Archive for the ‘Torozos’ Category

Marundiel, Villalbarba, Cirajas, la Vega y Mota

26 septiembre, 2019

(Viene de la entrada anterior)

Como todavía no estamos cansados, subimos a Cuestajendre, al otro lado de la carretera, que termina en una pequeña cima plana y tiene una altitud de unos 820 m, Y aquí, quedamos saciados de paisaje, si ello fuera posible. Estamos rodeados de motas y tesos, de páramos y valles. También distinguimos La Mota, San Cebrián y Tiedra. A nuestros pies, la fuente y el pozo de Vecillas, con su pradera y contados árboles… Al bajar, no comprobamos si tienen agua o no; hace unos años sí tenían. También distinguimos, lejanas, las alamedas que bajo las cuales se protegen las fuentes de Tiedra.

Los chopos señalan la fuente Vecilla

Enfilamos ahora, por la vega del arroyo Marundiel, la cañada del mismo nombre. Se rueda con dificultad, pues la hierba está crecida y el antiguo camino, sobre la cañada, ha desaparecido. Llega un momento en que la cañada también desaparece, comida por las tierras de labor. Pero vamos junto a los álamos del arroyo y, al otro lado, se levantan esculpidas en yeso las cuestas de Tiedra (si bien Tiedra está al otro lado, pero las cuestas están nominadas desde la Mota).

Cuestas de Tiedra

La cañada se pone peor y cuesta arriba. Casi no se puede rodar. Hacemos lo que podemos por rastrojeras –bien- y por tierras levantadas –muy mal- hasta que, con paciencia y cambiando de dirección, acabamos en la carretera que nos deja en Villalbarba, donde tomamos resuello. Y contemplamos palomares. Y puertas, traseras, fachadas y el puente de piedra; todos son verdaderas joyas de la arquitectura popular. Y la fuente del Pozo de la villa, muy parecida a la fuente del Caño, de Mota, ya de adorno también, puesto que el agua nos viene a través de una fuente conectada a la red.

Cárcavo del molino de Cirajas

Buscamos la otra orilla del río para subirlo por un camino con leves subidas y curvas, hasta que nos encontramos con el molino de Cirajas. Al principio dudamos si esta construcción que está al lado de una explotación agraria de buen tamaño es lo que queda del antiguo molino, pues parece que se ha usado como taller de maquinaria y se encuentra un tanto remozado al exterior, y cerrado. Tampoco quedan vestigios de la balsa o del caz. Hasta que, finalmente, descubrimos el arco de la cárcava. Cirajas, hoy despoblado, estuvo donde el caserío de la explotación y se le cita en el tratado de Fresno Lavandera -donde se señala la frontera de Castilla y León- como territorio castellano.

Regolfo

Atravesamos ahora, entre cuestas redondas y la vega, el pago de Villafeliz, que fue un término municipal hoy despoblado. Cruzamos el Bajoz para llegar al molino de la Vega. Sí, también es una ruina. Una bella ruina que mantiene una balsa asimétrica, la cárcava, si bien las paredes de caliza están en plena caída. Lo mejor es que podemos ver una piedra molinera, ejes, ruedas dentadas y… ¡un regolfo o tonel metálico bastante bien conservado! Gracias a él, se aprovechaba mejor la fuerza de las (pocas) aguas de estos ingenios en ríos de exiguo caudal. El molinero poseía también acequias o canales para regar las tierras próximas, protegidas por cercados de piedra que aún podemos contemplar, e incluso llegó a utilizarse como palomar. Otro precioso lugar perdido en los confines de Torozos –entre León y Castilla- que, hasta hoy, desconocíamos.

Finalmente, estamos de nuevo en Mota del Marqués. Cuenta con dos iglesias: arriba, en la cuesta y en ruina, la del Salvador, como protegida por el castillo; abajo, en estado regular pero en uso, la de San Martín. Pues bien, como estamos en tierra de fronteras, la de arriba perteneció a la diócesis de Palencia (Castilla) y la de abajo a la de Zamora (León).

Molino de la Vega

Por si fuera poco, también podemos visitar la ermita de la Virgen de Castellanos, imagen rodeada de leyenda, ya que Fernán González plantó aquí su pendón protector, bajo la advocación de esta Virgen, al salir vencedor en Simancas contra las tropas de Abderramán III. Lo que sí parece comprobado es que originalmente la iglesia levantada en este solar perteneció al monasterio de la Encomienda de la Orden de los Teutones. También podríamos hablar del humilladero del Cristo y su precioso crucero, de casas blasonadas, del palacio de los Ulloa, en fin, de todo lo que fue esta Mota y ya no será…

Dejamos Mota saludando a la Cruz de Hierro, como tantos motanos lo hicieran al tomar el camino de Tordesillas.

Manantiales y molinos que fueron en Mota del Marqués

22 septiembre, 2019

Vamos a dar un paseo por los alrededores de Mota del Marqués, comarca llena de historia y de preciosos paisajes, que tiene mucho más pasado que presente, como iremos viendo. Pero eso significa también que, aun siendo un poco triste porque el pasado no volverá, es una comarca llena de contenidos y significados, ideal para acercarse a ella y conocer un poco, sólo un poco, de lo que antaño fuimos, de lo que fueron Castilla y León. Y lo cierto es que aquí sí podemos hablar propiamente, como también veremos, de Castilla y de León, pues nuestra Comunidad Autónoma no deja de ser un invento de ayer.

Cerca de la fuente de don Juan

Salimos de Mota por la vereda de las Carreteras de Palencia. Dejamos a un lado el castillo sobre su mota y al otro lado un campo de fútbol en el que se ha dejado crecer mala hierba. ¿Es que ni este deporte tiene por estos lares futuro? Hacia el sur, cuestas y colinas; hacia el norte, nos vamos acercando al páramo. Pasamos por donde estuvo una fuente de los Caños; mas tarde la vereda se introduce entre los pliegues del páramo, donde buscamos la fuente de Don Juan. Pero no vemos mas que los restos de una arqueta alta, de piedra en la base, de ladrillo el resto, que estuvo techada. Seca por completo. Sin embargo el paraje no puede ser más agradable, con abundantes juncos, arbustos y pinos en las cuestas.

Subimos hasta el vértice de los Almusinos para bajar de nuevo unos metros de ladera hasta el manantial de Valcavado que, igualmente, está seco. Al menos el paisaje que mira en dirección este merece la pena, deshaciéndose el páramo hacia Toro en las ya conocidas cuestas y colinas.

Los Almusinos

De nuevo avanzamos hasta donde manaba la fuente de Olmos. ¿Para qué seguir? Sí, también hay junqueras y majuelas pero no hay agua por ninguna parte. Una buena alameda nos separa de Adalia, a un tiro de piedra. Y cruzando el páramo de los Almusinos de sur a norte, bajamos, sin llegar a entrar, a San Cebrián de Mazote. Sólo una valla baja nos separa de buenas higueras y otros frutales.

Buscamos la fuente de las Cuatro Iguadas, con el resultado habitual. Nos consuelan las alamedas del Bajoz y sus altos y esbeltos chopos. El páramo nos muestra sus alturas, aquí casi verticales, al contrario que en la zona de Mota. Seguimos el río pero cruzamos por la senda de la Portilla, entre tesos, para bajar de nuevo al río por el prado de Villamor, convertido a estas alturas del siglo XXI en tierra de cultivo.

Chopos del Bajoz

Por aquí se levantó Villamor, hoy despoblado. Quedan restos de un molino: la balsa forma una extraña figura, como de jamón, para aprovechar mejor el terreno. Vemos el eje que trasmitía el movimiento a la piedra volandera clavado en la sala de trabajo y apareciendo en la cárcava. Ventanas y ventanucos de cuento de hadas. Basura -¡qué pena!- y matas de negrillo. Y, lo que es la vida: en el Boletín O. de la Provincia de 16 de diciembre de 2016 (hoy mismo, como quien dice) se publica una información sobre extinción del derecho de aprovechamiento de aguas del Bajoz para fuerza motriz, molino de Villamor, con un caudal máximo de 400 l/s a favor del Sr. Marqués de Viesca. Curioso, ¿no? ¿Hace cuantos siglos se paró el molino? ¡Cómo nos gusta a los hispanos el papeleo y la burocracia! Que esté en ruina y sea un basurero es lo de menos. O que el Bajoz esté seco, como está. [El último Marqués de la Mota fue el de Viescas; antes lo fue Rodrigo de Ulloa, Contador de los Reyes Católicos; antes de ser Marqués Rodrigo fue la Mota de Toro y antes Santibáñez de la Mota. O sea, la Mota no se ha movido y ahí sigue, impertérrita]

Ventanuco del molino

Pero no solamente queda el molino arruinado. También, en la otra orilla del río, vemos un corral, el corral de Villamor, que todavía hoy se utiliza, no para el ganado, si no para guardar tubos de riego y aperos agrícolas. Las jambas del portón de entrada superan el dintel y están rematadas con un adorno más o menos esférico soportado por sendos escudos. No deja de ser curioso. En el de la izquierda parece leerse AÑO DE 1897 y en el de la derecha, VILLAMOR, con otras letras que no distinguimos. Todo es posible en el campo castellano que aquí se nos ha abierto entre cerros y colinas.

Al fondo, un chopo que padece la sequía del Bajoz y el teso de Villamor, avanzadilla del páramo.

Chopo y teso

Os dejamos aquí, en wikiloc, el trayecto y continuaremos en la próxima entrada.

Tesos de Villamor

17 septiembre, 2019

El páramo de los Torozos se deshace hacia el oeste en cuestas redondas, tesos, cerros, motas y colinas. A ello contribuyen especialmente los valles del Hornija y del Bajoz que, si bien en sus nacimientos solo arañan la paramera, luego la tajan hasta que, finalmente, la disuelven en una llanura baja y suavemente alomada.

Los tesos de Villamor han sido esculpidos por el río Bajoz, el arroyo Daruela y las regueras que desembocan en ambos, provenientes de los barcos que forma el cercano páramo. Su nombre se lo deben a Villamor, despoblado entre Mota del Marqués y San Cebrián de Mazote del que sólo quedan unos corrales y las ruinas de un molino harinero.

San Cebrián

Así que nos dimos un paseo corto desde San Cebrián aprovechando la cañada de Valcaliente pero desviándonos de ella para asomarnos al valle del Bajoz desde el cerral. Antes pudimos visitar las ruinas de algunos palomares y chozos de San Cebrián. Los tesos, de yeso, hoy aparecen vestidos de verde gracias a los pinos plantados en el siglo pasado para sujetar las laderas y evitar que el yeso y las margas enfangaran las tierras de cultivo en épocas de lluvias más o menos torrenciales. Antes nos ofrecían una imagen blanca, a la vez que áspera y austera, que hoy se ha dulcificado.

Valle del Bajoz

El páramo termina en el teso de la Portilla, portilla que está entre éste y el de Villamor. Y este último es una buena atalaya para contemplar el valle del Bajoz, que aquí se ensancha hasta formar prácticamente una llanura. Al este, vemos el perfil de Tiedra sobre el páramo enrasado y hacia el sur, Mota del Marqués..

Volvemos hacia San Cebrián intentando descubrir la fuente del Pintor. Pero ya no existe; sólo quedan algunos juncales y zarzales que señalan donde antaño manaba agua.

En los corrales de Arévalo

Nos vamos ahora al páramo de la otra orilla, la derecha, del Bajoz. Primero subimos y bajamos cruzando vallejos y regueras, hasta llegar al monte de San Manuel, un monte privado que, a Dios gracias, tiene las puertas de los vallados abiertas y se puede pasar sin problema. Salvo que haya ganado, en cuyo caso estarán cerradas. El monte es de encinas jóvenes. Acabamos, antes de bajar, visitando los corrales de Arévalo, que no dejan de ser curiosos por su disposición y (restos de) chozo.

Aquí tenéis el trayecto.

En busca de la fuente de Raposeras, por Urueña

8 septiembre, 2019

Los recovecos del páramo de los Torozos son prácticamente infinitos, nunca acabaremos de recorrerlos todos: siempre tendremos algún sendero, barco o laderas nuevos, dispuestos a ofrecernos vistas desconocidas.

Esta vez, nuestro objetivo fue acercarnos a la fuente de Raposeras, en el término de Urueña. En una excursión de marzo último habíamos pasado cerca pero no nos aproximamos hasta verla, pues el cereal que la rodea en buena parte estaba espigando y no era cuestión de pisarlo. Como a principios de septiembre queda lejos la siega -y la siembra-, hemos podido atravesar por numerosas rastrojeras.

Valle de la Ermita Vieja

Salimos de la Santa Espina para tomar el valle del Valcuevo a la altura de los restos de uno de los muchos molinos que tuvo el Bajoz. Es un valle que posee, en su fondo, una franja despejada, de praderío y juncales con algunos fresnos, mientras que las laderas están cubiertas de encina y roble y, cada vez más, de pino. Todo ello con el adorno de algunos bloques de piedra desprendidas de la zona mas alta.  Vamos ascendiendo sin enterarnos, en parte porque acabamos de empezar, en parte porque la cuesta es muy suave. Ya en el páramo asoman calvas de yeso polvoriento, que denotan la sequía arrastrada durante el verano. El matorral está de un tono pálido, entre amarillo y verde. Seguimos por el antiguo camino de Villagarcía, de un firme tan sólido y duradero –piedra caliza- como irregular, pues nadie enrasó la piedra.

Recorremos el inicio del arroyo de la Ermita, en el que vemos repoblaciones de encina y roble y acabamos tomando la carretera que baja formando curvas hacia Tierra de Campos. Primer parón para contemplar el mar.

Raposeras

Ya abajo, nos acomodamos a un senderillo en ladera –ladiego– que nos lleva cruzando barcos y umbríos pinares por las laderas del Majadal y luego por las faldas blancas del cerro de la Cruz. Seguimos contemplando el horizonte infinito de este mar campero. Y por el valle de Raposeras con sus praderas de hierba alta y salvaje, nos vamos hasta el lugar donde debería estar la fuente, bien señalada por dos chopos españoles. Y allí estuvo. Todavía se nota que la tierra tiene humedad, pero de agua, nada de nada. Junto al chopo más corpulento, unas piedras señalan donde estuvo el ojo del agua. Al lado, debió de haber otro manantial más pequeño, que daba para un charco y poco más. Pero hoy nada queda. Y da la impresión de que es un hontanar agotado definitivamente, que ni en época de lluvias vuelve a manar. RIP por Raposeras; como siempre, una pena. El lugar debió ser especialmente fresco en verano, y aún conserva cierto encanto.

Aprovechando la rastrojera de verano, con suelo duro, nos vamos por el borde del páramo cruzando el pago denominado los Calvinos, para así disfrutar del paisaje. Muy abundantes son los trozos de cerámica, tal vez hubo por aquí un poblado o algunas casas. El cerral está protegido por una hilera de piedras calizas debidamente ordenadas.

Murallas de Urueña

Y llegamos a Urueña, entrando por una antigua calle entre eras que acaba dando a las ruinas de lo que parece un viejo lagar construido en el mismo cerral, conocido como la Cueva. Muy cerca, el perfil de Jesús Negro de Paz, muerto sobre la bici en accidente, se recortaba sobre la tierra y el cielo, acompañado de flores y, por tanto, de recuerdos. Por la parte externa de la muralla abrazamos el pueblo y contemplamos la Tierra de Campos. Muchos campos, pueblos, caminos… No se ven las montañas del fondo pero sí el pinar del raso de Villalpando, ya en Zamora, que quiere como proteger una tierra tan despejada…

Después de pasear por las calles de Urueña y pasar bajo los arcos de sus murallas, vadeamos el arroyo de la Ermita y nos presentamos en la mesa del Sordo, desde donde contemplamos una nueva perspectiva del recinto amurallado con la ermita de Nuestra Señora de la Anunciada a los pies. No lo vemos desde Tierra de Campos, si no desde el lado contrario, desde el páramo de Torozos que nos lo sitúa a la misma altura.

Casa del Majuelo

A continuación, nos metimos por un camino que pasa junto a la casa del Majuelo. Craso error, en parte, porque el camino está cortado por un vallado en forma de saco que nos devolvió, prácticamente, al mismo camino principal del que salimos. Digo en parte porque, en compensación, visitamos la casa del Majuelo, muy arruinada: conserva algunas ventanas y, dentro de la misma casa o en su patio, vimos la estrecha boca de un pozo, en piedra, que conforme gana en profundidad, se ensancha. Estaba seco, claro. Tras diversos escarceos por el monte, acabamos en la carretera que nos dejó en San Cebrián.

Mojón en la raya de Urueña y San Cebrián

Y desde aquí, por la ladera este del valle del Bajoz, nos dirigimos hacia la Santa Espina, de donde habíamos salido. El camino, en su mayor parte, o no existe o está cubierto de maleza. Por los pinares tampoco se podía rodar, pues los suelos estaban cubiertos de ramas recién olivadas y no retiradas. Menos mal que la balsa de la fuente de las Arcas estaba llena y pudimos refrescamos con un buen baño.

Hicimos unos 50 km, que no se reflejan bien en el trayecto: el GPS se para cuando le da la gana.

Ladiego

25 agosto, 2019

En algunos pueblos de la comarca del alto Esla y del norte de Palencia se conoce como ladiego al camino que tiene un notable desnivel transversal por discurrir precisamente por la ladera de una montaña. Evidentemente en Valladolid, provincia llana, no existe este término. Sin embargo, también tenemos ladiegos. O, más que caminos, senderos ladiegos. No hay más que acercarse a las laderas del páramo de Torozos y otros páramos para descubrirlos. Hemos recorrido este tipo de sendas en Tudela de Duero y Villagarcía de Campos, por ejemplo.

Tal vez el sendero de este tipo más conocido sea el que va desde Zaratán a Geria. Algo más de 60 km de senderos que se mantienen en la ladera, más o menos cerca del cerral. Estos senderos se encuentran atravesados y conectados con otros que suben y bajan del páramo al valle, utilizados más bien por motoristas. Pero también hemos visto a algunos ciclistas especialmente dotados que son capaces de bajarlos y… ¡subirlos! En algunas zonas compiten varios senderos formando una red. En otras se nota que aún no están demasiado rodados.

En la mayor parte de su trazado tienen una orilla más elevada que la otra. Pero también puede suceder al revés –cuando se aprovecha un surco por el lado interior de la ladera- o incluso pueden discurrir en horizontal, por lo alto de un caballón. Hay de todo. Pueden ser rectos pero lo más normal es que formen variadas curvas y recurvas, y bruscas subidas y bajadas, para sortear los obstáculos –piedras, pinos, desniveles- que se encuentran en las laderas. Hay pequeños tramos en los que no hay más remedio que bajarse de la burra; las piernas no dan para más. Lo que sí está asegurado es que se hace ejercicio y con frecuencia duro. De manera que con una escapada de una hora por este ladiego tienes asegurada la sudada. Además, en algunos tramos tienes que rodar con cierta prudencia: por las bruscas y empinadas bajadas, pero también por los estrechos senderos entre hileras de pinos: un choque contra uno de ellos será molesto.

Pasemos a una breve descripción de los senderos entre Zaratán y Geria, que hemos dividido en cuatro tramos:

1.- De Zaratán al páramo de Borciadero. El sendero lo podemos tomar donde nace el camino del Tren Burra, cruzando por encima del puente que da servicio a los depósitos de agua. Sigue hasta una estación del Tren y luego hay que continuar por esta vía hasta llegar al páramo. El sendero continúa por el oeste tendiendo a bajar a la vez que entra y sale de todos los barcos y vallejos de las laderas del páramo. Claro que las sendas se dividen y hay algunas que desprecian los barcos. Veremos, en primer plano, encinas y robles y, al fondo, la ladera por la que hemos subido rememorando el viejo tren. Más tarde, contemplaremos la ciudad con Parquesol en primer plano. Desde Zaratán hasta el páramo de Borciadero, que situamos superada la subestación de Zaratán, hay unos 16 km. La senda -salvo los primeros descensos desde el páramo después de la subida del Tren- está relativamente bien y el paisaje merece la pena.

2.- Arroyo de la Encomienda. Cruzamos junto al depósito de agua de Arroyo, con la ciudad a nuestros pies. Más próximas, las casas de Sotoverde. Después, nos adentramos en el barco del Lobo, de abundantes pinos. Nos cansamos, pues son demasiado abundantes y fuertes las subidas -y bajadas, claro. Llegamos al barco del Fraile, donde el paisaje se abre pues dejamos barcos y vallejos. Hemos recorrido unos 10 km.

3.- De la fuente de la Puerca a Simancas. La fuente de la Puerca queda, hoy, en medio de un sembrado de cereal. En pleno mes de agosto tenía agua y abundante carrizo. Si el día es caluroso espantaremos a las perdices y conejos que allí se refugian. Las primeras saldrán volando; los segundos se esconderán en la maleza. El lugar siempre esta más verde que sus alrededores, en parte porque al lado de la fuente se forma una pequeña hoya donde se estanca el agua.

Terminamos de bordear el barco del Fraile para salir al camino -de Santiago- que va de Simancas a Ciguñuela, y lo tomamos hasta la fuente de los Picones donde sale -salía, más bien- un camino cercano a las laderas que nos deja en Ciguñuela. Este camino, medio desaparecido, sólo se puede tomar en verano, pues el resto del año lo ocupan sembrados.

En Ciguñuela tomamos el camino que va entre el páramo del oeste y el cementerio. Poco después de la fuente del Arcillar conecta con el sendero, que sigue entre barcos y rebarcos, subidas y bajadas, hasta Simancas. Es duro pero no nos defraudará. En total, por este tramo recorremos unos 27 km.

4.- De Simancas a Geria. No hay mucha duda al seguirlo. Magníficos paisajes sobre el amplio valle del Duero. Hay una subida terrible a la altura de Geria. Después, por el vallejo aprovechado por la carretera de Geria a Robladillo, la senda va un metro por debajo del ras del páramo. Finalmente, por el páramo de la Loba va desapareciendo y bajamos por la carretera hasta Geria. Unos 13 km este último tramo. Fin.

Mucha historia alrededor de la Pindonga

24 julio, 2019

Dejamos Pozoantiguo para navegar -siguiendo el arroyo Adalia- por tierras onduladas en las que se levantan tesos chatos, restos de un páramo antiguo que seguramente estuvo unido al de los Torozos. Todo se encuentra calcinado por el calor de un verano seco, polvoriento; están cosechando entre nubes de polvo y paja. El cielo no es azul, sino de un matiz grisáceo que no augura nada bueno.

Al poco vemos una torre: pertenece a la iglesia de San Miguel, en Abezames. Pero inmediatamente algo más poderoso llama nuestra atención: las ruinas de un castillo, o de una iglesia, en el otero que domina el pueblo. Impulsados por la curiosidad subimos hasta las ruinas: se trata de una antigua iglesia, la del Salvador que tuvo culto hasta el siglo XIX. Hoy sólo vemos tres columnas que pretenden sostener los restos de una bóveda pero que con dificultad se sostienen a sí mismas. Y un lienzo con una puerta con arco de medio punto de hermosas dovelas cegada por bloques de piedra tallada. Alguien nos dice que nos apartemos, que puede caerse todo en cualquier momento. Y mucho antes se levantó aquí un castillo y un barrio o poblado.

La Fuente, de Abezames

Al llegar al pueblo también hemos visto viejos palomares muy sencillos, de barro, con planta cuadrada, sin adornos ni florituras de ningún tipo. Cerca de Abezames hubo un castro prerromano –luego pasaremos lado- y una población romana. Este territorio perteneció a un curioso reino semiautónomo: Sabaria, que se extendía desde Sayago a Simancas y desde Benavente a Salamanca. Parece que sus habitantes eran los sappos, no se sabe si de la familia vaccea o astúrica, pero Leovigildo acabó uniendo este territorio con el visigodo.

Se “masca” la tormenta

En cualquier caso, hemos palpado la rica y variada historia de esta comarca, llena de datos y vestigios, y de documentos que se guardan en los archivos de Toro, entre otros. Vemos que el presente es complicado, pues Abezames pasó de 400 habitantes a 100 en tres décadas (de 1960 a 1990) y sigue bajando. Y del futuro, mejor no hablar.

Antes de dejar el pueblo pasamos por la Fuente, a unos trescientos metros, manantial con cerramiento de tipo romano en una verde alameda que contrasta con la sequedad circundante. Después, pasamos por los tesos de las Membrillas y el coto de Mompodre, donde estuvieron los poblados de la edad del Hierro y romano. Constatamos que la Fontana, que apagaría la sed de aquellas gentes, estaba bien seca.

Comienza a llover en la Pindonga

El gris del cielo era ya más oscuro cuando llegamos a la ermita del Tobar, delicioso lugar para contemplar el paisaje. Enseguida rodamos hasta Malva, cuesta abajo, y casi se repite la misma historia que en Abezames: ruinas de la iglesia de san Juan, palomares, viejas y pobres casas. La población quedará en cuatro vecinos dentro de nada. No obstante, hay cierto movimiento y algún taller. Nos cae una buena chaparrada y nos guarecemos en la entrada del moderno ayuntamiento.

…y diluvia

No lo hemos mencionado antes, pero estamos bajo los dominios de la Pindonga, que no hemos dejado de ver en casi todo el trayecto, y ahora nos dirigimos a ella. Desde Malva parece que vamos a subir al Montote, pero al llegar a su falda torcemos hacia la Pindonga. Antes de llegar contemplamos la charca y pozo de la Marrana, a sus pies. Y he aquí el diluvio, que nos pilla –íbamos avisados pero no lo esperábamos con tanta fuerza- entrando en Fuentesecas, por lo que nos acogemos a un pórtico de esos que tanto abundan en esta comarca para proteger las entradas de las casas. Esta vez nos mantuvo secos a nosotros. En poco tiempo, corrían por la plaza ríos de agua marrón por el barro arrancado de fachadas tan humildes ¡Pocas veces hemos visto llover tanto y tan fuerte! ¡Menos mal que no nos ha pillado en campo abierto, de buena nos hemos librado!

Palomar

Terminado el diluvio nos acercamos a la Pindonga para contemplar desde su balconada un paisaje nítido, de aires limpios por las aguas. Y seguimos trayecto hacia Villalube. Cuesta pedalear con el suelo empapado. Menos mal que el camino es de gravilla y no de tierra, pues el campo es arcilloso aquí. Vemos la fuente del Camino pero no la del Pedrón. Como por el norte, oeste y sur brillan rayos y relámpagos que parecen rodearnos, no entramos en la localidad, y en la Tierra de los Muertos damos la vuelta hacia Pozoantiguo para no facilitar una batalla contra los elementos en un campo sin protección. Nos caen cuatro gotas bien gordas, pero llegamos secos a nuestro destino.

Curioso ventanuco en Abezames

Aquí podéis ver el trayecto, de unos 38 km esta vez.