Caminos, campos y puertas

11 agosto, 2018

Hace no mucho dimos un paseo por los términos de La Parrilla, Santibáñez y Traspinedo. Poco después volví por La Parrilla, y pude comprobar cómo bastantes caminos que atravesaban este término han desaparecido o están a punto de desaparecer. Y este año es especial para ello, pues al no utilizarse apenas, se añade el hecho de que se han cubierto de hierba y maleza por la abundancia de lluvias durante la pasada primavera.

Así, la subida a La Parrilla por el camino de Aldeamayor desde Casa Blanca supuso una verdadera lucha contra los elementos. Ya nadie utiliza ese camino y las altas hierbas se han adueñado de él. Algo parecido ocurre con otros muchos de los caminos que, abriéndose en abanico desde el municipio toman dirección este, hacia Traspinedo. Al principio son anchos y de buen firme pero conforme avanzan comprobamos que se utilizan mucho menos, hasta el punto que desaparecen por completo. Eso sí, se esfuman en lugares tan perdidos como hermosos, donde la tierras están delimitadas por grandes ejemplares de encina y roble. Además, abundan los corrales, las hoyas, y lo pozos abandonados, de corte tradicional -construidos más en piedra que en ladrillo- y antaño utilizados para regadío ¿de remolacha? La tierra, como en tantos páramos, toma un fuerte color rojizo.

Desaparecieron los caminos, pero a veces quedan las puertas en esos mismos caminos, o las tapias de piedra caliza que también perdieron su función. Por eso, vemos curiosas puertas en el campo, como esa que se abre hacia el monte Bayón

En fin, dentro de poco solamente quedará los nombres en los mapas: camino de la Carbonerilla, del Hoyo, de las Higueras, de Pozanos… Pero lo cierto es que este páramo es un lugar perfecto para pasear solitario y perdido, si te orientas bien, claro, y aguantas las muchas y molestas espigas que se te quedarán prendidas en los calcetines, sobre todo en verano.

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Escapada al oeste: entre el Tormes y el Sayago

4 agosto, 2018

Cambio de aires, cambio de paisajes, cambio de sendas para rodar.

Ledesma es una localidad de la provincia de Salamanca bañada por el Tormes. Su paisaje está esculpido por la Naturaleza y por los hombres, por hombres de siglos pasados, sobre todo, por lo que el resultado es un lugar ideal para vivir y pasear. El Tormes esculpió en granito su desfiladero, así como la atalaya sobre la que se asienta la misma Ledesma. Los hombres construyeron una torre encima e la atalaya -la iglesia de Santa María- dos puentes de una belleza aérea inusual y dos molinos que remansan las aguas del viejo río. ¿Resultado? ¡Ledesma!

El puente Mocho, en la rivera de Cañedo (Y es que en este mar de encinas castellano/los siglos resbalaron con sosiego -M. de Unamuno- y por eso mantuvieron estos puentes la existencia)

Pero ahí no nos íbamos a quedar, de manera que nos lanzamos a rodar por el trazado de lo que fue una calzada romana, luego camino y cañada medieval. Al parecer, unió las ciudades de Miróbriga y Ocelo Duri. La calzada atraviesa un agreste monte de encinas, con grandes piedras graníticas a flor de piel y no mucho pasto, pues la arena silícea es pobre en nutrientes y no mantiene la humedad.

De repente, caemos hacia la rivera de Cañedo, que el camino salva mediante un espectacular puente, el puente Mocho. Al igual que la calzada, su existencia es un misterio. No se sabe la quién lo construyó, ni la fecha, ni el por qué de su nombre (¿tal vez estuvo mucho tiempo mocho, sin pretiles?) ni qué servicio daba exactamente… Pero no es normal encontrarse con un puente así, construido por auténticos ingenieros, en un lugar tan perdido y desolado. Perdido hoy, claro. Lo cruzamos en silencio y admiración, asombrados de su misma existencia y, cuesta arriba, seguimos nuestro camino.

En la dehesa

De nuevo entre encinas, abriendo y cerrando portillos, pues el camino sigue abierto pero hay ganado suelto que debe protegerse. El primer ganado con el que nos encontramos, en Valdelasviñas (de viñas, nada), es una alegre piara de cerdos, que primero se espantan al vernos pero luego acuden a ver si cae algo.

A partir de ahora, hasta llegar a nuestro destino en Santiz, vamos a abrir y cerrar un montón de cancelas ganaderas en medio de los caminos y veredas de estos campos. Portillos de todos los tipos y con los sistemas de cierre más variados y originales que uno puede imaginarse. Pero no los vamos a describir aquí, pues no nos dedicaríamos a otra cosa. Otra peculiaridad repetida son las charcas en las que se almacena el agua destinada a abrevar al ganado. Suponemos que muchas de ellas con tencas, pero no lo comprobamos.

Fuente de Valcuevo, en Moraleja

Por fin, salimos a campo abierto en el que pasta ganado, esta vez vacuno, que nos contempla con su natural curiosidad y, al poco, estamos en el caserío de La Samasa, en un pequeño valle. Un poco más de campo adehesado, pastizales y monte y nos presentamos en Moraleja de Sayago. Si algo hemos de destacar aquí son sus fuentes, de las denominadas romanas, construidas en bóveda con grandes bloques de granito. Si nadie las toca, creo que van a aguantar hasta el fin del mundo, por mucho que quede aun.

Y otra vez a rodar entre ganado vacuno y, también, cabrío. Vamos elevados sobre la rivera de Moraleja, lo que nos permite ver en toda su profundidad y anchura el valle del mismo nombre. Grandes encinas aisladas, cada una podada de manera diferente, pero siempre con arte, también nos acompañan en nuestro rodar hasta que nos introducimos en un monte de encina especialmente denso; en algún momento la maleza pretende pararnos pero no lo consigue.

El castillo

Después de cruzar entre un rebaño de vacas y toros bravos -o eso nos pareció- nos damos de frente con el caserío de Asmesnal, otra joya escondida entre los pliegues del Sayago. Una torre del homenaje con un arco en su cima más los restos humillados ante ella de cuatro cubos es lo que queda de este castillo del siglo XV, testigo mudo de las viejas luchas con Portugal. Otro misterio, éste del Sayago. Posee también una iglesia y varias casas, una destaca entre todas por su esbeltez y blancura. Precioso lugar para vivir olvidado del mundanal ruido.

A Santiz llegamos en un santiamén y, como estamos ya un poco cansados aprovechamos para reponer fuerzas en la fuente Tejar, que posee -además de agua fresca-, mesas para almorzar, pradera para sestear y árboles que dan sombra. Y como estamos en agosto…

Alcornoque Gordo

Ya descansados, nos acercamos a saludar al Alcornoque Gordo de la Calahorra. Apoya sus seiscientos años de vida en grandes jincones de granito (colocados allá por los años 60 del siglo pasado) complementados por soportes de hierro más modernos. Y, desde luego, impresiona contemplar de cerca este tronco hueco con tantas primaveras en sus ramas.

Y ya que estamos aquí, ¿por qué no subir al mágico y telúrico Teso Santo? No sabríamos decir la razón de su magia y misterio, pero en tiempos prehistóricos fue un lugar sagrado, luego un importante cruce de caminos y hoy, casi da vergüenza decirlo, hoy, ¡un parque eólico! Pues sí, a eso jugamos en CyL, a destrozar paisajes a cambio de mordidas y a despoblar la región. Pero aquí no hablaremos de esto ni de las mil formas que existen de cerrar un portillo ganadero. En cualquier caso, ya me gustaría leer las meditaciones de Unamuno después de contemplar un molinillo de estos junto a una encina centenaria.

Charca ganadera

Después de admirar la inmensidad de los campos por los que hemos atravesado con el valle del Tormes al fondo, iniciamos la vuelta con la bajada del Teso. Por cierto, aquí no sólo abundan las encinas, también vemos alcornoques, pinos y robles de montaña, pues estamos en un lugar un tanto elevado.

La vuelta ya no es tan rica y paisajes como la ida. Atravesamos más campo abierto que dehesas. Pasamos por Palacios del Arzobispo, donde comimos las moras del moral de la plaza, y nos manchamos bien, como siempre que tocamos moras. De ahí fuimos hasta la fuente de Navalacuesta, donde un rebaño de ovejas -sin perro ni pastor- sesteaba a pleno sol, y de ahí a Añover de Tormes, a pesar de que este río se encuentra a más de 8 km.

Encinas

Nos quedaba aun cruzar por montes perdidos de encina y granito, cruzar de nuevo la rivera de Cañedo, saltar dos vallas en las dehesas -no dimos con las puertas- y caer en el cordel de merinas que nos conduciría ya en línea recta y sin sorpresas hasta Ledesma. Junto al molino, baño en el Tormes, para refresco y relajo de excursionistas, después de más de 60 adehesados kilómetros: el trayecto, aquí.

Al pico del Arenal desde Cogeces del Monte

28 julio, 2018

Se trata de una excursión por los páramos y valles de Campaspero y Peñafiel. Planicie casi perfecta encima de la capa caliza, y vallejos modelados por la acción del agua y del tiempo. La excursión no era más que dar una vuelta, sin rumbo fijo, pasando por Oreja, Langayo y poco más. Pero al llegar al pico o vértice geodésico del Brujo vimos a lo lejos dos mogotes, picos o tetones que sobresalían de la rasante de la paramera. Eran el pico del Arenal y el del Otero, cual dos hermanos bien avenidos.

Ahí tenemos que subir otro día, dijo uno

¿por qué no hoy?, contestó otro. Y allá que fuimos.

Iglesia de Molpeceres

Se levantan a 905 y 903 m de altura, encima de Molpeceres y sobre el arroyo que viene de Fompedraza, frente al pico del Moño, del que los separa un tajo de 100 m de profundidad. Es un buen lugar para observar el entramado de páramos, cerros y picos que se yergue sobre el Duero, el Duratón y sus arroyos. O para observar los buitres que anidan y descansan en sus verticales paredes de caliza. Abajo, Molpeceres con su hermosa iglesia, parece dormir la noche de los tiempos. O del tiempo contemporáneo, mejor dicho.

A este pico llegamos desde Fompedraza. El último tramo estaba impracticable debido a que los cardos, con las abundantes lluvias de primavera y las tormentas de verano se han crecido, y no respetan ni al ciclista -pinchos en los puños- ni a su burra, pues llegan a hacer resbalar la cadena sobre los piñones, al meterse por medio. La bajada -en directo hasta la iglesia de Molpeceres- fue casi vertical. Pero puede decirse que nos fue parando la maleza para no desplomarnos por el tremendo cantil. O casi.

Cantiles de los buitres bajo el pico del Arenal

¿Qué más? Pues que para estar a 21 de julio hacía un agradable día. Nada de calor. Brisa fresquita en los páramos. En el valle, si te parabas, notabas también fresco al cabo de un rato. Sol al comenzar; se acabó cubriendo a media excursión. Pues eso: nos pareció una agradable jornada de finales de abril.

Salimos de Cogeces en dirección sur buscando la mítica cañada de la Yunta. La acabamos encontrando después de cruzar campos en los que se cosechaba bien cebada, bien ajo. Y nos llevó hasta los restos de Oreja que se encontraban como en los últimos 40 años pero llenos de maleza. Las piedras de los muros están unidas como por un cemento especial que las hace mantenerse si los humanos no actúan para llevárselas como ocurrió, por ejemplo, no muy lejos de aquí con la Pared del Castro. También nos acercamos a la fuente de Oreja, que manaba como pocas veces, en un valle que parecía haberse olvidado de entrar en la estación veraniega.

Oreja

De nuevo a rodar, esta vez cuesta abajo, hasta la fuente de Vacentollo, entre el camino y un campo de cereal bien cuajado. Bella estampa en otro húmedo vallejo.

Otro poco más y llegamos a Langayo. Parada en la fuente de tres caños y en el humilladero del Cristo y salida, cuesta arriba, hasta los corrales del Brujo, ya arriba. Y de nuevo ante la amplitud del cielo. Nos acercamos al vértice del Brujo para contemplar mejor el paisaje. Retomamos por unos metros la cañada de la Yunta y nos desviamos hasta el embalse de Valdemudarra.

Embalse

Sus aguas estaban de ese color entre verde y azul que tanto contrasta con las tierras pardas y amarillentas del páramo. Dulcifican el paisaje austero -y más en verano- de Castilla. Por eso, es un descanso para la vista. Pero no hacía calor, ya lo hemos adelantado, y a pesar del ejercicio ciclista, no apetecía el baño. En la superficie saltaban las carpas y nadaban -con sus crías- fochas y patos de diferentes especies. En lo más alto, un águila real parecía vigilarlo todo.

Bajamos por el valle del embalse hasta un crucero donde tomamos la colada de Pajares en dirección sur, con una breve parada en los majuelos de la Asperilla para visitar los restos de una cuca casita de servicio que todavía conserva en sus paredes los resultados de algunas vendimias de mediados del siglo pasado con simpáticos dibujos.

Aquí podemos ver los resultados de la vendimia de 1953 en la Asperilla: mayoral, Rufo; mulero, Fernando; 9 vendimiadores; se extendió del 8 al 16 de octubre, con un día de lluvia (el 9), y se recogieron 244 comportas.

En Aldeayuso, como siempre, no dejó de llamarnos la atención el pico en forma de cuchilla que se dirige hacia el pueblo y que alberga las cuevas… pero no subimos. Nos conformamos con acercarnos a ver los restos de la vieja iglesia, construida en el siglo XVIII. Su nave está cubierta de maleza y sólo resta por caer la bóveda de la cabecera. Pero en las calles del pueblo se celebrarán, a primeros de agosto, las fiestas de los santos Justo y Pasto, titulares que fueron de lo que hoy es ruina. Es lo que queda de tiempos pasados. No le demos más vueltas.

En el Arenal

Al lado, la sencilla y hermosa iglesia de Molpeceres dedicada a la Asunción, libra una pelea a muerte con el tiempo y los hombres de nuestro siglo. Situada en un lugar inmejorable, junto a una umbría alameda y a los pies del pico de los Arenales, su entorno se ha llenado de maleza y con dificultad subimos las escaleras para acercamos a la puerta y al ábside románico. Otros detalles son góticos y la sólida torre, de dos cuerpos, completa el conjunto. Lo pasó mucho peor a finales del siglo pasado, cuando perdió toda su techumbre y fue reconstruida. Esperemos que termine por salir airosa de su personal crisis.

De Molpeceres subimos al páramo por el Camino Real Viejo, y nos encontramos con el vergel de la fuente del Cáliz, que en realidad son dos fuentes con sus manantiales respectivos, uno a cada lado del camino. Ya casi en el páramo, descubrimos otro manantial. Ya se ve que este año han surgido muchos de los antiguos hontanares.

En Fompedraza

En Fompedraza, además de visitar su iglesia, paramos en su fuente, extensa como pocas por sus amplios lavaderos. De aquí nos fuimos al pico del Arenal, como hemos visto y en Molpeceres pusimos rumbo al fin de la etapa de donde también habíamos salido. No pudimos volver en línea recta, de manera que dibujamos un zigzag en la cuadrícula de caminos de concentración, hasta que caímos en Cogeces por el barrio de las bodegas.

Aquí podéis ver el recorrido, de 65 km.

Lagunas de La Parrilla y de Santibáñez

20 julio, 2018

Esta vez se trataba de comprobar si tenían agua dos charcas o lagunas, la primera en el término de La Parrilla y la segunda en el de Santibáñez de Valcorba.

Como primera medida, subimos al páramo de La Parrilla desde Tudela siguiendo el camino de Valdecarros: las laderas hermoseaban con un verde del que se aprovechaban los toros bravos de Taru. Al llegar a la curva donde la subida se hace más fuerte, pudimos comprobar que el agua caída en los últimos meses había provocado unas roderas –por llamarlas de alguna manera- de más de medio metro de profundidad, o sea, verdaderas zanjas. Por tanto, el camino estaba impracticable. Pero no importa, las ganas de subir eran más grandes todavía que los socavones.

Hacia Valdecarros

Ya arriba, nos asomamos al territorio del caserío de Tovilla: hasta parecía más grande ese pequeño azud de color verdeazulado que se alimenta del manantial de la fuente de Arriba. Las flores: salvia, marrubio, margaritas, linos, gordolobos, amapolas… estaban en todo su esplendor, a pesar de haber entrado julio. O tal vez se deba a que mayo lluvioso y junio tormentoso, hacen un julio florido y hermoso

Una buena nueva: ¡han arreglado el chozo del corral del Quiñón! Se trata de un chozo de planta circular y cuerpo de cubo, cerrado con una caperuza ancha, en forma de cono. Está en el límite del monte, junto a tierras de labor. En su corral, junto a la tapia, surge una encina. Hermoso conjunto.

El Quiñón

Nos dirigimos hacia La Parrilla y, al llegar a la carretera, tomamos el camino de la Carbonerilla. Segunda sorpresa: los restos de la casa de Cosme Noriega. De la casa nada queda, por lo menos a simple vista, pero posee un enorme corral con tapias y esquinas de cantería, todo abandonado entre el pinar y los campos de cultivo. Y al llegar a este punto el camino que llevábamos desaparece asfixiado por la alta hierba. No nos atrevemos a seguirlo y giramos por el corral introduciéndonos en el pinar. A pesar de tratarse de un humilde monte, resulta que a veces se cierra con encinas y pinos enormes que nos protegen en un ambiente umbroso y de cierto frescor. Pero seguimos rodando hasta la siguiente sorpresa del día.

Los corrales de la casa de Cosme

Después de pasar junto a los restos de un viejo pozo -todavía con agua- oculto entre encinas jóvenes, casi de repente, tercera sorpresa: aparece una gran hoya rodeada de monte de encinas y pinos, en la que se ha plantado cereal en la zona cercana al perímetro, en cuyo punto más profundo y central vemos una laguna de forma redondeada, rodeada a su vez de hierba. Del agua surgen dos chopos, lo que tal vez quiera decir que el nivel está relativamente alto. También vemos hileras de piedras calizas con la base sumergida. Hoy día no es muy normal encontrase con estas charcas en los páramos; hasta hace poco abundaban las navas con sus lagunas, pero la mayoría han sido desecadas o, simplemente, la sequía o la captación de manantiales las impide mantenerse.

El monte Bayón al fondo

En fin, ha sido sorprendente el viaje hasta aquí por montes y caminos poco transitados y, además, el lugar descubierto ha merecido la pena sin ninguna duda.

Nos encaminamos hacia el este primero por un camino entre encinas hasta que se corta en otro camino que lo atraviesa. Al sur queda el monte Bayón y al norte espacios delimitados por hileras de encinas dedicados al cultivo del cereal y plantas forrajeras. Pero el paraje sigue siendo encantador. Uno tiene la sensación de que por aquí no hay más almas.

Un poco más y atravesamos el camino de Montemayor a Traspinedo y bajamos hacia Santibáñez.

1 julio 171

El manantial de los Garbanzos

Nos acercamos hasta el manantial de los Garbanzos -con cuyas aguas seguramente se preparaban buenos cocidos- y nos vamos directamente por la carretera de Sardón a ver qué queda de la laguna Sangusera. Pues ahí está, un tanto modificada. La han recuperado, aguas abajo de donde antes se encontraba y, un poco más hundida, han construido laderas de protección. No es la misma, ni tan natural como antes, pero más vale así que seca. Casi no se ve la lámina de agua que, por no tener profundidad, está cubierta de plantas.

Laguna Sangusera

Ahora nos vamos por una pista que atraviesa el pinar de la dehesa de Traspinedo hasta su cruce con el arroyo Valcorba, que seguimos hacia su desembocadura. Pasamos junto a un puente de esos tradicionales, en piedra caliza, sin pretiles, luego cruzamos el pinar del Zarzal hasta la zanja del Molino y, finalmente, llegamos a Puente Hinojo que tiene fuente. El resto del camino, atravesando por la Dehesa de Peñalba hasta conectar con la senda del Duero, ya es conocido. Por cierto, la senda está impracticable: ha sido invadida por la maleza y en bici no se puede circular.

Esquema del recorrido

 

El Roble

10 julio, 2018

(Viene de la entrada anterior)

A Peral de Arlanza llegamos después de cruzar este río por un magnífico puente de piedra bajo el que pasan las aguas soltando espuma espuma debido a las piedras depositadas en este tramo, de poca profundidad.

Camino de subida

Pero si hasta aquí todo había sido coser y cantar, debido a la agradable temperatura, la sombra de la ribera del río Franco y -más o menos- cuesta abajo, ahora empezaba lo bueno, ahora nos íbamos a enterar. Y es que no podíamos acudir al estribillo de aquella jota y esperar a la luna:

con la luna madre,
con la luna iré,
con el sol no puedo
que me quemaré

pues había que volver. De manera que, después de aprovisionarnos de pan y agua, iniciamos la vuelta siguiendo la suave cuesta arriba del arroyo del Monte. Buen camino y buenas fuentes: Fontrana, Valderos, Frontaura, todas con sus pequeñas alamedas y su abundante verdura. De momento, no íbamos mal. Además, las laderas de los páramos no se mostraban ásperas y resecas, sino revestidas de robles y enebros y todo tipo de matas verdes.

Por el arroyo del Monte

Así llegamos al ras del páramo. Bueno, aquí el páramo no es una rasante clara, pues abundan suaves elevaciones y hoyas. Pero estábamos arriba, en la zona denominada los Lanchares, tal vez por la abundancia de piedra caliza suelta, de tamaño pequeño. Tomamos la cañada de Montemayor para dejarla enseguida y cruzar la cabecera de un valle con unas antiguas corraladas en las que hermoseaban flores cerrateñas. De ahí pasamos a otro valle -de San Vicente- en el que descubrimos los restos de una fuente seca. Bajamos hasta el valle de la Cuesta y ¡de nuevo a subir!

Restos e antiguos corrales

Más corrales -los de Valdesturianos– y cuando llegamos de nuevo a lo alto del páramo, con el sol en el cenit pegando fuerte, ¡¡oh, el Roble!! Efectivamente, ahí estaba, solitario, con su tronco enorme, con su tronco hueco, todavía enhiesto, todavía fuerte, como un viejo guerrero herido en mil batallas, con ramas desgajadas, ligeramente mocho, pero ahí estaba como una atalaya viva, dominando sobre todos y sobre todo. Y, de repente, al allegarnos a él se mostró como un buen padre, acogedor, hospitalario, que nos mostró su sombra para protegernos del fortísimo sol de mediodía. El Roble, el viejo roble, había sido nuestro oasis en el desierto castellano de sol abrasador. Pudimos comer, beber, descansar. Reponernos. Reencontrarnos. Contemplar el siempre hermoso paisaje cerrateño bajo su visera protectora: valles, cereal, cerrales, las bodegas de Cobos al fondo… Estábamos salvados.

En el ras

Tras el respiro concedido por el Roble, volvemos a ponernos en marcha. A pesar del calor, el Cerrato sigue verde. No hay un campo de cebada que esté ya maduro, aunque algunos corros poseen esa tonalidad dorada. Pero todas las espigas de trigo están verdes, con ese verde oscuro típico del trigo. También hay algunos campos de avena y centeno, así como de forrajeras. Y las flores campean en lindes, caminos y perdidos. El campo nos dice que está aun en primavera aunque el calendario señale ya los comienzos del verano.

El Cerrato, aquí es un paisaje sin nadie. Sólo un alma nos ha saludado en todo el trayecto. Estáis locos, además, nos ha dicho. Antaño hubo pastores y rebaños, a juzgar por los grandes corrales que hemos contemplado. Pero hoy, nadie. Seguramente dentro de unos días esto se llene de agricultores cosechando. Tal vez. Pero ahora no, nadie lo habita, nadie lo trabaja. Sólo corzos y liebres en la tierra y algunos milanos en el cielo. ¡Qué contraste con las ciudades!

Valfrío

Cruzamos por algunas ondulaciones del páramo, dejamos pequeñas manchas de monte de roble, y nos acercamos a los corrales de Valfrío. Son tan inmensos que no los recorremos del todo. Debió tratarse de un verdadero centro pastoril.

Más tarde vemos al oeste el torreón que bien conocemos por excursiones anteriores y, justo en los corrales de Magialengua con su charca pastoril -que igualmente conocemos bien- giramos hacia el este. Nos esforzamos por no perder un camino que ha sido arado y cortado en algunos puntos y vamos pensando en el fin de este trayecto que se nos empieza a hace un poquito largo. Menos mal que desde el alto de la Cabeza se suceden toboganes cuyo resultado final es más cuesta abajo que cuesta arriba. La Cotarra nos dice que estamos muy cerca de nuestro destino.

Fuente de Frades

Pero antes de llegar hay un vergel que nos acoge para un último descanso: se trata de la alameda y fuente de Frades, con su largo abrevadero y su laguna. ¡Qué agua tan fresca: resucita a un muerto y a un ciclista agotado! Unas pocas pedaladas más y entramos en Villfruela. Hemos rodado casi 80 km. Y los 40 últimos han costado un poquitín, qu eno eran cuesta abajo…

Última enfilada

Río Franco

5 julio, 2018

Villafruela se extiende entre el páramo y el río Franco -o uno de los arroyos que conforman dicho río-, que viene del este, de los confines del Cerrato, que se encuentran muy cerca. Curiosamente esta comarca natural (cerros, cerratos, colinas, motas, valles y vallejos) llega desde aquí hasta Valladolid, atravesando buena parte del sur de Palencia, si bien estamos en Burgos.

A punto está de amanecer y el fresco de los prados y de la ribera del Franco parece meterse hasta los mismos huesos, a pesar de que estamos en verano. De hecho comenzamos a rodar por una camino en el que ha crecido la hierba con ganas -nos llega hasta casi la cintura- y acabamos empapados por este rocío nocturno.

Tras los chopos, el río

Amanece: la línea del páramo se señala perfectamente: negro sobre claro. Vamos río abajo por la carretera desierta. Nadie pasa; es una cinta que nos transporta sobre la humedad de la madrugada.

Al poco, Espinosa (en Palencia) nos recibe con la luz, pálida y distinta de un amanecer ligeramente brumoso. Algo nos impulsa a subir de un tirón la cuesta de las bodegas, y allá vamos. Varias alturas de hileras de entradas a bodegas, con sus viejas y artesanales puertas, sus respiraderos y zarceras para la entrada de uva. El lugar es también un balcón que da al valle. Un poco más y, entre calles retorcidas, acabamos en la iglesia de san Martín de Tours, de una belleza gótica peculiar. Por cierto. Abajo el río Franco -y franco es el santo citado- pasa dejando un suave murmullo, y varias fuentes incrementan su caudal. Junto al río no son ahora las puertas de las bodegas las que se ordenan en hilera, sino las de una multitud de pequeñas huertas; otra peculiaridad de este pueblo encantado, seguramente por permanecer perdido en el olvidado Cerrato.

En Espinosa

Otro golpe de pedal cuesta abajo y nos presentamos en Royuela (Burgos de nuevo), que también se alarga como en paralelo a nuestro río Franco. Conocemos esta localidad porque la hemos cruzado al recorrer, hace unos años, uno de los ramales -el del norte- de la cañada real burgalesa. Tal vez Royuela sea una onomatopeya -como arroyo- del ruido que produce el agua al caer por estos valles empinados… En todo caso, es un nombre sonoro en un valle de aguas rumorosas.

Los valles -el de nuestro río con los de sus arroyos- se ensanchan y los campos en los que crece el cereal se hacen más grandes, aptos para que los corzos se escondan para pastar echados con más tranquilidad. Por eso, a nuestro paso se levantan de repente y huyen asustados, dando enormes saltos para que las espigas no les frenen…

Desde San Juan de Castellanos

Y así, llegamos contemplando alamedas y algunos nogales aislados, al palentino Cobos, otro pueblo increíble de esos que sólo existen en sueños o… en el Cerrato, como es el caso. La iglesia de san Román a media ladera preside el pueblo: no hay más que acercarse a ella y descubrir una balconada que la recorre y acodarse allí, custodiados por una portada que es un verdadero retablo plateresco en piedra, mientras contemplamos el pueblo y el ivalle… Pero por encima están las cuevas de Cobos, o sea, las bodegas, hoy muy remozadas, gracias a lo cual se han podido conservar. Y abajo, el río Franco, que sigue ensanchando su valle.

Después de visitar la ermita de la Virgen del Río Franco nos metemos entre la cuesta Redonda y el pico de San Martín buscando el poblado de San Juan de Castellanos, que está allí, donde siempre, con su palomar, casa, almacenes y corrales, pero la hierba y la maleza lo han cubierto todo, taponando las puertas y hasta las ventanas… Alrededor, una nebreda con ejemplares centenarios se extiende por las laderas calcáreas que bajan de los páramos hacia el verdor del río Franco.

Iglesia de Hontoria

Cruzada la carretera, atravesamos el río y seguimos lo que fue un camino y que ahora no se ve, todo cubierto de hierba alta y densa. Pasamos junto a los restos de un molino y el camino reaparece y nos conduce hasta Hontoria, en Burgos, pueblo pastoril hoy a punto de perderse por completo; es difícil llegar a la iglesia, que está en un alto, pues todo está cubierto de maleza. Los corrales y las casonas son de buena piedra pero ¿para qué sirven ya?

Abundaron las truchas en el Franco

Volvemos a nuestro camino del otro lado del río y, entre campos de alfalfa e hileras de manzanos nos plantamos en Retortillo, caserío de una de las fincas más extensas de la región. Por la carretera llegamos al río Arlanza, y lo cruzamos por un hermoso puente de hierrro. Por Pinilla intentamos pasar a la orilla izquierda para volver hacia donde salimos, pero los caminos están cerrados por portones; es una finca privada. Nos quedamos con las ganas de contemplar la desembocadura de nuestro río Franco. Comprobamos que esta localidad está hoy despoblada si bien conserva una sencilla ermita románica bajo un cerro en cuya cima parece que hay un castillo en ruinas, pero en realidad no es más que piedra caliza deshaciéndose. De manera que nos vamos hasta Peral, donde iniciamos el camino de vuelta, del que hablaremos en la entrada siguiente.

Sabina en Retortillo

Aquí puede verse el trayecto seguido.

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