Archive for the ‘Valladolid ciudad’ Category

Paseando junto a la Esgueva interior

26 enero, 2019

Vamos a seguir el viaje de la Esgueva interior, o norte, o derecha, pues este río se dividía en dos al llegar al Puente de la Reina, que se encontraba donde hoy le cruza el canal del Duero. Precisamente aquí existieron unas compuertas de regulación, cuya finalidad era evitar las inundaciones en la ciudad en caso de fuertes crecidas, pues, como cita Matías Sangrador, gracias a ellas se permitirá únicamente pasar por este ramal interior la cantidad de agua que se crea conveniente, pudiendo dirigirla en su totalidad, en casos de avenidas, por el exterior, que por la profundidad de su cauce no ofrece el menor peligro. Este ingenio se hizo con motivo del encauzamiento de la Esgueva interior, entre 1848 y 1860.

Arquetas del comienzo

Por el campo

Es relativamente fácil seguirla: en los planos del IGN más antiguos se señala este cauce como brazo seco y en algunos de los posteriores se señala, al menos en parte, como si fuera una acequia. Hoy lo distinguimos gracias a que el lugar por el que discurría está marcado por una línea de espadañas. Este cauce se niveló con el terreno adyacente, pero seguramente quedó como acequia durante un tiempo y, finalmente, ha quedado en muchos puntos como divisoria de tierras. Sea como fuere lo cierto es que desde el sifón del Canal del Duero vemos una línea señalada por arquetas hasta que se transforma en una línea de espadañas que a veces desaparece pero que vuelve a renacer. Incluso al toparse con la VA-30 le han construido un pequeño túnel para que lo cruce (!), aunque la Esgueva no existe ya. Sigue después manteniendo las espadañas hasta que, sin llegar a perderlas, vemos una hilera de grandes chopos -el primero, seco- que se aprovechan de la humedad del antiguo lecho. Este es uno de los pocos puntos donde distinguimos un cauce bien marcado, si bien pequeño. Todas estas tierras -desde Puente la Reina a la ciudad- son de muy buena calidad y, si nos fijamos, veremos un suave lomillo entre las dos esguevas. Por cierto, este pago sigue llamándose Entresguevas.

La línea del “brazo seco”

La VA-20, por el contrario, no respeta la Esgueva y la corta. Si nos fijamos, en este punto también abundan las junqueras. Por cierto, a nuestra derecha iba -quedan los restos con firme de buena piedra- el camino viejo de Renedo y a la izquierda el camino de Puente la Reina, que sale de la calle del mismo propio nombre.

Poco antes de llegar a la ciudad

Y por la ciudad

Continúa separando buenos labrantíos hasta que llega un momento en que se acaba la tierra y empieza el asfalto. Ahora la Esgueva sigue una linea recta e imaginaria que nos lleva, cortando la calle Universo -primera con la que ahora se topa en la nueva ciudad- hasta las proximidades de un gran gimnasio, en la calle del Asteroide. Allí mismo, junto a la puerta, la acequia posterior hacía un meandro cuya huella todavía puede observarse. Luego, retomaba su rumbo dirigiéndose por la hoy calle Andrómeda para atravesar el ferrocarril justo por donde hoy están excavando un nuevo paso subterráneo. ¡Hasta en esto nos hemos aprovechado de la vieja Esgueva, después de muerta! Desde el gimnasio hasta aquí vemos claramente como el plano está inclinado para favorecer la bajada de las aguas.

Atravesada la calle Nueva del Carmen la Esgueva iría por lo que es la calle Nochevieja a encontrarse con su futuro: el nuevo cauce que recoge las aguas de las antiguas Esguevas a partir de 1910. O sea, este ramal lleva muerto casi 110 años. Al norte quedaba un amplio espacio que se dedico a eras, en el siglo XVIII. Después, la Esgueva entraba en el prado de la Magdalena por los ojos de un puente que ha quedado como recuerdo y vestigio de otros tiempos en una zona hoy ajardinada. Pero estos arcos no daban servicio a un camino, sino que por formaban parte de la antigua cerca de la ciudad y permitían la entrada de la Esgueva en Valladolid. Allí mismo podemos contemplar restos de la citada cerca, en el lado sur.

Rotonda en la calle Universo, atravesada por una Esgueva imaginaria

El prado de la Magdalena llegaba, en el siglo XVIII, hasta la iglesia que le da nombre y hasta la misma calle Paraíso, por donde nuestra Esgueva seguía. Poseía arbolado y pradera, pero también abundaba en encharcamientos y zonas pantanosas, no solo debido a las aguas de la Esgueva, sino también a los muchos manantiales que aquí surgían, tal como refleja el plano de Bentura Seco. Por eso, al desviar la Esgueva a principios del siglo pasado, se procedió al avenamiento del prado. Si nos situamos cerca de los arcos citados, vemos un amplio cauce y su correspondiente inclinación para dirigir las aguas. Se vislumbra que por aquí cruzaba un río de poco fondo y, por tanto, más ancho de lo que sería normal. Por cierto, junto a los arcos hubo una fábrica de papel continuo que, desviada la Esgueva, llegó a utilizar, a su vez, agua del nuevo encauzamiento. Caprichos de las aguas.

Aquí se construyó un puente sobre la Esgueva para el ferrocarril; ahora se aprovechará como paso de vehículos y peatones… si no hay sorpresa.

La Esgueva soterrada

A partir de la calle Paraíso y desde mediados del siglo XIX, la Esgueva interior fue soterrada, es decir, encauzada mediante dos muros cerrados con su correspondiente bóveda y tapado todo ello con tierra, de manera que la ciudad ganó superficie para nuevas calles y plazas, pero perdió su Esgueva. El recorrido urbano ya lo conocemos: calle Paraíso, la Antigua, Portugalete, Cantarranas, el Val, San Benito, el Poniente, las Moreras y desembocadura en el Pisuerga. Sirvió como colector hasta la inauguración de la EDAR.

No decimos nada de la Esgueva exterior, así llamada porque históricamente no cruzaba la ciudad, como la otra, sino que la evitaba. Hoy es la única Esgueva hasta el puente del ferrocarril y, a partir de ese punto, fue encauzada artificialmente en dirección norte; es la Esgueva que hoy conocemos. Según algunos investigadores como Watemberg hubo incluso una tercera Esgueva que pasaba cerca de San Pablo y desembocaba en la playa. Otros piensan que se trata de un arroyo ajeno a la Esgueva. Pero lo cierto es que las Esguevas hicieron Valladolid, aportando la tierra de su amplia llanura, e incluso empujaron al Pisuerga hacia el oeste, haciendo más grande esta superficie. Y Valladolid, agradecida se deshizo de sus Esguevas, después de ensuciarlas y ocultarlas. Así de sencillo.

Aquí tienes el recorrido aproximado de esta Esgueva.

Un rebaño en la cañada

21 junio, 2018

No es normal encontrar ovejas en la ciudad de Valladolid, ni tan siquiera en una cañada real como lo es la Leonesa Occidental. Pero ahí estaban pastando el pasado domingo, entre Covaresa y el Peral, cerca de la VA-30.

De lejos pensamos que se trataría de algún rebaño trashumante de merinas, pero no, que eran churras y venían de Simancas. Habían llegado hasta el Peral atravesando el puente sobre la VA-30 y en el momento en que llegamos se daban la vuelta para volver a casa. El rebaño era de Simancas y el pastor, un joven gaditano afincado en Moraleja de las Panaderas. Llevaba los enseres en un burro y le ayudaban en su trabajo al menos tres perros careas.

Los ciclistas y paseantes aprovecharon para sacar fotos: ¡no todos los días cruzan rebaños por la cañada real!

¿Vendrán tiempos en los que sea raro encontrar vehículos en las carreteras?

Riberas, lagares y casillas

3 marzo, 2018

Desde la colada del Abrevadero

El paseo Zorrilla llega hasta la Rubia, donde antaño había abundantes huertas y casas molineras. Después, se dividía en tres vías de distinto tipo: el camino Viejo de Simancas, la Cañada Real de Puente Duero y la carretera de Rueda. Hasta llegar al pinar de Antequera y al término de Simancas, abundaron también las huertas, así como los viñedos y tierras de labor en general.

Atardecer en la ribera de Santa Ana

Por ejemplo, lo que hoy se conoce como Santa Ana es una de las primeras urbanizaciones de la zona. Tan de las primeras que, como estaba desconectada de otras calles de la ciudad y rodeada de campo, el Ayuntamiento no se hizo cargo del mantenimiento de sus vías y jardines, sino la propia comunidad de propietarios, lo que ocasionaría más tarde un conflicto entre los vecinos, la promotora y dueña inicial de los terrenos y el Ayuntamiento. Parece que, al fin, hoy está en vías de solución. Al margen de ello, este territorio era la ribera de Santa Ana, dedicada a huertos y otros cultivos. Todavía hoy podemos ver entre las casas y el río restos de acequias y balsas de riego y los brotes de los antiguos almendros. En esta ribera había también un lagar precisamente donde hoy vemos el restaurante del club social en el que, a modo de recuerdo se conserva una piedra incrustada en una de las paredes con una inscripción que recuerda que el agua del Pisuerga llegó hasta el suelo de este lagar el 6 de diciembre de 1739. Y la casa Azul, que estuvo donde hoy se sitúa un helipuerto. Al lado de este helipuerto, junto al río y no lejos del puente de la ronda exterior, vemos los restos en barro con zócalo de piedra de una tapia que perteneciera a la casa de Iturralde, junto a algunos almendros y una antigua balsa o piscina invadida por la vegetación.

Tapias de Iturralde

Al otro lado de la autovía, cerca del río, antes de llegar a El Barrio, hay una ribera que fue casa de descanso de los Agustinos Filipinos. Y aguas abajo, la ribera del Pino, hoy centro de educación especial que mantiene este último nombre. Finalmente, antes de llegar al término de Simancas estamos en Badarroyo, esto es, el pago próximo al vado por el que se cruzaba el Pisuerga hacia Arroyo de la Encomienda.

El Peral

Pero volvamos a la ribera de Santa Ana: donde hoy está Villa Pilar, en la calle Villagarcía de Campos y próxima al puente de la Hispanidad, estuvo la ribera de Paniagua. Y en Vallsur estuvo la ribera de Mengoti, de abundante arbolado.

Donde hoy vemos la urbanización del Peral hubo huertas y tierras de labor. De hecho por aquí estaban los lagares de Chacón y de Cano, que tienen calle en el barrio de las Villas, lo que sirve al menos de recuerdo. En las Villas también prensaba uva el lagar de Pinto. Y es que la superficie dedicada a viñedo fue siempre muy abundante en nuestra provincia y para muchos pueblos limítrofes como Boecillo, Herrera o Tudela, la vid y el vino constituyeron la principal riqueza durante siglos. Al poner en servicio el Canal del Duero y sus acequias, a finales del siglo XIX, aumentaron las huertas y disminuyeron los majuelos.

Llueve en el camino de las Berzosas

Siguiendo hacia Simancas por el camino de las Berzosas veremos, una vez pasada la ronda, en el cruce de la acequia con la colada del Abrevadero, un caserío custodiado por un tranquilo mastín donde estuvo el lagar de la Visitación, que sigue manteniendo ese nombre. Más al sur, a la derecha estaba la ribera del Carmen, abundante en majuelos. Pasado un pinarillo descubrimos la casilla de María Blanco y en el lado opuesto del camino, estuvo la casilla de la Era y vemos todavía los escombros del lagar de Morán. En el límite con Simancas vemos todavía, los restos con cercado roto en varios puntos, de la casa de labor los Quemadillos y siguiendo hacia el Pinar por la raya, una balsa natural -ahora está seca- de donde se sacaba agua para riego. En esa misma dirección llegaremos a la derruida granja Ronquines, al otro lado de la acequia.

Restos de la casilla de María Blanco, en la ribera del Carmen

Como es lógico, por toda esta zona había abundantes casillas en las que se guardaban los aperos de labranza de todos estos campos entre el Pisuerga y el pinar, especialmente fértiles y fáciles de trabajar, pues el resto del terreno de Valladolid estaba más bien en cuesta a causa de los diferentes páramos. En esta última zona se programó una urbanización –que luego no llevó a cabo por la crisis y problemas legales- denominada precisamente Las Riberas.

Entre el lagar del Ciego y el vivero forestal

Hasta los años 90 del pasado siglo, junto al camino Viejo sobrevivió un olivar además de una vaquería contigua. Creo recordar que estaba no lejos de la desviación para la ronda exterior.

No olvidemos que estas riberas eran precisamente casas de campo con viñas y árboles frutales próximas a las orillas del río o cercanas a la capital, acepción que recoge el DRAE como particular de Valladolid. Por eso abundaban también los lagares, si bien este nombre es común en toda la provincia y, en general, en Castilla.

Dentro de unos años desaparecerán por completo, una vez que la promoción de viviendas se desperece después del parón de la crisis.

 

Valladolid, cruce de paisajes

4 junio, 2016

Cerro SC

La ciudad de Valladolid se asienta sobre un verdadero cruce de comarcas. Por un lado –hacia el este- se encuentra en la comarca del Cerrato, como Cabezón de Cerrato, pues la Esgueva, después de moldear buena parte de ese territorio, desemboca en el Pisuerga precisamente por Valladolid. El último accidente cerrateño es, seguramente, el cerro de San Cristóbal, insignia de la ciudad.

Iniciando la bajada hacia Valladolid desde el páramo

Iniciando la bajada hacia Valladolid desde el páramo

Pero también es cierto que por el norte, Valladolid –y en particular sus barrios de la Victoria y la Maruquesa- se asienta sobre las laderas del páramo de Torozos, moldeadas por el Pisuerga desde su orilla derecha. Las cuestas de la Maruquesa son, sin duda, otra insignia.

Dársena del canal. Al fondo, Cuesta de la Maruquesa

Dársena del canal. Al fondo, Cuesta de la Maruquesa

Pero hay más: la ciudad, por el sur, se extiende hacia el Pinar de Antequera, último bosque importante de la Tierra de Pinares. De esta manera, con sólo caminar unos pocos kilómetros, podemos contemplar tres comarcas naturales, con sus paisajes específicos. Y a todo ello debemos sumar las riberas, sotos y meandros del Pisuerga, que por sí solos también constituyen otro peculiar paisaje lleno de vida y frescor.

Pinar de Antequera

Pinar de Antequera

Claro que la cosa no queda aquí pues, desde el punto de vista histórico, nuestra ciudad se encuentra en la línea del Duero, ancha frontera con las marcas musulmanas durante los primeros siglos de la Reconquista. Pero también se sitúa en la misma raya fronteriza del reino de León con el condado de Castilla. A pesar de que al principio de la Edad Media Valladolid no existía –era una pequeña aldea dependiente de Cabezón y protegida también desde Simancas- luego acabó siendo cabeza de un amplio alfoz, asiento de Consejos y sede de la Corte.

Laderas cerca de Zaratán

Laderas cerca de Zaratán

 

 

El Espanta, un arroyo asesinado

31 marzo, 2016

De entre los cauces menores que llegaban a Valladolid aportando arboledas y prados al paisaje, además de algunas aguas al Pisuerga, encontramos por su margen derecha los arroyos Berrocal, Pozo Patilla y Madre, y por la izquierda los ramales de la  Esgueva y el arroyo Espanta.

Arroyo Espanta

Este último brota -por no decir brotaba- en el pago de La Majarresa, un vallecillo en término de la Cistérniga a unos 800 m de altitud, en el que se recogen las aguas de los últimos páramos del Cerrato. Desde allí su escaso e intermitente caudal resbalaba hasta entrar en el pueblo por el Camino del Cementerio hasta la Cruz, entre las eras, y después se paseaba entre las calles reuniendo las aguas de otros manaderos y arroyuelos menores hasta llenar un pilón que servía de lavadero.

Apenas nace ya lo encontramos canalizado

Apenas nace ya lo encontramos canalizado

Al dejar el pueblo se relajaba perezoso por los fértiles pagos de La Vega, Las Dragas, Los Alamares y finalmente Argales, hasta  desembocar en el barrio del Cuatro de Marzo; su caño se colaba al final de la actual calle Espanta por debajo del arranque de la Carretera de Rueda y  los desaparecidos Jardines de La Rubia, llegando al Pisuerga justo dónde hoy encontramos un moderno mirador.

Trabajando duro como colector del polígono La Mora Trabajando duro como colector del polígono La Mora Trabajando duro como colector del plígono La Mora

Trabajando duro como colector del polígono La Mora

En la actualidad apenas sobrevive a las duras agresiones a las que se ve sometido. Se ve sometido a un auténtico calvario debido a la presión urbanística e industrial: primero como colector de La Cistérniga, algo más allá el polígono de la Mora y después FASA y Argales. No lo puede soportar. Su pequeña corriente se convierte en un hilacho infecto de aguas negruzcas y malolientes que atraviesa bajo vías, carreteras y canales; a veces entubado, otras, las menos, a cielo abierto tratando de mostrar la imagen digna que le hemos robado. Hasta que desemboca en…. ¿Quién sabe dónde desemboca?

Desembocadura clausurada en el Cuatro de Marzo

Desembocadura clausurada en el Cuatro de Marzo

La  CHD, cuando define su cauce lo lleva aguas abajo, sobre la acequia de Valladolid. Sin embargo,  la realidad es que parte se desvía al colector de San Cristóbal que entra en Valladolid por San Isidro y el resto se pierde entre el conjunto de nuevas infraestructuras que suponen el nuevo colector construido en paralelo a la nueva VA 30 que culmina en la EDAR.

Retazos de dignidad entre aguas pardas

Retazos de dignidad entre aguas pardas

En resumen: el arroyo está perdido, muerto. Es realmente lo que menos ha importado salvar en cualquiera de las actuaciones realizadas en su entorno, salvo para dejar un paso de escorrentías. Una vez más, hemos sido incapaces de armonizar nuestro crecimiento con el sostenimiento de la naturaleza.

Durius Aquae

Crucero de La Cistérniga

Crucero de La Cistérniga

Una aportación a la historia de Valladolid: las explosiones del Pinar de Antequera

25 agosto, 2015

Portada

Javier Municio, colaborador de este blog, acaba de publicar –disponible en Amazon– el libro Explosiones en los polvorines del Pinar de Antequera: crónica del accidente más dramático de la historia de Valladolid. Se trata de una llamativa obra, pues relata con bastante detalle el accidente más dramático de nuestra historia local, como bien reza el subtítulo.
Mucho se ha escrito sobre Valladolid a lo largo de los siglos, pero faltaba algo que nos trae precisamente ahora el interés de J. Municio por el paisaje vallisoletano, en este caso del Pinar. Recuerdo que hace no muchos meses, paseando por este monte, nos enseñaba los restos de estos polvorines, haciendo referencia a su historia y, por tanto, a las terribles explosiones que ocurrieron en 1940 y 1950. Yo no sabía nada de ello y me extrañó sobremanera no haber leído nada al respecto. Luego preguntaría a otros vallisoletanos –incluso habitantes del propio Pinar- que tampoco sabían nada o, a lo más, tenían alguna confusa referencia.

Foto en el polvorin

El autor junto a uno de los polvorines

Fruto de aquellos paseos fueron algunos artículos en este blog. Pero Javier ya tenía metido el veneno en el cuerpo y no le bastó con esas breves entradas, de manera que siguió haciéndose preguntas sobre el cómo y el por qué, antecedentes y consecuentes de aquella catástrofe. Y fruto de esas peguntas es este libro, que viene a llenar una laguna de nuestra historia reciente.

¿Por qué no sabemos casi nada de todo aquello? Tal vez porque los medios de comunicación daban sólo noticias oficiales, porque evitaban lo negativo, porque había una política de información muy concreta. Se entiende fácilmente en el contexto de la dictadura de la época. Lo que ya no se entiende igual es porqué desde 1975 hasta ahora se ha pasado de puntillas sobre estos acontecimientos y nadie los ha divulgado, a pesar de que alguno habría encontrado hasta razones políticas para hacerlo, las mismas que poco antes llevaran a otros a silenciarlo. Desde luego, los archivos se encuentran al alcance de cualquiera, como pone de manifiesto nuestro autor.

La parada del autobús en el Pinar de Antequera

La parada del autobús en el Pinar de Antequera

Y es que la historia no la escriben sólo los historiadores. También la escriben -la escribimos- todos los que amamos nuestra tierra y nuestro paisaje, su gente y su cultura y –por esa razón- no sólo admiramos lo que vemos, sino que nos preguntamos la razón de lo que admiramos… Y, tarde o temprano, por azar o por trabajo –en este caso por trabajo- acaba llegando la respuesta.
Desde aquí queremos felicitar a Javier por esta magnífica obra que entra en los anales de nuestra historia local. Y también a Óscar Domínguez por la expresividad de sus ilustraciones; gracias a ellas nos podemos hacer una idea cabal de cómo eran aquellos polvorines. ¡Gracias, Javier!