Archive for the ‘Torozos’ Category

El valle de Barruelo y la torre de Torrecilla

26 mayo, 2018

A los pies de Barruelo se extiende un valle, irregular en su forma, en el que nacen diversos arroyos que vierten al río Hornija. Se trata de una valle ancho, con numerosas colinas, pequeñas motas y continuas ondulaciones del terreno. Su tierra es fértil para el cultivo del cereal y de plantas forrajeras. Normalmente, la vista acaba convergiendo en un punto: el castillo de Torrelobatón, que se levanta, no en lo alto, sino, curiosamente, en lo más profundo del valle. Además del cerral que adorna el paisaje a modo de festón, grandes y dispersos chopos alegran el panorama.

Pero en el término de Barruelo se forman también otros vallejos que forman el Daruela, tributario del río Bajoz, lo cual hace más variada la comarca. Y un páramo estrecho con extensas laderas separa las cuencas de Hornija y Bajoz. Todo este conjunto podemos verlo a estas alturas de la primavera como un mar o lago donde aguas y olas lucen un llamativo verde brillante bajo los rayos del sol.

Torrecilla al fondo

La primera parada en este valle se produjo precisamente en Torrecilla de la Torre. Cualquiera diría a primera vista que ni torrecilla ni torre. Pero la toponimia nunca engaña. Una amable vecina me abrió la puerta de la iglesia del Salvador. ¡Sorpresa!: un amplio espacio dominado por arcos fajones de medio punto -que separan las naves- y otros apuntados que soportan las bóvedas y sus naves. Estos últimos indican el estilo gótico de la iglesia, que cuenta, entre otros tesoros, con dos espléndidos crucifijos. Hace muy poco se ha descubierto una pintura mural que recoge a san Blas y a san Sebastián, atravesado éste por mil saetas.

Reloj de esquina

Las naves de la iglesia se acaban de repente, como si la pared de los pies no formara parte del resto. Efectivamente, ese muro es mucho más ancho de lo normal, con unas aspilleras impropias de una iglesia. Eso, por tanto, bien pudo formar parte de una torre. Además, al exterior del muro vemos unos matacanes al terminar la supuesta torre y comenzar la espadaña. Y un reloj de sol haciendo chaflán. Ya está explicada la torrecilla. La torre seguramente se sustituyó -por decreto, orden o resolución- al cambiarse el apellido de la localidad cuando en España se puso apellido diferente a las localidades de igual nombre. Y en nuestra provincia ya teníamos otra Torrecilla del Valle (del Zapardiel).

Pilón de la fuente de Abajo

Pero las joyas de Torrecilla no se acaban tan pronto. Hay que acercarse a ver sus fuentes. La de Abajo, cerca de la iglesia y con un abrevadero separado, apoyado en una tapia de piedras ha sido recubierta de hormigón tal vez a mitad del pasado siglo. Pero se ve que pertenece al tipo de las fuentes romanas si nos asomamos a ver el arca por dentro. Parece que en el pueblo tienen la idea de restaurarla, aunque aun no se ha formalizado el proyecto y correspondiente presupuesto.

Fuente de Arriba

Y la de Arriba, en el extremo norte de la localidad, junto al arroyo. Es una maravilla, romana igualmente, más pequeña y recoleta. Nadie la ha tocado todavía. Y ahí está, para que todos la podamos admirar. En esta sólo se trata de adecentar el paraje, eliminar maleza y algún escombro, para que pueda contemplarse en su genuina belleza. No lejos, junto al camino de la Espina vemos los restos -piedra y barro- del Humilladero del Cristo de la Piedad; queda algo de las paredes y la portada, en cuya piedra clave hay esculpido un cordón.

Después de este atracón de arte y cultura tradicional, tocaba salir al paisaje natural. Un buen camino es el que sube al páramo dominando el valle del Hornija, con el castillo de Torrelobatón al sur y el valle del arroyo del Val al norte. Va ascendiendo por laderas hasta que se planta en la planicie, donde todavía queda algún resto de monte, si bien casi todo son campos de cereal. Ya arriba se bordea el monte de San Lorenzo, lleno de molinos eléctricos, y por el camino de la Granja hasta que volvemos a tomar la dirección contraria a la que veníamos, pero esta vez metidos en el vallejo del Val, uno de tantos que se forma en Torozos. Al final, nos vemos de nuevo en la fuente de Arriba para tomar el camino que nos llevará, ascendiendo, hasta Barruelo, localidad que cruzamos sin más para llanear por el camino del los Bueyes que nos acerca a la cabecera del arroyo Villarejo, perfectamente señalada por grandes chopos. Este arroyo tiene al menos una gota de agua, y un pozo del que parece que todavía se sirven los rebaños a pesar de tener destrozado el abrevadero.

Inicio del vallejo del Val

Dejamos de llanear para descender por el camino que nos llevará a Adalia. Varias casetas denotan lo que antes eran fuentes y hoy son captaciones de agua potable. Adalia tiene historia: relacionada tal vez con una de las campañas de Almanzor, su iglesia fue románica. De ella sólo queda la portada. Después de rodar por la carretera de Barruelo, tomamos el camino de la ermita, y llegamos a sus ruinas, junto a una espesa chopera. Seguramente estuvo aquí la Virgen de las Viñas, antes de que la acercaran al pueblo. Un poco más y nos topamos con una hilera de corpulentos y solitarios chopos. Al poco, estamos de nuevo en un trozo de páramo, de esos que convierten este paisaje en uno de los valles más irregulares -y bellos- de los Torozos, y de la provincia.

Chopos cerca de la ermita arruinada

Tomamos una cañada, pasamos por Los Llanos, desde donde se nos ofrece de nuevo la típica vista del castillo pero también de la ermita de Villaudor -delante de los molinillos- y ya todo será bajar por grandes cuestas y pequeños toboganes hasta el Hornija, en Torrelobatón. Entramos por donde hemos salido -la carretera de Adalia- y una cruz de piedra emerge, inclinada, entre campos de cebada. Se trata de los restos de un antiguo viacrucis. ¡Demasiados restos en estos pueblos nuestros!

Antes de terminar reseñaremos que en las proximidades de Torrecilla pudimos contemplar una docena de buitres tranquilamente posados muy cerca del camino por el que rodábamos y, en el páramo, avistar al menos tres alcaravanes, ave a la que no le gusta dejarse ver.

Villaudor al fondo

Dejo aquí el caótico recorrido que hice. Para esta entrada, valdría cualquiera pasando por Torrecilla.

Anuncios

Vuelta desde la Espina o un ataque inesperado

19 mayo, 2018

Había que volver a Valladolid. La mayoría de los romeros volvió en los coches de sus familiares. Un pequeño grupo salió raudo -tenía prisa- para llegar por el camino más corto -pero con más cuestas- a Valladolid, cayendo primero al valle del Hornija y luego al del Hontanija. Y otro grupo de 19 ciclistas -al que vamos a seguir en esta entrada- regresó siguiendo una ruta similar a la de ida.

La primera parte discurrió por terreno totalmente llano, con campos de cereal a los lados y cruzando por zonas de monte. El sol ya no estaba en lo alto y parecía querer sacar todo el brillo y color de las tierras, las encinas y el sembrado, mientras rodábamos buenos por caminos de suelo rojizo. Así, llegamos a Barruelo del Valle. Entonces decidimos acercarnos a la ermita de la Virgen de Villaudor -¿qué significará este nombre?- a hacerle una visita, pues no la conocíamos. Una vecina del pueblo, cuyo perro se llamaba Yoni, tubo la gentileza de abrirnos la puerta para contemplarla por dentro: Virgen del siglo XVIII, talla de vestir; nave amplia, más grande de lo que aparenta al contemplarla de lejos. Pero lo mejor es el exterior: espadaña con campana en funcionamiento -algunos no se resistieron a usarla- y portada con un simpático soportal con banco corrido que aprovechó Óscar para arreglar cómodamente un pinchazo. Y el paisaje: campos abiertos a los cuatro puntos cardinales, ondulados y enmarcados muy al fondo por los páramos. La Virgen, según cuenta la tradición, se apareció a un pastor y desde siempre ha hecho numerosos milagros y favores. Luego pudimos comprobarlo.

Entre toboganes y olas verdes de cereal pinnado llegamos a Torrelobatón, que estaba tal como lo dejamos pero con más luz, pues las nubes habían desaparecido casi por completo. Ahora decidimos tomar un camino que acompaña al Hontanija por su orilla izquierda, protegidos al sur por el páramo. Senda que no se utiliza demasiado, pues el suelo no era de tierra, sino más bien un auténtico prado. La hierba es ideal, por su agarre, para bajar despreocupado, pero cuesta dar pedales en llano.

El grupo se había dividido en dos. Estábamos cruzando la raya de Castrodeza. Los de cabeza oímos cómo daba un fuerte grito Fernando, que iba en nuestro grupo, a la vez que se daba manotazos y movía el tronco como si no fuera en bici. Parón. Enseguida cayó del casco algo como una abeja que rápidamente fue aplastado.

Al poco oímos otros gritos más atrás: todos estaban pie a tierra, dando manotazos, moviendo los brazos o agitando chaquetas u otras prendas. ¿Qué pasaba? No se movían del sitio. Se internaban en el cereal. Alguno se tumbó en el suelo. Dedujimos que eran abejas o avispas, pero… ¿por qué no avanzaban? Misterio. Estarían abducidos por las abejas. Parece que les ocurría lo mismo que a Ulises con las sirenas.

Llegó Joaquín con alguna picadura y, enseguida Catalina:

-Hay abejas por todas partes, se me han metido por el pelo, me ha picado una al menos.

Después se acercaron andando, sin bici Teresa y Mito, con varias picaduras de abeja en la cabeza. También llegó, muy tranquilo, Jesús Ángel, como si no hubiera ocurrido nada:

-Peso mucho más que mil abejas, todas las que se me han acercado han resultado muertas. No sé de que hay que preocuparse. [Cierto. Y digo yo: es imposible que a un natural de Joarilla de las Matas se atreva a picarle nada]

Así que nos acercamos Jesús Ángel y yo a recoger las bicis de los que habían llegado caminando. Sí, alguna abeja revoloteaba, pero nada más. Seguimos esperando. A lo lejos, lo que queda del segundo grupo sigue manoteando. Sí, decididamente, están abducidos. Hay que hacer algo. Me acerco a ellos: Chuchín está buscando el casco entre el cereal, no lo encuentra. Le han picado varias pero sigue buscando sacudiendo una chaqueta en el aire. Elena, Alfonso, Juan, Chucho lo contemplan moviendo los brazos. No hacen ademán de moverse y les dejo tranquilos y felices con sus abejas. Dicen que no pasan porque les van a picar más. Si es así, parece que yo no existo para ellas (!).

Pero todo tiene su fin y acaban por cruzar su Api-Rubicón y de nuevo se rehace el grupo. Continuamos rodando y comentando la extraña jugada: ¿por qué unos tanto y otros tan poco? No se sabe.

Dejamos el Cueto a la izquierda y nos metimos por el valle del arroyo del Hoyal, que llega al páramo tras una subida de casi 4 km, o sea la más suave de las que se vendían esta tarde. De todas formas, hubo algunas protestas porque había demasiados cantos molestos en el camino. Claro que Álvaro, Gonzalo, Alfonso… no se enteraron de que había cantos feroces. Subían como si estuvieran de paseo.

Todo llega, también la hora de las despedidas. En el Picón de los Pleitos, Adolfo, Jesús Ángel y Javier toman el camino de Ciguñuela para caer por Zaratán. Los demás seguimos, bordeando el Rebollar. El sol roza el horizonte. Hace frío. Pero Ilde sigue, incansable, haciendo el cabra.

Un poco más y nos dejamos caer. Sin quererlo, estamos en Simancas. Algunos se quedan aquí, otros pasado el puente, otros en el Camino Viejo y algunos llegamos a Valladolid por el camino de las Berzosas pues la noche ha caído. Tras una hermosa jornada, eso sí. Hasta las abejas podrán ser el inicio de una leyenda que se extenderá hasta convertirlas, tal vez, en fieros dragones voladores…

Bueno, Joaquín se queja de que no veía nada y ha tragado mucho polvo. Y, lo que es peor, Chuchín se da cuenta de que ha perdido el móvil (no sólo el casco). No sabemos donde. Lo que sí sabemos es que, al día siguiente, de madrugada, se fue a hacer esta misma ruta en sentido contrario y le pidió a la Virgen de Villaudor que le ayudara a encontrarlo. Y lo encontró en el camino del Rebollar. ¡¡Final doblemente feliz!!

Romería familiar a la Santa Espina

15 mayo, 2018

Como en años anteriores, algunas familias de la Escuela Deportiva Niara nos citamos al llegar el mes de Mayo para hacer una romería a una ermita de la Virgen. Tocó esta vez el santuario de Santa María de la santa Espina, escondido desde el siglo XII en un pliegue del páramo de los montes Torozos. Y también como en otras ocasiones, unos fuimos en bici y otros, más cómodamente, en vehículos de cuatro ruedas.

La verdad es que cada año se anima más gente al plan ciclista, de forma que el lunes día 14, estábamos en el puente de Simancas, listos para salir, algo más de 40 ciclistas de las más diversas edades y condiciones. Los que veníamos en bici desde Valladolid y alrededores ya teníamos algún kilómetro en cada pierna.

Algunos salían muy preocupados, pues habían oído que la excursión consistía, sobre todo, en una “subida al páramo” y se temían lo peor, o sea, todo el trayecto “subiendo”. Les explicamos que no era exactamente así, pero mantenían algunas dudas.

Las dudas no se disiparon en la primera parte del recorrido, pues pasar Simancas significó, sobre todo, subir desde el río hasta la fuente del Rey, donde otro grupo nos esperaba, y de esta fuente al ras del páramo por el antiguo camino de Robladillo. Esto significó la primera prueba de la ruta y casi la definitiva para la mayoría. Sí, el desnivel era fuerte, pero las ganas de subir, el paisaje primaveral del campo, el espectacular panorama del valle del Duero que se divisaba y, especialmente, el buen humor de todos, hicieron que nos olvidáramos rápidamente del esfuerzo. Y cuando la gente supo que no quedaban ya más cuestas hasta Torrelobatón, la excursión fue –casi, casi- un paseo.

En El Rebollar se nos unió otro grupo que venía muy fuerte desde Valladolid. Y seguimos parameando entre campos de cereal y caminos adornados de acacias por una llanura sin fin.

La mañana se había despertado con cielo cubierto. No sabíamos qué iba a pasar: ¿lluvia, viento molesto, frío? pues las predicciones no se aclaraban entre ellas. Pero en la subida al páramo aparecieron los primeros y tímidos rayos de sol que, poco a poco, fueron dominando la jornada. El viento nos dio de lado la mayor parte del recorrido; y de frente y de culo en momentos puntuales. Lo importante es que no supuso molestia en ninguna ocasión. En Torrelobatón nos cayeron cuatro gotas mal contadas de una nube que cruzó despistada. La temperatura, agradable.

Al Bordeamos Castrodeza –se adivinaba el valle del Hontanija- hasta Valdesamar, punto en el que tomamos el camino Ancho que nos dejó, pasando junto a la fuente de los Cañicos, en Torrelobatón. La bajada fue gozosa: larga, por un ancho camino de buen firme como bien indica su nombre y con el castillo que viera la única victoria de los Comuneros al fondo. O sea, con dejarse caer hasta el pueblo bastaba. Además del castillo, pudimos ver el antiguo rollo -¿por qué está castigado en las afueras?-, la Alberca Vieja y el río Hornija.

La zona del campo de fútbol –con fuente, río y zona cubierta por si las gotas- fue la elegida para reponer fuerzas. Nos esperaban los avitualladores con una mesa bien surtida que tardó pocos minutos en desaparecer, pues los ciclistas llevábamos un poco de hambre.

Foto de grupo y a seguir rodando. Entre campos de suaves colinas verdes que brillaban al sol llegamos a Torrecilla de la Torre, de impresionante iglesia. Desde allí, por un camino de tendido suave que aprovecha un vallejo, subimos de nuevo al páramo donde, casi de repente, se nos presentaron los molinos gigantes del monte san Lorenzo. Nos costó un poco, pero una vez arriba estábamos seguros de haber llegado al punto más alto del trayecto, o sea, que no había más cuestas arriba.

De nuevo la llanura, esta vez arbolada en parte, vigilada por gigantes y con ganado vacuno pastando en el monte. Un enorme mojón de piedra nos indicó que estábamos ya en el término de Castromonte y, al fin, divisamos las agujas de las torres del santuario. Como habíamos llegado con casi una hora sobre el horario previsto, nos fuimos a la pradera del Bajoz a descansar.

Fueron llegando las familias transportadas en vehículos de motor y a la hora prevista, un buen hermano de La Salle nos abrió la puerta principal del Santuario, que casi llenamos. Misión cumplida.

Esta vez éramos tantos que he preferido no citar a nadie. Salvo a la más joven, Carmen de Prado, que se hizo unos cuantos kilómetros con nosotros en su mini bicicleta: ¡un gran futuro la espera sobre dos ruedas! Y a ver si dentro de poco se animan también Alonso Vaquero y Laura Vega, que no salieron del coche-escoba-alimenticio.

Pero todavía queda una segunda parte -la vuelta- que saldrá en breve y lleva por título El misterioso ataque de las abejas asesinas o así. Atentos, pues, a la próxima entrada. Aquí, el recorrido completo.

El cerro de Santa Cristina y otras cuestas

7 febrero, 2018

El río Sequillo modela buena parte de la ladera noroeste del páramo de los Torozos, desde Medina de Rioseco hasta San Pedro de Latarce. Ha sido este río el que ha labrado, por ejemplo, empinadas estribaciones en Urueña, o suaves faldas en Latarce, dejando una amplia llanura hacia el norte en su orilla derecha. Pero no en todos los casos, pues al pasar por Tordehumos lo hace, curiosamente, por un valle más cerrado, pues si el páramo sigue estando a un lado, al otro se levanta el teso del castillo de Tordehumos protegido a su vez por el cerro de Santa Cristina. Se trata, pues, de una más dura del antiguo páramo que ha quedado a modo de testigo de tiempos geológicos pasados.

Movidos tal vez por la reciente excursión al teso del Rey, nos acercamos esta vez al cerro de Santa Cristina que, todo hay que decirlo, nos decepcionó un poco porque no tiene buenas vistas (!) que nos esperábamos: todo su cerral se encuentra plantado de pinos que obstaculizan la mirada panorámica, salvo por el oeste -¡qué bien se ven Pozuelo, Cotanes, Cabreros!- y un poco por el norte para contemplar Villaesper, Morales y Villafrechós. La superficie de la cima, donde aflora la caliza, tiene forma de triángulo; se puede ascender gracias a unas roderas que parten de la carretera de Morales marcadas seguramente por los forestales que mantienen  el pinar. Aun así, merece la pena. También obtenemos una visión distinta del castillo de Tordehumos, que no llega a emerger sobre el ras del páramo de enfrente.

Pero la excursión no fue sólo este cerro. En primer lugar, nos acercamos a las cárcavas del Moclín. Debió ser muy fuerte el proceso de erosión por la lluvia antes de la plantación del pino de Alepo, pues en las torrenteras más bajas descubrimos, atravesándolas, anchos muros de piedra muy bien construidos para frenar la caída de las aguas y proteger así los campos de cultivo.

Otra novedad fue contemplar, en pleno siglo XXI, un rudimentario cigüeñal en uso para sacar agua del arroyo del Marqués y regar así una mínima huerta en su ribera. ¡No ha llegado a todas partes la industrialización del campo!

En el trayecto de ida subimos al páramo por la cañada del Aguachal –que desaparece en la cuesta- para bajarlo enseguida hacia Villabrágima. Todavía en la pendiente hubo dos paradas: una para comprobar que el manantial de la Calva sigue manando entre la maleza y otra contemplar el Espigüete y el Curavacas blancos detrás de la torre de Santa María: ¡hermoso espectáculo donde se juntan lo divino y lo humano! De bajada, paramos en la fuente del Cuerno, que al menos goteaba.

La vuelta fue épica por el camino de Tordehumos a Rioseco, pues un viento huracanado soplaba en dirección contraria. Pero con calma y con pequeñas metas se pudo con él. Nos paramos en algunos de los abundantísimos humedales que encontramos a la izquierda del camino, unos señalados por carrizo, otros por juncales, otros por chopos…  Por eso, aquí hubo abundantes fuentes: en el término de Villabrágima, vemos una, frente a una nave y un palomar, en piedra y terminada en un triángulo con la inscripción 1922; otra en la ermita de Nuestra Señora de Castilviejo, donde paramos a descansar y, finalmente, la Fuentecilla, poco antes de llegar a la Ciudad. Pero no sólo humedales, también nos saludaban los palomares, en otro tiempo muy abundantes y ahora en situación final: uno de ellos, en el término de Villabrágima, fue antes molino de viento.

Aquí dejo la ruta en Wikiloc

Rodando por el siempre cercano páramo de los Torozos

20 enero, 2018

Los páramos son inagotables. Entre sus vallejos, laderas, montes y navas, siempre se descubre algo nuevo. Y si no se descubre, con toda seguridad que el mismo paisaje por el que cruzamos haces dos meses o dos años ha cambiado: está más verde, o más florido, o más vistoso, o el color del cielo se reflejará en sus campos dándoles una tonalidad inesperada, o…  Mientras, el pinar lo veremos, con frecuencia, igual que lo vimos la última vez, pues es más difícil apreciar cambios –claro que los hay- en los perennes pinos o en el suelo repleto de tamuja seca.

Por eso, pasear por el páramo siempre es una novedad. Si es cierto que uno nunca se baña dos veces en el mismo río, más cierto será que uno nunca pasea dos veces por el mismo páramo.

Total, que hace unas semanas –todavía estábamos en el 2017- amaneció Valladolid tan helada como soleada: buena jornada, por tanto, para dar un paseo por el vecino páramo de los Torozos. Como no disponíamos de excesivo tiempo, la rodada esta vez se quedó en los 38 km. Suficiente para estirar las piernas y calentar el corazón.

Punto de partida: Ciguñuela. A pesar de que la concentración parcelaria movió tierras y caminos, dejó algunas cañadas, y fuimos por la Carralina, rumbo norte, hacia la concentración molinera del Hontanija, entre Wamba y Villanubla. La atmósfera estaba limpia, con alguna nube sedosa, y se rodaba muy bien a pesar de que el suelo mantenía cierta humedad. Continuamos por el páramo de Villanubla siguiendo la misma cañada, que aquí se hace más sinuosa, con curvas y pequeños toboganes. Y conserva un ancho que va más allá del mero camino carretero, lo cual siempre se agradece. Después de pasar junto navas y regueras, cruzamos junto a las ruinas de la casa de la Contienda, para torcer en dirección al oeste por el camino del Francés.

Ahora teníamos a un lado los montes Torozos y de frente los aerogeneradores: nos vamos  acostumbrando a ellos, ¡qué remedio!, es el nuevo paisaje de este páramo y ha venido para quedarse. De entre los molinillos se levantó un bando de avutardas, dado el tamaño de aquellos, éstas parecían pequeñas aves.

Llegamos a las proximidades de Peñaflor pero no entramos; por el camino de la Rodera nos aproximamos hasta el borde de Valdematilla, desde donde contemplamos una hermosa estampa de la localidad, sobre el páramo que se asoma al valle del Hornija. Detrás, formando guardia, los gigantescos molinillos.

Tomamos el camino hacia el sur, que baja a algunos vallejos para subir enseguida y acabamos conectando con la cañada real merinera que viene de León; se le ha respetado un mínimo de su anchura. Por el Pigarzo paramos a contemplar un curioso corral, de traza única en nuestra provincia: mide 60 x 50 metros, sus paredes de metro u pico de altura tienen un trazado rectilíneo, y las piedras de éstas van unidas con argamasa –en vez de sueltas, como es lo habitual- lo que les da cierta consistencia. Claramente, un buen número de ovejas podía entrar aquí. En las proximidades –hacia las Navas- hay también restos de corrales y de chozos.

Seguimos rodando, ahora hacia las Navas, que cada vez mantienen menos acacias –se van muriendo las pobres- hasta que nos asomamos, sobre Castrodeza, al valle del Hontanija. La bajada es corta y fuerte. Y de nuevo a subir, esta vez por el camino del arroyo del Hoyal, cuya ascensión es muy larga y suave, y acaba conectando con la colada del camino real a Valladolid, que pasa a menos de un kilómetro de Ciguñuela, donde terminamos. El paseo no ha sido largo pero sí intenso. Aquí dejamos el recorrido.

En los dominios de la Pindonga

9 diciembre, 2017

Día luminoso y frío de un otoño ya invernal. Amenazaban nubes  que no llegaron a presentarse salvo en el horizonte lejano.  Desde Castromembibre –bien señalado por la torreta caliza de su molino de viento- nos dirigimos atravesando la Tierra del Pan hasta la desembocadura del Sequillo, para luego volver bordeando el monte y vadeando el valle de ese río.

El páramo hecho pedazos

Al fondo, los últimos cerros del páramo

La primera parte de la excursión discurrió entre motas, picos y cuestas desgajados del páramo de los Torozos. Si en Grijota este páramo comienza con una subida fuerte y repentina –un verdadero muro de 150 m- aquí, 77 km después, se diluye en cuestas insignificantes hasta desaparecer por completo para verse sustituido por unas onduladas llanuras de pan llevar.

Pasamos a la provincia de Zamora y llegamos a Vezdemarbán donde visitamos el Pozo de Agua o fuente de Arriba para continuar camino, escoltados durante unos pocos kilómetros por dos enhiestas torres de sendas iglesias, que dos tiene esta localidad por falta de una.

La Tierra del Pan

La silueta que nos acompañó

Después, en una de las pocas cuestas potentes que se nos presentaron, buscamos sin resultado la Fontana. Al menos la subida nos compensó por la vista del paisaje, con los montes de León al fondo y un montón de pueblos que salpicaban la Tierra del Pan. También, al norte, se dejaba ver adornado con sus tierras rojas, el valle del Sequillo y más allá el monte de encinas de Belver. Como la claridad sin neblina lo dominaba todo, el paisaje de esta excursión resultó ciertamente espectacular.

Otro detalle importante: aquí empezamos a ver la Pindonga, cuya figura nos acompañaría durante casi toda la excursión.  Es la iglesia de San Esteban, de Fuentesecas. Le encanta lucir –cual pindonga- hacia todas partes, ¡y vaya si lo consigue! También se veía, más humilde, eso sí, la silueta de la ermita del Tobar, de Malva.

La Tierra del Pan

Pero bueno, todavía nos quedaba un rato por rodar hacia el oeste y, al llegar a un humedal con un pozo con una barandilla muy chula, giramos hacia el norte. Saludamos a algunos pastores jubilados que se entretenían con sus pequeños rebaños y llegamos a Bustillo del Oro, donde tomamos –en la misma torre de la iglesia, bien señalado- que camino de Castronuevo.

Esta fue la parte más dura del trayecto. Un camino recto y al fondo, destacada, la torre de la iglesia de Castronuevo de los Arcos; el viento en contra. Parecía que nunca se iba a acabar. Castronuevo no se acercaba. Siempre la misma distancia. Detrás, como vigilándonos, la Pindonga. Abajo la tierra y arriba el cielo. Así durante un tiempo que parecía interminable. Menos mal que dulcificaron este camino dos bandos de avutardas que levantamos al pasar.

No faltaron animadoras

El Valderaduey

Pero todo llega. Llegó la carretera de Zamora, llegó el Valderaduey y su puente y llegó Castronuevo. ¿Y ahora, qué? Pues ahora cruzamos a la otra orilla –la derecha- y nos fuimos por la carreta, adornada a ambos lados de grandes encinas, hasta un camino que nos dejó justo en la desembocadura del Sequillo, enfrente.

La confluencia

¿Y ahora qué? Como no hay puente –lo hubo, el que daba servicio al camino de Villarrín a Belver- remontamos el río en dirección a Cañizo, ya en Tierra de Campos. Nos encontramos con las ruinas del molino de Bragadilla, que llegó a tener 4 muelas, donde paramos a reponer fuerzas y pasar un agradable momento, protegidos del viento norte y expuestos al sol caliente de mediodía. Los saltamontes y otros insectos estaban tan felices como nosotros, pues aquí se habían olvidado de que estábamos en un día invernizo de otoño.  Lo ideal hubiera sido tomar un camino que sale junto al puente de Castronuevo, que atraviesa el Sequillo por una pequeña presa y, tras hacer unos metros a campo través, conectar con el camino de Belver. Otra vez será.

Restos del molino de Bragadilla

Pasado el buen rato del molino, nos dirigimos a Cañizo para pasar junto a  la casa natal de Aniano Gago y cruzar allí el río. Paramos un momento en el navajo y alameda del camino de Belver y rodamos bordeando el monte de encinas y tierras de labor. El sol de la tarde empezaba a inclinarse más y sacaba colores rojizos a las tierras y verdosos a las encinas. Motas verdes sobre fondo rojo.  Al fondo, la omnipresente Pindonga seguía destacando. A la torre de Castronuevo había que buscarla, pues su fondo no la facilitaba destacar. Los continuos toboganes ponían a prueba nuestras debilidades –más psicológicas que reales- a la vez que el viento de culo nos daba fuerzas.

Navajo

Y de vuelta por el Sequillo

En estas, caímos el cauce del Sequillo y pasamos junto al molino del Maroto, convertido en un restaurante famoso por la paella que prepara la dueña y que probaremos  en otra excursión, pues se hace tarde. Y por la carretera rodamos hasta la altura de Belver, somnoliento y acostado sobre la ladera roja del monte. Nos acercamos  a ver un bello puente del s. XIX que sustituyó a la puente vieja, románico, del camino de Toro.

La tierra roja con el monte al fondo

Ahora, por el fondo del valle, rodamos hasta la meta siguiente: el molino del Jesuíta, que fue un gran complejo fabril. Tuvo varias muelas y sus ejes daban fuerza mediante correas a un sinfín de variadas máquinas… Además, el complejo contaba con viviendas para los que allí trabajaban. Todo esto, perdido en un punto del Sequillo, lejos de cualquier población. Bueno, ahora no sólo está perdido, sino también oculto por la maleza en medio de la ribera, y en vías de desaparición.

Muela del Jesuíta

Salimos del valle en dirección sur, poniendo rumbo a Castromembibre. Después de tomar varios caminos, cañadas y direcciones, acabamos en el camino que deja a un lado, en una alameda, la fuente de los Villares. Y entonces, el sol se puso sobre el páramo de los Torozos, la Tierra de Campos y la Tierra del Pan. Llegamos con 68 kilómetros a la espalda.

Aquí dejamos el recorrido.