Últimos atardeceres de verano

19 septiembre, 2017

El sol cae sobre Alaejos un día a mediados del mes de septiembre. Las torres de Santa María y San Pedro aplanan el caserío para destacar ante el sol poniente, que se cuela entre sus ventanas. Parecen grandes linternas. O tal vez exageradas lámparas votivas a Santa María y a San Pedro. O agujas que recuerdan una dirección olvidada. O que, simplemente, señalan a los caminantes lejanos donde  se encuentra Alaejos. Todo es posible al ponerse el sol en Castilla.

Mientras, las humildes quitameriendas que no conocen la sequía, señalan, junto a la ermita de la Virgen de la Casita, que el verano está a punto de terminar. Que las tardes se acortan. Que ya no merece la pena merendar porque hay que cenar enseguida. Si por aquí hubiera pastores trashumantes –que no los hay- sabrían también que se acerca el cambio de humus, pero los pastores de la cofradía de la Virgen de la Casita no se mueven de aquí.

Tras la ermita, una estrella de seis puntas en piedra arenisca esperará al sol de la amanecida, y todo volverá a recomenzar como si nada.

Por cierto, que el pozo de la Virgen ha sido remozado por completo y a su lado ha aparecido un merendero techado.

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La Jornada sobre la trashumancia, un éxito

17 septiembre, 2017

Pues la V Jornada sobre la trashumancia y el comercio de la lana fue –como se esperaba- un éxito. En primer lugar, de asistencia. Entre el público destacaban los ganaderos, que pusieron de manifiesto sus preocupaciones ante las dificultades que tienen para transitar por las cañadas, en muchos tramos reducidas a una anchura que viene a coincidir con la de la carretera que ha aprovechado su trazado. Todos coincidimos en que se trata de un patrimonio que hay que conservar y potenciar, porque es nuestra historia no deberíamos olvidarla, y porque la calidad de la lana, queso o carne es de superior calidad si el ganado trashuma…

El sábado, Javier Cruz Sanchez habló sobre la religiosidad de los pastores. Especialmente agradó al comentar la relación de ermitas y santuarios que se levantan junto a cañadas y descansaderos. También comentó las tradiciones, muy arraigadas en nuestra tierra, relativas a las apariciones de la Virgen a pastores. O las necesidades de protección que tenía el ganado, y cómo se cubrían.

Con Federico Sanz dimos un cómodo paseo –sin movernos de la sala del Museo de las Ferias en Medina- de casi 175 km por la Cañada Real Burgalesa a su paso por la provincia, desde que entra por los páramos del Esgueva hasta que sale por Fresno el Viejo o por Castronuño.

El domingo, Manuel Rojo Guerra nos habló de los primeros trashumantes europeos de los que se tiene noticia, que subían desde el valle del Ebro hasta el Pirineo de Huesca, hasta una cueva ya próxima a la frontera. De eso hace la friolera de unos 6.000 años. Nos pareció interesantísimo, sobre todo porque nos relató detalladamente sus excavaciones en la cueva de Trocs; muchas de las preocupaciones de nuestros actuales pastores son las mismas que las de aquellos.

Finalmente, Julio Romera Gómez, de Lanas Romera, nos habló –con conocimiento de causa- del comercio de la lana, producto último de nuestro ganado ovino, particularmente de las merinas.

Y así transcurrieron las Jornadas. Hay que felicitar a los organizadores. No se sabe cómo, pero se superan cada año. ¡Ah! El domingo hubo caldereta de pastor y, para terminar, concierto de Liara.

Jornadas sobre la trashumancia

15 septiembre, 2017

 Aquí dejo el cartel con el programa de las Jornadas sobre la trashumancia y el comercio de la lana, a celebrar mañana y pasado, que organiza un año más la Asociación de Amigos del Museo de las Ferias y del Patrimonio de Medina del Campo. Con una salvedad: que la charla sobre “La memoria del camino: rutas trashumantes del ayer a hoy” será el domingo a las 11:00 y la que versa sobre la Cañada Real Burgalesa será el sábado a las 12:30. O sea, se intercambia el horario. Ya contaremos cómo ha ido, pero se promete interesante para los amigos de la trashumancia y sus merinas y cañadas.

El desierto del Trabancos

11 septiembre, 2017

Volví de La Carolina hacia Cantalapiedra por el camino de Mollorido, que tiene algo de aéreo, y no sólo por el viento que arreciaba en contra, sino por las profundas vistas de la llanura que se extiende al sur, donde destacaban las finas torres de las iglesias de Villaflores, Palaciosrrubios y otras localidades salmantinas. Seguramente el mirador más adecuado del camino sea el vértice geodésico de Carranza, justo a mitad de trayecto.

En Cantalapiedra se celebraba mercado medieval y los más pequeños eran felices montando sobre una recua de burros. Desde ahí, cruzando campos y cauces secos de arroyos –el del Prado, por ejemplo- y algún monte –el de Portillo, ya en Ávila-, llegué al cauce del Trabancos.

Tierra y encinas

Parecía un desierto. Una infinita y curvada lengua de arena ocupaba el cauce que en otro tiempo sirviera de lecho para las aguas. Las laderas, igualmente, se encontraban calcinadas con matas polvorientas y resecas. Ruinas de antiguas norias conectadas a lo que fue río. Lo que fuera huerta se ha plantado de cereal, pero al menos este año no hubo cosecha. Restos cegados de molinos. En la ribera, troncos muertos de sauces y álamos. Los caseríos que antaño se agolpaban en las orillas del Trabancos buscando humedad y agua, se suceden reducidos a escombreras. Junto a las riberas, los austeros pinos, y unas pocas encinas, olivadas como para transpirar lo justo, con el tronco y las ramas retorcidas para hacer frente a la sequía, parecían sobrevivir en un paisaje de auténtica desolación…

Casa de los Soportales

¡Y pensar que hasta hace poco más de medio siglo esto era un vergel!: aquí se dejaba oír el murmullo siempre grato del agua, se pescaban peces y cangrejos, se regaban las huertas, abrevaba el ganado, el típico bosque de galería ocultaba y refrescaba las orillas del río; y me vinieron a la mente las imágenes de esos troncos petrificados descubiertos sobre las arenas del Sáhara y de aquellas ciudades enterradas bajo el mismo desierto, testigos de otros tiempos en los que fluía ese agua que llenaba el paisaje de vida, precisamente donde hoy ya nunca llueve y todo está desolado.

La línea del cauce, más blanca, se distingue del resto

Y así escoltamos esta lengua arenosa hasta el despoblado de Escargamaría desde donde finalmente nos dirigimos a Carpio del Campo. Y aquí está el recorrido de esta ruta y de la anterior.

Cerca de Escargamaría

De Carpio a la Guareña por la cañada de Salamanca

6 septiembre, 2017

La provincia de Valladolid se encuentra atravesada por una densa red cañariega. Una de las cañadas que parte de Medina del Campo es la denominada cañada de Salamanca, que toma la dirección suroeste y enfoca, precisamente hacia la ciudad que, según Unamuno, es  académica palanca para contemplar Castilla.

Fue cañada de 90 varas, hoy es cordel, pero no llega a las 45 varas en casi ningún punto del tramo que en esta ocasión hemos recorrido.

Hacia Fresno el Viejo

Tanto Medina como Salamanca constituyeron  dos núcleos importantes para la ganadería, con sus ferias y mercados correspondientes. Esto hizo que nuestra cañada fuera muy concurrida… en otros tiempos. Por aquí circuló el vacuno de las dehesas del Campo Charro. Y, por supuesto, también cruzaron las merinas de las sierras de León y Burgos. De hecho, al menos legalmente, también recibe el nombre de cañada real burgalesa. A efectos  de deslinde y amojonamiento porque, eso sí, se encuentra  perfectamente amojonada en su tramo vallisoletano.

Cauce del Trabancos en Fresno

 

Desde Medina el ferrocarril de Salamanca sigue el trazado de la cañada, ocupando parte de su superficie.  También la carretera de El Campillo le ha pegado un buen mordisco. Por no hablar de los campos colindantes. Pero no hay problema, la cañada es generosa y tiene para todos.

A Carpio del Campo llega desde el histórico lavajo de Lavanderas y cruza por la calle Real para salir hacia Fresno el Viejo, donde la carretera y los campos la han dejado esquilmada. De hecho la cañada es la carretera y sus cunetas, prácticamente. Para estos mojones no hacían falta alforjas. El ferrocarril deja de ir en paralelo a la cañada para atravesarla en diagonal y ésta cruza el arenal que hoy se denomina río Trabancos. Al menos conserva sus fresnedas y alamedas, algo es algo. Y un largo abrevadero para el ganado en la orilla izquierda. Cruza Fresno pasando muy cerca de la joya románica de San Juan y sale a campo abierto, manteniendo su rumbo, para atravesar el arroyo del Lanzón. Seco, claro. Menos mal que al lado hay otro pozo y abrevadero con agua.

Abrevadero

A partir de aquí continúa convertida en una amplia pista de buen firme. En algún momento quiere volver por sus fueros perdidos, pero no le dejan. Hasta los mojones se internan en campos de cultivo para señalar –teóricamente- hasta llega la cañada o cordel. Pero nada más.

Dejamos a la derecha un lavajo seco y señalado por árboles raquíticos; alguien lo ha hecho más profundo buscando agua, pero nada. Los restos de un abrevadero señalan que en otros tiempos sí hubo agua.

Hacia Salamanca

Por lo demás, esta cañada tiende a seguir una línea más o menos recta, va atravesando entre campos de labor y mantiene altura con subidas y bajadas suaves, casi imperceptibles. Campos abajo y cielos arriba. Y poco más; en algún momento sobresale la torre de la iglesia de Torrecilla de la Orden.

Llegamos a la fuente del Pocillo. ¡Qué pena!: seca, destrozada, degradada. Debió ser muy original, con su esbelta contera y un abrevadero doble y largo. Ya se ve que los ganados de aquellos tiempos tenían agua asegurada en este trayecto.

Fuente del Pocillo

Cruzamos la carretera de Torrecilla a Cantalapiedra y al poco seguimos justo por la raya de Fresno y Cantalapiedra, que es la misma que separa Valladolid y Salamanca. A la izquierda hubo un lavajo, hoy un amplio agujero seco y al entrar en la provincia de Salamanca ¡oh, sorpresa!, la cañada pierde el amojonamiento pero recupera su antigua anchura. ¡Curioso! Ya se ve que en unos sitios la han tratado mejor que en otros. A ver si la amojonan también por aquí, no sea que empiece a adelgazar sin remedio…

Tras una suave bajada en una zona de monte de encinas y pinos hemos llegado a nuestro destino: el caserío o finca de La Carolina, junto al menguado río Mazores, que desemboca a poco más de 3 km en el Guareña, a la altura de Olmos.

Los álamos del fondo señalan el río Mazores

Volveremos por Cantalapiedra, localidad por la que no pasa la cañada pero sí el tren, que se desvío de ella. Pero volverá a unirse con ella 7 km antes de llegar al Pedroso de la Armuña, para luego seguir juntos hasta la misma Salamanca.

 

La pesquera de Herrera

25 agosto, 2017

En Herrera de Duero existe un lugar al que todos llaman la Pesquera, es decir, una franja de grandes piedras amontonadas –hoy en desorden- que atraviesa el río y cuya finalidad era elevar el nivel del agua para dirigirla a través de una aceña y así utilizar su caudal y fuerza de caída para moler el grano. Los que conocemos éste y otros parajes similares sabemos que están llenos de encanto: el agua genera murmullos y espumas, el río se ensancha y produce, aguas abajo, rápidos y bancos de arena en las orillas y fondos, mientras que aguas arriba la superficie del agua aparece rasante y tranquila, sólo interrumpida por los saltos de los peces…

Se sabe que este molino aceñero estuvo en funcionamiento desde mucho antes de 1400 hasta el año 1790, aproximadamente. En el Catastro de la Ensenada (1750) podemos leer que tenía dos muelas y que pertenecía al convento de Santa Clara de Valladolid. También parece que sobre esta misma pesquera había un batán de tres pilas y un cañal de pesca. Hoy sólo quedan, desordenadas, las grandes piedras sobre el lecho del Duero entre las que pasa el agua, todavía produciendo murmullo y burbujas.

En los años 60 del siglo pasado era un lugar concurrido por bañistas –en verano- y pescadores de caña. Tenía una pradera de grama en la que recostarse a tomar el sol o sentarse y merendar, una pequeña isla y dos arenales producto de cuando, en las crecidas, el agua se arremolinaba al pasar sobre los arbustos de tamarizo y depositaba la arena. Los chavales pescaban cangrejos entre las piedras o cogían camarones, gusarapas, náyades y caracolillos de diferentes especies y tamaños. Los pescadores atrapaban barbos a fondo y cachos, bogas o bermejuelas al corrido. (De todas estas especies sólo queda el barbo, acompañado ahora por los invasores percasoles y alburnos ). Antes, se podía pasear aguas abajo por un sendero de la ribera hasta el término de Boecillo y, aguas arriba, hasta casi el puente de Hierro, cerca de Tudela. Hoy, sin embargo, a duras penas se puede pasear por las orillas próximas a la Pesquera, pues todo se encuentra inundado de maleza.

Antaño había una huerta en la bajada hacia el río, con su fuente de riego en la que también se recogía agua para consumo humano. Ni que decir tiene que una y otra han desaparecido tragadas por la vegetación. Antaño, en la ladera había una cueva de factura humana que –cuenta la leyenda- llegaba hasta el castillo de Portillo. Hoy ha desaparecido; donde antes había una boca llena de misterio, hoy vemos… ¡una depuradora!; se supone que para reducir un poco la porquería que antes no existía. También había una olmeda que todos sabemos cómo acabó. Antes de la bajada, hubo un lagar con dependencias para pajar y otros almacenamientos, luego mesón del señor Pío –que servía sabrosas tortillas-, luego –hoy- ruina. Una piedra lagarera en la esquina es testigo de otros tiempos.

Queda el bosque de la ribera: grandes chopos y álamos enmarcan el paisaje de la Pesquera y de todo el río; fresnos, alisos y sauces se acercan al río para mantenerse junto a las mismas aguas. Pero también podemos ver algún avellano, algún cerezo… y probar, en tal caso, sus frutos.

Hace casi tres siglos Herrera era un pequeño pueblecito que vivía de sus vides y bodegas; también había un barquero –con su barca, no existía el puente-, un molinero, un batanero, un tabernero y un abacero, además de unos pocos jornaleros y mozos de labranza. Hoy vemos lo que vemos: algún pequeño majuelo, dos bares, un gran restaurante y un montón de chalés. El río sigue pasando, más sucio y adelgazado que nunca, a pesar de las depuradas. Pero todavía, quien lo quiera escuchar, puede oír –e incluso entender- su murmullo. Sobre todo en la Pesquera.

***

En el mismo río, no muy lejos de ésta, hay otras pesqueras semejantes en igual estado de abandono. La más cercana es la de Fuentes, a casi 3 km aguas arriba, aunque procede de los restos de un puente de piedra, cuando la época gloriosa de Fuentes. Inaccesible por la orilla izquierda y de difícil acceso por la derecha. Poco antes de llegar a Tudela tenemos el Batán, accesible por ambas orillas, especialmente por la derecha. Aguas abajo, no lejos de la fuente de San Pedro, ya en Laguna, existe otra más -que tuvo dos muelas- en un lugar agradable y recogido.

Las fotos corresponden a diferentes momentos de la Pesquera según el año, digamos, hidrológico. Ni qué decir tiene que la primera es de hace unos días.