ocasiones, desapareció y nos dejó tirados en medio de un páramo con campos inmensos de cereal y manchas de monte enciniego. Menos mal que entre los linderos acabamos saliendo a una carretera sólo frecuentada por ciclistas que nos dejó, tras una agradable bajada, en Valdeolmillos.

Ojos en el cortado, o minas de yeso.

Después de visitar esta localidad decidimos tomar dirección Palencia en vez de Magaz, que sería el camino más cómodo por seguir cuesta abajo hasta el Pisuerga. Por caminos de cereal ¡la cantidad de toneladas de trigo, cebada y avena que se fabrican en estos campos!, a la vista de viejas minas de yeso en las laderas, subimos al páramo –última subida- para a continuación bajar a Villalobón. Palencia nos esperaba a 3 km.

Aquí podéis ver el trayecto, según Durius Aquae, de unos de 62 km.

La Tierra de Campos que nos estaba esperando

Campos Góticos y, mucho antes, campos de los Vacceos, campos atravesados por calzadas romanas, campos que fueron un mar interior… Y, sin embargo, hace unos días parecían campos recién creados, casi por estrenar, verdes de cien matices, con las espigas engordando el grano, con cuatro chopos protectores; acompañados por un cielo esplendoroso con alguna mancha de blanco puro y la cordillera cantábrica de telonera, también con algunas manchas blancas.

El caso es que parecía que Tierra de Campos me estaba esperando. Todos los caminos por los que pasé los habían adornado con una orla de mil colores y fondo verde en sus linderos. Uno iba como si fuera el rey, hasta se creía algo. Ya fueran sus orillas pequeñas cunetas, ribazos o tierra llana, era igual. Podía variar el tono y la abundancia, pero todo era como una fiesta, un gran momento para estos Campos durante tanto tiempo grises, pardos y fríos. Ahora no, ahora se permitían una sencilla y momentánea fiesta. [Nada que ver con la famosa alfombra roja de los festivales mundanos, ya les gustaría…]

Rojo de amapolas; azul de lino, malvas y cardenchas; amarillo de escobas, tamarillas y gévenas; blanco de cicutas y margaritas, y otras muchas más, sin contar los innumerables arbustos que estaban también en plena floración. Unos Campos casi desconocidos.

Esto en los linderos de los caminos. La fiesta también se desarrollaba en los perdidos y, con menor profusión de color, en las riberas, regueras y zanjas. Los sembrados, sin embargo, al haber conseguido los agricultores erradicar las malas hierbas, tampoco tenían flores, salvo los de guisantes forrajeros.

En Melgar de Arriba

Arriba, las calandrias y cogujadas también entonaban para nosotros. Sólo faltaba el aroma de primavera, que se suele notar muy bien en valles y tierras pinariegas. Tal vez a la caída de la tarde se hubiera sentido, pero no por la mañana.

¿Qué más resaltar después –o a la vez- de todo esto?

Que no estuvo nada mal el trayecto entre los Melgares por la misma orilla del Cea. Descubrimos muy pocas entradas despejadas al cauce de agua, pero el bosque de galería nos acogió con su frescor en el día más caluroso –hasta el momento- de este mes de mayo. El camino de la orilla ya nadie lo transita; se lo había comido la maleza. Pero saltando entre troncos caídos y rondando por la hierba pudimos avanzar lo necesario haciendo camino para beneficio del que venga detrás. No sé, tal vez algún despistado pescador de cangrejos pudiera aparecer mañana…

Los Cuatro Magníficos, cerca del Cea

Que, al cruzar la primera vez el Valderaduey descubrimos los restos de un molino harinero. Sólo quedaba en pie una de las fachadas de barro.

Que, en Melgar de Arriba contemplamos las enormes costillas –viejos arcos de ladrillo- que sostuvieron la iglesia de Santiago. Parece que la torre está en uso. Sobre ella, un nido, y en el nido, cigüeñas.

Aguas del Cea

También contemplamos –por fuera, eso sí- la ermita del Carmen, en Villacarralón, que se levanta sobre una mota al sur de la localidad. Y, de lejos, las torres de Zorita en su loma, las de Melgar de Abajo, y un sinnúmero de pueblos terracampinos acomodados en los suaves pliegos de colinas y laderas. Mucho alcanza la vista en estos Campos.

Que el trayecto discurrió entre lomas, motas, cárcavas y vaguadas. Pero dominaba por el este la ladera izquierda del valle del Sequillo, y al oeste la loma –aun terracampina- de la ribera también izquierda del Cea. De alguna manera, el Valderaduey es el fondo de este ancho valle por el que nos movimos.

Restos de un molino del Valderaduey

Por supuesto, nos acompañaron avutardas, aguiluchos, milanos negros y águilas ratoneras. Por no citar una multitud de aves de pequeño tamaño que no dejaron de cantar.

Aquí dejo el recorrido, de unos 58 km.

Lomas y llanuras del Cea

Nos hemos presentado en Tierra de Campos para contemplar los campos en primavera. Esta tierra austera empieza a cambiar y a llenarse de color. Es como un inmenso tapiz verde salpicado de amarillos, por la colza, y marrones, por los barbechos. Al fondo, las montañas nevadas de la cordillera cantábrica; pocos árboles en el horizonte que se complementan en lo vertical con algunos campanarios; el cielo azul con nubes perdidas. Y en el sitio elegido –márgenes del Cea- para esta excursión, los campos tienen abundantes y suaves cuestas en la ribera izquierda, mientras que en la derecha son más bien llanos.

Con contemplar el paisaje fue más que suficiente. Pero, aun así, hubo lugares que merece la pena destacar:

  • El parón en el trayecto realizado junto a la ermita de Campablo, en Saélices de Mayorga. Se trata de un edificio sencillo y rural, en ladrillo, remendado a lo largo de siglos, de una sola nave, que guarda la Virgen de esta curiosa advocación. Vemos la puerta –añil- bajo un arco carpanel cuyas dovelas se encuentran pintadas, de manera alterna en añil y blanco. Este color se usa con cierta frecuencia en la arquitectura popular para alejar demonios y es próximo al azul celeste de la Virgen. En cualquier caso, es una grata construcción en un agradable prado. Frente a la puerta, un árbol con un nido y su cigüeña incubando.

  • La loma de los Pozos, con su arroyo y humedal. Se encuentra entre el Cea y el Valderaduey, en un lugar perdido de esta inmensa Tierra. Tanto desde esta loma como desde otras muchas por las que hemos pasado o pasaremos podemos contemplar distintas perspectivas de Tierra de Campos con multitud de pueblos que iremos descubriendo en los amplios horizontes.

  • Melgar de Abajo, su mirador, sus alamedas y prados, sus palomares de barro, su ladera al Cea repleta de bodegas, los restos del molino de Arriba, de cinco cárcavas en ladrillo mudéjar apoyadas en piedra y a punto de ser tragadas por la maleza… Un pueblo, en fin, de otra época y –casi- de otro lugar. Eso, sin contar iglesias y palacetes cuyos ladrillos se encuentran atacados por el tiempo en sus dos acepciones. Un pueblo que es una auténtica joya. En ladrillo, eso sí.

  • La rodera de Izagre a Joarilla a su paso por el término de Monasterio de Vega. Curioso camino empedrado que va salvando campos, vallejos y arroyos. Al cruzar el arroyo del Roble del Valle, hundido en la llanura, lo hace mediante un precioso y recoleto puente de cinco ojos en ladrillo mudéjar. La verdad es que se encuentra perdido en medio del campo, acompañado de árboles, y del manantial de Orcilla a pocos metros. La rodera, para poseer esta infraestructura, debió ser muy transitada antaño; hoy, sin embargo, las escobas de las orillas te dejan pasar con dificultad y la hierba crece a sus anchas entre el empedrado. A 800 metros, no queda nada de la Casa Vieja, salvo basura.

  • Y las lagunas y humedales de la cañada leonesa, ya poco antes de recalar en Mayorga. Son praderías repletas de agua superficial con numerosos chopos y sauces. Refrescan el espíritu con sólo mirarlas.

También nos asomamos en varias ocasiones a las aguas del Cea, limpias y de animada corriente; en la ribera los árboles ya habían tomado hoja, aún tierna. Y cruzamos junto a ruinas de palomares cerca de la ermita del Cristo de Vega de Ruiponce o en la cañada Zamorana en el término de Monasterio de Vega. Nunca faltan en esta Tierra.

Así, estamos de vuelta en Mayorga, de donde habíamos salido. Aun podemos pasear por sus empinadas y estrechas calles, acercarnos al mirador, a las distintas iglesias mudéjares, al rollo jurisdiccional o al museo del Pan, entre otras muchas opciones que la localidad ofrece.

Aquí podéis ver el trayecto realizado, casi 60 km.