Archive for the ‘Torozos’ Category

Montes Torozos desde San Cebrián

5 febrero, 2017

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Tratamos esta vez de un nuevo paseo por las llanuras, valles y montes de Torozos. El punto de partida lo situamos en San Cebrián de Mazote, para tomar el viejo camino de las Celadas que nos lleva, en suave subida, por campos recién sembrados que aprovechan trozos de ladera y pequeñas terrazas, hasta el raso de la paramera. Ya al final del ascenso contemplamos hacia el oeste la silueta del castillo y de la ermita de Mota del Marqués, y las diversas mamblas y cabezos en los que se deshace este páramo que empezaba muy fuerte allá por Palencia.

Ya arriba pasamos junto a pequeñas manchas de monte y campos de labor separados por hileras de carrascas. Abunda la piedra caliza y, por tanto, los majanos que se han ido formando a lo largo de los siglos con el objetivo de preparar una tierra de labor más mullida y propicia.

Encina

Encina

Nos introducimos en el monte San Manuel, que esta cercado para el ganado pero con las entradas bien abiertas, pues ahora no hay ganado pastando. Sus encinas y robles son de pequeño porte; los caminos y antiguos viñedos están señalados por hileras de almendros. Al fin salimos por un espacio sin puerta que da al norte y nuestra ruta acaba conectando con la carretera de San Cebrián a Urueña, que cruzamos. Otro camino recto, de casi 5 km nos lleva entre montes de encina y pimpollos, tierras de labor, algunas encinas corpulentas y también algunos almendros desnudos –estamos en pleno invierno- hasta que nos desviamos a la izquierda para acabar, después de cruzar una carretera, en la casa del Monte de Urueña donde algunos cazadores almuerzan.

El cuartel

El cuartel

Después de rodar por un sendero que desaparece poco a poco comido por el arcabuco, y que incluso nos amenaza a nosotros mismos, tomamos el arroyo de la Ermita aguas arriba. Se trata de un precioso valle anchuroso y recogido del viento –el día de la excursión se agradecía especialmente- con alamedas y fuentes, y laderas en las que sobresale la piedra caliza. Pero la dicha nunca es completa y -¡oh, sorpresa!- nos encontramos con que la parte final está cerrada con alambrada debido a que se trata de un cuartel intensivo de caza. Pues nada, a rodear hacia el norte hasta alcanzar un camino en el páramo. Pensábamos acercarnos a la fuente de la ermita y recorrer la cabecera del valle, pero ya no es posible.

Camino en el monte

Camino en el monte

De manera que empezamos a volver, esta vez por el camino de Villagarcía a la Granja, que –por los bogales- parece una calzada romana a la que no se le ha enrasado el firme. El monte no está guapo este invierno, pues refleja en el suelo la ausencia de lluvias y todo él está de un color apagado y triste, predominando el amarillo pajizo y el pardo. Pasamos junto a algunos robles y encinas de buen porte, no demasiados, la verdad, hasta que llegamos a Valcuevo. Cuesta abajo bastante inclinada y nos plantamos junto al río Hornija.

Cruzamos junto al edificio y cercado de la Granja, que ya conocemos de otras excursiones. A su lado, otros cazadores almuerzan. -¿Qué tal se ha dado la mañana?, preguntamos. –Hemos cazado lo que ves, contestan (O sea, nada, pues no vemos nada). Menos mal que los cazadores, con almorzar caliente y bien, se contentan. (A nosotros nos pasa lo mismo, conste).

El establo derruído

El establo derruído

Subimos desde a Granja al páramo para rodar a continuación junto al canto. Descubrimos un establo en ruinas y, de telón de fondo, un ejército de molinillos. Están funcionando, como queriendo rebajar la factura de la luz (¡ja!)en un momento que está por las nubes. Y ponemos rumbo hacia San Cebrián por un camino acompañado de hileras de acacias calcinadas. El raso es perfecto hasta que comenzamos la bajada a la ermita de Santa Marta. Luego, nos dejamos caer hasta el Hornija donde nos topamos con un palomar en venta y llegamos a San Cebrián.

Majano

Majano

Antes de dar por terminada la excursión nos acercamos hasta un molino a 500 m, aguas arriba junto al Bajoz: es una ruina y el cárcavo un basurero, o sea, una pena. Menos mal que en La Espina hemos visto tres viejos molinos limpios y consolidados.

Aquí tenéis el recorrido, de unos 40 km.

Alrededores de Torrelobatón

28 enero, 2017

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Torrelobatón. Un castillo de estampa limpia y clara, un castillo que, sin embargo, no se recorta en la luminosidad del cielo –como tantos otros- sino las cuestas del páramo. Un castillo que se yergue en medio del valle del Hornija; un castillo que ha visto la única victoria guerrera de los Comuneros de Castilla.

Además, Torrelobatón responde a la estampa típica de un pueblo levantado en piedra, en piedra caliza del páramo que lo rodea. Ahí están, presidiendo la Plaza, el Rollo y el Arco.  Y en Torre –que así lo llaman los propios torreños- borbota en múltiples puntos el agua del páramo. Al llegar nos recibe una fuente acogedora. En la Plaza hay otra (conectada ya a la red municipal). Más arriba, el Caño Nuevo y la Alberca Vieja. Y siempre algún detalle, alguna pequeña sorpresa.  Junto al Caño, la casa donde nació el padre Hoyos con una ventana que conecta con un curioso desagüe sobre una piedra vertical. Junto a la Alberca, otra casa cuyo ventanuco, en lo más alto, posee una encantadora cubierta… En fin, así es Torre.

Vista de Torre

Vista de Torre

Ya conocemos muchos de sus alrededores. Esta vez subimos dejando Grimata a la derecha para enseguida bajar por la izquierda. Pero antes hemos aprovechado para contemplar la localidad. Y también , San Pelayo, Torrecilla de la Torre y Barruelo del Valle; detrás, Villasexmir. Y las laderas de los páramos circundantes.

De nuevo subimos, esta vez por la colada de la Palomera, que ha sido recientemente ensanchada. Cuando el páramo se nos arrima, vemos que se ha respetado –hasta cierto punto- la fuente del mismo nombre. De una pequeña y rústica arca sale un tubo de plástico rojo por el que discurre el agua… Menos es nada.

En la subida a Grimata

Al inicio de la subida a Grimata

Rodamos ya por el ras del páramo pero por poco tiempo, pues nos encaramamos, campo a través, a una cresta blanca entre el arroyo Valmoro y el de Barzaladilla. Curioso lugar de yeso y caliza que avanza hacia el valle. El paraje es para estar un buen rato, y lo estamos.

Seguimos, ahora por el valle, para volver a subir al páramo y descender enseguida. El objetivo era localizar la fuente de Nuncarejo. Y, ciertamente, no sé si la llegamos a localizar, pues la que hemos descubierto parece otra distinta, ya que se encuentra a 500 m de donde señala el mapa la de Nuncarejo. Sea como fuere, llegamos a campo traviesa hasta una sencilla fuente, construida con lajas por las que se escurre el agua del manantial que forma el arroyo de Hurrera. El lugar es precioso, pues gracias a este arroyo puede vivir una larga hilera de álamos que alegran en este valle desarbolado y destacan desde lejos.

Vista de la "Mambra" desde la "Cresta Blanca"

Vista de la “Mambra” desde la “Cresta Blanca”

Bajamos a San Salvador, pasamos junto a la iglesia, que deja ver en la pared de su ábside, al exterior, un vano cubierto con arco y columnas románicas. Pasamos el Hornija por el vado: la bici se moja pero nosotros nos mantenemos secos gracias a los poyos o mojones dispuestos en fila para facilitar el cruce, pues se distancian lo que un paso humano.

Palomar en San Salvador

Palomar en San Salvador

Y ahora, a rodar por la vereda de la Virgen de Nuestra Señora del Villar hacia Torre. Nos saludan las ruinas del palomar del Francés, si bien hemos dejado otras en San Salvador. Claro que lo mejor es la contemplación de este valle abierto y –ahora- especialmente luminoso, pues el sol entra por su boca, al oeste y resalta las amplias y tendidas cuestas que caen del páramo, los buenos pastos y las tierras amorosas y llanas del lecho del valle. Muy de vez en cuando, un arbolito rompe la monotonía y le da un toque distinto al paisaje.

En el valle del Hornija cerca de San Salvador

En el valle del Hornija cerca de San Salvador

Nada más superar Villasexmir, que se encuentra en la otra ribera, tomamos una vereda en dirección a Torrecilla de la Torre. A la izquierda, las Portillas encendidas por la luz del sol poniente y a la derecha el castillo de Torre a la sombra de una nube perdida, pero con un fondo de cuestas iluminadas.

Entrevemos, sin llegar a entrar, Torrecilla medio velada por una chopera. Por un camino que sube y baja, llegamos a la ermita del Santo Cristo, ya en las puertas de Torre. Cruzamos el Hornija a la vez que el sol se oculta tras el horizonte.

Torrecilla de la Torre

Torrecilla de la Torre

De Valladolid a Meneses de Campos

19 enero, 2017

7-enro-059En esta excursión atravesamos el páramo de los Torozos desde Valladolid a Meneses, pasando por Villanubla. El día estaba fresco, pues la noche anterior habíamos llegado a los seis grados bajo cero. Pero hacía sol y se rodaba bien. Al principio, sin viento –como si aún estuviera helando- y luego se fue levantando un viento de noreste que nos dificultaba –un poco- el avance.

Vallejo desde el firme del Tren

Vallejo desde el firme del Tren

De Zaratán a Villanubla rodamos por el firme del Tren Burra que, cualquier ciclista un poco experimentado conoce, se trata de una subida larga pero muy suave. A la derecha nos acompañaban los cantiles de caliza y yeso y a la izquierda, un vallejo con campos de labor. La ladera por la que discurre la pista está adornada con abundantes robles y alguna encina. El último tramo del camino sobre el firme del Tren, ya en el páramo, lo están arreglando y ensanchando.

En Villanubla bordeamos la pista del aeropuerto y nos acercamos a saludar a unos amigos en sus tierras de La Cigüeña. ¡Al abrigaño hacía un tiempo excelente! Daban ganas de quedarse, pero seguimos por el raso perfectamente horizontal y sus sendas largas, rectas, infinitas…

Navabuena

Navabuena

Cruzada la carretera de Villalba tomamos un peculiar camino señalado por inmensos robles, justo en la raya entre Navabuena (Valladolid) y los Montes Torozos (Medina de Rioseco) que nos llevó hasta el pozo donde nace uno de los ramales del Hornija. Poco antes, en Villanubla, nos habíamos acercado al chortal –seco- donde borbota el Hontanija, junto a un palomar arruinado.

Ahora siguiendo la linde entre Villalba y Valdenebro nos acercamos al monte de Las liebres, y lo bordeamos sin casi introducirnos en él. Un poco más y pasamos junto a las ruinas de la ermita de la Quintamilla, junto a una buena alameda que señala las fuentes del Anguijón.

Las Liebres

Las Liebres

El siguiente paso fue asomarnos a la balconada de Valdején, desde donde divisamos la infinita Tierra de Campos; y, en particular, el vallejo del arroyo del Caballo, el Moclín y sus terraplenes, Palacios, la torre de Belmonte… y Meneses, nuestra meta. Así que, contemplado todo, nos dejamos caer hasta Palacios. Luego, a rodar en contra del viento hasta Meneses, donde nos esperaban los hermanos Arroyo en su típica casa terracampina para reponer fuerzas (y luego volver descansadamente en vehículo motorizado). Total, unos 52 km; aquí tenéis el recorrido.

Y Tierra de Campos

Y Tierra de Campos

 

Mosquila

10 diciembre, 2016

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Mosquila es el nombre de un pago entre Simancas y Geria junto al Pisuerga. Pero también es un lugar mágico e histórico, de esos que tanto abundaron en nuestra provincia y que ahora están a punto de caer en la noche del olvido. Cuando las generaciones posteriores lo recuperen para traerlo a su memoria ya no será lo mismo…

¿Qué vemos hoy en Mosquila? Lo primero –que pronto se perderá salvo que los simanquinos lo remedien- es una vieja fuente, la fuente de los Tres Caños o de Mosquila. Curiosamente, se encuentra en la misma orilla del río Pisuerga. Ahora fluye sólo a unos centímetros por encima del nivel del río, lo cual quiere decir que cuando el nivel de las aguas es el normal o un poco superior, el pie de la fuente queda sumergido. Antes, evidentemente no fue así, pues la fuente es muy antigua y unos trescientos metros aguas abajo hay una represa que ha elevado dos o tres  metros el nivel del río a su paso por la fuente.

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La fuente hace 10 años. Las escaleras hoy se encuentran ocultas

Como nadie se ocupa ya de mantenerla -¿dónde andarán sus fontaneros?- los caños no fluyen, y el agua se escapa por debajo para engrosar seguidamente el caudal del Pisuerga. Además, el arca, construida en resistente ladrillo macizo, está ligeramente inclinada en sentido contrario a la caída del agua por los caños. Se observa, también cubierto por el barro, el pilón de piedra que recogía el agua. El espacio en el que se encuentra debió de estar especialmente cuidado y todavía conserva parte de su atractivo: se accede a él por unas escaleras semienterradas en la cuesta desde el lado opuesto a la fuente, pero a la izquierda del arca también hay otras escaleras, ahora ocultas por la maleza.

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Otro aspecto de la fuente y su entorno (hace 10 años). Por donde vemos la pared de la derecha -con drenaje- debía venir el arroyo del Prado

Es posible que este espacio difiera del de hace unos años: la fuente está muy arremetida en un esquinazo; tal vez el arroyo del Prado pasaba por delante para desembocar aquí y, al comenzar a despoblarse Mosquila, se niveló el terreno para su cultivo y se le desvió. Las escaleras citadas ayudarían a pasar de un lado a otro del arroyo justo en el lugar donde también hay unas lajas a modo de puentecillo…  En cualquier caso, ahora vemos un murete de mampostería con sistema de drenaje que contrarresta la presión del campo que hay por encima. Pero como los tractores de hoy son poderosos, me parece que la suerte está echada y cualquier día o año de estos nos encontraremos con la fuente enterrada para siempre. Y una fuente menos. Una obra de arquitectura popular más que cae en el olvido…

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El Pisuerga al pasar por Mosquila un día de niebla

Pero Mosquila, en otro tiempo, estuvo habitado. Vemos los cimientos en piedra de una casa, y las paredes de barro de otra construcción en el perdido, entre las tierras de cultivo y el camino que viene desde Simancas y que se dirige a Villamarciel. En estas casas, reducidas hoy a piedras y barro, nació, hace 67 años un buen amigo con el que he compartido agradables tardes de pesca en estas orillas del Pisuerga. Al año de su nacimiento, su familia se trasladó a Simancas, donde vive, y las casas de Mosquila quedaron totalmente vacías.

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Bajando hacia la fuente desde el camino

El paraje en su conjunto no puede ser más agradable: el río suaviza el clima extremo de nuestros veranos y facilita el crecimiento de alamedas y choperas. Desde el camino podemos contemplar un buen panorama del Pisuerga, en dirección al este: una ancha lengua de agua protegida de árboles de gran porte. Y a menos de un kilómetro aguas abajo disfrutamos de la confluencia de este río con el Duero. Hacia las Ventas de Geria, el terreno está salpicado de casas, huertas, majuelos y almendreras.

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Al otro lado del camino

El poblamiento viene de muy lejos, de la prehistoria nada menos. Unos metros más arriba, en la terraza contigua atravesada por el arroyo del Prado, se han encontrado restos de la Edad del Bronce y romanos. Pero el descubrimiento más importante ha sido una necrópolis datada entre los siglos IX y XI, lo cual quiere decir que fue uno de los primero lugares repoblados con motivo de la Reconquista, tal vez precisamente porque se trataba de una antigua localidad perfectamente conocida.

Y es que estos lugares también son de leyenda: el pago limítrofe se llama El salto del pellejero, que recuerda la historia de una zagala de Pesqueruela y un pellejero extremeño. Podéis leerla aquí.

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Restos de las casas de Mosquila

En fin, que por estos lares todo pasa y nada queda. Al menos, poco va a quedar de la fuente de los Tres Caños de Mosquila dentro de poco. A no ser que hagamos algo. Después de todo y de varios años…  ¿acaso no se han arreglado Los Zumacales y sus accesos?

Para llegar: por el camino de Simancas a Villamarciel, en el punto en que vemos restos de construcciones –primero en barro, luego piedras calizas- se abre ligeramente el camino a la izquierda por ahí debemos bajar hasta la ribera, atravesando por un sendero (con frecuencia virtual) un picón de tierras de labor.

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Agua de la fuente al Pisuerga y ¿antigua desembocadura del arroyo del Prado?

Torremormojón

12 octubre, 2016

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Partiendo de Villalba de los Alcores, en el páramo de los Torozos, bajaremos hasta Tierra de Campos para luego regresar subiendo y bajando cerros y portillos. O sea, esta excursión recorre los límites entre Campos y Torozos.

Tomamos el camino que parte del pozo de Villalba siguiendo el arroyo de Matallana. Todo está seco y amarillo, por eso se agradecen de manera especial algunas alamedas que este arroyo posee. Luego, el camino desaparece y nos dedicamos a subir y bajar colinas hasta llegar al vértice geodésico de Atalayas, desde donde se divisa perspectiva del castillo de Montealegre, de Ampudia con su torre de la iglesia y su castillo, y de Tierra de Campos. También vemos cómo nuestra próxima meta –la Mella- se mete en Campos.

Montealegre

Montealegre

Bajamos un poco y nos encaramamos a la Mella del Garañón donde, además del panorama, contemplamos los juegos de los elementos con el páramo. Aunque ya la conocíamos, no deja de ser curioso cómo la calizas de la cima se van deshaciendo o cayendo dejando a su vez cárcavas blanquecinas de yeso y más debajo de arena marrón.

Po caminos solitarios en los que pastan rebaños de oveja sin pastor ni perro y luego a campo traviesa, pasamos junto a la fuente Rosa. ¡Da gusto ver fuentes cuidadas frente a tantas otras cegadas y olvidadas! El camino nos lleva luego por el cementerio, que tiene una portada de ladrillo trabajado y una cerca con simpáticos ventanucos casi a ras del suelo.

Cárcavas

Cárcavas

Los pueblos de Palencia por los que hemos atravesado estaban todos muy limpios; como si sus habitantes estuvieran contentos de vivir en el pueblo y no en la ciudad. En Villerías descubrimos cómo utilizar las cubiertas usadas de los coches: debidamente tratadas y pintadas pueden servir para construir el Pozo de los Deseos o bien para colocar un automóvil de uso infantil en plena calle. Además, todo esto lo vigila y protege un fuerte Dragón. Además de la fuente Rosa, Villerías posee el tradicional bebedero y otra fuente con sus paredes bien adornadas. Y mantiene dos negrillos junto a la portada de la iglesia. Bueno, todo como para quedarse a vivir allí.

Pero nos fuimos en dirección a norte por el camino de Castromocho. Claramente, ya no se utiliza este camino: después de cruzar junto a la Nava, en los Cirios, desapareció. Menos mal que el suelo de la rastrojera estaba duro y así pudimos continuar manteniendo la dirección y con la torre de Castromocho –y la de Boada, y la línea de álamos del Canal- al fondo. Al llegar al cruce del camino de Boada y Torremormojón, nos dirigimos hacia esta localidad. Nos desviamos hacia la charca de la Costana Verde, que no tenía ya agua. El resto de lagunas y pozos señalados en los mapas no los encontramos, no deben existir.

Moral solitario en Tierra de Campos

Moral solitario en Tierra de Campos

Hacía tiempo que no pasábamos por Torremormojón y, la verdad, nos sorprendió. ¡Qué iglesia tan inmensa y preciosa, con torre románica y entradas góticas! Entre sus edificaciones civiles había desde palacios de piedra y ladrillo macizo hasta humildes casas de barro. Palomares de los tipos más variados. Y un moral con sus frutos maduros y sabrosos.

Torremormojón desde el Monte Mojón

Torremormojón desde el Monte Mojón

También subimos al Monte Mojón, que se ve desde toda la Tierra de Campos y es un excelente mirador sobre esta misma comarca. ¡Qué inmensa llanura, y que dominio tan enorme podían vigilar desde aquí sus antiguos castellanos! En el pico más alto vimos el castillo, que conserva parte de sus pasadizos, torres y bóvedas en buena piedra de sillería; si bien no sabemos por cuanto tiempo. Se eleva por encima del ras del páramo cercano, lo que indica que la piedra de este cerro resistió los embates que acabaron con la paramera en esta zona. Pero el agua y el viento siguen trabajando y pudimos contemplar los cantiles y cárcavas de mil formas diferentes que aquí siguen esculpiendo.

Aspecto del castillo de Torremormojón

Aspecto del castillo de Torremormojón

Entre los molinos de viento pasamos al valle del arroyo del Salón por el Portillo –otra subidita de nada- y nos dejamos caer en Ampudia. La iglesia estaba abierta y pudimos contemplar, entre otras muchas, dos maravillas: el mecanismo del antiguo reloj que, desde la torre, daba las horas al pueblo –sus pesas eran tres enormes y llamativas piedras calizas- y una representación, mediante figuras propias de una Nacimiento y paisajes, de la Pasión de Nuestro Señor. Nos lo enseñó su propio autor, el señor Benito. ¡Muchas gracias de nuevo!

Nos paramos también a beber agua, comer moras y contemplar algunas bodegas de noble aspecto. Desde lejos, saludamos al castillo que ya habíamos visitado en otra ocasión.

En Valoria del Alcor

En Valoria del Alcor

Por la carretera –sólo 2 km- nos acercamos a Valoria del Alcor, únicamente por contemplar el exterior de San Fructuoso, sus calles y sus casas típicas.

Y por la cañada real leonesa nos plantamos, ya con el sol de frente, en Villalba de los Alcores, donde la gente es especialmente acogedora, pues si estaba el bar cerrado, unos vecinos nos ofrecieron cerveza.

Aquí, el mapa del recorrido.

De vuelta

De vuelta

De vértigo

29 septiembre, 2016

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Todas las excursiones son distintas. Aunque pases por el mismo sitio que has atravesado en otras ocasiones, siempre variará la época del año, la luz, los colores, los aromas del campo, o el ánimo del ciclista… de tal forma que es muy verdadero aquello de que nadie se baña dos veces en el mismo río, ni cruza dos veces por el mismo campo.

De manera que esta vez también hubo descubrimientos a pesar de que la zona era bastante conocida.

Salimos desde la ermita de Cubillas. Unas llamativas e inmensas tinas de barro se encuentran apartadas en un campo; se nota que estamos en tierras de vino, y su elaboración también forma parte del paisaje. En el valle que forma el arroyo del Prado siguen pastando caballos, si bien las praderías están ya secas y extenuadas por el largo verano. Al cruzar el Portillejo nos metemos en la provincia de Palencia, y pasamos entre el lejano Pisuerga y la torre del telégrafo, que sigue en pie; dejamos la Sobrepeña y la Cuesta Redonda al norte para entrar en Dueñas por la curiosa Cerca.

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El trayecto se suaviza ahora gracias al perfil llano del Canal y al frescor del agua y de los chopos. A pesar de que el Canal lo conocemos bien, nunca nos habíamos acercado a la fuente del Tío Bruno, a cien metros de la esclusa 37: acompañada por matas de negrillo, expulsa un generoso chorro de agua. Después, por la sirga derecha, pasamos junto a pequeños cerros que protegen el páramo y llegamos al Soto de Albúrez, con su esclusa triple –la primera ovalada y las otras dos cuadradas- y su centralita eléctrica. La tarde estaba preciosa y el verdor de los alrededores del Canal contrastaba con la aridez de los campos cercanos.

El ancho valle del arroyo Vallejuelos pretende romper el páramo pero no lo consigue. La cañada real leonesa baja a este valle y vuelve a subir por una cuesta empinadísima que nosotros también subimos hacia el norte con la bici de la mano. Hasta las antenas –desde las que se ve ya Palencia- seguimos por la cañada y luego nos introducimos en el arcabuco del monte El Viejo, hasta que finalmente nos asomamos al valle de San Juan.

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Y aquí está la principal novedad de esta excursión. Tomamos un sendero verdaderamente aéreo en muchos tramos, de auténtico vértigo, con curvas continuas y cerradas que bordean una caída cortada a pico sobre el fondo del valle. De vez en cuando, la gravilla te  hace derrapar y las ramas de las encinas te dan en la cara. Pero el paisaje es hondo –demasiado- y único. No es nada normal encontrar un sendero aéreo en estas tierras llanas. Una vez más, ha merecido la pena venir a rodar por estos andurriales. Caminos, campos sembrados de pacas, arroyos, tractores trabajando, encinas y otros árboles aparecen aquí a vista de pájaro. Si esta orilla está cortada a pico como hemos dicho, la otra cae durante casi tres kilómetros desde el ras del páramo y nos muestra bien a las claras cuanto posee…

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Después, nos dejamos caer por Valdenegrillos hasta Dueñas sin tocar pedal, pues son ¡5 km de bajada!

Ya sólo nos queda tomar la pista de Quintanilla de Trigueros al tiempo que, mientras se pone el sol, cruzamos el arroyo Valdeazadas, que viene del monte de Dueñas. Al llegar a los corrales de Rascaviejas nos salimos de la pista para entrar en Cubillas por las Fuentes.

Aquí, el mapa del recorrido.

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