Archive for the ‘Torozos’ Category

Almendros florecidos en Torozos (Villalba, Montealegre, Valdenebro)

16 marzo, 2019

El almendro es un árbol habitual en los paisajes de la provincia. Lo vemos, sobre todo, señalando límites y, en hileras, acompañando caminos. O lo veíamos porque, la verdad, va a menos: si un camino se ensancha o se convierte en carretera –como fue el caso de la conexión de Herrera de Duero con la carretera de Segovia- el almendro es arrancado, y puede ocurrir lo mismo si en la tierra delimitada por almendros se comienza a cultivar por grandes máquinas. No solía haber plantaciones exclusivas de almendros, sino que todas tenían un carácter complementario, acompañando huertas, viñas u otros cultivos. Tampoco ocurre así hoy, pues empezamos a ver extensas plantaciones de almendros (por ejemplo, en Villamarciel).

Viña cerca de El Mazcar

Pero aún quedan muchos almendros perdidos por nuestros campos: no sólo la UE, también los reyes de Castilla dictaron leyes promoviendo los plantones de árboles; con frecuencia los agricultores de antaño plantaban almendros -mientras que los de hoy planta, sobre todo, pinos- pues sus ventajas eran manifiestas: prácticamente crece solo, pues no necesita de excesivos cuidados; nos ofrece un fruto, el almendruco, con el que se elabora repostería variada y otros productos, como la sopa de almendra que en nuestra zona se tomaba tradicionalmente en Nochebuena, preparados medicinales, aceites y cremas…

Volviendo de Landemesa

El caso es que la figura del almendro nos es particularmente familiar en febrero o marzo, cuando estallan en flores blancas o rosáceas por estos andurriales. Esta vez no nos los encontramos, sino que salimos a su encuentro por los términos de Villalba de los Alcores, Montealegre y Valdenebro de los Valles y en lugares donde sabíamos que es abundante.

Blanco el suelo y no es escarcha

La Picotera de Landemesa

En primer lugar nos acercamos a la Picotera de Landemesa –o Vandemesa, según quieran los mapas- en dirección norte. Allí nos encontramos con un curioso complejo de corrales, parcelas o tierras delimitadas por buenos muros de piedra –muchos caídos, algunos muy anchos e incluso de piedra trabajada- y almendros entre ellos o, por mejor decir, en ellos mismos, como si formaran parte del muro. O, simplemente, se trata de restos de una agricultura que no concentró la concentración parcelaria por la abundancia de árboles. Sea como fuere, lo cierto es que estaba especialmente llamativo, con todos los almendros estallando en flor. Claro que no disfrutamos demasiado del espectáculo, pues la niebla se cernía sobre nosotros impidiendo la entrada del sol. Dejamos las burras pastando en uno de los corrales y recorrimos el lugar caminando. ¡Más de cien parcelas componen este lugar tan curioso! Nos acercamos hasta el cerral para contemplar Tierra de Campos, con los restos de dos antiguos monasterios en primer plano: Matallana y Valdebustos, este último menos conocido, lo fue de Jerónimos hasta la desamortización del siglo XIX en que se convirtió en granja agrícola. Hacia el este nos asomamos también a la laguna de Valdebustos, en el vallejo de Valdecán.

Señalando el horizonte

Conforme nos dirigíamos al siguiente objetivo, las hileras de almendros y los ejemplares solitarios no dejaban de adornar el paisaje; la niebla se iba levantando poco a poco y los claros por los que se colaba el sol se ampliaban.

El Mazcar

Al oeste de Villalba vemos los corrales de San Vicente, de un tenor muy similar a los anteriores pero mucho menos extensos y, por tanto, con menos almendros de fiesta. Además, la densidad de estos árboles es aquí menor.

Al fondo, el páramo del Moclín

De nuevo a rodar en dirección a Montelegre, para conquistar el curioso sitio de El Mazcar, que se levanta como en una colina, en el sitio más elevado de la zona. Como la colina es alargada, las parcelas siguen ese mismo patrón, en lo más alto. A nuestro ras, el verde del cereal naciendo; arriba el blanco de los almendros y, más arriba el azul del cielo. Buen lugar para perderse. En el extremo de la colina nos acercamos hasta la fuente de Valderrina, que está seca. Y al bajar hacia el valle del Anguijón también estaba seca la fuente del Barruelo, pero al menos disfrutamos de unas preciosas vistas sobre el Montealegre y su castillo.

Viejo almendro y muro derrumbado, escena muchas veces repetida

En la ribera del Anguijón, los álamos también estaban en flor, pero se trata de una flor muy humilde y pequeña, que no pretende revestirse de un color llamativo. No obstante, el color de estos árboles es ahora distinto, tirando al amarillo unos ejemplares y al encarnado otros. Y tiene con el almendro que saca antes la flor que las hojas.

La Picotera, El Mirabel, los Pajares

Después de una cuesta, carretera y campo, llegamos a la Picotera, otro amplio entramado de corrales, parcelas y almendros con sus correspondientes calles. Y como está precisamente en una picotera, ofrece excelentes vistas sobre Valdenebro, y el valle que se abre hacia el Moclín. Bajamos al vallejo de Arenillas para subir de nuevo al páramo por el Mirabel, otro conjunto de vallados almendrados en explosión. Pero ya no entramos. Con todo lo anterior teníamos más que suficiente para llevar como corresponde este día tan primaveral.

En la Picotera de Valdenebro

En fin, bordeamos el monte de las Liebres y Navafría y pasamos junto a los corrales o parcelas del Tío Perdiguero y la Huelga. Pero en estos no hay almendros, sino encinas y robles entre los muros, por lo que pasaron desapercibidos para nosotros. No nos acercamos a los Pajares, entre Villalba y la cañada leonesa, de abundantes almendros y parcelas alargadas y con un chozo. Más lejos, en Navalba, en plenos Torozos podemos ver un gran claro de unos 4 km² de extensión dividido en parcelas casi idénticas de 350 por 60 metros con linderos formados por robles y encinas. Algo parecido observamos en los montes de Cigales y Ampudia: modos seculares de explotación de estas tierras.

Y, enseguida, bien asendereados, llegábamos a Villalba. Cayeron casi 50 km sin darnos cuenta, entre almendro y almendro, que no entre almendruco y almendruco, lo que hubiera sido más reconfortante y energético. Aquí, el recorrido.

Pico Aguilera

12 febrero, 2019

El páramo de los Torozos está lleno de sorpresas para los excursionistas que, semana tras semana, nos adentramos en él. Esta vez nos hemos acercado al pico Aguilera, situado en un espigón del páramo, en el término de Villán de Tordesillas.

Es un perfecto emplazamiento defensivo, sin duda el mejor de la zona: con pendientes escarpadas sobre el valle de Villán y Robladillo, y la llanura que mira hacia Tordesillas; se encuentra unido al páramo por un estrecho istmo de apenas 15 metros. En él se amontonan piedras calizas de tamaño medio y, más hacia el interior del páramo, donde ya el istmo ha aumentado a 60 metros, se encuentra otro amontonamiento que seguramente perteneció a una antigua muralla o muro defensivo. Por la cerámica encontrada y según cuentan los expertos, esta posible fortaleza o castro data de la edad del Bronce, y sigue el mismo patrón que La Plaza, si bien es mucho menor en extensión ya que su plataforma llana tendrá unas tres hectáreas que ahora se encuentran cubiertas de pinos carrasqueños, al igual que las laderas.

Asomada a Villán

Bueno, en todo caso merece la pena subir aunque solo sea para contemplar las vistas sobre Villán -al pie mismo del pico- y sobre Tordesillas, cuya torre de Santa María destaca a 12 km en línea recta. Hacia el sur, el pico se deshace en cárcavas blancas, frente al paramico de Valcuevo. En este valle estuvo la denominada Fuente Romana, de la cual no queda nada. Ni el manantial, claro.

Y ahora que hemos contado lo más importante, describamos el trayecto.

Montón de piedras

Partimos de Simancas. Subimos al páramo por el camino de Torres, que ofrece vistas excepcionales sobre el valle del Duero; bajamos de nuevo por una colada hasta la fuente del Horno de Cal (clausurada) y otra vez subimos, ahora hasta el vértice de La Loba, y de ahí al pico Aguilera.

Por un barrizal de greda que -una vez más- bloqueó nuestras ruedas descendimos a Villán donde pasamos un buen rato contemplando su arquitectura tradicional: alberca, muros de barro, ventanas con dinteles de grandes piedras, paneras, aleros, vados sobre el arroyo, pequeños soportales, puertas con artesanales cerraduras… ¡una verdadera maravilla! Cuando nos cansamos, emprendimos ¡otra subida! siguiendo el arroyo de los Calces, la fuente de la Reguera que mantiene buenos prados con sus caballos, y el barco de los Corceles. Todo ello corresponde al ese primigenio paisaje de los Torozos.

Camino de Torres

Cuando nos quisimos dar cuenta ya estábamos en la fuente de Velliza: parada y fonda. Luego, la colada de Mazariegos nos llevó, por entre Valcuevo y Valdelamadre hasta el Pisuerga, para rodar luego hacia Simancas.

Lo peor de la excursión fue el fortísimo viento que soplaba en contra. En contra hasta Velliza, que a partir de ahí, nos llevó en volandas hasta Valladolid.

Aquí, el recorrido.

Hacia Tordesillas

Robles de la Santa Espina

22 diciembre, 2018

El roble quejigo que abunda en nuestra provincia es un roble austero, fuerte, a veces solitario, y próximo en parentesco a la encina y al alcornoque. Se diría que es el puente de unión entre la encina y los robles de montaña. A la primera no se le cae la hoja; los segundos la pierden en invierno. Nuestro quejigo, por el contrario la mantiene seca casi hasta que le nace la nueva, muy avanzada la primavera. La encina tiene la hoja de color verde oscuro, la del roble es más clara. Abunda en nuestros páramos y laderas cerrateños, en los montes Torozos junto a la encina y, en menos medida, en Tierra de Pinares. Su fruto es la bellota -rojiza y menos sabrosa que la enciniega- y le salen redondas gallaras.

Este mantiene bien las hojas

Los Torozos en la Santa Espina son de robles y encinas. A estas alturas del año los vemos con la hoja seca o desnudos, sin ellas. No hay grandes ejemplares, casi todos son de pequeño o mediano porte, como si les costara mucho crecer y engordar, como si tuvieran pocos nutrientes y humedad de los que alimentarse. Son robles profundamente castellanos, de la meseta y, por tanto, finos, resistentes y austeros. No conocen la abundancia de aguas que hay en las montañas que rodean la meseta. Y parece que están tensos, con abundantes nudos y desviándose demasiado las ramas en cada división y girando caprichosamente, como si no quisieran seguir un mismo rumbo, al contrario que la mayoría de los árboles.

Casa del Fuerte

El río Bajoz divide el monte en dos, si bien la mayor extensión queda al norte, en la ribera derecha. En el valle, los robles crecen un poco más, llegando a ser más corpulentos. Se dan la mano con sauces, chopos y otros árboles que necesitan abundante humedad. También crecen sanos en el valle de Valdelanoria y en otros barcos del Bajoz. Los del páramo, donde también abundan las matas de roble, son los más pequeños.

Extendiendo los brazos

A pesar de no ser muy grandes, son testigos mudos de otros tiempos, cuando los monjes del Monasterio mimaban el monte, haciendo cortas periódicas y bien espaciadas para mantenerlo a pleno rendimiento y así aprovecharlo al máximo para sacar su madera y ofrecer abundante pasto al ganado. Desde aquellos años del siglo XIX, la superficie del monte no ha hecho más que disminuir a velocidad de vértigo debido a las continuas roturaciones para cultivo. De hecho, siempre se ve alguna gran oruga realizando ese tipo de labor.

Juntos y diferentes

Y son especialmente hermosos, tal vez lo son más ahora que están desnudos y se aprecian mejor sus retorcidas ramas dibujándose, doradas por el sol, contra el cielo azul. No acabo de entender cómo la mayoría de los mortales considera más bella una escultura de las que hoy inundan las calles de nuestras ciudades y algunos museos modernos que estos robles, no esculpidos por ninguna mano humana.

Cerca de Villabrágima

El trayecto entre robles se completó con una visita a la Casa del Fuerte, en un picón entre el Bajoz y los Aguachales; posee una buena vista sobre el valle. Pero también bajamos hasta Villabrágima, ya en Tierra de Campos, por el cerro de la Bayesta, para subir por el monte Morejón.

Valle del Bajoz

Fresca y agradable excursión por los territorios de la Santa Espina. Aquí podéis ver el trayecto seguido.

Cuevas deshabitadas y una fuente recuperada

23 noviembre, 2018

La excursión de hoy ha consistido en atravesar el páramo de los Torozos desde Corcos hasta Santa Cecilia del Alcor. Día gris, fresco, sin sol y con el viento que buscó en todo momento la confrontación, el cara a cara.

Los paisajes se fueron alternando: amplios campos en el páramo, arcabucos en el monte, recogimiento en los vallejos. Y algunos caminos totalmente intransitables a causa de las rascaviejas acumuladas, que enredaban y bloqueaban ruedas, cadenas y cambios. ¡Nunca se habían visto tan infestados de esta maleza seca los campos! Seguramente la causa hay que buscarla en las abundantes lluvias de la última primavera.

En Santa Cecilia

Nos detuvimos de manera particular en las cuevas deshabitadas de Trigueros y Santa Cecilia, que antiguamente -hasta mediados del siglo pasado- fueron casas en las que vivía gente más bien pobre: jornaleros, pastores, viudas. Evidentemente tenían pocas comodidades: frías en invierno y en verano (más en verano), húmedas, estrechas y bajas, inseguras… Pero es lo que había entonces y no todo el mundo podía habitar una casa normal, de barro o piedra. Y fue algo muy común en este páramo y en los del Cerrato: Cabezón, Quintanilla de Trigueros, Mucientes, Cigales o Cubillas tuvieron este tipo de viviendas, por no citar más de una docena de localidades en la limítrofe provincia de Palencia.

El Castillo

Cuevas bajo el Castillo

En Trigueros se agrupan alrededor del Castillo (que es como se conoce a la ermita de la Virgen del Castillo), ocupando la visera del páramo, es decir, el espacio que queda bajo la capa de caliza más superficial después de excavar la parte de debajo, de margas y yeso, como de dos metros de espesor. Una vez excavada, se cerraba con un muro de piedras del mismo páramo, dejando hueco para puertas y ventanas. Los tabiques eran de yeso no retirado. Dentro tenían sus chimeneas y cocinas, e incluso en una de ellas puede verse todavía un horno.

Panorama de Trigueros

Encima, en un picón de la paramera, se levanta la ermita. En el origen debió ser muy antigua, nada menos que del siglo X, pues la puerta exhibe un arco mozárabe y encima, una piedra con un dibujo del mismo estilo. Todo lo demás es muy posterior, de construcción relativamente reciente. Pero lo mejor es la vista desde este mirador: el pueblo se extiende a nuestros pies, con sus plazas, calles, iglesia de ábside románico, castillo en el fondo sur, bodegas, palomares, arboledas… Una maravilla para la vista.

Santa Cecilia del Alcor

Es otra cosa. Vemos dos grupos de casas cueva, uno al oeste y otro en el extremo este, ya fuera del pueblo. Del primero quedan algunos restos de cuevas muy hundidas y otras que no se ven porque se construyeron delante casas el siglo pasado, quedando ocultas las cuevas. Fue una mejora habitacional.

Interior de una cueva “amplia”

Pero las del extremo este son visibles y visitables -con un poco de cuidado, dada la inseguridad por las caídas de algunas viseras de piedra. Se extienden, igual que las de Trigueros, bajo la capa de caliza del páramo, que ha quedado sin la zona de yeso y margas que tenía debajo. Se pueden apreciar diferentes tipos o planos de casas, con sus cocina, alcobas, almacenes, cuadras. En algunos casos no queda nada del muro exterior, pero en otros casos se puede observar hasta un alero hecho de lajas de piedra que protegía de la caída de agua por el muro.

Obsérvese el detalle del alero

Fuente del Parral

Vamos, finamente a por esta fuente, que en otras ocasiones no habíamos encontrado… por no haberla buscado bien. Al bajar del monte de Dueñas por el barco que hay a partir del Torilejo, dimos con las tierra abiertas de Quintanilla y, enseguida, con el arroyo del Prado. Pues bien, unos 50 metros más arriba del puentecillo, en el mismo cauce del arroyo, donde se ve un montoncillo de piedras, está, medio sepultada por la maleza, la fuente del Parral. Nos costó trabajo encontrarla, pero allí la encontramos, viva y fluyente. Seguramente hace años que nadie se acerca a verla. Como el arroyo estaba seco por encima del manantial, no tendría que ser complicado dar con ella.

El claro del fondo no se movió en todo el día

También pasamos por la fuente del Conde (seca), a la ida, antes de llegar Quintanilla y antes pasamos cerca de la fuente del Pradillo, al caer desde el paramillo que subimos nada más salir de Corcos. Poco antes de llegar a esta fuente, nos llamó la atención el cauce del arroyo de Valdemuñón, que forma pequeñas cascadas debido a que las finas placas de caliza resisten al agua de la torrentera, mientras la tierra que tienen debajo es desalojada y arrastrada.

El recorrido fue: de Corcos a Trigueros subiendo al páramo, de aquí a Quintanilla por la fuente del Conde, luego por los corrales de Hoyalejos y por el monte hasta Santa Cecilia, volviendo por Paredes, hornos de Font, monte de Dueñas, los Tres Pinos, Trigueros y Corcos. 60 km de nada.

Cascada -seca- en el arroyo de Valdemuñón

Entre Villardefrades y la Cuesta Tijera

28 octubre, 2018

(Viene de la entrada anterior)

Subida al páramo, entrada en los Torozos

Para subir al páramo de los Torozos apuntamos entre Almaraz y la villa de Urueña, inexpugnable con su muralla que parece continuación natural de la ladera del páramo.

Salimos de Villardefrades para pasar al otro lado de la autovía y después de llegar a un caserío agrícola, tomamos un camino bordeado de chopos y álamos dejando al norte Almaraz, hasta que llegamos al arroyo de la Ermita, que ha abierto una rendija en el murallón del páramo, y por ahí nos colamos. Está llena de verdor, con la humedad necesaria para que vivan varias arboledas, que ya han comenzado a vestirse con su dorado otoñal si bien se encuentran impenetrables a causa de la abundante fusca. Detrás, las ruinas del monasterio del Bueso (o Hueso). Siempre las ruinas; por todas partes en esta excursión.

Hacia el arroyo de la Ermita

Pasamos junto a la fuente del Hueso, elegantemente cubierta, que nos ofrece sus escaleras para bajar a los caños. Por una vez, por suerte, su cercado se encontraba accesible. De allí nos acercamos por un sendero entre almendros a la ermita de la Anunciada, en una pradería, bien a la vista de Urueña.

Aprovechamos la carretera de San Cebrián para subir al páramo. No se nos hizo ni costosa ni larga: a la derecha, el bosque de galería de un arroyo nos daba sombra y frescor y, a la izquierda, las entrañas del páramo nos mostraban los estratos de diferentes tipos de piedra caliza (clase práctica de geología).

Fuente en el camino del Hueso

En el monte, de nuevo pozos y fuentes

Rodando ahora sobre bogales y bien protegidos por las encinas de los montes Torozos, llegamos a la raya de San Cebrián, perfectamente señalada por un monolito. Justo cuando íbamos a tomar el camino de Tiedra descubrimos ¡oh casualidad! los restos de un precioso pozo ganadero, cuyo mínimo brocal de una pieza –¡ahora roto!- se ve que fue labrado en buena caliza; a su lado, una coqueta pila. Ya no queda sino una pared de la caseta que lo protegía. Ni del abrevadero que, se supone, estaba al lado.

Pozo en el monte

Nos vamos por el camino de almendros que parte del pozo hacia el oeste hasta que acabamos tomando el valle del arroyo de las Celadas. Este camino, como otros tantos, se encuentra bordeado de zarzamoras, rosales silvestres y endrinos. Hace calor: los insectos están muy pesados y las telarañas cuelgan de los manillares.

Vamos buscando la fuente de los Gallegos hasta que damos con ella. No puede ser más sencilla, es la mínima expresión de fuente, casi pasa desapercibida, y más con la maleza que este año hay por todas partes. En realidad es un manantial –que mana- protegido por una piedra más o menos plana. Peor suerte ha llevado la fuente de las Vecillas, a 700 metros de ésta, entre la carretera y una cañada. No queda ni rastro, solo algunas junqueras.

Fuente de los Gallegos

Últimos picos

Un camino nos conduce, en subida, hasta el alto de los Cotos, desde el que se contempla no solo el valle del Bajoz, sino también, al fondo, Mota y las otras cuestas y cerros que le hacen compañía. Una suave neblina atravesada por la luz del sol poniente le da al paisaje cierto aire romántico y decadente. Por aquí, ya se ve, todo es antiguo y está caído.

Cuando nos queremos dar cuenta ¡nos hemos quedado sin camino! ¿Algún problema? ¡De ningún modo!: tenemos nuestras bicis-cabras que nos conducen como si nada al fondo del barco de las Viñas, donde tomamos un camino que baja hasta el río Bajoz.

Cuesta Tijera y otras motas

Después de tres subidas al páramo, a alguno todavía le sobran fuerzas y de una carrera se presenta en la cima del cerro Cuesta Tijera, poniendo como excusa que hay un buen panorama sobre Mota. Pues claro que lo hay. Y abajo un buen lugar para descansar, lo que es igualmente cierto.

Los higos del Diablo, cerca de Torremolinos

25 octubre, 2018

Hace ya un mes que entró el otoño, pero la temperatura no ha bajado. En esta excursión por las estribaciones de los Torozos y Tierra de Campos, además de vestir todavía de corto, hemos pensado en lo bien que nos vendría una sombrita a la hora de pedalear. De hecho, terminando ya la excursión, se presentaron algunas nubes que agradecimos.

Motas, pozos, arroyos y picos

Salida de Mota del Marqués. Paisaje de eso, de motas, cuestas redondas, colinas, mamblas, picos, tesos, o sea, lo propio cuando el páramo se rompe en mil pedazos. No puedes seguir un recorrido plano y recto, y no tienes otra opción que ir buscando el camino con menos ondulaciones, cruzando de una colina a un arroyo y al revés. De manera que cuando nos introdujimos en los tesos de san Vicente, rodeamos la Cuesta Vecillas aprovechando una pradera –todavía verde en contraste con los alrededores secos y amarillentos- del arroyo del Medallón. El pozo –ya en desuso- tenía agua.

Prado del arroyo del Medallón

Y también tenía agua la pétrea fuente de Plumales, gracias a la cual el arroyo Marrundiel no estaba seco. Esta fuente se encuentra en un valle relativamente amplio protegido por laderas de yeso. Y por aquí subimos al páramo aprovechando la cañada de Marrundiel; en el mismo cerral nos encontramos con un pozo de brocal cuadrado, en piedra, que se mantenía en pie gracias a unas buenas grapas de hierro. ¡También tenía agua!

Almendro y pozo

Bordeamos una mancha de monte, atravesamos los inicios del barco de san Nicolás y, sin perder altura, nos asomamos a Tierra de Campos gracias al pico del Cubillo. Abajo, en primer plano, Villavellid, agazapada en una cuesta. Detrás, San Pedro de Latarce en la llanura y en lontananza, la línea verde del raso de Villalpando. Todo esto hacia el oeste; hacia el norte Villardefrades y un sinnúmero de localidades desperdigadas por estos campos de tierra. Cerca, otros tesos –como la Tuda, de blancas laderas-, caminos, alamedas, tierras de varios colores, manchas de almendros… En fin, como para pasarse unas cuantas horas contemplando, sin ninguna prisa…

Al fondo está la fuente de Plumales

Villavellid, perdida en los pliegues de Torozos

Poco antes de llegar a Villavellid descubrimos un manantial que daba agua al arroyo de los Praínos. Después de ver el castillo por fuera, nos acercamos a la iglesia de Santa María, que estaba abierta. Impresionantes un conjunto de la Virgen con el Niño y santa Ana, y una Piedad, ambos en madera policromada y, respectivamente, de finales comienzos del siglo XVII y finales del XVI. También pudimos contemplar el san Miguel titular de la otra parroquia que cerrara y la imagen nueva de la Virgen del Riego, cuya ermita se cayó y cuya imagen original fue robada. Y, después, lo que queda de la iglesia de San Miguel: cuando llegas a la portada –plateresca, en caliza ligeramente dorada- parece que te saludan dos personajes desde sendos medallones en los ángulos… ¡Qué pena! ¡¿Qué estamos haciendo con nuestro patrimonio, que es nuestra historia y nuestra identidad?!

Villavellid desde el pico Cubillo

También pudimos visitar las fuentes del pueblo, una en la plaza y la otra en las afueras, la de Abajo, ésta con dos buenos pilones. Todavía no ha fenecido a pesar de que casi no se usa…

Villavellid sigue llena de interrogantes: algunas de las numerosas tapias de caliza tienen la piedra tallada, acercándose a labores de cantería. ¿Vienen del castillo? ¿O de antes aun, de posibles infraestructuras romanas? De hecho vimos en la iglesia de santa María dos capiteles usados en la pila de agua bendita que bien pudieran ser uno románico (pie) y el otro romano, vaciado como pila propiamente dicha. Por otra parte abundan las casas de piedra –y también de barro- con buenas entradas (delanteras y traseras), y todavía se mantiene el pósito, construido reinando Carlos IV.

Pilón, Villavellid

Los higos del Diablo

Un camino recto, con bajada y subida, nos condujo al paramillo o teso del Infierno, también conocido con el nombre de Jano, ese dios romano de dos caras que se guardaba las espaldas él solito. Está pegando a Villardefrades por el oeste y su suelo es plano, de conglomerado calcáreo; se trata de una terraza del Sequillo y constituye una buena balconada para la contemplación de los pliegues de los Torozos que van cayendo hacia la Tierra de Campos.

En el paramillo del infierno

De manera salteada, quedan todavía almendros, muy descuidados, secos muchos de ellos. Pero también descubrimos algunos perales e higueras, éstas con higos casi negros, maduros, en su punto. Un gusto. Nos quitaron el hambre en el momento que más arreciaba el calor. Por eso, podemos decir que tomamos los higos del infierno que, sin duda, se los robamos al mismo diablo.

Torremolinos

Y de un teso a otro de similares características, para contemplar los restos de cuatro molinos de viento. Uno de ellos conserva todavía su planta circular, con un diámetro de más de 10 metros, lo que nos daría una muy elevada altitud. Pero ahora, cada vez que cruzas este paramillo tienes que activar la imaginación al pensar que estos montones de barro fueran alguna vez molinos de viento, importantes ingenios para transformar la materia prima de Tierra de Campos. Al menos, la primera vez que pasé por aquí pude ver alguna piedra molinera. Tampoco es mal sitio para contemplar el paisaje de Tierra de Campos.

Restos del molino más grande

El teso de los Molinos o Torremolinos acaba en una cuesta que se aprovechó para excavar bodegas. Ahora también se están cayendo, a pesar de sus muros y refuerzos en piedra caliza.

Y siguiendo la ya inexistente cañada del Molino, junto al arroyo Lavaderas, llegamos a Villardefrades. En fin, este trayecto parece un recorrido por el pasado, al que hubiéramos accedido gracias a una máquina o túnel del tiempo. Como no podía ser de otra manera, nos dimos de bruces con la iglesia de san Andrés, en el centro del pueblo, que no se encuentra en ruinas, sino a medio construir desde mediados del siglo XIX (!).

Tierra de Campos desde Torremolinos

Continuamos el recorrido en la entrada siguiente. Aquí podéis ver el trayecto.