Archive for the ‘Tierra de Medina’ Category

Los alcornoques del monte Cano

22 mayo, 2017

El monte Cano, que se localiza en Torrecilla de la Orden junto a la raya de Zamora, es lo que nos queda de un monte que en otros tiempos debió ser mucho más extenso. Hoy se ha reducido a una superficie que no llega a un kilómetro de largo por una anchura de poco más de cien metros, algo casi simbólico. Ocupa las laderas y la pequeña cima de una colina, es decir, el único lugar no apto para cultivos: menos mal, pues de otra forma hubiera desaparecido por completo. Hay otra colina –La Huesa– paralela por el norte donde se conserva monte bajo con algunas encinas, pero solo en las laderas, pues la cima es plana relativamente ancha y está cultivada, además de ofrecer sustento a una antena de telefonía. Por el lado sur, también en paralelo pero más lejos, vemos otra colina mucho más suave que tiene en lo alto algunas matas de encina.

A la izquierda del camino Zamora, a la derecha Valladolid

Hasta aquí nada de excepcional. Pero lo mejor del monte Cano es que posee –además de encinas- un importante número de alcornoques de buen porte, sobre todo en la zona próxima a la vaguada cultivada. Es un monte limpio, cuyos ejemplares se olivan con cierta regularidad, según ponen de manifiesto los montones de leña que encontramos. Sin embargo, parece que los alcornoques no se encuentran en explotación, pues no había ninguno al que se le hubiera extraído la corcha recientemente. Pero ahí están. Es el segundo monte de alcornoque en la provincia, después de Valdegalindo.

Al fondo, el monte Cano

Otra particularidad que le hace atractivo es que su cima, alargada, con una altura de unos 825 metros, constituye una estupenda balconada desde el oeste para contemplar el valle de La Guareña. Desde aquí, el terreno va perdiendo altura de manera suave hasta el río; al fondo se distinguen los picos y los caminos que suben hacia Torrecilla y, más cerca, los chopos que señalan el río y los arroyos tributarios. Un paisaje diferente al del resto de la provincia, compartido desde aquí con Zamora y Salamanca.

* * *

Alcornoque. Detrás, La Huesa

El trayecto

Salimos de Castrillo de la Guareña y pasamos al otro lado de la autovía. Podemos acercarnos al molino del Pico, e incluso al mismo Pico, pues quedan a poco más de un kilómetro, la excursión de hoy no es muy larga y parece que nos están llamando. Del Pico ya hemos hablado hace no mucho y del molino no mucho tuvo nada menos que tres piedras, una balsa grande ocupada ahora por una tupida alameda, amplias zonas dedicadas a almacén, cuadras, etc. Según la raya provincial, se encuentra más en Valladolid que en Zamora; el ayuntamiento de Torrecilla lo incluía en su término a la hora de rellenar la encuesta para el Catastro de la Ensenada. Si el Pico es descarnado y seco, la ribera está salpicada de prados y arboledas, llena de vida y frescura. Un buen contraste.

Desde el monte Cano

Pero seguimos nuestro itinerario para tomar un camino cuya orilla derecha pertenece a Zamora y la izquierda a Valladolid hasta la primera curva a la izquierda. Luego seguimos por un camino que no viene señalado en los mapas pero que nos conduce directamente al monte Cano. Si el propio camino y no digamos los cultivos son abundantes en arena, el monte no, su suelo es firme, apelmazado. Se puede rodar bien si te lo permite la maleza. Esta es otra: el monte no ha tenido primavera; el suelo cruje como el pleno verano, todo está seco y de color marrón. Si seguimos el lindero del monte con la tierra de cultivo de la vaguada, iremos pasando junto a los alcornoques, y veremos que los hay de todo tipo y tamaño.

La casita “perdida”

Después de contemplar el valle desde los miradores, bajamos hasta el caserío del Monte, que ahora está sin habitantes. En otro tiempo vivían las familias que cultivaban estos campos y cuidaban del monte; todavía podemos ver la casa principal, la era empedrada al modo de la comarca, las muros de buena piedra, y una simpática casa en medio de los campos de cultivos que se ha quedado sin accesos por los cambios de caminos. Hora sólo está habitada por las golondrinas.

Vuelta a subir, ahora por el camino de Cañizal, dejando a la izquierda el valle de los Lobos y a la derecha el de los Juncales. La cuesta es suave, y la bajada a cañizal, rápida y fuerte. Visitamos el pueblo; la iglesia está abierta y a su alrededor se agrupan las bodegas. El arroyo del pueblo tiene un poco de agua, pero parece un gran río por la abundancia y altura de su vegetación. Lo cruzamos por un vado que tiene al lado un simpático puentecillo para peatones. Antes de salir por el camino de Fuentelapeña tomamos agua en la fuente del Caño en cuyo pilón nadan barbos y carpas.

En Fuentelapeña

El camino que rodamos hasta Fuentelapeña es una línea recta de 7 kilómetros. Sobre el mapa parecía que iba a ser muy aburrida, pero luego no lo fue. Porque si bien es recta, las subidas y bajadas cruzando valles y arroyos –casi todos secos- la hicieron llevadera y agradable. El campo aparecía como un conjunto de lomas de todos los colores –desde el marrón oscuro de algunas tierras al verde de diferentes cultivos-, con adornos de árboles solitarios o en hilera, algún manchón de pinos, pequeños prados y grandes arboledas en los valles. Al este, la línea de los páramos que forman el valle.

Saliendo de Fuentelapeña

Entrando por una zona de bodegas, llegamos a Fuentelapeña, pueblo relativamente grande y de variada arquitectura, con predominio de la popular. Algunos letreros de comercios nos hacían pensar que aquí se había detenido el tiempo. Bella iglesia; al otro lado del arroyo del Caño, prados alargados donde pastan las ovejas.

La vuelta hasta Castrillo fue también por un camino recto y con cuestas hasta casi el final. Nos acercamos al río Guareña: seco.

El pico del Molino

Cortados y miradores en La Guareña

3 noviembre, 2016

mapa

El río Guareña bordea la provincia de Valladolid por el suroeste, creando un desnivel de aproximadamente 100 metros, razón por la cual podemos acceder a buenos miradores para contemplar el panorama hacia el oeste, a la vez que disfrutar de un paisaje casi vertical, poco abundante en nuestra provincia. Cierto que sólo uno de nuestros municipios –Torrecilla de la Orden- se mete en el río e incluso llega hasta 4 km más allá. Otros –Alaejos, Castronuño- se acercan a la divisoria de aguas.

Casa de Los Llanos

Casas de Los Llanos

Además, todo este terreno tiene otra peculiaridad: es el único, en nuestra provincia, que procede del Paleógeno, en concreto del Oligoceno. El resto es más moderno. Según los expertos, el cauce del río Trabancos señala una falla que separa ambos terrenos.

Esta vez vamos a dar un breve paseo –unos 10 km- andando, sin necesidad de tomar la bici. En primer lugar, subimos desde Castrillo de la Guareña por Valhondo, siguiendo el cauce –seco, claro- del arroyo de los Batanes. Ya en el páramo, nos acercamos a la Casas de los Llanos. ¡Y tan llanos, que al fondo, a 10 km, se ven las torres de Alaejos! Pero nos vamos al cerral, desde donde divisamos un amplio y profundo panorama de La Guareña: Cañizal, Castrillo, Vadillo, Fuentelapeña, Guarrate…  A pesar de que el río que da nombre a la comarca no lleva agua, son muchas y muy abultadas las alamedas que se aprovechan de la humedad del subsuelo y de la misma compañía gozan los arroyos que atraviesan este ancho dominio, de manera que el paisaje no muestra una excesiva aridez.

Desde Los Llanos

Desde Los Llanos

En fin, desde Los Llanos, el páramo desaparece casi cortado a pico, y podemos descubrir cómo son los grandes escalones que sujetan las laderas del valle: si bien predominan conglomerados cuarcíticos, en algún momento aparecen otras formaciones, más fuertes, que sostienen el conjunto de arena y piedras.

Tomamos un camino hacia el sur que, cruzando la autopista, nos acerca a la Zorrera. Es una zona con pequeños barrancos y abundante maleza, ideal para escondites de zorros y conejos. Continuamos en el término de Castrillo pero a muy pocos metros de la provincia de Valladolid.

El Pico

El Pico

Por fin, nos asomamos al pico de la Cuesta o del Molino o, simplemente, al Pico. Es un recio espolón que sale del páramo, baja unos metros, se vuelve a elevar, y se adentra hacia el oeste en el valle unos 300 metros, dejando como dos grandes circos a derecha e izquierda (o al norte y sur). Y la verdad es que parecen dos circos no sólo por la forma semicircular, sino también por los grandes escalones, que recuerdan graderíos. Lugar perfecto para un mirador, pues vigila tres puntos cardinales. Poco antes de llegar, habíamos visto, a casi 7 km, la torre y el caserío de Torrecilla.

Y de nuevo a disfrutar del paisaje. Aquí ya no vemos tantos pueblos no porque la vista sea menor, sino porque hay muchos menos. Seguimos contemplando Castrillo y Fuentelapeña, pero al sur se pierde la vista en el valle ilimitado y profundo –al fondo, la sierra de Ávila y Salamanca- y al oeste tenemos las cimas de la divisoria de aguas de la propia Guareña. El río se ve señalado por los bosquetes que le acompañan y por prados donde pasta ganado bravo.

Valle de La Guareña

Valle de La Guareña

Vemos con detalle las paredes que caen hacia el valle: son areniscas de diverso tipo y conglomerados; también aparecen estratos de caliza. Predominan los colores ocre, gris y amarillo, y forman paredes con artísticos entrantes y salientes que ya querría para sí un escultor moderno, a pesar de que son millones de años de trabajo atribuidos a personajes tan viejos y tradicionales como el agua, el viento y los cambios de temperatura.

Además, en el Pico se han encontrado restos de la Edad del Hierro y es que nuestros antepasados ¡sabían donde establecerse! Hoy vivimos de espaldas al Pico: por la contigua autovía pasan millones de personas y nadie se fija ya en este espolón en los escarpes de La Guareña…

Laderas

Laderas

Casi en la misma falda del Pico, en la raya provincial, encontramos el molino que, a su vez, llaman Molino del Pico. Asombra la capacidad de moler que tuvo: una profunda balsa con tres bocines y sus tajamares, una gran fábrica de dos plantas al menos, establos, otras dependencias, un palomar cerca…y ahora, ¡ni corre el agua por el río! ¿Por qué nos portamos tan mal con nuestros ríos, que más que corrientes de agua fueron –son- corrientes de vida? En fin, es una cuestión para pensar. Ahora, varios municipios han dicho que ya está bien de dejar seco el Cega en verano. ¿Por qué no un política integral sobre las aguas?

Vista del molino

Vista del molino

Aquí lo dejamos. En excursiones anteriores por La Guareña hemos pasado por otros cortados, como los de Villabuena del Puente –aguas abajo- o los del Molino Nuevo o la Calderona, aguas arriba. Ninguno nos ha defraudado.

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Fuente de la Mora

26 octubre, 2016

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El objetivo de esta excursión era llegar hasta la fuente de la Mora, en Sieteiglesias de Trabancos, cruzando el valle del Zapardiel y del propio Trabancos. Fue la última excursión del pasado mes de septiembre y pudimos gozar de un agradable tiempo soleado, con temperatura elevada para la fechas en las que nos encontrábamos, ya otoñales.

Foncastín

 Salimos de Foncastín, pueblo híbrido de nueva creación en las laderas que caen hacia el Zapardiel. La mayoría de sus habitantes proceden de Oliegos, que quedó anegado bajo las aguas del pantano de Villameca, en León. Por eso, su Plaza Mayor, iglesia, dependencias municipales, así como la mayoría de sus calles, nos recuerdan a un pueblo del sur, pues todo está encalado. Sin embargo, la Plaza Vieja y otros caserones antiguos nos recuerdan el típico caserío de labranza castellano, pues en lo que fue hasta que se construyó el nuevo pueblo.

Del antiquísimo Foncastín, al que lamían las aguas del Zapardiel, sólo queda la torre derruida de su castillo y un ciprés que señala el cementerio.

Bodega caída

Bodega caída

Viejas bodegas 

Antes de enfilar el puente sobre el Zapardiel para cruzar a la orilla izquierda, nos acercamos a una vieja bodega medio derruida, excavada en la ladera cercana al monte de Valdegalindo. Por lo que queda, fue de grandes dimensiones. Ya de vuelta, poco antes de alcanzar las ruinas del castillo, descubrimos otra entrada con pasadizo en forma de S que nos condujo a otra cavidad casi tan grande. Ésta, se estaba empezando a caer, pues encima de ella hay un campo de labor, y ahora se laborea con tractores enormes que producen terremotos bajo sus ruedas.

A lo largo del trayecto divisamos más bodegas, ya modernas. Sin duda, la más llamativa resultó ser la Alcoholera, del Marqués de Viesca en Nava, junto a la vía y carretera de Tordesillas, un equilibrado edificio de ladrillo mudéjar tras una tapia noble; sus caldos eran consumidos por la Casa Real. Y es que estamos en la tierra de los vinos.

Contemplando el valle del Zapardiel

Contemplando el valle del Zapardiel

Lomas y pinos

 Superado el Zapardiel nos introdujimos en el extenso pinar de la Nava, tomando laderas y cruzando algunas islas de terreno labrado. Cuando nos quisimos dar cuenta estábamos bajo el cielo abierto, en las lomas desde las que se domina la línea del páramo de los Torozos, con Tordesillas y su torre de Santa María destacando en un fondo de neblina.

Majuelos y pinarillos; un olivar, rastrojeras y terrenos recientemente arados. Pasamos junto a la casa del Cura –la del Bernardillo hace tiempo que desapareció; sólo distinguimos el pozo- y bajamos al valle del arroyo que viene de la Nava, donde nos encontramos un pastor y su rebaño que daba vueltas sobre sí mismo, luego un campo de cardos que levantaban más de dos metros del suelo y, finalmente, la fuente Pascua. Seca.

Pinos y majuelos

Pinos y majuelos

Más campos, más majuelos, más pinarillos. Cruzamos junto a otras casas –de las Hornías, del Barco- pues el término de la Nava es muy amplio y abundan las casas de labranza. Al fin salimos de las cimas que acogen miradores para bajar al cauce del Trabancos, que sólo es un inmenso arenal moteado por algún chopo u álamo. Al lado, la peña, que por reseca se ha vuelto blanca.

 Fuente de la Mora

Entramos en Sieteiglesias pensando en una fuente, que encontramos en la primera esquina, frente al bar del pueblo. Pasamos junto a viejas bodegas, el humilladero, la iglesia y diferentes construcciones de barro y ladrillo hasta enfilar el camino que, por entre los prados del arroyo del Reguerón, nos condujo a la meta, la fuente de la Mora.

Exterior

Exterior

Y allí estaba. Tres pilones seguidos y, detrás -como sosteniendo la ladera de peña- una pared de piedra labrada, con una puerta-reja que da paso a una estancia pequeña y alta, con bóveda de ladrillo mudéjar, que a su vez conecta con dos cuevas o pasadizos que tienen el zócalo en piedra caliza y la pared en ladrillo, cerrados por bóveda de medio punto. Los dos pasadizos, labrados en la misma peña, siguen hasta… ni se sabe, lo que sí se sabe –se ve- es que recogen los manantiales de la fuente. Ambos traen agua de buena calidad pero de distintas propiedades, según los vecinos de la localidad. El conjunto, una verdadera obra de arte. En Sieteiglesias se dice que de estas aguas bebían la reinas Isabel y Juana de Castilla.

-¿Y la Mora?

-Pues cuenta la leyenda que en la cueva izquierda habitaba una bellísima mora que salía a la caída del sol a peinar su larga cabellera. Y que los hombres que la veían quedaban al momento prendados por su belleza y atractivo nada común. Y se iban con ella a la cueva-fuente…   de donde nunca salían.

Aspecto del interior

Aspecto del interior

-¿Y el pasadizo o cueva de la derecha?

-Pues, en lo más profundo, estaba –está- lleno de tesoros -oro y joyas- que traía el verdadero amante de la Mora, que no era sino un moro. Llegaba por la noche, siempre sobre un majestuoso corcel: la Mora le entregaba sus amores y el moro, sus tesoros. Se dice que la especie de huecos que hay a cada lado de la entrada son las marcas de las espuelas del brioso corcel.

Hasta aquí la leyenda que, claro, no se puede comprobar pues nadie ha salido de lo más profundo de la fuente para contarlo. La fuente también es conocida como del Moro o de los Moros. Y de Carreván, pues desde Sieteiglesias se encuentra camino del Eván de Arriba. En los mapas la escriben igualmente como fuente del Alcaraván, que no deja de ser la forma finolis de Carreván

Pozo de la Nieve

Pozo de la Nieve

Cementerios y nieves de Nava

 En la ciudad de Nava del Rey nos esperaban varias sorpresas. La primera, el Pozo de la Nieve… ¡restaurado! Lo habíamos conocido echo una pura ruina, atiborrado de escombros. Ahora bien se aprecia lo que fue, su función, su razón de ser. Un pequeño edificio de anchas paredes de ladrillo macizo que esconde un pozo de ancha boca y no muy profundo. En él se almacenaba la nieve que era usada a lo largo del año por el pueblo. Una pega: que la seguridad prima sobre la visibilidad; una malla metálica impide que te caigas al pozo, pero también impide, prácticamente, que lo veas. ¿Se podría buscar un punto medio?

En el Cementerio Viejo

En el Cementerio Viejo

La segunda, que la puerta del Cementerio Viejo estaba abierta, al igual que la ermita que hay dentro y que guarda al ¡Santo Cristo de Trabancos! Sabíamos de su existencia, pero nunca lo habíamos visto. Se trata de una preciosa talla gótica del año 1.400 que procede del despoblado de Trabancos, situado donde este río se cruza con la carretera de Alaejos. Este cementerio fue trasladado el nuevo y ahora ha sido plantado de olivos. Todo muy poético tras las tapias abiertas por tres arcos de ladrillo cerradas, a su vez, con rejería.

En el cementerio civil

En el Cementerio Civil

Tercera y última sorpresa: el Cementerio Civil, lejos del pueblo, junto a la cuneta de la carretera de Tordesillas. Se trata de un pequeño recinto cerrado con tapias de ladrillo y barro que contiene algunas tumbas, asfixiadas por la maleza. Las que conservan legible los nombres son de inicios del siglo XX. Muy curioso. No recuerdo ningún cementerio así en la provincia, separado del católico. Tal vez se deba a la fuerza de los masones –aquí hubo una importante logia- en aquellos tiempos de Nava de la Libertad.

Y para terminar, fruta del tiempo

Y ya de vuelta, atravesamos de nuevo tesos, colinas, viñedos, pinares… Como no teníamos prisa, paramos a probar uvas, higos, peras, nueces (vienen mal las de este año), almendros y moras. Finalmente, terminamos en el Rincón de Oliegos donde sirven una excelente y helada caña con limón, que levanta a un muerto o, lo que es o mismo, a un ciclista bien rodado, soleado y resecado.

El valle desde Foncastín

El valle desde Foncastín

 

Jornadas sobre la trashumancia

2 octubre, 2016

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Un año más se han celebrado –ayer y hoy- estas Jornadas que organiza la Asociación de Amigos del Museo de las Ferias y del Patrimonio de Medina del Campo.

La verdad es que son unas jornadas nada comunes. Acuden –acudimos- gentes que, de una forma u otra llevamos en el corazón el gusto por lo tradicional: la cultura pastoril en general, la trashumancia en particular, los cantos y romances tradicionales, la artesanía pastoril o derivada del ovino, etc, etc. Digo el gusto pero algunos tienen la suerte de ir más lejos, de manera que realizan trabajos y labores como antaño. Por eso, muchos de los asistentes eran pastores de la comarca o de lugares próximos. Ahí estaba, entre el público, Alejandro, tal vez el único trashumante que nos queda en Valladolid y que todos los años va y viene de Carpio a Boadilla del Monte: ahora los peligros no son tanto de lobos y ríos desbordados, sino de carreteras y conductores que no respetan el derecho milenario del ganado en las cañadas…

Mira que son curiosas algunas...

Mira que son curiosas algunas…

Abrió las jornadas Loli Tejero, de La Zarza. Nos contó -¡en verso!- las andanzas de los pastores, sus familiares, que salían de la Zarza con destino a Extremadura. Hasta se remontó a los tiempos en que se creara la Mesta. Y las cosas en verso se entienden, se retienen y –sobre todo- saben mejor.

Fue una suerte contar con Marta Serrano que nos habló de los Cantos y romances de la trashumancia, centrándose especialmente en la que baja desde León o Soria a Extremadura a través de Zamora, Salamanca, Segovia y Ávila. Sí, es doctora en musicología pero eso fue lo de menos. Lo de más es que nos cantó –acompañada del castañeo de ¡dos cucharas!- unos cuantos romances pastoriles. ¡Cómo los ángeles, Marta!

Merinas en Babia

Merinas en Babia

Laurentino de Cabo, Maestro artesano textil de Val de San Lorenzo (León) nos descubrió los mil y un secretos de la lana. Creo que muchos ignorábamos en qué se diferencia la lana del pelo, cuales son las propiedades de la lana como aislante, que este producto natural es mejor que el textil artificial más sofisticado… Era como un libro abierto, qué digo, mucho mejor que un libro abierto, ya que Laurentino es vida, y conoce la lana como si la hubiera parido, pues lleva toda la vida trabajando con ella. Lo peor de todo es que nos dijo que dentro de pocos años no quedará nadie en España que trabaje artesanalmente la lana, y que vendrán los chinos a vendernos este producto textil…  Pero no será igual, pues la lana de los merinos que se crían en España es, sencillamente, única.

Cuidadores

Cuidadores. Colada de Valdenebro

Finalmente, Antonio Leonardo Platón, nos trajo cosas asombrosas que pudimos ver y tocar: cayados, zurrones, hondas, cantimploras, colodras, cucharas, sellos de pan, agujas, punzones y otros instrumentos, tallados o elaborados por pastores. Suerte maravillosa fue coincidir con él, vamos.

¡Ah! todo esto tuvo lugar en un marco incomparable, una sala del Museo con algunas piezas –una Piedad, un san Juan, una Inmaculada…- que te hacían pensar: ¿pero donde estoy?

Charco Lavaculos, en la Cañada de Extremadura, cerca de Medina

Charco Lavaculos, en la cañada Burgalesa (o de Extremadura) , cerca de Medina

Puede comprenderse fácilmente que terminamos felices y contentos. Pero hubo más, pues Marta desarrolló un taller de canto el sábado por la tarde y Laurentino mostró el funcionamiento de un telar celta de 400 años de antigüedad el domingo por la mañana.

Muchas gracias a Luis y sus Amigos del Museo. Y a los colaboradores. Esto merece la pena.

* * *

Al terminar las charlas algunos nos fuimos a comer al Caño de la Dehesa, en Villaverde, lugar adecuado al momento.

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Torres y lavajos

27 mayo, 2016

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Ha sido este un recorrido en busca de lavajos, aprovechando que, a causa de las lluvias caídas, algunos podían haber revivido. Algunos, efectivamente, sí los encontramos pero, otros muchos, desgraciadamente ya no volverán. Es el caso, por ejemplo de los lavajos del prado Gargabete, en El Campillo: un campillano nos dijo que hace muchos años se secaron y… hasta hoy, lo que pudimos comprobar. A pesar de todo, en algunos lugares se ha plantado cereal donde hubo lagunas, y vimos grandes charcos. En otros, se drenó bien el terreno y no volvieron a llenarse…

Malpréndez

Malpréndez

Y torres. Fuimos por tierras suavemente onduladas, casi llanas, con algún pequeño montículo. Y siempre tuvimos como referencia una o varias torres de iglesias, muchas de ellas altas y puntiagudas, así Villaverde, Nava del Rey, Brahojos… Otras, no tan estilizadas, pero igualmente se dejaban ver bien: Nuevavilla, El Campillo, Velascálvaro. O la referencia era el mismo pueblo sobre un montículo característico, como es el caso de Carpio del Campo. O el castillo de la Mota, punto de convergencia para cañadas, vías de ferrocarril y carretas.

Modelito (que funcionó) para el inicio de la excursión

Modelito (que funcionó) para el inicio de la excursión (foto de Javiloby)

El campo estaba exuberante. De un verde intenso y brillante, con hierba alta hasta en pinares y humedales. De esa capa verde despegaban, de vez en cuando inmensas avutardas. Pero también patos y cigüeñas. La lluvia nos empapó durante las dos primeras horas, pero luego hasta salió el sol de manera que sólo mantuvimos húmedos los pies durante el resto del trayecto.

Cuando salió el sol

Cuando salió el sol (foto de Javiloby)

Al oeste de Nueva Villa, nos encontramos el lavajo de Malpréndez con un poco de agua, entre el camino y un campo de cereal, y con pasto en las orillas. Sin embargo, el lavajo Langosto, hace tiempo que está seco. No pudimos acercarnos al lavajo de Soncierna, pero nos tememos que estará seco, pues se encuentra en el mismo humedal que el Langosto.

Lavajo Zarcero

Lavajo Zarcero

Por el humedal o prado de Paperas llegamos al lavajo Zarcero, en medio de un campo de cultivo y con abundante agua y vegetación acuática.

Aunque no lo parezca, en esta tierra, especialmente árida en verano, brotaba el agua de muchas fuentes. Ahora, sólo vimos campos verdes. Sólo quedan sus nombres: del Sapo, de Sardinera, del Muerto, Lavaculos, del Caballo, de la Mangada…

Lavanderas

Lavanderas

En Nueva Villa visitamos la ermita que hay junto al cementerio, con una bóveda que recuerda las iglesias de Oriente Medio. Después de visitar el prado y lavajo de la Vega, pusimos rumbo al histórico lavajo de Lavanderas, que ha sido recuperado con fondos de la U.E. y por eso, sin llegar a estar lleno, se mantiene con agua. Y con cigüeñuelas, diversas variedades de patos y otras aves. Incluso una liebre levanté en la orilla que fue fotografiada por Javier. ¡Si hubiera sido cazador la liebre estaría ya estaría en la cazuela!

Brahojos desde la fuente Buena

Brahojos desde la fuente Buena

Antes de llegar a Brahojos pasamos por la fuente Buena –que no ha desaparecido como la fuente Mala- y, ya desde el rellano tras la iglesia contemplamos el panorama que se extiende hacia Nava el rey y Medina del Campo.

Más tarde, pudimos comprobar que la laguna del Majadal se había rellenado buena de tierra donde crecía un campo de cebada. Llegamos a hacer unos metros por el estrecho cordel de Extremadura y volvimos hacia El Campillo por el prado del arroyo. Todo de un verde exagerado, pero con los bodones  -algunos muy hondos- secos.

Lavajo de las "Tres Rayas"

Lavajo de las “Tres Rayas”

Cuando estábamos terminando el recorrido tuvimos dos gratas sorpresas en forma de lavajos.  El primero, un precioso lavajo justo en las rayas de los términos de Villaverde, Nueva Villa y El Campillo, junto al arroyo de Valdavila, entre una pradera y un campo de cultivo, con abundantes juncos, ranúnculos y, en el centro, un mechón juncial, todo de un verde insultante. Y con agua, no mucha. El otro, ya en el término de Villaverde, a la derecha del camino y justo en medio de un campo de cebada. Parece que había renacido  para plantar cara al agricultor que, en su superficie, se ha quedado sin producción.

Pinos

Pinos

La llegada a Villaverde se produjo junto al Crucero, con la visión de la enorme y corpulenta iglesia al fondo. Realmente hasta ese momento nos había llamado la atención la altura y esbeltez de la torre. Pero la nave no le va a la zaga. El pueblo celebraba a San Gregorio.

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Por San Marcos, agua en todos los charcos

29 abril, 2016

Despejando

Abril ha sido lluvioso. En la mayoría de nuestras salidas sabíamos que podíamos encontrarnos con algún aguacero de esos que van mojando una larga franja de terreno. Así ocurrió en la última, una tarde en los alrededores de Medina del Campo. Vimos cómo se acercaba no ya una nube descargando, sino el mismo chubasco, de color gris, llenándolo todo de agua.

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Nos mojamos –menos de lo previsto, por lo providencial de un pinarillo puesto en nuestro camino- pero inmediatamente después gozamos de una espectacular salida del sol entre las nubes y aguas que, poco a poco, se iban aclarando; todo esto incluyó un pequeño arco iris. Luego quedó el ambiente entre sombras y luces –los diferentes trozos del paisaje se iban iluminando o ensombreciendo por momentos- y, finalmente, brilló el solo en toda su intensidad -algún borrego intentó taparlo- hasta que cayó la noche. Naturalmente, enseguida nos habíamos secado y entrado en calor.

Todo esto ocurría mientras subíamos a las Lomas del Aire, desde donde se domina el campo de Medina, y -por el oeste- el valle del Zapardiel al bajar hacia Dueñas de Carrión, que cruzamos.

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Aprovechamos también para acercarnos al Caño de la Dehesa, preciosa y original fuente restaurada hace muy poco, que vierte sus aguas a una lagunita, en la ladera llena de chopos del también arroyo de la Dehesa. Al lado hay un pinarillo con mesas para merendar.

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Después, siempre vigilados por la espigada torre de Villaverde, nos acercamos al despoblado de Romaguitardo, a cuyos pies se ha formado un lavajo gracias a las lluvias caídas últimamente. Sólo quedan restos de la iglesia y el montículo donde estuvieron las bodegas. Ni una cosa ni otra faltaban en los pueblos castellanos.

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La vuelta la hicimos en parte por la cañada de Salamanca, que discurre junto a la vía del tren y en parte por la de Extremadura, que tomamos en las Salinas y de la que nos despedimos –en plena anochecida- en el nada romántico charco Lavaculos, que venía muy bien a los rebaños para abrevar… (Por cierto, por San Marcos solían terminar los contratos de arrendamiento de pastos en Extremadura y las merinas volvían hacia los puertos de Burgos y León utilizando estas cañadas. Estarían, como ta,bién nosotros las hemos encontrado, llenas de charcos)  

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