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La pesquera de Herrera

25 agosto, 2017

En Herrera de Duero existe un lugar al que todos llaman la Pesquera, es decir, una franja de grandes piedras amontonadas –hoy en desorden- que atraviesa el río y cuya finalidad era elevar el nivel del agua para dirigirla a través de una aceña y así utilizar su caudal y fuerza de caída para moler el grano. Los que conocemos éste y otros parajes similares sabemos que están llenos de encanto: el agua genera murmullos y espumas, el río se ensancha y produce, aguas abajo, rápidos y bancos de arena en las orillas y fondos, mientras que aguas arriba la superficie del agua aparece rasante y tranquila, sólo interrumpida por los saltos de los peces…

Se sabe que este molino aceñero estuvo en funcionamiento desde mucho antes de 1400 hasta el año 1790, aproximadamente. En el Catastro de la Ensenada (1750) podemos leer que tenía dos muelas y que pertenecía al convento de Santa Clara de Valladolid. También parece que sobre esta misma pesquera había un batán de tres pilas y un cañal de pesca. Hoy sólo quedan, desordenadas, las grandes piedras sobre el lecho del Duero entre las que pasa el agua, todavía produciendo murmullo y burbujas.

En los años 60 del siglo pasado era un lugar concurrido por bañistas –en verano- y pescadores de caña. Tenía una pradera de grama en la que recostarse a tomar el sol o sentarse y merendar, una pequeña isla y dos arenales producto de cuando, en las crecidas, el agua se arremolinaba al pasar sobre los arbustos de tamarizo y depositaba la arena. Los chavales pescaban cangrejos entre las piedras o cogían camarones, gusarapas, náyades y caracolillos de diferentes especies y tamaños. Los pescadores atrapaban barbos a fondo y cachos, bogas o bermejuelas al corrido. (De todas estas especies sólo queda el barbo, acompañado ahora por los invasores percasoles y alburnos ). Antes, se podía pasear aguas abajo por un sendero de la ribera hasta el término de Boecillo y, aguas arriba, hasta casi el puente de Hierro, cerca de Tudela. Hoy, sin embargo, a duras penas se puede pasear por las orillas próximas a la Pesquera, pues todo se encuentra inundado de maleza.

Antaño había una huerta en la bajada hacia el río, con su fuente de riego en la que también se recogía agua para consumo humano. Ni que decir tiene que una y otra han desaparecido tragadas por la vegetación. Antaño, en la ladera había una cueva de factura humana que –cuenta la leyenda- llegaba hasta el castillo de Portillo. Hoy ha desaparecido; donde antes había una boca llena de misterio, hoy vemos… ¡una depuradora!; se supone que para reducir un poco la porquería que antes no existía. También había una olmeda que todos sabemos cómo acabó. Antes de la bajada, hubo un lagar con dependencias para pajar y otros almacenamientos, luego mesón del señor Pío –que servía sabrosas tortillas-, luego –hoy- ruina. Una piedra lagarera en la esquina es testigo de otros tiempos.

Queda el bosque de la ribera: grandes chopos y álamos enmarcan el paisaje de la Pesquera y de todo el río; fresnos, alisos y sauces se acercan al río para mantenerse junto a las mismas aguas. Pero también podemos ver algún avellano, algún cerezo… y probar, en tal caso, sus frutos.

Hace casi tres siglos Herrera era un pequeño pueblecito que vivía de sus vides y bodegas; también había un barquero –con su barca, no existía el puente-, un molinero, un batanero, un tabernero y un abacero, además de unos pocos jornaleros y mozos de labranza. Hoy vemos lo que vemos: algún pequeño majuelo, dos bares, un gran restaurante y un montón de chalés. El río sigue pasando, más sucio y adelgazado que nunca, a pesar de las depuradas. Pero todavía, quien lo quiera escuchar, puede oír –e incluso entender- su murmullo. Sobre todo en la Pesquera.

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En el mismo río, no muy lejos de ésta, hay otras pesqueras semejantes en igual estado de abandono. La más cercana es la de Fuentes, a casi 3 km aguas arriba, aunque procede de los restos de un puente de piedra, cuando la época gloriosa de Fuentes. Inaccesible por la orilla izquierda y de difícil acceso por la derecha. Poco antes de llegar a Tudela tenemos el Batán, accesible por ambas orillas, especialmente por la derecha. Aguas abajo, no lejos de la fuente de San Pedro, ya en Laguna, existe otra más -que tuvo dos muelas- en un lugar agradable y recogido.

Las fotos corresponden a diferentes momentos de la Pesquera según el año, digamos, hidrológico. Ni qué decir tiene que la primera es de hace unos días.

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Caminos de Tordesillas

15 agosto, 2008

Esta villa se encuentra estratégicamente situada entre el río Duero y el páramo de los Torozos, en el cruce de los caminos que conducen a Portugal desde Francia y a Galicia desde Madrid. De ella también parten carreteras para Salamanca, Zamora, Valladolid, Medina del Campo, Benavente…

Y, por lo que a nosotros ahora interesa, también se encuentra perfectamente colocada, pues es punto de partida para excursiones por el páramo, por el Duero, por la llanura toresana, o por los territorios de Rueda y Medina. Veamos.

Hacia el Norte

Si tomamos la Cañada Real Leonesa, que cruza la autovía por un paso de ganados para ella sola, llegaremos al cerro Carricastro que dejamos a la izquierda, para subir enseguida al páramo entre Velilla y Matilla. El panorama que se nos muestra en la subida es inmenso, como la misma vega del Duero arropada por las tierras de Medina. Se distinguen las siluetas de las torres de las iglesias de Serrada, Pozaldez o La Seca en la lejanía y el paisaje parece infinito. Al llegar al páramo nos enfrentamos con la planicie perfecta, si no fuera por los contornos de algunos pinos carrascos y la línea de chopos del arroyo de Juncos Gordos.

Podríamos seguir hasta Torrelobatón –por donde pasa la cañada- o hasta Castrodeza, metida en el valle del Ontanija, o bajar hacia los Berceros, o tal vez, hasta las llanuras abiertas de Villalar de los Comuneros… En todo caso, otra característica peculiar de esta comarca es que por aquí se encuentran los límites o estribaciones occidentales del páramo, que precisamente acaba en un sinfín de valles con sus correspondientes arroyos. En valles diferentes están: Robladillo, Bercero, Vega de Valdetronco, Adalia, San Cebrián de Mazote.

Hacia el Oeste: el Duero

Saliendo de Tordesillas junto a la plaza de toros y la ermita de San Vicente una pista nos conduce, paralela al Duero, hasta Torrecilla de la Abadesa y San Juan de la Guarda. Luego, se desmarca de la ribera para subir, por Torre Duero, a los campos en los que dominan los majuelos primero y luego el monte para introducirnos en la dehesa de Cubillas, el monte de encinas centenarias más grande de la zona y de la provincia.

Y si vamos por la otra orilla del Duero podemos visitar las aceñas de Zofraguilla y de Herreros. Sin perder de vista la ribera y entre campos de cultivo, el camino nos deja en Pollos, luego en Bayona –desembocadura del sequísimo Trabancos- para terminar, después de tomar la carretera, en Castronuño.

Hacia el Sur

Hacia el Sur están las tierras de arena y grava de Rueda, donde se cría el verdejo. Una buena ruta es tomar los caminos que van junto al viejo y seco Zapardiel. Nos ofrecen pinares y montes de encina con algún alcornoque, el torrejón de Foncastín, y –ya al final- el mágico lugar de Carrioncillo –donde naciera Alfonso V el Magnánimo- con la ermita de la Virgen y un manantial.

Y el Este

Hacia el Este se recomienda tomar el cómo do camino de servicio del canal de Tordesillas, que nos lleva hasta Villamarciel. Después otros estupendos caminos nos conducirán hasta Simancas, ya cerca de Valladolid.

Aunque otra posibilidad nada despreciable es llegar por la carretera de Serrada hasta la ermita de la Virgen de la Peña, patrona de la Villa y Tierra de Tordesillas, y desde aquí tomar una pista que nos llevará junto al Duero hasta Villanueva. Desde aquí podemos acercarnos a Aniago para terminar en Puenteduero y Valladolid.

Aceñas y pesqueras

6 agosto, 2008

Los abundantes ríos y arroyos que atraviesan la meseta estuvieron salpicados de molinos y aceñas. Muy pocos quedan en pie aunque, donde los hubo, reconocemos los restos de ruedas molineras, balsas y, en los grandes ríos, las llamadas pesqueras, esa represas de piedra que peinan la corriente formando un remanso que dirigía las aguas hacia la aceña, donde se molía el cereal.

Hoy se han aprovechado algunas de estas pesqueras para instalar centralitas eléctricas, de manera que el efecto perseguido viene a ser similar al de las viejas aceñas.

Las aceñas son los molinos de los grandes ríos -Pisuerga y Duero, por ejemplo- que tenían varias ruedas verticales con paletas, movidas por el agua. Se sitúan a un lado del cauce, en un extremo de la pesquera. El aspecto impresiona tanto, que don Quijote –en barca por el Ebro- las confundió con un castillo, al igual que confundiera los molinos de viento con gigantes.

Los pescadores tienen querencia por estos lugares, pues de sobra conocen que a los barbos grandes les encanta la ova, hierba o alga filamentosa verde que suele criarse en las corrientes fuertes.

Acerquémonos a una de ellas.

La Virgen de la Peña es la Patrona de la Villa y Tierra de Tordesillas. Su ermita o santuario se encuentra a unos tres kilómetros de la localidad, en la otra orilla del Duero. Muy cerca podemos visitar los restos de estas antiguas aceñas harineras, donde aún son visibles enormes piedras molineras. El lugar no puede ser más romántico: las ruinas, el río, la peña que rezuma agua, las hiedras, la alameda y la soledad nos interpelan para lanzarnos sugerentes preguntas: ¿quién trabajaría hace siglos en este idílico lugar? ¿Quién dormiría en la casa contigua a las aceñas, que también se encuentra en ruinas? Sólo la imaginación nos puede dar alguna respuesta. La pequeña playa de grava que vemos junto a la caída del agua, se ve frecuentada en primavera y verano por algunos pescadores.

El lugar, olvidado junto a la corriente del Duero es, por supuesto, adecuado para perderse. El cercano manantial ayuda a conservar un frescor que de por sí es habitual en la ribera del Duero hasta los días más calurosos del verano.

Pero no sólo tenemos la Peña. Aguas abajo podemos encontrar las ruinas de las aceñas que había bajo el puente de Tordesillas y las de Oslava, Zofraguilla, Moraleja y Herreros. También las hubo en Castronuño, hoy sepultadas en el embalse de San José, en Villafranca hay dos. Aguas arriba las descubrimos en San Miguel del Pino, Villamarciel, Pesqueruela, Laguna, Herrera, Tudela, Villabáñez, Sardón…