Archive for the ‘Tierra de Medina’ Category

Las Cavas de Isabel

4 abril, 2018

Ya hemos mencionado de pasada las Cavas, al menos en una entrada anterior. Ahora vamos a hacer el recorrido completo desde Medina del Campo hasta el Adaja (unos 15 km) siguiendo esta zanja que se abrió por iniciativa de Isabel la Católica para traer agua a Medina, a la que tanto amó. Y lo haremos en sentido contrario al que recorrerían las aguas.

Estas aguas, llegaban al Zapardiel por donde ahora vemos el puente del ferrocarril de Zamora: de hecho, muy cerca está la calle Adajuela, nombre popular por el que era conocido el desagüe de la laguna de las Claras, porque esta laguna recogía, a modo de depósito, el agua de la Cava al llegar a la ciudad. Todavía podemos verla, seca, justo donde sale la carretera de Moraleja de las Panaderas, frente al convento de las Claras y no lejos del castillo de la Mota.

Las Lagunillas

Después de recorrer e intentar reconocer todos estos vestigios históricos, cruzamos la autovía de La Coruña siguiendo la carretera de Olmedo, para dirigirnos a un camino que hay en la orilla izquierda del arroyo de la Vega, otro de los nombres por los que es conocida la Cava. Avanzamos por una zona -la Dehesa de Arriba– que ha sido convertida de prado en polígono industrial. ¡Pero todo debería estar más limpio! Es triste comprobar que la Dehesa es, además, una escombrera.

A la altura de Pozal de Gallinas

Conforme rodamos parece que las praderas van ganando terreno. Y las Lagunillas, que así se llama el camino por el que vamos y, por tanto, la zona. Vemos algunas lagunas de escasa profundidad que han renacido gracias a las últimas lluvias. Finalmente la pradera va desapareciendo hasta que sólo queda una estrecha franja junto al arroyo de la Vega. Este arroyo es el emisario de las Lagunillas y, en general, de la Dehesa; seguramente vendría desde Pozal de Gallinas y fue aprovechado para trazar, en parte, la Cava.

Ya estamos en el término de Pozal y, en una suave cuesta, nos paramos junto a un torrejón de ladrillo y calicanto que fue utilizado como comuna anarquista en el siglo XIX. Al cruzar a la altura de esta localidad, a la zanja le crecen hileras de chopos y alguna alameda. Hasta aquí, la zona es también un humedal.

La Cava en el pinar

El paisaje cambia, pues nos introducimos en el pinar para cruzar enseguida la carretera y seguir de cerca la Cava hasta que se divide en dos ramales. Realmente es la revés, se juntan, pues ambas tomaban el agua del Adaja, pero a unos 500 metros de distancia la una de la otra. Tomamos la dirección de la Cava inferior hasta que se hace más profunda para salvar una colina y, sin solución de continuidad, conecta con el Adaja.

Aquí pudo estar el atajo que no llegó a funcionar

Conecta. Es fácil decirlo, pero ¿cómo lo harían en aquella época? Pues resulta que precisamente aquí parece que el Adaja romp un bloque o zona de piedra arenisca o caliza que lo cruzaba. Y tal vez intentando unir lo roto, apoyándose precisamente en los extremos de cada orilla, se conseguiría -con relativa facilidad- una presa que elevaba el agua. Estas aguas conectaban con la Cava a través de una muy profunda zanja y lo más complicado estaba resuelto, pues el agua a partir de aquí caía hacia Medina, que estaba más baja. El paisaje que vemos en estas riberas es original debido precisamente a la piedra, que no abunda en el tajo del Adaja. En todo caso, sabemos que este azud o atajo -como lo llamaban- no llegó a terminarse: la muerte de la Reina motivó el abandono de un proyecto difícil y muy complicado para la época. El alma de Isabel ya no tenía fuerza en este mundo y los hombres, no tan determinados y enérgicos ante la dificultad como ella, lo abandonaron.

El Adaja inmediatamente antes de llegar a la presa en la que se toma agua para Medina y otros pueblos de la comarca

Ahora seguimos 500 m. río arriba para conocer el otro atajo, que llegó a funcionar y, al parecer, condujo agua a Medina durante tres días hasta que se lo llevó la corriente del Adaja precisamente por falta de apoyo. Y, efectivamente, la Cava superior nace en un lugar donde el río es mucho más ancho y sin posibilidad de apoyo en roca.

Encinas en la Cabaña

Hasta aquí las Cavas. Como tenemos previsto volver a Medina siguiendo el curso de la Agudilla, continuamos por la cañada merinera que discurre por la ribera izquierda del Adaja, que cruza por densos e interminables pinares de negrales con piñoneros y alguna encina. Hacemos un parón en la Cabaña, que posee una buena balconada sobre el río y cuenta con excelentes ejemplares de pinos piñoneros y encinas. Al poco, estamos en San Cristóbal Matamozos, que se deja abrazar por la Agudilla. Pero este trayecto es otra historia y la contaremos en la próxima entrada.

Éste es el trazado de la ruta en wikiloc según Durius Aquae

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Cuestas, cerrillos y las cavas del pinar

24 marzo, 2018

Otra jornada de agua y airón. De nuevo a rodar por arenas y gravas para evitar esos barros terribles que se pegan a las cubiertas y bloquean las ruedas. ¿Qué tal Pozaldez, Pozal de Gallinas y el pinar de las Cavas? Al final, la lluvia nos respetó.

La primera parte de esta excursión discurre por los cerros o cerrillos que separan la vertiente de los ríos Adaja y Zapardiel, que hasta llegar aquí bajan separados únicamente por una llanura, como luego veremos. Este paramillo eleva las torres de las iglesias de Pozaldez para que puedan divisarse desde media provincia y nosotros también lo aprovechamos para contemplar el paisaje: al oeste el castillo de la Mota y la Tierra de Medina que se extiende entre pinarillos y tierras que no vemos acabar, pues se difuminan en el horizonte. Y al este, el valle del Adaja, más limitado, pues vemos al fondo el telón de los páramos de Portillo y del Cerrato. Y el cielo de hoy, que tiene su aquel, pues amenaza lluvia entre claros añilados, con las revoltosas nubes que no dejan de moverse y cambiar de forma y posición.

Junto al pinar de Aguanverde

El cultivo que más abunda es el de la vid, y ya al salir de Pozaldez vemos los majuelos inundados. No por completo, claro, pero el agua se acumulaba en las zonas más bajas o sin salida, que son abundantes. El color dominante de las tierras es entre blanquecino y amarillento, debido a la abundancia de arena, con diferentes tonalidades, según el tipo de terreno y su humedad.

Seguimos en un sube y baja y nos metemos en el pinar de Aguanverde, que se extiende por una suave ladera que mira hacia el norte. Abundan los pinos de tamaño medio, y también los hay de buen porte. O, por decir mejor, los había: el viento y la tierra húmeda entre sus raíces han hecho caer a unos cuantos. Hacia el extremo oeste descubrimos una tierra rodeada de hileras de almendros, con un pozo o arqueta que tal vez surtía de agua a una huerta.

Viejo almendro

Aquí se produce la aventura del día: me hundo hasta las rodillas en la tierra empapada y, si intento sacar una pierna, profundizo más con la otra. Solución: salir rodando/reptando y en cuanto pude a cuatro patas hasta llegar a tierra firme.

Terminado el pinar, rodamos en dirección sur, por un tierra baldía y nos encontramos con una serie de cuestas o cerrillos de diferentes formas y tamaños: la Coronilla, la Testarada, la Mula, las Américas. El nombre de las primeras hace referencia a su forma, la cuarta ya es más difícil de interpretar: ¿adquirida con dinero traído de América? Estamos muy cerca de Calabazas.

Al fondo, el cerro de las Américas

Y nos vamos al pinar de las Cavas, que está al lado. El mapa pone el nombre con b, pero debería escribirse con v, ello porque cabas hace referencia a cava o zanja, y el pinar se llama así por las zanjas que lo atraviesan. Al parecer, históricamente hubo varios intentos de llevar agua del Adaja hasta Medina del Campo, el primero de ellos se atribuye a la reina Isabel de Castilla que quiso solucionar así el abastecimiento a esa importante ciudad, de manera que se trazó un canal, zanja o cava que tomaba el agua un kilómetro por encima del puente del Negral. Y allí pudimos ver sus trazas. Al parecer, no funcionó bien, y se construyó otra toma aguas abajo, que tampoco debió de ser un éxito. También pudimos ver el trazado.

Cava inferior

Se supone que tanto en un caso como en otro, el agua se elevaba primero mediante una presa y luego mediante algún sistema mecánico, aprovechando que la pendiente de bajada hacia el Zapardiel comenzaba a muy pocos metros del Adaja. Las dos cavas -que luego se unen- ahí siguen. Su anchura es variable: al principio mide la superior más de 50 metros que luego se reducen a unos 20. La profundidad tampoco es uniforme, pero entre el fondo y la parte superior de los caballones en algunos puntos hay hasta 5 m lo cual es muy llamativo pues debió ser mucho más profundo dado que han pasado quinientos años desde su construcción, y el tiempo nivela y enrasa toda obra humana… No es extraño que ingenios tan audaces para la época hayan dado lugar a legendarias explicaciones, como en otro lugar de este blog comentamos.

Cava superior

Sólo vimos el tramo que pasa por el pinar; luego atraviesa los campos de Pozal para entrar en Medina por el actual polígono industrial Escaparate y terminar a los pies de la Mota.

En una próxima excursión daremos cuenta de todo el trazado con más detalles y veremos si quedan restos de las presas, aportando también los datos históricos que encontremos a mano.

No faltó agua

Volvimos por las tierras encharcadas del término de Pozal para embocar Pozaldez por la cuesta del Azurdo, con su pico dominante a la izquierda. El sol se abría paso entre nublados para iluminar las laderas de los cerros sacando sus más vivas tonalidades. ¡Y menos mal que la arena no forma barro, que si no…!

He aquí mapa y trayecto.

Entre La Nava y Bayona

21 diciembre, 2017

En la entrada anterior hablamos de los Evanes, que seguramente fue lo más llamativo de la excursión. Pero hubo mucho más.

Salimos de Nava del Rey, donde la noche anterior se había celebrado la procesión de la Virgen de los Pegotes, lo que se notaba en la calle y en ventanas y balcones. Por eso, cuando visitamos la ermita de la Concepción, la Virgen no estaba en su camerino habitual, sino abajo, en la nave, sobre un pequeño altar. Y un goteo continuo de navarrenses  se acercaba a saludar a su patrona.

Desde el pico Zarcero

También pasamos por el cementerio municipal, de 1889. Como hace poco más de un año habíamos visto el civil, así como el antiguo católico en cuyo recinto se encuentra la ermita del Cristo de Trabancos, teníamos esta curiosidad. De manera que recorrimos el bonito y recto paseo, adornado de hileras de cipreses, que conduce al camposanto desde el lavajo de las Cruces.

En el camino hacia los Evanes atravesamos varias cañadas y pasamos junto al Mirador, que es como un avance del paramillo sobre el valle del Trabancos. Merece la pena hacer una parada para contemplar este hondón, Sieteiglesias y, más al fondo, las agujas de Alaejos y la ermita de la Virgen de la Casita. Hacia el otro lado, la cadena de Torozos. Qué descansada vista la del que –al menos semanalmente y sin subir a la montaña- puede contemplar estos amplios paisajes de un fondo casi infinito…

El día no estuvo muy luminoso

Y después de una descansada cuesta (hacia abajo, claro), llegamos al fondo del valle, que no del río. Por un arenal que hace de lecho seco y recuerda más un desierto que un humedal, entre árboles muertos, y después de atravesar la autovía y el viaducto del AVE, nos presentamos en el Eván de Arriba.

Y dejado el de Abajo, la cañada de Bayona nos condujo de nuevo al cauce del Trabancos, que forma un territorio feraz para el cultivo, donde precisamente cruzamos otra cañada, la de Salamanca. Y así, acompañando al cauce seco y protegidos del viento oeste por el pinar, llegamos a Bayona y a la desembocadura misma del Trabancos. Bueno, lo de desembocadura es una ilusión, pues como la corriente de agua brilla por su ausencia, la unión se hace irreconocible, y todo es un maremágnum de zarzas, ramas, troncos secos y zonas pantanosas sobre lo que se avanza con dificultad.

Entre la vía y la carretera

Este lugar también estuvo muy concurrido allá por la edad media: Bayona era un pueblo no pequeño que ha dejado su nombre en cañadas, pinares y tierras; Pozuelo del Eván se encontraba en la orilla izquierda, entre el Eván de Abajo y Bayona, frente al molino; la Porra estaba entre Bayona y Pollos. Como se ve, la comarca ha ido perdiendo importancia con el paso de los siglos…

Pino en Bayona

Para volver tomamos otra vez, pero en sentido contrario, la cañada de Bayona, que nos condujo hasta el molino de Trabancos, pues hasta molinos movía nuestro imaginario río cuando era real. Río abajo quedan las Peñas de Santa Lucía –otro buen balcón del valle- y río arriba veremos las grandes peñas –alguna desprendida- que dan a la alameda del Conde. En la explanada del cauce, una gran densidad de árboles: algunos vivos, otros moribundos, muertos los más. Triste espectáculo de una belleza que desaparece para no volver. Y es que aquí –donde se levantó Pozuelo del Eván- los pozos que hemos visto, algunos bien profundos, ya no tienen agua.

Así estaba Santa Lucía poco antes de desaparecer por completo

Y seguimos el cauce –de vuelta siempre aguas arriba, claro- por la orilla derecha. Cuando quisimos pasar por el caserío de Santa Lucía del Anís ¡¡¡había desaparecido por completo, caramba, caramba!!! En su lugar, una plantación de arbolitos ¿almendros? Ya veremos. No se sabe qué es mejor, si dejar las ruinas a su aire y que se las coma el tiempo o hacerlas desaparecer para que no estorbe a una plantación. Al menos, lo primero es más romántico…

En la cañada de Salamanca

Ahora, continuamos por un sendero con agradables toboganes que nos sirvió de auténtico mirador para contemplar los prados y alamedas que sobreviven abajo, en el cauce ancho del Trabancos, hasta que llegamos a la altura del Eván de Arriba, en cuya pradera pastaba un rebaño de toros de un color negro reluciente que destacaba  de manera llamativa sobre el no menos reluciente verde.

Sendero del Trabancos

Y desde aquí, por el humedal o arroyo de los Altares, nos fuimos a enlazar con otro curioso sendero-mirador que, a media altura y entre continuos –y ahora ya un poco cansados- toboganes, nos llevó contemplando el valle –que se perdía más allá de Alaejos- y bajo la protección del paramillo de las Aguileras hasta el alto de las Calaveras. Desde aquí, después de recorrer 4 kilómetros tampoco exentos de –esta vez- suaves toboganes, nos presentamos en Nava, donde entramos por el Pico Zarcero, sobre el que se asienta la casa de la Concepción.

Ermita de la Concepción tras un bando de avutardas

Tiempo nos quedó para entrar en la catedral de Nava y admirar los tesoros que contiene.

Los Evanes

16 diciembre, 2017

Nuestro territorio provincial no sólo es paisaje, también es historia y, con mucha frecuencia, lo que vemos son paisajes históricos, como es el caso de los Evanes, de Arriba y de Abajo. Para encontrar su origen hemos de remontarnos nada menos que a la alta edad media, ya que tal vez al inicio eran propiedades de un hispanorromano de nombre Fabianus.

Lo cierto es que la primera cita documental que encontramos es de 1265 en que se nombran Febán de Suso y Febán de Yuso como parroquias medianas, es decir, que los años impares pertenecían a la diócesis de Ávila, en Castilla, y los pares a la de Salamanca, en León, cambiando de obispo el Jueves Santo, y según  Castán Lanaspa  debieron conocer su época de máximo auge en los años de separación y crisis de los reinos de León y Castilla, entre 1157 y 1230. Otros autores se remontan al siglo X, con motivo de las primeras repoblaciones ya que los restos de los castillos recuerdan a los de esa época más antigua.

Restos de la fortaleza vistos desde el exterior

Hoy el Eván de Arriba lo vemos con nostalgia y cierta pena. Toda una larga historia ha tocado a su fin: por delante, hacia el sur, se asoma al río Trabancos, bien muerto, con una densa ribera de chopos y álamos a los que también se los ve muertos o gravemente enfermos. Un caserío alargado en el que se sitúan viviendas, talleres, establos, corrales, almacenes, pajares… en ruina. La fachada, que tuvo una especie de soportal, ha desaparecido tras de una parra y otras  enredaderas. En un extremo descubrimos los restos de un viejo castillo en calicanto, que parece tener forma circular y date posiblemente del siglo X, haciendo de pared de una de las dependencias. Por el interior se aprecian huecos mechinales para apoyo de las vigas.  En el extremo oeste, al otro lado del camino, el típico empedrado de las eras.

Santa Cecilia por fuera

Todo es abandono, olvido, desolación. Frente al alargado caserío, vemos la iglesia o ermita de Santa Cecilia, del siglo XVIII, que sustituyera a otra románica, en ladrillo pintado de blanco y espadaña sin campana y con melena, exenta salvo por lo que pudo ser un establo o dependencia adosada. Dentro, el pequeño retablo de columnas neoclásicas se ha derrumbado sobre el altar, la techumbre ha cedido, el coro aguanta en equilibrio inestable y la pila bautismal ha desaparecido. La pequeña sacristía conserva una mesa de despacho, las andas de la santa olvidadas y caídas, y un pequeño armario empotrado con las letras archivo, donde se supone que el párroco guardaba los documentos relativos a los sacramentos de los feligreses. Y eso es todo. Muy cerca, dos grandes balsas o depósitos circulares llenos de agua denotan que todavía en este lugar al menos hay algún agricultor que riega.

…y por dentro

Un camino que ahora rebota en el firme o infraestructura del AVE nos lleva hasta el otro Eván, el de Abajo, a poco más de dos kilómetros. Pero mientras llegamos pasamos un agradable momento contemplando el amplio valle del Trabancos: tuvo que ser un río de buen caudal, pues de otra forma no se entiende este anchuroso valle de suaves laderas. También nos llamó la atención el buen tamaño de los cantos rodados que aparecen en estas tierras de labor, y que sin duda fueron empujados en otras épocas por una gran corriente de agua. Son una constante en el cauce y sus cercanías.

La pradera

Hasta el momento, el Evan de Abajo se ha librado de la desolación, al menos en parte. El caserío lo vemos digno, remozado, en pie, con sus establos y pajares. Se dedica a la ganadería –excelente vacuno de aspecto bravío pudimos contemplar en los prados- y también es o fue casa rural, según podemos leer en la información que ofrece internet. Pero lo mejor es el amplísimo cauce que aquí formó el Trabancos cuando estaba vivo: con sus crecidas regulares en invierno y primavera, llenaba un prado de unos 400 metros de ancho por casi 2 kilómetros de largo en el que luego, en la época más seca, podían pastar los ganados a sus anchas. Ni qué decir tiene que este régimen despareció cuando el río se esfumó, pero a poco que llueva en  primavera, el prado revive y reverdece.

San Miguel se encuentra bien, pero quiere apoyarse en los restos de fortaleza por si acaso.

Dominando este ancho espacio, sobre una explanada, vemos las ruinas de un torreón en calicanto y también, muy dañados, los restos de la muralla, rodeando una superficie más o menos cuadrangular. Como la del otro Eván, se trata de paredes especialmente fuertes y resistentes, difíciles de eliminar o destruir, muy apropiadas por tanto  para la defensa. Por eso ha llegado hasta hoy. Adosada al torreón –parece apoyarse en él- está la ermita de San Miguel, de ladrillo y tapial reforzado con cemento, que ha sido restaurada hace poco. Incluso pudo tener un foso en el que no faltaría el agua. Castán L. comenta que una imagen de la Inmaculada, en madera policromada de hacia 1560, se encuentra en el caserío: como no había nadie cuandopasamos, no pudimos preguntar.

Detalle con ventanucos (más moderno y más antiguo)

Podemos terminar esta visita al Febán de Yuso acercándonos a la densa alameda del Conde, que ocupa la pradera aguas abajo, justo donde el valle forma una ancha garganta.

Y poco más diremos de los Evanes. Ahí están, el de Arriba en ruinas y el de Abajo dedicado a la ganadería. Repetiremos que el lugar sobre el que se levanta este último no puede ser más interesante y agradable, y hemos hecho la promesa de volver en primavera. Desde luego, si en nuestro austero territorio hay lugares tocados por la magia, sin duda éste es uno de ellos.

En la explanada

Aquí tienes el trayecto -aunque nos hemos movido muy poco-; el resto de la excursión saldrá en una próxima entrada.

De nuevo el Trabancos

7 noviembre, 2017

Un río habitualmente seco tiene especial atractivo: por lo que fue y ya no es, porque es una contradicción en sí mismo, por la imagen tan triste –pero curiosa a la vez- que ofrece, porque nos avisa a los humanos de lo que nos puede ocurrir si vamos en contra de la naturaleza… por tantas cosas, en fin, que nos sugiere cuando a él nos acercamos.

Al poco de salir de Madrigal

De manera que nos fuimos de nuevo a pedalear un poco por el Trabancos, en esta ocasión por lo que podríamos considerar su curso medio: desde el límite de la provincia de Valladolid hasta Cebollas –hoy San Cristóbal- del Trabancos. Curiosamente esta localidad ha ganado en estética nominal, pero ha perdido el agua del río. Es como un símbolo de nuestra época. Sería triste que en este mundo de la imagen prefiriéramos la eufonía de los nombres a la realidad de las cosas. Pero es lo que hay.

Primer contacto

Salimos de Madrigal de las Altas Torres en dirección a la casa de Marazuela, para acceder desde allí al cauce de nuestro río. Antes de llegar cruzamos arroyos con álamos secos o esqueléticos, pinarillos, la cañada real leonesa y vimos también cazadores con galgos y lebreles. Un primer pinchazo nos avisó de que la excursión iba a ser abundante en abrojos. (Otoño + sequía = abrojos fuertes).

Imagen típica del tramo: un árbol muerto junto al río muerto

Los caminos habían cambiado y no llegamos  a la casa de Marazuela, pero sí al Trabancos después de cruzar un hermoso monte de encinas que mostraban las más variadas formas: retorcidas unas, más o menos erectas otras, olivadas o con gran copa. Algunas habían quedado aisladas en los campos de labor. Abajo estaba el lecho seco y arenoso, sin junqueras ni maleza, del río. Unos pocos chopos acompañados de álamos enanos. En la otra ribera, un monte de encinas. En las orillas del río, pozos cegados de antiguas norias. Conforme estábamos contemplando este paisaje tan bello como triste, un rebaño de ovejas avanzaba hacia nosotros pisando el fondo arenoso. La imagen bien podría titularse Paisaje lunar con rebaño.

Dejamos atrás las ruinas de las casas de los Arcos y de los Soportales, pasamos junto a la casa de los Caireles, en cuya trasera el rebaño abrevó, y nos dirigimos hacia el sur. Donde el mapa señala el monte Rabudo, que cuenta con algunas encinas, nos acercamos hasta un camino a muy poca distancia del cauce. Algunos enhiestos chopos nos saludan. Aquí la arena permite que broten unos humildes juncos, incluso alguien cultiva una huerta mínima, sobre el mismo cauce. Y conforme avanzamos, aumentan la grama y las junqueras y, en general, la maleza. Pero sin exagerar. También aparecen los primeros sauces.

A partir de aquí el progreso se nos hace costoso, pues las orillas del río ya no son ralas y duras, sino con abundante maleza y arena; y así va a ser prácticamente hasta San Cristóbal.

Encinas asomadas

Saltamos los restos de un viejo dique en calicanto y llegamos a un vado muy cerca del cual vemos una presa construida a conciencia, en piedra labrada y ladrillo mudéjar. El lugar es agradable, con arbolado y carrizo. Incluso hay un poco de agua estancada en el lecho del río. Por fin cruzamos el tributario arroyo Regamón y ponemos rumbo a Horcajo de las Torres. Un cazador con un par de perdices nos cuenta que, efectivamente, las presas que hemos visto se levantaron para alimentar de energía viejos molinos de los que no queda nada. Ni el nombre. ¡Qué poder el de la sequía!, piensa uno para sus adentros.

Presa

Horcajo es una localidad relativamente grande, con esa típica forma urbana de almendra, figurando en el centro y en alto, la iglesia. Alrededor las calles: unas suben hacia el templo y otras lo rodean. Aquí volvemos a cruzarnos con la cañada real leonesa que toma la dirección de Peñaranda.

Al poco de salir de Horcajo nos encontramos con un impresionante molino que conserva bien sus paredes externas, la balsa, dos bocines y cárcavos con bóvedas de medio punto. Hasta vemos restos de antiguas piedras de moler y el mapa señala su nombre: molino de Sayanes.

Restos de un molino en Rasueros

El cauce del Trabancos se ha estrechado y sigue acompañado de maleza y arbolado abundante, y sólo en algunas zonas quedan al descubierto arenales. Lo seguimos primero de lejos, cruzando una vieja laguna seca que tiene de acompañante una alameda raquítica, hasta que rodamos por un camino paralelo.

Entre el camino y el cauce descubrimos el arca en ladrillo mudéjar, resquebrajada, de la fuente Buena, seca, por supuesto. Pero el paisaje es precioso. Al otro lado del río, en el prado de Abajo, pastan las vacas.

El cauce da una curva para acercarse a Rasueros y vemos los restos de otro molino. No lejos, un palomar en ruina que conserva las trazas de lo que fue una hermosa construcción en ladrillo. Por algo estamos en la tierra del mudéjar. El río y su gran arboleda abrazan la localidad y nosotros subimos rodeando los cimientos de la iglesia, que son los mismos, según dicen, que sirvieron a la primitiva fortaleza que aquí tuvo el legendario conde y juez de Castilla Nuño Rasura, o sus descendientes. Si la fortaleza se hunde en la noche del olvido, hemos de reconocer que al menos la torre de la iglesia es realmente preciosa. Pocas como ella hemos contemplado.

Noria

De aquí nos vamos por la orilla del río –maleza, juncales, chopos- hasta cruzarnos con el camino que une el cementerio –orilla izquierda- con San Cristóbal del Trabancos –montículo de la orilla derecha. Al ir hacia la iglesia de San Cristóbal pasamos por otro cementerio, éste mínimo, viejo y recoleto.

Decidimos descansar un buen rato mientras hablamos con una amable cebollera sentados en un banco bajo el sol –envalentonado- del mediodía.

Mamblas al fondo

E iniciamos la vuelta poniendo rumbo a Mamblas, localidad por la que atraviesa el Zapardiel y que nos llevaba, por tanto, a cambiar de valle. Pero antes de llegar cambiamos una cámara de la bici que se encontraba atravesada –y no es exageración- por decenas de pinchos de abrojos. Después volvimos a rodar más pendientes del paisaje que de las ruedas, contemplando los cauces de dos ríos, Trabancos –al oeste- y Zapardiel –al este- perfectamente señalados por las alamedas o choperas que forman sus cortejos. De telonera, la Serrota.

Lavajo bastante seco

En Mamblas tomamos la calle de Madrigal que nos sacó del pueblo en la dirección adecuada. Pasamos por fuentes y lavajos bien secos y resecos. La tierra no tenía el típico color de la época: o amarillo por los rastrojos o marrón por la propia tierra algo húmeda; su tono era blanquecino debido a la composición arenosa y a la ausencia total de agua desde hace muchos meses.

Este último trayecto fue duro: muchos kilómetros en línea recta viendo la torre de la iglesia de San Nicolás con el viento en contra. Pero al fin llegamos. El sol seguía luciendo, lo que agradecimos como equilibrio al fresco aire del norte. Otro día nos acercaremos al nacimiento (?) de este río sin agua.

El monte de la Abadesa

1 noviembre, 2017

Entre Villanueva de Duero, Serrada y el santuario de nuestra Señora de la Peña se extiende una superficie en forma de triángulo en la que podemos pasear por montes de encina, pinares, majuelos de la DO Rueda, riberas del Duero y de algunos arroyos, y también por arenales en los que se cultivan fresas, zanahorias, grosellas, berzas y otros productos hortícolas.

Ese triángulo pertenece a cuatro municipios –Villanueva, Serrada, la Seca y Tordesillas- y en este último término se encontraba el monte de la Abadesa, o de las Monjas, o de Terradillos, que por esos tres nombres es o fue conocido.

Vista desde la ladera

Pertenecía al monasterio de Santa Clara, que estuvo gobernado por una abadesa muy poderosa; su jurisdicción se extendía por buena parte de nuestra provincia, y por otras como Zamora, Burgos, Segovia o Soria. Sus facultades incluían la de nombrar alcaldes, como fue el caso de San Miguel del Pino. Incluso Napoleón llegó a nombrarla Abadesa Emperatriz y, por unos momentos, ejerció ese poder, ¡vaya si lo ejerció! [1]

En los viñedos quedan abundantes encinas, señal de que antaño fueron montes

Hoy el de la Abadesa es un monte, en buena parte roturado, y casi todo está cercado para pasto de ganado caballar o vacuno. Pero en sus antiguos límites todavía podemos contemplar algunas encinas de muy buen porte que no se sabe cómo han sido respetadas. Y como en 1409, todavía quedan ejemplares de lo que citaba un documento de Juan II [2]:

…que non sean osados de cortar nin levar lenna, nin çepas nin ballotas, nin otra cosa alguna del dicho monte, nin entrar a paçer las yervas, nin bever las aguas d’el con sus ganados sin liçencia e mandado de las dichas abadesa e dueñas e convento del dicho monesterio

Y respecto de la caza:

…nin entren ninvayan al dicho monte a correr nin tomar nin caçar caça alguna d’el con perros nin con furones, nin con vallestas, nin con rredes, nin con falcones, nin en otra manera alguna.

 

Y en la Poza de los Lobos hubo abundantes chopos

También debió de haber lobos, pues en su toponimia queda la Poza de los Lobos, que es un pliegue que cae desde los majuelos al monte, buen lugar para escondite de alimañas. Nosotros no hemos visto lobos en la poza, pero sí una pareja de corzos y muchos chopos secos a punto de caer definitivamente, además de otros muchos ya caídos, señal de que antaño hubo un pequeño regato o manantial. El mismo monte está atravesado por la colada de las Capellanías, que viene de Ventosa de la Cuesta y a través del vado de la Benita podía conectar con otra vereda hacia Tordesillas.

Tordesillas muy al fondo

Entre este monte y el arroyo que viene de Serrada se extiende, sobre una suave elevación, otro monte de encina y pino surcado por varios caminos. En sus cercanías tenemos viñedo abundante y la fuente de la Miel, reducida a un pozo seco. Ambos montes se encuentran separados por un vallejo que nace precisamente en esa fuentel: en su fondo hay pequeñas arboledas álamos y matas de negrillos, una huerta y, ya al final, una casa de labor arruinada con diversas construcciones auxiliares, alguna en construcción; finalmente da a un gran arenal que lleva al Duero.

Una línea de alta tensión va desde esta zona hasta Tordesillas atravesando el monte. Si nos situamos en la cima de la colina veremos los arenales y el monte de la Abadesa, con la torre de Santa María de Tordesillas dibujada al fondo.

Un monte curioso, donde quiere volver a dominar la encina

También se encuentra atravesado, de este a oeste, por la cañada del Pinar, que cruza el arroyo de Serradaen otro tiempo río Adaja– a la altura de un inmenso encerradero de ganado, la peculiar casa de Pombo. Siguiendo este arroyo que posee choperas, saucedas y algunos frutales, llegaríamos al despoblado de San Martín –que poblado también perteneció a nuestra Abadesa- y luego a las plantaciones de Viveros California. En dirección a Villanueva de Duero se extiende un pinar o monte especialmente arenoso, apto para ser rodado por esforzados ciclistas.

La casa de Pombo

Estos montes –salvo el de Villanueva-  se encuentran apartados de los caminos ordinarios, por lo que hay que proponerse el llegar a ellos. De todas formas, el camino más concurrido del triángulo tal vez sea el que une Villanueva de Duero con la Peña, camino directo hacia Tordesillas entre el Duero y diversas zonas valladas que dificultan la salida hacia el sur. También cuenta con algunos balcones al Duero, muy ancho y tranquilo aquí a causa de la pesquera de San Miguel.

En fin, siempre será apacible dar un paseo por estos montes, viñedos y arenales. Además de dulce por los racimos de uva especialmente mauros que quedan olvidados en esta época  y un poco cansado por los arenales, sobre todo si vamos rodando.

Y un aviso: ahora mismo, mucho ¡ojo al abrojo!

Balcón al Duero


Notas

[1]  Véase Napoleón y la abadesa de Santa Clara de Tordesillas, de Mariano García y García.

[2] Conforme nos cuenta S. Rodríguez Guillén en su tesis doctoral sobre la historia de este monasterio.