Corpus en Tiedra

Esta semana se celebrado procesiones del Corpus Christi en prácticamente todos los pueblos de la provincia. Especial relevancia tiene esta procesión en Tiedra, donde la Custodia sale acompañada de la Madre de Dios, la Virgen de Tiedra Vieja.

La tarde anterior –el viernes- se producía la Subasta de las Posturas, que decide quienes llevan las 17 posturas en la procesión (pendones, cruces, brazos, varas…) del Corpus. Después, la Virgen se traslada desde su ermita a la iglesia del Salvador donde permanece en espera de la procesión. Esa noche se celebra la cena con las famosas sopas de los postores. La pude probar al día siguiente, gracias  a la generosidad de una buena familia de Tiedra: en una cazuela de barro se van colocando capas de pan duro con otras de chorizo, jamón y huevo; todo ello se empapa en una especie de sopa d ajo y se deja al horno varias horas. Y queda una sopa –más bien sólida-  muy original y sabrosa. Y nutritiva como pocas.

También por la noche hay dulzainas y tamboriles que animan al baile en el pueblo, acompañados con bombas y petardos. Bueno, esta vez casi no se han notado.

El sábado –este año se ha celebrado por primera vez en sábado la fiesta, en vez del jueves- sale la procesión después de la misa del Corpus, que es a las 12:45. Antes, se han preparado los altares para el Santísimo, uno de ellos en la plaza, bajo los arcos del Ayuntamiento.

La procesión se inicia, pues, en la iglesia del Salvador. Salen la cruz, los ciriales, estandartes, la Virgen, controlada por los varales, y  el Santísimo bajo palio. La banda toca. La Virgen baila. El sol pega sin piedad.  El pueblo acompaña al Señor y a su Madre, empezando por la corporación municipal. Niños muy pequeños, que aún no andan, esperan sobre alfombras en el centro de la calle. La Custodia se inclina ante ellos para bendecirlos. Siendo hermoso cruzar por la enramada de cantuesos y tomillos, como se hace en otros pueblos, esto lo es más todavía.  Es Tiedra, es Corpus. En dos altares se deja durante unos minutos la Custodia para cantar a Dios en la calle.

Y todo vuelve a la iglesia de la que salió para terminar el acto.

Por la tarde, después de la comida popular en el Pósito, la Virgen vuelve a su casa de la ermita acompañada por el pueblo. Hasta otro año. No obstante, seguirá la fiesta al día siguiente con sopas de postor  en la plaza, amenizadas con petardos.

El Corpus en Tiedra merece mucho la pena.

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Pero en Tiedra también tienes un cielo y un observatorio para verlo; fuentes y pozos; miel y campos de lavanda; un castillo y calzadas romanas; una arquitectura popular que mezcla piedra, barro y cerámica; cerros y colinas…

La Peña de Castromembibre

Hemos dado un paseo por los Torozos, hasta llegar a un curioso y agradable paraje llamado la Peña, en el término de Castromembibre. Se trata de una colina que, saliendo del páramo, se quiere introducir, por unos cuantos metros, sobre la Tierra de Campos. Recuerda un poco a la Mella del Garañón, a unos 45 km, en Montealegre, en la misma ladera noroeste de Tierra de Campos.

Hace raya divisoria entre Castromembibre y Vezdemarbán, o entre Valladolid y Zamora, que viene a ser lo mismo. Es como la proa de un barco que quisiera atravesar y romper estos infinitos campos de tierra. En su cima afloran grandes rocas calizas y la mano del hombre plantó, hace muchos años, almendros, que siguen adornando las laderas. Sin duda, lo mejor es el panorama sobre los Campos de diferentes matices (ahora) que se extienden a los pies. En primer plano tenemos el amplio valle del Sequillo, verde ya al final de este invierno; un poco más allá, las laderas rojas de Belver de los Montes, bajo el monte o raso de Villalpando; como saliendo de las estribaciones del páramo, Vezdemarbán con sus torres, y, al fondo, cien pueblos mal escondidos entre las colinas y ondulaciones de esta Tierra… ¡Todo un espectáculo!

Y, si hay nubes, como ha sido el caso, veremos cómo navegan por los cielos mientras sus sombras surcan la tierra. En el horizonte, los montes de León. En fin, otra de las muchas sorpresas que nos tenía reservadas este inabarcable páramo de los Torozos.

Buscamos, sin encontrarla, la fuente de Hoyos. En su lugar, vemos una pequeña jungla de zarzales donde se esconden los conejos, y un suelo más húmedo de lo normal. Después, por un sendero en ladera, conectamos con el camino que sube a Castromembibre. Esta localidad se encuentra, curiosamente, en una hoya rodeada de colinas por todas partes menos por la que conecta con la Tierra de Campos, que baja.

De ahí subimos al llano del páramo nos llevó, dejando a un lado Villavellid, hasta la siempre sorprendente fuente del Tayo, junto a la antigua calzada de Toro. Y luego a Tiedra, donde visitamos las ruinas de su barrio sur. Pudimos ver restos de antiguas habitaciones horadadas en la ladera del páramo, aprovechando una capa de tierra bajo la piedra caliza. Encima, el castillo.

Dejando atrás el teso de las Brujas y luego el Torrogal, tomamos la cañada que, en línea recta, nos llevó al punto donde habíamos iniciado el trayecto.

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Antes, saliendo de Villalbarba, habíamos visitado el cerro o paramillo de las Canteras, que comparten Villalonso y Benafarces. Se encuentra sembrado de bloques de piedra caliza que hablan de lo que un día hubo aquí: canteras. Bueno, también había sembrados de cereal. Y abundantes almendros que, cuando pasamos, se encontraban en auténtica explosión de espuma… Es un agradable balcón sobre los valles y cerros de Mota –al este- y la llanura de Toro -al oeste.

Bajando de este cerro cruzamos Benafarces y de aquí, atravesando la caída de Tiedra hacia Toro, llegamos hasta la Peña que fue, por esta vez, nuestra meta.

Aquí, el trayecto según wikiloc.

Por Arroyo y Simancas

Los alrededores de Valladolid también son estupendos para pasear en bici. Sobre todo si disponemos de poco tiempo para dar una vuelta, como ha sido el caso de hace unos días.

Simancas nunca defrauda. Pero para llegar a Simancas hay que pasar por Arroyo de la Encomienda, si vamos por la orilla derecha del Pisuerga. Y aunque en Arroyo no queda casi campo abierto, resulta que es agradable rodar por el carril bici de la ribera o, incluso, por aluno de los senderos que recorren la orilla del río. Así, hemos podido ver el salto de la Flecha, junto al jardín botánico y también los álamos ahora desnudos. Más allá veremos una vieja pesquera, por la que, en verano, se podría atravesar el río y, junto a la pesquera, la desembocadura del arroyo Rodastillo, que viene de Ciguñuela.

El Rodastillo vierte sus aguas al Pisuerga

Y al otro lado del Rodastillo, podemos descansar en una de las cinco agradables balconadas que se asoman a las aguas del Pisuerga.

Luego hay que atravesar la autovía y el pequeño polígono industrial para aparecer junto a la fuente de la Chopera, mal cuidada, pero que aún aprovecha su manantial.

Desde la chopera de la fuente. A la derecha queda el polígono industrial de Arroyo

Para acercarnos a Simancas podemos pasar junto a los Zumacales o seguir por otros caminos. En cualquier caso, el paisaje merece la pena, pues vamos ganando en perspectiva para ver mejor la ciudad, que atrás queda, y los pinares del Duero.

Al llegar a la parte alta de Simancas tomamos el camino de Torres, de preciosas panorámicas, para volver por el de Robladillo antes de subir al páramo. Bordeamos el cerro de la Muñeca y, finalmente, caemos junto al río atravesando la autovía por un oscuro túnel.

Visión de Simancascon Valladolid al fondo

Terminamos el recorrido de hoy disfrutando de otros paisajes, esta vez desde el mimo puente simanquino. En total nos han salido unos 20 km. Para volver al puente de la hispanidad nos quedarían 7 u 8 kilómetros más, que podemos hacer por el camino Viejo o por el de la Berzosas. Incluso hay un sendero por la misma orilla que una vez lo hicimos en bici pero no lo aconsejaremos si no es caminando.

Carrecastro

Ya dimos hace tiempo un paseo por Carrecastro, ese cerro que se desprende del páramo de los Torozos a uno dos kilómetros de Tordesillas, dejando a Velilla atrapada entre las dos alturas. Pero, desde entonces, ha cambiado su fisonomía pues le han nacido cuatro molinos en su superficie. Si el paisaje del páramo cambia cuando lo siembran de molinos, imagínate el de una superficie de menos de un kilómetro cuadrado con cuatro de esos gigantes… Ya no será nunca el mismo. El viejo cerro de Carrescastro es otra cosa, producto de ese curioso progreso que cierra nucleares y térmicas, aumenta hasta límites insospechados el precio de la luz y deja inmensas cagadonas con aspas por toda nuestra geografía. Y me temo que nos vamos a tener que acostumbrar, pues se han aliado políticos, ecologistas y grandes empresas contra el resto, o sea, contra el ciudadano medio.

Bajo los pinos, desde Villavieja

Bueno, también lo pasan mal las aves, que no tienen ninguna culpa. En este paseo vi cómo un milano rojo cruzaba –jugándose el cuello- entre dos aspas en movimiento.

Villavieja

Recorrí el sendero que, a modo de corona, discurre por el bocacerral. También ha cambiado algo, pues en la zona sur, donde es un verdadero sendero por su estrechez, se ha tornado intransitable debido al crecimiento de las ramas de los pinos. En el resto, siendo más ancho, está cubierto de abundante hierba verde, supongo que será debido a la estación. En uno de los pasos me topé con tres tímidos corzos. En la ladera sus pude ver una cueva abierta entre yesos y calizas. También hemos perdido algo de vistas por el crecimiento de los pinos carrasqueños; a pesar de todo sigue siendo un excelente mirador de Tordesillas, el  valle del Duero –al fondo, el perfil de Serrada y alguna torre de Rueda-  y la llanura toresana.

Matilla al fondo

Me acerqué a Velilla y a Villavieja –hay buenos caminos- para seguir observando los cerros y páramos en los que muere Torozos. Todo está verde, con el cereal empezando a crecer y con  algunos pinarillos especialmente relucientes por el viento, el sol y el agua caída. Aunque estamos en invierno, parecía haber llegado la primavera pues se cumplía al pie de la letra aquella poesía de Machado:

Lluvia y sol. Ya se oscurece
el campo, ya se ilumina;
allí un cerro desparece,
allá surge una colina

Hacia el norte. Lo primero que destaca son los «huertos solares»

Carrecastro sigue guardando –bien enterrado, eso sí- el castro que le dio nombre…  Ya no pasa la cañada leonesa por su falda este, ni la colada de Toro por la  norte, aunque ahora sus vargas están cubiertas de pinos. Sigue siendo la avanzadilla del páramo que quiere asomarse al Duero…  y, desde hace algo más de un año es, además, una plataforma que arrebata a los vientos su energía. A este paso,  ¿cómo se verá cuando pasen unos pocos siglos?

Robles en Corcos

Pues sí, seguimos faldeando el páramo de los Torozos, buscando robles y encinas, tanto aislados como formando pequeños bosquetes.

Esta vez hemos partido de Corcos. Subimos al páramo por el oeste, por el camino de la Nevilla y volvimos a bajar a Corcos por la Baldesa. Mereció la pena este breve recorrido inicial de 5 km, sobre todo porque nos acercamos a algunas manchas de monte y pudimos contemplar el pueblo desde arriba, con la torre de la iglesia que sobresale y la hilera de bodegas recostadas en la ladera del páramo, preparadas para recoger todo el sol poniente.

Luego, tras dejar de nuevo el pueblo –esta vez por el viejo cementerio- fuimos ascendiendo poco a poco por el antiguo trazado de la cañada real leonesa hasta desviarnos por el camino de Pedraza de Campos. Después de cruzar un monte mixto de encina y robles, pudimos asistir, conforme avanzábamos, a un desfile de modelos de quejigos: grandes y medianos, alguno con hojas verdes, alguno casi desnudo, la mayoría con hojas entre el amarillo pajizo y el dorado, unos con ramas tortuosas, otros con ramas elevándose casi rectas hacia el cielo… Y al fondo, el ejército de molinos de Torozos, en su territorio, en Ampudia.

El firme de los caminos era el adecuado para nuestras bicis. Un poco mojado, alguno empedrado, alguno con hierba suave, la mayoría con tierra dura.

Después de avanzar menos de un kilómetro por la carretera de Ampudia, no introdujimos entre tierras de labor por linderos de matas de roble y encina en los que se avanzaba regular hasta que, al fin, salimos a un camino de servicio de los molinos. Curioso paisaje: grandes robles, pero ciclópeos molinos que los hacían pequeños.

Cruzamos la vereda de la raya de Ampudia y Corcos con rumbo al caserío de la Barranca, dejando atrás ruinas de corrales y pozos ganaderos. Una vez más –y a pesar de los molinos- los campos horizontales nos ofrecían un hermoso panorama; el cielo también se había aliado con ellos para reafirmar ese equilibrio natural, hermosos y sencillo a la vez.

Cuesta abajo, por el ancho camino de Villalba de los Alcores nos presentamos de nuevo en Corcos. Recorrimos casi 25 km; he aquí el trayecto seguido.

La cabra tira al monte

No sé si es la cabra de dos cuernos y dos ruedas o la que todo ciclista todo terreno lleva dentro, el caso es que hemos vuelto al monte, a los montes Torozos, escenario de la última excursión. El escenario –como siempre ocurre- había cambiado, pues  después de un periodo de sequía, en el intervalo había llovido en abundancia y nevado un poco. Aunque todo estaba húmedo o mojado, las ruedas aguantaron bien y sólo estuvieron a punto de atascarse en una ocasión.

Ruinas de la casa de la Chinchilla

Igual que hace unos días, salimos de Mucientes. Pero esta vez por el camino de las Adoberas, para echar un vistazo a una antigua casa-cueva que aún conserva sus rasgos; como está cercada y no había nadie en esos momentos no sabemos cómo se mantienen por dentro. Si está igual que por fuera, estará fatal. Al lado, los cortes en la ladera nos dan a conocer los distintos matices de las estas tierras arcillosas y ponen de manifiesto que, efectivamente, aquí estaba la adobera del pueblo.

Parte del monte parece haberse roturado para labrantío

El siguiente tramo del camino –dirección La Mudarra- nos lleva por Barcilobos. Detrás, al sur, se levanta el  inconfundible alto de Trasdelanzas y el industrioso valle del Pisuerga. Un poco más y estamos en el páramo, que cuenta ya aquí con algunas manchas de pequeños encinares. En lo profundo del páramo, los molinos gigantes están iluminados por el sol. Parece una buena señal y, efectivamente, el sol acabaría rasgando la alta capa nubosa.

Robles

Ya en el monte, descubrimos un sendero que nos llevó por la linde hasta la carretera de Mucientes-Villalba. Estaba guapo el monte, con abundante hojarasca entre la que descubrimos alguna seta, con restos –poquitos, a causa de la lluvia caída después- de la nevada de hace unos días en las zonas más umbrías, y con las hojas de encinas y robles relucientes a causa del agua caída.

Nos desviamos de la senda para acercarnos a la casa de la Chinchilla, muy cerca, en las tierras destinadas a sembrado. Se trata –o se trataba- de una buena casa de adobe, con pozo, estanque, caseta al lado y bien techada. Ahora en ruina, claro; se deja abrazar por una parra lo que le da un aire más decadente si cabe. No creo que tarde mucho en desaparecer por completo.

Entre las matas de encina no es fácil abrirse paso -y menos con una bici.

Cruzamos la carretera y seguimos por el monte. Después de una pequeña zona con matas de encina y abundante maleza, salimos a otra donde predominan los quejigos de buen porte. Todos de un matiz diferente que va del verde al pajizo pasando por el dorado más elegante. No hay dos robles del mismo color, diría que ni tan siquiera hay dos hojas iguales en un mismo roble. Unos tienen más hojas, incluso verdes; otros menos y algunos las han perdido casi todas. La hierba todavía está amarilla y seca por aquí. Habrá que esperar a que llueva más.

Laderas

Salimos a un buen camino que viene de Mucientes. Justo aquí vemos el chozo de la Laguna, grande, alto, relativamente bien conservado, de excelente piedra. No tiene forma cónica, sino cilíndrica. Nos vamos por ese camino en dirección contraria, hacia el norte y enseguida nos desviamos hacia el este para seguir disfrutando de los mejores robles. Cruzamos por El Moral, un sembrado amplio entre el monte de Torozos y cintas de montes más reducidos, nos asomamos al arroyo del Moral para contemplar una vez más el paisaje alomado propio de las estribaciones torozanas y al fin caemos en ese valle, entre robles y encinas enormes.

Camino de vuelta del monte

Tomamos un camino con toboganes gracias al que conectamos con el camino del Hornillo que, finalmente, nos deja en Mucientes, donde aún tenemos tiempo de pasear por sus calles y contemplar diversos detalles de la arquitectura tradicional…

Este fue el trayecto seguido, de 21 km.