Mañana de otoño en los Torozos

El día del Pilar lo celebramos con un paseo matutino por el este de los montes Torozos, o sea, por los montes de Mucientes y Villalba de los Alcores. Mira que uno ha rodado por ahí (casi) cientos de veces. Pero, nada, no te acostumbras. Esta vez, saliendo de Mucientes, llevamos a un buen grupo de amigos a rodar y respirar por los Torozos, y quedaron asombrados de todo lo que vieron: acercamiento por la Casa Negra; recorrido por el sendero entre robles que ahora forma la cañada de Valladolid; camino de Carraperalejo para descubrir la peculiar división de propiedades con hileras de encinas corpulentas, hasta las proximidades del pozo de Navalva; vuelta por el camino de Villalba a Cigales y, finalmente, descenso a Mucientes por el camino de Ampudia. ¡Todo un descubrimiento para los neófitos!

Eso sí, la sequía ya se notaba demasiado hasta en estos lugares del páramo en los que incluso en pleno verano hay abundante pasto verde. Todo estaba de un amarillo preocupante. Los robles, tan lentos en recibir el otoño, mostraban abundante hoja amarilla, cansada de soportar la falta de humedad… Arriba, los buitres volaban en círculo intentando descubrir comida y las urracas, grajos y ratoneros seguían, como siempre, a lo suyo. El bosque no nos dejó ver los molinos, algo es algo.

Aquí dejo el trayecto seguido, de unos 32 km.

En busca de la soriana perdida

Difícil encontrar algo que se perdió por falta de uso. Difícil buscar una cañada que cayó en el olvido. Difícil dar con una vía pecuaria que era llamada de manera distinta según el término municipal que atravesaba…

Adelanto el final: no la encontramos porque ya no existe. Pero la seguimos al menos de manera virtual o imaginaria y con el corazón. Y al menos cruzamos por los mismos parajes que ella cruzó, cuando era pisada por pastores y rebaños merinos que procedían de la sierra de la Demanda, o sea, de las provincias de Soria y Burgos. Por eso era conocida también en muchos términos como burgalesa o soriana.

En Olmos nos miraban desde arriba…

Salimos de Peñafiel pasando por Mélida y Olmos, preciosos lugares en los que se resiste a pasar el tiempo. En el primero, vigilados por las bocas, descubrimos restos de potentes lagares y curiosas zarceras. En el segundo -donde también nos sentimos vigilados- un molino en el Botijas, una ermita en el cementerio y muchas casas de piedra y barro en trance de ser tragadas por el tiempo.

Castrillo de Duero

Después, nos acercamos a la fuente de Ortiguera, en un pliegue del páramo, para bajar a Castrillo de Duero y subir al páramo opuesto en la orilla derecha del Botijas, no sin antes contemplar la fuente romana de la localidad y pasar por donde estuvo la fuente Ratero, hoy seca.

Se aprecia perfectamente la cañada y sus invasiones

Cruzado el páramo, nos asomamos al aquí inmenso valle del Duero para contemplar Nava de Roa a poco menos de 3 k y, no muy lejos, San Martín de Rubiales (al norte) y Valdezate (al este). ¡Qué bien se distinguía abajo, por su anchura todavía respetada, la cañada merinera que hemos venido a buscar! Pero sería casi el único momento en que la habíamos encontrado, a pesar de que en medio de esta vía pecuaria, nada más cruzar la carretera de Soria, también se apreciaba perfectamente un bacillar ocupándola. Además de merinera, aquí se la conoce igualmente por del Villar, de Prádana y del Pico de la Merina.  Por eso creo que el pico en el que estamos es precisamente el de la Merina. En Castrillo también se la conoce por este nombre. Sube por la ladera y el mismo pico es una zona aun no ocupada para el cultivo, pero parece que la han desbrozado recientemente, así que la próxima vez que vengamos es posible que la encontremos cultivada.

Sí, nos mojamos

De este pico la cañada iba en directo hasta la Cruz de la Muñeca. El trazado ha desaparecido por completo, igual que el que es continuación, que discurría por la zona más alta del páramo, al oeste. Nosotros seguimos el trazado del camino más cercano. Cuando entra en el término de Peñafiel el camino sigue con bastante aproximación el antiguo trazado de la cañada, que ya ha perdido primitiva anchura. Hasta el puente de piedra de tres ojos sobre el Botijas puede reconocerse la cañada, que luego cruzaba el Duratón por el puente cercano al casco viejo; luego toma dirección norte y para utilizar el abrevadero de las Arenillas, cuyo nombre conserva una calle próxima.

Entre Castrillo y Peñafiel

Una posibilidad era acercarse por la cañada y camino del pino Macareno –que ya no existe- a un abrevadero cercano a la Fuensanta –donde hubo una ermita hasta el año 1703 y cuya fuente ya no da agua- para luego conectar con la cañada de la Vega del Pinar o bien tomar ésta directamente. Por aquí la cañada se reconoce porque coincide con varios caminos y sus límites se expanden por el pinar.

Lagunas de Padilla

Cruza por las lagunas de Padilla, creadas gracias a una antigua gravera y pasa luego entre entre Padilla y Pintia con rumbo al oeste; pasa junto al cementerio y cruza, finalmente, la carretera de Soria y la vía de Ariza. En este último trazado conserva cierta anchura, digna al menos de un cordel.

Ahora va por la ladera del páramo, pero nosotros la dejamos para volver a Peñafiel entre la carretera y el cerro de Pajares, que sirviera de cantera a la ciudad vaccea de Pintia. Aquí, el recorrido.

La cañada cruza el camino de acceso a villa Paz

Rodales de Zaratán y ladiego de Ciguñuela

Siempre descubrimos nuevos paisajes, aunque se encuentren muy cerca de donde vivimos. La tierra es extensa, sí, pero también variada y no hay que irse muy lejos para contemplar panoramas que hasta ayer ignorábamos. A veces basta con cambiar el punto de vista, la perspectiva, para ver otro telón de fondo distinto al habitual.

Bastó con dar un paseo fuera del camino, por la rastrojera, por una colina que viene a separar Zaratán –al norte- de Arroyo –al sur- y Parquesol –al sureste. Fue un excelente balcón sobre estas poblaciones, con las ondulaciones de las laderas del páramo, Valladolid al fondo, más al fondo los cerratos y, todavía más, la sierra de Guadarrama. Normalmente vamos desde La Flecha cruzando la loma citada por el Portillejo, pero esta vez hemos rodado por esta loma que viene del cerro de Valdeguarían al este, luego por el Cotano, y no nos hemos arrepentido. Abundan los almendros y antiguamente había casetos o chozos de piedra que han ido desapareciendo o se han trasformado en edificaciones más parecidas a una chabola…

La contemplación del panorama se completó con la subida a la cuesta redonda –el Secadal– que se levanta al suroeste de Zaratán y que conserva algunos de los muchos almendros que la adornaban. En su ladera sur, los restos en piedra y barro de una antigua edificación.

Antes, pasamos por la fuente de la Garbancera que echaba una gotita de agua por segundo. Luego subimos al páramo por el camino viejo de Ciguñuela; a su vera, llenos de basura, vimos los restos de la fuente del Pozuelo descansar en suciedad, que no en paz.

En Ciguñuela entramos por el camino viejo de Valladolid para tomar enseguida el camino ladiego que discurre por la Varguilla y que ofrece unas agradables vistas de la localidad, siempre con la torre de San Ginés presidiendo el paisaje. Al llegar al Picancielo el ladiego se divide y nosotros, como ya los conocíamos, nos fuimos hacia Simancas, finalizando así este corto y agradable recorrido.

Aquí puedes ver el trayecto seguido.

El Duero que nos une (con Soria, en este caso)

Ese era el título, si mal no recuerdo, de una antigua exposición de arte luso española. Queremos que el Duero nos una con Portugal, pero no es fácil, pues si aquí predomina la llanura castellana, allí el Duero cruza entre abruptas sierras que no nunca facilitaron el paso… Incluso al llegar a la hermana tierra portuguesa el Duero se ve obligado a sortear como puede los famosos y bellos desfiladeros de los Arribes.

El Duero también nos une a través de sus vinos: la Ribera, Rueda, Toro, Los Arribes, Oporto… parece como si hoy se hiciera realidad la edad de oro descrita por Virgilio, cuando ¡el vino corría en ríos por todas partes! (passim rivis currentia vina).

Esta vez nos fuimos al extremo Este de La Ribera, a San Esteban de Gormaz, frontera de la marca mora de Zaragoza, y descubrimos que aquí el Duero forma casi los mismos paisajes que en Burgos, Valladolid y buena parte de Zamora. Es la llanura que nos une, en la que este río modela páramos y cerros. Al principio, en la caída desde Urbión, es vertical, como luego también lo será en los Arribes.

Recorrimos un primer tramo de la excursión por la cañada real soriana occidental; luego, entre cabezos, picos y tetones desprendidos de la paramera, llegamos a Peñalba de San Esteban pasando antes por la Aldea. Una arquitectura popular tan sencilla como deslumbrante nos sorprendió vivamente. Los alrededores de estos pueblos estaban salpicados de palomares que más bien parecían extrañas torres de vigilancia.

Después, el arroyo de la Laguna, estrechamente vigilado por las verticales laderas del páramo de la peña del Sol, a veces troceado en ciclópeos pedruscos de caliza, nos condujo en dirección a Atauta. También se dejaban ver, abundantes, las tainas, como aquí llaman a las tenadas. En la cuesta de subida, otra sorpresa: el barrio de bodegas, situado en el valle a unos 400 m del pueblo, parecía una extraña ciudad de barro, más propia de la sabana africana que de Castilla…

Un denso encinar de abundantes cárcavas y barrancas nos puso en dirección a la solitaria ermita de la Virgen Blanca, ya en las cercanías de Ines, que visitamos, también con asombro. De nuevo a subir al páramo, de nuevo las tainas –visitamos una en estado ruinoso- y llegamos a Navapalos, aldea de barro que cuenta con, esta vez sí, una auténtica torre musulmana de vigilancia.

Poe aquí cruzamos el Duero, amansado por una represa y atravesamos, ya de vuelta hacia el este, un kilométrico y fructífero campo de manzanos, que acabó muy cerca de Pedraja –que no Pedrajas- de San Esteban. Las siguientes paradas fueron en la  orilla del Duero, en el manantial color esmeralda de la Pedriza, en el molino de Ojos y, finalmente, en la playa-piscina de San Esteban.

Pero aun nos quedaban fuerzas para subir a lo que queda del castillo, cuyo cerro se encuentra atravesado por el túnel del ferrocarril de Ariza, y desde arriba ofrece una hermosa vista sobre la ciudad y el valle del Duero. Por supuesto, nos acercamos a la iglesia de San Miguel, primer templo románico construido en tierras de Soria y uno de los más antiguos de España, con su pórtico de galería abierta que se multiplicaría después en otras muchas iglesias.

Aquí podéis ver el trayecto, según Durius Aquae

No corras tanto, mi niño;
no, mi cielo, goza ahora,
que te acechan Soria impura,
Tordesillas y Zamora.

Portugal te abre su abismo,
Ay, el mar, el mar, me muero.
Desde Urbión, cantando, a Oporto,
¿cuántas horas dura el Duero?


(Gerardo Diego)

Después de las últimas lluvias en el monte de Boecillo

Después de las últimas lluvias –pocas pero intensas- el paisaje ha cambiado, y no porque la vegetación hubiera reverdecido, pues estaba tan amarilla como durante el verano, sino porque todo ha quedado como más limpio y luminoso. También, empieza a dominar esa luz del otoño que crea profundidades y distancias, lejos de la planitud y pesadez veraniega.

Aspecto de la casa del Monte

Los pinares aparecían más lustrosos, seguramente porque el agua había limpiado pinos y escobas del polvo acumulado durante el estío. Algo similar había ocurrido con las encinas y otros árboles. El caso es que el pinar de Antequera y el monte de encinas de Boecillo lucían distintos, más agradables y luminosos. Incluso los caminos se mostraban amorosos, con un firme de arena más dura, aunque sin exagerar.

Bellotas alargadas

Hacía tiempo que no rodábamos por el monte de encinas (mejor, de matas de encina) de Boecillo, que posee una red de sinuosos y estrechos senderos que parecen pensados para nuestras bicis y fuerzas. Se extiende por una planicie ligeramente elevada sobre el Duero, lo que en distintos momentos ofrece un estupendo paisaje sobre su valle y poblaciones, hasta las laderas del páramo de Torozos, pues pequeñas asomadas permiten contemplar tal panorama. Lo mismo nos ocurre en el monte Blanco, por cuyos límites cruzamos.

Senderos

En medio de la red de sendas y matas, las paredes exteriores de la casa del Monte –dos plantas en ladrillo y adobe-  a duras penas se mantienen en pie y sostienen aun el enrejado de ventanas. Esta casa se está arruinando mucho más rápidamente que la de verano de los Escoceses, en otro extremo del mismo monte. Este encinar estuvo, en otras épocas, más habitado. Hoy solo quedan algunas bodegas en la ladera norte y paseantes en los buenos fines de semana…

El páramo al fondo

Al monte de Boecillo llegamos desde Viana y antes habíamos cruzado el pinar de Antequera por la cañada real. Y del monte volvimos al pinar por el Abrojo, donde la maleza quiere tragarse la fuente de San Pedro, de ahí a Laguna y finalmente, acabamos en el mismo pinar de Antequera. Un agradable paseo matutino. Eso sí, del agua no quedaba ni rastro, ni pequeños charcos.

Con las luces del amanecer

Dicen que se ha acabado el verano y que esta semana que acaba de empezar nos traerá lluvias. No lo sé. Lo que sí que sé es que ayer lució un sol espléndido e hizo un calor de aúpa. Salí aun de noche de la ciudad sin echar en falta la manga larga -¡cuántas madrugadas de julio he tiritado echandola en falta- y me planté en el borde del páramo, entre Arroyo y Zaratán, para ver salir el sol sobre el cerro de San Torcaz en Renedo y despedir a la luna en la llanura del páramo. ¡Curiosa esta sensación de rodar entre la luna y el sol!

Con lo dicho, estaría contado lo mejor de la excursión de este día, último de la feria y fiestas de la Virgen de San Lorenzo. Pero hubo más; por ejemplo que durante algún kilómetro pude rodar por el borde del páramo y no por el camino ladiego de más abajo, ya conocido. Así, disfruté de un panorama único: primero, la gran ciudad todavía dormida y, a continuación, el valle del Duero desperezándose, soltando esa fina neblina que le ayuda a pasar la noche adormecido. Al fondo, la silueta de Guadarrama que desaparecía conforme la aurora pasaba a sol. Encinas y pinos recibían los primeros rayos e iban cambiando de un color mortecino y gris a otro que manifestaba mejor que seguían viviendo.

Los campos estaban muy resecos. Un terrible verano había pasado por ellos sin querer despedirse aún. Sólo los conejos parecían ajenos a la tremenda sequía. Algunos pajarillos empezaban a animarse. Abajo, la localidad de Arroyo seguía encomendada a sus sueños. Algún caminante se dejó ver algo más tarde, ya en los alrededores de Ciguñuela.

El páramo se cruza rápido; el sol, de culo no molesta. Llegamos a un paraje de ondulaciones abundantes –teso de la Cera, arroyo (seco) de Valmayor, reguera Matajudíos, las Quebrantaduras- del que salimos por el solitario chopo de la fuente del Pozuelo, en el picón de los Pleitos.  El sol ya estaba alto y la luna, llena de vergüenza, había desaparecido de nuestro mapa real.

Nos acercamos hasta el barco de los Degollados, ya en el término de Castrodeza, donde han plantado frutales. Y empezamos a volver, poniendo rumbo a Simancas por pagos bien conocidos: el Rebollar, el páramo del Torrejón, el barranco del Pozo y… descanso en Simancas, repleta de talanqueras,  pues también disfrutaba de su último día de fiestas.

Aquí, el recorrido.