Carrecastro

Ya dimos hace tiempo un paseo por Carrecastro, ese cerro que se desprende del páramo de los Torozos a uno dos kilómetros de Tordesillas, dejando a Velilla atrapada entre las dos alturas. Pero, desde entonces, ha cambiado su fisonomía pues le han nacido cuatro molinos en su superficie. Si el paisaje del páramo cambia cuando lo siembran de molinos, imagínate el de una superficie de menos de un kilómetro cuadrado con cuatro de esos gigantes… Ya no será nunca el mismo. El viejo cerro de Carrescastro es otra cosa, producto de ese curioso progreso que cierra nucleares y térmicas, aumenta hasta límites insospechados el precio de la luz y deja inmensas cagadonas con aspas por toda nuestra geografía. Y me temo que nos vamos a tener que acostumbrar, pues se han aliado políticos, ecologistas y grandes empresas contra el resto, o sea, contra el ciudadano medio.

Bajo los pinos, desde Villavieja

Bueno, también lo pasan mal las aves, que no tienen ninguna culpa. En este paseo vi cómo un milano rojo cruzaba –jugándose el cuello- entre dos aspas en movimiento.

Villavieja

Recorrí el sendero que, a modo de corona, discurre por el bocacerral. También ha cambiado algo, pues en la zona sur, donde es un verdadero sendero por su estrechez, se ha tornado intransitable debido al crecimiento de las ramas de los pinos. En el resto, siendo más ancho, está cubierto de abundante hierba verde, supongo que será debido a la estación. En uno de los pasos me topé con tres tímidos corzos. En la ladera sus pude ver una cueva abierta entre yesos y calizas. También hemos perdido algo de vistas por el crecimiento de los pinos carrasqueños; a pesar de todo sigue siendo un excelente mirador de Tordesillas, el  valle del Duero –al fondo, el perfil de Serrada y alguna torre de Rueda-  y la llanura toresana.

Matilla al fondo

Me acerqué a Velilla y a Villavieja –hay buenos caminos- para seguir observando los cerros y páramos en los que muere Torozos. Todo está verde, con el cereal empezando a crecer y con  algunos pinarillos especialmente relucientes por el viento, el sol y el agua caída. Aunque estamos en invierno, parecía haber llegado la primavera pues se cumplía al pie de la letra aquella poesía de Machado:

Lluvia y sol. Ya se oscurece
el campo, ya se ilumina;
allí un cerro desparece,
allá surge una colina

Hacia el norte. Lo primero que destaca son los «huertos solares»

Carrecastro sigue guardando –bien enterrado, eso sí- el castro que le dio nombre…  Ya no pasa la cañada leonesa por su falda este, ni la colada de Toro por la  norte, aunque ahora sus vargas están cubiertas de pinos. Sigue siendo la avanzadilla del páramo que quiere asomarse al Duero…  y, desde hace algo más de un año es, además, una plataforma que arrebata a los vientos su energía. A este paso,  ¿cómo se verá cuando pasen unos pocos siglos?

Robles en Corcos

Pues sí, seguimos faldeando el páramo de los Torozos, buscando robles y encinas, tanto aislados como formando pequeños bosquetes.

Esta vez hemos partido de Corcos. Subimos al páramo por el oeste, por el camino de la Nevilla y volvimos a bajar a Corcos por la Baldesa. Mereció la pena este breve recorrido inicial de 5 km, sobre todo porque nos acercamos a algunas manchas de monte y pudimos contemplar el pueblo desde arriba, con la torre de la iglesia que sobresale y la hilera de bodegas recostadas en la ladera del páramo, preparadas para recoger todo el sol poniente.

Luego, tras dejar de nuevo el pueblo –esta vez por el viejo cementerio- fuimos ascendiendo poco a poco por el antiguo trazado de la cañada real leonesa hasta desviarnos por el camino de Pedraza de Campos. Después de cruzar un monte mixto de encina y robles, pudimos asistir, conforme avanzábamos, a un desfile de modelos de quejigos: grandes y medianos, alguno con hojas verdes, alguno casi desnudo, la mayoría con hojas entre el amarillo pajizo y el dorado, unos con ramas tortuosas, otros con ramas elevándose casi rectas hacia el cielo… Y al fondo, el ejército de molinos de Torozos, en su territorio, en Ampudia.

El firme de los caminos era el adecuado para nuestras bicis. Un poco mojado, alguno empedrado, alguno con hierba suave, la mayoría con tierra dura.

Después de avanzar menos de un kilómetro por la carretera de Ampudia, no introdujimos entre tierras de labor por linderos de matas de roble y encina en los que se avanzaba regular hasta que, al fin, salimos a un camino de servicio de los molinos. Curioso paisaje: grandes robles, pero ciclópeos molinos que los hacían pequeños.

Cruzamos la vereda de la raya de Ampudia y Corcos con rumbo al caserío de la Barranca, dejando atrás ruinas de corrales y pozos ganaderos. Una vez más –y a pesar de los molinos- los campos horizontales nos ofrecían un hermoso panorama; el cielo también se había aliado con ellos para reafirmar ese equilibrio natural, hermosos y sencillo a la vez.

Cuesta abajo, por el ancho camino de Villalba de los Alcores nos presentamos de nuevo en Corcos. Recorrimos casi 25 km; he aquí el trayecto seguido.

La cabra tira al monte

No sé si es la cabra de dos cuernos y dos ruedas o la que todo ciclista todo terreno lleva dentro, el caso es que hemos vuelto al monte, a los montes Torozos, escenario de la última excursión. El escenario –como siempre ocurre- había cambiado, pues  después de un periodo de sequía, en el intervalo había llovido en abundancia y nevado un poco. Aunque todo estaba húmedo o mojado, las ruedas aguantaron bien y sólo estuvieron a punto de atascarse en una ocasión.

Ruinas de la casa de la Chinchilla

Igual que hace unos días, salimos de Mucientes. Pero esta vez por el camino de las Adoberas, para echar un vistazo a una antigua casa-cueva que aún conserva sus rasgos; como está cercada y no había nadie en esos momentos no sabemos cómo se mantienen por dentro. Si está igual que por fuera, estará fatal. Al lado, los cortes en la ladera nos dan a conocer los distintos matices de las estas tierras arcillosas y ponen de manifiesto que, efectivamente, aquí estaba la adobera del pueblo.

Parte del monte parece haberse roturado para labrantío

El siguiente tramo del camino –dirección La Mudarra- nos lleva por Barcilobos. Detrás, al sur, se levanta el  inconfundible alto de Trasdelanzas y el industrioso valle del Pisuerga. Un poco más y estamos en el páramo, que cuenta ya aquí con algunas manchas de pequeños encinares. En lo profundo del páramo, los molinos gigantes están iluminados por el sol. Parece una buena señal y, efectivamente, el sol acabaría rasgando la alta capa nubosa.

Robles

Ya en el monte, descubrimos un sendero que nos llevó por la linde hasta la carretera de Mucientes-Villalba. Estaba guapo el monte, con abundante hojarasca entre la que descubrimos alguna seta, con restos –poquitos, a causa de la lluvia caída después- de la nevada de hace unos días en las zonas más umbrías, y con las hojas de encinas y robles relucientes a causa del agua caída.

Nos desviamos de la senda para acercarnos a la casa de la Chinchilla, muy cerca, en las tierras destinadas a sembrado. Se trata –o se trataba- de una buena casa de adobe, con pozo, estanque, caseta al lado y bien techada. Ahora en ruina, claro; se deja abrazar por una parra lo que le da un aire más decadente si cabe. No creo que tarde mucho en desaparecer por completo.

Entre las matas de encina no es fácil abrirse paso -y menos con una bici.

Cruzamos la carretera y seguimos por el monte. Después de una pequeña zona con matas de encina y abundante maleza, salimos a otra donde predominan los quejigos de buen porte. Todos de un matiz diferente que va del verde al pajizo pasando por el dorado más elegante. No hay dos robles del mismo color, diría que ni tan siquiera hay dos hojas iguales en un mismo roble. Unos tienen más hojas, incluso verdes; otros menos y algunos las han perdido casi todas. La hierba todavía está amarilla y seca por aquí. Habrá que esperar a que llueva más.

Laderas

Salimos a un buen camino que viene de Mucientes. Justo aquí vemos el chozo de la Laguna, grande, alto, relativamente bien conservado, de excelente piedra. No tiene forma cónica, sino cilíndrica. Nos vamos por ese camino en dirección contraria, hacia el norte y enseguida nos desviamos hacia el este para seguir disfrutando de los mejores robles. Cruzamos por El Moral, un sembrado amplio entre el monte de Torozos y cintas de montes más reducidos, nos asomamos al arroyo del Moral para contemplar una vez más el paisaje alomado propio de las estribaciones torozanas y al fin caemos en ese valle, entre robles y encinas enormes.

Camino de vuelta del monte

Tomamos un camino con toboganes gracias al que conectamos con el camino del Hornillo que, finalmente, nos deja en Mucientes, donde aún tenemos tiempo de pasear por sus calles y contemplar diversos detalles de la arquitectura tradicional…

Este fue el trayecto seguido, de 21 km.

Por los montes de Torozos en Cigales y Mucientes

Último día otoñal, antes de la llegada del frente que nos ha traído frío y lluvias. Corto  paseo (34 km) por los montes Torozos entre Mucientes y Cigales. Especialmente grato por la buena temperatura, la luz y colores del otoño y la soledad. Ni labradores, ni pastores, ni ciclistas encontramos en este trayecto.

En Mucientes salimos por el barrio de bodegas para tomar la cañada de Valoria del Alcor. Enseguida pasamos por la fuente Mala, donde nace –o nacía- el arroyo de San Antón. Al lado hay un pequeño pico con un banco en el que alguna vez nos hemos sentado para contemplar el paisaje con Mucientes como centro.

Sembrado junto a los robles de la cañada (o al revés)

Seguimos entre viñedos y sembrados parando un momento en un sencillo guardaviñas restaurado. Por cierto, los bacillares conservan todavía abundantes racimos, de uva bien dulce, que no dejamos de probar.

Ascendemos suavemente por un vallejo abierto que la cañada aprovecha, si bien los robles y encinas se han aprovechado, a su vez, de la vía pecuaria para sobrevivir. El vallejo se abre en dos: la cañada sigue el más directo hacia el monte y nosotros tomamos un camino hacia el oeste por el que seguimos disfrutando de la orla de robles que mantienen las laderas… Pasamos junto a un viejo pozo que aún tiene agua y, poco antes de llegar al ras del páramo, vemos, ¡oh sorpresa!, un chozo de pastor.

El chozo

Pero es un chozo distinto a los demás. Tanto, que en toda la provincia no habíamos visto uno igual. Lo primero que nos llamó la atención fue la pared o fachada que enmarca la puerta de entrada, que ya delataba un chozo diferente, ni circular ni en falsa cúpula. Pero recordaba el grupo de chozos de la cañada real burgalesa en el Raso, entre Cubillas de Cerrato y Piña de Esgueva, si bien estos son de planta cuadrada o muy próxima, mientras que ésta forma una planta con los dos lados laterales mucho más largos que los de la portada y cierre. Y ello se debe a que en realidad el chozo es una construcción en bóveda de medio cañón, que parte del mismo suelo al menos en su parte de cierre y de un muro bajo en el lado de la portada (o eso me pareció). La parte final se ha derrumbado y la piedra puente que hace de dintel está a punto de ceder, pues se encuentra partida. Está parcialmente recubierto de tierra si bien cuando estuvo en uso debió de estarlo completamente.

Robles en los límites de los sembrados

Así es el chozo. Exteriormente se ve acompañado de un roble joven cuyas hojas se han vuelto doradas por la estación.

Continuamos por la ligera vaguada en la que se ha convertido el vallejo hasta que, finalmente, desaparece en el monte que aquí conserva abundantes robles con praderías sin maleza. Pero después de pasar por el caserío de la Cuesta, se torna en matas de roble muy cerradas, con abundantes arbustos.

Ya en el monte

Rozamos el monte de Villalba y el de Ampudia, y avistamos el Esquileo de Arriba. Pero acabamos en una zona cercana al caserío de la Barranca, ya en el término de Cigales, para reponer fuerzas gracias a unas latillas y a un excelente pan de Mucientes. Mientras, los robles exhiben sus gallaras y el sol acelera su caída para recordarnos que estamos en otoño.

Camino de la Barranca

Ya sólo nos queda dejarnos caer hacia Cigales. Pasamos por los pozos y manantiales del Tornillo, decimos adiós a los últimos y grandes robles y por el valle del arroyo Valcaliente llegamos a esa localidad. Se impone un parón en la iglesia, que se encuentra abierta.

Campos florecidos en otoño

Rodamos entre el teso Blanco y la carretera de Mucientes hasta que la cruzamos para subir por Piezabuena y contemplar vides casi centenarias hasta que, en lo más alto del cerrillo, nos pilla la puesta del sol, que recorta la silueta de un guardaviñas y algunos almendros que, a su manera, guardan el camino. Somos unos afortunados.

En Mucientes ya se ha puesto el sol, por lo que ahora sólo nos ofrece la silueta de las zarceras y de la iglesia sobre un fondo azul oscuro.

En Piezabuena

¡Grato paseo de una tarde de otoño! Aquí, la ruta seguida.

 

***

El término municipal de Mucientes cuenta con al menos cuatro cabañas de pastor que son únicas, verdaderas joyas pastoriles y etnográficas. Una de ellas, el chozo de Gaspar, es subterráneo, y cuenta con diversas dependencias. Otro chozo que está en el monte es cuadrangular –como el que hemos visto hoy- pero más pequeño y con cubierta a dos aguas, ya muy  derruido. El chozo de la Laguna es el más alto, elegante y robusto de todos, en piedra que pretender ser de cantería y con forma de cilindro; se sitúa al sur del monte,  ya en tierra de labor.

 

El monte de Peñaflor y la casa del Francés

Mañana soleada  de sábado, subimos al páramo de Villanubla por la vía del Tren Burra, dispuestos a pedalear un poco por los campos rasos de Ciguñuela, Wamba, Peñaflor y Villanubla. El día amaneció fresquito, pero el sol acabó por hacerlo agradable. A pesar del vientecillo se pedaleaba muy bien, pues era el primer día del año con el firme seco y duro, las ruedas no se pegaban al suelo y parecía que algunos hubiéramos recobrado fuerzas tras la covid. (Es que llevo fatal las ruedas de tacos en invierno).

La Nava de Peñaflor lucía de un verde intenso. Antes la presidían acacias y algunos almendros por el norte, ahora sólo resaltan en el horizonte esos enormes gigantes que son los molinos o aerogeneradores.

El monte de Peñaflor, pequeña isla de bosque relicto de Torozos entre las más grandes de la Espina y Mucientes, también lucía de un verde oscuro y elegante en el suelo, poblado de hierba y matorral, y en las encinas, con las hojas limpias por las recientes lluvias… Fue muy agradable rodar por la linde del bosque sobre las hojas crujientes de los robles… Uno de los ciclistas se trajo un dron, y lo aprovechó para hacer algunas  tomas aéreas. Aquí puede verse una.

Del monte enmarañado pasamos a monte adehesado, con robles y encimas compartiendo suelo con sembrados de cereal.. El bosque está, en su mayor parte, cercado y el camino que discurre por la linde ha desaparecido; menos mal que aprovechamos una especie de pista abierta por vehículos agrícolas.

Sin esperarlo, levantamos un gran bando de avutardas: es la primera vez que lo veo por aquí, claramente estas aves están en expansión, como casi todas las de gran tamaño. Y al fin llegamos a la cañada Carralina, que en realidad es una vía merinera que se desgaja de la cañada Leonesa para poner rumbo a Simancas sin pasar por Valladolid y juntarse otra vez en Puente Duero, o bien seguir camino de Salamanca por Tordesillas.

Último punto digno de mencionar es la Casa del Francés, a pocos metros del monte pero aislada ya en campo abierto. Una pena; la última vez que pasamos por aquí –hace unos diez años- estaba en uso. Hoy está abandonada y no es más que un ligero resplandor de lo que fue. Aun así, destaca un original transformador-torre cilíndrico, en piedra caliza, que ahora sirve de refugio a las palomas. A sus pies, un pozo; al lado, una balsa sobre la que han crecido pimpollos y almendros. Las cuadras, de tierra roja, deshaciéndose con prisa para ser uno con el suelo. Una amplia bodega con bóveda de medio cañón y excelente factura, que se empieza a llenar de porquería; viviendas arruinadas; un cerco; abrevaderos…  Y el piñonero enorme, que se ve casi desde cualquier punto del páramo.

Así se deshumaniza el campo sin ganar el paisaje. Son demasiadas las casas en las que hubo vida hace unos años…

 

 

El espigón del Bajoz y los vados del Hornija

Pedrosa del Rey se asienta sobre un llano, al lado justo de los últimos picos y mesas del páramo de los Torozos. De una de estas mesas o paramillos, llamada precisamente de las Canteras,  se ha venido extrayendo la piedra caliza que vemos en las construcciones de la localidad. En otros picos, como los de las Atalayas, sus cárcavas dejan ver las diferentes capas de que están formados… Nunca es mal momento para una lección práctica de geología.

Salimos hacia el oeste, por el camino de la ermita y su fuente donde vemos tapias y traseras que no cierran ya nada.

Aspecto del valle del Bajoz

El camino que seguimos, siendo uno, nos lleva por todos los posibles caminos de la provincia. Me explico. Por unos cientos de metros está seco y, por tanto, duro, se rueda con facilidad y de manera descansada. Luego, en otros tramos está empapado de agua y el firme es como de arena: la consecuencia es que las ruedas de la bici parecen hundirse y ¡cuesta tanto dar pedales! cada metro que recorremos es de una dureza inusitada, como si fuera una subida de máxima pendiente… Pero luego aparecen unos cuantos metros en los que está cubierto de durísimo hielo, te juegas la vida; un resbalón puede tener nefastas consecuencias. Poco después, hay que bajarse de la bici porque la rueda se clava en la nieve blanda. Pero enseguida transitamos por una nieve dura, apisonada por los tractores, por la que se rueda como nunca. O todo es un charco inmenso, una gran laguna. Y así continuamente… Esta tónica no fue sólo del primer camino, hacia el oeste, sino de todas las pistas y senderos que recorrimos en esta excursión de 30 km.

Río Bajoz. Al fondo, el depósito de agua.

Tras recorrer los seis primeros kilómetros, caímos al curioso y agradable valle del Bajoz, que forma una cinta de tierra llana para el cultivo entre colinas no muy elevadas. Estaba medio helado y llevaba agua, pero no la suficiente como para impedir atravesarlo con decisión de un salto en su zona más estrecha.

Después, subimos hasta un depósito –torre que se ve en varios kilómetros a la redonda- con su captación de agua. Seguramente antaño hubo aquí una fuente o manantial. Estamos sobre una especie de espigón entre el Bajoz y el aroyo del Valle, y lo seguimos hasta su punta que anuncia la confluencia de ambos. Curioso lugar, si bien toda la poesía se la ha llevado, sin duda, la autovía que cruza casi por el mismo pico del espigón. Estamos en una comarca de cantos enormes que, aunque vistos muchas veces, no dejan de llamar la atención por su tamaño, forma y colores. Difícilmente los encontramos en otras comarcas de la provincia.

Camino entre valles

Del cauce del Bajoz nos acercamos al del Hornija. Este río ya es otra cosa: es más ancho y lleva más agua que el primero. El molino cercano a Villaester de Arriba es una mole inmensa en medio de la vega. Conserva parte de la balsa y en el cárcavo restos del rodezno. ¡Imposible cruzar por el vado! En bici, el agua nos llegaría casi a la rodilla. Y no es agradable pasear con los pies helados y mojados.

Cárcavo del molino

Volvemos a aparecer unos kilómetros más arriba: aquí los vados están cubiertos de hielo y la corriente pasa por debajo. Además de mojarnos bien, el peligro aumenta debido a que un resbalón en el hielo puede significar, además de un buen golpe, una mojadura completa. Así que lo dejamos hasta encontrar un puente por el que atravesamos el infranqueable Hornija invernal.

Vado helado

Seguimos por su orilla derecha y vemos cómo la superficie del río está helada en totalmente helada en algunos tramos, mientras que el otro el agua discurre por el centro, manteniéndose heladas las orillas. De lejos, ya en el término de Villalar, vemos los restos del Molino Nuevo, pero no nos acercamos.

Finalmente entramos en Pedrosa por la torre de Santa Cruz y aprovechamos para contemplar algunos edificios que muestran la esencia de lo que  fue la arquitectura popular de esta zona peculiar donde abunda el barro y la piedra. Uno de ellos, frente al pósito y dos viejos carros restaurados, siempre nos llamó la atención por su curioso soportal en madera que mantiene una galería superior con barandilla de curiosos adornos.

Entre Villalar y Pedrosa, donde las estribaciones del páramo desaparecen

Agradable excursión si no fuera por el fuerte viento que soplaba del oeste. Aun así, como siempre, mereció la pena. Amenazaba lluvia, no cayó ni gota y, sin embargo, entre las nubes se colaron bastantes rayos de sol. Era el undécimo días después de la ventisca y aún permanecía la nieve en caminos y ventisqueros, como puede apreciarse en las fotografías.

Hornija con hielo en las orillas y corriente en el centro