Archive for the ‘Tierra de Pinares’ Category

Pinar

19 marzo, 2020


Típica imagen del pinar de Antequera a finales de invierno, con hierba suave y verde, como recién nacida. Da la impresión de que debió hacer bueno aquel día de San José de 2011, hace ya 9 años. Se trata de un camino agradable, no tan ancho y arenoso como el de la cañada real; en este caso parece que está invitando a rodar, a pasear por él entre pinos bajos y acogedores y la hierba. Y entre sombra y sol. Aunque en nuestros pinares siempre acechan abrojos escondidos…

Adiós a Jiménez Lozano

9 marzo, 2020

Pero de repente se paró y, luego, volvió sobre sus pasos, porque se dio cuenta de que había pasado por los almendros silvestres que estaban floreciendo, sin mirarlos. Y llegó junto a ellos, y estuvo allí mirando su blancura, y arrancó una flor para ver más de cerca el color rosa que parecía una herida. Pocos años habían estado tan cuajados de flores como éste los almendros…

Valga esta cita para decir adiós a este castellano que se nos ha ido hoy, cuando todavía florecen los almendros en los páramos y valles y hay gente para contemplarlos, aunque en un primer momento pasemos sin darnos cuenta.

En otra cita del mismo libro (El cogedor de acianos) escribe sobre un pocero al terminar de mondar un pozo de noria:

Pero la sacaban [el agua] otras tres o cuatro veces hasta que el señor Juan el pocero pedía un vaso, cogía con él un poco de agua y decía:

-Como Dios y como la vida eterna.

-¿Por qué? -le preguntaban.

-Porque es así.

Ahora, José, ya sabes todos los porqués.

 

Y vuelta a La Parrilla

4 febrero, 2020

Viene de la entrada anterior.

Con el día lluvioso y laderas de yeso, para volver había que elegir un buen camino, y el de Tudela tiene la ventaja de estar empedrado desde la salida de Camporredondo hasta lo alto del páramo. Luego ya no hace falta, pues la piedra caliza se encuentra en el mismo ras del suelo.

A un lado y a otro de la subida se alinean las entradas –de piedra y ladrillo- a bodegas, alguna con su tejadillo que podría proteger de una lluvia más fuerte. Pasamos junto a la fuente de Carramambre, hoy moderna captación de agua. Cuenta con un abrevadero moderno que responde al esquema de antiguo, ya en desuso, conservado más arriba, junto a la primitiva arca.

En el páramo de Camporredondo

En llegando al páramo nos recibe un almendro desnudo, que muestra al aire todas las ramas de una hermosa estructura. Ya arriba hay más almendros, abundante piedra caliza y tierras de labor, como una plataforma limpia a modo de antesala del pinar. Al este vemos Montemayor de Pililla.

Barco de Valdalar

Avanzamos hacia el norte. Da gusto rodar sobre suelo duro: una ligera capa de tierra se asienta sobre la caliza. Pero todo se acaba y después de recorrer por estos caminos, cruzamos la cañada leonsea y ¡zas! se abre ante nosotros un pinar de arena y dunas en el que nos tenemos que bajar, con frecuencia, de la bici. Ha cambiado por completo la manera de avanzar. Llegamos a una charca rodeada de cañizo que no conocíamos, a pesar de estar junto a la pista que une Fuente Minguez con Montemayor. Después, ya por esta pista, rodamos sin esfuerzo hasta La Parrilla.

El Raso al atardecer

Como la tarde aun estaba viva, quedaba tiempo para rodar -o pasear- un poco más, de manera que pusimos rumbo al pinar de Ontorio, pasando junto al humilladero, atravesando el barco de Valdalar, cuyo arroyo llevaba agua abundante. Bordeamos el pinar hasta asomarnos al raso de Portillo -Aldeamayor en medio- por el barco de Santinos y paramillo de San Zoilo. Esto lo hicimos caminando, pues el sendero se pierde en tierras de labor y se recupera en los montes. El sol se estaba poniendo y la torre de la iglesia de San Martín se recortaba entre los destellos luminosos que cruzaban la neblina.

Pino en Ontorio

A la vuelta, ya a media luz, nos embarramos de pegajosa greda en la bajada hacia los colmenares. Como el arroyo llevaba agua pudimos limpiar un poco la bici. La Parrilla ya se había recogido en paz.

San Francisco de La Parrilla y una vieja cañada

28 enero, 2020

Estamos en La Parrilla. La puerta de la ermita de San Francisco de San Miguel está abierta, como invitándonos a traspasarla. Dentro saludamos al presidente de la cofradía del Santo y a una señora que lo acompaña; están en tareas de limpieza porque dentro de poco comenzará la novena de preparación de la fiesta que es el 5 de febrero, aniversario del martirio –en 1597, en Japón- de este hijo del pueblo.

Llama la atención por su limpieza y buena conservación. José María, que así se llama el presidente, nos explica la vida del Santo sobre dos precioso grabados que se encuentran a la izquierda del altar y en la sacristía. En ellos podemos apreciar una escena dantesca si no fuera por el verdadero arte que, con su belleza, lo dulcifica todo, hasta lo más terrible. Vemos 26 cruces con sus crucificados –uno de ellos nuestro san Francisco- atravesados o a punto de serlo por lanzas, sobre una colina. En el retablo, san Francisco en esa forma, otra obra de arte sencilla y popular. Llama la atención la movilidad de este parrillano en aquella época: después de recorrer muchos conventos en España, misionó en México y Filipinas para acabar muriendo en Nagasaki. Eso sin contar que fue embajador de España en Japón y consiguió del emperador que no invadiera las Filipinas. Mucho le debemos a este parrillano santo y sabio.

Nuestro santo es el señalado bajo una x, el “sol” es sólo reflejo del cristal

Vista la ermita, nos fuimos por la cañada de Montemayor a tomar la cañada leonesa, que coincide con la carretera de Tudela a Montemayor. Por aquí llegaban los ganados merinos después de pasar por Cabezón, Renedo, Tudela. A La Parrilla no se acercaban, sino que seguían por la cañada –que trazado se aprovechó para la carretera- y al llegar al pinar de las Navas torcían hacia el sur, siguiendo el camino de Camporredondo. Como era pinar, se podían extender, ensanchando el rebaño, sin mayores problemas. Unas veces hemos sido siguiendo la pista y otras –como esta- rodamos cerca de la raya de Montemayor por un camino que se asienta sobre la piedra del páramo. Al otro lado de la raya, nos mira desafiante un ganado que parece bravo.

En la cañada abundan los negrales

Entramos en el término de Portillo y giramos hacia el oeste; ahora estamos en el pinar de las Arenas. Aquí descubrimos, una vez más, que todas las cañadas discurren por un límite, y que la que hoy seguimos no es una excepción. Parece que se hicieron para delimitar municipios, montes, tierras, lomas… Pues bien, ésta leonesa avanza por el límite de las arenas y las peñas. Nuestro páramo se encuentra recubierto de arena traída por el viento del sur. Pero no está recubierto en todas partes. En Camporredondo, por ejemplo, las laderas del norte están limpias de arena, mientras que por las del sur es imposible rodar y aun caminar. Al avanzar por nuestra cañada vemos que una duna se extiende, paralela a la vía pecuaria, por el norte. A la vez, hacia el sur estamos acompañados de un espacio amplio sin pinos, sin hierba y casi sin musgo. El suelo no posee ni arena ni casi tierra, sino que aflora la piedra caliza por todas partes. Los pocos pinos que intentan crecer no lo consiguen, están raquíticos, y alguien ha plantado arizónicas.

Difícilmente crece algo sobre un suelo de piedra

O sea que vamos por la divisoria de la peña con la arena. No podía ser de otra manera. ¿Por qué? Seguramente de buscó a propósito para librarse de los terribles arenales, complicados también para el avance del ganado. Si desde La Parrilla se traza una linea recta hacia Santiago o Megeces -hacia donde van los merinos- resulta que tendrían que atravesar un arenal de terribles dunas. Entonces, más vale dar un rodeo por terreno firme.

Finalmente, la cañada cae hacia el arroyo Mesegar y cruzarlo, para enarenarse hasta límites insospechados en el pinar de los Hoyos y seguir hacia Cogeces de Íscar. Nosotros hemos pasado antes por el pico Yeseras para contemplar el amplio valle, Santiago del Arroyo y, de frente, el Riscal. También hemos visto cómo en esta época lluviosa las lagunas del Toro quieren volver por sus fueros perdidos y se producen encharcamientos cercanos, en el Prado.

Santiago del Arroyo al fondo

Visitamos lo que queda –más bien poco y ruinoso- de las antiguas yeseras al tiempo que a las ruedas se pega esta materia blanquecina. Nos salva la carretera, que nos lleva hasta Camporredondo.

Y aquí lo dejamos para seguir en la próxima entrada, con el trayecto completo a vuestra disposición.

Pinares, riscos y arenales

22 enero, 2020

Un día más, hemos huido de la niebla espesa pucelana para rodar por los páramos del sureste, partidos por los arroyos del Henar -que va al Cega- y Valcorba -al Duero-, en los que se alternan pinares y tierras cultivadas. Claro que también abundan las dunas en muchos puntos, lo que dificulta la rodada y cabrea al ciclista impaciente.

Tras de nosotros, la niebla

Salimos de Camporredondo, patria chica de nuestro querido Gaude –nos dejó un 19 de enero hace ya dos años- que nos enseñó los secretos del resinero y, por tanto, de los pinos negrales. Al fondo permanecía la niebla gris de Valladolid. Rodamos por la linde del pinar de las Arenas hasta conectar, junto a un chozo perfectamente conservado, con la cañada que une San Miguel del Arroyo y Montemayor de Pililla. El sol iba fundiendo el hielo de algunos charcos y los cristales acumulados sobre hierbas y ramas.

En Montemayor

Desde Montemayor continuamos en dirección este para atravesar pinares y caer al arroyo Valcorva poco antes de Aldealbar. No lo teníamos previsto pero como nos llamaron las Peñas Altas con su blancura y verticalidad desde el páramo de la orilla derecha, a ellas subimos. Bien es cierto que las burras se resistieron y tuvimos que tirar fuerte de sus ronzales. Arriba salieron volando, del segundo escalón de las Peñas, los buitres de un peuqeño bando. Y allí nos quedamos un buen rato, sentados, disfrutando del paisaje soleado del Valcorba.

Vado en el Valcorba

Después de mantenernos poco más de un kilómetro en el páramo, volvimos a bajar por un delicioso sendero entre riscos. Una pequeña subida más y llegamos a las fuentes de Torrescárcela donde pudimos descansar tranquilamente después de curiosear por su entorno, un entorno plagado de arroyuelos, manantiales, balsas, huertos y arbolado. En suma, un pequeño vergel, ideal para el verano.

Todavía en Torrescárcela pero ya en el páramo, nos llamó la atención el espléndido Vía crucis que todavía permanece en pie, desafiando a los tiempos modernos; señal de que es apreciado por los vecinos. Que siga así por muchos años o siglos más: la piedra necesita de poco mantenimiento, sólo de cariño, para que nadie la tire o derrumbe. Después, el camino del Henar nos llevó, por pinares, a este santuario mariano. Las fuentes del arroyo estaban secas; habíamos leído en la prensa que los carmelitas del monasterio lo van a dejar… Los monasterios se despueblan y los manantiales se secan, ¡así estamos! A la vez, los mares se llenan de plástico, ¡no sé qué queremos!

Vía crucis

Ya solo nos quedaba tomar el cauce del arroyo y seguirlo hacia abajo. Primero bordeamos Viloria, luego dejamos en la ribera izquierda lo que fue una enorme fábrica de harinas. Más tarde nos presentamos en las ruinas de Casarejos; al lado han preparado un larguísimo abrevadero. Después, otra vieja calera que llegó a ser explotada industrialmente, más tarde lo que queda de la ermita del Espíritu Santo… El valle también se adorna de alamedas y choperas, algunos cantiles, praderíos, y pinarillos que caen desde el cerrral; la antigua carretera de Segovia casi ni se nota, pues lleva poco tráfico.

La niebla nos esperaba en Santiago

Y, al fin, nos presentamos en San Miguel del Arroyo. Aquí tomamos una buena decisión que ejecutamos mal. Decidimos volver en directo a Camporredondo desafiando a la arena y subiendo al páramo. Y sí, subimos al páramo y nos empantanamos en la arena. Pero por un error de cálculo, acabamos en Santiago, perdiendo todo lo ganado a tan caro precio. Pero siempre es agradable rodar en compañía de grandes negrales y robles mediodeshojados. Además, al bajar a Santiago nos engulló la niebla que nos acompañó hasta Camporredondo. Como habíamos tenido mucha suerte durante la excursión, al final tuvimos de padecer. Pero solo un poco.

Niebla en los valles, sol en los páramos

6 enero, 2020

Estos días muchos hemos recordado el dicho aquel de mañanitas de niebla, tardes de paseo que refleja el típico tiempo de niebla; sin embargo, la niebla en nuestra comarca tiene también un reflejo espacial que se podría enunciar más o menos así: cuando los valles nublados, los páramos soleados. Toda la pereza que da salir a rodar con niebla desaparece si piensas que puedes salir por el páramo cercano. Y aquí tenemos para elegir: Torozos, La Parrila, Cerrato.

Esta vez nos fuimos a La Parrilla en coche. Nada más subir la cuesta, el sol brillaba con fuerza y calor, a pesar de estar metidos en el crudo invierno.

Ya sobre la bici, unos campos estaban luciendo un blanco espectacular, otros lo habían lucido pero el sol se lo había arrebatado y otros, en fin, no habían tenido esa suerte, porque la niebla nocturna por estos lares es así de caprichosa. Pero el día estaba luminoso como pocos. Igualmente, los charcos, en su mayoría, brillaban con sus carrancas.

Cruzamos por montes de La Parrilla y Montemayor, circundando las grandes fincas que hay valladas entre ambos municipios. La primera parte, después de salir de los pinares contiguos a la localidad siguiendo la vieja cañada leonesa, nos llevó por la linde de estos términos municipales, señalada ahora por una valla metálica y antaño por un muro bajo de piedra que aprovechaba también el tronco de los robles y que se encuentra medio caído.

Encontramos desbordado el charco del Hoyo de la Casa, aunque lo había estado más. La mitad de la superficie estaba helada y la otra mitad líquida. Pero sobre todo estaba guapo en medio del naciente campo de cereal, rodeado a su vez de monte alto.

Antes de asomarnos a Traspinedo, dimos la vuelta para tomar el camino del Hoyo Hondo, ya en el término de Montemayor, cuya silueta se dibujaba al sur. Aquí se mezclan encinas y pinos hasta que éstos acaban por dominar.

Cruzada la carretera, nos metimos por el pinar de las Navas, donde viven negrales sobre arenales. Muchos de estos pinos se adornan con muérdago colgante, tal que fueran esqueléticas señoras con pulseras y collares de los felices veinte. Pero no hay que preocuparse, los caminos no tienen arena, sino un firme excelente. No obstante, al llegar a La Parrilla nos dimos una vuelta por la cuesta de los Moros para sufrir un poquitín con la arena.

A la vuelta, en Valladolid se estaba levantando, perezosa, la niebla. Aquí dejamos el recorrido.