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Fuensaldaña y sus cuestas

18 junio, 2017

El término de Fuensaldaña se encuentra muy cerca del de Valladolid, con el que limita, y se extiende por laderas, vallejos y paramillos entre el páramo de los Torozos y el Canal de Castilla; no llega a las orillas del Pisuerga aunque se queda cerca. Por ello, su paisaje es variado y alegre: sobre valles y cuestas –algunas acarcavadas- se asientan pequeños regatos –sobresaliendo el cien veces mentado Pozo Moza, que atraviesa todo el términoy sobre todo, majuelos, muchos majuelos que no han sido abandonados como en tantos otros pueblos de Castilla. También se cultiva el cereal y son abundantes los almendros.

La localidad se levanta en el centro del valle surcado por el arroyo Pozo Moza

La localidad…

El nombre alude a una fuente de los condes de Saldaña. Además del castillo, que fue sede de las cortes de Castilla y León, destaca una preciosa iglesia de aire gótico mudéjar dedicada a San Cipriano, que posee una equilibrada torre de cuatro cuerpos que resalta por su belleza y  sencillez al lado de la enorme torre fortaleza del castillo. De la ermita de la Virgen del Rosario no quedan sino las paredes desnudas a punto de caer o ya caídas: nadie se ha ocupado de mantenerla en pie o reconstruirla, como sí se han ocupado de levantar urbanizaciones en los alrededores. Posee un convento –ahora de monjas trinitarias- con iglesia barroca que fue saqueado por la francesada y exclaustrado por la desamortización unos años después; se salvaron algunas joyas –tres lienzos- que podemos contemplar en el museo de escultura de Valladolid.

Interior de una bodega abandonada

Pero Fuensaldaña siempre estuvo unida al vino clarete. Junto con Mucientes y Cigales, abastecía de este producto a Valladolid y era bien conocido en buena parte de la España norte. Hoy se elabora en modernas bodegas, pero podemos pasear por las empinadas sendas de la cuesta del Sol que conducen a las bodegas tradicionales al otro lado del arroyo Pozo Moza, donde aún vemos viejos lagares y degustar –si tenemos algún conocido- unos de los mejores vinos que jamás se hayan probado, ¡palabra! Es sencillo, suave, alegre, vivo, frutal… y no cansa, como la mayoría de los vinos embotellados actuales. También hay bodegas tradicionales –convertidas en mesones y merenderos- en el camino de Zaratán, y Los Bodegones, ya difíciles de identificar como bodega en la carretera de Villanubla. Junto a estos hubo también un tejar. Junto a los lavaderos del arroyo llegó a funcionar una destilería de orujo, así se aprovechaba bien el orujo de las uvas. Ya se ve que era una localidad centrada en la uva y sus frutos ¿hay algo mejor para centrarse?

Majuelo

Aunque predominan las edificaciones modernas, podemos ver alguna casa tradicional, en piedra o ladrillo con su escudo, muretes, traseras y otras construcciones que mantienen ese sabor popular que se resiste a desaparecer. Tuvo molino que utilizaba las aguas del Pozo Moza poco antes de entrar en la localidad; algunos vecinos –hoy muy mayores- aprendieron a nadar en su balsa.  Tuvo palomares, pero sólo podemos contemplar la materia sin forma –el barro- que los mantuvo en pie. Y aún podemos ver una preciosa fuente circular en una plaza a la entrada; sus aguas venían de un manantial que brotaba junto a la carretera.

Bien, pues esto es el pueblo. Como se puede apreciar, mucho más que su famosísimo castillo. Pero si sus ambientes son interesantes y atractivos, no digamos ya el paisaje del término.  Vayamos a ello.

Cuesta Redonda

y las rutas: en primer lugar, Cuesta Redonda (7 km)

Cuesta Redonda es eso, una cuesta cónica bien separada de la llanura del páramo. Desde Fuensaldaña la vemos al oeste, escindida del páramo de Llanomonte. Es un buen observatorio para contemplar Valladolid al fondo y, delante, las muchas cuestas, entrantes y salientes, arroyos, caminos… que tiene Fuensaldaña. Y, como desde cualquier otro punto, el castillo es otro fondo.

Pero este recorrido que proponemos es distinto a los demás; técnico, como dicen los entendidos: atacamos Cuesta Redonda por la derecha, al otro lado del camino y subimos por su espalda. Luego, continuamos a media ladera por un sendero que va rodeando Llanomonte hasta que subimos por el barco de Valdoncil. El sendero se ensancha y cruza el camino real de Villalba para dirigirse por el cerral hasta el Pilón, con su vértice geodésico y Fuensaldaña a los pies. Unos cuantos metros más, unos pocos a campo traviesa sin sendero hasta llegar a la Carrangostilla, donde paramos de nuevo, pues se ven desde aquí Mucientes, Cigales, Trasdelanzas, por supuesto Fuensaldaña y un montón de puntos más.

El sendero a media ladera nos muestra algunos barcos

Bajamos en directo por la cuesta hasta las orillas del arroyo Pozo Moza. A un lado, las bodegas. Bueno, hay que estar un poquito preparados para este recorrido. Tampoco mucho pues, en el peor de los casos, se lleva la bici de la mano y ya está.

El páramo (10 km)

Si subimos por el camino real de Villalba para disfrutar de un precioso paisaje: primero campos que quieren ser abiertos y llanos y casi lo consiguen, luego el páramo de Villanubla, perfectamente plano. Aquí giramos hacia el oeste para volver a girar hacia el sur pasando por barcos y vallejos. Uno de ellos acoge al arroyo Valcavado, cuyo manantial es un pozo. Han sido unos 11 km contemplando un paisaje cambiante –casi- a cada pedalada, o a cada paso. Estos caminos gozan de un buen firme; rodada sin problemas.

Fluente de San Pedro (9 km)

Subimos por la empinada –pero no larga- cuesta del Cuerno para atravesar Landemata, precioso lugar que quiere ser llano pero tampoco lo consigue. Aquí se concentran, entre abundantes almendros, la mayoría de los majuelos que dan ese clarete típico de nuestro término. Están cuidados con mimo, pero también han conservado en buena medida el modo de hacer tradicional y, así, los límites suelen establecerse con muretes bajos de piedra o arbustos de crecimiento natural, entre los que sobresalen los endrinos.

La fuente

La fuente de San Pedro, con su pilón y abrevadero siempre tiene agua, hasta en los veranos más secos. La abundante y fresca vegetación invita a hacer una parada. Un poco más lejos, en una alameda, fluía la fuente de Valdetán, reducida hoy a un pozo. Al volver por la ladera del paramillo, podemos contemplar las cárcavas, verdaderas esculturas de barro blanco y marrón, que han formado con su maestría la lluvia, el hielo y el sol.

Valdecarros para terminar (11 km)

La Juiciana es otro páramo que se encuentra en el término que estamos descubriendo. O más bien un entrante del páramo que avanza hacia Fuensaldaña. Lo acometemos en directo, por un camino que sale justo desde el castillo; vamos como navegando por el aire pero en realidad rodamos sobre una ancha cresta, con valles dilatados a cada lado, dedicados al cultivo del cereal o a forraje, según los años.

Campos de cereal. Sólo un chopo se atreve a romper la horizontalidad

Al llegar a la autovía torcemos a la izquierda para tomar Valdecarros, un precioso valle encajonado al principio pero que se va abriendo poco a poco. Vemos distintos pozos; uno de ellos, de peculiar construcción, lleva el nombre de pozo de la Nieve, o sea, que antaño fue almacén de hielo para servicio del pueblo.  Y al poco, estamos de nuevo en nuestro castillo.

Piscatorem & Javiloby

Los Torozos a trozos

30 mayo, 2017

Excursión perfecta para conocer los paisajes de este páramo, planicie elevada unos 140  metros sobre los valles del Carrión, Pisuerga y Sequillo. Es curioso el contraste, pues se trata de un espacio de terreno sin casi habitantes, donde no alcanzamos a divisar poblaciones, sólo algunos caseríos o casas aisladas. Sin embargo, donde todo debiera ser extensión amplia y sin límites, nos encontramos con continuas cercas y vallados que convierten el campo en un entramado de polígonos sonde se protege la propiedad privada. Es como un paraíso echado a perder por los míos y los tuyos, de que hablara don Quijote en el capítulo XI de la Novela.

Cultivo con encinas de fondo

Pero, a pesar de la acción humana, conserva su serena belleza. Veremos rodales de monte, monte alto y monte bajo, grandes encinas, enormes atalayas de roble, algunos pinos, prados de buena hierba, hileras de almendros en caminos, bajos cercados de piedra, algún chozo de pastor, enormes pedazos de caliza robados al subsuelo del páramo para señalar propiedades, antiguas y modernas alambradas, demasiados terrenos ganados al monte para cultivo, canteras, cañadas –derechos ganaderos de paso-, caminos de origen medieval… y mucho más. Y en medio, como un símbolo, la moderna cárcel de Valladolid, que nos recuerda lo que hacemos los humanos con el bien y la belleza que hay en este mundo. Por no hablar de fosas comunes.

Pues nada, vayamos a ello. Punto de partida: Fuensaldaña, desde donde subimos al páramo por el camino de Villalba, que nos muestra a la derecha el cerro de las bodegas. Empezamos la clase de paramología aprendiendo lo que es un barco o valle corto y profundo en las estribaciones del páramo. A nuestra izquierda atisbamos a ver otro, un poco más largo, el de Valdoncil.

Camino hacia las Cortas de Blas

Ahora nos encontramos en lo alto. Miremos hacia donde miremos, nada supera la línea del horizonte, no hay árboles y las pocas naves se confunden con esta línea. Y es que la mayor parte del monte fue arrasado en el siglo XIX en aras del progreso (en este caso del agrícola). La primavera, muy tardía, está en todo su esplendor. Por fin podemos disfrutar del campo esmaltado de margaritas y moteado de amapolas. Menos mal que la espera ha dado frutos. Cinco kilómetros de recta nos conducen hasta un picón de monte; es, sobre todo, monte bajo de carrascas con alguna encina corpulenta que no destaca demasiado. El camino de Villalba parece desaparecer pero no lo acaba de conseguir pues, aunque se ha intentado cultivar, el firme y las roderas no han desaparecido del todo y continuamos por él. El monte está protegido, bueno, señalado más bien, por esas enormes piedras calizas arrancadas de la superficie con algún tipo de máquina. Es una auténtica moheda, imposible de atravesar salvo que sigamos los senderos abiertos por los monteros…

Ejemplar de roble

Puede decirse que estamos en medio del páramo de los Torozos lugar perdido y sin almas, apto sólo para los caballeros andantes que resisten en los páramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos… Y es que, hasta en nuestra literatura clásica el páramo es duro y solitario

Ahora el camino –que reaparece con restos de buen empedrado- nos lleva por campo abierto dedicado a cultivo. Otro poco más de monte, con vallas electrificadas que impiden la salida del ganado, y nos presentamos en las Cortas de Blas.

Tierra roja en la Mata Alta

La siguiente visita es al monte de la Mata Alta, de pino, encina y roble. Antaño cruzaba por aquí el camino de Montealegre a Valladolid. El suelo está cubierto de maleza al principio, pero luego emerge su primigenio color rojo salpicado de bogales. Lo mejor es su extremo occidental, en el que vemos grandes ejemplares de roble quejigo, sobre todo en el campo limítrofe.

Salimos de nuevo a la carretera para rodar por la zona de Roblealto. Aquí el monte no es cerrado, abundan los claros cultivados y las hileras de encina que separan como en retazos la tierras de labor. Tras una carrasca olivada que está a poco más de 5 metros, me siento observado por alguien o algo. Me fijo y descubro un jabalí que, efectivamente, no me pierde ojo y a su lado otro más pequeño. Sigo mi camino y se olvida de mí. Tal vez estaba vigilándome por si acaso molestaba a la cría. Ahora me explico mejor la sensación que antaño producía cruzar estos montes, temidos a causa de los bandoleros que los habitaban. En fin, acabo saliendo a la casa del Encinar, que me muestra sus cuadras y la espadaña de una ermita, ya en la carretera de Mucientes a Villalba.

Monte abierto

El siguiente tramo lo hago por la cañada que viene de Palencia y se dirige a Fuenteungrillo, despoblado que fue descansadero de merinas. Coincide con la carretera de Peñaflor hasta que ésta toma su propio rumbo. Mantiene cierta anchura y cruza campos de cereal con algún trozo de monte de encina. Bordea la alambrada del Carrascal pero yo tuerzo siguiendo los límites de esta finca y dejando la cañada de Fuenteungrillo. Me voy acercando a un zorro enorme que no me ha descubierto. Cuando lo hace sube la cerca de alambre como si tuviera cómodas escaleras y desaparece. Por cierto, es el cuarto zorro que veo hoy y aun me queda otro.

Cereal con encinas y amapolas

Ahora bordeo otro monte, dedicado a cantera para arrancar piedra caliza del Plioceno, hasta que llego a la casa de Navillas siguiendo la línea ideal de un antiguo camino que discurre junto a una cerca. La casa está en ruina –debió ser potente y señorial a juzgar por los restos en piedra- y  de un establo surge una lechuza blanca. Por cierto, que por esta zona abundan los topónimos de nava, como es el caso. Hemos pasado por Navafría –al lado del Carrascal-, la cantera está en Navaflor, hacia La Mudarra se extiende Navabuena, luego cruzaremos junto a Navacerros, antes de llegar a la cárcel… Es posible que muchas se cubrieran de agua antaño, si llovía mucho; como no se regaba tanto como ahora… Y, si te fijas, verás que el páramo no es perfectamente plano, sino que con frecuencia tiene ligeras hondonadas o navas. (Seguimos con la paramología).

En la cañada de Fuenteungrillo

Sigo hasta la casa de la Venta, ya en la carretera, donde pongo rumbo a Fuensaldaña. Algún zigzag por un camino que –luego lo veo, ya de salida- debe tener el cartel de prohibido. Y, por fin, una recta de 7,5 km pasando cerca de la cárcel y de la curva de la autovía. Para hacer  la llegada, el último camino que he tomado se pierde en el nacimiento del arroyo Pozo Moza, que baja hacia Fuensaldaña, de manera que lo cruzo a campo traviesa hasta que enlazo con otro que viene de Villanubla y bordea Cuesta Redonda. Fin.

Romería a la Virgen de Alconada (o de Valladolid a Ampudia con vuelta)

16 mayo, 2017
Valladolid Alconada 035

Caótica e incompleta foto de grupo

Como estamos en el mes de mayo, desde la Escuela Deportiva Niara se planteó de nuevo, como el año pasado, una rodada hasta un santuario de la Virgen. Se eligió el de Alconada, que está a unos kilómetros de Ampudia, en Palencia, y el día 13 de mayo. Para que hubiera éxito en el empeño teníamos que atravesar el páramo de los Torozos, por lo que Chucho y Juan B. se dedicaron la semana anterior a recorrer las pistas, caminos y sendas a fin de conducirnos por la ruta más adecuada. De manera que Chucho nos pastoreó perfectamente por las majadas, prados y montes de Torozos, con algún que otro despiste que no tuvo mayores consecuencias, pues estábamos deseosos de hacer kilómetros y kilómetros.

Otra más completa, clica para verte

Primero atravesamos Valladolid por toda la avenida de Salamanca, respetando siempre el código de circulación y, sobre todo, a los paseantes y ciclistas que venían en contra. No sé por qué se apartaban en cuanto nos veían; ¿lo sabes tú, Apon? ¿O tal vez fue por las continuas eses de Lolo?

Subimos por el derrame del Canal de Castilla hasta la Concha, donde continuaba la excursión sin ningún tipo de tráfico (salvo el nuestro) y nos empezábamos ya a deleitar con el acuático paisaje. Nadie se cayó ni se tiró al Canal –aunque Lolo lo intentó varias eses, digo veces y a Pepe alguno hasta lo empujó- y en el puente de madera nos hicimos la primera y caótica foto de grupo.

Por la sirga del Canal

En la Santa María de Palazuelos se nos unió José que venía con su flamante chaqueta de Sueños en Alforjas: nos contó sus últimas andanzas y el porqué de su afición a la bici. Por cierto algunos ciclistas hemos hablado de que estas salidas hay que hacerlas con más frecuencia, aunque sean un poco más cortas. Así que habrá noticias próximamente. También aquí, en Palazuelos, dejamos el camino de sirga para poner rumbo a Corcos. También olvidamos -¿dónde?- la cámara con la que Juan P. nos estaba convirtiendo en protagonistas de una epopeya de cine. ¿Apareció?

Aproximación a Corcos

La segunda –y última- foto de grupo nos la hicimos en el chozo del Cuquillo: es un chozo de pastor muy esbelto, recientemente restaurado, de manera que lo pudimos ver en perfecto estado y hacernos una idea de cómo vivieron durante siglos los pastores. Algunos –Mencía, Josete, Fosco, Santi, Apon, Alex V.– además de contemplarlo por dentro y por fuera ¡lo escalaron! creyendo que se trataba de un rocódromo. Íñigo cogió una pájara: antes de salir, había jugado un partido de fulbito y tan emocionado estaba que se había olvidado de desayunar. De manera que recibió de todas partes barritas energéticas, chocolate y pijadas así, hasta que la pájara se escapó: a partir de ese momento se puso en cabeza de carrera con Apon, dejando a Joaquín tirado en la cuneta.

Dos campeones

Una cuestecita más y nos encontramos en Corcos. ¡A reparar fuerzas! Además de dar cuenta de lo que llevábamos, nos esperaban Pino, Emilio y Diego con material suplementario. (Tuvo gran éxito la tortilla de patatas de Noe y la ensalada de pasta de Pino)

Esta vez tres, sorteando charcos

Ahora quedaba lo más duro: la subida al páramo. Pero no fue para tanto. Ascendimos sin problemas, especialmente Alex V. y Luis B., que no pesan nada. A Josete y Rafa se les atragantaban un poco las cuestas, pero sin mayores consecuencias. Como Chuchín siempre andaba sobrado, subió a más de uno por el popular método de la palma en la espalda. Pero no mencionaremos a los complementos directos subidos. (Nos hemos enterado que al día suguiente Chuchín se hizo con Mingo otros 100 km de nada; dicen las malas lenguas que estaba un poco cansado)

Llucha en la cabeza de carrera

Otras menciones: Luis F. se vino con una bicicleta antediluviana, con tuercas en los ejes  y pinchó varias veces. Menos mal que Javier siempre tiene la llave adecuada a mano en su bici-taller. Rafa consiguió llegar a Alconada con una bici enana, ultrapesada, sin desviador y con el cambio cristalizado en el sistema poliédrico: fue declarado ¡campeón de la jornada! por unanimidad. Catalina se nos vino –con unos kilómetros de más, desde Simancas- con un tanque-bici que bajaba muy bien las cuestas, pero rodar lo que se dice rodar a una mínima velocidad por llano o cuesta arriba, pues que no. En el páramo se la cambió a Adolfo, de forma que este se hizo al momento con la cola del pelotón hasta la meta. El premio al pundonor se lo llevó Teresa que no dejó de dar pedales y sonreir en ningún momento –a pesar de alguna indirecta- y llegó en plena forma a la meta. Como tenía otras obligaciones no pudo volver en bici, como hubiera sido su deseo. El trofeo a la perseverancia fue a parar Javier, el de la bici-taller, que explicaba a los más bisoños una y otra vez para qué estaban los cambios, cómo cambiar y esas cosas, pero la gente no estaba por la labor y prefería pedalear con el corazón antes que con la cabeza.

Ya en el páramo

Rodamos bajo las aspas de los molinillos, pasamos junto al pozo de la Esquila, nos topamos con algún rebaño de ovejas, hasta que nos dejamos caer al monasterio de la Virgen de Alconada. Bueno, algunos como Juan M., Juan B., Mariano, Ilde o Joaquín– se tiraron ladera abajo a campo traviesa.

Queda poco

Los demás –Fátima (muchas felicidades, que era tu santo), Mencía, Luis B., Nico, Edu– rodaron como si en vez de hacerse 54 kilómetros se hubieran dado un paseíto de nada por el Campo Grande.

En la pradera nos esperaban los que habían llegado en coche; enseguida visitamos a la Virgen (que a eso vinimos) y repusimos fuerzas con empanadas, bocadillos, pastas, un pote enorme de arroz con leche…

Parada técnica

Alguno fue devuelto a Pucela en la furgona. Pero bastantes volvieron en bici a Valladolid: Álvaro, Alberto, Tigre… En la categoría féminas, el primer premio se lo llevó Elena, con más de 100 km a la espalda, y el segundo fue para Isa, que llegó hasta Cigales, o sea, 82 km. También hizo la ida y vuelta Alex V., con una bici pesada y pequeña que si se la dan a Induráin se queda clavado. Llegando a Cigales, después de contemplar un hermoso roble y sufrir una aparatosa caída sin consecuencias, a Óscar se le reventó el cambio trasero cadena incluida y tuvimos que llamar a los coches de apoyo: se presentaron Noe, Antonio y Diego, -¡mil gracias!- los que quedaban escaparon a Valladolid cobardemente sobre dos ruedas. El primer grupo llegó a las diez y pico y el segundo poco después de las once.

Uno de los grupos a la vuelta, cerca de Cigales

Resumen: ¡gran excursión! Todos teníamos un poco de miedo, unos de no llegar a Arconada y otros pensaban que no regresarían -ni de broma- a Valladolid en bici pero…  nos hemos medido y ha habido sorpresas…  ¡buenas!

Valladolid Alconada 160

Tímida primavera en el páramo

11 mayo, 2017

Los agricultores ya lo han anunciado: este año no habrá cosecha en Valladolid y Palencia debido a la persistente sequía. En esta excursión lo hemos comprobado: uno de los terrenos más frescos y suaves de ambas provincias –el páramo de los Torozos- se encuentra en una situación desoladora. Las plantas de cebada ya han empezado a espigar, a pesar de que no levantan –no pueden- más allá de palmo y medio. El trigo todavía no ha espigado, es más tardío, y todavía podría salvarse –al menos aquí- si llueve pronto y en abundancia.

A la salida de Corcos

En los perdidos la situación era similar. Ninguna mala hierba levantaba más de un palmo. Las amapolas y otras flores se pueden contar –nada de innumerables- en esta primavera de finales de abril y comienzos de mayo; solamente una parcela sin sembrar se había pintado de amarillo gracias al humilde picapollos. O sea, daba pena ver el campo, como nos dijo un agricultor con el que charlamos un momento. Sólo las zonas de regadío se habían salvado… de momento, pues también acabarán cortando el agua en muchas debido al estado de los pantanos. Tal vez la ventaja de todo esto sea que este año las espiguillas y cardillos no nos invadirán los calcetines y zapatillas y, por tanto, no vamos a notar esa persistente molestia en nuestros próximos paseos. Bueno, ya veremos.

Cebada junto al chozo del Cura

A pesar de todo, muchos campos de cebada y trigo estaban esplendorosos, con esas tonalidades variadas que tiene el color verde según los distintos tipos y momentos del cereal. Los robles se encontraban echando la hoja y muchos espinos albares, vestidos de blanco, en plena floración.  El monte tenía el suelo seco o sin hierba y los perdidos, con un color entre gris y verde oscuro, como devastado por la sequía. Sólo los aerogeneradores florecían con sus tres pétalos blancos de gigante y en continuo movimiento, pues soplaba un fuerte airón.

Robles en el sembrado de cereal

El trayecto lo hicimos por el antiguo camino de que va de Corcos a Valoria del Alcor y Ampudia. Sale detrás de la iglesia, donde acaban de poner indicadores de diferentes rutas a los caminantes. Dos cruceros descansan junto a la pared de la iglesia y un pozo tradicional aún no ha sido clausurado. Dejamos un a un lado el palomar y al otro el antiguo cementerio y ascendemos suavemente entre campos de labor hasta que damos con los primeros retazos de monte. Ya en el páramo vemos los corrales y chozo del Cura, en situación lamentable.

Otro roble

El camino va desapareciendo hasta que efectivamente lo hace en la raya de Palencia. Antaño se dividía por aquí en dos ramales: uno a Valoria y el otro a Ampudia. Malamente seguimos por donde fue el segundo hasta que, después de dos kilómetros a campo traviesa por un suelo duro por la sequía, nos encontramos con una buena pista que ahora sirve a los gigantescos aerogeneradores. Seguimos un poco más sin llegar a bajar a Ampudia. Durante todo este trayecto hemos disfrutado contemplando los viejos y enormes robles que aún quedan en Torozos. Esperemos que por muchos años.

Volvemos atravesando un intrincado monte mixto en el que predominan dos especies de reforestación (arizónicas  y pinos de Alepo) pero en el que también hay robles, encinas y almendros. Antaño debió ser zona de viñas a juzgar por la abundancia de piedras calizas del páramo, de buen porte, que bien pudieron servir de muro en las diferentes parcelas. Esta densa vegetación protege muy bien del viento en contra, como era el caso.

Contrastes

Al salir del bosque, nos acompañó una línea de chopos, álamos y olmos arbustivos, como si señalaran una corriente subterránea, precisamente hasta que nos introdujimos de nuevo en otro bosque, éste más autóctono, de encina y roble. A todo esto, los molinillos seguían, altivos, dominando el paisaje.

Por fin llegamos a la divisoria provincial, señalada por el camino de Villalba a Corcos, pasamos por el caserío de La Barranca y, tras culebrear un poco por el monte del Borbollón, caímos en Corcos, de donde habíamos salido. Corto –casi 30 km- y atractivo paseo en un día que fue especialmente agradable porque habían anunciado (?) lluvia abundante, y no se presentó, como en toda esta tímida primavera.

Aquel refugio pastoril de los Torozos…

9 mayo, 2017

En algunas de nuestras excursiones por los montes Torozos en Mucientes, hemos pasado por una curiosa construcción pastoril que, además de contar con los corrales  normales que encontramos en todos los páramos de nuestra provincia, tenía también un refugio pastoril, excavado en la tierra a modo de cueva artificial, recordando un poco las tudas zamoranas.

Pues bien, rodando hace unos días por internet, nos hemos encontrado en  el número 13 de la interesante revista Estudios de Patrimonio Cultural con un artículo sobre este complejo pastoril que lleva por título El chozo de Gaspar, pues por este nombre es conocido en Mucientes, término en el que se localiza.

Vaya por delante que la revista citada nos parece interesantísima porque recoge artículos relativos a la cultura tradicional y popular, y bastantes de ellos tratan temas de nuestra provincia.

No decimos nada más: aquí se puede leer el artículo y aquí la excursión en la que nos lo encontramos; únicamente mencionamos por nuestra parte que no creemos que esté ligado a las cañadas de merinas y a la trashumancia, sino a la ganadería ovina local. Pero de esto hablaremos en otro momento.

Enhorabuena al autor del artículo –José Luis Ascensión Gómez Blanco- y a los editores.

 

Valdenebro: almendros florecidos y robles invernales

23 marzo, 2017

Cuando florecen los almendros es bueno darse una vuelta por Valdenebro de los Valles, pues encontraremos innumerables hileras de estos árboles que antaño separaron majuelos y otras propiedades.  Ya conocemos Mirabel, La Picotera o el Mediano. El sábado día 18 de marzo estos almendros del páramo se encontraban estallando en flor, si bien algunos ya apuntaban las primeras hojas. Por eso, el próximo fin de semana ya habrá muchos menos florecidos. Los vimos de todos los tipos: más o menos grandes y otros que se han quedado casi raquíticos debido a que el páramo pedregoso en el que se asienta Mirabel no da para demasiadas alegrías. Algunos bien cuidados, sin embargo a otros nunca se les ha olivado. Unos de flor blanca, otros ligeramente rosáceos. Unos con la corteza negra como el carbón… Pero todos fomando parte de su correspondiente hilera que, con el murete de piedra caliza, sirvió en otras épocas para señalar campos.

Y como cerca de Valdenebro tenemos el monte de las Liebres, disfrutaremos con los robles que, estos sí, se dejan ver aun con su aspecto plenamente invernal, ya que empezarán a vestirse con las primeras hojas cuando la primavera esté mediada o incluso más tarde. La verdad es que resulta poético y relajante contemplar ahora este árbol cuyo potente tronco se va deshaciendo en mil ramas que progresivamente adelgazan hasta desaparaecer.

Por si fuera poco, en esta corta excursión desde La Mudarra, pasamos por diversas canteras de caliza, alguna en explotación; por distintos pozos con su abrevaderos –uno en la cañada Leonesa-; por corrales que no conocíamos, uno de ellos, justo en la raya entre La Mudarra y Valdenebro, de buen tamaño, con muros llamativamente anchos y de grandes piedras perfectamente colocadas.

Desde los bordes del páramo, se dejaba ver la Tierra de Campos, ahora de un color tierno y verde.

Y una constatación: ha desaparecido la fuente del Prado, cerca de Valdebro, que se encontraba en un precioso lugar, cabecera de un vallejo. ¿O tal vez está completamente tapada por la maleza? Un poco más debajo de la fuente, en la linde misma del monte Sardonedo, vimos una cruz de mármol, nueva: ¿qué señala o recuerda?

Aquí tenéis el recorrido, unos 33 km