El monte de Peñaflor y la casa del Francés

Mañana soleada  de sábado, subimos al páramo de Villanubla por la vía del Tren Burra, dispuestos a pedalear un poco por los campos rasos de Ciguñuela, Wamba, Peñaflor y Villanubla. El día amaneció fresquito, pero el sol acabó por hacerlo agradable. A pesar del vientecillo se pedaleaba muy bien, pues era el primer día del año con el firme seco y duro, las ruedas no se pegaban al suelo y parecía que algunos hubiéramos recobrado fuerzas tras la covid. (Es que llevo fatal las ruedas de tacos en invierno).

La Nava de Peñaflor lucía de un verde intenso. Antes la presidían acacias y algunos almendros por el norte, ahora sólo resaltan en el horizonte esos enormes gigantes que son los molinos o aerogeneradores.

El monte de Peñaflor, pequeña isla de bosque relicto de Torozos entre las más grandes de la Espina y Mucientes, también lucía de un verde oscuro y elegante en el suelo, poblado de hierba y matorral, y en las encinas, con las hojas limpias por las recientes lluvias… Fue muy agradable rodar por la linde del bosque sobre las hojas crujientes de los robles… Uno de los ciclistas se trajo un dron, y lo aprovechó para hacer algunas  tomas aéreas. Aquí puede verse una.

Del monte enmarañado pasamos a monte adehesado, con robles y encimas compartiendo suelo con sembrados de cereal.. El bosque está, en su mayor parte, cercado y el camino que discurre por la linde ha desaparecido; menos mal que aprovechamos una especie de pista abierta por vehículos agrícolas.

Sin esperarlo, levantamos un gran bando de avutardas: es la primera vez que lo veo por aquí, claramente estas aves están en expansión, como casi todas las de gran tamaño. Y al fin llegamos a la cañada Carralina, que en realidad es una vía merinera que se desgaja de la cañada Leonesa para poner rumbo a Simancas sin pasar por Valladolid y juntarse otra vez en Puente Duero, o bien seguir camino de Salamanca por Tordesillas.

Último punto digno de mencionar es la Casa del Francés, a pocos metros del monte pero aislada ya en campo abierto. Una pena; la última vez que pasamos por aquí –hace unos diez años- estaba en uso. Hoy está abandonada y no es más que un ligero resplandor de lo que fue. Aun así, destaca un original transformador-torre cilíndrico, en piedra caliza, que ahora sirve de refugio a las palomas. A sus pies, un pozo; al lado, una balsa sobre la que han crecido pimpollos y almendros. Las cuadras, de tierra roja, deshaciéndose con prisa para ser uno con el suelo. Una amplia bodega con bóveda de medio cañón y excelente factura, que se empieza a llenar de porquería; viviendas arruinadas; un cerco; abrevaderos…  Y el piñonero enorme, que se ve casi desde cualquier punto del páramo.

Así se deshumaniza el campo sin ganar el paisaje. Son demasiadas las casas en las que hubo vida hace unos años…

 

 

El espigón del Bajoz y los vados del Hornija

Pedrosa del Rey se asienta sobre un llano, al lado justo de los últimos picos y mesas del páramo de los Torozos. De una de estas mesas o paramillos, llamada precisamente de las Canteras,  se ha venido extrayendo la piedra caliza que vemos en las construcciones de la localidad. En otros picos, como los de las Atalayas, sus cárcavas dejan ver las diferentes capas de que están formados… Nunca es mal momento para una lección práctica de geología.

Salimos hacia el oeste, por el camino de la ermita y su fuente donde vemos tapias y traseras que no cierran ya nada.

Aspecto del valle del Bajoz

El camino que seguimos, siendo uno, nos lleva por todos los posibles caminos de la provincia. Me explico. Por unos cientos de metros está seco y, por tanto, duro, se rueda con facilidad y de manera descansada. Luego, en otros tramos está empapado de agua y el firme es como de arena: la consecuencia es que las ruedas de la bici parecen hundirse y ¡cuesta tanto dar pedales! cada metro que recorremos es de una dureza inusitada, como si fuera una subida de máxima pendiente… Pero luego aparecen unos cuantos metros en los que está cubierto de durísimo hielo, te juegas la vida; un resbalón puede tener nefastas consecuencias. Poco después, hay que bajarse de la bici porque la rueda se clava en la nieve blanda. Pero enseguida transitamos por una nieve dura, apisonada por los tractores, por la que se rueda como nunca. O todo es un charco inmenso, una gran laguna. Y así continuamente… Esta tónica no fue sólo del primer camino, hacia el oeste, sino de todas las pistas y senderos que recorrimos en esta excursión de 30 km.

Río Bajoz. Al fondo, el depósito de agua.

Tras recorrer los seis primeros kilómetros, caímos al curioso y agradable valle del Bajoz, que forma una cinta de tierra llana para el cultivo entre colinas no muy elevadas. Estaba medio helado y llevaba agua, pero no la suficiente como para impedir atravesarlo con decisión de un salto en su zona más estrecha.

Después, subimos hasta un depósito –torre que se ve en varios kilómetros a la redonda- con su captación de agua. Seguramente antaño hubo aquí una fuente o manantial. Estamos sobre una especie de espigón entre el Bajoz y el aroyo del Valle, y lo seguimos hasta su punta que anuncia la confluencia de ambos. Curioso lugar, si bien toda la poesía se la ha llevado, sin duda, la autovía que cruza casi por el mismo pico del espigón. Estamos en una comarca de cantos enormes que, aunque vistos muchas veces, no dejan de llamar la atención por su tamaño, forma y colores. Difícilmente los encontramos en otras comarcas de la provincia.

Camino entre valles

Del cauce del Bajoz nos acercamos al del Hornija. Este río ya es otra cosa: es más ancho y lleva más agua que el primero. El molino cercano a Villaester de Arriba es una mole inmensa en medio de la vega. Conserva parte de la balsa y en el cárcavo restos del rodezno. ¡Imposible cruzar por el vado! En bici, el agua nos llegaría casi a la rodilla. Y no es agradable pasear con los pies helados y mojados.

Cárcavo del molino

Volvemos a aparecer unos kilómetros más arriba: aquí los vados están cubiertos de hielo y la corriente pasa por debajo. Además de mojarnos bien, el peligro aumenta debido a que un resbalón en el hielo puede significar, además de un buen golpe, una mojadura completa. Así que lo dejamos hasta encontrar un puente por el que atravesamos el infranqueable Hornija invernal.

Vado helado

Seguimos por su orilla derecha y vemos cómo la superficie del río está helada en totalmente helada en algunos tramos, mientras que el otro el agua discurre por el centro, manteniéndose heladas las orillas. De lejos, ya en el término de Villalar, vemos los restos del Molino Nuevo, pero no nos acercamos.

Finalmente entramos en Pedrosa por la torre de Santa Cruz y aprovechamos para contemplar algunos edificios que muestran la esencia de lo que  fue la arquitectura popular de esta zona peculiar donde abunda el barro y la piedra. Uno de ellos, frente al pósito y dos viejos carros restaurados, siempre nos llamó la atención por su curioso soportal en madera que mantiene una galería superior con barandilla de curiosos adornos.

Entre Villalar y Pedrosa, donde las estribaciones del páramo desaparecen

Agradable excursión si no fuera por el fuerte viento que soplaba del oeste. Aun así, como siempre, mereció la pena. Amenazaba lluvia, no cayó ni gota y, sin embargo, entre las nubes se colaron bastantes rayos de sol. Era el undécimo días después de la ventisca y aún permanecía la nieve en caminos y ventisqueros, como puede apreciarse en las fotografías.

Hornija con hielo en las orillas y corriente en el centro

Niebla decembrina

No han abundado -hasta el momento- los días de niebla en Valladolid, pero ha habido algunos. En esta salida, la niebla llegaba más o menos al ras del páramo y había conseguido humedecer todo: los caminos, las tierras, la hierba y los árboles. No obstante, el barro nos respetó bastante.

Subí por el firme del Tren Burra desde Zaratán -donde me encontré algunos paseantes- para bajar por Ciguñuela y Simancas. No estaba agradable el día pero como tampoco hizo excesivo frío, pudimos quitarnos el mono que se había subido a la chepa y estirar las piernas. Suficiente. Y a esperar días mejores.

Entre Castromonte y el cerro de Santa Cristina

Estábamos a la expectativa de cómo amaneciera la jornada: debido a que la semana transcurría metida en nieblas, pensábamos que así seguiría. Pero no. La niebla levantó pronto y se mostró un cielo cubierto. Por un lado bien, comenzaríamos a rodar con visibilidad, y por otro mal: adiós al suave sol de la tarde…

Pero ni una cosa ni otra. A primera hora de la tarde, cuando acompañábamos al Sequillo por su ribera, salió el sol; aunque con cierta timidez y por poco tiempo, pudimos disfrutar de todos los rojos, ocres, amarillos y verdes de la ribera, según las especies de mimbreras, chopos, álamos o fresnos. Además, la hierba lucía de un verde brillante -gracias a las gotitas de rocío- y llamativo. En ese momento, el sol también nos ayudó a valorar el paisaje más lejano: el perfil de Villabrágima, con las torres de Santa María y San Ginés; los palomares y alamedas perdidos en las lomas de Tierra de Campos; los cerros de Santa Cristina y del Castillo de Tordehumos en el horizonte; la línea del páramo de los Torozos…

La primera parte discurrió entre los montes Morejón, Herrero, Curto y Carvajal. O sea, por el monte más denso y perdido de lo que queda de aquellos montes de Torozos. Encinas y quegigos altos y corpulentos -si bien ahora los robles están esqueléticos, sin hoja-, jarales, romerales y todo tipo de maleza que se hace fuerte en un lugar en el que no parece haber tierra en el suelo, sino sólo piedra caliza trabajada por los elementos. De hecho buena parte de los caminos tienen el firme natural, de esta piedra. Inesperadamente un rayo de sol iluminaba los robles, sacándoles las tonalidades de su ocre mortecino, momento en el que se mostraba una estampa multicolor, pues no hay un amarilo-ocre igual en dos quejigos, que todos son diferentes. Pasamos junto a las casas de Herrero, del Monte Curto y del Monte Carbajal. Al lado de esta última, el páramo se acaba y nos asomamos a uno de los vallejos que lo unen con Tierra de Campos.

En la bajada, donde se encontrara la fuente del Montanero hay una sauceda y un endrinal con frutos maduros que darían para varios toneles de pacharán. Es otro de los muchos colores del otoño. De ahí nos fuimos al manantial de la Fuente Grande, que está tres o cuatro metros por debajo del nivel del suelo y hoy es un espacio abovedado en el que gotea el manantial entre las piedras que han dejado sin unir con cemento. Parece que el agua la sacan con ayuda de un motor.

Y como la fuente está junto a las llamativas y coloreadas cárcavas de un antiguo barrial en las laderas del cerro de Pajares, nos acercamos a verlo. Curioso.

Otro hito importante de la excursión fue la visita a la Fábrica la Confianza, cerca de Tordehumos, que aprovechó la fuerza de las aguas del Sequillo a finales del siglo XIX y durante parte del XX. Hoy está totalmente arruinada por dentro, si bien por fuera conserva una imagen muy potente, de tres cuerpos y hasta cuatro plantas realizados en piedra caliza y ladrillo, con alguna concesión al barro. Una verdadera fortaleza inesperada en las riberas del Sequillo.

Cerca de la Fábrica, un sencillo puente con arco de medio punto en piedra caliza a prueba de bomba y de carros y carretas cargados de grano y harina, sobre un viejo Sequillo, hoy arroyo de los Hoyos.

Y a menos de un kilómetro de Tordehumos, lo que se llamó la fuente de los Hierros, que en realidad es un magnífico y singular pozo de anchura más que generosa y piedra de cantería en todo lo que se ve. Lo cierra una original reja artesana que sólo dejaba pasar la herrada para subir agua. De esta y de otra fuente en el otro extremo del pueblo se abasteció Tordehumos durante siglos, según nos dijeron.

En esta localidad tenemos en cerro del Castillo, verdadero mirador en Tierra de Campos. Pero no subimos a él, sino al cerro de Santa Cristina, mejor mirador aun, ya que –además de poseer 20 metros más de altura- muestra una gran visibilidad hacia el norte, la que le falta al primer cerro. Además, es prácticamente el único trozo de Torozos que ha quedado en la orilla derecha del Sequillo: no pudo con él. Lástima del día: más que Campos, se divisaban chaparrones aneblinados en el horizonte… La bajada también tuvo su aquél: a campo traviesa, tuvimos la oportunidad de ver las cárcavas rojizas en contraste con la tierra de la ladera cubierta de musgo verde.

Pero aun nos quedaba la vuelta en la que, además, empezó a llover suavemente. Recorrimos una parte de monte por la vereda de Tordehumos a la Espina. Y desde aquí, anocheciendo y sin luna, tomamos el valle del Bajoz: más monte de encina y quejigo, el embalse, el molino Nuevo y… ¡Castromonte!, donde nos dio tiempo –a la luz de las farolas- de contemplar algunas ventanas, dinteles, ventanucos, pozos de esta localidad esculpida en piedra de los Torozos.

Excursión de lo más completa en 56 km. He aquí el trayecto.

Primavera, aguas, toboganes y rasos

Ya sé que no estamos en primavera, pero la salida del pasado fin de semana transcurrió bajo un clima primaveral: nubes y claros, viento racheado, alguna aguarradilla, temperatura suave… ¡Felices de disfrutar en agosto de una excursión tan fresquita!

Lo del agua fue debido, en buena parte, a que los primeros 16 km rodamos por la sirga del Canal de Castilla, con esas aguas que suavizan la dureza de Castilla y su Tierra de Campos. Es una cinta verde –y húmeda, claro- que adorna los campos secos y cansados del verano. Aquí hay abundancia de arbolado y muchas de las plantas se mantienen en floración, dando un toque multicolor al paisaje. Además, mientras sigues esta cinta no tienes que hacer esfuerzos por subir cuestas, en el Canal todo es llano.

Esclusa en el Soto de Albúrez

Y el páramo. Subimos por la fuente del Rey, bien conocida por otras excursiones. Intentamos explorar el cercado de la casa de Ramírez, enfrente: ¡imposible moverse a causa de la densidad de la maleza! Hay que venir expresamente preparado para ello, así que lo dejamos para otro momento mejor.

Palencia al fondo

Un poco más al norte descubrimos una fuente seca e intentamos rodar por un sendero que sigue el cerral. Pero es un sendero poco transitado, con demasiadas hierbas y arbustos, además de piedras sueltas de buen tamaño. Así que en parte lo conseguimos y en parte hicimos lo que pudimos. Vamos contemplando diversas vistas de la ciudad de Palencia y del amplio valle del río Carrión hasta que llegamos al vértice geodésico que señala el punto más alto del páramo a la vez que su extremo nordeste. Se llama Cascabotijas y está a 876 metros. Circulamos por el bocacerral y subimos a un camino del páramo cuando llegamos a zona conocida, ya rodada en otras excursiones. Pero a la altura de la fuente de Valdelarroñada, volvemos a explorar el bocacerral. Aquí el páramo ha sido bien aprovechado, y vemos las señales de grandes y antiguos bancales. La tierra es buena y hasta húmeda, según señala la abundancia de junqueras.

Tierra de Campos y el valle del Carrión

Llegamos a Autilla del Pino. Tengo sed y hay un perro enorme junto al caño de la fuente. Se quitará de ahí en cuanto llegue, pensé. Pues no. Aprieto el caño y se pone a beber del chorro, como si fuera él el amo y yo su criado. ¡Cosas veredes! Cuando se sacia y me deja, bebo yo. Se va sin decirme nada, ni un ladrido de agradecimiento o un lametón en la rodilla… ¡Ni los perros son los de antes!

Tres matas en la cañada

Salimos por el cementerio y a partir de aquí, todo es volar atravesando rastrojeras, perdidos y cañadas. Otras veces no me había en fijado en la valla de piedra, acompañada de encinas, que separa la cañada leonesa de las tierras de Font.  En vez de bajar directamente por el primer barco al valle de San Juan, tomamos un camino desde el páramo que, tras 5 km cruzando por distintas vaguadas y colinas, nos dejó en el citado valle. Desde este punto a Dueñas había poco menos de 2 km.

Aquí se ve el recorrido.

Aguacero

La Mendoza y la Tierra húmeda de Campos

Durante la ruta anterior, rodando por la Mendoza, nos quedamos  con las ganas de llegar al punto donde esta cañada leonesa sube al páramo de los Torozos, justo entre los términos de Grijota y Palencia, procedente de la cordillera cantábrica. Pero esta vez lo conseguimos, saliendo, eso sí, desde Santa Cecilia del Alcor.

Al principio, hicimos en parte el mismo recorrido. Pero sólo en parte, pues tomamos la cañada antes, cerca del curioso alto del Caballo, que se eleva un poco en medio de la planitud paramera y, además, vimos al sol salir frente a nosotros, despegándose perezosamente del horizonte y traspasando con sus rayos todavía horizontales y tímidos, encinas y ciclistas sin distinción. Por cierto, la Mendoza aún posee hierba verde y más flores de las que pudiera pensarse para esta época estival.

En la Mendoza

Sobrepasada la fuente del Rey, cruzamos junto a un bando mixto de milanos y cigüeñas (tal vez 200 o 300 individuos) que esperaban pacientemente su desayuno frente al centro de tratamiento de residuos palentino. Después, la cañada señalaba las eses de los picos, cabezos y barcos del páramo hasta llegar al punto noreste por donde podíamos haber bajado, pero no lo hicimos porque, todo hay que reconocerlo, nos falta la técnica que le sobra al ganado merino. Pero pudimos observar tranquilamente un inmenso trozo de esta Tierra de Campos infinita.

Asomada a Campos desde el páramo

En fin, después de cruzar un corto sendero por la ladera de la Cuesta, nos encontramos abajo, sobre el firme del viejo ferrocarril de vía estrecha, entre Palencia y Villamartín. Y cruzando tierras y acequias que hasta parecían arroyos, regueras o incluso balsas naturales, nos fuimos acercando a Cascón de la Nava, también siguiendo el cauce artificial del Valdeginate. Todo este territorio estuvo ocupado por la mítica laguna de la Nava, desecada el pasado siglo. Tierras húmedas, algunas hasta encharcadas, regadas hoy por una intensa red de canales y acequias procedentes del Canal de Castilla que consiguen crear un vergel, un inmenso prado siempre húmedo en medio de la austeridad y dureza terracampinas. Por eso, cruzar por aquí en pleno verano es como soñar.

Pero duró poco el sueño, pues salimos de él para acercarnos al Hoyo Bueno de Mazariegos, localidad por la que también nos dimos un paseo: nos sorprendió gratamente la original manera de formar y construir los muros de la ermita del humilladero, sus típicas ventanas protegidas por un semicicírculo sobre el dintel y el pculiar atrio de entrada a la Iglesia de la Asunción. Y, por supuesto, el entramado de calles y casas de la localidad.

Valdeginate

Y en Mazariegos nos pareció sentir el aleteo del alma niña y ruiseñora del boticario Fernández Nieto, que este año 2020 cumpliría un siglo. Juzgad si no:

Soy de un pueblo de Campos, donde el trigo / crece, gracias a Dios, en primavera, / donde el sueño se guarda en la panera / y el cielo se nos da como un amigo.

Soy, a Dios gracias, ávido mendigo / de esta tierra que vive porque espera, / soy pájaro, trigal, cántaro y era / de esta Tierra de Campos que bendigo.

Porque aquí, en la quietud de Mazariegos, / nací, gracias a Dios, mientras nevaba / como una llama niña y ruiseñora.

Y hoy, abrasado ya por tantos fuegos, / recuerdo mi niñez junto a la Nava, / donde por vez primera vi la aurora…

Firme del ferrocarril

Al salir de la localidad, subimos a la torre de observación  que se eleva en la antigua estación del tren: a pesar de la calima, pudimos distinguir el Cristo del Otero y los perfiles de Paredes y Fuentes, entre otras muchas localidades

Siguieron después la descuidada y romántica Revilla de Campos y la cuidada Pedraza, desde donde iniciamos el salto del páramo cruzando entre campos de cereal por los caseríos de Buenavista y Villarramiro, con su antiquísima iglesia románica adornada por modernos molinos. Al poco estábamos de nuevo en los alcores de Santa Cecilia.

Aquí, el trayecto.