Torcenite, la Corona y una olvidada cañada

8 octubre, 2018

Entre la última lengua de páramo y la primera de las Mamblas entre el Duero y el Jaramiel, se levanta Torcenite, que es como un cabezo de unión entre ambas elevaciones. Su cima es redondeada, casi plana. Hacia el sur, hacia el Duero, cae a pico sobre la llanura. Hacia el norte, suaves ondulaciones que llevan hasta Villabáñez. Por el collado de su falda oeste cruzaba la antigua calzada de Clunia –se nota perfectamente su rastro- y por el collado del este pasa el sendero que nos llevará a Peñalba. Torcenite es, sobre todo, un buen mirador sobre el valle del Duero. Vemos muy de cerca las derroñeras blancas del pico del Águila, que caen desde el páramo: un poco más al fondo se ha colocado una torreta de vigilancia contra los incendios, pues desde aquí se domina un amplísimo panorama. Lo de Torcenite, ¿qué puede significar? Es muy posible que venga de torques (collar rígido y redondo, abierto por la parte de atrás, de origen celta) a causa de lo que evoca el cerro por su forma. Además ¡hasta parece que tiene un collar sostenido horizontalmente por la ladera!

Versiones de Torcenite. El “torques” se ve claramente en las dos (clic para ampliar)

Nos vamos por la vieja senda de los Aragoneses entre las Peñas y el Duero. Las dos grandes cabeñas se están cubriendo con pinos de Alepo, lo que impide o al menos obstaculiza su cambio y erosión. Los rayos oblicuos del sol del atardecer recortan aún más los cortados –valga aquí la redundancia- produciendo un curioso fenómeno. Nunca habíamos cruzado por este sendero con tanta maleza; las escobas y arbustos quieren atrapar el manillar de la bici pero no lo consiguen y, con dificultad, nos acercamos a la chopera del otro lado. Y es que el sino de esta senda es el cambio: antes pasaba unos metros más arriba hasta que, por falta de mantenimiento y caída de tierras, se desplomó. Desde entonces se ha abierto otra junto a la misma orilla del río que se mueve cuando hay derrumbamientos o crecidas, o las dos cosas.

La ribera izquierda desde la Corona

Nos encaramamos a la Corona, que en otra ocasión vimos desde el cerral. Su forma impresiona menos que desde arriba pero no dejar de ser curiosa. Su cima no es tan plana como parecía, pues se ondula y eleva ligeramente hacia el sur y su redondez se está modificando también por el sur, donde las peñas se van desprendiendo poco a poco, debido a la erosión. Salvo por este lado, su trazado parece artificial, pues abundan grandes piedras calizas que tal vez provengan de una tapia o muro. Y, en otros siglos, hubo construcciones, a juzgar por los abundantes restos de cerámica basta. Con mucho cuidado, nos asomamos sobre el cortado para contemplar bajo nuestros pies el río y su ribera, con la chopera que acabamos de atravesar en primer plano. Parece que hemos elegido un mal momento para acercarnos, dada la abundante maleza que todo lo cubre, pero ya no hay otra opción. Curioso lugar, en épocas lejanas muy concurrido, y bueno para vigilar y dominar el paso del río por el antiguo puente. Precisamente las fuentes históricas hablan de una importante fortaleza que defendía el paso del río: ¿se levantaría sobre la Corona?

Los cortados

En cualquier caso, Peñalba y sus cortados nunca defraudan, por mucho que los atravesemos.

Nos dirigimos al pueblo –o despoblado, como prefiramos, si bien en la alta Edad Media llegó a ser villa y cabeza de alfoz- y luego a la Isla, pero sin bajar al río y sus praderas. Y seguimos hasta la raya de Sardón, donde una moderna bodega bulle en actividad preparando la vendimia.

Extraplomo en Peñalba

Y ahora, como se hace tarde, vamos a dar la vuelta hacia Villabáñez tomando, al menos en parte, el antiguo trazado de la cañada de la Hijosa. Primero tomamos un camino sube entre encinas y pequeñas rozas, hasta llegar a una zona plana en la que desaparece, engullido por una tierra de labor. La cruzamos y conectamos con la cañada, que sube en diagonal muy empinada al páramo. No es apta para carruajes; sólo para caminantes y animales. Nuestra burra responde a veces y a veces hay que llevarla. Abajo, Sardón y Quintanilla se muestran iluminadas por el último sol de la tarde. Al fin llegamos a otra tierra de labor ya en el ras del páramo y, a campo traviesa, conectamos con un camino que nos lleva a la carretera, en la que asistimos a la puesta de sol.

Sardón y el Duero desde la cañada de la Hijosa

Aquí, el recorrido.

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Atravesando Valladolid con don Jorgito el Inglés

1 octubre, 2018

George Barrow -o don Jorgito el Inglés- fue un viajero que anduvo por España durante los años 1835-1840 enviado por la Sociedad Bíblica británica para divulgar el Nuevo Testamento sin notas por nuestra península. Sabía multitud de lenguas, desde el manchú al romaní, esta última aprendida viviendo entre gitanos durante varios años. Incluso llegó a publicar el Evangelio de San Lucas en romaní (Embeo e Majaró Lucas, Madrid 1837).

En su libro La Biblia en España (con nota previa para la edición española de Manuel Azaña), narra su periplo viajero y, puesto que pasó por nuestros campos, vamos a acompañarle en su andadura vallisoletana.

Salida de Salamanca

El día 10 de junio de 1835 partió en su caballo y casi se pierde: la ruta se Salamanca a Valladolid, a veces carril a veces senda, es muy difícil de distinguir; no tardamos en perdernos y anduvimos mucho más de lo que en rigor es necesario. Ya se ve que los caminos de entonces no estaban tan bien trazados como las actuales carreteras…

Durmió, con sus acompañantes en Pitiega –pueblecito formado por chozas de tierra– y de allí se dirigieron a Pedroso, donde de nuevo hicieron noche para salir hacia Medina del Campo. Ese día anota que hizo mucho calor y que en todo lo perteneciente a España la inmensidad y la sublimidad se asocian. Grandes son sus montañas y no menos grandes sus planicies, ilimitadas, al parecer. A pesar de que estaban todavía en primavera, ésta no debía haber sido especialmente húmeda, pues exclama ¡cuánta melancolía por doquier; qué escasas las notas vivas, joviales! …tierra sin límites, donde los olmos, las encinas y los fresnos son desconocidos; tierra sin verdor… O tal vez exageraba, al acordarse de los siempre verdes campos ingleses.

Medina del Campo

En Medina, la ciudad de la llanura, se fija en que inmensas ruinas la rodean por todas partes y que estaba llena de gente, pues en dos días se celebraría la feria. Por eso le costó que les admitieran en la posada, ocupada principalmente por catalanes. Al día siguiente reanudaron la ruta pasando por tierras muy semejantes a las de días anteriores y a medio día pararon en una venta a media legua del Duero. No sabemos dónde se sitúa esta venta, pues tanto Valdestillas como Villanueva se encuentran a poco más de una legua de Puente Duero…

Riberas del Duero

Aquí el paisaje cambia de verdad para el Inglés, y escribe que las márgenes del Duero son muy bellas y pobladas de árboles y arbustos en los que trinaban melodiosamente a nuestro paso algunos pajarillos a la vez que un delicioso frescor subía del agua que, a veces, se embravecía entre las piedras o fluía veloz sobre la blanca arena o se estancaba con mansedumbre en las pozas azules, de considerable hondura.

Y junto al Duero recuerda a una mujer, como de treinta años, vestida a lo labrador, con pulcritud, que miraba fijamente el agua, arrojando a ella, de vez en cuando, flores y ramitas. Me detuve un momento y la hablé, pero sin mirarme ni contestar, siguió contemplando el agua como si hubiera perdido la conciencia de cuanto le rodeaba.

Y continúa: “¿Quién es esa mujer?”, pregunté a un pastor que encontré momento más tarde. “Es una loca, la pobrecita, -respondió-. Hace un mes se le ahogó un hijo en esa poza y desde entonces ha perdido el juicio. La van a llevar a Valladolid a la Casa de los Locos. Todos los años se ahoga bastante gente en los remolinos del Duero; este es un río muy malo. Vaya usted con la Virgen, caballero”.

Valladolid

Cruzaron el río por un hermoso puente de piedra si bien, a continuación, entraron en los mezquinos y ralos pinares que bordean el camino a Valladolid. Parece que el inglés no podía seguir mucho tiempo sin vituperar el paisaje por el que cruzaba y que no acababa de comprender.

Ya en Valladolid, le llamó la atención su forma, pues se encuentra en el fondo de un valle de escabrosas pendientes y aspecto insólito. Comenta que tiene muchos conventos, que es ciudad fabril y con su comercio en manos de catalanes. Se hospedaron los dos primeros días en la Posada de las Diligencias, para quedarse luego en el Caballo de Troya. Contactó con libreros, con los colegios Inglés y Escocés, con el de las Misiones Filipinas. Cuenta diversas anécdotas y sucedidos hasta que, después de permanecer diez días en Valladolid, continuó viaje.

Dueñas y Palencia

Pasa por Dueñas, situada en una ladera sobre la que se alza una montaña de tierra calcárea coronada por un castillo en ruinas. Le llaman la atención sus bodegas, donde se guarda el vino que en abundancia produce la comarca y que se vende principalmente a navarros y montañeses.

Terminamos con la llegada a la ciudad del Carrión: Dos horas de caballo nos pusieron en Palencia, ciudad antigua y bella, admirablemente situada a orillas del Carrión… ¡Menos mal que los ríos eran para don Jorgito como un oasis en medio de las terribles estepas castellanas!

Los Hundidos de Simancas

25 septiembre, 2018

Hay una lengua del páramo de los Torozos que llega casi hasta Simancas; la punta es un excelente mirador sobre esta villa cargada de historia y sobre todo el amplio valle del Duero cuando recibe al Pisuerga. Un camino que sube por la directa, por el espolón, a este páramo pero hay que estar en forma para acometerlo sin fatigarse demasiado.

Esta vez se trata de dar un breve paseo desde el Pinar de Antequera hasta dos lugares denominados ambos los Hundidos. En vez de subir por el camino directo fuimos por el denominado camino de Torres, a media ladera y en dirección oeste, que se toma en el barrio que está ya al otro lado de la autovía. El tramo inicial es muy duro pero, eso sí, muy corto, y al poco estábamos en la falda disfrutando de un hermoso panorama -Valdelamadre, Geria, ribera del Duero- pedaleando tranquilos.

Salimos al camino de Robladillo donde precisamente se encuentran los primeros Hundidos. El nombre tiene fácil explicación: aquí da comienzo el arroyo del Pozo de la Teaza que en vez de dar un tajo limpio al ras de la paramera en su nacimiento, lo hunde levemente, como en grandes y suaves olas sobre las que el agricultor planta cereal.

Damos la vuelta por el camino del Páramo. Muchas zonas de esta paramera -ahí están los topónimos fueron dedicadas a canteras durante siglos, pues la fundación de Simancas -ciudad siempre importante con buen castillo, buena iglesia, puente, palacios e incluso dólmenes prehistóricos- se pierde en la noche de los tiempos. Llegamos a un cantil de yeso blanco que brilla con fuerza al sol de la tarde y que se está desprendiendo a pedazos o, mejor, a rebanadas. Abajo se ven inmensos y ordenados caballones de cal o yeso robados a las tripas del páramo que nadie se ha llevado. Un poco más hacia el sur, propiamente junto al vértice Perdiguera, estamos sobre los segundos Hundidos. Es continuación de la anterior zona de canteras, que parece ha sido parcialmente nivelada con tierra de relleno.

Para bajar, podemos hacerlo por otro sendero a media-alta ladera o bien por el camino del páramo. Nos dejamos caer hasta el mismo puente del Pisuerga y volvemos al Pinar por la calzada de Clunia.

Aquí podéis ver el recorrido, según Durius Aquae.

El Pedroso de la Abadesa

19 septiembre, 2018

El Pedroso es un pueblecito, unos de los más pequeños de la provincia, que se nos presenta bien protegido por el páramo de los Torozos, que lo abraza desde tres puntos cardinales mientras que por el cuarto –el sur, ya en San Miguel del Pino- corren las aguas del Duero. Está en la orilla derecha del arroyo del Prado, que viene de Robladillo acompañado por algunos álamos. La colada de Toro marca su raya con Velliza, y el camino del Pinar de Tordesillas con buena parte del término de Matilla. Por el este se extiende hasta la falda del teso de Valdelamadre.

Su caserío se eleva sobre una pequeña colina, lo que le hace perfectamente visible desde varios kilómetros a la redonda. Las pocas casas aparecen bien conservadas, y relucen especialmente al sol del atardecer y de la madrugada. Está limpio y con muy pocos edificios en ruina. Ahora mismo algunas bodegas se encuentran en reparación; parece que, siendo pequeño, se ha salvado del abandono, al menos por el momento. Las casas se agrupan en torno a una plaza en cuyo centro se levantan pequeños árboles que dan sombra a unos bancos y a un pozo-fuente en el que los ciclistas podemos rellenar los bidones con saludable agua.

Un poco apartada de las casas se levanta una sencilla iglesia construida en piedra caliza, y arenisca -algo no habitual en esta zona de la provincia- en la parte más alta, rematada con una espadaña en ladrillo. Este edificio nos da alguna noticia del nombre y origen del pueblo: la Abadesa es Dª María de Bargas, conforme leemos en la inscripción que figura en la fachada, sobre la puerta. Y es que este pueblo, que pertenecía a la jurisdicción del Monasterio de Santa Clara de Tordesillas desde su fundación en 1363, quedó despoblado hacia el año 1525 y las monjas clarisas decidieron, allá por 1786, repoblarlo. Esta es la historia del apellido.

La otra parte de la historia la desconocemos, pues el terreno sobre el que se asienta no es pedroso ni pedregoso, sino adecuado para el cultivo, de pan llevar. Bien es cierto que en otras épocas pudo serlo, pues desde la autovía de Salamanca hasta el poblado leemos en el mapa los topónimos siguientes: las Peñuelas, las Contiendas –o sea, las canteras-, las Lastras y el propio Pedroso. Recorriendo esa zona en bici sí es cierto que vimos una enorme lastra hincada en la tierra y unas piedras, pocas, pero de enormes proporciones. O sea que algo debió haber… hace siglos.

El paisaje del Pedroso se completa con el prado del arroyo, esta temporada saturado de maleza, algunas pequeñas pero llamativas choperas -más visibles aun que el pueblo, un pinar al sur y una tierra de forma alomada y curiosa que denominan la Sagreña. ¿Hubo alguna ermita o santuario en tiempos pretéritos?

El panorama de la comarca es encantador. Especialmente recomendado para pasear a última hora de la tarde.

Entre Duero y Jaramiel

13 septiembre, 2018

Duero y Jaramiel modelaron las conocidas Mamblas de Tudela y Villabáñez. Son como la avanzadilla de una lengua de páramo que se extiende unos 40 km de largo hasta que el valle del Jaramiel, en sus fuentes, se acaba confundiendo con el mismo ras de la paramera. Pero mientras, podemos recorres sus laderas, vallejos, cantiles y, en general, el hermoso panorama que ha formado el padre Duero con la ayuda de este su aprendiz.

Salimos de Villabañez. Por fortuna, la iglesia estaba abierta. Como en tantos pueblos del Cerrato, cuando lo contemplas desde lejos, ves algo parecido a la gallina y sus polluelos: una inmensa iglesia en el centro y, alrededor, casas que levantan muy pocos metros. A veces le hace competencia un silo o una nave agrícola, lo que no ocurre -por el momento- en esta localidad. Pues bien, tras esta imagen y tras un sencillo pórtico realizado en piedra de Aldealbar, entramos en una verdadera catedral que impresiona por sus columnas y bóvedas, por su gran espacio. Tiene, además, un pozo bajo el coro y una curiosa escalera de caracol toda en madera para acceder a éste.

Curvas del Duero

Nos acercamos al borde del páramo subiendo por la carretera, que sigue por un barco, y contemplamos, desde arriba, Peñalba y el Duero. La iglesia de Peñalba también es inmensa, pero no queda casi nada del caserío. El río baja dando curvas y creando meandros. Sus aguas, que son las del Canal de Duero, convierten la dehesa de Peñalba, en la orilla de enfrente, en un tapiz verde a pesar de lo avanzado del verano.

Desde el cerral

Contemplando el paisaje descubrimos algo curioso que desde abajo, desde la senda de los Aragoneses, no es perceptible. Se trata de una inmensa corona de casi cien metros de radio, que se levanta a modo de flan muy aplastado o tapón de bebida refrescante, justo encima de los cortados. Resulta muy curiosa su horizontalidad, que contrasta llamativamente con la verticalidad de los cortados. Seguro que tiene una explicación geológica pero, aun así, tal vez tenga también una explicación histórica, en el sentido de que pudo ser la base para una construcción defensiva o pequeño castillo que protegiera el paso del Duero –aquí mismo hubo un importante puente, como atestiguan los restos- hacia el norte. Entre la Corona –que por ese nombre viene señalada en los mapas- y la ladera pasó precisamente la senda de los Aragoneses. Y como la Corona monta sobre los cortados, no tardará en irse derruyendo poco a poco. De hecho su lado sur ya ha empezado a caer. Por supuesto, hacemos el propósito de contemplar esta formación geológica más de cerca en una próxima excursión, por si algún indicio o vestigio nos ilustrara algo más.

Otra visión desde el borde del páramo

En cualquier caso, el panorama es como para quedarse un buen rato, contemplando los diferentes lugares de esta ancho valle, aunque esta vez la Corona ha absorbido gran parte de nuestra atención.

Ahora nos vamos por el camino de Raposeras a divisar Villabáñez y el valle del Jaramiel, sostenido por las Mamblas, desde un picón. Otro rato dedicado a la contemplación. Luego hacia el este, sobre el valle de Valdelamano y luego sobre Valdemate podemos contemplar la Cuesta Hermosa y a lo lejos, Villavaquerín y el Jaramiel. En los linderos abundan las endrinas y el espliego; la garduña y la berruguera entre los rastrojos. Como estamos a finales del verano podemos rodar a campo traviesa, buscando las mejores perspectivas, sin la limitación de los caminos que nos llevan por donde ellos quieren. ¡Viva la libertad!

Valle del Jaramiel

Al fin salimos a la carretera de Villavaquerín y la cruzamos para tomar, atravesando el páramo, el Camino a Castrillo, de excelente firme. Enseguida se transforma en una cañada de abundante pasto y con robles en hileras que la custodian. ¡Qué buen sitio para rodar! Al inicio de la bajada perdemos el camino pero no importa, por la rastrojera no se rueda mal y, en cualquier caso, nos permite contemplar el paisaje del Jaramiel con sus laderas de roble y encina a la vez que avanzamos. Como no hay camino, no hay que preocuparse por mantenerlo. Lo hacemos, lo vsmos creando. A pesar de todo acabamos tomando uno -sobre el que caen más tarde las altas laderas de las Atalayas- que nos deja en Castrillo Tejeriego.

Carrapiña

Damos aquí la vuelta y tomamos altura por la carretera de Piña hasta conectar con el camino que nos llevará por el valle de Carrapiña, que discurre abriendo una buena brecha en el páramo. Precisamente su ladera norte es llamativamente blanca, a causa del yeso y la cal, en vivo contraste con las matas de encina y roble que parecen subir por la empinada cuesta. En el fondo del valle las rastrojeras dejan al descubierto antiguos pozos. Pero no llegamos a salir por la puerta del valle, sino que ascendemos hasta casi lo más alto del páramo de Castro, entre el Carrapiña y el Jaramiel. Seguramente ahí hubo otra torre de vigilancia más o menos fortificada. Por una pista a medio ladera acabamos saliendo a la carretera que recorre el valle.

Las Lanchas

Y esa carretera atravesamos la Sinova y nos metemos a buscar el manantial de la Lanchas, que encontramos al pie de unos chopos, de los pocos que destacan en todo este valle. Y ahí está el manantial: goteando. Mana tan poca agua que el charco que produce de nuevo es engullido por la tierra.

Ahora subimos por la ladera sur hasta tomar el camino de la Puerta Suso y, cuesta abajo, llegamos a Villavaquerín por el camposanto. El resto será tomar el camino del Calzón que, por la orilla derecha del Jaramiel y contemplando las altas laderas del valle, nos dejará en Villabáñez. Hemos podido comprobar que el arroyo llevaba agua bastante clara y, en algunos puntos, nadaban los alevines. ¡Que siga así por muchos años! He aquí el recorrido.

De Valderas a la desembocadura del Cea

4 septiembre, 2018

El pasado invierno realizamos un recorrido por las riberas del Cea, desde Castrobol a Valderas. Quedamos en hacer el trayecto que nos quedaba hasta su desembocadura en el Esla, que es lo que ahora vamos a relatar, ya rodado.

Valderas está en León. Sólo con dar un breve paseo por sus calles nos dimos cuenta de lo que debió suponer esta localidad a largo de historia, y de manera particular entre los siglos XII y XVI. La casa de los Osorio, los torreones del castillo de Altafría, el antiguo Ayuntamiento o los arcos de entrada a la villa, nos hablan de todo ello, pero también las calles del casco antiguo y el panorama de dominación que se abre desde la cima del cerro en el que se asienta, lamido por el Cea.

Panorama desde Valderas

Nos dirigimos hacia el oeste, ya cuesta abajo, buscando la ribera del Cea y nos encontramos, inmediatamente antes del puente colgante de la carretera de Villafer, con un viejo molino o fábrica de harina abandonada. Debió de ser una auténtica industria por la amplitud de sus instalaciones y, sobre todo, por el número de ojos por los que salía el agua después de mover los ingenios.

Cruzamos el firme del viejo tren de vía estrecha (¡qué pena, por aquí todo es viejo!) y nos adentramos por un camino bien señalado en el mapa junto a las alamedas de la ribera hasta que nos fue imposible avanzar debido a que la maleza lo asfixiaba. Media vuelta; salimos a un campo de rastrojos, en ladera, por el que rodamos hasta dar con un camino despejado. Estábamos en las Casas del Pradico, ya en territorio vallisoletano de Roales.

No todo el trayecto se rodó por caminos

El avance por el Roto del Requero fue de lo mejor que nos pudo pasar en esta calurosa jornada, pues cruzamos una amplia alameda que nos protegió, durante unos cientos de metros, del duro sol del verano. A partir de aquí, los caminos nos ofrecieron un firme excelente, además de encontrarse totalmente expeditos.

Al cruzar por el término zamorano de San Miguel del Valle, nos acercamos al Cea para conocer el puente que une esa localidad con un molino y con la Zamorana. Se trata de un antiguo puente de tres ojos, alomado y por el que se prohíbe el paso debido a su mal estado. El molino fue también importante, pues tuvo cinco piedras y en dos al menos de los cárcavos había regolfos.

Arboleda en el Roto

Ahora ya continuamos nuestro trayecto casi sin parar entre las densas alamedas de la ribera, a nuestra derecha, que parecían una explosión por el color y reflejo plateados de las hojas, y las laderas del monte con algunas encinas a la izquierda. En ese lado apareció también, a lo lejos, Fuentes de Ropel y, cuando nos quisimos dar cuenta, habíamos llegado a Castrogonzalo.

¡Que gente tan agradable y hospitalaria los vecinos de esta localidad! Al llegar, preguntamos por la fuente. Una vecina de la Plaza Muelle nos dijo que no había pero, a renglón seguido, nos ofreció -sin posibilidad por nuestra parte de decir que no- una botella de dos litros de agua mineral que sacó de su nevera. Después, ya en las huertas del Cea, otro gundisalvino, nos llenó las mochilas de sus tomates. Excelentes. Así que gracias a ellos -y a los víveres que nosotros ya llevábamos, conste- pudimos comer muy a gusto y reponer fuerzas. ¡Muchas gracias de nuevo y desde aquí!

Por la desembocadura

Nos acercamos a la desembocadura del Cea en el Esla, que estaba llena de maleza. Aunque conseguimos llegar a ella y meternos en el río, la verdad es que no se apreciaba bien por lo inextricable de la selva. Hemos llegado tarde. Hemos llegado en un tiempo en que vivimos de espalda a nuestros ríos y es complicado contemplarlos de cerca. O puestos de pesca y paseos en las ciudades o esto. La Senda del Duero es una honrosa excepción pero, si te descuidas, también se pone intransitable.

Después de acercarnos también al Esla, ancho y majestuoso al pasar cerca de la casa de Piquillos, pusimos rumbo al molino de Fuentes de Ropel, en uno de los muchos lugares paradisíacos que nos ha preparado el Cea. El molino se encuentra en una isla, y aquí sitúan -dentro de la peculiar ruta de El Quijote en Sanabria– la invitación a las tiendas en aquella nueva y pastoril Arcadia, en la que don Quijote fuera honrado con mesas ricas y abundantes en un sitio que es uno de los más agradables de todos estos contornos, razón por la cual el Ingenioso Hidalgo comentó que entre los pecados mayores está el desagradecimiento. [Conste que nosotros pensamos lo mismo, más aun después de lo bien que nos trataron en Castrogonzalo, y siguiendo el consejo de don Quijote, ya lo hemos publicado en esta entrada porque quien dice y publica las buenas obras que recibe también las recompensara con otras, si pudiera…]

Bajo el puente de la manga

Además del molino, pudimos contemplar otro puente, romano para algunos, tan viejo como precioso, sobre una manga del río, manga que hubimos de atravesar por una zona seca con la bici a cuestas hasta que salimos a otro puente, el conocido como de la Zapatina.

Y como ya no estábamos para muchas más aventuras, tomamos la cañada Zamorana, recta y paralela al Cea en dirección noreste, por su ribera derecha. Al principio, era una pista ancha y de buen firme, pero se fue estrechando y convirtiendo en dos roderas llenas de maleza que a duras penas nos dejaba rodar. Las lagunas de la Vega estaban ya secas, y nos dio la impresión de que el pasto de la Vega -como tres o cuatro kilómetros cuadrados de pradera- se había desaprovechado este verano, pues no había ganado y la hierba alcanzaba más de un metro de altura. Por cierto, por aquí cruzamos hace seis años con la grata compañía de Goyo.

Molino

Pero al fin descubríamos la silueta del castillo -y otros edificios- de Valderas. Pasamos junto a la ermita de la Virgen del Otero sin fuerzas para acercarnos a ella. Sólo las tuvimos para pegarnos un baño reconfortante en las frescas aguas del Cea, junto al viejo puente.

Aquí tenéis el recorrido, de casi 47 km.