Montes Torozos desde San Cebrián

5 febrero, 2017

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Tratamos esta vez de un nuevo paseo por las llanuras, valles y montes de Torozos. El punto de partida lo situamos en San Cebrián de Mazote, para tomar el viejo camino de las Celadas que nos lleva, en suave subida, por campos recién sembrados que aprovechan trozos de ladera y pequeñas terrazas, hasta el raso de la paramera. Ya al final del ascenso contemplamos hacia el oeste la silueta del castillo y de la ermita de Mota del Marqués, y las diversas mamblas y cabezos en los que se deshace este páramo que empezaba muy fuerte allá por Palencia.

Ya arriba pasamos junto a pequeñas manchas de monte y campos de labor separados por hileras de carrascas. Abunda la piedra caliza y, por tanto, los majanos que se han ido formando a lo largo de los siglos con el objetivo de preparar una tierra de labor más mullida y propicia.

Encina

Encina

Nos introducimos en el monte San Manuel, que esta cercado para el ganado pero con las entradas bien abiertas, pues ahora no hay ganado pastando. Sus encinas y robles son de pequeño porte; los caminos y antiguos viñedos están señalados por hileras de almendros. Al fin salimos por un espacio sin puerta que da al norte y nuestra ruta acaba conectando con la carretera de San Cebrián a Urueña, que cruzamos. Otro camino recto, de casi 5 km nos lleva entre montes de encina y pimpollos, tierras de labor, algunas encinas corpulentas y también algunos almendros desnudos –estamos en pleno invierno- hasta que nos desviamos a la izquierda para acabar, después de cruzar una carretera, en la casa del Monte de Urueña donde algunos cazadores almuerzan.

El cuartel

El cuartel

Después de rodar por un sendero que desaparece poco a poco comido por el arcabuco, y que incluso nos amenaza a nosotros mismos, tomamos el arroyo de la Ermita aguas arriba. Se trata de un precioso valle anchuroso y recogido del viento –el día de la excursión se agradecía especialmente- con alamedas y fuentes, y laderas en las que sobresale la piedra caliza. Pero la dicha nunca es completa y -¡oh, sorpresa!- nos encontramos con que la parte final está cerrada con alambrada debido a que se trata de un cuartel intensivo de caza. Pues nada, a rodear hacia el norte hasta alcanzar un camino en el páramo. Pensábamos acercarnos a la fuente de la ermita y recorrer la cabecera del valle, pero ya no es posible.

Camino en el monte

Camino en el monte

De manera que empezamos a volver, esta vez por el camino de Villagarcía a la Granja, que –por los bogales- parece una calzada romana a la que no se le ha enrasado el firme. El monte no está guapo este invierno, pues refleja en el suelo la ausencia de lluvias y todo él está de un color apagado y triste, predominando el amarillo pajizo y el pardo. Pasamos junto a algunos robles y encinas de buen porte, no demasiados, la verdad, hasta que llegamos a Valcuevo. Cuesta abajo bastante inclinada y nos plantamos junto al río Hornija.

Cruzamos junto al edificio y cercado de la Granja, que ya conocemos de otras excursiones. A su lado, otros cazadores almuerzan. -¿Qué tal se ha dado la mañana?, preguntamos. –Hemos cazado lo que ves, contestan (O sea, nada, pues no vemos nada). Menos mal que los cazadores, con almorzar caliente y bien, se contentan. (A nosotros nos pasa lo mismo, conste).

El establo derruído

El establo derruído

Subimos desde a Granja al páramo para rodar a continuación junto al canto. Descubrimos un establo en ruinas y, de telón de fondo, un ejército de molinillos. Están funcionando, como queriendo rebajar la factura de la luz (¡ja!)en un momento que está por las nubes. Y ponemos rumbo hacia San Cebrián por un camino acompañado de hileras de acacias calcinadas. El raso es perfecto hasta que comenzamos la bajada a la ermita de Santa Marta. Luego, nos dejamos caer hasta el Hornija donde nos topamos con un palomar en venta y llegamos a San Cebrián.

Majano

Majano

Antes de dar por terminada la excursión nos acercamos hasta un molino a 500 m, aguas arriba junto al Bajoz: es una ruina y el cárcavo un basurero, o sea, una pena. Menos mal que en La Espina hemos visto tres viejos molinos limpios y consolidados.

Aquí tenéis el recorrido, de unos 40 km.

Alrededores de Torrelobatón

28 enero, 2017

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Torrelobatón. Un castillo de estampa limpia y clara, un castillo que, sin embargo, no se recorta en la luminosidad del cielo –como tantos otros- sino las cuestas del páramo. Un castillo que se yergue en medio del valle del Hornija; un castillo que ha visto la única victoria guerrera de los Comuneros de Castilla.

Además, Torrelobatón responde a la estampa típica de un pueblo levantado en piedra, en piedra caliza del páramo que lo rodea. Ahí están, presidiendo la Plaza, el Rollo y el Arco.  Y en Torre –que así lo llaman los propios torreños- borbota en múltiples puntos el agua del páramo. Al llegar nos recibe una fuente acogedora. En la Plaza hay otra (conectada ya a la red municipal). Más arriba, el Caño Nuevo y la Alberca Vieja. Y siempre algún detalle, alguna pequeña sorpresa.  Junto al Caño, la casa donde nació el padre Hoyos con una ventana que conecta con un curioso desagüe sobre una piedra vertical. Junto a la Alberca, otra casa cuyo ventanuco, en lo más alto, posee una encantadora cubierta… En fin, así es Torre.

Vista de Torre

Vista de Torre

Ya conocemos muchos de sus alrededores. Esta vez subimos dejando Grimata a la derecha para enseguida bajar por la izquierda. Pero antes hemos aprovechado para contemplar la localidad. Y también , San Pelayo, Torrecilla de la Torre y Barruelo del Valle; detrás, Villasexmir. Y las laderas de los páramos circundantes.

De nuevo subimos, esta vez por la colada de la Palomera, que ha sido recientemente ensanchada. Cuando el páramo se nos arrima, vemos que se ha respetado –hasta cierto punto- la fuente del mismo nombre. De una pequeña y rústica arca sale un tubo de plástico rojo por el que discurre el agua… Menos es nada.

En la subida a Grimata

Al inicio de la subida a Grimata

Rodamos ya por el ras del páramo pero por poco tiempo, pues nos encaramamos, campo a través, a una cresta blanca entre el arroyo Valmoro y el de Barzaladilla. Curioso lugar de yeso y caliza que avanza hacia el valle. El paraje es para estar un buen rato, y lo estamos.

Seguimos, ahora por el valle, para volver a subir al páramo y descender enseguida. El objetivo era localizar la fuente de Nuncarejo. Y, ciertamente, no sé si la llegamos a localizar, pues la que hemos descubierto parece otra distinta, ya que se encuentra a 500 m de donde señala el mapa la de Nuncarejo. Sea como fuere, llegamos a campo traviesa hasta una sencilla fuente, construida con lajas por las que se escurre el agua del manantial que forma el arroyo de Hurrera. El lugar es precioso, pues gracias a este arroyo puede vivir una larga hilera de álamos que alegran en este valle desarbolado y destacan desde lejos.

Vista de la "Mambra" desde la "Cresta Blanca"

Vista de la “Mambra” desde la “Cresta Blanca”

Bajamos a San Salvador, pasamos junto a la iglesia, que deja ver en la pared de su ábside, al exterior, un vano cubierto con arco y columnas románicas. Pasamos el Hornija por el vado: la bici se moja pero nosotros nos mantenemos secos gracias a los poyos o mojones dispuestos en fila para facilitar el cruce, pues se distancian lo que un paso humano.

Palomar en San Salvador

Palomar en San Salvador

Y ahora, a rodar por la vereda de la Virgen de Nuestra Señora del Villar hacia Torre. Nos saludan las ruinas del palomar del Francés, si bien hemos dejado otras en San Salvador. Claro que lo mejor es la contemplación de este valle abierto y –ahora- especialmente luminoso, pues el sol entra por su boca, al oeste y resalta las amplias y tendidas cuestas que caen del páramo, los buenos pastos y las tierras amorosas y llanas del lecho del valle. Muy de vez en cuando, un arbolito rompe la monotonía y le da un toque distinto al paisaje.

En el valle del Hornija cerca de San Salvador

En el valle del Hornija cerca de San Salvador

Nada más superar Villasexmir, que se encuentra en la otra ribera, tomamos una vereda en dirección a Torrecilla de la Torre. A la izquierda, las Portillas encendidas por la luz del sol poniente y a la derecha el castillo de Torre a la sombra de una nube perdida, pero con un fondo de cuestas iluminadas.

Entrevemos, sin llegar a entrar, Torrecilla medio velada por una chopera. Por un camino que sube y baja, llegamos a la ermita del Santo Cristo, ya en las puertas de Torre. Cruzamos el Hornija a la vez que el sol se oculta tras el horizonte.

Torrecilla de la Torre

Torrecilla de la Torre

Unos piñas, otros mapas

26 enero, 2017

 

El Norte de Castilla daba la noticia, en su edición digital del domingo pasado de un robo de piñas en el Pinar del Esparragal, en Puente Duero. Lo chocante del asunto es que para situar el caso usaba uno de los mapas publicados en este blog por su autor y no citaba para nada la procedencia.

Por eso, queremos poner aquí de manifiesto que estos no son modos. Así se lo dijimos también a El Norte el lunes siguiente y ni nos ha acusado recibo. Desde luego es un abusón y como nosotros somos pequeños no vamos a perder  más el tiempo. Estamos orgullosos de ser legales y siempre que usamos algún dato, mapa o fotografía ajenos, citamos el autor ¡faltaría más!

Al menos, que se enteren los seguidores y lectores de este blog.

La captura de pantalla:

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Trashumancia y cañadas reales en las Jornadas de la Asociación de Caballistas “El Comeso”

24 enero, 2017

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Como viene siendo costumbre, El Comeso de Portillo ha celebrado sus Jornadas sobre los Encierros tradicionales, esta vez en su XIV edición dedicadas a las cañadas reales y la trashumancia.

Ante un nutrido grupo de caballistas intervinieron el pasado viernes día 20 Luis Gil, Presidente de la Asociación de Ferias y Patrimonio de Medina del Campo, que comentó interesantes detalles tanto históricos como de actualidad relativos a la trashumancia, con especial referencia a Portillo y Medina del Campo; Federico Sanz, autor del libro Cañadas reales de Valladolid, que se refirió a través de diversas fotografías al significado de estas vías ganaderas en el paisaje de nuestra provincia, y Luis Antonio Rodríguez, El Taru, que comentó su experiencia como vaquero trashumante en nuestra provincia y a través de media España. Como moderador actuó el escritor y aficionado taurino José Ignacio García.

Al día siguiente, se celebró la segunda Jornada titulada  Enganches con la intervención  del juez de doma Isaías Salamanca Ortega y el aficionado a los enganches Jesús García. Durante el acto se realizó también una mención al reconocido caballista Rafael Sanz Sanz.

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Es llamativo el interés que han despertado estas Jornadas, y nos alegramos por ello, pues son muchos, cada vez más, los amantes de las Cañadas reales, patrimonio histórico y cultural valiosísimo de España y, particularmente, de nuestra provincia. En este mundo global y tecnificado, las cañadas son elementos tradicionales, legado de nuestros antepasados, que hablan de quienes somos y de cómo fuimos y, de alguna forma, nos hacen diferentes de la misma manera que hacen más rico y diferente nuestro paisaje. La Asociación viene organizando otras actividades relativas a estos temas y ya son costumbre las ferias de la trashumancia celebradas en julio.

Por tanto, vaya un aplauso fuerte y sentido para esta Asociación de Caballistas integrada por 600 socios de Portillo y de diferentes pueblos de su entorno. Y ya estamos esperando la próxima Feria de la Trshumancia…

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De Valladolid a Meneses de Campos

19 enero, 2017

7-enro-059En esta excursión atravesamos el páramo de los Torozos desde Valladolid a Meneses, pasando por Villanubla. El día estaba fresco, pues la noche anterior habíamos llegado a los seis grados bajo cero. Pero hacía sol y se rodaba bien. Al principio, sin viento –como si aún estuviera helando- y luego se fue levantando un viento de noreste que nos dificultaba –un poco- el avance.

Vallejo desde el firme del Tren

Vallejo desde el firme del Tren

De Zaratán a Villanubla rodamos por el firme del Tren Burra que, cualquier ciclista un poco experimentado conoce, se trata de una subida larga pero muy suave. A la derecha nos acompañaban los cantiles de caliza y yeso y a la izquierda, un vallejo con campos de labor. La ladera por la que discurre la pista está adornada con abundantes robles y alguna encina. El último tramo del camino sobre el firme del Tren, ya en el páramo, lo están arreglando y ensanchando.

En Villanubla bordeamos la pista del aeropuerto y nos acercamos a saludar a unos amigos en sus tierras de La Cigüeña. ¡Al abrigaño hacía un tiempo excelente! Daban ganas de quedarse, pero seguimos por el raso perfectamente horizontal y sus sendas largas, rectas, infinitas…

Navabuena

Navabuena

Cruzada la carretera de Villalba tomamos un peculiar camino señalado por inmensos robles, justo en la raya entre Navabuena (Valladolid) y los Montes Torozos (Medina de Rioseco) que nos llevó hasta el pozo donde nace uno de los ramales del Hornija. Poco antes, en Villanubla, nos habíamos acercado al chortal –seco- donde borbota el Hontanija, junto a un palomar arruinado.

Ahora siguiendo la linde entre Villalba y Valdenebro nos acercamos al monte de Las liebres, y lo bordeamos sin casi introducirnos en él. Un poco más y pasamos junto a las ruinas de la ermita de la Quintamilla, junto a una buena alameda que señala las fuentes del Anguijón.

Las Liebres

Las Liebres

El siguiente paso fue asomarnos a la balconada de Valdején, desde donde divisamos la infinita Tierra de Campos; y, en particular, el vallejo del arroyo del Caballo, el Moclín y sus terraplenes, Palacios, la torre de Belmonte… y Meneses, nuestra meta. Así que, contemplado todo, nos dejamos caer hasta Palacios. Luego, a rodar en contra del viento hasta Meneses, donde nos esperaban los hermanos Arroyo en su típica casa terracampina para reponer fuerzas (y luego volver descansadamente en vehículo motorizado). Total, unos 52 km; aquí tenéis el recorrido.

Y Tierra de Campos

Y Tierra de Campos

 

Un día ventoso en Tierra de Pinares

10 enero, 2017

bocigas-2016Bocigas es una localidad del alfoz de Olmedo. Se encuentra, por tanto, en plena Tierra de Pinares, y es el punto que elegimos esta vez para iniciar la excursión. No fue elegido al azar: como el día anterior se lo había pasado lloviendo, esta Tierra era la ideal para rodar, pues encontraríamos poco barro. O eso era lo que creíamos.

Salimos por el camino de las Bodegas que nos condujo hasta el extenso pinar de Mohago, en el término de Olmedo. Es un pinar de negrales que nada tienen que ver con los negrales retorcidos que conocemos en Portillo o Camporredondo. Aquí son esbeltos, altos, casi totalmente derechos; diríase que se esfuerzan, sobre todo, por buscar el cielo. Además, como precisamente había llovido se encontraban limpios –daba gloria verlos, diría alguno- e incluso como aún estaban mojados, tenían una tonalidad más neta y definida. Por otra parte, en el suelo había salido musgo y algo de hierba, lo que le daba un aspecto más agradable, si cabe, para el paseo. Setas, pocas, ciertamente. El camino, perfecto: dos roderas de arena dura, sin baches ni raíces: volábamos por el bosque.

Pinar de Mohago

Pinar de Mohago

Al poco nos encontramos en un curioso y agradable lugar en la orilla misma del Adaja. En una tableta colgada entre dos chopos alguien había puesto: Este es el lugar de Pecheye. Disfrútalo pero… no lo jodas. Bocigas. El paraje –una pequeña pradera rodeada de altos álamos- es apacible ahora, con que en primavera o verano, ni te cuento. Un poco más abajo está el vado de la Huerta, al que también nos acercamos para continuar luego camino por la colada del Pinar, que sigue la orilla derecha del río.

Salimos del pinar a un claro e hicimos parada en lo que queda de la casa de Villagrá. Lo que queda son las paredes de barro que dejan ver simpáticos detalles constructivos en piedra, ladrillo, teja y madera. Parece que dominaba otro agradable vado. Pero ya no es ni recuerdo de lo que fue.

En la ribera del Adaja

En la ribera del Adaja

Atravesamos a continuación el pinar de Puras con algunas asomadas al tajo del Adaja, que corta la llanura de estos campos y que se adorna de enhiestos chopos y álamos abiertos. En la otra orilla, pinares y pinares. Acabado el nuestro, salimos de la provincia para caer casi en el río y por un senderillo en la ladera de peña fuimos ascendiendo a duras penas hasta la tierra llana del Navazo. Desde aquí –pasando junto a una pequeña nava o bodón- seguimos un camino de excelente firme que nos dejó en Montejo de Arévalo, donde repusimos fuerzas.

Y aquí empezó lo peor: un viento muy fuerte nos daba de cara al mismo tiempo que subíamos una cuesta por el camino de las Bodegas, con abundante y pegajoso barro. Además, en algunos momentos el camino se llenaba literalmente de escobas. Tanto que teníamos que (intentar) rodar por las tierras de labor. Al sur dejamos ruinas de bodegas, un bacillar y, más lejos, un monte de matas de encina; al norte uno de los muchos cabezos o motas que tiene esta loma, continuadora de la colina donde se levanta la torre del telégrafo de Almenara.

Llegada a Bernuy

Pero todo esto terminó, salvo el huracán, al llegar a la cima. Al fondo divisamos Villagonzalo y, más al fondo todavía, a unos 9 km, Coca sumida en un mar de pinares. Pues a rodar nos lanzamos dejando a un lado y otro tierras de labor, algunas naves de marranos y, ¡oh sorpresa! hasta que no estuvimos literalmente encima, no vimos, abajo, Bernuy de Coca.

Da la impresión de que este Bernuy no es nada, en comparación con lo que fuera un día. Muchos edificios arruinados; las casas estaban vacías y sólo vimos dos o tres coches aparcados. De algunas traseras se habían adueñado las hiedras, señal segura de que ya no se utilizan… Eso sí, la iglesia era enorme y relucía con el sol, que ya mostraba querencia por el horizonte. ¡Ah!: nos recibió una preciosa fuente o pozo –de los de manivela y cangilones- con sus correspondientes abrevaderos.

Saliendo de Villagonzalo

Saliendo de Villagonzalo

También nos recibía en Villagonzalo la fuente del Caño, con varios lavaderos, que corre el peligro de convertirse en el centro de la escombrera local y de la que hemos hablado en la entrada anterior. Allí mismo se nos presentó la magnífica y extensa laguna de las Eras, de agua salobre. Como el cielo estaba de un azul oscuro e intenso, las aguas reflejaban esa tonalidad sin dejar de rizarse por el viento…  Pero estaba cayendo la tarde y pusimos rumbo al oeste, cruzando pequeños valles –al sur se dejaban ver Íscar y su castillo, y Llano de Olmedo- hasta llegar a Fuente de Santa Cruz. Aquí nos dio tiempo a ver algún palomar, fuentes, la Cruz del camposanto iluminada de lleno desde atrás…  hasta nos paramos en un encinar a la salida del pueblo. ¡Y a continuar navegando con el cielo dorado del poniente!

Hacia la puesta de sol

Hacia la puesta de sol

Al poco tomamos el camino de la Raya (de Valladolid y Segovia) hacia el Adaja y empezamos a descender suavemente por la ladera el valle, ahora con el viento a favor y sin prácticamente barro que se pegara a las ruedas. La verdad es que no pudimos apreciar mucho el paisaje a nuestro alrededor por la falta de luz, salvo el perfil de la torre del telégrafo contra un cielo oscuro y los arreboles –que no es poco- de la puesta de sol justo sobre los ataquines.

Ya en Bocigas, descansamos junto a la laguna del campo de golf: era de noche y Venus reinaba en el firmamento.