En el barco de Carrecuéllar

29 marzo, 2018

Otro de de viento y lluvia. Y van… Lo de hoy (24 de marzo) ha sido una aventura, pues hemos rodado por el páramo entre Langayo y las Quintanillas, corriendo el riesgo grave de quedar con las ruedas atrancadas por el barro en cualquier momento. De hecho, al salir, un ruchel -o quintanillero- me dijo: –si vas por el camino principal a lo mejor no tienes problema, pero como te salgas te puedes quedar en el barro… Al final, hubo suerte, los caminos estaban mejor de lo que se pensaba y en los más peligrosos salimos airosos al rodar por la hierba del centro o de las orillas.

La subida al páramo

La fuente

Pero había que salir sí o sí: la abundante lluvia recogida por las numerosas navas de este páramo habría hecho manar con fuerza la fuente de Carrecuéllar, y había que verla. Y así fue.

El barco de Carrecuéllar, con sus laderas cubiertas de piñoneros, encinas, sabinas y zarzales, se abre en el páramo justo frente a Vega Sicilia. Pertenece a Quintanilla de Onésimo y el cerral ofrece una espléndida vista sobre el valle del Duero. Pues bien, casi en el mismo cerral, a unos 3 o 4 metros del ras, vemos una boca ancha y de poca altura que en época de lluvias arroja un buen caudal hacia el fondo del barco. El agua cae a chorros sobre el suelo de la cueva llenándola a modo de depósito hasta que rebosa y sale formando el arroyo. Si uno se asoma dentro aquello parece una fiesta, pues si bien en verano se seca, ahora rezuma agua cristalina con reflejos azulados que canta con su peculiar murmullo.

La cueva o boca de la fuente

Parece como si se tratara de una fuente relativamente nueva; como si dentro se hubieran movido las placas calizas para desviar el agua que ahora sale a la vista de todos. Desde luego, las placas externas, visibles, sí van cayendo y rompiéndose por efecto del ahuecamiento que producen estas aguas, como bien puede apreciarse junto en la boca de la cueva.

El lugar es hermoso como pocos -tiene algo de vergel y algo de castellana austeridad- pero también mágico, no sólo por las lajas de caliza, el bosque, el agua y las vistas: estamos ante unas aguas que tal vez posean unas facultades especiales, pues con ellas se elabora el mejor vino del mundo. Claro que antes ha de pasar por la tierra, las vides, las uvas y la bodega, pero algo tendrá cuando hacen lo mismo que Nuestro Señor Jesucristo en las bodas de Caná, si bien a lo largo de muchos años y gracias al trabajo humano.

Y ahí la dejamos. El riesgo del barro valió la pena. Y el del recio regañón hasta llegar a al fuente; luego lo tuvimos a favor o de lado, o amortiguado por el bosque. Y el la lluvia que, si bien apareció poco, daba fortísima y fría hasta hacer daño, a causa del mismo viento.

Detalle del interior de un chozo

Y sus alrededores

Los alrededores hasta llegar a la fuente merecieron igualmente la pena y el riesgo. Los pinares de las Quintanillas se veían olivados y limpios, con la retama y leña dispuestas para ser recogidas. No por ser conocida llama menos la atención la abundancia de corrales y chozos de buena piedra caliza que duermen ya la noche del olvido, colonizados muchos por por carrascas y pimpollos.

En la hoyada Lobera: cantos y encinas

Pero la zona por la que hemos accedido a la fuente desde Quintanilla, una vez en el páramo, es especialmente pastoril y variada: hay bosques de encina, roble, pino, enebro y sabina con grandes claros dedicados a la agricultura y a prados. Los claros agrícolas son pobres, pues sin duda hay más cantos que tierra. El páramo no es totalmente llano: abundan las navas u hoyadas: hoyada Lobera, valle Hondo, hoyada Redonda; y con abundantes laderas, barcos, picos, vallejos: el Cabezo, el pico del Castro -donde hubo un castillo- y cerca, Valdelascuevas. Y más fuentes: Valdemoros, Hontanillas, el Tasugo…

Y el mismo páramo se encuentra salpicado por pinarillos y por grandes robles aislados, recuerdo de otros tiempos más montaraces.

Continuamos en breve con el resto del trayecto, pero el mapa completo aquí está.

En el páramo

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Cuestas, cerrillos y las cavas del pinar

24 marzo, 2018

Otra jornada de agua y airón. De nuevo a rodar por arenas y gravas para evitar esos barros terribles que se pegan a las cubiertas y bloquean las ruedas. ¿Qué tal Pozaldez, Pozal de Gallinas y el pinar de las Cavas? Al final, la lluvia nos respetó.

La primera parte de esta excursión discurre por los cerros o cerrillos que separan la vertiente de los ríos Adaja y Zapardiel, que hasta llegar aquí bajan separados únicamente por una llanura, como luego veremos. Este paramillo eleva las torres de las iglesias de Pozaldez para que puedan divisarse desde media provincia y nosotros también lo aprovechamos para contemplar el paisaje: al oeste el castillo de la Mota y la Tierra de Medina que se extiende entre pinarillos y tierras que no vemos acabar, pues se difuminan en el horizonte. Y al este, el valle del Adaja, más limitado, pues vemos al fondo el telón de los páramos de Portillo y del Cerrato. Y el cielo de hoy, que tiene su aquel, pues amenaza lluvia entre claros añilados, con las revoltosas nubes que no dejan de moverse y cambiar de forma y posición.

Junto al pinar de Aguanverde

El cultivo que más abunda es el de la vid, y ya al salir de Pozaldez vemos los majuelos inundados. No por completo, claro, pero el agua se acumulaba en las zonas más bajas o sin salida, que son abundantes. El color dominante de las tierras es entre blanquecino y amarillento, debido a la abundancia de arena, con diferentes tonalidades, según el tipo de terreno y su humedad.

Seguimos en un sube y baja y nos metemos en el pinar de Aguanverde, que se extiende por una suave ladera que mira hacia el norte. Abundan los pinos de tamaño medio, y también los hay de buen porte. O, por decir mejor, los había: el viento y la tierra húmeda entre sus raíces han hecho caer a unos cuantos. Hacia el extremo oeste descubrimos una tierra rodeada de hileras de almendros, con un pozo o arqueta que tal vez surtía de agua a una huerta.

Viejo almendro

Aquí se produce la aventura del día: me hundo hasta las rodillas en la tierra empapada y, si intento sacar una pierna, profundizo más con la otra. Solución: salir rodando/reptando y en cuanto pude a cuatro patas hasta llegar a tierra firme.

Terminado el pinar, rodamos en dirección sur, por un tierra baldía y nos encontramos con una serie de cuestas o cerrillos de diferentes formas y tamaños: la Coronilla, la Testarada, la Mula, las Américas. El nombre de las primeras hace referencia a su forma, la cuarta ya es más difícil de interpretar: ¿adquirida con dinero traído de América? Estamos muy cerca de Calabazas.

Al fondo, el cerro de las Américas

Y nos vamos al pinar de las Cavas, que está al lado. El mapa pone el nombre con b, pero debería escribirse con v, ello porque cabas hace referencia a cava o zanja, y el pinar se llama así por las zanjas que lo atraviesan. Al parecer, históricamente hubo varios intentos de llevar agua del Adaja hasta Medina del Campo, el primero de ellos se atribuye a la reina Isabel de Castilla que quiso solucionar así el abastecimiento a esa importante ciudad, de manera que se trazó un canal, zanja o cava que tomaba el agua un kilómetro por encima del puente del Negral. Y allí pudimos ver sus trazas. Al parecer, no funcionó bien, y se construyó otra toma aguas abajo, que tampoco debió de ser un éxito. También pudimos ver el trazado.

Cava inferior

Se supone que tanto en un caso como en otro, el agua se elevaba primero mediante una presa y luego mediante algún sistema mecánico, aprovechando que la pendiente de bajada hacia el Zapardiel comenzaba a muy pocos metros del Adaja. Las dos cavas -que luego se unen- ahí siguen. Su anchura es variable: al principio mide la superior más de 50 metros que luego se reducen a unos 20. La profundidad tampoco es uniforme, pero entre el fondo y la parte superior de los caballones en algunos puntos hay hasta 5 m lo cual es muy llamativo pues debió ser mucho más profundo dado que han pasado quinientos años desde su construcción, y el tiempo nivela y enrasa toda obra humana… No es extraño que ingenios tan audaces para la época hayan dado lugar a legendarias explicaciones, como en otro lugar de este blog comentamos.

Cava superior

Sólo vimos el tramo que pasa por el pinar; luego atraviesa los campos de Pozal para entrar en Medina por el actual polígono industrial Escaparate y terminar a los pies de la Mota.

En una próxima excursión daremos cuenta de todo el trazado con más detalles y veremos si quedan restos de las presas, aportando también los datos históricos que encontremos a mano.

No faltó agua

Volvimos por las tierras encharcadas del término de Pozal para embocar Pozaldez por la cuesta del Azurdo, con su pico dominante a la izquierda. El sol se abría paso entre nublados para iluminar las laderas de los cerros sacando sus más vivas tonalidades. ¡Y menos mal que la arena no forma barro, que si no…!

He aquí mapa y trayecto.

Campos encharcados, lavajos y pinares

17 marzo, 2018

Seguimos recorriendo los pinares y campos cercanos al río Adaja.

Esta vez salimos de Ataquines rumbo a San Pablo por un camino ancho paralelo a la vía del ferrocarril. Los campos rezumaban agua: cruzamos por uno de ellos para acercarnos a un lavajo surgido de manera espontánea gracias a las lluvias y a punto estuvimos de hundirnos con las bicis y todo, casi como si fueran arenas movedizas. Pero lo peor no fue esto: un ventarrón fortísimo nos daba de costado y, una y otra vez, intentaba tirarnos a la cuneta, y poco le faltó para conseguirlo. De todas formas, daba gusto contemplar el paisaje, con agua por todas partes después de un largo periodo de sequía, y con la sierra al fondo, blanca de nieve.

Lavajo renacido

San Pablo de la Moraleja

En San Pablo recalamos en el lugar donde aún se yerguen, obstinados, los restos de lo que fue el monasterio que dio origen a la localidad. No sabemos a qué se refiere el término Moraleja -¿a un moral, tal vez?- pero el de San Pablo está claro: al convento dedicado precisamente a la Conversión de San Pablo. El primer convento de Carmelitas Calzados se levantó aquí hacia 1315; las ruinas corresponden a otro que data de los siglos XVI y XVII, que duró hasta mediados del XIX en que fue desamortizado. Podemos ver todavía la portada, una espadaña, la nave del templo con paredes, parte de la torre con su escalera interior y parte de lo que fue otra nave, a juzgar por los restos de un ábside semicircular, todo en ladrillo con algunos zócalos de piedra. Nada queda del claustro, si bien se adivina donde se levantó.

Restos de San Pablo

Además, contaba con una capilla dedicada a la Virgen de la Soterraña ¿tal vez el inicio del convento?, con bodega y un molino sobre el Adaja, a legua y media. El conjunto, con las ruinas sobre humedales –hoy de un verde reluciente- y con las nubes de distintas tonalidades cambiando de forma a causa del viento, impresionaba.

Lavajos y pinares

Continuamos hacia el pinar pasando junto a otros humedales con sus charcos y por el lavajo de Sacaperal. Ya en el monte, un rebaño de ganado vacuno y caprino nos pasó por delante y los perros se acercaron a saludarnos. Más tarde, tres corzos también cruzaron nuestro camino unos metros por delante. Como el tiempo está inestable, nos van cayendo distintos chaparrones, pero el viento esta vez se porta y nos seca.

Humedal

Bajamos hasta el Adaja en el vado de Don Hierro y volvimos hacia arriba por el mismo camino. Finalmente, salimos del pinar a campos de labor. ¡Y allí estaba esperándonos de nuevo el vendaval! Así que, a luchar contra él. Llegamos a una laguna junto al ferrocarril que es donde nace la Agudilla; intentamos seguir por la lengua del humedal –hierba rala, tierra salinizada y dura, con charcos- hasta el apeadero de Palacios de Goda pero tuvimos que abandonarlo y nos hundimos de nuevo en tierra tan empapada. Al otro lado del apeadero, tras la vía, otro lavajo ha renacido. Menos mal que los tres kilómetros que nos separaban del pueblo estaban asfaltados. Eso sí, tardamos media hora, pues era muy esforzado avanzar en contra del viento.

En el pinar del Otero

En Palacios nos recibió una escultura moderna de un toro de lidia. Pero lo que más nos llamó la atención fue la ermita de la Virgen, por dos detalles: su advocación, de la Fonsgriega, o sea, de la fuente griega, y su portada, con generosas jambas y dintel en sillería de granito.

Los fantasmas de Honquilana

Honquilana

Al fondo se distingue y nos espera la puntiaguda torre de Ataquines, así que tomamos el camino de Santiago de Levante. No sdetenemos en Honquilana: hacía mucho tiempo que no estábamos en este olvidado lugar, que fue un pueblo, ahora es un montón de barro y mañana ya no se reconocerá ni existirá, y será un campo más de los muchos que se extienden entre Medina y Arévalo. Por si fuera poco, el cielo se oscureció por el oeste, delante del sol, y los montones de barro parecían retazos perdidos de supuestos fantasmas en pena. Menos mal que nos queda la fuente del Caño, con su frontal triangular y su sencilla pila en granito de una pieza, aunque no por mucho tiempo pues está siendo devorada por la maleza. Seguramente dio origen al pueblo y lleva su antiguo nombre: Fons Aquilana. A sus pies, una charca enfangada y, un poco más abajo, un lavajo en el centro de una pequeña pradera, suficiente para crear un entorno vivo, agradable y pastoril.

El lavajo de la fuente bajo la lluvia

Los ataquines

Con cierto espanto, vemos cómo la nube negra viene hasta nosotros: un airón revuelto la anuncia y una inmensa cortina de lluvia se acerca casi de repente y nos envuelve. De manera que el agua helada, impelida por el viento huracanado, nos castiga duramente y llega a hacerse insoportable. Pero no hay mal que cien años dure y cuando llegamos a Ataquines, brilla de nuevo un sol que nos seca. Luce tanto en un ambiente tan limpio que los ataquines parecen de ayer, como recién esculpidos, ingenuos en un mundo viejo y tormentoso.

Los ataquines

El paseo termina junto a la iglesia, donde se han aprovechado como bancos losas de antiguas sepulturas. Es el tributo que viejos nobles pagan aquí a los traseros modernos, y sin quejarse. Aquí dejo el recorrido -casi 34 km- en en Wikiloc según Durius Aquae.

Pinares de Mohago, Matamozos y Serranos

10 marzo, 2018

El domingo pasado nos dio una tregua la lluvia, e incluso lució el sol entre nubes algodonosas que, empujadas por el viento, parecían engordar con la humedad acumulada. Los ríos –Duero, Adaja, Eresma- venían fuertes y de color chocolate. Muchos campos estaban encharcados. Todo húmedo y agradable después, de año y medio de pertinaz sequía.

Una vez más, obligados por las lluvias, elegimos pinares para el trayecto: como la arena chupa el agua con gran facilidad, los caminos no estaban encharcados y se rodaba con relativa facilidad. Sólo con relativa, pues se encontraban totalmente mojados y empapados, y costaba demasiado esfuerzo mover las cubiertas de la bici. Y como las cubiertas de montaña suelen llevar tacos, pues peor todavía. Habrá que cambiarlas a más o menos lisas si el tiempo sigue lluvioso…

Al fondo, ermita de San Pelayo. A la derecha, Bocigas

Antes de atravesar el pinar de Mohago nos acercamos a la ermita de San Pelayo, para comprobar cómo estaban los bododes del mismo nombre: todavía secos. Y nos introdujimos en el pinar. La verdad es que todos los pinares estaban aun con el suelo marrón o amarillento: el musgo no ha salido durante el invierno por falta de la necesaria humedad y aún no han llegado las buenas temperaturas primaverales. Habrá que esperar un poco. Por supuesto, como aquí abundan los negrales, abundaban en el suelo los carravacos, como llaman en Sardón y las Quintanillas a las piñas de los pinos resineros. Y estos, como como no recogen gran cantidad de nieve en sus ramas, no estaban escañados. Algunos de los piñoneros, por el contrario, sí lo estaban.

Laguna de Casa Serranos

Eso sí, los pinos de una y otra especie estaban bien lustrosos: el agua, caída en los últimos días de manera persistente, les había dejado lucidos y hasta brillantes. De alguna manera, estábamos estrenando estos viejos pinares. Contribuía a crear esa impresión la esplendorosa nieve que se divisaba al sur, en Navacerrada y la Mujer Muerta.

El agua cubría algunos campos y caminos

El pinar de Mohago lo cruzamos en línea recta por la pista forestal que lleva al puente del Runel. A un lado y a otro, los negrales sangrados parecían inclinarse para saludarnos. Cruzado el Adaja, nos metimos en el pinar de Matamozos para continuar por el de Serranos. En general, predomina el terreno llano, por lo que se pedalea con facilidad si el terreno no está húmedo.

El nombre de Serranos ha quedado en estos pinares como recuerdo de una población que aquí se levantó, ya desaparecida: Serranos de Nigar. Ahora el territorio pertenece a Ataquines.

Puente sobre la Agudilla

Nos acercamos a la fuente de la Arroyada que en realidad es un pozo con un abrevadero doble en forma de V, -recuerdo de cuando estas tierras eran ganaderas- que tiene muy cerca el denominado también lavajo de la Arroyada. Y a un kilómetro de distancia, más al sur, vimos la laguna de Casa Serranos. Esta vez, todos tenían agua. Y no sólo pozos y lavajos, muchos campos estaban encharcados, rezumando líquido.

Ya de vuelta, el pobre arroyo de la Agudilla, que bordea el pinar de Matamozos y que siempre lo hemos visto seco, bajaba totalmente desbordado, creando amplias lagunas y ocupando zonas del pinar que nos dificultaban el paso. Otras zanjas y regueras formadas para drenaje de tierras o pinares estaban cumpliendo como nunca con su finalidad.

Al fondo, san Cristóbal de Matamozos

Antes de volver a Bocigas pasamos por dos lugares conocidos en excursiones anteriores: el despoblado de Matamozos y el molino del Runel. Aprovechamos para dar un paseo subterráneo por las inmensas bodegas (hoy no vemos majuelos por aquí, pero debieron ser proporcionales a las bodegas) y contemplar el impresionante y profundo pozo construido en otros tiempos para proveer de agua, hoy seco, en el caserío despoblado, y para admirar la capacidad de la balsa del molino.

De vuelta, el cielo se fue cubriendo, en presagio nuevas lluvias. Ahí va el recorrido, de unos 30 km, en Wikiloc.

Riberas, lagares y casillas

3 marzo, 2018

Desde la colada del Abrevadero

El paseo Zorrilla llega hasta la Rubia, donde antaño había abundantes huertas y casas molineras. Después, se dividía en tres vías de distinto tipo: el camino Viejo de Simancas, la Cañada Real de Puente Duero y la carretera de Rueda. Hasta llegar al pinar de Antequera y al término de Simancas, abundaron también las huertas, así como los viñedos y tierras de labor en general.

Atardecer en la ribera de Santa Ana

Por ejemplo, lo que hoy se conoce como Santa Ana es una de las primeras urbanizaciones de la zona. Tan de las primeras que, como estaba desconectada de otras calles de la ciudad y rodeada de campo, el Ayuntamiento no se hizo cargo del mantenimiento de sus vías y jardines, sino la propia comunidad de propietarios, lo que ocasionaría más tarde un conflicto entre los vecinos, la promotora y dueña inicial de los terrenos y el Ayuntamiento. Parece que, al fin, hoy está en vías de solución. Al margen de ello, este territorio era la ribera de Santa Ana, dedicada a huertos y otros cultivos. Todavía hoy podemos ver entre las casas y el río restos de acequias y balsas de riego y los brotes de los antiguos almendros. En esta ribera había también un lagar precisamente donde hoy vemos el restaurante del club social en el que, a modo de recuerdo se conserva una piedra incrustada en una de las paredes con una inscripción que recuerda que el agua del Pisuerga llegó hasta el suelo de este lagar el 6 de diciembre de 1739. Y la casa Azul, que estuvo donde hoy se sitúa un helipuerto. Al lado de este helipuerto, junto al río y no lejos del puente de la ronda exterior, vemos los restos en barro con zócalo de piedra de una tapia que perteneciera a la casa de Iturralde, junto a algunos almendros y una antigua balsa o piscina invadida por la vegetación.

Tapias de Iturralde

Al otro lado de la autovía, cerca del río, antes de llegar a El Barrio, hay una ribera que fue casa de descanso de los Agustinos Filipinos. Y aguas abajo, la ribera del Pino, hoy centro de educación especial que mantiene este último nombre. Finalmente, antes de llegar al término de Simancas estamos en Badarroyo, esto es, el pago próximo al vado por el que se cruzaba el Pisuerga hacia Arroyo de la Encomienda.

El Peral

Pero volvamos a la ribera de Santa Ana: donde hoy está Villa Pilar, en la calle Villagarcía de Campos y próxima al puente de la Hispanidad, estuvo la ribera de Paniagua. Y en Vallsur estuvo la ribera de Mengoti, de abundante arbolado.

Donde hoy vemos la urbanización del Peral hubo huertas y tierras de labor. De hecho por aquí estaban los lagares de Chacón y de Cano, que tienen calle en el barrio de las Villas, lo que sirve al menos de recuerdo. En las Villas también prensaba uva el lagar de Pinto. Y es que la superficie dedicada a viñedo fue siempre muy abundante en nuestra provincia y para muchos pueblos limítrofes como Boecillo, Herrera o Tudela, la vid y el vino constituyeron la principal riqueza durante siglos. Al poner en servicio el Canal del Duero y sus acequias, a finales del siglo XIX, aumentaron las huertas y disminuyeron los majuelos.

Llueve en el camino de las Berzosas

Siguiendo hacia Simancas por el camino de las Berzosas veremos, una vez pasada la ronda, en el cruce de la acequia con la colada del Abrevadero, un caserío custodiado por un tranquilo mastín donde estuvo el lagar de la Visitación, que sigue manteniendo ese nombre. Más al sur, a la derecha estaba la ribera del Carmen, abundante en majuelos. Pasado un pinarillo descubrimos la casilla de María Blanco y en el lado opuesto del camino, estuvo la casilla de la Era y vemos todavía los escombros del lagar de Morán. En el límite con Simancas vemos todavía, los restos con cercado roto en varios puntos, de la casa de labor los Quemadillos y siguiendo hacia el Pinar por la raya, una balsa natural -ahora está seca- de donde se sacaba agua para riego. En esa misma dirección llegaremos a la derruida granja Ronquines, al otro lado de la acequia.

Restos de la casilla de María Blanco, en la ribera del Carmen

Como es lógico, por toda esta zona había abundantes casillas en las que se guardaban los aperos de labranza de todos estos campos entre el Pisuerga y el pinar, especialmente fértiles y fáciles de trabajar, pues el resto del terreno de Valladolid estaba más bien en cuesta a causa de los diferentes páramos. En esta última zona se programó una urbanización –que luego no llevó a cabo por la crisis y problemas legales- denominada precisamente Las Riberas.

Entre el lagar del Ciego y el vivero forestal

Hasta los años 90 del pasado siglo, junto al camino Viejo sobrevivió un olivar además de una vaquería contigua. Creo recordar que estaba no lejos de la desviación para la ronda exterior.

No olvidemos que estas riberas eran precisamente casas de campo con viñas y árboles frutales próximas a las orillas del río o cercanas a la capital, acepción que recoge el DRAE como particular de Valladolid. Por eso abundaban también los lagares, si bien este nombre es común en toda la provincia y, en general, en Castilla.

Dentro de unos años desaparecerán por completo, una vez que la promoción de viviendas se desperece después del parón de la crisis.

 

Pinares del Valcorba y del Henar

22 febrero, 2018

Excursión por los pinares de Valoria y Torrescárcela, en el páramo que han delimitado los arroyos del Henar y del Valcorba. Mañana ventosa y luminosa que se fue cerrando poco a poco hasta que, después del mediodía, las nubes ya no dejaron asomar al sol.

Los montes

El pinar estaba precioso, la verdad. Recién olivado y no por leñadores o forestales, sino por la nieve que, caída copiosamente las últimas semanas, se había acumulado en las ramas más largas y anchas de los pinos, normalmente las más bajas, hasta que las había hecho chascar. La mayoría de los pinos estaban con una o varias ramas desgajadas, algunas colgantes y otras –la mayoría- reposaban ya en el suelo. Claro que al rodar por los caminos también notamos que estaban excesivamente mullidos y húmedos, y no precisamente por la lluvia que moja y se seca más o menos pronto, sino por la nieve, que permanece un tiempo y empapa a fondo; el suelo en ese estado, sin llegar a impedirnos avanzar por bloqueo de las cubiertas embarradas, multiplicaba nuestro esfuerzo al pedalear.

Gálbulos o frutos de la sabina

Se trata de un pinar joven, de ayer. Se nota no sólo en los pinos –no hay casi grandes ejemplares- sino, sobre todo en los abundantes cercados de piedra caliza –recubiertos de musgo, se mostraban hasta elegantes- que debieron proteger bacillares. También lucía ese verde luminoso el musgo del suelo y el cereal sembrado en los claros del monte. Y en algunos puntos todavía quedan álamos y juncos allí donde hubo –hay todavía- agua en el subsuelo, que seguramente se aprovecharía para regar pequeñas huertas. En otras excursiones hemos visto hasta antiguos pozos en estos montes.

Cercas en el pinar

Por suerte, tiene muy poca arena (¡ojo, no rodamos por la zona que hay entre Camporredondo y Santiago del Arroyo, donde la arena puede llegar a cubrirte con bici y todo!) y abundan los bogales. Eso hizo algo más llevadero el rodar con barro. Y no sólo es un monte de pinos –negrales y piñoneros- también proliferan las encinas, los robles y –sobre todo- las sabinas y los enebros.

No lejos, se levanta el Santuario de la Virgen del Henar, patrona de los resineros; estos pinares se llenaba de miles de romeros que, a pie, a caballo o en carro, iban al Henar el domingo anterior a San Mateo desde, en este caso, los pueblos de la zona sur de Tierra de Pinares. Sin embargo, cuando cruzamos nosotros, el pinar estaba solitario y no vimos un alma.

Ermita del Santo Espíritu

La ermita del Santo Espíritu o de Fuenlabradilla, en las laderas del valle

Antes de iniciar el trayecto, dimos un breve paseo por el casco urbano de San Miguel, y tuvimos la suerte se encontramos con la procesión del Cristo, que salía de la Ermita del Humilladero. Después, resultó que estaba abierta la ermita de la Virgen de Fuenlabradilla, patrona de la localidad, y nos colamos a verla. Pudimos comprobar que está restaurada, y que alguien se ocupa de cuidarla. En otro tiempo era una de las iglesias principales del pueblo, la de San Esteban.

Fuente de la Ermita

Luego marchamos aguas arriba siguiendo el cauce del arroyo milagroso del Henar hasta tomar la desviación de la ermita del Santo Espíritu, donde también estuvo la imagen de Fuenlabradilla. En su origen, pudo ser un monasterio cisterciense, pero nadie conoce su historia a ciencia cierta; no obstante parece que se trata de un lugar enigmático -cruce de fuerzas telúricas para ciertos estudiosos- que alguien aprovechó para levantar una curiosa casita y consolidar las ruinas durante los años 80 del siglo pasado, gracias a lo cual no se ha caído del todo. Bebimos en la fuente de la Ermita, a la que acuden todavía desde San Miguel debido a las propiedades benéficas de sus aguas que, además, en algún momento ha manado aceite, como tantos pozos y fuentes asociados a lugares marianos. Los vecinos que estaban cargando agua nos dijeron que nunca la habían visto seca. Antes de seguir camino, contemplamos el valle del Henar desde los cantiles de caliza que abundan más arriba de la ermita.

En Minguela

Minguela

Después, tras cruzar por el campo abierto del páramo, contemplamos en Viloria del Henar, pueblo de piedra como La Mudarra o Campaspero, la portada románica del siglo XII y la torre del siglo XVII, de Santa María de las Nieves; el resto del edificio es del siglo pasado.

En Minguela pudimos comprobar una vez más lo perdida y seca que está su fuente, y lo abandonados que están sus antiguos huertos y rediles. Pero, por mucho que crucemos por este despoblado, no dejarán de impresionarnos las gigantescas rocas calizas que se van desprendiendo del páramo dejando la pared con curiosas grutas, utilizadas por los pastores para guardar rebaños. Pero todo eso es ya historia.

Fuente en Torrescárcela

El arroyo Valcorba y vuelta

De Minguela bajamos por el arroyo Valcorba, pasando junto al molino de la Requejada, hasta Torrescárcela, donde pudimos descansar junto a la hermosa fuente de tres caños. Aunque puestos a echar piropos, la sencilla fuente de un caño y rústico pilón que fluye unos metros más abajo, le gana en encanto y sencillez.

De ahí fuimos por la carretera dejando a la derecha los restos románicos de la iglesia del despoblado de Muriel para atravesar de nuevo el monte y caer –ya sin dar pedales- a San Miguel por el valle de Fuentes Claras, otra preciosidad digna de ser admirada.

Y aquí tienes el recorrido en Wikiloc según Durius Aquae

Despoblado de Muriel