San Pedro Regalado y el Duero

12 mayo, 2019

 

[Como quien ve el agua pasar, vi pasar a Pedro.
Le vi, le veo;
está junto a mi entre los olmos del Pisuerga]

Y, así, pasa ante mis ojos: 
el sayal, como la hoja enroscada del olmo, a la deriva;
la que en sus ramas estuvo y cayó, como él, de su tiempo, la hoja del olmo.
Pero su espacio es este; acercaos; y sigue aquí; 
si apretamos el corazón mejor le sentimos;
si profundizamos más el alma mejor le vemos;
sobre el agua la hoja seca del olmo, de encendido color, es ahora su sayal,
la hoja seca, encendida del olmo.
Pedro, dulcemente, delicadamente, verdaderamente, está, pasa.
Por eso estoy a la orilla del Santo al estar a la orilla de este río,
del Santo que es vida, como el agua, a quien veo como veo al agua,
que como otro Duero pasa,
otro Duero orillado del cielo.

Pedro es el fraile que no se hacía notar. Se le conocía por su silencio continuo, porque se retiraba a rezar y pasaba desapercibido en su comunidad. Es un contraste para nuestra época en la que no se dan las circunstancias vitales que nos permiten retirarnos y tomar distancia pues salir del tiempo impetuoso de la vida nos permite convertirnos en observadores, facilita la contemplación... La vida actual no invita a pensar y menos aun a rezar y contemplar, podríamos decir a continuación. Y por eso tal vez, Pedro llegó tan lejos. Pasaba de un convento a otro -del Abrojo a la Aguilera- sin moverse. O estaba en los dos a la vez. O caminaba sobre las aguas del Duero. O detenía un toro embravecido con solo mirarlo.

Pedro, sin pretenderlo, llegó a evangelizar América, especialmente México: los franciscanos españoles, renovados por la fuerza interior de los Pedros de Villacreces y Regalado, pudieron llevar la fe y la cultura española a aquellas tierras… ¡Paradojas de la contemplación!

Pedro es el santo de la Esgueva, junto a la que nació, y del Duero, que unía los dos conventos donde vivió. Y de los toros y toreros. Y de Valladolid, Laguna y la Aguilera, y lo celebramos el 13 de mayo. Pedro, como Francisco, amaba la naturaleza y todo lo que de ella brotaba.

***

La cursiva es del filósofo alemán Peter Sloterdijk (El País, 4.5.19). La poesía, de la Vida de Pedro Regalado, sueño de Paco Pino. Es una pena que ya no queden olmos ni en el Duero ni en el Pisuerga. El siglo XX ha quitado a Pedro su sayal. Esperemos no quitarle la vida, o sea, el agua pues, como expresa Pino, quien ve pasar el agua ve pasar a Pedro…

Asomada a la Guareña

2 mayo, 2019

Torrecilla de la Orden se encuentra en el extremo suroccidental de nuestra provincia, lindando con las de Zamora y Salamanca. Perteneció a León –o pertenece, en el caso de que verdaderamente seamos Castilla y León, también perteneció a la Orden de San Juan y se incluyó en la extinta provincia de Toro hasta principios del siglo XIX. Estos son parte de sus rasgos desde el punto de vista político, el menos importante para nosotros.

Desde un punto de vista más natural y geográfico, esta localidad se asienta sobre una amplia llanura, gracias a lo cual la torre de la iglesia de Santa María del Castillo se puede distinguir desde varios kilómetros a la redonda, por lo que sirve de referencia al caminante o ciclista. Pero esta planicie se ve repentinamente quebrada por la acción del río Guareña, más al oeste. No nos lo esperábamos, acostumbrados a las llanas tierras de Medina, pero así es. Además, el corte es abrupto salvo en los vallejos que se dirigen al río, por lo que el canto sirve de mirador para contemplar el amplio valle que aparenta no tener ladera por la otra orilla ya que, en realidad, es mucho más tendida y, por tanto, extensa.

Desde Castillejo

Pues aquí nos acercamos para contemplar la Guareña. Como ya estuvimos en el pico del Molino, vamos hasta el pico del Castillejo, que se adelanta hacia el oeste para así contemplar mejor el ancho valle y las localidades de Vadillo y Fuentelapeña. Bajo el pico hay varias terrazas que constituyen como grandes escalones; están adornados con almendros. Más abajo, los prados con sus puntitos de toros bravos, las alamedas del río y los campos abiertos, unos verdes por el cereal en crecimiento, otros marrones por la tierra al descubierto. Y, en la ladera, la piedra vieja, especie de caliza arenisca, de hace millones de años que parece deshacerse sólo con mirarla. El paisaje se completa con encinas solitarias, muchas de ellas en forma de carrasca.

Desde la Calderona. Al fondo, Olmo.

Recorremos el canto del paramillo para salvar luego un vallejo y subir de nuevo hasta el pico de la Calderona. Curiosamente es el punto más alto de la excursión (823 m). Y digo curiosamente porque la llanura se eleva ligeramente desde Torrecilla (787 m) hasta estos bordes, que caen hacia el río. De hecho, Torrecilla no está en la cuenca del Guareña, sino del Trabancos. Desde aquí se contempla un panorama similar al anterior. A nuestros pies, el molino de la Carrera, con sus amplios prados y el soto de Olmo de Guareña. Tras de nosotros, al este, la provincia de Salamanca con la localidad de Tarazona. Al suroeste, Zamora. Toda esta zona es, además, la más antigua de la provincia de Valladolid ya que las areniscas que aquí afloran datan del Oligoceno, o sea, de hace más de 30 millones de años. Casi nada.

Peña Redonda

Bajamos al valle y nos acercamos a las rocas verticales de Peñarredonda, que se están desmoronando como cualquier arenisca. Abajo, los caballos pastan en los todavía húmedos prados del río. Y por el desaparecido camino que unía el molino Nuevo –también desaparecido- con Tarazona, subimos al paramillo entre matas de encina y zarzales.

Pasamos por Tarazona –buenos edificios en ladrillo- y nos vamos acercando a Fresno el Viejo, sin llegar a él. En este término municipal los campos de labor están adornados con árboles frutales y abundan las parcelas de tamaño mediano con su correspondiente caseto o cabaña que hasta hace pocos años disponía de su correspondiente noria. También son frecuentes los pequeños pinares.

Lavajo -seco- de Socastillo. Al fondo, Torrecilla

Ya enfilando Torrecilla comprobamos que los lavajos como el de Socastillo y en la ida el de Carreordeño –en esta comarca pequeños y redondos- están bien secos. ¿Lloverá esta primavera lo suficiente para que se dé una cosecha normal en estos campos y para llenarlos?

Aquí tenéis el recorrido, de unos 38 km.

Pico Ordoño

Fuentelapiedra y otros humedales secos

27 abril, 2019

Fuentelapiedra es un despoblado que durante el pasado siglo funcionó como caserío agrícola y hoy no es mas que un conjunto de ruinas, unas de barro, otras de ladrillo y otras de cemento. Cuando crucé por allí la vez anterior -el siglo pasado- todavía quedaba alguna casa en pie y la laguna tenía un poco de agua. Hoy queda una nave llena de porquería y la laguna está seca.

Ruinas en barro…

Vemos una pared potente, que aun conserva sus contrafuertes, en ladrillo, de más de un metro de anchura. Parece que son los restos de una antigua torre que vigilaba el lugar. Al norte están los restos de casas y un palomar, en barro. Y un pozo bien construido en ladrillo, con boca cuadrangular y depósito que se ensancha debajo; una joya de la ingeniería popular que desaparecerá pronto, como tantas otras.

…y en ladrillo (torreón)

La fuente -a la que se llega con dificultad a causa de las asalvajadas matas de negrillo- está totalmente seca. Es un arca cuadrada, de ladrillo, salvo la parte más profunda, de piedra. Alrededor, una arroyada con su pradera que viene del sur. Y esto es lo que queda de Fuentelapiedra, en las llanuras medinenses de Velascálvaro. Lo de la piedra tal vez venga de que aquí aflora arenisca. Para que todo sea más triste y decadente, dos enormes álamos parece que se han secado y ahí están, todavía presentes, sus esqueletos.

Humedal del Juncal

Poco antes habíamos salido de Medina del Campo con la esperanza de encontrar algún humedal, pues estamos en pleno mes de abril. Pero no hubo mucha suerte: el suelo del pinar estaba entre gris, marrón y verde. La lluvia de la madrugada del Viernes Santo no había servido de mucho. Y los abundantes humedales y lavajos de la comarca estaban, en su mayoría, secos. Únicamente encontramos una finísima capa de agua en tres de los lavajos de Toribia, en el coto de Tobar, si bien sólo uno tenía una lámina relativamente extensa. Las aguas se encontraban pobladas de ranúnculos -esas pequeñas flores blancas que parecen flotar- y en sus proximidades había también más flores, destacando la curiosa leche de gallina (o de pájaro). Por supuesto, la Lagunas Reales estaban totalmente secas, así como el lavajo Rabiosa, o el de la Navilla… Incluso el charco Lavaculos, que hemos visto con agua algún septiembre de verano especialmente seco, no tenía nada de agua. Igual estaba el arroyo Simplón, que cruzamos en dos ocasiones.

Así estaba el lavajo que encontramos con más agua

Cruzamos también por humedales de esos que son como una larga lengua de prado casi siempre verde que se encharcan en la estación húmeda: conservaban cierto verdor pero tanto el agua como el barro estaban ausentes.

En fin, que como no caiga agua pronto y en abundancia estos lavajos y humedales se van a confundir con las arenas del pinar.

Cresteando

23 abril, 2019

El Cerrato tiene su encanto y su misterio. Tal vez por eso algunos volvemos una y otra vez. Además es amplio y variado: cada valle, cada rebarco, cada cerrato oculta una sorpresa, como si poseyera algo propio y distinto. El Cerrato atrae. Es un mundo de subidas y bajadas, de huecos y cimas, en medio de la ancha llanura castellana.

Cevico de la Torre se asienta en una cuesta, en un espolón de un páramo. Un páramo que muere -o nace, quién sabe- allí mismo y, tras más de 20 km de lengua, hacia el este, acaba unido a un páramo más ancho y extenso. Es el que hemos seguido esta vez. Si Unamuno decía que todo el páramo es una inmensa cima, cuando caminamos por una paramera estrecha y alargada estamos, sin duda, cresteando en medio de Castilla. Y eso solo se puede hacer en el Cerrato, donde abundan las crestas.

Siguiendo el camino por el páramo

Hemos ascendido desde el núcleo del pueblo para pasar junto a las casas-cueva, numerosas en la comarca, usadas en otro tiempo, para rodear el cerro cónico del Castillo y asomarnos al Balcón de Pilatos, que hoy deberíamos llamar más bien de las antenas. ¡Así son los tiempos! Desde allí tenemos una hermosa vista del pueblo y de sus valles.

Seguimos rodando. A nuestros pies se abren los dos valles sobre los que, verdaderamente, volamos. Al sur, el del arroyo Maderano y al norte el del Rabanillo. Curiosa sensación. Tan curiosa como posible y casi vulgar, en el Cerrato. Trozos o tiras de tierra de labor, sembrados de cereal o plantas forrajeras; es el tono verde. Monte de encina y roble; es el tono pastoril. Sobre el yeso, aulagas de viva flor amarilla, tamarillas del mismo color, lechetreznas verdes, elegantes collejones morados; ofrecen el tono primaveral, tímido todavía en estas elevadas cimas.

Collejón

Pero lo que abunda de manera especial son las corralizas y los chozos de pastor, que certifica a las claras la dedicación de esta comarca desde tiempo inmemorial. Muchos de ellos están en medio de las tierras de labor, aislados, lo que quiere decir que antaño estos campos no lo eran, eran montes dedicados a pastos. Así, van pasando los corrales de Maricio y de Tacona, de la Isabelilla y de Martín, todos con sus chozos o cabañas en pésimo estado, casi desaparecidos. Volatilizados, y eso que son de dura piedra. En el páramo de Valdegerite nos encontramos con un chozo en perfecto estado, o casi. El de Hijón está mal pero los corrales de la Paloma bien. En todo caso, dominan las ruinas por franca goleada.

En la Paloma

A los 3 o 4 km de salir nos topamos con el portillo de Renedo, con una bajada de 50 m. y su correspondiente subida e, inmediatamente el camino desaparece (!) durante un kilómetro aproximadamente. Literalmente se lo han comido. ¡Estas épocas nuestras, que devoran caminos y corrales….!

En fin, poco más diremos. Si alguien sigue esta ruta podrá disfrutar de una navegación de altura. El caso es que, poco después de pasar por los corrales de la Paloma, giramos hacia el norte para descender enseguida por el valle esculpido por el arroyo Rabanillo. Naturalmente, conforme descendíamos, el valle se iba ensanchando y en sus laderas más altas y más inclinadas- se refugiaban los quejigos que empezaban a verdear, sobre todo en la falda sur.

En la Virgen del Valle

Y así fuimos cayendo hasta el puente de Esguevillas y la ermita de la Virgen del Valle, que se levanta sobre una suave cotarra, donde el valle se ensancha aun más. Es un edificio muy remozado con una agradable y pequeña pradera alrededor.

Y después de visitar Valle de Cerrato, continuamos valle abajo hasta Cevico. El cielo había estado gris, sosteniendo lluvias, con algo de viento y buena temperatura. Hemos rodado casi 45 km, algunos a campo traviesa por desaparición de caminos. He aquí el trayecto seguido.

Caseta de era. Valle de Cerrato.

Tariego y sus torreones

18 abril, 2019

Tariego posee una privilegiada situación, en una falda del Cerrato y a orillas del Pisuerga. Además, ¡se ve desde Valladolid, que está a más de 30 kilómetros! Por eso fue elegido para albergar una torre del telégrafo óptico que conectaba con las de Dueñas y Villamediana. Así, vigila casi todo el curso bajo del Pisuerga por lo que es un excelente observatorio de la comarca.

¿Qué hemos de ver en Tariego?

El Pisuerga, que forma antes del puente una hermosa isla, hasta hace poco bien poblada de chopos y álamos que han sido recientemente talados. Hay varios miradores en la localidad para contemplar el río y su ribera y vegas. Y Baños de Cerrato, Dueñas, Palencia, Magaz…

La isla en el Pisuerga

La torre del telégrafo ya citada. Si subimos, comprobaremos que la vieja mole, de curiosos detalles constructivos, está como partida a la mitad, de abajo arriba, señal de que la tierra se hubiera movido, lo cual no tiene nada de particular en estos extremos donde hay un ten con ten geológico entre el páramo y el río donde. Vemos también los restos de una antigua fortaleza que dominaba el paso del río. Si el día estuviera despejado, distinguiríamos hasta Valladolid. Y, entre la torre y el pueblo, los restos, arruinados –con alguna excepción- de las cuevas casas en las que hasta mediados del pasado siglo vivía la gente más humilde. No son pocas, pues están situadas en cuatro niveles diferentes de la falda; recuerdan un poco a las de Aguilar de Campos -excavadas en barro- frente a las de otras localidades como Trigueros del Valle o Santa Cecilia del Alcor, que aprovechan las capas de piedra caliza.

Los Torreones: algo único y llamativo, algo así como si se movieran los montes. El Pisuerga ha ido socavando los cerros, compuestos de yeso, arenas, margas y arcillas, además de capas de caliza, y éstos han ido cediendo hacia el río. Lo normal son los desplomes del material, su amontonamiento y empuje posterior por las aguas. Pero en este caso se han deslizado enormes bloques del páramo, que aparecen como verdaderos murallones o torreones, aislados del cantil. No se han derrumbado -al menos por el momento- ni se los han arrastrado las aguas. Y ahí están, a media ladera. Se distinguen al menos tres grandes torreones que dejan ver a las claras la materia de la que están compuestos y forman extrañas siluetas. Un sendero que sale del pueblo nos conduce hasta ellos.

Torre del telégrafo óptico

Por si fuera poco, esto solo fue una parte de la excursión. Después de Tariego fuimos hasta Hontoria por la carretera, pues no hay camino. Supongo que Hontoria vendrá de fuente, y tenemos una, renovada, en la entrada. Después, por el sendero de las Derrumbadas nos presentamos en Soto. Hay que decir que este sendero -como tantas cosas hoy día- ya no es lo que era. La última vez que pasamos, lo hicimos con peligro para nuestra vidas (casi) pues el terreno estaba húmedo y resbaladizo y los derrumbamientos, con grandes piedras o trozos de terreno desprendido, estaban bien a la vista, sobre el mismo camino. Hoy hay una pista de buen firme y de las derrumbadas, nada.

Río Pisuerga

Nos acercamos al río, donde juntos conviven puentes de dos épocas y después de recorrer terreno llano nos presentamos en un puente derruido, el de Reinoso. El río acaba de formar un pequeño embalse cuya presa se sitúa sobre la de las antiguas aceñas de esta localidad. Y el punto siguiente fueron las antiguas aceñas de Villaviudas, arruinadas y con su parte más baja sumergida a causa del embalse de Reinoso. Los cadáveres de árboles ahogados también por este embalse sobresalen sobre la superficie de las aguas. Antes de ascender por el valle, nos acercamos hasta la desembocadura del arroyo del Prado, que viene de lo más profundo del Cerrato.

El valle se abre entre los páramos del Barrio y del Mueso. Desde el último escalón de éste, al norte, nos saluda una curiosa hilera de bocas: son antiguas minas de yeso. Pasada Villaviudas está el despoblado de la Tablada que, asentado sobre un suave cerro, domina el valle. Es curioso ver como el pueblo se agrupa en un círculo alrededor de la iglesia y la casa central, desde donde se domina un amplio panorama. Las casas de arriba, señoriales, son de piedra. Las de abajo, en barro, se están deshaciendo. Dejamos para otro momento el paseo de las Lilas, la bodega típica y los restos romanos.

En la Tablada

Y ya sólo nos queda la última parte de la excursión, esta vez por las alturas del Cerrato, es decir, por el páramo, al que subimos por un vallejo amplio y suave al principio que se fue empinando y poniéndonos a prueba. El paisaje cambió enseguida, dominando ahora el monte de encina y roble. Aquí no había llegado aun la primavera, pues los robles no tenían hoja y el suelo estaba más bien seco, de color pajizo. Atravesamos un buen monte para tomar una cañada, curiosamente adelgazada en muchos tramos pero sin llegar a desaparecer. Junto a ella vimos al menos tres preciosos chozos de pastor, dos relativamente juntos, por lo que el paraje se conoce como las Dos Cabañas. Son chozos similares a los que tanto abundan en estos páramos, pero con dinteles y jambas grandes, de una sola pieza, lo que hace que las entradas o puertas sean más amplias de lo normal.

Cabaña Alta

Más tarde, ya en terreno de Cevico de la Torre, pudimos contemplar, entre otros chozos, la Cabaña Alta, con corrales de excelentes muretes. Efectivamente, era bien alta y, además, se levanta en un punto del terreno que domina toda la zona. Merecería la pena hacer algo por conservarla -se está cayendo- pues es una de las más emblemáticas del Cerrato.

Un “Torreón”

Poco más que resaltar en el ya de por sí hermoso paisaje cerrateño: cruzamos la gran cantera de Cementos Hontoria y caímos sobre Tariego. Habíamos recorrido casi 65 km con un tiempo primaveral; he aquí el trayecto. Y desde que subimos al páramo no hubo necesidad de bajar, a pesar de los múltiples valles, vallejos, paramillos y cerratos en los que se cuartea esta comarca. Mérito de Javier, que sacó todo el partido al mapa. También podéis leer otra versión de esta misma excursión.

Abril

13 abril, 2019

Abril, ese mes en el que suele hacer bueno y malo, en el que te asas al sol y puedes coger una pulmonía a la sombra con viento. Variable. Puedes también bañarte en el río y, al día siguiente, jugar con la nieve. Abril no tiene reglas. No es el mismo nunca; siempre cambiante, siempre voluble, como el clima mismo. Es eso, la quintaesencia del clima. Si el cambio climático tuviera los mismos ritmos que abril, aviados íbamos. El refranero nos dice: abril, abrilete, con sus caras siete (aunque realmente son muchas más) o abril abrilillo, ¿dejarás de ser pillo? De todas formas, en abril suele llegar la lluvia y, con ella, la esperanza para el campo: abril llueve grano y paja mayo o bien venga abril con sus aguas mil.

Además, en Valladolid la temperatura media del mes de abril suele coincidir con la media de la temperatura anual. Es como un mes en un año. O al revés.

Sea como fuere, lo cierto es que si salimos al campo en abril hay que llevar el chubasquero, por si acaso. Nos puede caer un buen chaparrón, y luego salir el sol y secarnos. Podemos pillar un día nublado con claros luminosos y nubarrones lluviosos. De todo un poco.

Como el pasado domingo, en el que disfrutamos de un paseo por el pinar en el que la hierba empezaba a lucir de un verde luminoso y las escobas su amarillo brillante. El los ribazos y riberas, los pequeños negrillos y los fresnos entonaban con un verde claro  y tierno. Y todo ello acompañado de los cantos inconfundibles del carbonero garrapinos y del herrerillo.

Los campos de cereal también lucían un verde claro y fuerte al mismo tiempo, reflejo de los rayos del sol cuando el cielo aborregado los dejaban pasar. Desde las proximidades del canal del Duero mirando hacia el polígono de la Mora y el caserío de Retamar, cuatro corzos campeaban a sus anchas, sin miedo a la proximidad del ser humano. Parece que se están acostumbrando a nuestra presencia.

En la subida al cerro de las Encinas, éstas relucían con sus hojas recién lavadas por el agua de lluvia. Pero los quejigos se mantenían desnudos, impertérritos ante la llegada de abril. La carrasquilla arbustiva nos alegraba con sus florecillas de azul intenso. Ya en el páramo, las corpulentas encinas recortaban su silueta sobre el ras.

Volviendo hacia Valladolid, al monte de Fuentes parecía no haber llegado aún la primavera, pues el suelo mostraba su aspecto gris o pajizo, invernal. Bien es cierto que a la altura del caserío, la colza ya mostraba su flor amarilla.

Más o menos, así fue el paseo. Podía haber sido peor, pero el agua se contuvo en las nubes y nosotros pudimos disfrutar de una mañana bastante agradable. Eso sí, si hubiéramos elegido la tarde para salir, la mojadura hubiera sido de campeonato. Veleidades de la abrilada.