Archive for the ‘Torozos’ Category

Matilla de los Caños

16 octubre, 2017

Entre el extremo suroeste del páramo de los Torozos y Tordesillas se extiende un rosario de pueblos y aldeas: los Berceros,  Villavieja, Velilla, Velliza, Pedroso, Villán, Robladillo… Uno de ellos, que se encuentra en el punto medio, es Matilla de los Caños que no llegará a los cien habitantes. Lo de Matilla lo tendrán que determinar los filólogos, tal vez haga referencia al mismo término que Matajudíos y pueda significar algún tipo de monte o un hidrónimo. En lo de Caños no hay duda, por la abundancia de fuentes y manantiales en el término. En la misma localidad hay una fuente de dos caños, de buenas proporciones, que todavía hoy nos ofrece sus aguas (de dos tipos: por un caño agua tratada de la red y por el otro la de toda la vida).

Cuesta Blanca

El término se extiende por la ladera del páramo. Cuando los rayos del último sol de la tarde chocan contra la falda, desde Matilla el paisaje parece un cuadro dibujado a pastel. Así son los colores de los yesos, margas y calizas expuestos al sol rasante. Hacia el este destaca la cuesta Blanca y al oeste el páramo de las Mallas, que más bien es un estrecho picón. De la localidad hacia el sur el paisaje deja de ser un fuerte declive y se transforma en un conjunto de suaves cuestas onduladas moteadas de pinarillos y atravesadas por el arroyo del Prado. Al poniente linda con las laderas de Carricastro y al levante, tras del Pedroso de la Abadesa se levanta el páramo Valcuevo y el teso de  Valdelamadre; entre ambos  el collado de Pozuelo, agradable para cruzarlo en bici.

Matilla desde el páramo de san Pedro

Podemos dar una vuelta completa al término: es pequeño y hay un camino que lo circunda. Desde las laderas de Carricastro vamos en suave bajada, entre tierras de cereal y cruzando pinares hasta llegar al arroyo del Prado, que cuenta, efectivamente, con un ancho prado en sus orillas: está cercado porque pasta en él ganado vacuno. En el prado y en sus cercanías se suceden hileras de matas de negrillos y pequeñas alamedas.  Ahora todo está muy seco, pero en primavera es un pequeño vergel. Llegamos a una colina en cuyo punto más alto vemos el establo Cillero (o sus restos).

Rodamos un poco más y precisamente en Trasdepastores nos cruzamos con un rebaño de churras. Finalmente, bordeamos el conocido aeródromo de ultraligeros. Bueno ya no sólo, pues hay un helicóptero y varias avionetas.

Chopos en el prado del arroyo

Chopos en el prado del arroyo

Tomamos ahora el viejo camino de Villamarciel a Matilla que sube y baja entre pequeñas manchas de pinar y encinas aisladas, pasamos de nuevo por el prado del arroyo y nos desviamos para tomar la más vieja colada de Toro a Valladolid que, a estas alturas de la civilización, se medio pierde entre las tierras de labor a pesar de lo bien trazada que estuvo.

Finalmente, entramos en Matilla por la ermita del Cristo, junto a la que  descansan los cuerpos de los matillenses después de pasar por esta vida. Detrás vemos uno de los pocos palomares –muchos hubo hace años- que queda en pie.

Pinarillos

En las eras nos paramos a ver el chozo o caseto donde se guardaban los utensilios para trillar y separar el grano de la paja. Es muy original por su peculiar tocado: de buenas proporciones, sobre la parte superior en forma de bóveda, un tejado a un agua sobresale ampliamente cubriendo con generosidad las paredes de barro para que la lluvia no las eche a perder. [Hasta hace poco tenía una bonita puerta de madera tradicional; ahora la tiene metálica; bueno, si así se conserva mejor…]  Al otro lado de la era se arrumban viejos pesebres o dornajos para bueyes, bien tallados en piedra.  Ya nadie los quiere, aunque no dejan de tener su valor.

Caseto de la era

Nos acercamos a la iglesia, en el extremo sur del pueblo. Su pared oeste, desde la que arranca la torre, es el frontón donde los jóvenes juegan a la pelota, ahora con raqueta de tenis. Al otro extremo del juego se levanta la panera del cura, todavía en buen estado. Una barandilla de piedra que rodea el exterior de la iglesia por el sur, sirve de límite a una balconada desde la que contemplar el valle del Duero, con Tordesillas en el centro. Más lejos, las torres de las iglesias de Serrada, Ventosa y otras que, por no llevar prismáticos, nos quedamos con las ganas de distinguir.

El templo, rodeado de cruceros, está dedicado a Santa Eulalia de Mérida a la que el pueblo celebra el 10 de diciembre con una gran hoguera, recordando así la muerte de su Patrona mártir. En julio celebra también a santa Isabel y en mayo a san Urbano, que libró al pueblo de la piedra no ha muchos años.

A la derecha, la panera del Cura

Después de pasar por la plaza, visitamos la vieja fuente y subimos al páramo de San Pedro, que en realidad es un pequeñísimo trocito en la paramera de Torozos, lo único que pertenece a Matilla. El camino de subida posee buen firme y no es largo, ni con pendiente excesiva; antaño hubo junto a él un palomar y la fuente de Carremonte, donde hoy distinguimos algunos juncales. Arriba otra vez a contemplar el paisaje. Ya se ve que este término es de laderas y cuestas, no de llanura.

Campos

Hemos dejado de lado por esta vez una joya de Matilla: la fuente de Carralate, pero ya la conocíamos por otras andanzas. Está en un pliegue de la ladera, posee un buen abrevadero y algunos árboles de sombra. Es otro punto perfecto para la contemplación… y para merendar. Recuerdo una noche de verano en la que acabamos cenando en uno de las mesas que hay junto a ella. También pudimos observar los tres tipos de sapos que se dan en Valladolid, alguno de carácter muy cantarín.

***

El paseo de hoy continuó por el páramo hasta bajar hacia Carricastro por la cañada real leonesa occidental. O más bien, como de costumbre en estos casos, por lo que de ella queda. Aquí tenéis el recorrido según wikiloc.

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Buenas noticias para el roble de Robladilo

13 octubre, 2017

De El Norte de Castilla del pasado miércoles

En este blog puedes ver El roble de Robladillo

Y no sabía que, en medio del páramo de los Torozos, una noche del pasado agosto, los pueblos de Castrodeza, Villán, Robladillo y Velliza se reunieron bajo la luz de la luna llena. No deja de ser curioso.

Wamba y Pampliega

12 agosto, 2017

El Arlanzón por Pampliega

Estas dos poblaciones –una en Valladolid, la otra en Burgos; una no lejos del Duero y del Pisuerga, la otra a orillas del Arlanzón- se encuentran unidas por un rey godo: Wamba, que reinó en España durante los años 672 a 680. Sí, desde entonces ha llovido, pero ambas localidades siguen recordándolo.

Las dos tuvieron monasterios durante la época visigoda, e incluso antes seguramente. Las dos se asientan en la falda de un páramo, las dos poseen molinos movidos por la fuerza de los ríos, y ambas disfrutaron de buenas aguas y buen vino. De esto último aún quedan abundantes bodegas como testimonio. La iglesia de Wamba es pequeña y románica con trazas mozárabes, y conserva un llamativo osario; la de Pampliega es grande, domina la población y aun el valle, y posee un espléndido retablo.

Vista de Wamba

El primer día de septiembre del año 672, Wamba se encontraba en el valle del Hornija -donde acababa de expirar el rey Recesvinto-, cuenta la tradición que ejerciendo su oficio de agricultor, cuando un grupo de nobles le propuso como rey, contestando él que lo sería en el momento que su arado reverdeciera, lo que así ocurrió al instante, comenzando a entallar. Según la crónica de Julián de Toledo, fue obligado a ser rey por la fuerza, pues los nobles le manifestaron: de aquí no saldremos hasta que, o te reciba como rey nuestra embajada, o la muerte engulla aquí al que se oponga.

Molino en Pampliega

En lo que hay más acuerdo es en el lugar donde todo esto ocurría, según dice Julián de Toledo:

Gerebantur enim ista in uillula, cui antiquitas Gerticos nomen dedit, quae fere centum uiginti milibus ab urbe regia distans in Salamanticensi territorio sita est.

O sea, en la pequeña villa de Gérticos, a 120 millas de Toledo y en la diócesis de Salamanca. Y precisamente debido a estos hechos, la conocemos hoy con el nombre de Wamba.

Iglesia de Wamba

Pero después de varios años de fructífero reinado –contuvo a los árabes en Algeciras, redujo a los vascones, sofocó diversas rebeliones en el amplio territorio de la España goda, trajo las reliquias de San Antolín a la cripta de la catedral de Palencia…- fue engañado, narcotizado y tonsurado y se retiró a vivir los últimos años de su vida al monasterio de San Vicente en Pampliega, donde murió en el 688. Y allí fue enterrado hasta que el rey Alfonso X trasladó sus restos a Toledo, que luego serían profanados por los franceses a principios del siglo XIX. Actualmente se encuentran en la catedral toledana y los reclama el ayuntamiento de Pampliega.

Aquí -o muy cerca- pudo levantarse el monasterio de San Vicente

Wamba tiene una antigua y hermosa fuente dedicada al rey godo, además de una escultura instalada hace unos años a la entrada del pueblo. Pampliega cuenta con la fuente de la Legaña buscada por el rey Recesvinto para curarse un mal de riñón pero sus aguas sólo le limpiaron los ojos, pues únicamente tenía –y tiene, se sigue afirmando- propiedades medicinales oftalmológicas. No obstante, este rey acabó en los Baños de Cerrato donde pudo al fin curarse de su dolencia.

Detalle de la fuente de Wamba

Curiosamente, otro rey godo, Chindasvinto, cuyos restos se encuentran en la iglesia de San Román de Hornija, fue proclamado rey en Pampliega precisamente.

En cualquier caso, lo que sí sabemos con seguridad es que se trata de dos preciosas localidades castellanas que mantienen con orgullo su pasado y que cuentan con rincones y paisajes deliciosos.

Otro valle de Quintanilla de Trigueros

2 agosto, 2017

Aunque hemos rodado mucho por el irregular y –tal vez por eso- variado término de Quintanilla de Trigueros, no conocíamos aun el valle de los Cabezos, por donde discurre –o discurría- el arroyo Váscones. De manera que ese iba a ser el objetivo fundamental  de la excursión, y luego nos quedarían unas horas por delante para aprovecharlas en el páramo de los Torozos, o en lo que se terciara.

El valle se abre a casi 2 km de Quintanilla, al desembocar nuestro Váscones en el arroyo del Pocillo, que nace en la fuente del mismo nombre.  En este zona crucial abundan las praderías dedicadas a pastos, que enseguida dan paso a las tierras de labor.

Al poco de entrar en el valle

Es un valle ni estrecho ni ancho, tendido en su ladera oeste y abrupto en la oeste, que se ve aprovechada por el carrascal para formar un monte bajo; el cerral está cortado a pico en algunas zonas.  Tiene continuos entrantes y salientes, o sea, forma barcos: Valdealar, Barco Grande y Barco Chico por la zona de los escarpes, y Valdelaviña y barranco del Lobo por el de enfrente. Por eso, nuestro vallejo pose una especial belleza.

Juncos, tierras de labor, monte

Primero avanzamos entre tierras de labor salpicadas de encinas y con monte en las laderas más empinadas. Poco después, aparece el monte espeso en el lecho del valle, con abundantes encinas de buen porte. Aunque en esta larga temporada de sequía no corre el agua por el arroyo, hay grandes extensiones pobladas de juncales, y señales de pequeñas lagunas de otras temporadas más húmedas. El valle avisa de que se termina cuando divisamos las casas de los Cabezos; ya casi arriba y a la altura de estas casas, termina en una pradera  con algunas acacias y un buen pozo con pilón y largo abrevadero. Pues nada, ha merecido la pena el paseo; si no hiciera tanto calor, el valle estaría fresco y hasta encantado, pero los habitantes de este bosque sin duda se encontraban durmiendo la siesta.

Abrevadero

Habiendo cumplido el objetivo y sin saber qué hacer, tomamos el camino del corral de la Villa y, desde allí cruzamos al término de Ampudia donde nos introdujimos en un pinar de repoblación: ¡un ejército de chicharras cumplía con su cometido cantando rabiosamente a un sol que todo lo quería fundir!

A los pocos kilómetros salimos a campo abierto y salpicado de molinos; nos encontramos algún terreno dedicado al cultivo del espliego y finalmente bajamos al valle del arroyo del Salón para buscar la fuente y hierba fresca del santuario de la Virgen de Alconada, y dejar lejos el estruendo de las chicharras. ¡Qué paz!

En el páramo

Vuelta a subir al páramo, esta vez por el curioso vallejo de Sotocaballo o simplemente el Soto, que tuvo en su momento un pequeño caserío con huerta y noria, ahora asfixiados por la maleza, y que todavía se encuentra poblado de bosquetes de esbeltos álamos –años ha también por olmedas, pues quedan los canijos negrillos- hasta casi el cerral. Aunque no los buscamos, tan densas arboledas denotaban la existencia de fuentes y manantiales. Otro tranquilo y pequeño vergel escondido en los pliegues de Torozos.

Por el Soto

Ya de vuelta, como hiciera poco calor, unas llamas gigantescas se levantaron, azotadas por el viento, en dirección a Torremormojón, con el consiguiente humo que en pocos minutos lo llenó todo. Claro que el viento que lo trajo también se lo acabó llevando.

Después de rodar por una carretera intransitada, tomamos el camino de Corcos y luego el de la Calera, y cruzando entre montes y corralizas nos acercamos al cerral que domina el amplio valle del Pisuerga. Después de contemplar su paisaje, sólo nos quedaba dejarnos caer para llegar sin esfuerzo a Trigueros del Valle y allí, proceder a la correspondiente hidratación que recomiendan los expertos y que nosotros no discutimos, ¡faltaría más!

Y el track

eMalos humos

 

Una bermejuela en el Daruela

5 julio, 2017

Hace muchos años que no aparecen bermejuelas en nuestros ríos, invadidos como están por alburnos y percasoles. El río Hornija las ha mantenido hasta hace muy poco, pero también empiezan los alburnos a subir por él. Por eso, cuando he visto una en el arroyo Daruela, que lleva sus aguas al río Bajoz, no he dejado de sorprenderme.

Este arroyo –también conocido por Valdelavió en su curso alto- nace en las proximidades de la colina donde se encuentra la ermita de Villaudor, en el término de Barruelo del Valle. Recorre un amplio y corto valle de tierras de pan llevar donde el páramo empieza a perder su llanura, pasa por Adalia y se entrega al Bajoz en Mota del Marqués. Curiosamente, a estas alturas de un año tan seco como el actual, todavía lleva un hilo de agua, y tanto las hierbas más variadas como árboles y arbustos, se acercan a su cauce para beber del líquido elemento. Merece la pena acercarse, por ejemplo, al paraje que forma la fuente de Santo Tomé, recientemente remozada. Eso sí, ahora puedes salir con el pantalón lleno de amor de hortelano.

Arca de la fuente

Pues por allí estaba nuestra bermejuela de buen tamaño y algún alevín más. ¡Que sigan en sus aguas por mucho tiempo!

Fuensaldaña y sus cuestas

18 junio, 2017

El término de Fuensaldaña se encuentra muy cerca del de Valladolid, con el que limita, y se extiende por laderas, vallejos y paramillos entre el páramo de los Torozos y el Canal de Castilla; no llega a las orillas del Pisuerga aunque se queda cerca. Por ello, su paisaje es variado y alegre: sobre valles y cuestas –algunas acarcavadas- se asientan pequeños regatos –sobresaliendo el cien veces mentado Pozo Moza, que atraviesa todo el términoy sobre todo, majuelos, muchos majuelos que no han sido abandonados como en tantos otros pueblos de Castilla. También se cultiva el cereal y son abundantes los almendros.

La localidad se levanta en el centro del valle surcado por el arroyo Pozo Moza

La localidad…

El nombre alude a una fuente de los condes de Saldaña. Además del castillo, que fue sede de las cortes de Castilla y León, destaca una preciosa iglesia de aire gótico mudéjar dedicada a San Cipriano, que posee una equilibrada torre de cuatro cuerpos que resalta por su belleza y  sencillez al lado de la enorme torre fortaleza del castillo. De la ermita de la Virgen del Rosario no quedan sino las paredes desnudas a punto de caer o ya caídas: nadie se ha ocupado de mantenerla en pie o reconstruirla, como sí se han ocupado de levantar urbanizaciones en los alrededores. Posee un convento –ahora de monjas trinitarias- con iglesia barroca que fue saqueado por la francesada y exclaustrado por la desamortización unos años después; se salvaron algunas joyas –tres lienzos- que podemos contemplar en el museo de escultura de Valladolid.

Interior de una bodega abandonada

Pero Fuensaldaña siempre estuvo unida al vino clarete. Junto con Mucientes y Cigales, abastecía de este producto a Valladolid y era bien conocido en buena parte de la España norte. Hoy se elabora en modernas bodegas, pero podemos pasear por las empinadas sendas de la cuesta del Sol que conducen a las bodegas tradicionales al otro lado del arroyo Pozo Moza, donde aún vemos viejos lagares y degustar –si tenemos algún conocido- unos de los mejores vinos que jamás se hayan probado, ¡palabra! Es sencillo, suave, alegre, vivo, frutal… y no cansa, como la mayoría de los vinos embotellados actuales. También hay bodegas tradicionales –convertidas en mesones y merenderos- en el camino de Zaratán, y Los Bodegones, ya difíciles de identificar como bodega en la carretera de Villanubla. Junto a estos hubo también un tejar. Junto a los lavaderos del arroyo llegó a funcionar una destilería de orujo, así se aprovechaba bien el orujo de las uvas. Ya se ve que era una localidad centrada en la uva y sus frutos ¿hay algo mejor para centrarse?

Majuelo

Aunque predominan las edificaciones modernas, podemos ver alguna casa tradicional, en piedra o ladrillo con su escudo, muretes, traseras y otras construcciones que mantienen ese sabor popular que se resiste a desaparecer. Tuvo molino que utilizaba las aguas del Pozo Moza poco antes de entrar en la localidad; algunos vecinos –hoy muy mayores- aprendieron a nadar en su balsa.  Tuvo palomares, pero sólo podemos contemplar la materia sin forma –el barro- que los mantuvo en pie. Y aún podemos ver una preciosa fuente circular en una plaza a la entrada; sus aguas venían de un manantial que brotaba junto a la carretera.

Bien, pues esto es el pueblo. Como se puede apreciar, mucho más que su famosísimo castillo. Pero si sus ambientes son interesantes y atractivos, no digamos ya el paisaje del término.  Vayamos a ello.

Cuesta Redonda

y las rutas: en primer lugar, Cuesta Redonda (7 km)

Cuesta Redonda es eso, una cuesta cónica bien separada de la llanura del páramo. Desde Fuensaldaña la vemos al oeste, escindida del páramo de Llanomonte. Es un buen observatorio para contemplar Valladolid al fondo y, delante, las muchas cuestas, entrantes y salientes, arroyos, caminos… que tiene Fuensaldaña. Y, como desde cualquier otro punto, el castillo es otro fondo.

Pero este recorrido que proponemos es distinto a los demás; técnico, como dicen los entendidos: atacamos Cuesta Redonda por la derecha, al otro lado del camino y subimos por su espalda. Luego, continuamos a media ladera por un sendero que va rodeando Llanomonte hasta que subimos por el barco de Valdoncil. El sendero se ensancha y cruza el camino real de Villalba para dirigirse por el cerral hasta el Pilón, con su vértice geodésico y Fuensaldaña a los pies. Unos cuantos metros más, unos pocos a campo traviesa sin sendero hasta llegar a la Carrangostilla, donde paramos de nuevo, pues se ven desde aquí Mucientes, Cigales, Trasdelanzas, por supuesto Fuensaldaña y un montón de puntos más.

El sendero a media ladera nos muestra algunos barcos

Bajamos en directo por la cuesta hasta las orillas del arroyo Pozo Moza. A un lado, las bodegas. Bueno, hay que estar un poquito preparados para este recorrido. Tampoco mucho pues, en el peor de los casos, se lleva la bici de la mano y ya está.

El páramo (10 km)

Si subimos por el camino real de Villalba para disfrutar de un precioso paisaje: primero campos que quieren ser abiertos y llanos y casi lo consiguen, luego el páramo de Villanubla, perfectamente plano. Aquí giramos hacia el oeste para volver a girar hacia el sur pasando por barcos y vallejos. Uno de ellos acoge al arroyo Valcavado, cuyo manantial es un pozo. Han sido unos 11 km contemplando un paisaje cambiante –casi- a cada pedalada, o a cada paso. Estos caminos gozan de un buen firme; rodada sin problemas.

Fluente de San Pedro (9 km)

Subimos por la empinada –pero no larga- cuesta del Cuerno para atravesar Landemata, precioso lugar que quiere ser llano pero tampoco lo consigue. Aquí se concentran, entre abundantes almendros, la mayoría de los majuelos que dan ese clarete típico de nuestro término. Están cuidados con mimo, pero también han conservado en buena medida el modo de hacer tradicional y, así, los límites suelen establecerse con muretes bajos de piedra o arbustos de crecimiento natural, entre los que sobresalen los endrinos.

La fuente

La fuente de San Pedro, con su pilón y abrevadero siempre tiene agua, hasta en los veranos más secos. La abundante y fresca vegetación invita a hacer una parada. Un poco más lejos, en una alameda, fluía la fuente de Valdetán, reducida hoy a un pozo. Al volver por la ladera del paramillo, podemos contemplar las cárcavas, verdaderas esculturas de barro blanco y marrón, que han formado con su maestría la lluvia, el hielo y el sol.

Valdecarros para terminar (11 km)

La Juiciana es otro páramo que se encuentra en el término que estamos descubriendo. O más bien un entrante del páramo que avanza hacia Fuensaldaña. Lo acometemos en directo, por un camino que sale justo desde el castillo; vamos como navegando por el aire pero en realidad rodamos sobre una ancha cresta, con valles dilatados a cada lado, dedicados al cultivo del cereal o a forraje, según los años.

Campos de cereal. Sólo un chopo se atreve a romper la horizontalidad

Al llegar a la autovía torcemos a la izquierda para tomar Valdecarros, un precioso valle encajonado al principio pero que se va abriendo poco a poco. Vemos distintos pozos; uno de ellos, de peculiar construcción, lleva el nombre de pozo de la Nieve, o sea, que antaño fue almacén de hielo para servicio del pueblo.  Y al poco, estamos de nuevo en nuestro castillo.

Piscatorem & Javiloby