Archive for the ‘Tierra de Medina’ Category

De nuevo el Trabancos

7 noviembre, 2017

Un río habitualmente seco tiene especial atractivo: por lo que fue y ya no es, porque es una contradicción en sí mismo, por la imagen tan triste –pero curiosa a la vez- que ofrece, porque nos avisa a los humanos de lo que nos puede ocurrir si vamos en contra de la naturaleza… por tantas cosas, en fin, que nos sugiere cuando a él nos acercamos.

Al poco de salir de Madrigal

De manera que nos fuimos de nuevo a pedalear un poco por el Trabancos, en esta ocasión por lo que podríamos considerar su curso medio: desde el límite de la provincia de Valladolid hasta Cebollas –hoy San Cristóbal- del Trabancos. Curiosamente esta localidad ha ganado en estética nominal, pero ha perdido el agua del río. Es como un símbolo de nuestra época. Sería triste que en este mundo de la imagen prefiriéramos la eufonía de los nombres a la realidad de las cosas. Pero es lo que hay.

Primer contacto

Salimos de Madrigal de las Altas Torres en dirección a la casa de Marazuela, para acceder desde allí al cauce de nuestro río. Antes de llegar cruzamos arroyos con álamos secos o esqueléticos, pinarillos, la cañada real leonesa y vimos también cazadores con galgos y lebreles. Un primer pinchazo nos avisó de que la excursión iba a ser abundante en abrojos. (Otoño + sequía = abrojos fuertes).

Imagen típica del tramo: un árbol muerto junto al río muerto

Los caminos habían cambiado y no llegamos  a la casa de Marazuela, pero sí al Trabancos después de cruzar un hermoso monte de encinas que mostraban las más variadas formas: retorcidas unas, más o menos erectas otras, olivadas o con gran copa. Algunas habían quedado aisladas en los campos de labor. Abajo estaba el lecho seco y arenoso, sin junqueras ni maleza, del río. Unos pocos chopos acompañados de álamos enanos. En la otra ribera, un monte de encinas. En las orillas del río, pozos cegados de antiguas norias. Conforme estábamos contemplando este paisaje tan bello como triste, un rebaño de ovejas avanzaba hacia nosotros pisando el fondo arenoso. La imagen bien podría titularse Paisaje lunar con rebaño.

Dejamos atrás las ruinas de las casas de los Arcos y de los Soportales, pasamos junto a la casa de los Caireles, en cuya trasera el rebaño abrevó, y nos dirigimos hacia el sur. Donde el mapa señala el monte Rabudo, que cuenta con algunas encinas, nos acercamos hasta un camino a muy poca distancia del cauce. Algunos enhiestos chopos nos saludan. Aquí la arena permite que broten unos humildes juncos, incluso alguien cultiva una huerta mínima, sobre el mismo cauce. Y conforme avanzamos, aumentan la grama y las junqueras y, en general, la maleza. Pero sin exagerar. También aparecen los primeros sauces.

A partir de aquí el progreso se nos hace costoso, pues las orillas del río ya no son ralas y duras, sino con abundante maleza y arena; y así va a ser prácticamente hasta San Cristóbal.

Encinas asomadas

Saltamos los restos de un viejo dique en calicanto y llegamos a un vado muy cerca del cual vemos una presa construida a conciencia, en piedra labrada y ladrillo mudéjar. El lugar es agradable, con arbolado y carrizo. Incluso hay un poco de agua estancada en el lecho del río. Por fin cruzamos el tributario arroyo Regamón y ponemos rumbo a Horcajo de las Torres. Un cazador con un par de perdices nos cuenta que, efectivamente, las presas que hemos visto se levantaron para alimentar de energía viejos molinos de los que no queda nada. Ni el nombre. ¡Qué poder el de la sequía!, piensa uno para sus adentros.

Presa

Horcajo es una localidad relativamente grande, con esa típica forma urbana de almendra, figurando en el centro y en alto, la iglesia. Alrededor las calles: unas suben hacia el templo y otras lo rodean. Aquí volvemos a cruzarnos con la cañada real leonesa que toma la dirección de Peñaranda.

Al poco de salir de Horcajo nos encontramos con un impresionante molino que conserva bien sus paredes externas, la balsa, dos bocines y cárcavos con bóvedas de medio punto. Hasta vemos restos de antiguas piedras de moler y el mapa señala su nombre: molino de Sayanes.

Restos de un molino en Rasueros

El cauce del Trabancos se ha estrechado y sigue acompañado de maleza y arbolado abundante, y sólo en algunas zonas quedan al descubierto arenales. Lo seguimos primero de lejos, cruzando una vieja laguna seca que tiene de acompañante una alameda raquítica, hasta que rodamos por un camino paralelo.

Entre el camino y el cauce descubrimos el arca en ladrillo mudéjar, resquebrajada, de la fuente Buena, seca, por supuesto. Pero el paisaje es precioso. Al otro lado del río, en el prado de Abajo, pastan las vacas.

El cauce da una curva para acercarse a Rasueros y vemos los restos de otro molino. No lejos, un palomar en ruina que conserva las trazas de lo que fue una hermosa construcción en ladrillo. Por algo estamos en la tierra del mudéjar. El río y su gran arboleda abrazan la localidad y nosotros subimos rodeando los cimientos de la iglesia, que son los mismos, según dicen, que sirvieron a la primitiva fortaleza que aquí tuvo el legendario conde y juez de Castilla Nuño Rasura, o sus descendientes. Si la fortaleza se hunde en la noche del olvido, hemos de reconocer que al menos la torre de la iglesia es realmente preciosa. Pocas como ella hemos contemplado.

Noria

De aquí nos vamos por la orilla del río –maleza, juncales, chopos- hasta cruzarnos con el camino que une el cementerio –orilla izquierda- con San Cristóbal del Trabancos –montículo de la orilla derecha. Al ir hacia la iglesia de San Cristóbal pasamos por otro cementerio, éste mínimo, viejo y recoleto.

Decidimos descansar un buen rato mientras hablamos con una amable cebollera sentados en un banco bajo el sol –envalentonado- del mediodía.

Mamblas al fondo

E iniciamos la vuelta poniendo rumbo a Mamblas, localidad por la que atraviesa el Zapardiel y que nos llevaba, por tanto, a cambiar de valle. Pero antes de llegar cambiamos una cámara de la bici que se encontraba atravesada –y no es exageración- por decenas de pinchos de abrojos. Después volvimos a rodar más pendientes del paisaje que de las ruedas, contemplando los cauces de dos ríos, Trabancos –al oeste- y Zapardiel –al este- perfectamente señalados por las alamedas o choperas que forman sus cortejos. De telonera, la Serrota.

Lavajo bastante seco

En Mamblas tomamos la calle de Madrigal que nos sacó del pueblo en la dirección adecuada. Pasamos por fuentes y lavajos bien secos y resecos. La tierra no tenía el típico color de la época: o amarillo por los rastrojos o marrón por la propia tierra algo húmeda; su tono era blanquecino debido a la composición arenosa y a la ausencia total de agua desde hace muchos meses.

Este último trayecto fue duro: muchos kilómetros en línea recta viendo la torre de la iglesia de San Nicolás con el viento en contra. Pero al fin llegamos. El sol seguía luciendo, lo que agradecimos como equilibrio al fresco aire del norte. Otro día nos acercaremos al nacimiento (?) de este río sin agua.

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El monte de la Abadesa

1 noviembre, 2017

Entre Villanueva de Duero, Serrada y el santuario de nuestra Señora de la Peña se extiende una superficie en forma de triángulo en la que podemos pasear por montes de encina, pinares, majuelos de la DO Rueda, riberas del Duero y de algunos arroyos, y también por arenales en los que se cultivan fresas, zanahorias, grosellas, berzas y otros productos hortícolas.

Ese triángulo pertenece a cuatro municipios –Villanueva, Serrada, la Seca y Tordesillas- y en este último término se encontraba el monte de la Abadesa, o de las Monjas, o de Terradillos, que por esos tres nombres es o fue conocido.

Vista desde la ladera

Pertenecía al monasterio de Santa Clara, que estuvo gobernado por una abadesa muy poderosa; su jurisdicción se extendía por buena parte de nuestra provincia, y por otras como Zamora, Burgos, Segovia o Soria. Sus facultades incluían la de nombrar alcaldes, como fue el caso de San Miguel del Pino. Incluso Napoleón llegó a nombrarla Abadesa Emperatriz y, por unos momentos, ejerció ese poder, ¡vaya si lo ejerció! [1]

En los viñedos quedan abundantes encinas, señal de que antaño fueron montes

Hoy el de la Abadesa es un monte, en buena parte roturado, y casi todo está cercado para pasto de ganado caballar o vacuno. Pero en sus antiguos límites todavía podemos contemplar algunas encinas de muy buen porte que no se sabe cómo han sido respetadas. Y como en 1409, todavía quedan ejemplares de lo que citaba un documento de Juan II [2]:

…que non sean osados de cortar nin levar lenna, nin çepas nin ballotas, nin otra cosa alguna del dicho monte, nin entrar a paçer las yervas, nin bever las aguas d’el con sus ganados sin liçencia e mandado de las dichas abadesa e dueñas e convento del dicho monesterio

Y respecto de la caza:

…nin entren ninvayan al dicho monte a correr nin tomar nin caçar caça alguna d’el con perros nin con furones, nin con vallestas, nin con rredes, nin con falcones, nin en otra manera alguna.

 

Y en la Poza de los Lobos hubo abundantes chopos

También debió de haber lobos, pues en su toponimia queda la Poza de los Lobos, que es un pliegue que cae desde los majuelos al monte, buen lugar para escondite de alimañas. Nosotros no hemos visto lobos en la poza, pero sí una pareja de corzos y muchos chopos secos a punto de caer definitivamente, además de otros muchos ya caídos, señal de que antaño hubo un pequeño regato o manantial. El mismo monte está atravesado por la colada de las Capellanías, que viene de Ventosa de la Cuesta y a través del vado de la Benita podía conectar con otra vereda hacia Tordesillas.

Tordesillas muy al fondo

Entre este monte y el arroyo que viene de Serrada se extiende, sobre una suave elevación, otro monte de encina y pino surcado por varios caminos. En sus cercanías tenemos viñedo abundante y la fuente de la Miel, reducida a un pozo seco. Ambos montes se encuentran separados por un vallejo que nace precisamente en esa fuentel: en su fondo hay pequeñas arboledas álamos y matas de negrillos, una huerta y, ya al final, una casa de labor arruinada con diversas construcciones auxiliares, alguna en construcción; finalmente da a un gran arenal que lleva al Duero.

Una línea de alta tensión va desde esta zona hasta Tordesillas atravesando el monte. Si nos situamos en la cima de la colina veremos los arenales y el monte de la Abadesa, con la torre de Santa María de Tordesillas dibujada al fondo.

Un monte curioso, donde quiere volver a dominar la encina

También se encuentra atravesado, de este a oeste, por la cañada del Pinar, que cruza el arroyo de Serradaen otro tiempo río Adaja– a la altura de un inmenso encerradero de ganado, la peculiar casa de Pombo. Siguiendo este arroyo que posee choperas, saucedas y algunos frutales, llegaríamos al despoblado de San Martín –que poblado también perteneció a nuestra Abadesa- y luego a las plantaciones de Viveros California. En dirección a Villanueva de Duero se extiende un pinar o monte especialmente arenoso, apto para ser rodado por esforzados ciclistas.

La casa de Pombo

Estos montes –salvo el de Villanueva-  se encuentran apartados de los caminos ordinarios, por lo que hay que proponerse el llegar a ellos. De todas formas, el camino más concurrido del triángulo tal vez sea el que une Villanueva de Duero con la Peña, camino directo hacia Tordesillas entre el Duero y diversas zonas valladas que dificultan la salida hacia el sur. También cuenta con algunos balcones al Duero, muy ancho y tranquilo aquí a causa de la pesquera de San Miguel.

En fin, siempre será apacible dar un paseo por estos montes, viñedos y arenales. Además de dulce por los racimos de uva especialmente mauros que quedan olvidados en esta época  y un poco cansado por los arenales, sobre todo si vamos rodando.

Y un aviso: ahora mismo, mucho ¡ojo al abrojo!

Balcón al Duero


Notas

[1]  Véase Napoleón y la abadesa de Santa Clara de Tordesillas, de Mariano García y García.

[2] Conforme nos cuenta S. Rodríguez Guillén en su tesis doctoral sobre la historia de este monasterio.

Últimos atardeceres de verano

19 septiembre, 2017

El sol cae sobre Alaejos un día a mediados del mes de septiembre. Las torres de Santa María y San Pedro aplanan el caserío para destacar ante el sol poniente, que se cuela entre sus ventanas. Parecen grandes linternas. O tal vez exageradas lámparas votivas a Santa María y a San Pedro. O agujas que recuerdan una dirección olvidada. O que, simplemente, señalan a los caminantes lejanos donde  se encuentra Alaejos. Todo es posible al ponerse el sol en Castilla.

Mientras, las humildes quitameriendas que no conocen la sequía, señalan, junto a la ermita de la Virgen de la Casita, que el verano está a punto de terminar. Que las tardes se acortan. Que ya no merece la pena merendar porque hay que cenar enseguida. Si por aquí hubiera pastores trashumantes –que no los hay- sabrían también que se acerca el cambio de humus, pero los pastores de la cofradía de la Virgen de la Casita no se mueven de aquí.

Tras la ermita, una estrella de seis puntas en piedra arenisca esperará al sol de la amanecida, y todo volverá a recomenzar como si nada.

Por cierto, que el pozo de la Virgen ha sido remozado por completo y a su lado ha aparecido un merendero techado.

La Jornada sobre la trashumancia, un éxito

17 septiembre, 2017

Pues la V Jornada sobre la trashumancia y el comercio de la lana fue –como se esperaba- un éxito. En primer lugar, de asistencia. Entre el público destacaban los ganaderos, que pusieron de manifiesto sus preocupaciones ante las dificultades que tienen para transitar por las cañadas, en muchos tramos reducidas a una anchura que viene a coincidir con la de la carretera que ha aprovechado su trazado. Todos coincidimos en que se trata de un patrimonio que hay que conservar y potenciar, porque es nuestra historia no deberíamos olvidarla, y porque la calidad de la lana, queso o carne es de superior calidad si el ganado trashuma…

El sábado, Javier Cruz Sanchez habló sobre la religiosidad de los pastores. Especialmente agradó al comentar la relación de ermitas y santuarios que se levantan junto a cañadas y descansaderos. También comentó las tradiciones, muy arraigadas en nuestra tierra, relativas a las apariciones de la Virgen a pastores. O las necesidades de protección que tenía el ganado, y cómo se cubrían.

Con Federico Sanz dimos un cómodo paseo –sin movernos de la sala del Museo de las Ferias en Medina- de casi 175 km por la Cañada Real Burgalesa a su paso por la provincia, desde que entra por los páramos del Esgueva hasta que sale por Fresno el Viejo o por Castronuño.

El domingo, Manuel Rojo Guerra nos habló de los primeros trashumantes europeos de los que se tiene noticia, que subían desde el valle del Ebro hasta el Pirineo de Huesca, hasta una cueva ya próxima a la frontera. De eso hace la friolera de unos 6.000 años. Nos pareció interesantísimo, sobre todo porque nos relató detalladamente sus excavaciones en la cueva de Trocs; muchas de las preocupaciones de nuestros actuales pastores son las mismas que las de aquellos.

Finalmente, Julio Romera Gómez, de Lanas Romera, nos habló –con conocimiento de causa- del comercio de la lana, producto último de nuestro ganado ovino, particularmente de las merinas.

Y así transcurrieron las Jornadas. Hay que felicitar a los organizadores. No se sabe cómo, pero se superan cada año. ¡Ah! El domingo hubo caldereta de pastor y, para terminar, concierto de Liara.

El desierto del Trabancos

11 septiembre, 2017

Volví de La Carolina hacia Cantalapiedra por el camino de Mollorido, que tiene algo de aéreo, y no sólo por el viento que arreciaba en contra, sino por las profundas vistas de la llanura que se extiende al sur, donde destacaban las finas torres de las iglesias de Villaflores, Palaciosrrubios y otras localidades salmantinas. Seguramente el mirador más adecuado del camino sea el vértice geodésico de Carranza, justo a mitad de trayecto.

En Cantalapiedra se celebraba mercado medieval y los más pequeños eran felices montando sobre una recua de burros. Desde ahí, cruzando campos y cauces secos de arroyos –el del Prado, por ejemplo- y algún monte –el de Portillo, ya en Ávila-, llegué al cauce del Trabancos.

Tierra y encinas

Parecía un desierto. Una infinita y curvada lengua de arena ocupaba el cauce que en otro tiempo sirviera de lecho para las aguas. Las laderas, igualmente, se encontraban calcinadas con matas polvorientas y resecas. Ruinas de antiguas norias conectadas a lo que fue río. Lo que fuera huerta se ha plantado de cereal, pero al menos este año no hubo cosecha. Restos cegados de molinos. En la ribera, troncos muertos de sauces y álamos. Los caseríos que antaño se agolpaban en las orillas del Trabancos buscando humedad y agua, se suceden reducidos a escombreras. Junto a las riberas, los austeros pinos, y unas pocas encinas, olivadas como para transpirar lo justo, con el tronco y las ramas retorcidas para hacer frente a la sequía, parecían sobrevivir en un paisaje de auténtica desolación…

Casa de los Soportales

¡Y pensar que hasta hace poco más de medio siglo esto era un vergel!: aquí se dejaba oír el murmullo siempre grato del agua, se pescaban peces y cangrejos, se regaban las huertas, abrevaba el ganado, el típico bosque de galería ocultaba y refrescaba las orillas del río; y me vinieron a la mente las imágenes de esos troncos petrificados descubiertos sobre las arenas del Sáhara y de aquellas ciudades enterradas bajo el mismo desierto, testigos de otros tiempos en los que fluía ese agua que llenaba el paisaje de vida, precisamente donde hoy ya nunca llueve y todo está desolado.

La línea del cauce, más blanca, se distingue del resto

Y así escoltamos esta lengua arenosa hasta el despoblado de Escargamaría desde donde finalmente nos dirigimos a Carpio del Campo. Y aquí está el recorrido de esta ruta y de la anterior.

Cerca de Escargamaría

De Carpio a la Guareña por la cañada de Salamanca

6 septiembre, 2017

La provincia de Valladolid se encuentra atravesada por una densa red cañariega. Una de las cañadas que parte de Medina del Campo es la denominada cañada de Salamanca, que toma la dirección suroeste y enfoca, precisamente hacia la ciudad que, según Unamuno, es  académica palanca para contemplar Castilla.

Fue cañada de 90 varas, hoy es cordel, pero no llega a las 45 varas en casi ningún punto del tramo que en esta ocasión hemos recorrido.

Hacia Fresno el Viejo

Tanto Medina como Salamanca constituyeron  dos núcleos importantes para la ganadería, con sus ferias y mercados correspondientes. Esto hizo que nuestra cañada fuera muy concurrida… en otros tiempos. Por aquí circuló el vacuno de las dehesas del Campo Charro. Y, por supuesto, también cruzaron las merinas de las sierras de León y Burgos. De hecho, al menos legalmente, también recibe el nombre de cañada real burgalesa. A efectos  de deslinde y amojonamiento porque, eso sí, se encuentra  perfectamente amojonada en su tramo vallisoletano.

Cauce del Trabancos en Fresno

 

Desde Medina el ferrocarril de Salamanca sigue el trazado de la cañada, ocupando parte de su superficie.  También la carretera de El Campillo le ha pegado un buen mordisco. Por no hablar de los campos colindantes. Pero no hay problema, la cañada es generosa y tiene para todos.

A Carpio del Campo llega desde el histórico lavajo de Lavanderas y cruza por la calle Real para salir hacia Fresno el Viejo, donde la carretera y los campos la han dejado esquilmada. De hecho la cañada es la carretera y sus cunetas, prácticamente. Para estos mojones no hacían falta alforjas. El ferrocarril deja de ir en paralelo a la cañada para atravesarla en diagonal y ésta cruza el arenal que hoy se denomina río Trabancos. Al menos conserva sus fresnedas y alamedas, algo es algo. Y un largo abrevadero para el ganado en la orilla izquierda. Cruza Fresno pasando muy cerca de la joya románica de San Juan y sale a campo abierto, manteniendo su rumbo, para atravesar el arroyo del Lanzón. Seco, claro. Menos mal que al lado hay otro pozo y abrevadero con agua.

Abrevadero

A partir de aquí continúa convertida en una amplia pista de buen firme. En algún momento quiere volver por sus fueros perdidos, pero no le dejan. Hasta los mojones se internan en campos de cultivo para señalar –teóricamente- hasta llega la cañada o cordel. Pero nada más.

Dejamos a la derecha un lavajo seco y señalado por árboles raquíticos; alguien lo ha hecho más profundo buscando agua, pero nada. Los restos de un abrevadero señalan que en otros tiempos sí hubo agua.

Hacia Salamanca

Por lo demás, esta cañada tiende a seguir una línea más o menos recta, va atravesando entre campos de labor y mantiene altura con subidas y bajadas suaves, casi imperceptibles. Campos abajo y cielos arriba. Y poco más; en algún momento sobresale la torre de la iglesia de Torrecilla de la Orden.

Llegamos a la fuente del Pocillo. ¡Qué pena!: seca, destrozada, degradada. Debió ser muy original, con su esbelta contera y un abrevadero doble y largo. Ya se ve que los ganados de aquellos tiempos tenían agua asegurada en este trayecto.

Fuente del Pocillo

Cruzamos la carretera de Torrecilla a Cantalapiedra y al poco seguimos justo por la raya de Fresno y Cantalapiedra, que es la misma que separa Valladolid y Salamanca. A la izquierda hubo un lavajo, hoy un amplio agujero seco y al entrar en la provincia de Salamanca ¡oh, sorpresa!, la cañada pierde el amojonamiento pero recupera su antigua anchura. ¡Curioso! Ya se ve que en unos sitios la han tratado mejor que en otros. A ver si la amojonan también por aquí, no sea que empiece a adelgazar sin remedio…

Tras una suave bajada en una zona de monte de encinas y pinos hemos llegado a nuestro destino: el caserío o finca de La Carolina, junto al menguado río Mazores, que desemboca a poco más de 3 km en el Guareña, a la altura de Olmos.

Los álamos del fondo señalan el río Mazores

Volveremos por Cantalapiedra, localidad por la que no pasa la cañada pero sí el tren, que se desvío de ella. Pero volverá a unirse con ella 7 km antes de llegar al Pedroso de la Armuña, para luego seguir juntos hasta la misma Salamanca.