Archive for the ‘Tierra de Medina’ Category

La cuesta Gradera y otras especialidades del sur

3 noviembre, 2018

El pasado jueves, aprovechando la fiesta, hemos dado una amplia vuelta por el sur de la provincia de Valladolid: San Vicente del Palacio, Lomoviejo, Salvador de Zapardiel y Honcalada estaban situados en nuestro trayecto. El día, después del último temporal, se presentó especialmente claro, por lo que pudimos contemplar en lontananza pueblos como Rubí de Bracamonte –con la nave de su iglesia destacándose en la llanura-, Fuente el Sol –de la que sobresalía su castillo-, Muriel, Ataquines, Donvidas, San Esteban, Sinlabajos, incluso se recortaban muy al fondo, al oeste, las torres de Madrigal. Y, por supuesto, al sur se elevaban la Serrota y la sierra de Segovia, esta última nevada.

El puente

El sol lució durante la primera parte del trayecto y se ocultó tras una gasa de nubes que fue en aumento durante la segunda parte. Los camposantos, debido a la fecha, estaban abiertos y concurridos. En los otros campos corrían las liebres perseguidas galgos y galgueros.

Salimos de San Vicente del Palacio en dirección norte, para contemplar una joya de la ingeniería civil: el puente de la antigua calzada de Madrid a Galicia sobre el río Zapardiel. Muchos ojos y mucho puente para un río que ya no lo es. Pero no diremos más, sino que esperaremos a que Durius Aquae nos cuente algo de su historia y construcción en una de sus entradas próximas.

La llanura

Y desde allí cambiamos de rumbo, hacia el sur. Los caminos estaban húmedos –había llovido los días anteriores- pero las charcas, lavajos y humedales no tenían agua. Mucho tiene que caer todavía para que la tierra se recupere del verano pasado. Todo se había pintado de un color entre gris, amarillo y pardo. De hecho, los rebaños de ovejas –por no hablar de aves y pájaros terreros- habían desaparecido, camuflados.

Pasamos junto al lavajo y el torrejón de Serracín y seguimos un estrecho humedal en el que no faltaban lavajos… secos. Ni avutardas. Al llegar a las Navas, cruzamos la carretera de Ataquines para tomar el camino que nos llevaría, casi en línea recta, a Lomoviejo, pasando por otros humedales y lagunas, dejando a la derecha el arroyo de la Tajuña y a la izquierda el alto alomado de Pradillos, con su vértice geodésico. Por encima de nosotros voló, altísimo, un bando de grullas, fácilmente reconocibles por su griterío.

Tierra, avutardas, pivot…

Llegamos a Lomoviejo, que está junto a otro lomo. Nos acercamos a su iglesia, que tiene un precioso pórtico de arcos deprimidos isabelinos; las columnas que lo soportan son de granito -que aquí domina a la caliza- y el suelo está recubierto con antiguas lápidas sepulcrales.

Salimos hacia el este por la colada de las Canalizas. El lavajo del Tío Juan tiene agua, y las ovejas han bebido recientemente. No así el de la Caballera. En el inmenso prado de las Canalizas pastan las vacas, y el camino o cañada da un rodea para cruzar por un vado el seco Zapardiel.

Prado de la Reguera

En la Reguera vemos la fuente del mismo nombre, seca. El prado al menos está verde, apto para rodar por él. Entre nosotros y el Zapardiel, un lomo. En el lomo, un pinar de gigantescos negrales, limpios y luminosos gracias a las lluvias de los últimos días. También pasamos junto a una telera metálica sin ovejas. En el prado de las Gayanas nos ladran los perros, pero tampoco vemos ganado. Al fin, llegamos a otro pueblo sencillo, Salvador de Zapardiel. Su iglesia es similar a la que acabamos de ver en Lomoviejo, mudéjar, pero carece de pórtico. Tras ella, el pozo tradicional abastece ahora de agua corriente a los vecinos. Al fondo vemos Sinlabajos, que perteneciera a Salvador. Ahora es de otra provincia. Todo cambia, aunque no mucho.

La sierra desde la cuesta de los Canteros

Al este se levanta, a unos cinco kilómetros, una auténtica montaña para estas tierras llanas de Medina y Arévalo. Son los altos de la Gradera, del Guindo y de Donvidas que están cien metros por encima de nosotros. Habrá que subir, ¿no? Por Muriel y Salvador hemos pasado más de una vez, pero hasta allí nunca hemos llegado. Pues nada, tomamos la cañada de la Lámpara y nos colamos por la cuesta de los Canteros hasta el alto del Guindo. Todo indica que estamos en un lugar perdido y olvidado, justo en el límite de Valladolid con Ávila. Seguimos por la cresta hasta la cuesta del Caballejo de 870 metros y la cuesta Gradera, por la que bajamos a campo traviesa para tomar senderos y caminos que nos dejarán de nuevo en la llanura. Pero antes echamos la vista atrás para ver mejor las terrazas y gradas de la Gradera, sin duda obra humana para aprovechar mejor estas tierras tan perdidas como difíciles.

Cuesta Gradera

Rodamos por diversos caminos, cruzando cerca de humedales y lavajos secos, con los ataquines al este y las torres de Madrigal al oeste, hasta llegar a Honcalada, que a duras penas mantiene la torre mudéjar de su antigua iglesia. Después, pasamos junto al caserío de San Llorente, cuyos viejos edificios tienen también un inconfundible sabor mudéjar. Por aquí, todo lo humano refleja el aire mudéjar.

Finalmente, cruzamos entre los ataquines para tomar la cañada que aprovecha el trazado de la vieja calzada que nos dejará en San Vicente.

La ruta en wikilok según Durius Aquae.

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Lomas del Zapardiel

20 octubre, 2018

Día de la entrada del temido temporal Leslie en Valladolid. De madrugada, debió llover algo. La AEMET nos metía miedo con una alerta amarilla por vientos. El paseo en bici discurrió sin lluvia y prácticamente sin viento, y mira que desde la bici uno es sensible al viento. Así son las cosas. Otro día no avisarán y nos ahogaremos o nos barrerán vientos huracanados…

Teníamos pensado recorrer la parte baja del valle del Zapardiel. Pero no junto al río, sino por las laderas, para disfrutar de una visión de conjunto del valle, sus tierras, sus cuestas y sus vegas. De manera que salimos desde Tordesillas. En primer lugar cruzamos junto a la Vega, donde el famoso toro recibió el nombre y después pasamos junto al humedal de Valdegalindo, totalmente seco a estas alturas del año. Los juncales esperan que llegue el agua al subsuelo; no parece que este temporal se haya acordado de ellos. Se trata de un arenal con pastos –hay una ganadería de vacuno que los aprovecha- y donde hace milenios hubo un asentamiento prerromano.

Alcornoques

El siguiente paso nos lleva a subir al monte de pinos y alcornoques con mismo nombre, Valdegalindo, que nos ofrece las primeras vistas elevadas sobre el valle del Zapardiel, aquí todavía relativamente estrecho y bajo; y con las estribaciones del páramo de los Torozos como festón de fondo. Un sendero nos conduce entre alcornoques, pinos y encinas hasta bajar a Foncastín, que se despereza entre nubes grises. Porque esa es otra, ni viento ni lluvia, pero el tampoco sol no nos acompañó en momento alguno.

Saltamos el río y nos paramos a almorzar peras limoneras –los árboles cargados nos ofrecen un exquisito fruto maduro- y nueces, que esta temporada no llegan muy sanas. Atravesamos una amplia mancha de pinar contiguo al de la Nava, luego majuelos vendimiados en los que rebuscamos racimos que encontramos bien dulces, hasta cruzar la cañada del Reguilón, que une la fuente Pascua y con el Zapardiel.

Alimento del día

Poco a poco vamos ascendiendo hasta disfrutar de amplias vistas tanto al este como al oeste, pues la loma es alta y estrecha, con asomadas a ambos puntos cardinales. Vemos el amplio y hasta hondo valle del Zapardiel y nos extraña que un río hoy prácticamente seco haya esculpido un valle tan dilatado. Al fondo vemos también la apertura del valle desde Medina, con el cerro del Aire que cede el paso –entre vigilante y altivo- a este aprendiz de río. Más al fondo, los inconfundibles ataquines, con la torre de la iglesia de Ataquines. Y al oeste, el extendido caserío de Nava del Rey presidido por la torre de los santos Juanes (ahora con andamiaje) y con la ermita de la Concepción al fondo.

Bajada a Carrioncillo

El camino nos deja en un majuelo junto a la carretera de Nava a Torrecilla del Valle y, después de probar unos almendrucos, subimos al último otero para, en cómodo descenso de más de 3 kilómetros, plantarnos en la ermita de Carrioncillo. A Dios gracias, la fuente tiene agua si bien queda muy poco para su total destrucción; (ya no queda nada del caserío ni del molino).

Y comenzamos la vuelta, pasando a la orilla derecha del Zapardiel aprovechando el antiguo camino de Valladolid a Béjar. Esta orilla es zona de barrancos, pues caen por la ladera los de Romanero, Jimena y San Isidro. Nosotros iniciamos la subida por el de Jimena y la Casa Macho hasta alcanzar el paramillo de la Cueva. A pesar de estar a menos de 2 kilómetros de las lomas del Aire, aquí no llega.

Dejamos un vertedero de la mancomunidad de Medina y nos adentramos en el pinar de Romanero. A lo largo de la excursión no han faltado rodales de monte, sobre todo de piñonero e incluso alguno de negral, no muy abundante por estas latitudes. Las encinas y carrascas las hay más en linderos, perdidos y entre los propios pinos.

En la Peña

Desde aquí, un camino recto nos lleva hasta Rueda, donde le pueblo celebra la fiesta de la vendimia con una gran paella regada con buen vino: ¡qué pena: acabamos de comer!

De nuevo el sube y baja del que no nos hemos despegado en toda la excursión, esta vez por la cañada de Valladolid, nos acercamos a la Peña, después de haber cruzado otro monte de pino con alguna encina. Visitamos la ermita y luego las aceñas: parece que cada vez que uno las visita hubiera menos aceñas y más arbolado y maleza. La carretera –no hay más opción- nos deja al fin en Tordesillas.

Aquí puedes ver el recorrido.

Las Cavas de Isabel

4 abril, 2018

Ya hemos mencionado de pasada las Cavas, al menos en una entrada anterior. Ahora vamos a hacer el recorrido completo desde Medina del Campo hasta el Adaja (unos 15 km) siguiendo esta zanja que se abrió por iniciativa de Isabel la Católica para traer agua a Medina, a la que tanto amó. Y lo haremos en sentido contrario al que recorrerían las aguas.

Estas aguas, llegaban al Zapardiel por donde ahora vemos el puente del ferrocarril de Zamora: de hecho, muy cerca está la calle Adajuela, nombre popular por el que era conocido el desagüe de la laguna de las Claras, porque esta laguna recogía, a modo de depósito, el agua de la Cava al llegar a la ciudad. Todavía podemos verla, seca, justo donde sale la carretera de Moraleja de las Panaderas, frente al convento de las Claras y no lejos del castillo de la Mota.

Las Lagunillas

Después de recorrer e intentar reconocer todos estos vestigios históricos, cruzamos la autovía de La Coruña siguiendo la carretera de Olmedo, para dirigirnos a un camino que hay en la orilla izquierda del arroyo de la Vega, otro de los nombres por los que es conocida la Cava. Avanzamos por una zona -la Dehesa de Arriba– que ha sido convertida de prado en polígono industrial. ¡Pero todo debería estar más limpio! Es triste comprobar que la Dehesa es, además, una escombrera.

A la altura de Pozal de Gallinas

Conforme rodamos parece que las praderas van ganando terreno. Y las Lagunillas, que así se llama el camino por el que vamos y, por tanto, la zona. Vemos algunas lagunas de escasa profundidad que han renacido gracias a las últimas lluvias. Finalmente la pradera va desapareciendo hasta que sólo queda una estrecha franja junto al arroyo de la Vega. Este arroyo es el emisario de las Lagunillas y, en general, de la Dehesa; seguramente vendría desde Pozal de Gallinas y fue aprovechado para trazar, en parte, la Cava.

Ya estamos en el término de Pozal y, en una suave cuesta, nos paramos junto a un torrejón de ladrillo y calicanto que fue utilizado como comuna anarquista en el siglo XIX. Al cruzar a la altura de esta localidad, a la zanja le crecen hileras de chopos y alguna alameda. Hasta aquí, la zona es también un humedal.

La Cava en el pinar

El paisaje cambia, pues nos introducimos en el pinar para cruzar enseguida la carretera y seguir de cerca la Cava hasta que se divide en dos ramales. Realmente es la revés, se juntan, pues ambas tomaban el agua del Adaja, pero a unos 500 metros de distancia la una de la otra. Tomamos la dirección de la Cava inferior hasta que se hace más profunda para salvar una colina y, sin solución de continuidad, conecta con el Adaja.

Aquí pudo estar el atajo que no llegó a funcionar

Conecta. Es fácil decirlo, pero ¿cómo lo harían en aquella época? Pues resulta que precisamente aquí parece que el Adaja romp un bloque o zona de piedra arenisca o caliza que lo cruzaba. Y tal vez intentando unir lo roto, apoyándose precisamente en los extremos de cada orilla, se conseguiría -con relativa facilidad- una presa que elevaba el agua. Estas aguas conectaban con la Cava a través de una muy profunda zanja y lo más complicado estaba resuelto, pues el agua a partir de aquí caía hacia Medina, que estaba más baja. El paisaje que vemos en estas riberas es original debido precisamente a la piedra, que no abunda en el tajo del Adaja. En todo caso, sabemos que este azud o atajo -como lo llamaban- no llegó a terminarse: la muerte de la Reina motivó el abandono de un proyecto difícil y muy complicado para la época. El alma de Isabel ya no tenía fuerza en este mundo y los hombres, no tan determinados y enérgicos ante la dificultad como ella, lo abandonaron.

El Adaja inmediatamente antes de llegar a la presa en la que se toma agua para Medina y otros pueblos de la comarca

Ahora seguimos 500 m. río arriba para conocer el otro atajo, que llegó a funcionar y, al parecer, condujo agua a Medina durante tres días hasta que se lo llevó la corriente del Adaja precisamente por falta de apoyo. Y, efectivamente, la Cava superior nace en un lugar donde el río es mucho más ancho y sin posibilidad de apoyo en roca.

Encinas en la Cabaña

Hasta aquí las Cavas. Como tenemos previsto volver a Medina siguiendo el curso de la Agudilla, continuamos por la cañada merinera que discurre por la ribera izquierda del Adaja, que cruza por densos e interminables pinares de negrales con piñoneros y alguna encina. Hacemos un parón en la Cabaña, que posee una buena balconada sobre el río y cuenta con excelentes ejemplares de pinos piñoneros y encinas. Al poco, estamos en San Cristóbal Matamozos, que se deja abrazar por la Agudilla. Pero este trayecto es otra historia y la contaremos en la próxima entrada.

Éste es el trazado de la ruta en wikiloc según Durius Aquae

Cuestas, cerrillos y las cavas del pinar

24 marzo, 2018

Otra jornada de agua y airón. De nuevo a rodar por arenas y gravas para evitar esos barros terribles que se pegan a las cubiertas y bloquean las ruedas. ¿Qué tal Pozaldez, Pozal de Gallinas y el pinar de las Cavas? Al final, la lluvia nos respetó.

La primera parte de esta excursión discurre por los cerros o cerrillos que separan la vertiente de los ríos Adaja y Zapardiel, que hasta llegar aquí bajan separados únicamente por una llanura, como luego veremos. Este paramillo eleva las torres de las iglesias de Pozaldez para que puedan divisarse desde media provincia y nosotros también lo aprovechamos para contemplar el paisaje: al oeste el castillo de la Mota y la Tierra de Medina que se extiende entre pinarillos y tierras que no vemos acabar, pues se difuminan en el horizonte. Y al este, el valle del Adaja, más limitado, pues vemos al fondo el telón de los páramos de Portillo y del Cerrato. Y el cielo de hoy, que tiene su aquel, pues amenaza lluvia entre claros añilados, con las revoltosas nubes que no dejan de moverse y cambiar de forma y posición.

Junto al pinar de Aguanverde

El cultivo que más abunda es el de la vid, y ya al salir de Pozaldez vemos los majuelos inundados. No por completo, claro, pero el agua se acumulaba en las zonas más bajas o sin salida, que son abundantes. El color dominante de las tierras es entre blanquecino y amarillento, debido a la abundancia de arena, con diferentes tonalidades, según el tipo de terreno y su humedad.

Seguimos en un sube y baja y nos metemos en el pinar de Aguanverde, que se extiende por una suave ladera que mira hacia el norte. Abundan los pinos de tamaño medio, y también los hay de buen porte. O, por decir mejor, los había: el viento y la tierra húmeda entre sus raíces han hecho caer a unos cuantos. Hacia el extremo oeste descubrimos una tierra rodeada de hileras de almendros, con un pozo o arqueta que tal vez surtía de agua a una huerta.

Viejo almendro

Aquí se produce la aventura del día: me hundo hasta las rodillas en la tierra empapada y, si intento sacar una pierna, profundizo más con la otra. Solución: salir rodando/reptando y en cuanto pude a cuatro patas hasta llegar a tierra firme.

Terminado el pinar, rodamos en dirección sur, por un tierra baldía y nos encontramos con una serie de cuestas o cerrillos de diferentes formas y tamaños: la Coronilla, la Testarada, la Mula, las Américas. El nombre de las primeras hace referencia a su forma, la cuarta ya es más difícil de interpretar: ¿adquirida con dinero traído de América? Estamos muy cerca de Calabazas.

Al fondo, el cerro de las Américas

Y nos vamos al pinar de las Cavas, que está al lado. El mapa pone el nombre con b, pero debería escribirse con v, ello porque cabas hace referencia a cava o zanja, y el pinar se llama así por las zanjas que lo atraviesan. Al parecer, históricamente hubo varios intentos de llevar agua del Adaja hasta Medina del Campo, el primero de ellos se atribuye a la reina Isabel de Castilla que quiso solucionar así el abastecimiento a esa importante ciudad, de manera que se trazó un canal, zanja o cava que tomaba el agua un kilómetro por encima del puente del Negral. Y allí pudimos ver sus trazas. Al parecer, no funcionó bien, y se construyó otra toma aguas abajo, que tampoco debió de ser un éxito. También pudimos ver el trazado.

Cava inferior

Se supone que tanto en un caso como en otro, el agua se elevaba primero mediante una presa y luego mediante algún sistema mecánico, aprovechando que la pendiente de bajada hacia el Zapardiel comenzaba a muy pocos metros del Adaja. Las dos cavas -que luego se unen- ahí siguen. Su anchura es variable: al principio mide la superior más de 50 metros que luego se reducen a unos 20. La profundidad tampoco es uniforme, pero entre el fondo y la parte superior de los caballones en algunos puntos hay hasta 5 m lo cual es muy llamativo pues debió ser mucho más profundo dado que han pasado quinientos años desde su construcción, y el tiempo nivela y enrasa toda obra humana… No es extraño que ingenios tan audaces para la época hayan dado lugar a legendarias explicaciones, como en otro lugar de este blog comentamos.

Cava superior

Sólo vimos el tramo que pasa por el pinar; luego atraviesa los campos de Pozal para entrar en Medina por el actual polígono industrial Escaparate y terminar a los pies de la Mota.

En una próxima excursión daremos cuenta de todo el trazado con más detalles y veremos si quedan restos de las presas, aportando también los datos históricos que encontremos a mano.

No faltó agua

Volvimos por las tierras encharcadas del término de Pozal para embocar Pozaldez por la cuesta del Azurdo, con su pico dominante a la izquierda. El sol se abría paso entre nublados para iluminar las laderas de los cerros sacando sus más vivas tonalidades. ¡Y menos mal que la arena no forma barro, que si no…!

He aquí mapa y trayecto.

Entre La Nava y Bayona

21 diciembre, 2017

En la entrada anterior hablamos de los Evanes, que seguramente fue lo más llamativo de la excursión. Pero hubo mucho más.

Salimos de Nava del Rey, donde la noche anterior se había celebrado la procesión de la Virgen de los Pegotes, lo que se notaba en la calle y en ventanas y balcones. Por eso, cuando visitamos la ermita de la Concepción, la Virgen no estaba en su camerino habitual, sino abajo, en la nave, sobre un pequeño altar. Y un goteo continuo de navarrenses  se acercaba a saludar a su patrona.

Desde el pico Zarcero

También pasamos por el cementerio municipal, de 1889. Como hace poco más de un año habíamos visto el civil, así como el antiguo católico en cuyo recinto se encuentra la ermita del Cristo de Trabancos, teníamos esta curiosidad. De manera que recorrimos el bonito y recto paseo, adornado de hileras de cipreses, que conduce al camposanto desde el lavajo de las Cruces.

En el camino hacia los Evanes atravesamos varias cañadas y pasamos junto al Mirador, que es como un avance del paramillo sobre el valle del Trabancos. Merece la pena hacer una parada para contemplar este hondón, Sieteiglesias y, más al fondo, las agujas de Alaejos y la ermita de la Virgen de la Casita. Hacia el otro lado, la cadena de Torozos. Qué descansada vista la del que –al menos semanalmente y sin subir a la montaña- puede contemplar estos amplios paisajes de un fondo casi infinito…

El día no estuvo muy luminoso

Y después de una descansada cuesta (hacia abajo, claro), llegamos al fondo del valle, que no del río. Por un arenal que hace de lecho seco y recuerda más un desierto que un humedal, entre árboles muertos, y después de atravesar la autovía y el viaducto del AVE, nos presentamos en el Eván de Arriba.

Y dejado el de Abajo, la cañada de Bayona nos condujo de nuevo al cauce del Trabancos, que forma un territorio feraz para el cultivo, donde precisamente cruzamos otra cañada, la de Salamanca. Y así, acompañando al cauce seco y protegidos del viento oeste por el pinar, llegamos a Bayona y a la desembocadura misma del Trabancos. Bueno, lo de desembocadura es una ilusión, pues como la corriente de agua brilla por su ausencia, la unión se hace irreconocible, y todo es un maremágnum de zarzas, ramas, troncos secos y zonas pantanosas sobre lo que se avanza con dificultad.

Entre la vía y la carretera

Este lugar también estuvo muy concurrido allá por la edad media: Bayona era un pueblo no pequeño que ha dejado su nombre en cañadas, pinares y tierras; Pozuelo del Eván se encontraba en la orilla izquierda, entre el Eván de Abajo y Bayona, frente al molino; la Porra estaba entre Bayona y Pollos. Como se ve, la comarca ha ido perdiendo importancia con el paso de los siglos…

Pino en Bayona

Para volver tomamos otra vez, pero en sentido contrario, la cañada de Bayona, que nos condujo hasta el molino de Trabancos, pues hasta molinos movía nuestro imaginario río cuando era real. Río abajo quedan las Peñas de Santa Lucía –otro buen balcón del valle- y río arriba veremos las grandes peñas –alguna desprendida- que dan a la alameda del Conde. En la explanada del cauce, una gran densidad de árboles: algunos vivos, otros moribundos, muertos los más. Triste espectáculo de una belleza que desaparece para no volver. Y es que aquí –donde se levantó Pozuelo del Eván- los pozos que hemos visto, algunos bien profundos, ya no tienen agua.

Así estaba Santa Lucía poco antes de desaparecer por completo

Y seguimos el cauce –de vuelta siempre aguas arriba, claro- por la orilla derecha. Cuando quisimos pasar por el caserío de Santa Lucía del Anís ¡¡¡había desaparecido por completo, caramba, caramba!!! En su lugar, una plantación de arbolitos ¿almendros? Ya veremos. No se sabe qué es mejor, si dejar las ruinas a su aire y que se las coma el tiempo o hacerlas desaparecer para que no estorbe a una plantación. Al menos, lo primero es más romántico…

En la cañada de Salamanca

Ahora, continuamos por un sendero con agradables toboganes que nos sirvió de auténtico mirador para contemplar los prados y alamedas que sobreviven abajo, en el cauce ancho del Trabancos, hasta que llegamos a la altura del Eván de Arriba, en cuya pradera pastaba un rebaño de toros de un color negro reluciente que destacaba  de manera llamativa sobre el no menos reluciente verde.

Sendero del Trabancos

Y desde aquí, por el humedal o arroyo de los Altares, nos fuimos a enlazar con otro curioso sendero-mirador que, a media altura y entre continuos –y ahora ya un poco cansados- toboganes, nos llevó contemplando el valle –que se perdía más allá de Alaejos- y bajo la protección del paramillo de las Aguileras hasta el alto de las Calaveras. Desde aquí, después de recorrer 4 kilómetros tampoco exentos de –esta vez- suaves toboganes, nos presentamos en Nava, donde entramos por el Pico Zarcero, sobre el que se asienta la casa de la Concepción.

Ermita de la Concepción tras un bando de avutardas

Tiempo nos quedó para entrar en la catedral de Nava y admirar los tesoros que contiene.

Los Evanes

16 diciembre, 2017

Nuestro territorio provincial no sólo es paisaje, también es historia y, con mucha frecuencia, lo que vemos son paisajes históricos, como es el caso de los Evanes, de Arriba y de Abajo. Para encontrar su origen hemos de remontarnos nada menos que a la alta edad media, ya que tal vez al inicio eran propiedades de un hispanorromano de nombre Fabianus.

Lo cierto es que la primera cita documental que encontramos es de 1265 en que se nombran Febán de Suso y Febán de Yuso como parroquias medianas, es decir, que los años impares pertenecían a la diócesis de Ávila, en Castilla, y los pares a la de Salamanca, en León, cambiando de obispo el Jueves Santo, y según  Castán Lanaspa  debieron conocer su época de máximo auge en los años de separación y crisis de los reinos de León y Castilla, entre 1157 y 1230. Otros autores se remontan al siglo X, con motivo de las primeras repoblaciones ya que los restos de los castillos recuerdan a los de esa época más antigua.

Restos de la fortaleza vistos desde el exterior

Hoy el Eván de Arriba lo vemos con nostalgia y cierta pena. Toda una larga historia ha tocado a su fin: por delante, hacia el sur, se asoma al río Trabancos, bien muerto, con una densa ribera de chopos y álamos a los que también se los ve muertos o gravemente enfermos. Un caserío alargado en el que se sitúan viviendas, talleres, establos, corrales, almacenes, pajares… en ruina. La fachada, que tuvo una especie de soportal, ha desaparecido tras de una parra y otras  enredaderas. En un extremo descubrimos los restos de un viejo castillo en calicanto, que parece tener forma circular y date posiblemente del siglo X, haciendo de pared de una de las dependencias. Por el interior se aprecian huecos mechinales para apoyo de las vigas.  En el extremo oeste, al otro lado del camino, el típico empedrado de las eras.

Santa Cecilia por fuera

Todo es abandono, olvido, desolación. Frente al alargado caserío, vemos la iglesia o ermita de Santa Cecilia, del siglo XVIII, que sustituyera a otra románica, en ladrillo pintado de blanco y espadaña sin campana y con melena, exenta salvo por lo que pudo ser un establo o dependencia adosada. Dentro, el pequeño retablo de columnas neoclásicas se ha derrumbado sobre el altar, la techumbre ha cedido, el coro aguanta en equilibrio inestable y la pila bautismal ha desaparecido. La pequeña sacristía conserva una mesa de despacho, las andas de la santa olvidadas y caídas, y un pequeño armario empotrado con las letras archivo, donde se supone que el párroco guardaba los documentos relativos a los sacramentos de los feligreses. Y eso es todo. Muy cerca, dos grandes balsas o depósitos circulares llenos de agua denotan que todavía en este lugar al menos hay algún agricultor que riega.

…y por dentro

Un camino que ahora rebota en el firme o infraestructura del AVE nos lleva hasta el otro Eván, el de Abajo, a poco más de dos kilómetros. Pero mientras llegamos pasamos un agradable momento contemplando el amplio valle del Trabancos: tuvo que ser un río de buen caudal, pues de otra forma no se entiende este anchuroso valle de suaves laderas. También nos llamó la atención el buen tamaño de los cantos rodados que aparecen en estas tierras de labor, y que sin duda fueron empujados en otras épocas por una gran corriente de agua. Son una constante en el cauce y sus cercanías.

La pradera

Hasta el momento, el Evan de Abajo se ha librado de la desolación, al menos en parte. El caserío lo vemos digno, remozado, en pie, con sus establos y pajares. Se dedica a la ganadería –excelente vacuno de aspecto bravío pudimos contemplar en los prados- y también es o fue casa rural, según podemos leer en la información que ofrece internet. Pero lo mejor es el amplísimo cauce que aquí formó el Trabancos cuando estaba vivo: con sus crecidas regulares en invierno y primavera, llenaba un prado de unos 400 metros de ancho por casi 2 kilómetros de largo en el que luego, en la época más seca, podían pastar los ganados a sus anchas. Ni qué decir tiene que este régimen despareció cuando el río se esfumó, pero a poco que llueva en  primavera, el prado revive y reverdece.

San Miguel se encuentra bien, pero quiere apoyarse en los restos de fortaleza por si acaso.

Dominando este ancho espacio, sobre una explanada, vemos las ruinas de un torreón en calicanto y también, muy dañados, los restos de la muralla, rodeando una superficie más o menos cuadrangular. Como la del otro Eván, se trata de paredes especialmente fuertes y resistentes, difíciles de eliminar o destruir, muy apropiadas por tanto  para la defensa. Por eso ha llegado hasta hoy. Adosada al torreón –parece apoyarse en él- está la ermita de San Miguel, de ladrillo y tapial reforzado con cemento, que ha sido restaurada hace poco. Incluso pudo tener un foso en el que no faltaría el agua. Castán L. comenta que una imagen de la Inmaculada, en madera policromada de hacia 1560, se encuentra en el caserío: como no había nadie cuandopasamos, no pudimos preguntar.

Detalle con ventanucos (más moderno y más antiguo)

Podemos terminar esta visita al Febán de Yuso acercándonos a la densa alameda del Conde, que ocupa la pradera aguas abajo, justo donde el valle forma una ancha garganta.

Y poco más diremos de los Evanes. Ahí están, el de Arriba en ruinas y el de Abajo dedicado a la ganadería. Repetiremos que el lugar sobre el que se levanta este último no puede ser más interesante y agradable, y hemos hecho la promesa de volver en primavera. Desde luego, si en nuestro austero territorio hay lugares tocados por la magia, sin duda éste es uno de ellos.

En la explanada

Aquí tienes el trayecto -aunque nos hemos movido muy poco-; el resto de la excursión saldrá en una próxima entrada.