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El puente de Valles Miguel

20 febrero, 2017

matapozuelos-2017

El día amenazaba lluvia; los generosos pronósticos nos ofrecían varios litros por metro cuadrado durante las horas en que íbamos a pedalear y nos habían metido el miedo en el cuerpo. Bueno, esto último es un decir, porque a media mañana ya estábamos rodando sin mayores preocupaciones, si bien esperando la lluvia. Pero lo que no previeron estos profetas modernos fue el fortísimo viento huracanado que soplaba del sureste. De manera que la ida –en contra del viento- fue un agónico zigzagueo en busca de pinares y arbolado que nos protegieran un poco del vendaval.  Nunca vimos tantos pinos chascados por el suelo; entre el temporal de hace unos días y el de esta noche, habían caído muchos de los árboles que se sostenían muertos y algunos que aún estaban vivos pero con raíces someras…

Cruzando el vado

Cruzando el vado

La sorpresa de esta excursión fue descubrir el viejo puente del molino de Valles Miguel, sobre el Adaja. Los mapas antiguos señalan este molino entre Calabazas y La Mejorada. Pero ahora la ribera de Adaja a su paso por nuestra provincia es una intrincada selva de árboles de todos los tamaños pegados unos a otros, lianas, yedras, arbustos y zarzas que se asientan sobre un suelo de arena arrastrada y amontonada por las riadas que, a su vez, sirve de lecho a una superficie de fusca hecha de ramas podridas y hojarasca sobre la que es fácil hundirse e incluso desaparecer. Ni que decir tiene que con muchísima dificultad se puede transitar –o reptar, diríamos mejor- en invierno, y que es imposible hacerlo en primavera o verano.

No queda mucho más del puente...

No queda mucho más del puente…

Con el  panorama descrito es compclicado encontrar nada, aunque sea un edificio, en este caso un molino. En otra ocasión, hace años, nos metimos por el mismo cauce del río –sólo arena y agua- pero fue avanzada la primavera y, por tanto, las hojas de los arbustos lo tapaban todo. Esta vez, en el sitio exacto señalado por el mapa pudimos encontrar los restos de un puente de piedra y ladrillo que aún conservaba al menos un ojo por el que pasan las aguas. Era pequeño y estrecho y hoy se encuentra un tanto hundido, pues el agua casi pasa por encima. Adecuado para el cruce de personas y pequeñas carretas, seguramente servía para dar servicio al molino, que no encontramos, y poco más. Si el molino quedó reducido a ruinas y éstas fueron cubiertas por la arena y la maleza, será necesario mucho esfuerzo para rescatarlo. Así que ahí lo dejamos descansar bajo arena y fusca: Sit tibi terra levis, que dirían los latinos. A pesar de que debió ser una industria importante, pues aquí confluyen ocho caminos de procedencias variadas: Calabazas, Hornillos, Moraleja, Pozaldez, La Mejorada, Alcazarén…

En la Gaceta de Madrid hemos encontrado un rastro, pues en 1821 se hacía referencia a él para subastarlo y contaba con dos piedras correderas y capacidad para una tercera, dos cuadras y un puente. Menos mal que queda el puente, arreglado por un fraile arquitecto de La Mejorada unos años antes, en 1756.

Trabajo del viento

Trabajo del viento

Otros hitos de la excursión que dejamos reseñados:

  • El paso por el vado de Lavanderas. Fácil, pues el agua discurre sobre una capa de cemento.
  • El rodeo que dimos a la muralla del antiguo zoo de Matapozuelos, hoy Aula de la Naturaleza. Temíamos que quedara un viejo león escondido, alimentándose de ciclistas, pero no vimos ningún animal salvaje. Por no haber, no hubo ni perros en toda la excursión, cosa fácil de comprender, pues esta vez no vino Óscar. La muralla acababa cerca del vado de las Cuevas. En otra ocasión las buscaremos.
  • No encontramos fieras, pero sí un rebaño de gansos domésticos que volaban como si no lo fueran.
  • Los tres puentes sobre el Adaja en Villalba, cada uno de una época distinta. El más simpático, como siempre, el más viejo. Conserva los pilares de piedra y un perfecto arco de medio punto, no creo que por mucho tiempo.

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  • Calabazas. Preciosa vista desde la orilla derecha, con un campo de labor deslizándose suavemente hacia el cauce del Adaja y, al fondo, el perfil de las laderas y cuestas de la Mula. Bajamos hasta el vado, sin cruzarlo, para descubrir el lugar de reposo de los calabaceños.
  • El caserío de la Morabia, que antaño estuvo habitado y hoy tiene un pequeño majuelo y una huerta en ciernes, dos casas y abundantes ruinas, para variar.
  • La Mejorada, que vimos de lejos, y los cuatro puentes sobre el Adaja entre Olmedo y Medina: dos para el ferrocarril y dos para la carretera (nosotros cruzamos por el viejo y elegante de piedra, ya cerrado al tráfico).
  • La casa de Salazar, en el Chepuco, entre Calabazas y Villalba, reducida a una pared con puerta y ventanas que dan al paisaje campestre por ambos lados, y una hermosa higuera que ahora crece libremente sobre otra ruina (para variar) que a ella se acoge.
  • Y diferentes pinares –siempre con alguna encina- que nos protegieron del viento. Algunos, con negrales y piñoneros de buen porte.
Puente viejo de Villalba

Puente viejo de Villalba

Poco más destacaremos, salvo que, a la vuelta, desapareció repentinamente el viejo camino de Arévalo a Valladolid por la orilla izquierda del Adaja, entre Calabazas y Villalba, y tuvimos que atravesar una tierra y un pinar hasta enlazar de nuevo con él. Es lo que tiene rodar por el campo con mapas antiguos (que son los que cuentan secretos, además de ser obras de arte), pues los modernos están para seguir las carreteras con gps.

Y en el pinar de las Cabas salió el sol

Y en el pinar de las Cabas salió el sol

 

 

Un día ventoso en Tierra de Pinares

10 enero, 2017

bocigas-2016Bocigas es una localidad del alfoz de Olmedo. Se encuentra, por tanto, en plena Tierra de Pinares, y es el punto que elegimos esta vez para iniciar la excursión. No fue elegido al azar: como el día anterior se lo había pasado lloviendo, esta Tierra era la ideal para rodar, pues encontraríamos poco barro. O eso era lo que creíamos.

Salimos por el camino de las Bodegas que nos condujo hasta el extenso pinar de Mohago, en el término de Olmedo. Es un pinar de negrales que nada tienen que ver con los negrales retorcidos que conocemos en Portillo o Camporredondo. Aquí son esbeltos, altos, casi totalmente derechos; diríase que se esfuerzan, sobre todo, por buscar el cielo. Además, como precisamente había llovido se encontraban limpios –daba gloria verlos, diría alguno- e incluso como aún estaban mojados, tenían una tonalidad más neta y definida. Por otra parte, en el suelo había salido musgo y algo de hierba, lo que le daba un aspecto más agradable, si cabe, para el paseo. Setas, pocas, ciertamente. El camino, perfecto: dos roderas de arena dura, sin baches ni raíces: volábamos por el bosque.

Pinar de Mohago

Pinar de Mohago

Al poco nos encontramos en un curioso y agradable lugar en la orilla misma del Adaja. En una tableta colgada entre dos chopos alguien había puesto: Este es el lugar de Pecheye. Disfrútalo pero… no lo jodas. Bocigas. El paraje –una pequeña pradera rodeada de altos álamos- es apacible ahora, con que en primavera o verano, ni te cuento. Un poco más abajo está el vado de la Huerta, al que también nos acercamos para continuar luego camino por la colada del Pinar, que sigue la orilla derecha del río.

Salimos del pinar a un claro e hicimos parada en lo que queda de la casa de Villagrá. Lo que queda son las paredes de barro que dejan ver simpáticos detalles constructivos en piedra, ladrillo, teja y madera. Parece que dominaba otro agradable vado. Pero ya no es ni recuerdo de lo que fue.

En la ribera del Adaja

En la ribera del Adaja

Atravesamos a continuación el pinar de Puras con algunas asomadas al tajo del Adaja, que corta la llanura de estos campos y que se adorna de enhiestos chopos y álamos abiertos. En la otra orilla, pinares y pinares. Acabado el nuestro, salimos de la provincia para caer casi en el río y por un senderillo en la ladera de peña fuimos ascendiendo a duras penas hasta la tierra llana del Navazo. Desde aquí –pasando junto a una pequeña nava o bodón- seguimos un camino de excelente firme que nos dejó en Montejo de Arévalo, donde repusimos fuerzas.

Y aquí empezó lo peor: un viento muy fuerte nos daba de cara al mismo tiempo que subíamos una cuesta por el camino de las Bodegas, con abundante y pegajoso barro. Además, en algunos momentos el camino se llenaba literalmente de escobas. Tanto que teníamos que (intentar) rodar por las tierras de labor. Al sur dejamos ruinas de bodegas, un bacillar y, más lejos, un monte de matas de encina; al norte uno de los muchos cabezos o motas que tiene esta loma, continuadora de la colina donde se levanta la torre del telégrafo de Almenara.

Llegada a Bernuy

Pero todo esto terminó, salvo el huracán, al llegar a la cima. Al fondo divisamos Villagonzalo y, más al fondo todavía, a unos 9 km, Coca sumida en un mar de pinares. Pues a rodar nos lanzamos dejando a un lado y otro tierras de labor, algunas naves de marranos y, ¡oh sorpresa! hasta que no estuvimos literalmente encima, no vimos, abajo, Bernuy de Coca.

Da la impresión de que este Bernuy no es nada, en comparación con lo que fuera un día. Muchos edificios arruinados; las casas estaban vacías y sólo vimos dos o tres coches aparcados. De algunas traseras se habían adueñado las hiedras, señal segura de que ya no se utilizan… Eso sí, la iglesia era enorme y relucía con el sol, que ya mostraba querencia por el horizonte. ¡Ah!: nos recibió una preciosa fuente o pozo –de los de manivela y cangilones- con sus correspondientes abrevaderos.

Saliendo de Villagonzalo

Saliendo de Villagonzalo

También nos recibía en Villagonzalo la fuente del Caño, con varios lavaderos, que corre el peligro de convertirse en el centro de la escombrera local y de la que hemos hablado en la entrada anterior. Allí mismo se nos presentó la magnífica y extensa laguna de las Eras, de agua salobre. Como el cielo estaba de un azul oscuro e intenso, las aguas reflejaban esa tonalidad sin dejar de rizarse por el viento…  Pero estaba cayendo la tarde y pusimos rumbo al oeste, cruzando pequeños valles –al sur se dejaban ver Íscar y su castillo, y Llano de Olmedo- hasta llegar a Fuente de Santa Cruz. Aquí nos dio tiempo a ver algún palomar, fuentes, la Cruz del camposanto iluminada de lleno desde atrás…  hasta nos paramos en un encinar a la salida del pueblo. ¡Y a continuar navegando con el cielo dorado del poniente!

Hacia la puesta de sol

Hacia la puesta de sol

Al poco tomamos el camino de la Raya (de Valladolid y Segovia) hacia el Adaja y empezamos a descender suavemente por la ladera el valle, ahora con el viento a favor y sin prácticamente barro que se pegara a las ruedas. La verdad es que no pudimos apreciar mucho el paisaje a nuestro alrededor por la falta de luz, salvo el perfil de la torre del telégrafo contra un cielo oscuro y los arreboles –que no es poco- de la puesta de sol justo sobre los ataquines.

Ya en Bocigas, descansamos junto a la laguna del campo de golf: era de noche y Venus reinaba en el firmamento.

Cuando el Pisuerga tenía una orilla, el Voltoya y el Adaja pasaban por Serrada

16 noviembre, 2015
Valle del arroyo del Berral, en Serrada

Valle del arroyo del Berral, en Serrada

Por aquí, si algo es muy viejo o antiguo solemos decir que es de cuando el Pisuerga tenía una orilla. Pues bien, hubo un tiempo en que Eresma, Voltoya y Adaja nacían en la sierra –como ahora- y, después de un trayecto en paralelo, desembocaban en el Duero por el mismo orden, sin llegar a juntar sus aguas. Y, aunque parezca un lío, el Eresma desembocaba donde hoy lo hace el Adaja; del Voltoya era el cauce del actual arroyo del Berral, que pasa por Serrada y vertía sus aguas frente a San Miguel del Pino, y, el Adaja desembocaba haciendo suyo el cauce del arroyo del Perú –que pasa por La Seca- o tal vez más al oeste aún.

En un determinado momento, el Adaja fue capturado por el Voltoya y, juntos, se dirigen al Duero por el cauce del actual arroyo del Berral, que pasa por Rueda. Después, el Eresma capturó al Voltoya a la altura de Coca y lo hizo tributario suyo. Así, queda sólo el Adaja ocupando el cauce bajo antiguo del Voltoya hasta que, finalmente, fue capturado por el Eresma a la altura de la actual ermita de Sieteiglesias (Matapozuelos). Todo esto nos parece curioso, pues lo que se mueve de los ríos no suele ser el cauce, sino el agua. Aquí, a lo largo de muchos miles de años, también se han movido -hacia el Este- los cauces. De modo que no nos valdría aquella adivinanza popular:

Nazco y muero sin cesar,
no obstante sigo existiendo
y sin salir de mi lecho
me encuentro siempre corriendo.

adaja, eresma antiguosHasta aquí lo que cuentan los geólogos después de concienzudos trabajos y comprobaciones. Nosotros, en la última excursión, comprobamos que todo cuadraba. O eso nos parecía.

En primer lugar porque pudimos apreciar cómo las terrazas que el Duero dejó en su margen izquierda, de casi 800 metros de altura- estaban rotas desde más arriba de Matapozuelos hacia el Duero, dejando en el fondo del cauce la localidad de Serrada. Evidentemente, parecía difícil que el humilde arroyo del Berral las hubiera roto él solito. Por aquí habían pasado, en otros tiempos, Voltoya y Adaja. Además, en alguna excursión anterior nos llamó la atención cómo desde el cerro Carrecastro –justo enfrente, en la orilla derecha del Duero, entre Velilla y Matilla- se veía un gran corte en la línea del paramillo y, en medio, la torre de la iglesia de Serrada.

Valle del antiguo Adaja. Al fondo está Olmedo.

Valle del antiguo Adaja. Sobresale la torre de la iglesia de Matapozuelos. Más al fondo está Olmedo.

Pero es que cuando salimos de Serrada para subir a las lomas de San Pedro, veíamos al fondo Olmedo: un anchísimo valle –no muy profundo, es cierto- sin río bajaba desde la Ciudad del Caballero, pasando por Matapozuelos y Serrada para terminar en el Duero (o tal vez venía de más allá, pues no se veía). Debió pertenecer al cauce inicial del Voltoya. Al Este de Matapozuelos se observaba un rebaje, que utilizaría el Adaja cuando paseaba por este valle cuando fue capturado por el Eresma.

Otra perspectiva del valle

Otra perspectiva del valle

Total, que en estas tierras venció el Eresma, que fue capturando a las otras corrientes. Pero se ha quedado con la fama el Adaja al que, además, le cantan letrillas por atajar al Duero. Cosa normal en España: quien trabaja duro queda oculto y un oportunista se lleva el gato al agua o, como en este caso, el agua a su cauce.

En todo caso, cuando dimos el paseo, pudimos descubrir un valle muy peculiar, hermoso y amplio, con abundante grava y ahora cubierto de majuelos rojos y amarillos.

Actual desembocadura del Adaja en el Duero. Hoy lleva las aguas del Eresma y del Voltoya

Actual desembocadura del Adaja en el Duero. Hoy lleva las aguas del Eresma y del Voltoya.

Para saber más, ver el artículo de Tortosa, Arribas, Fernandez, Garzón y Palomares en la Revista de la S. Geol. Española en 1997. 

De la arena al granito

1 marzo, 2015

Iscar Arevalo

El día se presentó frío pero soleado y en los días anteriores había llovido. Además, aunque del sur, soplaba el viento. Ante estas circunstancias la elección de la ruta se inclinó hacia pinares arenosos que con la humedad se reafirman sin generar barro y además protegen del viento.

Por ello dimos un agradable paseo desde Olmedo hasta Arévalo, subiendo por la margen izquierda del Adaja y regresando por la derecha, menos protegidos pero con viento a favor.

Entre pinares

Entre pinares

Desde Olmedo nos acercamos al río, ya entre pinares, llegando al conocido molino de Runel, lugar donde ahora encontramos reunidos tres generaciones de puentes, uno de piedra en estado ruinoso, otro menos vetusto, aún transitable pero inseguro y, finalmente, el moderno y funcional por el que actualmente cruza la carretera que va hacia Ataquines, un fresco y sugerente paraje. Aguas abajo del Adaja, muy cerca de los puentes se vimos el molino del Rumel.

El castillo de Arévalo en lontananza

El castillo de Arévalo en lontananza

A partir de aquí pedaleamos a placer a lo largo de un extenso pinar por lo que fue cañada de merinas, con el río a la izquierda y algunas casas e instalaciones abandonadas que curioseamos. Son los restos de las antiguas casas forestales, la principal en el pinar y otra con su vivienda, cuadras y su alberca circular, utilizada para el riego y abastecimiento de agua para apagar los incendios del pinar, muy cerca del cauce del Adaja. También hubo oportunidad de pinchar, aunque en este caso la reparación se vio amenizada por los ensayos que un dulzainero realizaba en el interior del pinar sin que llegáramos a verlo.

Así llegamos a Arévalo, a las puertas de la Moraña, donde los arenales vallisoletanos comienzan a convertirse en granito abulense. En la confluencia del Arevalillo con el Adaja se levanta la ciudad, ya que recibió ese título en 1894 por la reina María Cristina, en el mismo espigón vemos la fortaleza medieval, ahora dedicada a Museo del Cereal.

Puente de Medina, en Arévalo

Puente de Medina, en Arévalo

Para entrar en Arévalo tuvimos que cruzar el puente de Medina, con sus 140 metros de longitud y 18 de altura sobre el Arevalillo, de cinco ojos, el central de mayor tamaño. Tiene una peculiar característica este puente, puesto que cuenta con unos pasadizos abovedados en sus pilares que comunican sus tres arcos centrales y unas galerías que ascienden en su interior que pertenecieron a su sistema defensivo, ya que tenía sobre él una de las puertas de la muralla. A su lado se encuentra el Arco de Medina, neoclásico de ladrillo levantado en el siglo XVIII.

Ya dentro paseamos por las plazas, llamándonos la atención la de la Villa, ejemplo de plaza castellana porticada con 31 columnas de piedra y 25 de madera, casas con entramado de madera y ladrillo, sus iglesias de San Martín, Santa María, El Salvador, San Juan Bautista, Santo Domingo o San Miguel.

La Lugareja

La Lugareja

A las afueras de Arévalo nos acercamos hasta la ermita de la Lugareja, del siglo XII, de la que se conserva únicamente su cabecera mudéjar, que formó parte del antiguo convento cisterciense de Santa María de Gómez Román. Tuvimos que conformarnos con contemplarlo desde la carretera, pues está dentro de una finca particular y sólo se puede visitar los miércoles de 13.00 a 15.00 horas.

La vuelta, por la ribera contraria, nos acercamos hasta Donhierro, nombre que adquiere de su repoblador en el siglo XIII Don Fierro. Pese a las lluvias los caminos arenosos nos dejan avanzar con facilidad además de la ayuda del viento que nos da de espalda, por lo que no nos cuesta casi nada llegar hasta Almenara de Adaja y Bocigas, con su campo de golf. Desde aquí, como urbanitas, rodando por el carril bici existente, llegamos a Olmedo de Adaja, precioso nombre que aún reza en su antigua estación, la cual un grupo de artistas están tratando de rehabilitarla como espacio expositivo y… ¡hortícola!

En la vieja línea de Segovia

En la vieja línea de Segovia

Aun hubo tiempo para otro desafortunado pinchazo, pero esa, es ya otra historia.

Fotos: Miangulo y Javiloby

Y aquí, el track de Miguel Ángel

Horizontes entre Adaja y Eresma

29 noviembre, 2014

Puras

Esta vez el paseo ha tocado entre las tierras despejadas que separan estos dos ríos. Uno viene de Ávila, el otro de Segovia, y se juntan en Sieteiglesias, término de Matapozuelos, para desembocar juntos en el Duero. Por esta comarca al sur de Olmedo, sus cauces todavía están alejados unos 15 kilómetros, bien aireados y despejados de monte pinariego, salvo en las proximidades de sus riberas.

El terreno es arenoso mezclado con más o menos limo, lo que hace que en muchos lugares se formen los típico bodones o lagunas. Además, en medio de los dos ríos se levanta una especie de colina –cresta o meseta, según- de entre 70 y 100 metros de altura relativa. Todo esto le otorga una fisonomía propia, muy adecuada para observar panoramas amplios y luminosos. O algún bando de grullas volando en perfecta formación de V, como fue nuestro caso.

 

Bocigas

Bocigas

El día elegido –a finales de este noviembre- resultó especialmente caluroso. Amenazaba lluvia, pero toda cayó al día siguiente. Hubo sol al principio, luego, una gasa de finísima neblina se adueñó del aire para filtrar, difuminándolos, los fondos del paisaje. Esta vez, no teníamos prisa, de manera que recorrimos pocos kilómetros (40) en muchos tiempo y pudimos embebernos de lo son estas campiñas.

Bodones

Bocigas y Almenara. Golf y villas romanas, pero sobre todo bodones. No llegamos a los de San Pelayo, que conocemos bien. Tampoco al Juncial, ni al Blanco, que vimos seco desde la carretera. Pero ahí estaba el de Bocigas, brillando al sol de la mañana.

22 Noviembre 051

Almenara al fondo

 

En las proximidades de Almenara pudimos contemplar dos bodones, con agua el primero, al noroeste, y con abundante barro el segundo, ya al suroeste. También pasamos por las calles de la localidad, donde han restaurado el viejo pozo –el Caño– con su largo abrevadero, en una agradable alameda.

Desde Almenara pusimos rumbo al Adaja, y llegamos a la casa de Villagrá, donde nos esperaba otros pintoresco bodón, acompañado éste de algunos chopos amarillos.

 

Villagrá

Villagrá

En el trayecto fuimos descubriendo muchas tierras encharcadas por la lluvias, tal vez en algunas de ellas hubo bodones, hace años desecados y ahora como queriendo renacer.

Setas

En prados y pinares siguen abundando las setas. No somos expertos en micología, pero dimos un breve paseo andando por un pinar de Puras con abundante tamuja y descubrimos setas de todo tipo. Entre otras, anaranjados nícalos y nazarenas violetas, inconfundibles.

Tierra de arenas

Tierra de arenas

Vacceos y romanos

¡Qué curioso! Justo a un lado y a otro de la Villa romana de Almenara, que se encuentra en una leve colina, el terreno se hunde para formando dos bodones: el del Arroyuelo y el del Monduengo. Los dos tenían un poco de agua. Sin duda fueron utilizadas por los romanizados habitantes para alimentar los sistemas de calefacción y saneamiento de la Villa.

Y es que esta es otra característica del territorio: por aquí campearon los hispano romanos: la capital era Cauca, pero numerosas villas se esparcieron por su ámbito para cultivar los campos. Eran los tiempos pacíficos del bajo Imperio. Pero mucho antes dominaron estas campiñas alomadas los vacceos. Prueba de ello es la interesantísima tumba, con abundante ajuar, de un joven noble encontrada cerca de Bocigas, en Fuente Olmedo: se trata nada menos que del conjunto funerario más completo y rico de la cultura del Vaso Campaniforme en toda la península Ibérica, según los expertos.

Torres

 

Desde el cerro del telégrafo

Desde el cerro del telégrafo

Ya de vuelta subimos hasta la torre del telégrafo óptico de Almenara, que se levanta sobre un cerro testigo, cerca de Fuente de Santa Cruz. Junto a ella se contempla el amplio panorama del valle del Adaja, desde Olmedo hasta más allá de Tolocirio y Montejo de Arévalo. Pero el día había tejido su gasa y no se veía perfectamente, más bien se vislumbraban los lugares lejanos por sus perfiles. Como el de los inconfundibles ataquines. La luz facilitaba más contemplar su cielo que nuestros campos.

Tres pueblos, tres torres distintas y similares. El ladrillo las une. Pero la de Almenara parece la de una terrible fortaleza, por sus grandes almenas. La de Bocigas, clásica torre de planta cuadrada. Y la de Puras, que se distingue entre lomas –las otras dos están en la llanura- tiene una cúpula que le otorga la diferencia: negra y en punta.

 

Laguna de las Eras

Laguna de las Eras

Villagonzalo de Coca

 En Puras tomamos la cañada de la Raya y, en la Cruz del Calvario nos desviamos por un camino que nos llevó directamente hasta Villagonzalo subiendo y bajando crestas y colinas, y cruzando por fuentes y humedales en el fondo de los valles.

Por fin, se abrió a nuestros ojos el espectáculo: la laguna de las Eras, masa de agua de casi un kilómetro de largo en la que viven anátidas y sirve para que el pueblo se mire en ella. Su tonalidad era gris blanquecina, como la del día. Pero nos sorprendió su tamaño y que no estaba seca, como otras por las que hemos pasado. Luego, nos asomamos a contemplar la laguna de la Iglesia, justo al otro lado, hacia el Este; algo más pequeña y también de agua salobre, con tres islas que sirven de tranquilo refugio a patos y otras aves. Al fondo, entre pinares, se levanta la torre de San Nicolás, ya en Coca, a 5 km.

 

Laguna de la Iglesia. Al fondo, torres de Coca.

Laguna de la Iglesia. Al fondo, torres de Coca.

Fuente de Santa Cruz

A la vuelta, pasamos por las proximidades de la laguna de Valderrueda, continuación de la de las Eras, pero sin agua. De nuevo subidas y bajadas por un desdibujado camino para llegar a Fuente de Santa Cruz. Lo único cierto de este pueblo es la preciosa fuente de tres caños, abrevadero y lavadero, pues si cambió de nombre varias veces a lo largo de los siglos, siempre mantuvo el término fuente como nombre principal o complementario. También tiene curiosos palomares arruinados, viejos almacenes para el grano y calles empinadas. Nos llamó la atención cuatro enormes cubas recién sacadas de una bodega cuyo edificio superior habían demolido hace nada.

 

La fuente de Fuente de Santa Cruz

La fuente de Fuente de Santa Cruz

Después de subir al cerro del telégrafo, una agradable bajada nos condujo a Almenara. Anochecía.

Y dejamos para otra ocasión la localidad de Puras. Merece una entrada aparte. O eso creemos.

Torre del telégrafo

Torre del telégrafo

Molinos en el Adaja, campos y pinares

15 enero, 2014

Matapozuelos Adaja

Esta excursión tiene como dos partes distintas: la primera se refiere a las proximidades del río Adaja, y la segunda a los pinares de las Cabas y campos de Pozaldez. Las dos se complementan mutuamente.

En cuanto al Adaja, de lo primero es dejar constancia de que bajo el puente del AVE hay un vado perfectamente accesible para vehículos, por supuesto para bicis y, en verano, para paseantes. Como el firme es de cemento no ofrece ninguna dificultad.

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Y es que, en cualquier otro paso, el lecho del río es de arena. Y si no hay vado, será complicado incluso acercarse al agua debido a que el cauce del río es una verdadera selva totalmente impracticable. El que se arriesgue a pasarlo puede llegar lleno de arañazos a la otra orilla, si no vuelve trasquilado.

Paramos en Calabazas a contemplar el río, pues el lugar dispone de miradores naturales. En una de las bajadas está la antigua fuente; la nueva nos provee de agua todavía en el pueblo. El que quiera ver la iglesia de la Visitación se llevará un chasco, pues ya no existe: sólo contemplará la espadaña y la portada y, en lo que pudo ser un atrio, la vieja pila bautismal a punto de fenecer definitivamente. En un hueco en la pared, un calendario litúrgico del año 1977. Hace unos 37 años, pues, dejó de utilizarse la iglesia para celebrar la misa de los domingos. Las casas son de ladrillo macizo en las que no faltan adornos a los exteriores.

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Pasamos por el molino del Cuadrón, totalmente arruinado. A pesar de todo quedan algunas bóvedas y paredes consistentes, perfectamente construidas. No en vano este molino, anterior al siglo XV, fue reconstruido hacia 1775 por el Padre Pontonero, un fraile arquitecto de la contigua Mejorada experto en levantar puentes y otras construcciones de carácter fluvial. Ya conocíamos este molino.

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Molino del Cuadrón

Pero no conocíamos otro que se encuentra río arriba, unos cien metros antes de llegar a los puentes del ferrocarril: el molino Cerniciego, por las trazas peor conservado todavía que su anterior compañero . También perteneció a La Mejorada –antes del s. XV al concejo del Olmedo- y pudimos ver la presa, que todavía cumple su función y retiene las aguas del Adaja. En verano será agradable pegarse un baño, pues parece que cubre, tanto en la presa como debajo de ella, donde se forma una poza. Los restos de los departamentos del molino se encuentran infestados de raíces, maleza, musgo. Ni los árboles le respetan, pues nacen en las mismas cárcavas.

Presa del molino Cerniciego

Presa del molino Cerniciego

Por el pinar de Calabazas o de Las Cabas se rueda muy bien. Las lluvias han hecho que todavía estemos en época de setas y abundan tanto los negrales –que están sangrados- como los piñoneros. Sobre la tamuja, bien mullida y seca, descansamos un rato.

Salimos a campo abierto para rodear la cuesta de las Américas, con su vértice geodésico y sus bandos de avutardas. Por buenos caminos llegamos hasta el castillo de Pozaldez, visible desde gran parte del valle del Adaja. Y a la inversa: desde él divisamos las torres de Pozaldez, Ventosa y Matapozuelos, la azucarera de Olmedo; los cerros de Portillo. El de San Cristóbal se vislumbra entre neblinas. A los pies, Villalba de Adaja. Todos coincidimos en que es el sitio adecuado para levantar una torre o castillo de vigilancia.

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Unos pocos kilómetros cuesta abajo y nos recibe la Giralda de Castilla, que así conocen por aquí a la torre de la iglesia de Matapozuelos.  Las fotos no son muy allá: el día estaba gris. En total, hicimos unos 46 km.