Tímida primavera en el páramo

11 mayo, 2017

Los agricultores ya lo han anunciado: este año no habrá cosecha en Valladolid y Palencia debido a la persistente sequía. En esta excursión lo hemos comprobado: uno de los terrenos más frescos y suaves de ambas provincias –el páramo de los Torozos- se encuentra en una situación desoladora. Las plantas de cebada ya han empezado a espigar, a pesar de que no levantan –no pueden- más allá de palmo y medio. El trigo todavía no ha espigado, es más tardío, y todavía podría salvarse –al menos aquí- si llueve pronto y en abundancia.

A la salida de Corcos

En los perdidos la situación era similar. Ninguna mala hierba levantaba más de un palmo. Las amapolas y otras flores se pueden contar –nada de innumerables- en esta primavera de finales de abril y comienzos de mayo; solamente una parcela sin sembrar se había pintado de amarillo gracias al humilde picapollos. O sea, daba pena ver el campo, como nos dijo un agricultor con el que charlamos un momento. Sólo las zonas de regadío se habían salvado… de momento, pues también acabarán cortando el agua en muchas debido al estado de los pantanos. Tal vez la ventaja de todo esto sea que este año las espiguillas y cardillos no nos invadirán los calcetines y zapatillas y, por tanto, no vamos a notar esa persistente molestia en nuestros próximos paseos. Bueno, ya veremos.

Cebada junto al chozo del Cura

A pesar de todo, muchos campos de cebada y trigo estaban esplendorosos, con esas tonalidades variadas que tiene el color verde según los distintos tipos y momentos del cereal. Los robles se encontraban echando la hoja y muchos espinos albares, vestidos de blanco, en plena floración.  El monte tenía el suelo seco o sin hierba y los perdidos, con un color entre gris y verde oscuro, como devastado por la sequía. Sólo los aerogeneradores florecían con sus tres pétalos blancos de gigante y en continuo movimiento, pues soplaba un fuerte airón.

Robles en el sembrado de cereal

El trayecto lo hicimos por el antiguo camino de que va de Corcos a Valoria del Alcor y Ampudia. Sale detrás de la iglesia, donde acaban de poner indicadores de diferentes rutas a los caminantes. Dos cruceros descansan junto a la pared de la iglesia y un pozo tradicional aún no ha sido clausurado. Dejamos un a un lado el palomar y al otro el antiguo cementerio y ascendemos suavemente entre campos de labor hasta que damos con los primeros retazos de monte. Ya en el páramo vemos los corrales y chozo del Cura, en situación lamentable.

Otro roble

El camino va desapareciendo hasta que efectivamente lo hace en la raya de Palencia. Antaño se dividía por aquí en dos ramales: uno a Valoria y el otro a Ampudia. Malamente seguimos por donde fue el segundo hasta que, después de dos kilómetros a campo traviesa por un suelo duro por la sequía, nos encontramos con una buena pista que ahora sirve a los gigantescos aerogeneradores. Seguimos un poco más sin llegar a bajar a Ampudia. Durante todo este trayecto hemos disfrutado contemplando los viejos y enormes robles que aún quedan en Torozos. Esperemos que por muchos años.

Volvemos atravesando un intrincado monte mixto en el que predominan dos especies de reforestación (arizónicas  y pinos de Alepo) pero en el que también hay robles, encinas y almendros. Antaño debió ser zona de viñas a juzgar por la abundancia de piedras calizas del páramo, de buen porte, que bien pudieron servir de muro en las diferentes parcelas. Esta densa vegetación protege muy bien del viento en contra, como era el caso.

Contrastes

Al salir del bosque, nos acompañó una línea de chopos, álamos y olmos arbustivos, como si señalaran una corriente subterránea, precisamente hasta que nos introdujimos de nuevo en otro bosque, éste más autóctono, de encina y roble. A todo esto, los molinillos seguían, altivos, dominando el paisaje.

Por fin llegamos a la divisoria provincial, señalada por el camino de Villalba a Corcos, pasamos por el caserío de La Barranca y, tras culebrear un poco por el monte del Borbollón, caímos en Corcos, de donde habíamos salido. Corto –casi 30 km- y atractivo paseo en un día que fue especialmente agradable porque habían anunciado (?) lluvia abundante, y no se presentó, como en toda esta tímida primavera.

Aquel refugio pastoril de los Torozos…

9 mayo, 2017

En algunas de nuestras excursiones por los montes Torozos en Mucientes, hemos pasado por una curiosa construcción pastoril que, además de contar con los corrales  normales que encontramos en todos los páramos de nuestra provincia, tenía también un refugio pastoril, excavado en la tierra a modo de cueva artificial, recordando un poco las tudas zamoranas.

Pues bien, rodando hace unos días por internet, nos hemos encontrado en  el número 13 de la interesante revista Estudios de Patrimonio Cultural con un artículo sobre este complejo pastoril que lleva por título El chozo de Gaspar, pues por este nombre es conocido en Mucientes, término en el que se localiza.

Vaya por delante que la revista citada nos parece interesantísima porque recoge artículos relativos a la cultura tradicional y popular, y bastantes de ellos tratan temas de nuestra provincia.

No decimos nada más: aquí se puede leer el artículo y aquí la excursión en la que nos lo encontramos; únicamente mencionamos por nuestra parte que no creemos que esté ligado a las cañadas de merinas y a la trashumancia, sino a la ganadería ovina local. Pero de esto hablaremos en otro momento.

Enhorabuena al autor del artículo –José Luis Ascensión Gómez Blanco- y a los editores.

 

Una ruta visigoda

30 abril, 2017

No son muy abundantes los restos visigodos en nuestra provincia. Bien porque el poblamiento fue escaso o bien porque aún no se ha estudiado lo suficiente, lo cierto es que son mucho más escasos que los vestigios romanos y –no digamos- la presencia medieval. También, porque los hispanogodos convivieron con los hispanorromanos, y cuando se habla de tardorromano, nos estamos introduciendo en la época medieval visigoda.

Pero ahí están localidades con importantes restos, incluso documentales, como San Román de Hornija y Wamba, asociadas respectivamente a dos reyes godos: si en la primera reposan los restos del rey godo Chindasvinto, en la segunda murió Recesvinto y fue ungido el propio Wamba. Otra ciudad importante en esa época fue Simancas, en la que también se han encontrado importantes restos visigodos pues, de alguna forma, sería la capital de la comarca, como ya lo fue en época romana. Era, seguramente, la retaguardia de Toro, avanzadilla a su vez en las guerras contra los suevos.

Paisaje de San Román

Por otra parte, en esa época da la impresión de que lo que hoy es provincia de Valladolid no estuvo excesivamente poblada. Las sedes episcopales más cercanas eran Segovia y Palencia, sufragáneas de Toledo; Salamanca y Ávila, que dependían de Mérida, y Astorga, de Braga. En medio, en los límites de Palencia, estaba lo que hoy es Valladolid, y Simancas sobresalía en ese desierto relativo. Seguramente el Cerrato y buena parte de Torozos pertenecieron a Palencia (precisamente de obispo arriano y visigodo) y Gérticos –antigua Wamba- se situaba en la diócesis de Salamanca…

En Castroverde de Cerrato

Parece como si los visigodos hubieran elegido la comarca del Cerrato para establecerse, pues se han encontrado importantes necrópolis en los términos de Piña, Amusquillo, Castroverde, Castrillo-Tejeriego y Villabáñez, lo que quiere decir que cerca hubo poblaciones visigodas. Además, en el Cerrato palentino tenemos uno de los monumentos visigodos más importantes de España, nada menos que la basílica de San Juan de Baños (y la cripta de San Antolín ya en la ciudad de Palencia).

Lugar -entre Villabáñez y Tudela- donde se descubrió un yacimiento visigótico

También se han descubierto enterramientos en Alcazarén –localidad de cierta importancia conquistada por los árabes al llegar a la península-, Cogeces de Íscar, Padilla de Duero y Medina de Rioseco.  Y hemos de resaltar la necrópolis cercana a Herrera de Duero en la Granja Conchita, donde existen sepulturas superpuestas, lo que indica su uso durante un periodo continuado de tiempo.

Fuente en Wamba

Poco más podemos decir, si bien se han encontrado restos aislados en algunas otras poblaciones como Pollos o Tudela de Duero. Pero si hiciéramos una excursión desde Castroverde hasta San Román de Hornija siguiendo el Esgueva y luego el Duero, bien podríamos hablar de una ruta visigoda en Valladolid.

Restos de Chindasvinto y su esposa, en la iglesia de San Román

Pabellón de reposo

24 abril, 2017

Una rotura de fibras en el gemelo te impide moverte con normalidad. Además, debes guardar reposo casi completo durante los primeros cinco días para que la herida (interna) vaya cicatrizando, como cualquier otra. Así que no queda más remedio que tranquilidad y paciencia: contemplar el paisaje exterior desde la ventana, ver cómo se suceden los amaneceres y atardeceres y pensar que tú eres un elemento más que sigue –y contempla- el ritmo de la naturaleza. Como esa grúa que lleva diez años en un almacén de andamios gracias a la crisis económica, viendo salir y ponerse el sol y moviéndose lo justo para formar a parados. Menos mal que las roturas fibrilares no duran lo que una crisis.

Poco más podemos hacer, salvo meditar y leer, leer novelas y libros de tesis, que los de consulta se trabajan en tiempos normales.

Mucho me ha llamado la atención En lugar seguro, del novelista norteamericano Wallace Stegner, nacido y fallecido el siglo pasado. En estos tiempos difíciles en que el individualismo está ganando la batalla a la solidaridad y a la generosidad, es un bellísimo canto a la amistad. A lo largo de sus 378 páginas desarrolla una idea por desgracia original hoy día, pero auténtica y feliz: La generosidad tal vez sea el mayor de los placeres que existen. Asombroso. Merece la pena.

Camille, de Pierre Lemaitre, es una novela negra de este siglo que cumple brillantemente su función a lo largo de las 312 páginas: olvidarte de tu lesión y pasar un buen rato absorbido por un mundo de suspense en el que, al final, van a ganar los malos… o no.

La tercera novela ha sido Animal acorralado, del polifacético novelista inglés Geofrey Household, también nacido y fallecido el siglo pasado. Muy curiosa y original. Narra, con un agradable lenguaje no exento de humor inglés, las aventuras –y terribles desventuras- de un flemático gentleman a causa de su tentativa de tiranicidio ¡deportivo! Te acabas haciendo amigo del protagonista.

A saltos he leído una breve Historia de la España islámica de Montgomery Watt. Completa, sintética, clara… ¿qué más se puede pedir a un librito de 250 páginas? La primera edición es de 1965 y no ha pasado de moda, al menos en lo esencial. Me ha servido para situarme en algo que no estudiamos despacio en el bachiller, pues para aquellos años de la Reconquista se explicaban los reinos cristianos con relativo detalle, pero no los musulmanes. La verdad es que me ha animado a ello el leer, hace un año, la Historia de los mozárabes de España, de F.J. Simonet, libro escrito a finales del siglo XIX y que cayó en mi ordenador descargado en PDF de la red; éste nos da la clave de la reconquista y también del por qué Europa será –probablemente- musulmana dentro de unas cuantas decenas de años.

Otros libros iniciados: SPQR. Una historia de la antigua Roma, de Mary Beard, premiada con el Princesa de Asturias; no me ha gustado: demasiados comentarios que –en mi opinión- poco aportan, y Un veterinario en apuros, de James Herriot –otro autor del s. XX-, que me está pareciendo delicioso y divertido.

Y el sol seguía saliendo todos los días tras de la grúa…

Excursión (fallida) de Gatón de Campos a Boadilla de Rioseco

17 abril, 2017

Pensamos  esta vez en dar un paseo por Tierra de Campos: abril acababa de empezar, no llovía y, si había un momento especialmente bueno para pasear por estos campos siempre atractivos, sin duda era éste. De manera que nos fuimos en coche hasta Gatón y desde allí nos dirigiríamos hasta Boadilla de Rioseco, pues hacía tiempo que no rodábamos por el límite con Palencia.

Así se planteó la jornada. Y lo primero que pudimos comprobar es que los campos estaban muy secos para la época. El cereal, en muchas zonas, mostraba unas calvas de mayor extensión que el propio sembrado donde, además, las plantas no levantaban un palmo y empezaban a ponerse mustias. ¡Menudo panorama se nos presenta, sobre todo a los agricultores!

Así estaba Campos…

Gatón, de nombre simpático, es pequeño y hermoso, con esa hermosura de las cosas sencillas y humildes. Tapiales, casas de barro, algunas incluso de piedra, muy originales. Y el Sequillo bordeándolo. Decidimos seguir la ruta por la orilla derecha de este río, que no mostraba camino pero se veía despejada de maleza y con hierba rala. El cauce es ancho y no hay un punto en el que no crezcan espadañas, ahora de un amarillo pajizo bastante feo. Pero a nuestra izquierda se extiende un gran prado todavía verde que contrasta grandemente con el cauce seco.

Restos del puente del ferrocarril

Nos cruzamos con la vía de un antiguo tren de vía estrecha: sobre el Sequillo se mantienen aún en pie las pilastras de piedra que sostuvieron el puente. No deja de ser curioso este paisaje del que parece que la civilización se ha ido retirando. Y ahora seguimos por el firme del ferrocarril hasta Villafrades, donde paramos un momento para beber agua de su viejo pozo que –esta vez sí- han sabido conservar.

Palomares

Salimos del pueblo por la carretera y la dejamos justo donde dos palomares bien conservados siguen ejerciendo su función, o eso parece. Ahora el paisaje cambia y los campos son alomados, con subidas y bajadas continuas. Pasamos por las fuentes de la Loma y las Tocinas, que surgen como de repente en medio del campo. Tal vez antaño, cuando se usaban, tuvieron su arca, pero ahora no. Al menos manan agua. Las avutardas -qué bien se dejan ver en esta época- se levantaban especialmente majestuosas.

Llegamos a El Muerto, una auténtica asomada sobre esta inmensa tierra desde la que podemos ver el ancho valle del Sequillo con sus pueblos y más allá, así como el extenso territorio hacia el este, donde distinguimos algunas torres de iglesias. Y sin bruma la vista hubiera alcanzado mucho más.

En El Muerto

Ahora bajamos hacia la fuente de los Arenales, perfectamente señalada en la lejanía por tres árboles, uno de ellos ya cubierto de hojas. Dejamos las bicis en el camino y justo al apoyar el pie dentro de la cuneta, ¡zas! siento una fortísima y dolorosa pedrada sobre la pantorrilla de la pierna derecha. Miro hacia atrás y nada ¿quién ha sido? En el suelo tampoco veo nada que haya funcionado como contrapalanca… Y aquí termina la excursión, al menos para mí. Rotura fibrilar de gemelo. Estaré varios días inmovilizado.

Fuente de los Arenales

Llegamos a Herrín de Campos, Javier empujándome un poco y yo pedaleando con la pierna izquierda. Comemos, Javier vuelve a por el coche y yo me quedo en el bar tomando un café y comentando la jugada con quien lo lleva, que me invita a un chupito de orujo para sobrellevar mejor la situación. Ya de vuelta, pasamos por el Centro Médico de Villalón donde me vendan la pantorrilla. El resto del fin de semana, a reposar, leer y escribir. Semana Santa tranquila. Gajes del oficio. Boadilla puede esperar.

San Miguel del Pino

11 abril, 2017

San Miguel del Pino es uno de las muchas localidades vallisoletanas hermoseadas por el Duero, que aquí se ensancha formando un verdadero lago de aguas tranquilas. Ello es debido al azud que formó parte de unas potentes aceñas, de las que aún podemos contemplar dos grandes espigones que se levantan sobre la horizontalidad de la superficie del Duero-lago.

Por aquí pasa la Senda del Duero, pegadita al río e ideal para dar un paseo entre el agua y la tierra, saboreando todo el color de las riberas –según la estación que toque-, y del agua que, como si fuera la del mar, refleja cualquier aspecto o tonalidad del cielo. Viniendo desde Villamarciel la ribera es un denso pinar que se asoma al río como queriéndolo saltar; siguiendo aguas abajo se convierte en una franja de carrizos y algún sauce, entre las aguas y tierra cultivada y luego sigue siendo una franja, pero con las fincas y casas del pueblo como límite. Vemos cien puestos de pesca que empujan al sufrido pescador sobre el río para hacerle más fáciles y llevaderas las capturas. Pero ni por esas…

Junto a las ruinas de las aceñas vemos también las ruinas de la casa, cuadras y almacén del aceñero o molinero y una fuente de la que ya no brota agua, si bien el manantial, por debajo de ella, está activo y descarga en el río como si la peña fuera un gigante que suda a causa de elevados calores. Si seguimos aguas abajo, al faltar el sostén del azud, el río reduce sus dimensiones y se mueve, natural, en rabiones. La ribera queda despejada donde antes había agua y aparecen arenales y praderas entre los que crecen chopos, álamos y sauces. Ni el recial ni los arenales duran mucho, pues al acercarse a la Peña vuelve a tranquilizarse por efecto de la desdentada pesquera. También, entre el camino y la ribera, abundan las encinas y algunos raquíticos negrillos.

Ya hemos contado lo mejor del término. Pero hay una joya, también cerca del río, digna de contemplarse por su originalidad: es la iglesia de San Miguel, de principios del siglo XIII, románica de transición, con planta de cruz griega, tres naves y una torre. La fachada occidental posee una portada apuntada con tres arcosolios a cada lado. Todo el conjunto tiene cierto aire militar, recordando un castillo, lo que cuadra con su historia, pues perteneció a la Orden de San Juan de Jerusalén. Por cierto, el primer nombre con que se cita esta localidad es el de San Miguel de Malvavisco. Antes, hubo una villa romana que se sitúa en la salida hacia Villamarciel.

Ya puestos, podemos dar un paseo por el pueblo para ver el arco del Ayuntamiento, tres grandes piedras molenderas de la aceña y la ermita del Cristo, todo en la misma plaza. Junto a una de las casas veremos esculturas de marcado buen gusto; tal vez viva ahí un escultor…  o un amante del arte.

Y vista la ribera y el pueblo nada nos impide dar otro paseo siguiendo el trazado del antiguo Canal de Tordesillas, que también atraviesa el término paralelo al río por el extremo norte. Vemos que aquí el paisaje cambia un poco, pues la planicie se ve limitada por una empinada cuesta con desnivel de unos 20 metros, aprovechada por montes de encina. En un pequeño vallejo de la ladera los vecinos de San Miguel tienen –o, por mejor decir, tuvieron- sus bodegas, bien excavadas en peña de color naranja. Además de criar vino, era donde se refugiaban cuando el Duero dejaba de hermosear el paisaje para salirse de madre.

El término se completa con una pequeña mancha de pinar al oeste y otra más grande al este, en las que hay buenos ejemplares de piñonero y algunas encinas. También, al norte, hubo una pradera destinada a pastos donde aún podemos ver un viejo complejo para marcar y embarcar ganado. El resto es, casi todo, una amplia llanura destinada a cultivo de regadío gracias al canal de Tordesillas. El límite municipal llega hasta la autovía, antes cañada real y mucho antes calzada romana que unía Simancas con Albocella, seguramente donde hoy se levanta Toro.

Junto a todo este hermoso paisaje hay un punto negro: un vertedero situado por encima de la cuesta de las bodegas, del que no conozco su origen ni por qué se ha permitido, pero que ahora se debería restituir a su aspecto original de monte y viñedo. En todo caso, mejor es no subir hasta arriba de la cuesta para no tener que ver aquello.