Archive for the ‘Torozos’ Category

En los dominios de la Pindonga

9 diciembre, 2017

Día luminoso y frío de un otoño ya invernal. Amenazaban nubes  que no llegaron a presentarse salvo en el horizonte lejano.  Desde Castromembibre –bien señalado por la torreta caliza de su molino de viento- nos dirigimos atravesando la Tierra del Pan hasta la desembocadura del Sequillo, para luego volver bordeando el monte y vadeando el valle de ese río.

El páramo hecho pedazos

Al fondo, los últimos cerros del páramo

La primera parte de la excursión discurrió entre motas, picos y cuestas desgajados del páramo de los Torozos. Si en Grijota este páramo comienza con una subida fuerte y repentina –un verdadero muro de 150 m- aquí, 77 km después, se diluye en cuestas insignificantes hasta desaparecer por completo para verse sustituido por unas onduladas llanuras de pan llevar.

Pasamos a la provincia de Zamora y llegamos a Vezdemarbán donde visitamos el Pozo de Agua o fuente de Arriba para continuar camino, escoltados durante unos pocos kilómetros por dos enhiestas torres de sendas iglesias, que dos tiene esta localidad por falta de una.

La Tierra del Pan

La silueta que nos acompañó

Después, en una de las pocas cuestas potentes que se nos presentaron, buscamos sin resultado la Fontana. Al menos la subida nos compensó por la vista del paisaje, con los montes de León al fondo y un montón de pueblos que salpicaban la Tierra del Pan. También, al norte, se dejaba ver adornado con sus tierras rojas, el valle del Sequillo y más allá el monte de encinas de Belver. Como la claridad sin neblina lo dominaba todo, el paisaje de esta excursión resultó ciertamente espectacular.

Otro detalle importante: aquí empezamos a ver la Pindonga, cuya figura nos acompañaría durante casi toda la excursión.  Es la iglesia de San Esteban, de Fuentesecas. Le encanta lucir –cual pindonga- hacia todas partes, ¡y vaya si lo consigue! También se veía, más humilde, eso sí, la silueta de la ermita del Tobar, de Malva.

La Tierra del Pan

Pero bueno, todavía nos quedaba un rato por rodar hacia el oeste y, al llegar a un humedal con un pozo con una barandilla muy chula, giramos hacia el norte. Saludamos a algunos pastores jubilados que se entretenían con sus pequeños rebaños y llegamos a Bustillo del Oro, donde tomamos –en la misma torre de la iglesia, bien señalado- que camino de Castronuevo.

Esta fue la parte más dura del trayecto. Un camino recto y al fondo, destacada, la torre de la iglesia de Castronuevo de los Arcos; el viento en contra. Parecía que nunca se iba a acabar. Castronuevo no se acercaba. Siempre la misma distancia. Detrás, como vigilándonos, la Pindonga. Abajo la tierra y arriba el cielo. Así durante un tiempo que parecía interminable. Menos mal que dulcificaron este camino dos bandos de avutardas que levantamos al pasar.

No faltaron animadoras

El Valderaduey

Pero todo llega. Llegó la carretera de Zamora, llegó el Valderaduey y su puente y llegó Castronuevo. ¿Y ahora, qué? Pues ahora cruzamos a la otra orilla –la derecha- y nos fuimos por la carreta, adornada a ambos lados de grandes encinas, hasta un camino que nos dejó justo en la desembocadura del Sequillo, enfrente.

La confluencia

¿Y ahora qué? Como no hay puente –lo hubo, el que daba servicio al camino de Villarrín a Belver- remontamos el río en dirección a Cañizo, ya en Tierra de Campos. Nos encontramos con las ruinas del molino de Bragadilla, que llegó a tener 4 muelas, donde paramos a reponer fuerzas y pasar un agradable momento, protegidos del viento norte y expuestos al sol caliente de mediodía. Los saltamontes y otros insectos estaban tan felices como nosotros, pues aquí se habían olvidado de que estábamos en un día invernizo de otoño.  Lo ideal hubiera sido tomar un camino que sale junto al puente de Castronuevo, que atraviesa el Sequillo por una pequeña presa y, tras hacer unos metros a campo través, conectar con el camino de Belver. Otra vez será.

Restos del molino de Bragadilla

Pasado el buen rato del molino, nos dirigimos a Cañizo para pasar junto a  la casa natal de Aniano Gago y cruzar allí el río. Paramos un momento en el navajo y alameda del camino de Belver y rodamos bordeando el monte de encinas y tierras de labor. El sol de la tarde empezaba a inclinarse más y sacaba colores rojizos a las tierras y verdosos a las encinas. Motas verdes sobre fondo rojo.  Al fondo, la omnipresente Pindonga seguía destacando. A la torre de Castronuevo había que buscarla, pues su fondo no la facilitaba destacar. Los continuos toboganes ponían a prueba nuestras debilidades –más psicológicas que reales- a la vez que el viento de culo nos daba fuerzas.

Navajo

Y de vuelta por el Sequillo

En estas, caímos el cauce del Sequillo y pasamos junto al molino del Maroto, convertido en un restaurante famoso por la paella que prepara la dueña y que probaremos  en otra excursión, pues se hace tarde. Y por la carretera rodamos hasta la altura de Belver, somnoliento y acostado sobre la ladera roja del monte. Nos acercamos  a ver un bello puente del s. XIX que sustituyó a la puente vieja, románico, del camino de Toro.

La tierra roja con el monte al fondo

Ahora, por el fondo del valle, rodamos hasta la meta siguiente: el molino del Jesuíta, que fue un gran complejo fabril. Tuvo varias muelas y sus ejes daban fuerza mediante correas a un sinfín de variadas máquinas… Además, el complejo contaba con viviendas para los que allí trabajaban. Todo esto, perdido en un punto del Sequillo, lejos de cualquier población. Bueno, ahora no sólo está perdido, sino también oculto por la maleza en medio de la ribera, y en vías de desaparición.

Muela del Jesuíta

Salimos del valle en dirección sur, poniendo rumbo a Castromembibre. Después de tomar varios caminos, cañadas y direcciones, acabamos en el camino que deja a un lado, en una alameda, la fuente de los Villares. Y entonces, el sol se puso sobre el páramo de los Torozos, la Tierra de Campos y la Tierra del Pan. Llegamos con 68 kilómetros a la espalda.

Aquí dejamos el recorrido.

 

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Colada de Toro

24 octubre, 2017

Hoy, si queremos ir de Valladolid a Toro nadie se plantea un camino diferente al de la autovía de Tordesillas para luego tomar la de Zamora. Pero antes no era así; había otra alternativa, más directa incluso que la carretera: el camino de Toro –que se iniciaba en Simancas y llevaba –saltando entre los cerros de Torozos- hasta Morales para luego continuar a Toro. Era también vía pecuaria, por lo que recibía igualmente el nombre de colada de Toro, y pasaba por Geria, Matilla, Villavieja y Villalar.

Pues después de dar el paseo por Matilla, que comentado en la entrada anterior, volvimos a Valladolid precisamente por este camino de Toro.

Visión de Tordesillas

Viene desde Villavieja cruzando entre el cerro Carricastro y el páramo de Torozos; baja hacia Matilla y desde aquí se va poco a poco elevando hasta el collado de Pozuelo, que separa un paramillo escindido del ancho páramo torocil. Conforme nos elevamos, contemplamos el valle del Duero y, en primer plano, el Pedroso de la Abadesa, con la fila de  chopos amarillos que señalan el arroyo de la Vega, que nace cerca de Robladillo. Y al oeste se dejan ver las laderas grises del páramo con Velliza bien protegida en la misma boca de un vallejo.

Arroyo de la Vega

Mientras disfrutamos de este amplio panorama nos vamos acercando, sin querer, al collado. Las laderas de yeso y caliza nos impoden el avance hasta que, ya muy cerca, vemos el paso abierto por el camino. Incluso se vislumbra otro paso, más al sur, por la pista que conecta con  las antenas.

Hacia el collado entre paramillos

Ahora la colada se dirige casi en línea recta –antaño no había ningún giro- hasta el humilladero de Geria, que es justo por donde cruza manteniendo du dirección. De nuevo cuestas que machacan las piernas pero facilitan la visión del paisaje hasta que literalmente nos chocamos con la autovía. Aquí se corta la colada, que antes conectaba con la cañada de Tordesillas para seguir hasta Simancas. Nosotros giramos hacia el norte por la carretera abandonada para luego tomar un camino que nos conduce a Simancas por la Muñeca.

Cielo y tierra

¡Que estupendas sensaciones al rodar por las estribaciones de la paramera! Tal vez sea lo más característico de esta  agradable excursión.

Ya en el puente del Pisuerga tomamos el camino de la Berzosas que nos acerca a Valladolid entre altos pinos y chopos dorados. Otro día haremos el camino de Matilla a Toro, o a Morales por lo menos. Y veremos qué nos queda de él.

Al fondo, el Humilladero de Geria

Aquí, el recorrido en wikiloc.

Matilla de los Caños

16 octubre, 2017

Entre el extremo suroeste del páramo de los Torozos y Tordesillas se extiende un rosario de pueblos y aldeas: los Berceros,  Villavieja, Velilla, Velliza, Pedroso, Villán, Robladillo… Uno de ellos, que se encuentra en el punto medio, es Matilla de los Caños que no llegará a los cien habitantes. Lo de Matilla lo tendrán que determinar los filólogos, tal vez haga referencia al mismo término que Matajudíos y pueda significar algún tipo de monte o un hidrónimo. En lo de Caños no hay duda, por la abundancia de fuentes y manantiales en el término. En la misma localidad hay una fuente de dos caños, de buenas proporciones, que todavía hoy nos ofrece sus aguas (de dos tipos: por un caño agua tratada de la red y por el otro la de toda la vida).

Cuesta Blanca

El término se extiende por la ladera del páramo. Cuando los rayos del último sol de la tarde chocan contra la falda, desde Matilla el paisaje parece un cuadro dibujado a pastel. Así son los colores de los yesos, margas y calizas expuestos al sol rasante. Hacia el este destaca la cuesta Blanca y al oeste el páramo de las Mallas, que más bien es un estrecho picón. De la localidad hacia el sur el paisaje deja de ser un fuerte declive y se transforma en un conjunto de suaves cuestas onduladas moteadas de pinarillos y atravesadas por el arroyo del Prado. Al poniente linda con las laderas de Carricastro y al levante, tras del Pedroso de la Abadesa se levanta el páramo Valcuevo y el teso de  Valdelamadre; entre ambos  el collado de Pozuelo, agradable para cruzarlo en bici.

Matilla desde el páramo de san Pedro

Podemos dar una vuelta completa al término: es pequeño y hay un camino que lo circunda. Desde las laderas de Carricastro vamos en suave bajada, entre tierras de cereal y cruzando pinares hasta llegar al arroyo del Prado, que cuenta, efectivamente, con un ancho prado en sus orillas: está cercado porque pasta en él ganado vacuno. En el prado y en sus cercanías se suceden hileras de matas de negrillos y pequeñas alamedas.  Ahora todo está muy seco, pero en primavera es un pequeño vergel. Llegamos a una colina en cuyo punto más alto vemos el establo Cillero (o sus restos).

Rodamos un poco más y precisamente en Trasdepastores nos cruzamos con un rebaño de churras. Finalmente, bordeamos el conocido aeródromo de ultraligeros. Bueno ya no sólo, pues hay un helicóptero y varias avionetas.

Chopos en el prado del arroyo

Chopos en el prado del arroyo

Tomamos ahora el viejo camino de Villamarciel a Matilla que sube y baja entre pequeñas manchas de pinar y encinas aisladas, pasamos de nuevo por el prado del arroyo y nos desviamos para tomar la más vieja colada de Toro a Valladolid que, a estas alturas de la civilización, se medio pierde entre las tierras de labor a pesar de lo bien trazada que estuvo.

Finalmente, entramos en Matilla por la ermita del Cristo, junto a la que  descansan los cuerpos de los matillenses después de pasar por esta vida. Detrás vemos uno de los pocos palomares –muchos hubo hace años- que queda en pie.

Pinarillos

En las eras nos paramos a ver el chozo o caseto donde se guardaban los utensilios para trillar y separar el grano de la paja. Es muy original por su peculiar tocado: de buenas proporciones, sobre la parte superior en forma de bóveda, un tejado a un agua sobresale ampliamente cubriendo con generosidad las paredes de barro para que la lluvia no las eche a perder. [Hasta hace poco tenía una bonita puerta de madera tradicional; ahora la tiene metálica; bueno, si así se conserva mejor…]  Al otro lado de la era se arrumban viejos pesebres o dornajos para bueyes, bien tallados en piedra.  Ya nadie los quiere, aunque no dejan de tener su valor.

Caseto de la era

Nos acercamos a la iglesia, en el extremo sur del pueblo. Su pared oeste, desde la que arranca la torre, es el frontón donde los jóvenes juegan a la pelota, ahora con raqueta de tenis. Al otro extremo del juego se levanta la panera del cura, todavía en buen estado. Una barandilla de piedra que rodea el exterior de la iglesia por el sur, sirve de límite a una balconada desde la que contemplar el valle del Duero, con Tordesillas en el centro. Más lejos, las torres de las iglesias de Serrada, Ventosa y otras que, por no llevar prismáticos, nos quedamos con las ganas de distinguir.

El templo, rodeado de cruceros, está dedicado a Santa Eulalia de Mérida a la que el pueblo celebra el 10 de diciembre con una gran hoguera, recordando así la muerte de su Patrona mártir. En julio celebra también a santa Isabel y en mayo a san Urbano, que libró al pueblo de la piedra no ha muchos años.

A la derecha, la panera del Cura

Después de pasar por la plaza, visitamos la vieja fuente y subimos al páramo de San Pedro, que en realidad es un pequeñísimo trocito en la paramera de Torozos, lo único que pertenece a Matilla. El camino de subida posee buen firme y no es largo, ni con pendiente excesiva; antaño hubo junto a él un palomar y la fuente de Carremonte, donde hoy distinguimos algunos juncales. Arriba otra vez a contemplar el paisaje. Ya se ve que este término es de laderas y cuestas, no de llanura.

Campos

Hemos dejado de lado por esta vez una joya de Matilla: la fuente de Carralate, pero ya la conocíamos por otras andanzas. Está en un pliegue de la ladera, posee un buen abrevadero y algunos árboles de sombra. Es otro punto perfecto para la contemplación… y para merendar. Recuerdo una noche de verano en la que acabamos cenando en uno de las mesas que hay junto a ella. También pudimos observar los tres tipos de sapos que se dan en Valladolid, alguno de carácter muy cantarín.

***

El paseo de hoy continuó por el páramo hasta bajar hacia Carricastro por la cañada real leonesa occidental. O más bien, como de costumbre en estos casos, por lo que de ella queda. Aquí tenéis el recorrido según wikiloc.

Buenas noticias para el roble de Robladilo

13 octubre, 2017

De El Norte de Castilla del pasado miércoles

En este blog puedes ver El roble de Robladillo

Y no sabía que, en medio del páramo de los Torozos, una noche del pasado agosto, los pueblos de Castrodeza, Villán, Robladillo y Velliza se reunieron bajo la luz de la luna llena. No deja de ser curioso.

Wamba y Pampliega

12 agosto, 2017

El Arlanzón por Pampliega

Estas dos poblaciones –una en Valladolid, la otra en Burgos; una no lejos del Duero y del Pisuerga, la otra a orillas del Arlanzón- se encuentran unidas por un rey godo: Wamba, que reinó en España durante los años 672 a 680. Sí, desde entonces ha llovido, pero ambas localidades siguen recordándolo.

Las dos tuvieron monasterios durante la época visigoda, e incluso antes seguramente. Las dos se asientan en la falda de un páramo, las dos poseen molinos movidos por la fuerza de los ríos, y ambas disfrutaron de buenas aguas y buen vino. De esto último aún quedan abundantes bodegas como testimonio. La iglesia de Wamba es pequeña y románica con trazas mozárabes, y conserva un llamativo osario; la de Pampliega es grande, domina la población y aun el valle, y posee un espléndido retablo.

Vista de Wamba

El primer día de septiembre del año 672, Wamba se encontraba en el valle del Hornija -donde acababa de expirar el rey Recesvinto-, cuenta la tradición que ejerciendo su oficio de agricultor, cuando un grupo de nobles le propuso como rey, contestando él que lo sería en el momento que su arado reverdeciera, lo que así ocurrió al instante, comenzando a entallar. Según la crónica de Julián de Toledo, fue obligado a ser rey por la fuerza, pues los nobles le manifestaron: de aquí no saldremos hasta que, o te reciba como rey nuestra embajada, o la muerte engulla aquí al que se oponga.

Molino en Pampliega

En lo que hay más acuerdo es en el lugar donde todo esto ocurría, según dice Julián de Toledo:

Gerebantur enim ista in uillula, cui antiquitas Gerticos nomen dedit, quae fere centum uiginti milibus ab urbe regia distans in Salamanticensi territorio sita est.

O sea, en la pequeña villa de Gérticos, a 120 millas de Toledo y en la diócesis de Salamanca. Y precisamente debido a estos hechos, la conocemos hoy con el nombre de Wamba.

Iglesia de Wamba

Pero después de varios años de fructífero reinado –contuvo a los árabes en Algeciras, redujo a los vascones, sofocó diversas rebeliones en el amplio territorio de la España goda, trajo las reliquias de San Antolín a la cripta de la catedral de Palencia…- fue engañado, narcotizado y tonsurado y se retiró a vivir los últimos años de su vida al monasterio de San Vicente en Pampliega, donde murió en el 688. Y allí fue enterrado hasta que el rey Alfonso X trasladó sus restos a Toledo, que luego serían profanados por los franceses a principios del siglo XIX. Actualmente se encuentran en la catedral toledana y los reclama el ayuntamiento de Pampliega.

Aquí -o muy cerca- pudo levantarse el monasterio de San Vicente

Wamba tiene una antigua y hermosa fuente dedicada al rey godo, además de una escultura instalada hace unos años a la entrada del pueblo. Pampliega cuenta con la fuente de la Legaña buscada por el rey Recesvinto para curarse un mal de riñón pero sus aguas sólo le limpiaron los ojos, pues únicamente tenía –y tiene, se sigue afirmando- propiedades medicinales oftalmológicas. No obstante, este rey acabó en los Baños de Cerrato donde pudo al fin curarse de su dolencia.

Detalle de la fuente de Wamba

Curiosamente, otro rey godo, Chindasvinto, cuyos restos se encuentran en la iglesia de San Román de Hornija, fue proclamado rey en Pampliega precisamente.

En cualquier caso, lo que sí sabemos con seguridad es que se trata de dos preciosas localidades castellanas que mantienen con orgullo su pasado y que cuentan con rincones y paisajes deliciosos.

Otro valle de Quintanilla de Trigueros

2 agosto, 2017

Aunque hemos rodado mucho por el irregular y –tal vez por eso- variado término de Quintanilla de Trigueros, no conocíamos aun el valle de los Cabezos, por donde discurre –o discurría- el arroyo Váscones. De manera que ese iba a ser el objetivo fundamental  de la excursión, y luego nos quedarían unas horas por delante para aprovecharlas en el páramo de los Torozos, o en lo que se terciara.

El valle se abre a casi 2 km de Quintanilla, al desembocar nuestro Váscones en el arroyo del Pocillo, que nace en la fuente del mismo nombre.  En este zona crucial abundan las praderías dedicadas a pastos, que enseguida dan paso a las tierras de labor.

Al poco de entrar en el valle

Es un valle ni estrecho ni ancho, tendido en su ladera oeste y abrupto en la oeste, que se ve aprovechada por el carrascal para formar un monte bajo; el cerral está cortado a pico en algunas zonas.  Tiene continuos entrantes y salientes, o sea, forma barcos: Valdealar, Barco Grande y Barco Chico por la zona de los escarpes, y Valdelaviña y barranco del Lobo por el de enfrente. Por eso, nuestro vallejo pose una especial belleza.

Juncos, tierras de labor, monte

Primero avanzamos entre tierras de labor salpicadas de encinas y con monte en las laderas más empinadas. Poco después, aparece el monte espeso en el lecho del valle, con abundantes encinas de buen porte. Aunque en esta larga temporada de sequía no corre el agua por el arroyo, hay grandes extensiones pobladas de juncales, y señales de pequeñas lagunas de otras temporadas más húmedas. El valle avisa de que se termina cuando divisamos las casas de los Cabezos; ya casi arriba y a la altura de estas casas, termina en una pradera  con algunas acacias y un buen pozo con pilón y largo abrevadero. Pues nada, ha merecido la pena el paseo; si no hiciera tanto calor, el valle estaría fresco y hasta encantado, pero los habitantes de este bosque sin duda se encontraban durmiendo la siesta.

Abrevadero

Habiendo cumplido el objetivo y sin saber qué hacer, tomamos el camino del corral de la Villa y, desde allí cruzamos al término de Ampudia donde nos introdujimos en un pinar de repoblación: ¡un ejército de chicharras cumplía con su cometido cantando rabiosamente a un sol que todo lo quería fundir!

A los pocos kilómetros salimos a campo abierto y salpicado de molinos; nos encontramos algún terreno dedicado al cultivo del espliego y finalmente bajamos al valle del arroyo del Salón para buscar la fuente y hierba fresca del santuario de la Virgen de Alconada, y dejar lejos el estruendo de las chicharras. ¡Qué paz!

En el páramo

Vuelta a subir al páramo, esta vez por el curioso vallejo de Sotocaballo o simplemente el Soto, que tuvo en su momento un pequeño caserío con huerta y noria, ahora asfixiados por la maleza, y que todavía se encuentra poblado de bosquetes de esbeltos álamos –años ha también por olmedas, pues quedan los canijos negrillos- hasta casi el cerral. Aunque no los buscamos, tan densas arboledas denotaban la existencia de fuentes y manantiales. Otro tranquilo y pequeño vergel escondido en los pliegues de Torozos.

Por el Soto

Ya de vuelta, como hiciera poco calor, unas llamas gigantescas se levantaron, azotadas por el viento, en dirección a Torremormojón, con el consiguiente humo que en pocos minutos lo llenó todo. Claro que el viento que lo trajo también se lo acabó llevando.

Después de rodar por una carretera intransitada, tomamos el camino de Corcos y luego el de la Calera, y cruzando entre montes y corralizas nos acercamos al cerral que domina el amplio valle del Pisuerga. Después de contemplar su paisaje, sólo nos quedaba dejarnos caer para llegar sin esfuerzo a Trigueros del Valle y allí, proceder a la correspondiente hidratación que recomiendan los expertos y que nosotros no discutimos, ¡faltaría más!

Y el track

eMalos humos